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Full text of "La América Central ante la historia"

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LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA 



ANTONIO BATRES JÁUREGUI 



Ia América Central 
Ante la Historia 



1821—1921 
MEMORIAS DE UN SIGLO 



TOMO III 



GUATEMALA, C. A. -1949 



F 

V.3 



NO. 5247-5M-1 1-49 IMPRESO NUMERO 286* 



LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA 

LA REPÚBLICA 

POR 

ANTONIO BATRES JÁUREGUI 



Individuo de la Facultad de Derecho de Guatemala. Abogado honorario 
del Brasil. Miembro de la Facultad de Ciencias y Letras de Chile. Corres- 
pondiente de la Real Academia Española. De la Matritense de Juris- 
prudencia y Legislación. De la Sociedad Diplomática de París. De 
la Sociedad de Derecho Comparado de Francia. Del Instituto Smithoniano 
de Washington. Correspondiente del Instituto Arqueológico Pernambuca- 
no. Socio del Ateneo de México. Individuo de la Unión Iberoamericana. 
Fundador del Instituto Americano de Derecho Internacional. Individuo 
del Mundo Latino. Honorario de la Asociación Suiza de la Prensa. 
Miembro de la Sociedad de las Naciones. Internacional de Gine- 
bra. De la Sociedad de Geografía de los Estados Unidos. De la 
Asociación de Derecho Internacional de Londres. De la Sociedad de 
Abogados de Ginebra. Socio Honorario de la "Societá Internazionale 
degl'Intellettuali di Roma". Miembro Correspondiente de la Sociedad 
de Abogados de Lisboa. Académico de Mérito de la Academia Hispano- 
americana de Cádiz. Del Ateneo de El Salvador. Honorario del Insti- 
tuto Histórico del Perú. Correspondiente de la Sociedad Geográfica de 
Lima. Presidente de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala. 
Correspondiente de la Sociedad de Geografía e Historia de la Argentina. 
De la del Ecuador. De la de Chile. Condecorado con la Gran Cruz del 
Sol del Perú. Con el Busto de Bolívar, de la 1* clase, y con la de 
la Corona de Prusia, etcétera. 




Antonio ftatres üáuregui 



Siendo Ministro de Educación Pública, en el pri- 
mer gabinete del doctor Arévalo, tuve ocasión de 
conversar con el señor Guillermo Batres, hijo de 
don Antonio Batres Jáuregui, y de conocer por él 
la existencia del original del tercer tomo de "La 
América Central ante la Historia". No era difícil, 
para quien hubiese tenido siempre preocupación por 
los estudios históricos y por la literatura de Gua- 
temala, reconocer la importancia que aquel libro te- 
nía. De ahí que me propusiese inmediatamente pro- 
curar la edición de tan notable obra. Sin embargo, no 
fué el expedienteo administrativo muy propicio para 
llevar a cabo con prontitud aquel deseo. Fuera ya del 
gabinete, volví a conversar con el señor Batres, y 
entonces acordamos tratar directamente el asunto 
con el Presidente de la República. Así lo hice, y el 
Primer Magistrado, no sólo acogió gustoso la idea, 
sino que ordenó, junto con la impresión del tercer 
tomo, la reedición de los dos anteriores de "La Amé- 
rica Central ante la Historia." 

Los otros dos tomos se ocupan de la vida gua- 
temalteca, desde sus más remotos orígenes, a los 
cuales penetra Batres Jáuregui con profunda eru- 
dición, hasta tas vísperas de la independencia; de- 



sarrollan la vida nacional, con riqueza de estilo y 
con amenidad nunca ausente en los escritos de 
aquél, y, con agudo criterio, presentan, más que 
una muerta relación cronológica de hechos y 
hombres, un cuadro vivido y completo de las ins- 
tituciones y de la vida cultural y política de Gaa- 
témala; pero el tercero asocia a los méritos del 
primero y segundo tomos el de ser un testimonio 
directo de un testigo presencial y protagonista de 
nuestra vida, en la mayor parte del siglo XIX. Por 
eso, casi en su totalidad, este tercer tomo tiene el 
carácter de memorias autobiográficas, por las que 
discurre la vida del autor, en cuanto tuvo relación 
con las alternativas de ese pasado tormentoso. 

Con gran oportunidad, estimo que esta nueva 
obra de don Antonio Batres Jáuregui, postergada por 
veinte años en su publicación, viene a cubrir un va- 
cío en nuestra bibliografía histórica. Ciertamente, la 
documentación sobre el período independiente de 
Guatemala, ya sea en su existencia como Estado fe- 
deral o como República unitaria, es abundante; pero 
ella aún no es accesible, sino para el investigador y el 
erudito, no así para el lector dedicado a otras dis- 
ciplinas, y deseoso, en todo caso, de conocer la vida 
nacional de la última centuria y de lo que va corrido 
de la presente. Obras orgánicas, que recojan con 
método la historia del siglo XIX, existen pocas: la 
"Historia de veintiún años" de don Ramón A. Sala- 
zar (1800-1821) y el "Bosquejo histórico" de Marure 
(1821-1828), continuado por el doctor Montúfar en 
la "Reseña Histórica", que no abarca mucho más 
acá de 1871. Por lo demás, hay aparte de la docu- 



mentación inédita o reservada en bibliotecas o he- 
merotecas privadas, memorias y monografías, sobre 
las cuales aún es preciso elaborar la Historia, con 
sentido orgánico y crítico. Aun de aquellas histo- 
rias citadas, cabe hacer la salvedad, en lo que toca 
a la obra del doctor Montúfar, de que bien puede 
calificarse como "alegato de bien probado en favor 
del partido liberal", aplicándole sus mismas pala- 
bras, vertidas respecto a las "Memorias de Jalapa" 
de su tío don Manuel Montúfar y Coronado. Por 
esta carencia de investigación, divulgación, crítica 
y ecuanimidad en nuestros estudios históricos, es 
por lo que aún privan múltiples errores e injusticias, 
emanados del sentido partidarista con que se ha 
venido enseñando la Historia, desde 1871. El tercer 
tomo de "La América Central ante la Historia" tiene 
esa alta virtud. Ajena a sectarismos y bien docu- 
mentada (como que es narración de primera mano), 
desvirtúa, sin apasionamientos, los errores conte- 
nidos en la historia oficial de los gobiernos liberales, 
al mismo tiempo que arroja luz sobre algunos episo- 
dios trascendentales de la Vida centroamericana, 
sobre los cuáles no había, antes de ahora, entre los 
no eruditos, sino equivocadas especulaciones. Por 
primera vez, un historiador responsable nos sitúa 
frente a la verdad de nuestra vida política del siglo 
XIX, y tanto juzga a los hombres y a los hechos del 
partido conservador, como a los del partido liberal, 
haciendo resaltar los méritos de los unos, sin for- 
zosamente execrar los vicios de los otros. Y aún 
más, en estos instantes en que se remozan las ideas 
políticas y sociales de los guatemaltecos, la palabra 



de B aires Jáuregui, por su gran probidad intelectual 
y por su condición social, alejada de cualquier sos- 
pecha de demagogia, viene a ser un gran respaldo 
en favor del nuevo pensamiento guatemalteco, tan 
calumniado por personas de horizontes mucho más 
limitados que los de nuestro gran polígrafo. 

Creo sinceramente que la publicación del tercer 
tomo de "La América Central ante la Historia" viene 
a subrayar la intención del gobierno revolucionario 
de aportar a la cultura nacional cuanto sea posible. 
Este acto puede colocarse, por su importancia para 
los estudios históricos, al lado de. la edición de los 
''Clásicos del Istmo", al establecimiento de la "Edito- 
rial del Ministerio de Educación Pública", a la crea- 
ción, aunque precaria, del "Libro de Guatemala", 
a los propósitos de fundar la "Casa de Letras" y a 
tantas otras expresiones en favor de la cultura. 

Es de desearse que esta obra, no sólo contribuya 
a la valorización que, en justicia, merece don Antonio 
Batres Jáuregui, sino que satisfaga, aunque sea en 
parte, a quienes, con toda razón, han abogado por 
un mejor cuidado en la investigación y divulgación 
de la historia patria. 

Guatemala, julio de 1949. 

M. GALICH. 



10 



MEMORIAS DE UN SIGLO 

1821— T 921 



A GUISA DE PUF.rAUO 



RESONANCIAS DIL CAFIINO 



"Mon verre est petit, mais je 
bois dans mon verre." 

BOILEAU. 



Al contemplar las perspectivas del pasado, re- 
corriendo episodios de mi tierra y evocando recuer- 
dos de mi vida, parécenme cortos los años trans- 
curridos. Casi todo se me representa, al través del 
ambiente que prevalecía, como producto de la fuerza 
de los acontecimientos. En onda rápida, he percibi- 
do la fruición de las cosas buenas y el suceder de 
horripilantes infortunios. En días sin sol, contem- 
plé, a las veces, la perfidia triunfante, enaltecida 
la ignorancia y endiosado el mal. Los Meiitos y los 
Judas no se ahorcan hoy con remordimiento; pavo- 
nean cínicamente sus dineros, junto con su infamia, 
halagados por la sociedad adoradora del becerro de 
oro. El turbión de la codicia los lleva a la ciénaga 
de la desvergüenza. Siempre la eterna lucha de lo 
que vuela, con lo que se arrastra; del ala, con la 

13 



serpiente; del ideal fecundo, con el materialismo 
sórdido; de la luz, con las tinieblas; de la vida, con 
la muerte. Todo esto, en medio de una naturaleza 
que nos envuelve en sus catástrofes devastadoras. 

El espiritu se impregna de la inexorable fatali- 
dad que en este mundo parece que dominara. La 
mayor parte de los hombres nace bajo el horóscopo 
de la desdicha; pocos son los que vienen amadrina- 
dos por la ventura. De repente surgen espíritus su- 
periores, que dan relieve a la historia y carácter a una 
época. Empero, a pesar de esos meteoros rutilantes, 
por mucho que se viva, no se comprende la vida. Ca- 
da queja parece una protesta, y hasta la resignación 
— inercia de la impotencia — es más bien abatimien- 
to, que muestra de conformidad. No se puede vivir, 
en la tierra áspera y seca, sin soportar la pena de 
los trabajos forzados. Cuando el dolor hiere pro- 
fundamente a los pueblos, el genio surge pródigo, 
y alcanza hasta vencer al destino. No puede desco- 
nocerse la proyección luminosa, que viene desde 
Budha, Moisés, Salomón, Aristóteles, Sócrates, Pla- 
tón y el divino Cristo ; que forma una vía esplen- 
dente, al través de la humana especie, para esclare- 
cer su ruta, con vivos resplandores. 

La generalidad de los hombres obedece al im- 
pulso de su tiempo ; a pesar de la escuela histórica 
personalista, la cual pretende que algunos guerreros, 
políticos y sabios, hayan cambiado completamente 
el rumbo de nacionalidades y razas. Han sido, si 
se quiere, figuras descollantes, de carácter epónimo ; 
providenciales resultados de la incubación anterior; 
cristalizaciones del espíritu de su época ; síntesis de 
los acontecimientos. Son — como dijera Taine — to- 

14 



talización de precedentes, en un período determina- 
do. El tipo más perfecto, la expresión más genial, 
no dejará de sufrir, en algo, la ley de los círculos 
estrechos, donde recibió la existencia. Será el hijo 
de su familia, de su pueblo y de su tiempo. El 
héroe — según Carlyle — contiene y representa la 
civilización en que está comprometido. Gustavo 
Le Bon apellida al genio la flor maravillosa de la 
raza. Así, León X simboliza, con vividos colores, 
el Renacimiento italiano, al modo que Erasmo per- 
sonifica el Renacimiento germano; pero no fueron 
sino exponentes de influencias políticas y sociales, 
de muy atrás generadas y venidas a exhibirse, con 
nimbo genésico, en varones eximios. El superhom- 
bre abarca los elementos existentes, en gestación 
maravillosa, que orienta y polariza a las multi- 
tudes. (1) 

Napoleón el Grande, corolario de la demagogia, 
se echó por el mundo a botar coronas, como la gui- 
llotina botara cabezas, en la Plaza de la Revolución. 
Cual otro Júpiter, nacido en medio de tempestades, 
aparece acariciado, durante mucho tiempo, por la 
veleidosa fortuna. Fué su vida, rayo deslumbrador 
y sangriento ; una odisea, una centella. Diríase el 
engendro maravilloso de las iniquidades y deslum- 
brantes destellos de la revolución que incendió el 
orbe. El atavismo itálico del Capitán del Siglo XIX, 
lo impelía a imitar las glorias de los Césares, en los 
mejores tiempos de la soberbia Roma. Los predes- 
tinados van al encuentro del futuro, llevando en su 



(1) Le Bon: "Psicología de las Multitudes", Libro II, Capítulo 
V. 

Emerson: "Hombres Simbólicos", Tomo X. 

15 



arco la flecha que indica la transformación, o sea 
la vida nueva. El legendario adalid de la inmortal 
Italia — el gran Victor Manuel — , después de muchos 
años, en que luchó por la patria irredenta, en pos 
de la solidaridad concebida por ilustres pensadores 
y sellada con la sangre de heroicos mártires, fué el 
que llevó a cabo el pensamiento de los carlovingios, 
y el anhelo sublime de Miguel Ángel. Débese a ley 
histórica, que los representativos máximas, realizan- 
do portentos, recogiendo lo incubado por la simiente, 
hagan, cual la fuerza primaveral, reventar el botón 
y emerger el fruto. Esos esplendentes luchadores 
son la savia de los pueblos. Con la llama transfor- 
madora en la mente, y la energía irreductible del 
querer, lanzan el fiat de lo que en ciernes estaba. 
Es el beso fecundante del sol sobre la corola de las 
flores ; la ascensión a la cumbre, donde aletea la 
gloria. Así, Washington y Bolívar libertaron un 
mundo. Los espíritus selectos labran su propio pe- 
destal; el porvenir se encarga de la estatua. La po- 
derosa voluntad humana suele humillar al destino; 
pero el pueblo, como el mar, al fin castiga, con du- 
reza, al que le arrebata sus dominios. La verdad es 
que, recorriendo los ámbitos inmensos de la historia, 
se encuentra haber sido los grandes pensadores y 
los 'poetas sublimes quienes más influyeron en el 
curso de los sucesos pasados. En la suerte de la 
humanidad tuvo mayor fuerza Rousseau, con sus 
cuatro libros, que Bonaparte con su espada flamí- 
gera. . . (1) Los profundos novelistas, como Víctor 



(1) "Los Grandes Pensadores", por el profesor Cohn. 
16 



Hugo, Dickens y Tolstoi, han hecho más por la pie- 
dad a los humildes, que los predicadores y maestros 
del derecho político. 

Lo entrevisto, lo sospechado, lo que más es luz 
del sentimiento que de la inteligencia, aparece mu- 
cho mayor que cuanto vemos y alcanzamos a com- 
prender. Grandes y chicos resultan producto de 
muy distintas causas, todos sujetos a contingencias 
y vicisitudes. El azar de los sucesos es factor inelu- 
dible en la vida de los hombres y de las cosas. 
Insensato fuera creer, como Pangloss, (1) que nos 
hallamos en el mejor de los mundos; pero tampoco 
debemos seguir ciegamente el tétrico pesimismo del 
Eclesiastés y Byron, que con sensualidad sombría, 
proclama sólo goces materiales. "No existe nada 
positivo, más que comer, beber y divertirse"; tan 
cruda teoría destruye la idealidad, la aspiración, las 
ensoñaciones del alma, la espiritualidad de la cultu- 
ra, los sublimes anhelos y generosos sentimientos. 
Sin desconocer, pues, que hay bastante de inevita- 
ble y eventual, no podemos sumergirnos en el torpe 
fatalismo de los musulmanes, ni en la negra deses- 
peranza de los materialistas, ni en el nirvana de 
Schopenhauer, ni en el sensualismo de Calibán, ni 
en el emocionismo de Louys y del portentoso Zola, 
ni en las morbideces simbólicas de Verlaine y Ma- 
llarmé, ni menos en la furia antisocial y blasfema 
que hoy pretende desquiciar el mundo. (2 > 

Es execrante y desconsolador el fatal determi- 
nismo, que atribuye al Destino, a esa fuerza kármica, 
ciega e implacable, la suerte del hombre, desde el 



(1) Encarnación del optimismo en "Cándido", de Voltaire. (M. G.) 

(2) Le Bon, "Psicología de los Nuevos Tiempos", página 127, 

Si 

17 



nacer hasta el morir, para convertirse en nada... 
El árabe materialista dice: Lo que* ha de suceder, 
escrito está, produciendo asi el suicidio moral; cej 
rrando el corazón a la esperanza. La tragedia griega 
proclamaba que todo lo ordenado por Júpiter se 
habia de cumplir. La escuela sajona es optimista, 
siguiendo a Emerson y a Carlyle. La escuela latina 
es pesimista, contagiada por la cimitarra arábiga 
que imprimió atavismo persistente a la raza his- 
pana. (1) 

Al través del positivismo, Hamlet veía un res- 
plandor sideral, y no consideró al hombre como un 
corcho sobrenadando en el océano de la existencia. 
Juzgaba que había relación entre las horas de nues- 
tra vida y lo inmenso del tiempo. Todo se mueve 
incesantemente, e implica relativo crecimiento pe- 
renne. Las leyes naturales obedecen a un orden 
supremo, a una armonía admirable. El éxtasis de la 
luz se pierde en los abismos de lo infinito ; sonríe 
la naturaleza, destácase la virtud, fulgura el heroís- 
mo ; el amor fecunda la existencia, la esperanza abre 
celestes horizontes, el alma anhela volar al cielo. 
Tiene el espíritu necesidad de creer y ansia de espe- 
rar. Mientras más se padece, más se aumenta el 
esfuerzo por no ahogarse en el oleaje de la deses- 
peración. ¿En dónde están los ojos que nunca 
derramaron una lágrima? ¿En dónde está el pecho 
que no alentó un suspiro? La fraternidad se halla 
en el sufrimiento; la igualdad en la desdicha; la 
libertad en el orden. El corazón no se conforma con 
el espacio vacío y el horizonte gris ; con el envileci- 



(1) Charles F. Lummis. "Los Exploradores Españolea del Siglo 
XVI".— Prólogo de Rafael Altamira. 

* 18 



miento de las generaciones todas, convertidas en 
pasto de gusanos. "Sólo vives por esa partícula de 
ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis 
de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Innu- 
merables signos lo revelan; cuando se anuda la 
garganta, al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, 
la cruz izada para Cristo, o la hoguera encendida 
a Bruno ; cuando te abstraes en lo infinito, leyendo 
un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un 
discurso de Helvecio ; cuando el corazón se te estre- 
mece, al pensar en la desigual fortuna de esas pasio- 
nes en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal 
Julieta y el Werther de tal Carlota; cuando tus sie- 
nes se llenan de emoción, al declamar una estrofa 
de Mussei que rima acorde con tu sentir; y cuando, 
en suma, admiras la mente preclara de los genios, 
inclinándote, con igual veneración, ante los creado- 
res de la verdad, de la virtud o de la belleza". (1) 

Los hombres providenciales rubrican las eras, 
exhiben los derroteros de una raza, crean sublimida- 
des ultraterrenas, imponen creencias, realizan obra 
fecunda, irguiéndose sobre la mediocridad que hasta 
los juzga dementes. La gloria, como si fuera incom- 
patible con la vida terrena, casi siempre se reserva 
la apoteosis para ultratumba; y gracias, si a las 
veces, la humanidad no va errada en sus juicios, y 
la historia torcida en sus apreciaciones. Los grandes 
filósofos racionalistas (Descartes, Kant y Augusto 
Comte) acabaron todos por caer en el misticismo. 



(1) José Ingenieros: "El Hombre Mediocre", página 1. 
19 



Nuestra vida tiene, como la máscara de la tragedia, 
un gesto antitético de llanto y risa, de penalidades 
y placeres efímeros. 

La humanidad se ha rendido al trabajo de inte- 
rrogar a la Esfinge, apenas vencida por el viejo 
Edipo. Los sistemas filosóficos han venido sucum- 
biendo, y hasta el árido positivismo del siglo XIX, 
se declaró impotente y estéril. En el horizonte cien- 
tífico se reconoce una maravillosa fuerza inmanente, 
que da unidad al universo y rige los mundos y las 
almas. Reformarse es vivir, dijo Ariel: "La espe- 
ranza como norte y luz ; la voluntad como potencia 
aplicada en especial a nuestra propia personalidad, 
a fin de ser cada día más poderosos y mejores". 
"La voluntad, como los átomos, obra maravillas. Los 
que habéis admirado, en el palacio del Louvre, aquel 
milagro del divino pincel de Leonardo, en gris y 
azul, el retrato de la Gioconda, no podríais creer 
que el sublime artista llorase de decepción y de im- 
potencia, al dar las últimas pinceladas a su porten- 
toso cuadro. ¡No quedó satisfecho...! La vida 
siempre ha de ser una profunda interrogación y mis- 
teriosa antítesis; la mezcla de lo bello y de lo feo, 
de lo trágico y de lo cómico ; de la risa y del llanto ; 
como en el curso del día, las horas de luz van segui- 
das invariablemente por las horas de intensa lobre- 
guez". (1) La vida es un huerto de amor, dicha y 
miserias. No es dable desconocer que hay en la 
humanidad cierto impulso instintivo hacia otra exis- 
tencia mejor. Desgraciado aquel que no percibe el 
amor de la fe, ni cree, ni espera, ni ama, en la vida 



(1) Etmrson: "La Ley da la Vida' 
20 



terrenal, pensando que es un vislumbre, entre dos 
noches eternas; un sueño entre dos angustias. El 
hombre que no ama, ni espera, ni cree, no se halla 
bien a solas consigo mismo, ni con la naturaleza, ni 
con la armonía suprema que rige el universo. Aquel 
desgraciado es testigo mudo del ardiente sollozo hu- 
mano, que rodando de edades en edades, viene a 
morir al borde de lo eterno. No vivimos por igual 
designio que el insecto o que la rosa. La humanidad 
viene con inmenso afán de mejoramiento indefinido. 
Lo más bello del mar está en el fondo, la esencia del 
ser en el empíreo, la majestad de la desgracia en el 
sepulcro. La tristeza es la memoria del corazón; 
ia nostalgia de otros mundos. Palpita ansioso el 
anhelo de redimirnos de una existencia condenada 
al sufrimiento y a la muerte. ¡Vivir! es el grito de 
combate que lanzan todos los seres creados. El dia- 
mante se cuaja, en miles de años, para alcanzar 
luminosidad de lágrimas, reflejo de dolor, destellos 
de redención, burbujas de maravillosas claridades, 
fulgores de la llamarada del espíritu. ¡El hombre 
es una lámpara apagada, toda su luz se la dará la 
muerte!... La renovación, hija del movimiento, 
es la vida. Las fibras vivientes se conmueven jun- 
tas y se confunden en una sola aspiración inmortal. 
La misma fuerza, que hace romper la envoltura de 
la larva para volar mariposa; que hace a los capu- 
llos buscar los besos de la aurora para tornarse en 
lirios; que forza a esparcir al dátil sus efluvios, an- 
siados por sus compañeras las palmas, para que 
se reproduzcan y crezcan ; que impele a rodar por el 
espacio los astros rutilantes, produciendo la armonía 
de las esferas; esa misma fuerza creadora, ese di- 

21 



vino soplo de vida, hace que los humanos corazones 
aspiren al cielo. Cuando llega la vejez, tétrica y 
fría, se percibe intensamente — más que entre las 
vanidades del mundo — aquella aurora divina que 
alumbra las conciencias; la voz augusta que habla 
al espíritu y hace brotar la esperanza. "La muerte 
es sólo la noche que pone fin al día agitado o tran- 
quilo de nuestra existencia; noche serena, noche 
apacible, alumbrada por una luna misteriosa, que 
flota su luz inefable sobre las cruces de los cemente- 
rios, parecida a un centinela augusto, que pasea por 
el espacio, a la puerta del Gran Hacedor del mundo, 
para guardar el sueño de los muertos y para impedir 
que el ruido de los vivos venga a turbar la tranqui- 
lidad de las sombras." "El vaivén continuo de la 
vida, no es sino un zozobrar horrible, en el cual 
todos los días son vísperas del naufragio; y ¿quién 
lo creyera?, el día del naufragio es el primero de 
la felicidad". (1) A medida que avanzamos en la an- 
gosta senda de la existencia, los recuerdos toman 
formas vaporosas y sugestivas, como las nubes le- 
janas; apareciendo mejores siempre, los años que 
pasaron. . . El tiempo pone el cabello blanco, des- 
encanto en los ojos y luto en el corazón. Se sueña, 
no con el porvenir, sino con las horas muertas. 

Es que. en la juventud, lo pasado no existe, y 
lo venidero se nos presenta a través de un prisma 
seductor que todo lo tiñe con los colores del iris. 
Prevalece la imaginación sobre la inteligencia ; el 
sentimiento sobre la voluntad; las pasiones sobre 
el juicio. Cuando llega la edad plena, el hombre 



(1) Montalvo, "Siete Tratados", página 38. 
22 



ya sabe los consejos de la experiencia; adivina que 
lo futuro será corolario de lo pasado. Los matices 
de la ilusión se han desvanecido, y el entendimiento 
impera en las regiones del espíritu. El dolor ma- 
dura la voluntad, como el sol los frutos de la tierra; 
como él fuego purificante los metales preciosos. 
Pero hasta el dolor, cuando se rememora, tiene frui- 
ción inexplicable en la vejez. . . 

Si volvemos la vista al firmamento, y contem- 
plamos — desde este átomo de tierra — tras unos 
soles otros soles, o sean centros incontables de sis- 
temas planetarios, nos demuestra la ciencia que, 
más allá, en espacios inmensurables, hay miles de 
luceros, millones de estrellas, en armonioso conjun- 
to; cometas que recorren órbitas, dilatando siglos; 
luces de mundos tan lejanos que sus destellos aún 
no han llegado hasta nosotros; porque, a pesar de 
su vertiginosa rapidez, vienen de distancias tales, 
que acaso nuestro planeta haya muerto, al llegar a 
iluminarlo algunas de aquellas claridades. Cuando 
el espíritu humano ha podido comprender que el 
cielo no es una esfera cristalina, en la cual están 
enclavados los astros, como Ptolomeo creía, y lo 
proclamaban las teogonias asiáticas, sino un foco 
inagotable de fuerza en movimiento, que esparce 
por el universo la misteriosa solidaridad de fluidos 
vitales, que a la vez enlazan al hombre con la exis- 
tencia universal, esparcida desde los microbios has- 
ta los mundos. La estrella más cercana a la tierra 
tarda en reflejar sobre nosotros su luz, millares de 
miles de años solares. Hoy se sabe, por el gigan- 
tesco telescopio del Monte Wilson, en California, 
que la luna, tan poética y bella para nosotros, no 

23 



tiene atmósfera, ni aire, ni agua, ni luz; todo áspero, 
árido, lóbrego. Su cielo es negro, su temperatura 
muy fría. Ningún rumor palpita en aquel asteroide 
metálico, que los bólidos han horadado, producién- 
dole sinuosidades horrendas y alturas vertiginosas, 
con aterradores cráteres. Cuando la astronomía ha 
comprobado que, en la vasta y aparente inmovilidad, 
persiste portentoso movimiento que forma la vida 
contingente; cuando vemos tanta grandeza y tanta 
maravilla, nos abismamos, en esta partícula insigni- 
ficante, en esta mísera tierra, que forma parte del 
universo (esta palabra significa: uno diversificado). 
Por doquiera hay una fuerza cósmica vibrante, 
que recorre el espacio con velocidad incalculable, 
con intensidad prodigiosa, produciendo vida. Su 
vigor, ritmo y proyecciones son sorprendentes, cau- 
sando en la humanidad sucesos raros, maravillosos, 
que la ciencia moderna estudia, y que el vulgo tiene 
por demoníacos. La metapsíquica explica hoy los 
fenómenos, antes incomprensibles y rodeados por 
las sombras del ocultismo, cuando no por los fulgo- 
res de lo sobrenatural. "Hacia la segunda mitad 
del último siglo, se descubrió, o se creyó descubrir, 
la fuerza energética esparcida por el universo. La 
menor célula de un ser vivo, desde la bacteria al 
hombre, ejecuta, bajo la influencia de gérmenes 
desconocidos íntimamente, operaciones superiores a 
las realizadas en nuestras fábricas y laboratorios. 
Los centros nerviosos obran como si fueran capaces 
de razonamientos extremadamente sabios". (1) 



(1) Dt. Gustavo Le Bon: "La Vida de las Verdades", página 
258 y siguientes. Madrid, año 1927. 

24 



Allá, en la bóveda de los cielo», en los torbellinos 
de los mundos, refulgen los Signas del Zodíaco, 
como si fueran el reloj de la existencia, marcando 
inexorables los instantes que vuelan y apresuran el 
día de nuestra separación del planeta que habita- 
mos. Allá, demasiado lejos, debe haber un Centro 
Divino, al cual tiende todo lo creado. Si la inteli- 
gencia humana no alcanza a comprenderlo, el cora- 
zón,*en sus ansiosas palpitaciones, lo presiente con 
esperanza, y lo adora con fruición. Sic itur ad 
astra. Mientras la humanidad va en la tierra arras- 
trando una cadena de tribulaciones, el espíritu tien- 
de el vuelo nostálgico hacia el empíreo. Somos 
prisioneros de un infinito cósmico, de un centro si- 
deral donde todo se dispersa, pero en el que nada se 
pierde. (1) 

En la historia de nuestro planeta, representa el 
hombre la primera plegaria de la Naturaleza, tribu- 
tada a Dios. La razón asomóse a ver algo del fondo 
místico de las cosas, iniciando la progresiva ascen- 
dencia del humano espíritu. Tras el velo del miste- 
rio, revélase maravillosa unidad de substancias, 
fuerzas y movimiento ; unidad de afinidades y atrac- 
ciones; unidad sorprendente, fecundísima en diver- 
sificación incontable; unidad desplegada en infinita 
variedad, formando un ritmo universal de átomos 
y soles. Lo más profundo, lo más alto, tiene su prin- 
cipio en Dios, unidad suprema de la armonía crea- 
dora, origen de la vida; impulso de cuanto se mueve; 
Alma del Universo, iluminado por su mirar, soste- 
nido por su aliento, vivido y animado; porque lo 



(1) M. Maeterlinck. 

25 



vivifican y lo animan fluidos y efluvios de las vibra- 
ciones de la naturaleza. El Ser Divino, que dio al 
éter sus microbianas esferas, a los orbes las leyes 
de su atracción y a los hechos la norma de su pro- 
videncia; es el Amor sublime difundido por doquie- 
ra, enlazando los astros y los*corazones; la Mano 
misteriosa, que como polvo de oro, regó de estrellas 
el espacio, y tiende el arco iris en el cielo, cual símbo- 
lo de paz y de ventura. Es el Ordenador invisible 
del Universo. Diríase que el relámpago confina con 
la nada; mientras el microcosmos del humano ce- 
rebro, nos lleva a lo Absoluto, centro de los mundos 
y espíritu del orbe. (1) Hemos visto la unidad de 
la materia, que descompone hasta la última nebu- 
losa, en las rayas del espectro solar; y sentimos, 
en el fondo del alma, la atracción de lo Infinito, 
que nos llama hacia la Soberana Esencia, dueña de 
la sabiduría y generadora de la belleza y del bien. 

Yo, que, por abolengo, siempre he tenido creen- 
cias, pregunto: ¿Hay en la tierra habitada, polvo 
alguno en que el hombre no haya elevado una ple- 
garia ; hay en el mundo pueblo en el cual, el ser 
humano, ante Dios, no haya rendido su espíritu? 
¿Hubo jamás una nación atea? 

En el vaivén eterno de las edades, el cristianis- 
mo vino a redimir con la sangre del Justo, la con- 
ciencia de la humanidad, para que resplandezca 
en ella la luz más viva, la Potencia divina, anun- 
ciando ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los 
hombres de buena voluntad! La voz amorosamente 
dulce del Nazareno, del sublime libertador, reper- 



(1) Emerson: "Diez Ensayos", página 265. 
26 



cute, al través de los siglos. La figura sacratísima 
de Cristo surge, como emblema de la más pura de- 
mocracia; el Corazón de Jesús, símbolo inefable 
de la infinita caridad, proporciona alivio al pobre, 
y esperanza al desgraciado. Desde el pesebre de 
Betlehem, viene la Buena Nueva a posesionarse del 
palacio de los Césares. En la plenitud de los tiem- 
pos abarcó la religión del Redentor, la unidad de 
Dios, como el pueblo mosaico; el pensamiento del 
hombre libre, como el pueblo griego; la percepción 
humanitaria, como el pueblo romano; la existencia 
del Verbo, como el pueblo alejandrino; la tendencia 
purísima del amor al prójimo, al desvalido, al ham- 
briento ; y para salvar a la mirad más bella de la 
humanidad, sacó de la servidumbre a la mujer, am- 
parada por la Virgen Santísima, Estrella del Mar, y 
Luz de la Vida. Cuando el Mártir del Gólgota dijo 
al hombre: "Ama a tu prójimo como a ti mismo"; y 
"No hagas a otro lo que no quieras que hiciesen con- 
tigo", transformó, ennobleciéndola, la ley del egoís- 
mo ; la más salvaje y dominadora de la tierra, trans- 
mutándola en virtud y regla indefectible de justicia 
social. La caridad y el amor llegaron a ser factores 
de la civilización cristiana, que, por cierto, prevale- 
ce en los pueblos cultos, aunque algunos abominen 
torpemente del cristianismo. "¡Perdónalos Señor, 
porque no saben lo que hacen!". Hasta el mismo 
Rousseau, en un rapto de entusiasmo, hubo de 
exclamar- "Si Sócrates murió como un sabio, Jesús 
murió como un Dios". Renán dijo, en la Introduc- 
ción a los Orígenes del Cristianismo: "Es siempre 
Jesús quien, por el fuego sagrado, cuya chispa depo- 
sitó en el corazón de sus discípulos, crea institucio- 



nes de la más alta originalidad, transforma las 
almas, e imprime en todo su sello divino". La figura 
del Nazareno es la más luminosa y trascendente del 
mundo. (1) 

Hay un fanatismo intransigente, aferrado y da- 
ñino, que persigue cuanto no entra en el cartabón 
de sus ideas; el sangriento jacobinismo que, como el 
alud, destruye, mata e incendia. Marat y Robes- 
pierre ; el Comité de salud pública y el Terror. "El 
pensador, en el tiempo presente, es Goethe, levan- 
tando la tolerancia y la amplitud a la altura de una 
visión olímpica, en la que se percibe la armonía de 
todas las ideas y de todas las cosas; es Spencer, 
remontando su espíritu soberano a una esfera supe- 
rior, desde la cual religión y ciencia aparecen como 
las fases, pero no inconciliables, del misterio infi- 
nito; es Augusto Comte, manifestando a cada paso 
su alto respeto histórico por la tradición cristiana, 
y tomándola de modelo en su sueño de organización 
religiosa;' es Renán, obteniendo de la explicación 
puramente humana del cristianismo, un sólido fun- 
damento de su glorificación y manteniendo vivo, a 
pesar de su prescindencia de lo sobrenatural tras- 
cendente, un profundo sentido de religiosidad; es 
Taine, declarando que la civilización no podría dejar 
extinguir en su seno el espíritu cristianó, sin pro- 
vocar una recrudescencia de barbarie, e instaurando 
el más severo proceso al jacobinismo práctico y teó- 
rico ; es Carlyle, llevando su espíritu de simpatía, 
hasta sentir el germen de idealidad y superiores 
anhelos, que despunta en el fetichismo del salvaje; 



(1) Ega de Queiroz: "La Vida de Jesús' 

28 
I 



es Max Müller, aplicando al estudio de las religiones 
tantos tesoros de ciencia como de intuitiva y piadosa 
sensibilidad ; es Thierry y es Sismondi, y es Viollet- 
le-Duc, y es Fustel de Coulanges, reconstruyendo la 
voluntad, el pensamiento y las instituciones socia- 
les y políticas de los siglos más desdeñados o ca- 
lumniados de la historia, para concurrir así a de- 
mostrar que en ellos no se interrumpió el nissus 
secreto que empuja la conciencia de la humanidad 
a la realización de un orden, al cumplimiento de 
una norma de verdad y de belleza". (1) Sobre el 
océano movedizo de las circunstancias, existe la 
esencia divina, que es absoluta, y la eterna inquie- 
tud de escalar los cielos, que es característica hu- 
mana, inspiración congénita del espíritu : 

¡Oh fe y piedad radiosas, 
Que al polvo de las fosas 
Ponéis alas hermosas 
Con que poder volar! . . . 

(Salvador Díaz Mirón.) 

Las más grandes fuerzas, en la esfera social, 
las únicas permanentes, son las fuerzas morales, 
que conducen al refrenamiento de los apetitos sal- 



(1) José Enrique Rodó: "Cinco Ensayos", pág. 394. — Este escla- 
recido escritor fué la más pura autoridad moral del mundo en forma- 
ción; el portavoz de veinte naciones americanas. Una de las legítimas 
glorias del presente siglo XX. 

Ariel está traducido al inglés, por Alberto Nin Frías, profesor de 
ambas lenguas, en la Universidad nacional de Montevideo, en el 
gran periódico Hispania de Stanford University, february, 1829, page 
108.— Ariel está aceptado como texto en "The American Association 
of the Spanish Teachers" de la cual es Socio Honorario el autor de 
las presentes líneas. 

29 



vajes, de odio, venganza, dominación y avaricia, que 
tornan al mundo en guarida de fieras hambrientas, 
despedazándose por arrebatarse la presa. 

"La tranquilidad del orden es la paz". m El ma- 
yor de los bienes, la fuente de la felicidad, que el 
Mesías Yehosaá nos legó, diciéndonos : "La paz os 
doy, la paz os dejo"; como que la fraternidad univer- 
sal es base y esencia del cristianismo ; y sólo esa divi- 
na fraternidad puede salvar la pavorosa situación 
social. En las tenebrosas horas del desaliento, en los 
momentos desesperantes, no cabe más consuelo que 
la voz dulce del Rabí Nazareno ; divina voz de ¡socia- 
lismo de amor! La vida es la onda luminosa que 
repercute en el espacio, y que va en busca de Dios. 
Hay una esencia omnipotente, creadora, soberana 
y absoluta; y existe, en la humanidad, una impul- 
sión, un instinto, una sed ardiente de elevarse al Ser 
Supremo. La Religiosidad y el Lenguaje caracteri- 
zan al hombre. ¡A Dios se le entiende con el co- 
razón ! 

La divina doctrina previo, hace cerca de dos mil 
años, los pavorosos problemas que hoy preocupan a 
las naciones más cultas de la tierra. Sólo observando 
fielmente las máximas cristianas, sin intemperancias, 
ni adulteraciones, por medio de obras eficaces de man- 
sedumbre y justicia reparadora, se salvará la huma- 
nidad ; sólo amándose los unos a los oíros, habrá 
paz. La falta de religión patriótica, de religión popu- 
lar, de religión fraternal, de religión doméstica, hace 
que el mundo se convierta en anárquicas hecatom- 
bes, que llevan la ponzoña del ateísmo a los corazo- 



(1) San Agustín. 

30 



nes pervertidos, rebosantes de crueldad, sangre y 
exterminio. Hoy, por todas partes, se quema incien- 
so al interés, con abyecta codicia crematistica ; se 
lucha por el oro, despreciándose al desgraciado, 
como rezago inútil y nocivo. Hay hambre de pla- 
ceres y cosecha de calamidades. El utilitarismo 
escueto de todo elemento ideal, carcome el alma de 
las naciones modernas. Empecatada filosofia es, 
por cierto, la de aquellos dementes que proclaman 
ser preciso, para el adelanto de la humanidad, abo- 
rrecer lo pasado y derribar lo presente, con anar- 
quía, ruina y exterminio. Et aprés le détuge. 

¿Verdad que el desquiciamiento de los pue- 
blos, el destrozo mundial aún no concluido, debiera 
servir de aterradora lección para nuevas orientacio- 
nes, deducidas de experiencias recientes y horripi- 
lantes, que muestran socavadas las bases de la so- 
ciedad, por el egoísmo, el sensualismo, el dolarismo, 
el materialismo, el industrialismo, el judaismo, el 
desbarajuste económico y el oprobio corruptor? En 
medio de los maravillosos inventos, de las sorpren- 
dentes conquistas materiales, surge el espectro del 
hambre, aparece la loba demacrada, de que nos 
habla el Dante. Ahí están muchos millones de seres 
humanos que no encuentran que comer, porque 
llegaron tarde al banquete de la vida. ... Se decan- 
ta, por todas partes, la civilización, los derechos 
inherentes al hombre y la democracia igualitaria. (1) 
No existe solidaridad social. 



(1) Henri George: "Progreso y Miseria". 
31 



Sin benevolencia, resignación y tolerancia; sin 
el áncora de los valores morales, y fuerzas ideoló- 
gicas, se hundirá el mundo. Mientras la avaricia 
voraz acapare riquezas fabulosas, y al mismo tiem- 
po, el pauperismo corroa los huesos de millonadas 
de desheredados de la fortuna, se arrojará la ava- 
lancha hambrienta de las fieras sobre el cadáver 
fétido de una sociedad corrompida. Después de la 
guerra mundial, horriblemente aterradora, viene la 
débácle apocalíptica, más arrasante todavía, entre 
el capital y el trabajo, a desquiciar los ejes del mun- 
do ; la codicia y el hambre despoblarán la tierra. 
Entre tanto que la doctrina de amor — enseñada por 
Cristo a los que le seguían — no sea una realidad, 
no habrá paz ni reposo. Hemos llegado a la época 
más crítica de la historia, confirmándose la senten- 
cia bíblica: "Mientras más ciencia, más dolores". 
Mientras más adelanto material, más barbarie. Líri- 
camente se proclama la libertad, irónicamente se 
habla de igualdad y blasfemamente se hace relucir 
la fraternidad, cuando el bolchevismo siniestro, arro- 
llador, lleva en el fondo miseria, rabia, destrucción 
y muerte; la demencia en las masas famélicas; la 
abominación clamorosa, y el odio delirante y salvaje 
por doquiera. ¡ Ah ! La desigualdad humana será 
siempre tan absoluta como cuando la decantaron 
Zenón, Plutarco y Montaigne. Ni las teorías des- 
lumbradoras y engañosas, ni la fuerza, ni la anar- 
quía, nunca podrán igualar lo que nació esencial- 
mente desigual. (1) El comunismo igualitario es 



(1) Carlyle, Emerson, Taine, Haubert, Nietzsche, Comte y mu- 
chos filósofos más sostienen la superioridad individual. "La liber- 
tad, la igualdad, la fraternidad, bellas palabras, encierran bellos con- 

32 



arrasante, destructor, imposible. En horas satáni- 
cas, las turbas criminales pueden ser cómplices; 
el pueblo cristiano, jamás. La chusma incendiaria 
de la Comuna, que obedecía a Lutz, el desorbitado; 
las hienas que llevan a la práctica la fobia de Lenín, 
constituyen la más profunda antitesis entre aquella 
demencia y la santa y pura democracia, que se diera 
ósculo de paz con la tolerancia y el amor, en el 
Sermón de la Montaña, fuente sublime de la más 
fecunda emotividad. La religión del amor al prójimo, 
lleva la savia de la fraternidad social. Pax et Bo- 
num, proclamó como su divisa, desde el siglo XIII, 
la orden franciscana ; la paz y el bien, la simiente 
divina que Jesús sembró en el mundo, esparciendo 
el socialismo del amor, la fraternidad humana, 
opuesta al socialismo rojo, de odio, demencia y 
guerra. El gran santo Francisco de Asís, siguiendo 
las huellas del Maestro, es el prototipo del socialis- 
mo cristiano. El gran pontífice León XIII, en su 
magna labor social, en sus encíclicas sapientísimas, 
desarrollando el Evangelio, dejó la norma para re- 
solver las gravísimas cuestiones que agitan a la 
humanidad. "Ama a tu prójimo como a ti mismo..." 
El elocuente Lacordaire decía : "No considero 
en estos momentos, en Cristo, sino al hombre, y 
preguntó: ¿Ha habido nunca, sobre la tierra 
un hombre que haya dejado huellas más heroicas, 
más grandes, más permanentes, más llenas de ma- 
jestad que el Galileo?" Hasta Renán, en un rapto 
de sugestiva admiración, al final de La Vida de Je- 



cepfos: han sido el evangelio de los siglos XVIII y XIX; pero es lo 
cierto que se han erigido en su nombre, muchas veces, la arbitra- 
riedad y el caudillaje autocráticos." — Rene Montero. 

33 



sus, exclamó: "¡Si no fuiste Dios, mereciste serlo!" 
El cristianismo recogió y divinizó cuanto el mundo 
había hecho de grande, hasta el momento providen- 
cial en que vino Jesús a establecer la redención de 
dulzura y fraternidad. 

Por lo demás, el progreso material trae irreduc- 
tiblemente — cuando no va acompañado de fuerzas 
morales — tormentosos gérmenes para las clases la- 
borantes haciendo que los descubrimientos y las 
máquinas, sustituyan de improviso a los brazos; que 
el abuso desatentado del crédito, desmonetice los 
metales preciosos, perdiendo el oro la unidad de 
su poder regulador y la fijeza de su brillo; de- 
jando tremantes ros cambios y exangüe al prole- 
tariado ; a la vez que el positivismo árido y seco 
marchita los corazones y acibara las conciencias; 
cuando las villanías se amamantan a los pechos de 
la incredulidad y del sórdido interés. (1) Mientras 
viaja el hombre rápidamente por los aires, como 
las águilas, y habla al través de distancias enormes 
y se posesiona del rayo y navega debajo de los ma- 
res, millones de seres humanos se mueren de ham- 
bre. La Revolución Francesa proclamó, como una 
panacea, la igualdad ante la ley y ahora se pretende 
la igualdad ante tos goces, la destrucción de la ri- 
queza, el comunismo imposible de subsistir. Es que, 
en esta edad desquiciada, procelosa y turbia, se im- 
pone — como base de la regeneración económica — 
la regeneración moral, ya que las naciones forman 
una gran familia, esparcida por órbita mayor que 
la que alcanza el radio de sus necesidades materia- 



(1) Zozaya: "La Crisis Contemporánea". 
34 



les. Diríase que el mundo padece de neurastenia 
en el alma, por el ansia de riquezas. Solamente se 
acaricia a los poderosos y ricos. (l> Todo hombre 
tiene derecho a la vida y a los elementos indispen- 
sables para desarrollarse y procurar su felicidad. 
La más negra esclavitud es la del hambre. La ola 
arrasante avanza; un grito de desesperación anuncia 
tormenta. . . ¡Homo homini lupus! 

Y sólo donde unos cantan 

Y otros desdichados gimen, 
Surgen pasiones que espantan, 

Y que en su lucha levantan 
Las tempestades del crimen. 

Con la maravillosa difusión cultural, con la ad- 
mirable rapidez de las comunicaciones, con la gran 
extensión de la lectura, con el ambiente igualitario, 
ha brotado la inquietud delirante de la riqueza, la 
furia de los goces, el frenesí del dinero, sin reparar 
en medios ; la lucha tremenda entre el capital y el 
trabajo, las tendencias al comunismo antisocial, co- 
rruptor y destructor. . . Se hace preciso que vuelva 
el hombre a la Madre Naturaleza. La humanidad 
debe vivir de acuerdo con el ritmo de las fuerzas 
naturales, en el orden, dentro del ambiente que Dios 
le dio. Se necesita reintegrar el espíritu privado y 
purificar el público. El lujo y la miseria son esco- 
llos en que naufraga la vida social. 



(1) La gran novela de Blasco Ibáñez, "El Oro y la Muerta", 
desarrolla con brillante maestría, la sed de riquezas que cunde en 
el mundo. 

35 



El desenvolvimiento de la piedad y de la paz, 
que vaticinó Virgilio (1) "para cuando se extendiera 
la voz y se acatara la palabra del Niño celestial, que 
nacería de una virgen", y haría que el león cuidase 
del cordero, a efecto de que místicamente enlazados, 
quebrantaran la cabeza de la serpiente, no se reali- 
zará — anunció el vate — hasta que el "renuevo de 
los cielos, el Hijo del Omnipotente, evite que el mun- 
do vacile sobre sus ejes". (2) ¡Tal anunció, con esas 
típicas palabras, treintinueve años antes de Cristo, el 
inspirado oráculo! Lo mismo que el Dante, mucho 
después, en su inmortal Viaje fantástico, llevando 
de guía a Virgilio, y aludiendo a la prof ética visión 
del divino cantor : 

Cuando dijera "el siglo se renueva, 
Recobra la equidad su imperio humano, 
Baja del cielo una progenie nueva, 
Por tí, poeta fui, por ti cristiano". 

En estos pensamientos, que van al frente de mis 
"Memorias", voy recogiendo las Resonancias del 
camino, que en muchos años he recorrido ; y dejando 
ideas desparpajadas, como el vuelo de la golondrina 
o el curso azaroso del torrente, que se pierde entre 
las flores de sus orillas. Válgame de excusa, por lo 
incoherente de mis impresiones y anhelos, lo espon- 



(1) "Égloga IV", intitulada A Pollón. 

(2) "Égloga IV, intitulada A Polión. Virgilio glorifica el naci- 
miento del hijo de su amigo Asinio Polión, cónsul romano por el año 
40 (A. de J.)« Bossuet y otros creen que es anunciación, del Mesías, 
y alguien atribuye el tema de la égloga al hijo del emperador Au- 
gusto. (M. G.) 

M 



táneo de la emoción, la sinceridad que los produce, 
ajena a todo interés mezquino, e inspirada por al- 
truistas propósitos, sin temor ni pretensiones, ya en 
el ocaso de mi larga vida. . . 

La felicidad que es dado conseguir en el breve 
tránsito sobre la tierra, lejos se encuentra de las 
ansias desapoderadas y de las vertiginosas alturas. 
La felicidad viene, en gran parte, del interior de la 
mente. Existe algo que afecta la íntima naturaleza 
del hombre. La alegría de la existencia brota de la 
pureza de costumbres y de la fruición que se dis- 
fruta cuando no se sufren dolores en el cuerpo, ni 
aflicciones en el alma, ni pesares en el corazón. En 
la sencillez de una vida de afectos tiernos y verda- 
deros, de satisfacción modesta, podrán hallarse la 
tranquilidad del espíritu y la salud, que forman 
la ventura posible, en días claros, sin desasosiegos 
amargos, ni abrasadora sed de locas vanidades; sin 
temer, ni anhelar, el trance de la muerte. Mientras 
menos complicada sea nuestra manera de vivir; 
mientras cultamente se acerque a la sana y robusta 
naturaleza, se alejará de tantos sinsabores y des- 
engaños. La sencillez de las costumbres aligera la 
existencia. La ventura de un hombre es fruto, en 
mucha parte, de su carácter, según frase de Emer- 
son, La dulzura es la base de la felicidad domés- 
tica. El artificioso desequilibrio pasional, el ansia 
igualitaria de placeres, la demencia abominable de 
poderío, mando y dolorosos engaños; el batallar ira- 
cundo por el oro, arrastran a la desdicha, produ- 
ciendo la tisis del alma, la desesperanza. Nivela- 
dora democrática, la felicidad no desdeña la cabana 
del pobre y, a veces, la prefiere al alcázar del orgu- 

37 



lioso potentado. Sabio, por de más, resulta el pro- 
verbio árabe: "Un mediano bienestar tranquilo es 
preferible a la opulencia, cargada de preocupacio- 
nes". "La moderación — exclamó Menandro — es la 
ventura de los hombres." Es lo cierto que pasamos 
tras espejismos, desdeñando los momentos presen- 
tes y enfocando nuestro anhelo en fantástico fu- 
turo, al cual ansiosos dirigimos una mirada lejana, 
mientras las horas se deslizan, dejándonos recuer- 
dos hirientes. "El pan nuestro de cada dia — dijo 
el Maestro — dádnosle hoy"; y la felicidad es el 
pan del alma, que debe saborearse diariamente, sin 
ansias locas, ni descontentos febriles. El ayer ya 
no existe, y el mañana no ha llegado; disfrutemos 
del presente, con serenidad tranquila, huyendo de la 
neurosis que consume, del temor que debilita y del 
abatimiento que aniquila. El amor, la felicidad y el 
reposo no se compran. La ciencia es una de las cau- 
sas de la complejidad creciente de todos los negocios 
humanos; pero, también, la ciencia da armas efica- 
ces para resolver atinadamente las dificultades que 
se presentan hoy, en la ardua tarea de gobernar a 
los pueblos. (1) El malestar no es étnico, ni de una 
nacionalidad; es social y profundamente desolador. 
Jamás la mudanza de una edad a otra, había presen- 
tado caracteres tan horribles, como los apocalípticos 
caracteres de ese gemido estridente, que proclama la 
obstrucción total de la sociedad, a la manera del 
fuego, que roza un campo, para que produzca nueva 
hierba. No hay, en verdad, cosa más espeluznante 



(1) */. M. Yepes: — "El Parlamentarismo", página 16. 
38 



que la regresión, que se pretende, a la salvajez de 
un mundo harto civilizado materialmente. Los 
explotados, los desheredados, que son los más, bus- 
can — de acuerdo con las doctrinas de Freud — am- 
plia, pero vana compensación, por sus anhelos com- 
primidos y estado miserable.- La Torre de Babel 
dispersó a los hombres, sin que pudieran enten- 
derse. . . 

Dice el gran dramaturgo Jacinto Benavente : 
"La sociedad humana es democrática por natura- 
leza; tiende a la igualdad de continuo, y sólo a duras 

ir 

penas tolera que nada sobresalga de la común me- 
dianía ; para conseguirlo es preciso una fuerza, po- 
der, talento, hermosura, riqueza; alrededor de ella, 
atemorizados, más que respetuosos, se revuelven 
los hombres, como fieras mal domadas; pero al fin, 
el domador cuida de alimentarlas bien; y el poder 
ofrece destinos; la riqueza, convites; el talento, sus 
obras; y las fieras parecen amansadas, hasta que 
un día falta la fuerza, decae el talento, envejece la 
hermosura, se derrumba el poder, desaparece el di- 
nero. . . Y aquel día, ¡oh!, ya se sabe: la comida 
más sabrosa de las fieras es el domador." 

La efímera vida humana sería despreciable, si 
no pudiese alcanzar el valor absoluto y el sentido 
de eternidad, sostenidos por el Evangelio. "No ma- 
tarás", había dicho Jesús ; y Pilatos mandó, laván- 
dose las manos, deferir a la sentencia de Caifas: 
"¡Conviene — dijo — que muera un hombre, para 
bien del pueblo!" Salus popnli, suprema lex. Des- 
pués de la reciente guerra europea, ha perdido la 

39 



vida mucho de su prístino valor; antes, proclamado 
como una garantía; hoy vale menos. Va el mundo 
moralmente en regresión. Ml 

La dislocación política, social y económica, es in- 
separable de la proterva dislocación de las costum- 
bres. (2) El individualismo internacional es un virus 
que ha cundido como consecuencia de las ideas 
disolventes, tamizadas desde la Revolución France- 
sa. La guerra europea tenía que producir, en lo 
civil, económico y social, trastornos incalculables. 
Estamos al borde de una transformación convulsiva 
y tremenda. Desmoronadas 4as dinastías, saturadas 
las democracias de elementos explosivos ; el parla- 
mentarismo desacreditado, por funesto; la Gran 
República de América, la acreedora de Europa, con 
problemas políticos, étnicos, financieros e interna- 
cionales; y provocando, por su desarrollo maravi- 
lloso, los celos heráldicos de potencias históricas; 
la conciencia humana — sin valladares religiosos 
ni tradicionales — , todos esos grandes factores hacen 
temblar el centro de gravitación del mundo, y una 
sombra lúgubre de destrucción desoladora, un grito 
de angustia de las razas humanas, se levantan por 
doquiera. El terremoto social precederá a la nueva 
aurora de redención y de progreso. Las generacio- 
nes que vengan han de calificar políticamente este 
siglo, del petróleo y de las huelgas. Se nos echará 
en rostro que, en la época presente, lo que menos 
se supo conservar fué la integridad humana, la mo- 
ral social, los valores ideales, lo que eleva y dignifica 
a la sociedad. 



(1) Luis de Zuleta — : "Ahora un hombre vale muy poco". 

(2) Gustavo Le Bon — : "El Desequilibrio del Mundo". 

40 



¡ Cuánto atesoran la& reminiscencias pretéritas, 
que parecen avivarse con los últimos años, como se 
intensifican las postreras llamaradas del derruido 
tronco, al lamer inquietas sus cenizas, que no quisie- 
ran extinguirse; cómo se reanima el aleteo de las 
almas buenas, con las preces agónicas! Los recuer- 
dos sustituyen a las ilusiones- La serena indife- 
rencia de la caida del sol; la calma hierática del 
vespertino crepúsculo, bañado de destellos de oro, 
nácar y azul, muestra sin nubes el horizonte, al decir 
adiós el astro rey, para renacer en lejanas regiones. 
Tal parece que la esencia de las cosas entra en nues- 
tra alma ; y es el espíritu universal, que la hace 
vibrar intensamente, produciendo la chispa del mo- 
mento, la fiel imagen de lo que fué, con fruición 
dulcísima, halagos de ensueño y fulgores de reali- 
dad. A medida que el cuerpo desmaya, que la san- 
gre se enfría, reacciona el ánima, cuya esencia es 
cual la zarza del Horeb, encendida por el hálito divi- 
no. Cada ser humano, sediento de lo infinito, es 
sacerdote de Dios. En el salmo de la vida, la aurora 
de la sonrisa y el crepúsculo del sollozo, son el 
principio y fin de la existencia terrena ; peldaño no 
más de transformación ascendente, por medio de la 
virtud, aristocracia del corazón. La idea de purifi- 
carse es filosófica, cristiana y conforme a 'nuestra 
naturaleza. La aberración de desaparecer, como un 
verraco, sería humillante y desastrosa, si no fuera 
desconsoladora y brutal. El hombre lleva tendencia 
a impresiones celestiales. El corazón presiente la 
inmortalidad. Vienen a mi espíritu, en este instante, 

41 



los consoladores versos del soneto de mi ilustrado 
ami$o, a quien tanto admiré, el general Vicente Riva 
Palacio : 

Que tiene la vejez horas tan bellas, 
Como tiene la tarde sas celajes, 
Como tiene la noche sus estrellas . . . 

Al través de las vicisitudes, se apega el senti- 
miento, lleno de ternura y de pesares, a las cosas 
que nos rodean más de cerca, y que son como parte 
de nuestra propia existencia. La ciudad en que na- 
cimos, el hogar paterno, en donde nuestra niñez 
despertó a la luz ; la pradera de nuestros juegos 
infantiles; el huerto nemoroso, con libélulas de en- 
sueños ; todo aquello que nos traslada — en alas de 
dulce remembranza, y suprimiendo, con la imagi- 
nación, la via de infortunios — a horas diáfanas, sin 
memorias amargas, ni negros presentimientos, pare- 
ce, tras el otoño de la vida, un fresco oasis en el 
rápido desgranarse de los años ; ya que no hay nada 
en el mundo que no se doblegue y rinda. Todo es 
efímero: la flor, el beso, la pasión ardiente, la som- 
bra de la dicha; pero renace la naturaleza, al soplo 
de las voluptuosas brisas primaverales ; brotan lirios 
y se alegra el campo, oreando el aire verde la mar- 
chita frente del ser humano pesaroso ; porque aque- 
lla ley inmutable del universo, no alcanza a renovar 
aquí su vida. El rey de la creación cuenta los pasos 
que le separan de la tumba, por el número de veces 
que han visto sus ojos a la primavera vestir de nue- 
vo follaje de ramas a los árboles, rebosantes de 
nidos, gorjeos y ternezas. 

42 



El hombre, como las plantas, se adhiere al sue- 
lo en que nace, alimentándose con su savia, absor- 
biendo el ambiente que le rodea y esparciendo el 
espíritu en derredor del pequeño mundo que lleva 
lo íntimo de sus caras afecciones, la esencia de sus 
goces y lo amargo de sus dolores ; ahí enraizan re- 
cuerdos y florecen esperanzas. El alma del terruño 
es una realidad, que flota en el aire, se bebe en el 
agua, alza marejadas en el corazón y provoca anhe- 
los sin palabras ; es una viviente realidad consagra- 
da por el óleo santo del sentimiento, la tradición 
y la gloria. En fuerza de mirar los objetos que nos 
acompañan, acabamos por poner en ellos una parte 
de nosotros mismos, con los ojos, con el pensamien- 
to, con el alma. Cuando pienso en los días de mi 
infancia, fosforece la niebla del olvido, creo escu- 
char voces remotas y aspira mi corazón aires leja- 
nos, saturados con el goce de la vida. Cuando mi 
juventud fué la gota de rocío, que cae del cielo y no 
brilla más que un instante sobre las flores; cuando 
volaron mis horas de sol, dicha y ventura; cuando 
contemplo, al atardecer de mi existencia, los progre- 
sos de la tierra donde nací, se aviva mi amor a 
Guatemala. "Amar a otra patria más que la suya 
propia, es robar a su madre para dar limosna." 

¡ Mi patria, cuyo nombre 
Es canción en el arpa del poeta; 
Grito en el corazón, luz en la aurora, 
Fuego en la mente y en el cielo estrella! 

Después de la guerra mundial, que produjo la 
gran perturbación ética, económica y profunda, hoy 
más que nunca ha de afirmarse el amor a la patria. 

43 



En tiempos tormentosos debe ser más intensa esa 
pasión instintiva por nuestro suelo, en donde aspi- 
ramos, por vez primera, el hálito de la vida. 

Bajo las sombras de la tarde, que se desvanece, 
en el transcurso de las generaciones que se van; al 
surgir lejanas remembranzas, con la tristeza infinita 
de los recuerdos, resucitando viejos episodios, diría- 
se que repercuten, en un sueño, los tristes ecos de 
fugitivas edades. 

Se vive de lo que ya no existe. Dulcís exhubice, 
dum fata deisque sinevant! Para martirio de los 
postreros años, queda el hombre sujeto a su memo- 
ria, como Prometeo encadenado a una roca. El 
horizonte se encuentra triste, desierto; se vuelve 
la vista atrás, y en los días de penumbra, desapare- 
cen los seres más queridos, y se halla uno solo, con 
las cenizas frías de lo que fué. . . 

La vida es una cadena de fugaces sucesos, que 
van como las nubes, tomando formas, matices y 
aspectos diversos, mirados por uno mismo tras el 
prisma de las variaciones de nuestra organización, 
sentimientos, caprichos e idiosincrasia, que cam- 
bian con los distintos estados del ánimo, según la 
edad, la experiencia y otras muchas causas, produ- 
ciendo enigmas al espíritu humano. El hombre 
viene a ser el compendio del tiempo; el correlativo 
de la naturaleza, que se preocupa de las especies, 
mas no de los individuos. Los hombres no pueden 
considerarse más perfectos que el sol; el sol quema 
con la misma luz que calienta; el sol tiene manchas. 
Los desgraciados no hablan más que de las man- 
chas; los agradecidos hablan de la luz inefable. 

44 



Desde la senectud hasta los ardientes impulsos 
de la virilidad, los mirajes de la adolescencia, y lo 
tranquilo de la niñez candorosa, hay una escaía poli- 
croma, que forma las páginas fugitivas de nuestros 
dias trabajosos. Con melancólica ternura las re- 
corro en estas Memorias, como el caminante que 
contempla, después de largo viaje, la estrecha senda 
que le lleva al fin de la jornada. 

Idealidades, alientos y desmayos, constituyen 
nuestra atareada existencia ; en medio de esta natu- 
raleza tropical, que es canto y a la vez plegaria. 
Por doquiera óyese una dulce resonancia de preces; 
el ave, el río, la pradera, el mar; todo se eleva en 
oración anhelante. En la suprema elegía del atarde- 
cer, cuando los pájaros buscan sus nidos; cuando 
cada corola adormecida parece un búcaro de incien- 
so, cuyo perfume sube a morir entre el fausto del 
sol poniente. El suspiro, la queja, el recuerdo me- 
lancólico, llevan en germen celestiales anhelos. El 
espíritu universal ora silenciosamente ; las sombras 
crepusculares se esparcen entre los misterios de la 
noche, encendiéndose una a una las estrellas, que 
titilan gloriosas en el inefable altar del universo, 
anunciando otros mundos, irradiando inmortalidad, 
vida futura. 

Es la vejez viajera de la noche, 
Y al paso que la tierra se le oculta, 
Ábrese amigo a su mirada el cielo. 

(Rafael Pombo.) 

Al emerger los fuegos fatuos, las escenas de mi 
larga existencia, en la nebulosa decoración de los 
días vencidos, me agobia un letargo abrumador; 

45 






siento lánguido desmayo, como el viejo soldado que 
desempolva su añosa panoplia y con maquinal pa- 
ciencia va quitando la herrumbre a sus más precia- 
das armas. Todo lo que se recuerda nos hace enve- 
jecer. El tiempo muerto — como dijera Rodó — ha 
palpitado ahi con visceras y sangre humana; es la 
soledad de la casa, donde hubo habitantes; el vaso 
en que el agotado licor puso su esencia. La vida 
que pasó tiene el sugestivo desarreglo de un lecho 
en que el amor gozara. . . Las amarillas hojas, que 
caen sobre el surco, apenas producen eco, dejando 
melancólicas resonancias. Las sombras borrosas 
de mis pobres evocaciones ocupan el relicario vacío 
de mis anhelos. Siquiera que algunas de esas me- 
morias sobrenaden, después de la borrasca que me 
ha arrojado al puerto del olvido; ojalá justifiquen 
que el honor y el patriotismo fueron la norma de mi 
existencia. 

Bien se comprende que, en una época tormen- 
tosa como la actual, en que no se rinde culto a la 
tradición, ni se presta interés a lo que dejó de ser, 
siquiera constituya el germen de lo presente; ni son 
pocos los que abrevan en las estancadas aguas de 
Leteo, queriendo borrar las huellas históricas ; pare- 
cerá tarea baladí la de esfumar memorias perdidas 
de sucesos y gentes, de acaecimientos y personajes 
de lejanos tiempos. Pero, para los que no renieguen 
de los brazos maternos de las edades pasadas, para 
aquellos que gusten de enaltecer la vigorosa acción 
cívica de nuestros hombres representativos, de gozar 
con los episodios patrios, evocando los hechos prin- 
cipales y las costumbres antiguas en la sucesión de 
los tiempos y ambientes diversos, que por desgracia 

46 



han sido en Guatemala como en la mayor parte de 
las repúblicas indohispanas, guerras lamentables 
o largas autocracias, según explica prolijamente el 
notable critico Ugarte; (1) en estas memorias, deci- 
mos, queda esbozado lo más culminante sin partida- 
rismo alguno; prefiriendo en lo posible, los tintes 
claros a los oscuros; los elogios merecidos, a las 
amargas diatribas; aunque a riesgo de provocar el 
disgusto de los sectarios irascibles, propensos siem- 
pre a escarnecer a los del bando opuesto ; sin parar 
mientes en que, en todos los partidos ha habido 
guatemaltecos sobresalientes, quienes para ser juz- 
gados, preciso se hace tener en cuenta el tiempo y el 
medio en que vivieron, las circunstancias especiales 
en que figuraron, y la tolerancia recíproca, absoluta- 
mente indispensable, a fin de que el país no se con- 
vierta en lucha atroz, entre los mismos conciudada- 
nos; y que resulte, en último análisis, un infecto 
fango de odios, en el cual, la calumnia y la injuria 
pretendan que no haya habido sino crímenes y des- 
aciertos en nuestros fastos. Los añejos partidos 
históricos, el liberal y el conservador, están hoy re- 
trasados, según la ideología moderna. | Ojalá que 
este libro contribuya a corregir errores y a deshacer 
injusticias ! Hay mucho que rectificar. 

El sectarismo intransigente es morboso y em- 
pequeñece la patria, dividiendo las fuerzas y empon- 
zoñando las voluntades. No olvidemos — decía Lit- 
tré — , que la amplitud, en creencias y opiniones, es 
una de las más bellas virtudes sociales que la civi- 
lización ha producido, y moralmente pone a la edad 



(1) The New York Times— Abril 24 del año 1927. 
47 



moderna muy por encima de los tiempos pretéri- 
tos. (1) La Historia «s la fuerza operante de la con- 
ciencia humana ; la clínica de los pueblos ; el enlace 
del pasado con el presente. Todo trae elementos 
subterráneos, provenientes de los muertos, que de- 
jan sus tradiciones a los vivos. El espíritu recto, 
sereno e imparcial, es el que debe prevalecer, al 
juzgar a los que figuraron en la escena política, y 
fueron, por el turbión de los años, a asilarse en el 
seno de lo desconocido. Hay que tener en cuenta 
la relatividad de las ideas, sentimientos y costum- 
bres. El hombre, como el insecto, toma la savia y 
el color de la planta en que vive. 

No olvidemos que los pueblos que no luchan 
por salvar sus tradiciones, mueren irremediable- 
mente bajo el peso ignominioso de la esclavitud o 
del olvido. Hay que rehacer nuestra historia, con 
amplitud de miras ; hay que levantar el nivel moral, 
intelectual y físico. En lo futuro, no será posible 
retrogradar a regímenes turbulentos, verbalistas y 
canallescos. "Gobernar es prever — dijo un popu- 
lar escritor — y aquel que no previo, no volvió con 
el mismo gesto la espalda al triunfo y el rostro al 
engañado." (2) Ya se sabe lo mucho que han costado 
las falsas ideas y las quimeras teorizantes. 

Anima-do del espíritu de verdad, con el corazón 
abierto a las más puras impresiones, acariciando 
gratísimos recuerdos, y en la certeza de que el país 
no puede vivir al acaso, sin fijar los problemas socio- 
lógicos para resolverlos científicamente, dejo este 



(1) El ilustre filósofo francés Henri Bergson: "Evolución 
Creadora". 

(2) Vargas Vila: "Clepsidra Roja", Página 161. 

48 






libro de episodio* nacionales, evocando algo de la 
historia real de un siglo, de mi patria adorada, con 
la visión de los sucesos en que he tomado parte, 
o presenciado ; asi como de las vicisitudes y desas- 
tres que ha venido experimentando Guatemala, la 
sin ventura, como llamaron a su noble fundadora. 

Siendo, como exclamara Menéndez y Pelayo, 
ante las inepcias de los vivos, refugio amoroso en 
el trato íntimo de los muertos, y en el recuerdo de 
los hechos pasados. Cediendo a aficiones que me 
llevan al contacto estrecho de los libros, me he pro- 
puesto señalar algo de lo que he visto o investigado. 
La verdad es que los extravíos, los enervamientos, 
las intolerancias de los partidos que se han dispu- 
tado el poder, fueron remora de la evolución con- 
forme con las leyes sociológicas, que al fin tiene 
que cumplirse, en este vivir febril en que todo cam- 
bia rápidamente. Hoy, no son las proezas, ni menos 
las inhumanidades, ni las guerras, ni las batallas 
sangrientas. Son los hechos trascendentes, que for- 
man fuerzas progresistas, que elevan al hombre, 
que idealizan la vida colectiva, que moralizan, y 
muestran una filosofía en el desarrollo social. Los 
cronicones añejos no informan los contornos moder- 
nos de la historia científica de la época presente. 

La historia es, o bien un camposanto piadoso, 
o un laboratorio de investigación paciente, prove- 
chosa y objetiva, a cuyo augusto recinto hay que 
acercarse limpio de fanatismo y preocupaciones, sin 
echar en olvido que toda culminación es envidiada. 
Los malsines se complacen en abatir lo que sobre- 
sale. Por honor a Guatemala, por espíritu patrió- 
tico, debemos deponer rencores y prejuicios. No con- 

49 



tribuyamos a emponzoñar la atmósfera política, ni 
demos ocasión para que se diga que hay patrias que 
se convierten en madrastras de sus propios hijos. 
El ilustrado guatemalteco doctor don Alejandro 
Maniré, y el general don Miguel García Granados, 
entre otros, han sido los que, con serenidad, nos 
dejaron relatos verídicos de lo que presenciaron. 
Fueron historiógrafos imparciales, superiores a las 
exigencias de las pasiones partidaristas, que ofus- 
caron a otros escritores, en materias relacionadas 
con nuestros fastos palpitantes. La verdad desinte- 
resada, sin sombras tendenciosas, ni personalismos 
recalcitrantes, ni exaltaciones políticas, no ha brilla- 
do mucho, por cierto, en los voceros declarados de 
parcialidades o banderías, a las cuales sirven como 
luchadores ciegos, desfigurando los sucesos y per- 
virtiendo el ávido criterio de la juventud, ansiosa de 
lo cierto y verdadero. La historia guatemalteca an- 
tigua, ha podido progresar mejor que la moderna 
o contemporánea, propensa a saturarse completa- 
mente del medio, y a corromperse con el ambiente 
que se difunde, sin reparar en los males que cau- 
san, al tergiversar la historia verdadera. 

Después de la terrible guerra europea, en la 
cual también la América tomó parte, no sólo han 
cambiado los resortes económicos, siendo el centro 
financiero del mundo — los Estados Unidos — , sino 
que hay tendencias de no reconocer la igualdad sobe- 
rana de las pequeñas nacionalidades. No faltan pro- 
fesores de Derecho Internacional que sostienen la 
supremacía de las Grandes Potencias sobre los paí- 
ses pequeños. Citaremos, entre esos profesores, a 
Lawrence y Baker, que han querido elevar a teoría 






legal la inferioridad de las naciones pequeñas. Los 
Estados Unidos, unas veces cjescaradamente, y otras 
con pretexto de favorecer el orden y la paz. han 
intervenido en las repúblicas débiles. La realidad 
es que no pueden dejar de pretender la hegemonía, 
en el Atlántico y en el Pacífico, en el gran Golfo de 
Fonseca, para resguardo del Canal de Panamá y 
para llevar a cabo el de Nicaragua. Siempre será 
verdad el refrán: "Que el pez grande se traga al 
pequeño". . . 

Sigamos a todo trance por la senda de la paz, 
el evangelio de la concordia, del amor digno y fe- 
cundo. No prolonguemos, con impiadoso propósito, 
la estéril lucha de los agresivos partidos históricos. 
Que resalte la ley de simpatía, hasta donde se com- 
padezca con la realidad de los hechos y las formas 
de la vida, cual cumple a la crítica sincera. La his- 
toria necesita despojarse de las ruines veleidades 
que produjeron el incendio revolucionario, los suce- 
sos sangrientos y las desventuras nacionales. La 
proyección augusta de nuestros hombres eminentes 
se extiende, por reflejo de la solidaridad del terruño, 
en la alameda de cipreses que guardan la senda 
trazada por los que nos precedieron. No salpique- 
mos de invectivas la vía dolorosa de los años preté- 
ritos, sin dejar por eso de censurar lo malo. La 
intuición profética de nuestra grandeza futura, im- 
plica la majestad del pasado, mal que pese a la 
pasión y al pesimismo. Del culto de lo viejo y del 
heroico impulso de lo nuevo, brota la vida en lo por- 
venir, sin desdeñar ideales, y realizando promesas. 
No sigamos a Longfellow, cuando exclamó : "Let 
the dead past bury, it's dead". 

51 



La enseña de los tiempos es hoy de "coope- 
ración", de ayuda a nuestra obra de conjunto, de 
esfuerzo de voluntades, a] mejoramiento social. 
"Todas las cosas humanas deben retrogradar, si no 
progresan." m 

Con razón exclamaba Macaulay, que el resul- 
tado de las violentas animosidades de los añejos 
partidos, ha sido siempre la indiferencia por el bien 
general; que en donde las pasiones políticas están 
enardecidas, sus adeptos se interesan, no por la 
masa toda del país, sino por la parte de él en la cual 
militan, siendo a sus ojos los demás como extran- 
jeros, peor que enemigos, más dignos de exterminio 
que piratas, a quienes no debe darse cuartel. El 
odio profundo e inveterado que puede inspirarles 
un pueblo extraño, es amistad, si se compara con 
el que sienten por esos enemigos domésticos, con 
los cuales viven encerrados en un corto espacio, con 
quienes han establecido comercio de insultos, y de 
los que sólo guardan el día que triunfen; tratamien- 
tos peores aún de los que pudiera imponerles un 
conquistador venido de luengas tierras. La pasión 
política es la más iracunda de todas las pasiones. 
Por eso los países que la fomentan están creando 
tempestades. Acordémonos que nada se pierde en 
la eternidad de los tiempos, en la vida universal. 
Acordémonos que, como decía Napoleón el Grande, 
"la historia es la más cruel de las maestras, porque 
no perdona errores". 



(1) Ed. Gibbon: "Hiítory of the decline and fall of the Román 
Empire", Vol. VII, page 304. 

52 



La América Central ante la Historia es una 
exposición de conjunto ; no pretende agotar el tema 
minucioso y estéril de los hechos pasados, sino de 
los cardinales. Hoy se presta más atención al as- 
pecto científico, filosófico y sociológico, que al de- 
talle y a la cronología menuda de los sucesos des- 
carnados. Nuestra tendencia es sembrar, en el 
espíritu de la juventud, la tolerancia y la transigen- 
cia, lejos de odios y exageraciones, que han causado 
males y desgracias por falta de un amplio concepto 
de la historia de nuestro país, desnaturalizada y 
falseada por la virulencia de la pasión política. Por 
la intolerancia, se han visto privados nuestros países 
de sus mejores ciudadanos, los cuales, o han pere- 
cido a manos de sus adversarios, o han mendigado 
en otra tierra el pan del proscrito. 

Desde el comienzo del siglo presente, aparecie- 
ron dos fuerzas contrarias, tan irresistibles, que 
presto pueden afectar la paz del mundo : el proleta- 
riado numeroso, inquieto, ya en acción agresiva; y 
el capital, con grandes empresas y portentosos in- 
ventos, luchando por abrir nuevas orientaciones, que 
quiera Dios, no provoquen una apocalíptica heca- 
tombe social. 

¡ De un lado el poder del oro ; del otro, el furor 
plebocrático de la desesperación ! El horripilante 
fantasma de Cromwell, con el hacha ensangrentada 
entre las manos. Empero, el anhelo del Nuevo Mun- 
do, es un noble ideal realizable, de fortalecer las 
jóvenes democracias, que serán, en el porvenir, la 
base para extender y fortificar la paz, el trabajo 
remunerador y los derechos humanos. Hoy se reco- 
noce la trascendencia con que el ambiente económi- 

53 



co circunda todos los órdenes de la vida, como la luz, 
el aire, el calor, <y cualquier otro elemento necesario. 
Aunque las leyes no crean tales elementos, si es po- 
sible aprovechar la intensidad económica, encauzán- 
dola con tino, en pro de cada país, conforme los 
principios cientificos, y teniendo siempre en mira 
que el mayor número disfrute de los beneficios 
sociales, a que todos tenemos derecho por razón de 
naturaleza. Que haya menos desheredados de la 
suerte, hasta donde sea posible alcanzarlo, sin llegar 
nunca a los lindes revolucionarios del comunismo 
destructor y de los furores de la demagogia demente. 
Puede la política económica, bien dirigida, evitar 
muchos daños, siendo democrática, justa, científica 
y adecuada a las necesidades actuales. América sólo 
necesita tranquilidad y armonía para alcanzar la mi- 
sión gloriosa y fecunda que le depara el Destino en 
el mundo. 

En Guatemala se siente la urgencia de moder- 
nizar los procedimientos administrativos, particu- 
larmente en el ramo hacendario, propulsor de todo 
progreso y desarrollo. En una palabra, se debe pro- 
curar, con ahinco, la redención económica, que trae- 
rá la política y social. (1) 



(1) Gustavo Le Bon: "Psicología del Socialismo"— Madrid, 1921. 
54 



LA API ERICA CENTRAL ANTE 
LA HISTORIA 



TERCERA PARTE 



LA REPÚBLICA 



CAPÍTULO I 



Estado sociológico de la América Central. — Los pri- 
meros años del siglo XIX. — Obras notables en la Nueva 
Ciudad de Guatemala. — Estaba decaída la civilización 
vernácula de los indios. — Cultura de la América Ibera. — 
El memorable 15 de septiembre de 1821. — La subleva- 
ción de Ariza. — Anexión de Guatemala a México. — Im- 
perio de Iturbide. — Causa célebre. — La Federación. — 
Lamentables resultados que produjo. — Leyes exóticas. — 
Innovaciones inadecuadas. — Caída del poder del doctor 
Mariano Gálvez. — La política era un caos. — Opiniones 
de sabios estadistas sobre reformas intempestivas. 



SUMARIO 

La autonomía hispanoamericana. — La América de 
las selvas. — La exaltada fantasía ibera. — Atavismos *de 
la raza indohispana. — Apego a la exageración de los 
hechos y al gobierno de caudillos. — Fraccionamientos 
en las clases sociales. — Los partidos históricos. — Gue- 
rras a raíz de la autonomía. — Centroamérica. — Convir- 
tióse la política en un caos. — La traición de Ariza. — El 
bárbaro esquema política era : "El triunfante oprime 
y el vencido conspira". — Industrias que obtuvieron des- 
arrollo. — La Sociedad Económica. — Cundió la tendencia 
al concentramiento, a fraccionarse los grandes territo- 

57 



ríos. — Razas diversas. — Ignorancia popular. — Exagera- 
ciones partidaristas.— Intransigencias políticas.— Pasio- 
nes violentas. — Guerras interminables. — Anexión de 
Guatemala a México. — Liberales y conservadores, por 
necesidad, ante el ejército de Filísola, tuvieron que 
aceptarla. — Después del 15 de septiembre de 1821, so- 
brevino una guerra promovida por El Salvador. — Nica- 
ragua y Honduras se separaron de Guatemala, unida 
a México. — Asi comenzó a dividirse la América Cen- 
tral, a raíz de declararse independiente. — Inglaterra 
y Estados Unidos no se atrevían a reconocer nuestra 
independencia. — En Centroamérica cundió el vértigo del 
fraccionamiento. — La industria pecuaria se extendió 
pronto. — Penosa situación de España, bajo Fernando 
VIL — El gobernador y capitán general don Gabino 
Gaínza, publicó graves denuestos contra Iturbide, por 
haberse hecho emperador. — Muy pronto reconoció al 
improvisado monarca, colmándolo de elogios, hasta ser 
su edecán. — Guatemala se anexiona a México. — Venida 
de Filísola con seiscientos soldados. — Elogio del arzo- 
bispo Francos y Monroy. — Disturbios eclesiásticos. — 
El notable arquitecto Luis Díaz de Navarro. — El Palacio 
de los Capitanes Generales. — La Catedral. — La Plaza 
Mayor. — La pila de Carlos IV. — Curiosa historia del co- 
ronel mexicano José María Navarro. — La famosa Cons- 
titución de 1824. — El primer Congreso Continental Ame- 
ricano. — La abolición de la esclavitud en el centro de 
América. — Unitarios y federalistas. — La Federación em- 
pezó mal y acabó peor. — La ebullición revolucionaria 
fué general en la mayor parte de las repúblicas indo- 
iberas. — El régimen federal estaba viciado. — Violencias 
y odios de los partidos. — Calamitosa situación de un 
desorden anárquico. — Gráfica pintura que hizo José 
Enrique Rodó, de los dirigentes y de la democracia 
hispanoamericana, en los antiguos tiempos. — El general 
Morazán, enemigo del doctor Gálvez y de Guatemala. — 
Caos gubernamental. — Leyes exóticas. — Autorizadas 
opiniones de escritores notables y modernos. — Conside- 
raciones sociológicas. — Carrera fué el jefe restaurador 
de la paz y fundador de la República de Guatemala. 

58 



Dice el P. Mariana, en su célebre Historia, que 
los españoles del siglo XVI, aquellos que hicieron de 
la península ibérica el país más poderoso del mundo, 
abriendo nuevas rutas al través de los mares, para 
descubrir y sojuzgar continentes — donde brillaban 
estrellas no conocidas por Ptolomeo, ni Hiparco — ; 
que esos héroes legendarios y maravillosos, "eran, 
en sus hazañas, grandes para facellas y cortos para 
centellas". 

A tan gráficas palabras, nos permitiremos agre- 
gar, que no sólo la conquista, sino también la inde- 
pendencia de la América Española, fueron sucesos 
históricos de colosal maravilla, de fecunda heroici- 
dad, del más sublime anhelo que animara casta de 
hombres. El mismo soberano ardimiento del siglo 
XVI levantó, trescientos años después, a los ínclitos 
proceres y a los pueblos entusiastas, que, sin acuer- 
do previo, guiados sólo por sublime instinto, procla- 
maron y ganaron la autonomía de numerosas e 
inmensas regiones americanas, removiendo su fondo 
hereditario y declarándolas libres. 

El espíritu de independencia, en las colonias 
hispanas, venía con la conquista misma. El régimen 
colonial, duro y absoluto, produjo el germen de su 
derrumbamiento. El hijo de Cortés y la Malínche, 
ya fué un rebelde. Desde el principio, los conquis- 
tadores, creyéndose dueños de la tierra por ellos 
subyugada, a fuerza de ingentes sacrificios, odia- 
ron a los peninsulares, que venían a mandarlos con 
autoritario menosprecio, altivez y desvío. 

Abrumada ya, por su .misma grandeza, la gran 
nación española, estuvieron estos países indoiberos 
a punto de pasar a extrañas, codiciosas manos, que 

59 



hubieran borrado la e&encia de su vida, el alma de 
la nueva raza. Los movimientos políticos y religio- 
sos obedecen al natural deseo de conservación. El 
temor de formar parte del imperio napoleónico, 
acució en América la revolución libertaria de 1810. 
Esperanzas patrióticas de dicha ilimitada, reflejos 
de la Revolución Francesa, anarquizaron después 
las nuevas nacionalidades. La emancipación reper- 
cutió hasta la estirpe metropolitana, terriblemente 
amenazada... "Bailen, Talavera y San Marcial!, 
serán por siempre inmortales." En dondequiera 
que se hable castellano, jamás debe olvidarse aque- 
lla famosa tierra, en cuyo noble corazón radica el 
espíritu soberano, que abrió mares al mundo y des- 
cubrió mundos en el mar; aquella España grandio- 
sa, legendaria, romántica, vióse desgarrada por las 
caricias de la gloria y estuvo a punto de perecer. ' " 
Por interesantes cjue fuesen las primitivas civi- 
lizaciones americanas, ya la misteriosa concatena- 
ción de los acontecimientos había preparado la me- 
tamorfosis social y étnica. ¿ Quién podría preferir 
el Imperio del Sol, el Reino de Moctezuma y las 
hieráticas monarquías mayas y cakchiqueles, a la 
pléyade republicana, surgida con vida propia? La 
contribución de Hispanoamérica a los progresos hu- 
manos, es notoria en el mundo. Nuestras democra- 
cias constituyen la continuidad del espíritu ibero. 
Honra y prez del orbe han sido nuestros grandes 
hombres. Ofrecemos mucho, que del corazón nos 



(1) "Exploradores y Conquistadores de Indios". — Juan Dantín 
Cereceda. — Año 1922. 

60 



nace, fruto de la gloriosa raza trasplantada al mun- 
do de Colón. ¡Es la progenie fecunda y vigorosa, 
que lleva resonante la cultura latina ! (1) 

En la América de las selvas — antes que la cru- 
zara el carro nivelador de la civilización grecorro- 
mana, importada por la conquista ibera — habían 
venido pasando, a la sombra de sus palmas y al 
arrullo de las auras tropicales, memorables razas 
vernáculas, que dejaron huellas de teocráticos im- 
perios y grandeza arcaica ; pero ya enervada des- 
pués, y harto decaída. De cinco millones de indios 
que poblaban las 28,152 leguas cuadradas, al comen- 
zar la conquista española, vióse en 1778, esta vasta 
porción de territorio, habitada por 797,214 solamen- 
te. Tenía tan escaso número, compuesto de indí- 
genas, algunos otros negros, y el resto de pocos 
españoles, criollos unos y peninsulares los otros. 
La labor de la colonización efectuada por España, 
fué prolija e intensa, hasta quedar en América su 
sangre, lengua, costumbres y espíritu; es decir, su 
vida y su idiosincrasia, en ambiente exuberante. El 
cobre indiano fundióse en el acero hispano, hacien- 
do una raza con los coeficientes de las que contri- 
buyeron a formarla; que, aunque diversas, tenían 
ambas virtualidades y defectos característicos. 

"Tuvo que ser la voz de un extranjero, la del 
norteamericano Lummis, la que hiriendo nuestro em- 
botado patriotismo nos ha recordado lo que deben 
las dos Américas, la española y la sajona, a la acción 
insuperable de nuestros misioneros. Aquellos frai- 



(1) "Fuentes de la Historia Española e Hispanoamericana' 
Sánchez Alonso.— Año 1927. 

61 



les proteicos, que eran juntamente exploradores, 
descubridores, conquistadores al par de las masas 
de soldados, y de las olas adventicias de aventure- 
ros y de colonizadores; eran. inventores de costas y 
de tierras, fundadores de poblados y ciudades, de 
hospitales, colegios y "doctrinas"; arquitectos y al- 
bañiles de las humildes iglesias de las misiones, 
ingenieros de obras, tales como el grandioso acue- 
ducto de Zempoala. Vivían aquella grande historia, 
y la escribían al correr de los hechos, en páginas 
que, como las de Torquemada, Sahagún, Mendieta, 
Motolinía y Aguado, forman la base de la historia 
de América; vivían aquella grande empresa, que era 
como un salto milenario de la barbarie a la cultura 
del Renacimiento, para aquellas tribus primitivas; 
y mientras doctrinaban y amparaban a los aboríge- 
nes, recogían de sus labios sus lenguas primitivas, 
formaban diccionarios, gramáticas y manuales de 
esos idiomas, de los cuales se servían para su obra 
catequística. Vertían a ellos la fragante poesía de 
nuestros autos y "misterios", y eran al par, los más 
grandes propagadores de nuestra habla en el Nuevo 
Mundo ; los que más poderosamente contribuyeron 
a dar a la América Española una lengua y una fe, 
los dos lazos que más atan a las gentes; las dos 
llamas que fundieron las tribus más variadas, dis- 
persas y hostiles entre sí, las que consumaron la 
verdadera conquista : la del alma de América para 
el mundo y para España. (1) 

Por lo demás, es segura la desaparición de la 
Atlántida. Los pueblos de Europa no* ofrecen nin- 



(1) "Raza Española", página 2. — Año 1?, N? 6. 
62 



guna semejanza étnica con los de América. En 
cambio, resulta asombroso el parecimiento de mu- 
chos indígenas americanos con razas asiáticas. La 
raza malaya lleva las mismas sonrisas, los mismos 
gestos instintivos y no estudiados, iguales miradas, 
reflejo misterioso del alma, que se ven en los aborí- 
genes de México y Guatemala, de color cobrizo, 
ojos oblicuos y sonrisa que podría llamarse incom- 
prensible. Son antiquísimos descendientes de las 
emigraciones llegadas del Asia. Hay tipos de indios 
americanos, como el maya, los pieles rojas y los 
blancos del Brasil, de nariz exageradamente agui- 
leña, cara huesuda y larga, que denotan ser autóc- 
tonos. Por algo los primeros conquistadores espa- 
ñoles, con ese instinto certero de la ignorancia, que 
adivina muchas veces por intuición, mejor que el 
paciente estudio, al explorar ciertas regiones de 
América, apodaron a los indígenas, según su sexo, 
el chino o la china; y estos nombres se usan toda- 
vía. En Guatemala todos llaman china a la niñera, 
y chichigua a la nodriza. (1) La triste historia de los 
pobres indios encierra la honda melancolía de las 
remotas civilizaciones muertas o agonizantes. Con 
razón exclamó Montalvo : "| Si mi pluma tuviera 
don de lágrimas, escribiría la historia de esa desven- 
turada raza y haría llorar al mundo!" 

Hay que observar, en la psicología española, un 
rasgo transferido al alma indoamericana, que en 
mucho ha arraigado los personalismos y caudillis- 
mos ; es el demente derroche de imaginación, trans- 



(1) V. Blasco Ibáñez: "La Vuelta al Mundo de un Novelista' 
página 110, Tomo I.— Valencia. Año 1924. 

63 



formadora de las realidades concretas, en visiones 
fantásticas, como si se tratara de sucesos verdade- 
ros. La famosa novela del Quijote, representa la 
exaltación ibera, propensa a engrandecer los idea- 
lismos románticos, sobre la positiva verdad de los 
hechos. En nuestros países, las portentosas leyen- 
das nimbaron de gloria los nombres de muchos cau- 
dillos, simbolizados por la fantasía popular hasta 
héroes. Las tendencias personalistas, los Tartarines 
de Tarascón, los mitos soñados, que a las veces 
extravían el buen sentido, provienen de aquel rasgo 
oriental, transmitido con las sangres hispana e in- 
dia. La raza mestiza tiene también, en grado máxi- 
mo, la facilidad de transformar los hechos y apegar- 
se a los caudillos, por instinto, y por un entusiasmo 
rayano en fetichismo vernáculo. 

Escrito estaba, en las inexorables páginas del 
Destino, que del descubrimiento de América habría 
de sobrevenir otra época para el mundo, y un de- 
sastre para los indígenas de América. Por impulso 
psíquico, por misteriosas causas, por palpitaciones 
del alma criolla, presintióse una hecatombe. Es 
que, en las grandes crisis humanas, en medio de la 
agonía, surge un eco aterrador, que repercute por 
todas las edades. Tal el grito de Job, que correspon- 
dió a un tremendo cambio de temperatura civil efec- 
tuado bruscamente. Cuando el poderosísimo impe- 
rio sabino-itálico iba a desaparecer, se dejó oír, en 
la melancolía de Virgilio, un lamento desgarrador; 
el latido final de una grandeza que se extinguió. 
Cuando la "Virgen del mundo" saliera al encuentro 
de las carabelas, que buscaban otra tierra, un hálito 
de desolación cerníase sobre las razas nrimitivas, 



que tuvieron el fatídico vaticinio : la profecía de la 
conquista. El agorero, el brujo, dejaba oír, con 
acento de muerte, la llegada del conquistador. Na- 
cen las nacionalidades y las patrias, como los mun- 
dos, de cataclismos horrendos e ineludibles sufri- 
mientos. "Las nacionalidades iberas brotaron de 
una herida de gloria, que se" hizo en el corazón, la 
España de Carlos V." Tras el decorado de asiática 
grandeza que habían tenido los imperios de Mocte- 
zuma y de Atahualpa, resalta el fondo resonante que 
enaltece la epopeya de la conquista. El alma ibera, 
al través de portentos estupendos, palpita en cuanto 
nos rodea. El tipo étnico, las características de dos 
estirpes, que se unieron en conjunción prolífica; el 
espíritu solidario ; el sonoro y rico idioma castella- 
no ; las creencias y aspiraciones ; cuanto forma las 
nacionalidades ; todo nos ha venido de aquella ma- 
ravillosa centuria, que produjera "El Renacimiento", 
en los fastos de la humanidad. 

En los comienzos del siglo XIX, a raíz de nues- 
tra independencia, se componía apenas la población 
híbrida de la América Central, de un millón escaso 
de habitantes, con más de dos terceras partes de 
aborígenes. Los españoles eran, peninsulares unos 
y criollos los otros." Hubo pocos extranjeros. El 
territorio resultaba muy extenso, con un área de 
28,152 leguas cuadradas, de suelo fértil y aparente 
para variados cultivos; pero despoblado y primi- 
tivo. La propiedad se distribuyó en corto número 
de terratenientes, que tenían cientos de caballerías, 
constituyendo latifundios desiertos. Los pueblos in- 
dígenas y los municipios, gozaban de ejidos comuna- 
les. Era la vida sencilla y fácil, sin prisa ni fatigas. 



Prevalecía el dolce far niente y el estacionamiento 
de la ignorancia, en un concepto reposado, ajeno 
al ansia actual de riquezas y de goces. Pero los vi- 
cios del régimen antiguo contribuyeron después a 
producir las conmociones intestinas en la América 
Española, imprimiendo tormentosa modalidad a 
nuestras repúblicas. (1) La nostalgia de nuestros 
soberbios volcanes, nos ha lanzado, a las veces, a 
idealismos impracticables y funestos, a mirajes im- 
posibles. 

No era dable, sociológicamente, pasar de un 
salto, del colonial absolutismo, caracterizado por 
dura dependencia, a la vida libre, soberana y demo- 
crática. Natura non facit saltum. La transición 
fué brusca y turbulenta. Desde el año 1821, convir- 
tióse la política en un caos, como adelante lo expli- 
caremos. Por aquellos borrascosos tiempos, no hubo 
en Centroamérica una opinión popular homogénea. 
Eran ocho las agrupaciones, al proclamarse la auto- 
nomía : moderados, fiebres, monarquistas, republi- 
canos, separatistas, unionistas, federales y unitarios. 
Existía una mescolanza de factores étnicos, que 
daba cierto fondo heterogéneo y peculiar al con- 
glomerado ignorante, que existía en el istmo cen- 
troamericano. Formóse un cúmulo desordenado de 
tendencias opuestas, cuya evolución no podía de- 
terminarse por los cánones sociológicos de la vida 
regularizada, costumbres, cultura, creencias y hasta 
prejuicios. La psiquis especial no se avenía con las 
leyes de extraños pueblos. Los representativos de 
los núcleos intransigentes se hicieron guerra cruen- 



(1) Lastarria: "La América", página 151. 
66 



ta, destructora y de lamentables consecuencias. Las 
reyertas de aquellos bandos precipitaron la regre- 
sión al caudillismo, en casi toda la América Latina. 
La politica (si asi pudiera llamarse tal desbarajuste) 
diseñábase en este fatal esquema : "El triunfador 
oprime y el vencido conspira". . . (1) 

De todas suertes, siempre será memorable en 
nuestros fastos la efemérides del 15 de septiembre 
de 1821, como el Día de la Patria, que dio vida a 
nuestra independencia nacional. Se recordarán con 
patriótica gratitud, los nombres de Molina, Aycine- 
na y Barrundia, que fueron los que (a pesar del 
indiferentismo político de las masas populares, que 
no entendían de principios, ni de ideas políticas) en 
la tarde del 14, recorrieron los barrios de la ciudad 
alentando a los menestrales, que estaban medrosos 
y no tenían ningún interés por la independencia. 
No obstante la lluvia, que en esa víspera caía, toma- 
ron aquellos proceres, particular empeño en el éxito 
de la emancipación. El Cabildo Eclesiástico tam- 
bién mostróse solícito en favor de la gran idea, que, 
por otra parte, no dejaba de tener poderosos adver- 
sarios, como Valle, el arzobispo Casaus, y otros per- 
sonajes que pronunciaron discursos ardientes en 
contra de la independencia inmediata, sin voto pre- 
vio de las provincias. Aquella Junta general no 
fué numerosa, como debiera haberlo sido; pero sí 
tuvo episodios dignos de ser consignados. El prime- 
ro que tomó la palabra, y pronunció un brillante 



(1) P. Arcaya: "Estudios sobre Personajes", página 224. — Ca- 
racas. 

67 



discurso, fué el orador García Redondo, (1) y en 
seguida, el canónigo Castilla, a quien no quería bien 
el españolista arzobispo Casaus, que estaba distan- 
ciado de aquel benemérito sacerdote por haberlo 
reprendido, y hasta confinado a un pueblo, a causa 
de que, sin hábitos eclesiásticos, había salido a la 
calle. Cuando habló el sabio don José Cecilio del 
Valle (que era auditor de guerra del gobierno espa- 
ñol), lo silbaron algunos de los concurrentes, lleva- 
dos por Barrundia; pero el orador no hizo caso, al 
principio, hasta que molestado con demasía, hubo 
de sulfurarse y dio más vuelo a su enérgica elocuen- 
cia. Esta Junta general mostró la diversidad de opi- 
niones, pero prevaleciendo la declaratoria de inde- 
pendencia. Firmaron varios de los concurrentes, 
hasta el siguiente día, el acta memorable, cuyo ori- 
ginal se ha perdido. . . (2) 

El primer acto de traición militar, que escanda- 
lizó a los guatemaltecos, a raíz de nuestra indepen- 
dencia de España, fué la asonada del capitán de 
granaderos Rafael Ariza y Torres, oficial del Bata- 
llón Fijo, quien, aprovechando la ausencia del co- 
mandante de ese cuerpo, teniente don Manuel Zela- 
ya, al cual odiaba, ordenó, en la noche del 13 de 
septiembre de 1823, quitar la guardia de la casa del 
comandante general, don Lorenzo de Romana, y 



(1) Véase lo que sobre la Independencia ha publicado el verídico 
historiador don Víctor Miguel Díaz, rectificando puntos importantes. 

(2) Existe en el Archivo nacional de Guatemala. 
Efectivamente, el original del Acta de Independencia se tuvo por 

perdido, durante mucho tiempo. Pero en enero de 1934, el profe- 
sor J. Joaquín Pardo, director del Archivo General del Gobierno, en- 
contró allí el valioso documento, el cual se conserva cuidadosamen- 
te tn aquella institución. (M. G.) 

Gt 



sedujo a los hambrientos soldados del batallón, sin 
haberles pagado su prest, para que le reconocieran 
como coronel y jefe, sublevándose contra el gobier- 
no. Hizo más : ya él atarantado y ebria la solda- 
desca, coronó la plaza mayor con cañones, y gritó 
que volvería a establecerse el gobierno español. En 
medio del asombro y pánico que produjo aquel de- 
mente atentado, se reunió la Asamblea, y aunque 
quiso Ariza protestar de su inocencia, el Poder Le- 
gislativo no lo escuchó. Reuniéronse algunos pa- 
triotas, mal armados, a las órdenes del entusiasta 
ciudadano José Francisco Barrundia, suscitándose 
una escaramuza, en la cual salieron heridos varios 
diputados. Ariza logró que se le reconociera, al fin, 
el grado de coronel, de que él mismo se había inves- 
tido, y siguió cometiendo desmanes. Pero, al saber 
que venía tropa de Quezaltenango y de la costa sur, 
huyó aquel miserable, sin rumbo cierto, dejando 
triste huella del estado desconsolador de las milicias 
del tiempo viejo. (1) 

Aunque el presidente Arce — buen militar, orga- 
nizador, valiente, patriota y educado — trató de dar 
nueva forma al ejército, no pudo obtenerlo, porque 
estaba esa labor confiada a la Asamblea. Así y 
todo, hizo mucho aquel general, contratando a Nico- 
lás Raoul, distinguido militar francés, que había ser- 
vido en las huestes de Napoleón y era hábil oficial 
de escuela, quien recibió el grado de coronel y co- 
mandante de artillería, miembro de la Junta consul- 
tiva de guerra, y tomó parte en la formación de la 
Ordenanza del ejército. Después, fué enemigo de 



(1) En las Memorias de Marure y en las de don Manuel Mon- 
túfar, se describe ampliamente la asonada de Ariza. 

69 



Arce, que lo había favorecido. La vida de ese procer 
centroamericano es una de aquellas que contribuye- 
ron, a trueque de sacrificios reales, a la creación de 
nuestra nacionalidad. Sus virtudes cívicas y priva- 
das, dignas son de todo elogio. 

La independencia del reino de Guatemala pro- 
dujo, inmediatamente después del 15 de septiembre 
de 1821, una guerra con la provincia de El Salvador; 
en Nicaragua y en Honduras, los gobernadores Sa- 
ravia y Tinoco, enemigos de don Gabino Gaxnza 
— que por rara anomalía quedó al frente del nuevo 
gobierno autónomo — , creyeron que era ocasión de 
separarse de sus órdenes y de conformidad con 
sus diputaciones provinciales, acordaron adherirse a 
México, siguiendo el Plan de Iguala, que Iturbide 
proclamó ; Chiapas ya se había separado de Gua- 
temala, incorporándose al imperio mexicano; y a 
Costa Rica no llegó, sino hasta el 13 de octubre, 
después de declarada, la noticia de la independencia, 
que cayó como una bomba y no fué aprobada. Así 
comenzó a dividirse la América Central, como se 
fraccionó toda la América ibera, después de llevada 
a cabo la guerra con España. Fué el fraccionamien- 
to un fenómeno de concentración necesaria, que 
hubo de producir la disgregación de la gran Colom- 
bia y de otros pueblos extensos que constituyeron 
distintas repúblicas. Centroamérica, desde enton- 
ces, con excepción de Costa Rica, ha sufrido des- 
orbitación política, no tanto por culpa de los gober- 
nantes, como por la incapacidad de los gobernados, 
que cuando resulta un presidente a quien no temen 
lo botan, por una de esas asonadas. 

70 



A pesar de que Inglaterra y Estados Unidos 
habían sido partidarios declarados de la autonomía 
indohispana, no se atrevieron a reconocer pronto las 
nuevas nacionalidades. El fantasma de una reac- 
ción violenta alzóse en el Viejo Mundo, en medio 
de luchas intestinas y exteriores, que suscitaron 
retroceso y absolutismo, hasta establecerse la lla- 
mada Santa Alianza, de todo en todo opuesta a los 
principios de soberanía popular y régimen demo- 
crático. La augusta sombra de Napoleón, después 
de muerto el gran capitán del siglo, llenaba de pavor 
a las viejas monarquías, medrosas hasta del nombre 
de la Revolución Francesa, y contemplando, con 
odio reconcentrado, las glorias de Bonaparte. 

En toda la América hispana cundió el vértigo 
del fraccionamiento y del caciquismo. Era conse- 
cuencia del espíritu militar, predominante después 
de la emancipación bélica, en territorios extensísi- 
mos, primitivos, con escasos habitantes, gobiernos 
débiles, sin cohesión, sin caminos, sin intereses co- 
munes. No había pueblo consciente, rumbo seguro, 
libertad de acción, sino vida embrionaria, razas di- 
versas y tribus de indios, sujetos a expoliaciones y 
tiranías. Era aquello un variadísimo mosaico, de 
diversos colores, tipos, costumbres e indumenta- 
rias. (1) Las masas populacheras no entendían de 
democracia, siendo instrumento de los bandos di- 
versos. 

La industria pecuaria estaba muy generalizada, 
en el reino de Guatemala, desde principios del siglo 
XVII, después que don Héctor de la Barreda trajo 



(1) Gonzalo Bulnes: "Nacimiento de las Repúblicas Americanas* 
■Buenos Aires, 1927. 

71 



de Cuba, veinte vacas y dos toros, que presto se mul- 
tiplicaron, llegando a ser la carne barata y al alcance 
del pueblo. Se usaba el sistema de tablas o lugares 
de venta, que tenía el destazador, quien remataba 
el derecho exclusivo, en asta pública, otorgándo- 
se al que ofrecía vender a menor precio y con más 
garantías. La fabricación de hilados de lana estaba 
notablemente adelantada, en la región de Los Altos 
y en esta capital. La instrucción, aunque incipiente, 
tenía el apoyo de la Sociedad Económica y de la 
Universidad de San Carlos. Hubo notabilidades en 
ciencias y letras, y no faltó patriotismo, bien que 
acomodándose todo al espíritu de la época, como era 
natural. Prevalecía odio afincado entre los españo- 
les criollos y advenedizos peninsulares. Era la vida 
monótona y sosegada; pero después de la indepen- 
dencia, suscitáronse rencillas, odios y querellas, que 
aniquilaron regiones vastas, durante muchos años, 
dejando el virus anárquico. 

La independencia de los países indohispanos 
originó nuevas y dilatadas luchas, porque las teorías 
violentas no encontraron más que un fundamento 
ideológico, con absoluta carencia de elementos evo- 
lutivos económicos, de un medio adecuado. Los 
propósitos de los prohombres cayeron en un campo 
áspero, refractario y opuesto a la semilla que se le 
arrojaba. ¡ Hasta el inmortal Bolívar — presa de 
amargo desengaño — exclamó, que aquello era arar 
en el mar! El l 9 de enero de 1827, delegó el mando 
en el lancero Páez, comprendiendo que la fuerza 
se hacia necesaria. 

Hubo de suceder que, el esplendor de las ideas 
demagógicas, alucinó las enardecidas fantasías de 

72 



algunos patriotas inexpertos, sugestionados por idea- 
lidades teóricas, opuestas a la realidad de las cosas 
y a la manera de ser de los pueblos, acostumbrados 
a su modo de vivir. El frenesi llegó hasta descono- 
cer y contrariar el estado biológico de las masas, 
sus tradiciones, creencias y hábitos, imponiendo le- 
yes harto avanzadas para la época y transformacio- 
nes vertiginosas. En< aquellos tiempos, de violencia 
y rencores bastardos, lo que menos hubo fué orden, 
evolución ni sosiego. En la América Central desper- 
táronse pasiones furibundas, de parcialidades in- 
transigentes. En pos de principios imaginarios, se 
sacrificaba todo en guerras devastadoras. Fué una 
época dolorosa y agitada, en la América ibera inde- 
pendiente. Se salvó Chile, por su posición geográ- 
fica, y merced a una constitución que no trastornó 
el desarrollo natural, ni dislocó los intereses gene- 
rales, sino que hizo viable el nuevo régimen autó- 
nomo, según explica, el publicista Alberdi. 

Tal era la situación sociológica de Hispano- 
américa, al separarse de la península, en momentos 
álgidos, cuando la monarquía española se hallaba 
abatida, por extranjeras huestes; cuando después, 
el veleidoso Fernando VII, había restablecido la In- 
quisición y derogado las libertades otorgadas por las 
Cortes de Cádiz; cuando resonaban todavía los ecos, 
desorbitados, de la memorable Jura, con que los 
candidos mercaderes del antiguo reino de Guatema- 
la, la iglesia, la nobleza, y hasta los inconscientes 
indios, le habían rendido público homenaje, con 
gran júbilo y alegría, en junio de 1808. (Ironías 
del Destino ! 

73 



En el antiguo reino de Guatemala continuó el 
gobierno colonial, hasta el 15 de septiembre de 1821. 
El mismo representante de España, que por casua- 
lidad lo era don Gabino Gaínza, el más veleta de 
cuantos mandarines vinieron a estas tierras, desco- 
nocidas del mundo, vio, por casualidad también, 
llegar la hora en que ni él, ni los que le rodeaban, 
sabian a derechas qué hacer, ni cómo salir de aquel 
embrollo. Pocos días habían transcurrido, después 
que don Gabino, persuadido de que Iturbide, en 
México, había proclamado un imperio, según el 
Plan de Iguala, le llamó públicamente traidor, in- 
consecuente, mal hombre y hasta le echó en cara 
haberse incautado de medio millón de pesos. En 
una proclama imperiosa, excitando a la fidelidad, 
lanzó todas esas amargas frases y los más terribles 
cargos. Cuando con ello estaba creyendo haber 
puesto una pica en Flandes, se supo en la capital de 
Guatemala, que la provincia de Chiapas se había 
segregado, declarándose adherida al imperio mexi- 
cano. El 13 de septiembre llegó aquí aquella grave 
noticia y agitó a los pocos que entendían de la cosa 
pública. Entonces Gaínza dispuso, por fórmula, 
instruir un proceso ridículo. 

No había, por aquel tiempo, dinero, ni fuerza 
armada suficiente, para poder asumir una situación 
hostil, decisiva y enérgica. Dice el historiador Ma- 
rure, que "no había ejército, porque estaban disuel- 
tos varios cuerpos, que anteriormente sirvieron". 
Solamente existían el Batallón Fijo, una Compañía 
de Morenos y algunas tropas de milicias, bastante 
indisciplinadas. 

74 



Ni siquiera alcanzaban los fondos nacionales 
para sostener los gastos ordinarios de la adminis- 
tración; mucho menos para una guerra, y levantar 
la nueva urbe, en este valle de la Virgen. Acababa 
de pasar la lucha tremenda entre el venerable arzo- 
bispo Larraz, que secundado por la plebe, los religio- 
sos y la clerecía, se negó a trasladarse de la antigua 
capital a esta llanura abierta, con vientos fríos del 
norte, sin agua suficiente, sin pueblos cercanos y 
con un suelo áspero, barroso y estéril. El presi- 
dente de' la Real Audiencia y la gente de pro urgían 
por la traslación; y llegó el caso de prevenir el Go- 
bierno seriamente a la autoridad eclesiástica, a los 
frailes y monjas, y al pueblo todo, que abandonaran 
su terruño, sus hogares medio arruinados, los gran- 
des edificios públicos, las suntuosas iglesias; en una 
palabra, se amenazó, con la violencia de la potestad 
civil, al distinguido arzobispo, quien acudió, por su 
parte, a la fuerza moral de la excomunión, y mandó 
poner en tablillas a todos los que constituían el 
poder público, o como entonces le llamaban, el poder 
temporal. Para evitar, por último, una vejación, 
dejó su sede el señor Cortés y Larraz, caballero de 
gran carácter, reconocidas virtudes y especiales me- 
recimientos, a quien vino a dar la razón el tiempo, 
cuando en 1918 se arruinó esta Nueva Guatemala. 
En Argueta conferenciaron su señoría y su sucesor, 
el ilustrísimo y benéfico don Cayetano Francos y 
Monroy, de muy grata recordación. El público reci- 
bió con desvío ostensible al nuevo arzobispo, que 
pronto supo conquistarse, mediante actos generosos 
y elevados, el concepto público, desvaneciéndose los 
escrúpulos de los fieles timoratos, merced a un res- 

75 



cripto pontificio, en forma de bula sanatorio, sobre 
la promoción arzobispal, de aquel ilustre filántropo, 
que gastó de su peculio más de quinientos mil pesos 
de oro, en beneficio de la ciudad naciente, y en dar 
al culto el esplendor necesario, como queda extensa- 
mente explicado en el tomo II de esta obra. 

Cuando llegó aquí el arzobispo Francos y Mon- 
roy, apenas estaba delineada y comenzada nuestra 
capital. El 7 de octubre de 1779, el prelado fué 
recibido con apática frialdad, por un pueblo escaso 
y dividido, que acababa de perder a su dignísimo 
arzobispo; por un acongojado pueblo, revuelto en 
acaloradas discordias, sobre la traslación de la ciu- 
dad, que aprobaban unos y maldecían otros. Poco 
tiempo después, cuando conocieron y apreciaron las 
relevantes dotes del nuevo pastor, fué adorado de 
todos, por el conjunto de prendas que reunía a su 
carácter noble y generoso. 

Al arribo del gentil jefe de la Iglesia no exis- 
tían, en la naciente ciudad, más templos que la Pa- 
rroquia Vieja y la Ermita del Cerro del Carmen. Las 
monjas estaban en edificios arruinados o en casas 
provisionales, cubiertas con paja, en la Antiguía 
Guatemala. Los religiosos ocupaban aquí unos ran- 
chos miserables. El señor Francos y Monroy levantó 
la iglesia de Santa Rosa y el Beaterío, en donde se 
daba enseñanza primaria gratis ; se empeñaba en 
construir el edificio de Capuchinas, ayudaba pecu- 
niaria y semanalmente, a pagar las planillas de la 
edificación de San Sebastián, y en construir otras 
iglesias ya empezadas. Sostenía una Casa de Huér- 

76 



fanos, socorría a muchos pobres vergonzantes y, 
en fin, su caridad apostólica no tuvo más límite que 
el de los gastos, moderados, por cierto, que en su 
persona y séquito impendía. Enriqueció la catedral, 
con ornamentos magníficos y seis blandones de oro, 
de gran precio. Dejó fundadas y dotadas dos escue- 
las de primeras letras. La muerte hubo de sorpren- 
derle el 17 de julio de 1792. ¡ Bien mereció el filán- 
tropo don Cayetano Francos y Monroy, el título de 
Benemérito de la Patria y faro de la Iglesia de San- 
tiago de Guatemala! La generosidad fué su lema; 
el bien público su anhelo ; el más puro civismo el 
norte de su vida. El Tridentino, el Palacio Arzobis- 
pal, el pavimento de nuestras calles, el ornato de no 
pocos lugares públicos, ricas alhajas a la catedral 
donadas, se deben a la munificencia de aquel varón 
ilustre, que descollará por siempre en los fastos de 
nuestra historia. La venida del mejor arquitecto, 
que construyó la catedral, fué fruto de su afanoso 
empeño, a fin de que hubiese una iglesia metropoli- 
tana digna de su objeto. 

El notable ingeniero don Luis Díaz de Navarro, 
célebre en nuestros fastos y que murió casi ciego, 
levantó muchos planos de edificios en la Antigua 
y en la Nueva Guatemala. Por el año 1755, dirigió 
los primeros trabajos del Real Palacio de los Capi- 
tanes Generales, en la Muy Noble y Muy Leal Ciu- 
dad de Santiago de los Caballeros, antes de la tras- 
lación de la capital a este valle de la Virgen. Aquí 
trazó la urbe que se proyectaba, delineando la plaza 

77 



mayor y los edificios principales, iglesias, conventos, 
hospital, cárceles, universidad, y cuanto era necesa- 
rio para levantar la sede del reino de Guatemala. (1) 

El histórico Palacio de los Capitanes Generales, 
y las demás oficinas de la administración pública, 
estaban al oeste de la plaza, con ciento sesenta varas 
castellanas en el frente, de norte a sur, y con dos- 
cientas veinte hacia el fondo. La catedral se hallaba 
delineada en la parte oriental; los otros tres lados 
del cuadrilátero estaban en largos y cómodos por- 
tales. 

La obra de aquel palacio estuvo a cargo del mis- 
mo ingeniero Díaz de Navarro ; pero no pudo conti- 
nuarla, por hallarse enfermo. La concluyó el arqui- 
tecto don Marco Ibáñez, bajo la superintendencia 
del oidor decano, don Manuel Arredondo, en 1787, 
a los once años de haberla comenzado. En 1779, 
el notable presidente don Matías de Gálvez, estrenó 
el gran edificio, con las principales oficinas públi- 
cas, que eran la capitanía general, la real audiencia, 
el cuño, el cuartel de dragones, la sala de armas, y 
otras dependencias administrativas. Fué famoso 
aquel histórico palacio, destruido por los terremotos 
de 1917 y 1918. En ese palacio me encontraba en 
los momentos que se arruinó. Era yo entonces pre- 
sidente del Poder Judicial. La extensa plaza mayor 
contenía lo que llamaban cajones, y eran unas cuan- 
tas covachas de madera, con aspecto triste y pobre, 
en las cuales vendían jarcia, canastos, artefactos 
indígenas, azufre, pólvora y balas de plomo. Las 



(1) Es, por todo extremo, interesante la Colección completa 
de la Cartografía del reino de Guatemala, publicada por el Jefe 
del Archivo de Indias, don Pedro Torres Lanzas. — Madrid, 1903. 

78 



frutas, maíz, frijol, arroz y chile, se expendían por 
vendedoras sentadas en el suelo, a estilo musulmán, 
y cubiertas del sol por unas sombras de petate, harto 
rústicas, a guisa de parasoles de gran tamaño, dando 
el conjunto de aquel mercado portátil, un aspecto 
oriental, poblano y primitivo. 

En los tiempos antiguos, no hubo en la plaza 
colonial, árboles, ni flores. El jardín que hoy se 
ostenta, se plantó por el ingeniero Piakouski, duran- 
te la época del general Barrios, en 1878. Antes de 
ello, conocimos y transitamos aquella plaza, empe- 
drada toscamente, a estilo de Herculano y Pompeya. 
Coronaba el centro una gran fuente, de sevillana 
arquitectura, mandada levantar por el capitán gene- 
ral don José de Estachería, allá por el año del 
Señor 1783. El arquitecto don Antonio Bernasconi, 
diseñó la Pila de la Plaza, como la llamaban, habien- 
do dibujado dos planos, de los cuales fué escogido 
el primero, que llevaba el número uno, según consta 
en el expediente respectivo, que debe de obrar en el 
archivo municipal, si no se ha perdido. Por auto 
del 15.de septiembre de 1783, se mandó erigir aque- 
lla fuente monumental, con la estatua ecuestre del 
rey Carlos IV, en el centro, y con cuatro bridones 
de gran porte en las esquinas laterales del templete. 
Por muerte de Bernasconi, acabó la pila colonial 
el maestro de cantería Manuel Barruncho, y en 
noviembre de 1785, se comisionó al concejal don 
Juan Miguel Rubio, para vigilar el trabajo. Se ern* 
pleó una piedra marmórea, de la cantera de Barba- 
Íes; y en septiembre de 1786, en concepto de dueño 
de ella, recibió $1,333 don Pedro Madrid, por valor 
de 66 piedras grandes, a $108 cada una, y por la me- 

79 



diana $7. La que sirvió para hac«r, de uaa sola 
piedra, al rey y al caballo, en que aparecía montado, 
importó mucho más, y tardó ocho días en su trasla- 
ción a esta capital, por diez yuntas de bueyes. En 
noviembre de 1789, fué inaugurada la gran Pila de 
la Plaza. Después de la independencia, los patriotas 
quitaron al rey, y dejaron presidiendo al caballo. En 
el año de 1894, se mandó remover la histórica pila, 
sin cuidar de las piezas que la componían, y quedó 
aquel monumento perdido para siempre. (1) 

La extensa plaza mayor ha sido teatro de múlti- 
ples escenas, no pocas veces dolorosas, y en muchas 
ocasiones, de júbilo y popular regocijo. Frente a un 
cajón de Tona Aquino, colocó doña Dolores Bedoya, 
esposa del ilustre doctor don Pedro Molina, una 
orquesta, e hizo quemar cámaras y cohetes, el 15 
de septiembre de 1821, para atraer al pueblo a la 
Junta magna, que declaró la independencia. Cuan- 
do don Basilio Porras, activo patriota de aquellos 
remotos tiempos, fué pegando fuego a las sendas 
mechas de las cámaras, cuenta la tradición que tem- 
blaron los vidrios de la sala del palacio, en que deli- 
beraba con calor la patriótica junta ; y que temblaron 
también los españolistas, creyendo que se habían 
sublevado los independientes, que vendrían a ata- 
carlos. A los ocho días de aquel memorable suceso, 



(1) La pila se reconstruyó, en... y se encuentra, sin la estatua 
ecuestre de Carlos IV, en la Plaza España, 'de la ciudad de Gua- 
temala (L. D. M.) 

Afortunadamente, las piezas de la histórica pila se conservaron, 
y en 1935, se reconstruyó con toda fidelidad, siendo ahora ornamen- 
to de la Plaza España, en la 7? avenida sur prolongación, de la 
ciudad de Guatemala. (M. G.) 

80 



se verificó, en la misma plaza, la Jura solemne de 
la independencia, no con mucho entusiasmo, al decir 
de las Memorias de don Miguel García Granados. 
En 1918 convirtióse el parque de la plaza en un 
montón de barracas, a causa de la ruina de la ca- 
pital. 

Los papeles públicos, los trabajos de hombres 
de influencia, el amor al país, el ambiente continen- 
tal, encendieron en los dirigentes el anhelo por la 
libertad. El 13 de septiembre llegaron a esta me- 
trópoli las actas de Ciudad Real de Chiapas, adhi- 
riéndose al Plan, sostenido por Iturbide en México. 
Entonces comprendieron que la independencia se 
imponía, por la fuerza de los acontecimientos, sin 
sangre ni trastornos. 

Al saberse en Guatemala ese plan imperial, pu- 
blicado en México, dio a luz el gobernador, don 
Gabino Gaínza, un Manifiesto impreso, con fecha 
10 de abril de 1821, pidiendo lealtad al pueblo para 
el rey, y calificando, como ya dijimos, de ingrato, 
pérfido y traidor a Iturbide; echándole además, en 
rostro, el robo de medio millón de pesos, con inten- 
ciones siniestras ; concluía amenazando — como mi- 
litar resuelto y de carácter — al infame que traicio- 
nase al rey de España. El 15 de septiembre, de ese 
año memorable, apareció tipografiada la proclama 
famosa del propio Gaínza, anunciando, con júbilo, 
la independencia de la América del Centro. Termi- 
naba aquella arenga en estos términos : "Vuestra 
voluntad (hablaba al pueblo soberano) decidirá del 
Gobierno; y yo, sensible a los votos que me ha dado 
la nación, juré hoy, y juraré cuando se decrete vues- 

81 



tra Carta Fundamental, ser fiel al régimen centro- 
americano, y defenderle con las fuerzas que habéis 
puesto a mi mando". El 18 de aquel mismo mes, 
como jefe del pueblo de Guatemala, se dirigió Gaín- 
za a Iturbide, felicitándolo por el Plan de Iguala. 
El jefe español y capitán general, que criticaba a los 
traidores, convirtióse en traidor, al jurar la indepen- 
dencia y ser jefe de ella. . . 

El 28 de noviembre del año 1822, recibió don 
Gabino un oficio, fechado el 19 de octubre, en el 
que el emperador Agustin I manifestaba : "que Gua- 
temala no debia quedar independiente de México, 
sino formar con aquel virreinato un gran imperio, 
bajo el Plan de Iguala y tratados de Córdoba; e indi- 
caba, además, que una división de tropa numerosa 
y bien disciplinada, marchaba ya sobre nuestra fron- 
tera, para proteger el movimiento de anexión. Este 
imperativo procedimiento no tenía el carácter de 
una oferta dirigida a un país libre e independiente, 
sino que era una verdadera amenaza de fuerza ar- 
mada, manu militari, como dijeran los conquistado- 
res romanos. Ante la perspectiva de una guerra 
desastrosa, prevaleció aquí la opinión general, tanto 
de fiebres como de moderados, de no poder oponerse 
a aquella inesperada arbitrariedad. En los tiempos 
subsiguientes a la independencia de los países ibe- 
roamericanos, en las primeras décadas, las personas 
ilustradas, y hasta los mismos libertadores — con 
excepción de Artigas, en la Argentina, José Fran- 
cisco Córdova, en Guatemala, y algunos más — , la 
generalidad no tenía un principio arraigado, una 
convicción profunda, sobre la democracia y la repú- 

• 82 



blica. Algunos ansiaban la autonomía y la libertad; 
pero no todos desdeñaban la monarquía constitu- 
cional. Hoy, que la meta está en la acción directa 
popular, es difícil comprender el temor que la pala- 
bra democracia inspiraba, hace un siglo. Aún para 
los propios fundadores del sistema constitucional 
en los Estados Unidos, ese vocablo era sinónimo de 
"régimen del populacho"; y el sincero amor que 
aquéllos profesaban a las instituciones republica- 
nas, iba acompañado de un antagonismo pronuncia- 
do contra la democracia. Hasta la segunda mitad 
del siglo XIX, no empezó a ser evidente que el fun- 
cionamiento efectivo de las prácticas republicanas, 
requiere una organización popular. Mientras la 
mayor parte de un país dependa económicamente de 
una minoría rica y poderosa ; mientras que lo que se 
llama pueblo sea analfabeto, lo que resultará ha de 
ser una oligarquía predominante, o una dictadura 
y caciquismo. Serán pequeños grupos de hombres 
interesados, los que se arroguen de hecho el poder, 
con frases más o menos transparentes. Sin pueblo 
preparado, consciente y patriota, no habrá república. 
Mitre ha dicho que : "la Constitución boliviana era 
el falseamiento de la democracia, con tendencias 
monárquicas. El bastón del dictador perpetuo valía 
más que el cetro del rey. Bolívar, como César y" 
Cromwell, era más que un monarca, y con su corona 
cívica llevaba delante de sí, por atributos de su mo- 
nocracia, su espada de Libertador y su Constitución 
boliviana". 

"San Martín, con su plan monárquico (son pa- 
labras del inmortal Ricardo Palma) hijo de una 
conciencia honrada y de verdadera sensatez, con- 

83 



sultaba el estado del Perú, que aunque nos duela 
decirlo, en 1821, para todo estaba preparado, menos 
para la vida republicana." (1) 

Podría fácilmente citar mucho de Monteagudo, 
García del Río y Paroissien, que comprueba la ver- 
dad, no muy sabida, de que en 1821, si bien había 
en toda la América hispana tendencia a la libertad, 
no se tenía apego a la democracia. A eso fué debi- 
do que Valle no fijara, en el Acta de Independencia 
de Guatemala, el carácter político constitucional del 
gobierno nuevo. 

Lograda la emancipación, comenzaron a sentir- 
se las dificultades producidas por la patria recién 
nacida. Vino la fuerza militar a imponer la anexión 
a México. Así se explica que, patricios como Maria- 
no Gálvez, Cirilo Flores, Antonio Corzo, y muchos 
otros del bando liberal, se hayan adherido, por las 
circunstancias, al imperio de Iturbide ; en pos de 
resguardo y seguridad, y ante la amenaza de un 
ejército que sentó sus reales en Guatemala, a la 
sazón débil, pobre, desconcertada y víctima de har- 
tas calamidades. Cuando Chiapas estaba separada, 
Tegucigalpa, Los Llanos, y otros puntos de Hondu- 
ras, divididos, Quezaltenango adherido a México, 
Nicaragua en pugna con Guatemala, separada Costa 
Rica, y El Salvador solicitando agregarse a los Esta- 
dos Unidos de América, ¿qué se podía hacer para 
evitar mayores males? La anexión a México, decre- 
tada el nefasto 5 de enero de 1822, no fué obra de 
partido alguno; cachurecos y fiebres, tradicionalis- 



(1) "Tradiciones". 



tas y revolucionarios, viéronse arrastrados por la 
fuerza del torrente de los acontecimientos ; León, 
Cartago y la villa de Heredia, Comayagüela, Quezal- 
tenango, y otras ciudades, anexionistas fueron. 

Cuando el 12 de junio de 1822, llegó a Gua- 
temala Filisola, a la cabeza de seiscientos soldados, 
con lucidos oficiales, se les recibió en esta ciudad 
cordialmente. A los diez dias se hizo cargo aquel 
mexicano del mando político, por haber sido llamado 
el general Gaínza a México. Con razón decía el 
doctor don Pedro Molina, en sus Memorias, "que 
don Gabino parecía una veleta, por lo versátil y tor- 
nadizo; y que se apresuró a aceptar el Plan de 
Iguala, cuando poco tiempo antes, como ya lo diji- 
mos, había llamado a Iturbide, "el infiel, el ingrato, 
el intruso", sin sospechar siquiera que pronto lle- 
garía hasta convertirse en uno de sus edecanes más 
humildes y sumisos, que había de concurrir a la 
coronación, lleno de entusiasmo". El sesudo letrado 
Larreinaga, su émulo el ilustrado Valle, a la par de 
los Aycinenas, Beltranenas, y demás corifeos del 
partido conservador, se empeñaron, con muchos 
liberales, de buena fe todos, en la anexión a Méxi- 
co. (1) Fueron pocos los que siempre estuvieron por 
mantener nuestra independencia absoluta, y deben 
consignarse los nombres de aquellos patriotas que 
llevaban una escarapela con la palabra Democracia; 
eran: don José Francisco Barrundia, don José Fran- 
cisco Córdova, don Pedro Molina y don Manuel 



(1) Véase lo que dice, en sus Memorias, García Granados. 
85 



Ibarra, que figuraron como los principales. (1) No 
por eso, aquel desaguisado depresivo deja de man- 
char nuestra historia. "Llorad, llorad hermanos ; to- 
s en él pusisteis vuesras manos", como dijera Lis- 
ta, aludiendo a los judíos que sacrificaron a Cristo. 
Las tropas mexicanas salieron de Guatemala el 3 de 
agosto de 1823; y doce días antes, se habían decre- 
tado el escudo y la bandera federales. Guatemala, 
unida al imperio, en fuerza de apremiantes circuns- 
tancias, siguió, por poco tiempo, la suerte de aquel 
efímero gobierno, y hubo de enviar diputados al 
Congreso mexicano. Cuando el 18 de octubre de 
1822, se disolvió dicha asamblea, por el cetro de Itur- 
bide, hizo sufrir al eminente don José Cecilio del 
Valle una prisión arbitraria; y al salir de la barto- 
lina, lo nombró Ministro de la Corona, al punto que 
ya se desmoronaba. Las tropas mexicanas se fueron 
de Guatemala el 3 de agosto de 1823, y la víspera se 
decretó la bandera y el escudo de los Estados Unidos 
del Centro de América. Todo aquel modo de ser 
no auguraba bonanza. 

Entre los oficiales distinguidos, que con las tro- 
pas de Filísola i2) vinieron, citaré al coronel don José 
María Navarro, joven esbelto y decidor, de modales 
gallardos, que contrajo matrimonio con una seño- 
rita de las principales familias guatemaltecas. Ella 



(1) A los nombres de aquellos patriotas, es de justicia agregar 
los de don Mariano Bedoya y don Remigio Maida, asesinados por los 
anexionistas la noche del 30 de noviembre de 1821, frente a la igle- 
sia de San José, a la salida de una de las juntas de la Tertulia 
patriótica, por vivar a Guatemala libre. (M. G.) 

(2) En México le llamaban, y aún le llaman "Filisóla"; en Gua- 
temala le decían, y pronuncian *'Filísola". Hasta su nombre sufría 
cambios. 

86 



se llamaba Mafia de la Cruz A , cuyo apellido 

no consigno, por consideración a sus parientes, que 
viven en la actualidad. El casamiento se celebró, 
pocos días antes de salir el ejército mexicano a la 
campaña contra El Salvador, provincia cuscatleca 
que había pretendido declararse anexa a los Estados 
Unidos de América, por un acto que parecería 
increíble, si no fuera que muchos de nuestra 
historia lo han sido más todavía, acaeciendo los 
principales por chiripa (casualidad) a virtud de la 
fuerza ciega de los acontecimientos, como acostum- 
braba decir un amigo mío, que presumía de esta- 
dista, sin haber estudiado nunca nada a derechas, 
como ha habido muchos, en los tiempos pretéritos. 
Pero ello fué que, el 2 de diciembre de aquel 
año, el imperio de Iturbide se deshizo como el humo, 
cuando el infortunado Gaínza, viejo ya, aunque 
siempre con ínfulas de mozo, era sumiso edecán de 
Agustín I, y pasó buenas crujías, teniendo el pobre 
de don Gabino, que estar a salto de mata, durante 
mucho tiempo. El general Filísola, en medio de 
aquella emergencia, por sí y ante sí, expidió aquí 
en Guatemala, un decreto célebre, el 29 de marzo de 
1823, convocando a la Asamblea Constituyente, de 
acuerdo con el acta de 15 de septiembre de 1821, 
que resucitó, después de estar sepultada más de-un 
año. Las Provincias Unidas, que formaban la Fede- 
ración, estaban más disgregadas que nunca, en po- 
breza suma, cuando, tras los enhiestos volcanes, 
salió el sol del 24 de junio de 1823, para alumbrar 
la solemne instalación del memorable Congreso, que 
hace más de un siglo que se celebró. El acta de l 9 



de julio de 1823, debe considerarse como la de nues- 
tra verdadera independencia. La Corte Suprema de 
Justicia de la República de Centroamérica, se instaló 
en esta capital, el 29 de abril de 1825, presidida por 
don Ignacio Palomo, que habia sido decano de la 
antigua Audiencia. 

La caída del emperador Iturbide consolidó, en 
Costa Rica, la paz, alterada por la discordia entre 
monárquicos y republicanos, que produjo la guerra 
de 1823. El 8 de octubre de ese año, figuró como 
parte del antiguo reino de Guatemala, representada 
en el Congreso, el cual había decretado el l 9 de julio, 
la creación de las "Provincias Unidas del Centro de 
América". (1) 

El señor Navarro, víctima de aquellos sucesos 
políticos, casado aquí en Guatemala, y padre de 
una preciosa niña, llamada Josefita, se hallaba en 
la más triste inopia. Vivía en el "Portal del Mar- 
quesado de Aycinena", en la segunda tienda, que 
por entonces producía un alquiler de cinco pesos 
mensuales... Tantum mutatur ab illo. Mas como 
nunca un mal llega solo, tuvo aquel pobre joven la 
desgracia de ver morir a su consorte, lo cual le 
trastornó el juicio. Hay momentos de desolación, 
en que todo se derrumba; en que el hombre, como 
herido del rayo, cierra los ojos del alma y va a tien- 
tas, agitando las manos, acuciado por la muerte, que 
rasga impía las ilusiones de su pasión infinita... 



(1) Ricardo Fernández Guardia: "La Intentona de Zamora". — Es 
muy recomendable la obra de este distinguido historiador: "Estudios 
sobre la Independencia de Costa Rica". 

88 



Una mañana, encontraron a Navarro casi sin vida, 
en su mísera vivienda, con un dogal al cuello. Hubo 
de acudir presto al sitio del siniestro, el doctor don 
Mariano Larrave, cirujano del Hospital de San Juan 
de Dios, y jefe del partido político que llamaban 
del Gas. Este notable médico había sido Alcalde 
Primero de la Capital, y ante él juraron nuestros 
proceres sostener la independencia de Guatemala. 
Es fama que, cuando el galeno se solía achispar, 
pensaba que lo perseguía la Tatuaría; pero en la 
crítica vegada del suicidio, hallábase el cirujano en 
pleno estado de juicio y de salud. Quiso la casuali- 
dad que pasara frente al Portal, cuando le llamaron, 
con urgencia suma. Luego se apeó de la muía que 
montaba, recogió la capa que siempre le servía, y 
penetró al recinto de la desgracia. Pudo, al fin, 
revivir al coronel mexicano, quien al encontrarse 
con aliento, exclamó : "¡ Dios mío, mi hijita ha sido el 
ángel de mi guarda; ella me ha salvado!" La des- 
venturada niña, con sus gritos, había pedido socorro. 
Personas compasivas abrieron inmediatamen- 
te una suscripción, para que Navarro se fuera a 
México. Consiguieron además, que la infeliz Jose- 
fita, que apenas contaba 5 años de edad, fuera reci- 
bida, como interna, para educarla, por la monjas de 
Santa Teresa, quienes, aunque ello no era de su 
instituto, aceptaron a la niña, en secreto, por cari- 
dad. ¿Quién creyera que tal obra misericordiosa 
habría de llegar a ser piedra de escándalo y ocasión 
de grandes desazones, para uno de los más virtuo- 
sos y honorables proceres de nuestra independen- 
cia; para un sacerdote ejemplar y meritísimo? La 

89 



tristeza del bien ajeno y la maledicencia, se buscan 
y se juntan, complaciéndose en el mal, que como 
sierpe aletargada, anida en el seno de las sociedades, 
sobre todo cuando son pequeñas. En esta emer- 
gencia, fué víctima de la murmuración calumniosa 
el célebre canónigo don Antonio Larrazábal; y a tal 
punto se espumó la maledicencia, que no hubo de 
respetar al patriota eximio, prominente figura de 
nuestra historia. Sus mismos méritos le atrajeron 
enemigos gratuitos, ya que siempre los tienen aque- 
llos más encumbrados. Corrió la voz de que la niña, 
recogida en Santa Teresa, era hija sacrilega de la 
Madre Priora y del Padre Larrazábal. Fué tal el 
escándalo protervo, que la Curia Eclesiástica se vio 
en el caso de abrir una información ad inqairendum. 

La lucha desesperada por la vida, lo negro de la 
suerte, lo árido y pérfido del mundo, hicieron que, 
al llegar a su patria el pobre Navarro, fuese a sepul- 
tar sus desventuras a un cenobio, poniendo el sayal 
de penitencia sobre sus perdidas ilusiones. Se hizo 
trinitario descalzo; y después, ordenóse de pres- 
bítero. 

Más tarde, fué requerido canónicamente para 
presentarse en Guatemala a declarar, a fin de es- 
clarecer si era el padre de Josefita, nacida del matri- 
monio legítimo; y única tabla salvada del naufragio 
del amor de aquel gentil militar, perseguido por el 
Destino, hasta el punto de que, ni en un monasterio, 
pudo hallar tranquilidad y olvido. Mas como al 
monje no le era dado prescindir de la clausura, tuvo 
que secularizarse, para poder venir aquí, en calidad 

90 



de sacerdote, a fin de que prevaleciera la verdad, 
contra la calumnia infame ; pregón del escándalo 
por toda la república. . . 

Al volver a Guatemala, el redivivo José María 
Navarro debe de haber sentido, de nuevo, desan- 
grarse la herida que llevaba en el corazón; la nos- 
talgia de sufrimientos desgarradores. Huelga decir' 
que declaró, paladina y claramente, que la niña, que 
se hallaba educándose en el convento de Santa Te- 
resa, era su hija legítima. Muchos años vivió, entre 
nosotros, aquel presbítero ejemplar e ilustrado. Fué 
cura de varias parroquias. Escribió un libro intere- 
sante, con el título de Memorias de Villa Nueva, 
impreso en la tipografía "La Aurora", del licenciado 
don Javier Valenzuela y Batres. 

Ya bastante viejo, bajó al sepulcro aquel caba; 
llero mexicano, a quien la gente llamaba "coronel, 
casado, suicida y fraile". Cuántas veces las corrien- 
tes misteriosas de la historia, empujadas por moti- 
vos remotos, hacen a los hombres juguetes del Des- 
tino. Todo parece envuelto en una sombra de dolor 
y olvido. Cuando Abraham viera en sueños la suer- 
te de su descendencia, al través de los siglos, debe 
haber palpado, con pavura, un océano de desdichas 
y un torrente de lágrimas. El mundo es incompren- 
sible. 

Empero, prescindiendo de consideraciones pesi- 
mistas, es el caso de seguir la narración de los acon- 
tecimientos principales que se efectuaron en los 
tiempos viejos. Había rencores, luchas y odios. Las 
tropas mexicanas divididas y muy descontentas; los 

91 






dirigentes de Nicaragua en pugna; los de Honduras 
a mal traer; El Salvador, sojuzgado; y todo el país 
pobre y sin orientaciones. Persistía la revolución, 
que duró por muchos años. Aquella célebre acta 
constitucional de 1823, redactada por el patriota don 
José Francisco Córdova, es un documento notable. 
Estableció la independencia absoluta de las provin- 
cias que componían el antiguo reino de Guatemala, 
no sólo con relación a España, sino a México, y a 
cualquiera otra nación, así del Antiguo como del 
Nuevo Mundo ; y dejó consignado que el país no 
debe ser patrimonio de persona ni de familia algu- 
na. Pero cuando apareció esa declaratoria fundamen- 
tal, persistía la 'revolución devastadora, que duró 
muchos años. Nunca ha sido estable lo que se crea 
en medio de convulsiones y trastornos, ni menos 
aquello que no se aviene con la naturaleza de los 
asociados, ni con su constitución sociológica. Un 
país extensísimo, despoblado, con antagonismos lo- 
cales, sin organización, sin pueblo medianamente 
culto, lleno de ambiciones, odios y querellas de vi- 
llorrio, no se tranquiliza, ni se gobierna con ilusio- 
nes impracticables, teorías exóticas y pragmáticas 
extrañas, ni por novedosas instituciones, traídas de 
fuera, sin consultar la clase de tierra, en donde se 
rechazan. Las asambleas hicieron leyes que alimen- 
taban el descontento y prendían la discordia. No 
obstante eso, debe recordarse un hecho, que enal- 
tece a Guatemala. El Primer Congreso Continental 
Americano, decretado el 6 de noviembre de 1823. 
Tal fué el punto de iniciación, la gran idea puesta 

92 



en práctica, muchos años después, por el famoso 
Secretario de Estado, Mr. Blaine, en Washington, 
de los Congresos Panamericanos, reputados hoy co- 
mo exponentes del desenvolvimiento jurídico del 
Continente. / 

En la memorable fecha del 24 de abril de 1824, 
se decretó la abolición de la esclavitud en el Centro 
de América, mucho antes de haberlo efectuado la 
mayor parte de los países del Nuevo Mundo. Se 
presentaron 51 esclavos a la Municipalidad, solici- 
tando quedar libres. Las personas siguientes con- 
cedieron gratuitamente la libertad a sus siervos : don 
José Cecilio del Valle, don Tomás H. Oran, doña 
Ana María Asturias, doña Gertrudis Cambronero, 
don José Azmítia, don Juan Bautista Asturias, doña 
Catalina González, don Pedro J. Arrechea, don Ig- 
nacio Ugalde, don Jacobo Arroyave, don Francisco 
Figueroa, don J. Antonio Batres, don Francisco Val- 
dés, Pbro. don J. Teodoro Franco, don Luis Cam- 
bronero, don Pedro Arrivillaga y don José Víllafañe. 
Casi todos los esclavos continuaron gustosos al 
servicio de sus amos. 

En 1823 se discutió si el gobierno debía ser uni- 
tario o federal. Los moderados o conservadores, 
estuvieron por la forma unitaria, como que era la 
tradicional, la menos costosa, la más sencilla y aco- 
modada a pueblos recién salidos del coloniaje. Los 
liberales o fiebres, deseando imitar la constitución 
de los Estados Unidos, y deslumhrados por teorías 
francesas, fueron partidarios del sistema federativo. 
Se convocó una Asamblea Constituyente. De buena 

93 



fe, y en la creencia de que seguían el mejor camino, 
decretaron una Constitución defectuosa, que en 
aquella época no era fácil remediar, y que en la 
práctica, resultó insostenible. Aún prescindiendo 
de eso, en todo caso, no hubiera sido dable mante- 
ner la Federación, por ser sumamente costoso y 
estar el país muy pobre; porque tal sistema pre- 
supone inmediata intervención del pueblo, y era 
analfabeto, compuesto en su mayor parte de indí- 
genas, que no sabían hablar español, y de gente 
acostumbrada a la obediencia ciega, exigida por la 
autoridad real y por la autoridad eclesiástica. La 
unión de los Estados necesitaba que persistiera 
cohesión, vínculos de vida común, afectos mutuos, 
intereses análogos y atmósfera de concordia y paz. 
Y lo que había en aquellos perturbados tiempos, 
era todo lo contrario: odios añejos, espíritu bélico, 
miseria, ignorancia, opuestas miras; en una palabra, 
no existía pueblo democrático, ni mucho menos ele- 
• mentos para llevar a cabo lo que realizaron los 
Estados Unidos de América. Eran harto diversas las 
condiciones ideológicas y sociológicas de las dos por- 
ciones en que se dividió el Nuevo Mundo. 

Los célebres legisladores del año 1823, no pa- 
raron mientes en si sería propicio el campo donde 
arrojaron la semilla; en si resultaba adecuada aque- 
lla ley constitutiva, al país heterogéneo para el cual 
se dictaba. Pero muy pronto hubieron de persua- 
dirse de la imposibilidad de sostener la constitución 
federal; y sin embargo, vióse el fenómeno de que, 
los mismos que la defendían, fueran los primeros 



en violarla. Sobrevino la guerra, que tardó muchos 
años y causó males ulteriores, que todavía reper- 
cuten. 

La Federación empezó bajo malos auspicios y 
acabó peor. Fué su principio una guerra, y terminó 
con anarquía terrible. El año 1826 recuérdase fu- 
nesto y sangriento. El presidente de la república 
federal puso preso, el 5 de septiembre, al primer 
Jefe del Estado de Guatemala, don Juan Barrun- 
dia. Surgió una sublevación, y se trasladaron las 
autoridades guatemaltecas al pueblo de San Martín 
Jilotepeque. A tal extremo llegó el enardecimiento 
de los ánimos exaltados, que en Quezaltenango, en 
el pulpito, cometióse el escandaloso crimen de ase- 
sinar a don Cirilo Flores, vicejefe del Estado. El 
presidente, general Manuel José Arce, caballero dis- 
tinguido y militar notable, sufrió los ataques del 
sabio Valle, que creía tener derecho a la presidencia. 
Al fin, vióse Arce abandonado por sus partidarios 
y amigos; provocó las iras de Morazán, y sobre- 
vino la guerra funestísima, que extendía la miseria 
y la muerte sobre campos de sangre. Aquel memo- 
rable jefe salvadoreño fué víctima de errores y 
extravíos de los partidos, así como de los defectos 
de la Constitución, que, cual bélica enseña, hacía 
que los unos a los otros se mataran, en cruentas 
luchas de principios, de demencias y perpetuo escán- 
dalo. Morazán levantó un ejército "protector de la 
Ley suprema", por la cual todos morían. Echó 
abajo la libertad, que era el palio, por no decir el 
pretexto, para cubrir tanto oprobio. Habría acaso 
buena fe, pero guiada por cerebros y teorías exal- 
tadas, que lo que menos lograban era orden y felici- 






95 



dad común. Cada vez aparecían más desunidos, en 
abiertas lides, los Estados Unidos del Centro de 
América. Fué realmente un hervidero de luchas, 
en que se derramaba a torrentes la sangre generosa 
de unos y otros, por el estado de dislocación de los 
dirigentes, quienes por todas partes suscitaban la 
discordia y la guerra. Sobrevino la peste del cólera 
morbo, y se sublevó la montaña. Hasta que el Hom- 
bre-fuerza restableció el orden, haciéndose temer, y 
poniéndose de parte de su nativa tierra, hubo paz 
en Guatemala. No había capacidad, ni elementos 
para la vida tranquila del derecho, en aquel caos, 
cada vez más ensombrecido y laberíntico. 

La figura de don Manuel José de Arce ha pasa- 
do, al través de un siglo, a tener en la historia un 
puesto honorable, a pesar de sus yerros y vacila- 
ciones, casi todos hijos de premiosas circunstancias. 
Fué héroe y mártir, que luchó por la libertad, desde 
antes de la independencia. En el memorable día 
de nuestra emancipación, viósele entusiasta, digno 
y valiente, cual uno de los más conspicuos proceres, 
desde 1811. Fué sacrificado por los rigores de la 
tiranía, de la desorbitación social. Se inspiró en la 
alianza ilusoria de los sentimientos; y odiado, por 
los mismos a quienes había favorecido, murió pobre 
y lleno de desengaños, como casi todos los héroes 
de la libertad, en el extenso y rico territorio indo- 
hispano. El 5 de diciembre de 1825 expidió la Asam- 
blea Constituyente un decreto, número 73, por el 
que dispuso que el Poder Judicial residiera en la 
Corte Suprema y que ésta se compusiera de un 
regente, cuatro magistrados y un fiscal; y en el 
mismo decreto fué designado para el primero de 

96 






esos cargos, don J. Venancio López. Poco tiempo 
después, ese eminente letrado dimitió el empleo 
y lo reemplazó don Marcial Zebadúa. En diciem- 
bre de 1844, se nombró Regente al notable juriscon- 
sulto don Miguel Larreinaga. Cuando éste renunció, 
fué substituido por el benemérito don José Antonio 
Larrave. En noviembre de 1851 ejitró a la regen- 
cia don José Antonio Azmitia. 

El lector que quiera pormenores y datos sobre 
la escandalosa prisión del Jefe del Estado de Gua- 
temala, don Juan Barrundia, los encontrará en las 
Memorias de Arce, en las de Marure (pág. 155), en 
las de García Granados, en el célebre Manifiesto 
que don Antonio José de Irisarri y don Manuel 
Montúfar, publicaron en forma de Protesta al 
Congreso, después de la batalla de Mejicanos; en 
los artículos que don Agustín Meneos dio a luz, 
en los números 837 y siguientes de "La República", 
de mayo de 1894 y 15 del mismo mes, rebatiendo la 
opinión del publicista salvadoreño doctor Luna. 

Pero es lo cierto, que aquel período histórico de 
ebullición revolucionaria, no fué peculiar a nuestro 
país, como ya indicamos, sino común a la América 
española, después de la independencia. En México 
y en la América del Sur, predominó el malestar des- 
concertante; sobrevino la anarquía, y por último, 
la autocracia y la dictadura. En toda la América 
ibera se levantó el huracán revolucionario, que no 
respetó ni a Bolívar, en la Gran Colombia, ni a San 
Martín en el Perú, ni a O'Higgins en Chile, ni a 
Saavedra en Buenos Aires, ni a Sucre en Bolivia, 
ni al general Arce en el Istmo. La intolerancia, la 
falta de cohesión, las ambiciones; y más que todo, 

97 



en Centroamérica, el medio social, el populacho de 
gentes rústicas, de razas antagónicas, el territorio 
tan extenso de veinticuatro mil leguas cuadradas, 
con muy escasa y diseminada población, sin cami- 
nos, plagado de añejos odios contra la capital; la 
acritud de los partidos históricos; todo ello, decimos, 
formaba un embrión disímbolo, un enmarañado la- 
berinto, en vez del terreno fértil y llano, en donde, 
se mantiene y prospera el gobierno de todos, del 
pueblo y para el pueblo, o sea la democracia, el sis- 
tema representativo, la república. Verificóse la ley 
del ritmo, de Herbert Spencer. 

Promulgada la famosa Constitución, presto se 
vino abajo el Poder Ejecutivo; y hubo de nombrarse 
otro, compuesto también de tres individuos. El 22 
de noviembre de 1824, se promulgó dicha Carta 
Federal de Centroamérica, tornando en federativa 
la república. Contribuyeron a elaborarla patriotas 
notables, algunos jurisconsultos distinguidos; pero 
talentos, que alucinados por el organismo de la 
América del Norte, olvidaron que las leyes deben 
ser adecuadas al ambiente, a la naturaleza del país, 
a la condición de los asociados, a las costumbres 
e ilustración de las masas; a lo que Montesquieu 
llamaba la idiosincrasia del pueblo, que trata de 
organizarse, a fin de promover la evolución natural, 
y no los choques violentos de la fuerza y el estallido 
de la anarquía. Los sucesos posteriores a dicha 
Constitución Federal, demostraron el error de aban- 
donar la unidad de acción, esparciendo el poder en 
lejanos centros, y no fijando un distrito para asiento 
permanente del Gobierno ; confiriendo amplísimos 
derechos a unos ciudadanos, que no comprendían 

* 98 



ni lo más rudimentario de sus atributos y obligacio- 
nes ; que en lo general, no tenían ni malicia de sus 
deberes, ni remota idea de la democracia; que no 
podían ser más que instrumentos ciegos de intereses 
desaforados, de unos cuantos ilusos y no pocos 
perversos. Las teorías en boga prevalecieron sobre 
las necesidades políticas, y muy principalmente, el 
odio inveterado de las provincias contra la capital 
de Guatemala y los otros departamentos chapines, 
como les llamaban los guanacos. 

Fué temerario el ataque, hecho en Guatemala, 
a sus costumbres, en las cuales consistía el princi- 
pio de autoridad que los pueblos, entendían, y que 
formaba la expresión manifiesta de vivir conforme 
a sus creencias y naturales inclinaciones. La revo- 
lución tuvo que ser general y espontánea. 

El régimen federal, del modo que se organizó, 
no pudo obtener larga vida, ni dejar sazonados fru- 
tos. El Poder Ejecutivo no tenía la sanción de las 
leyes, ni aun podía objetarlas, por inadecuadas que 
fueran. El Senado abarcaba no sólo funciones le- 
gislativas, sino también administrativas y judiciales; 
fuera de otros defectos, que hacían peligrosa la 
Constitución política, que desde su emisión, trataron 
algunos de los más inteligentes estadistas que se 
reformara. Inútil habría sido ; porque la tendencia 
sociológica pugnaba irresistiblemente a fraccionar 
el extenso territorio centroamericano, y a dividir 
aquellos estados adversos y enemigos; separados 
por antiguos resquemores y opuestas tendencias ; 
luchando por gobernarse aisladamente. Guatemala 
fué el penúltimo estado que se constituyó en repú- 
* blica soberana e independiente, a pesar de haber 

99 



sido el más odiado y perjudicado por los otros, al 
frente de los que fué su más terrible enemigo don 
Francisco Morázán, como lo reconocen el historia- 
dor Marure, don Miguel García Granados, en sus 
verídicas Memorias, y todos los que juzguen serena- 
mente los sucesos, sin cegarse por apasionamientos 
políticos. Guatemala fué el estado que más cargas 
tuvo, y más sufrió con la Federación. 

En aquella época tormentosa predominaba la 
filosofía francesa del siglo XVIII, que ansiaba orga- 
nizar la sociedad por la ciencia, sacrificando la li- 
bertad que se proclamaba, por teorías exaltadas y 
arrolladoras, sobre pueblos analfabetos y pobres, 
víctimas de principios inadecuados y revolucio- 
narios. 

Los cambios deben armonizarse e integrarse 
con el modo de ser real de las cosas; con la natu- 
raleza de la sociedad, su ambiente, esencia, estado 
y tradiciones ; con su manera de pensar y de sentir. 
"Ni a un hombre, ni a un pueblo — dice, a propósito, 
don Miguel de Unamuno — se le puede exigir una 
mudanza que rompa la unidad y la continuidad de 
su persona. Se le puede cambiar mucho, hasta por 
completo casi; pero dentro de continuidad." (1) La 
evolución es normal, progresiva, paulatina, integra- 
dora; desenvuelve, pero no rasga, ni disloca; no 
forza el crecimiento, ni suscita reacciones disol- 
ventes. 

De todas suertes, quedará en la historia la Cons- 
titución de 1824, como un ideal memorable de as- 
piraciones generosas. No inculpemos a aquellos 
patriotas, que no podían cambiar las dificilísimas 



(1) iVnamuno: "Del Sentimiento trágico de la Vida", página 14. 
100 



circunstancias de una situación originada de antaño ; 
de un desbordamiento que fuera común a todos los 
paises que acababan de salir de la dominación espa- 
ñola, de tres siglos de aislamiento y de opresión. 
Histórica remembranza merecen siempre los varo- 
nes venerables que, después de diez y nueve meses 
de reunirse, en sesiones frecuentes, emitieron 137 
decretos, 4,186 órdenes y levantaron 784 actas, cuyo 
estudio daria mérito a una monografía de largo 
aliento. Hay que recordar que aquellos hombres 
notables se formaron y brillaron en la época idealis- 
ta y trágica de la libertad iberoamericana, fruto de 
una epopeya bélica y no de una evolución metódica, 
ta magna Revolución de Independencia — si glorio- 
sa y proficua — tenía que dejar huellas de muchos 
años de luchas. La vida es siempre — en todos los 
órdenes — causa de amargos sufrimientos. 

El mal consistía en que las Provincias Unidas 
del Centro de América, como les llamaban, estaban 
profundamente separadas, en la realidad, carcomi- 
das por malquerencias harto añejas; destrozados 
los elementos de renovación; socavadas sus bases 
por el militarismo y por una tendencia jacobina que, 
en su demencia, tomaban muchos por signo y señal 
de ideas avanzadas y liberales. Sin ningún lazo de 
afecto ; sin carreteras ; sin poblaciones cercanas ; 
sin agricultura organizada; con gran pobreza eco- 
nómica; y por último, prevaleciendo una ignorancia 
primitiva, en la generalidad, que no sabía, ni sabe 
aún, leer ni escribir. ¿Qué se podía esperar? Era 
un panorama gris sobre un fondo de historia tene- 
brosa, el que se presentaba entonces. La patria se 
hallaba minada por relajamientos, exageraciones y 

101 



odios, debatiéndose, en la asfixiante niebla de insti- 
tuciones exóticas. Prevalecía el criterio de ciertos 
demagogos de exagerado ( discurrir y agudo proceder. 
Guatemala fué la víctima que más padeciera en 
aquella época nefasta. Don José Francisco Barrun- 
dia dividió el partido liberal, echó abajo a Gálvez 
y contribuyó a la entrada de Carrera. Todo con 
patriótico desinterés, gran fogosidad, rayana en ob- 
cecación, y notoria carencia de juicio ecuánime y 
tacto político. 

En el año de 1825, comenzóse a poner en acción 
aquella complicada máquina constitucional; pero 
pocos meses después de electos el presidente de la/^- 
república y los jefes de los estados, que en 1826 fun- 
cionaron,, estalló una guerra civil, tan fuerte y des- 
bordada, que convirtió al país en un caos. Todos 
luchaban por defender, según decían, la Constitu- 
ción; y todos la violabam El gobierno central, las 
autoridades de los estados, los políticos de uno y 
otro bando — escasos en el verdadero sentido del 
vocablo — la plebe ignorante, se hacían la guerra a 
muerte. "Triunfó — dice don Antonio José de Iri- 
sarri — el partido que se había levantado contra las 
autoridades federales, en defensa del sistema fede- 
ral, en defensa de aquella Constitución, que hollaba 
con sus propios pies. Triunfó, sólo para hacer ver 
que su triunfo debía ser la ruina de aquel sistema, 
entre los hombres que no tenían una idea exacta de 
la federación." Lo cierto es que, durante diez y 
ocho años de luchas y guerras, se desencadenaron 
las concupiscencias, se enardecieron los partidos 
históricos, se agotó el país; y ya no pudo haber 
gobiernos estables, ni garantía ninguna, ni autoridad 

102 



reconocida y respetada, ni propiedad segura, ni or- 
den, ni concierto. Ubi non est ordo? semperque 
ceterna con futió, como dijera la santa avilesa, refi- 
riéndose al averno. Tal la situación, en aquella 
época aciaga. La realidad de los hechos, opuesta 
a las leyes que se dictaban. Se pretendía comba- 
tirlo todo de un golpe, y el desiderátum de la política 
fué la matanza. Se invocaba la libertad para des- 
truir la libertad de los gobernados. Lo cual, desde 
entonces, ha tenido proyecciones dolorosas. Se ma- 
taban por la Unión; y cada vez aparecían más des- 
unidas las provincias de la desventurada América 
Central. Fueron tiempos revueltos, dementes, que 
dejaron tristes memorias y lecciones que no debe- 
rían olvidarse. 

El objeto del derecho es armonizar los intereses 
humanos, consultando las aspiraciones de los pue- 
blos, varias y múltiples, nacidas al calor de la vida. 
Los reformadores exaltados atacaron hondamente 
esos elementos característicos, que no se trasmutan 
súbitamente, porque se produce la revolución. 

Los dirigentes, los imaginativos teorizantes, va- 
liéndose de multitudes ignaras, guerreras y sangui- 
narias, quisieron en la América española, mudar 
de una vez la atmósfera social, el medio ambiente, 
las prácticas arraigadas y las tendencias populares. 
"Sobre este mísero fundamento, de democracia 
— dice Rodó — , la clase directora escasa, dividida, 
y en su mayor parte, inhabilitada también, por de- 
fectos étnicos, para adaptarse a los usos de la liber- 
tad, estableció instituciones avanzadas. Lo verda- 
dero emancipado, lo capaz de gobierno propio, no 
formaba número de fuerza apreciable. Hay en esta 

103 



tierra unos termites o carcomas, que llaman come- 
jenes; en espesos enjambres se desparraman por las 
casas ; arruinan cuanto es papel o madera, aún la 
más dura, y todo lo roen y consumen, por dentro; 
de modo que del mueble, del tabique, del libro, en 
apariencia ilesos, queda finalmente un pellejo finí- 
simo, una forma vana, que al empuje del dedo cae 
y se deshace. Si hay expresiva imagen de aquella 
minoría ilustrada y culta, y de cómo se compuso, 
más o menos, en Hispanoamérica, la figura de una 
civilización democrática, es la capa falaz del objeto 
ahuecado por el termite." (1) Con razón exclamó 
Macaulay: "Liberty is a privilege of maturity, of 
self control". 

Del año 1831 a 1838, laboró el memorable doc- 
tor don Mariano Gálvez, luchando, como Jefe del 
Estado de Guatemala, con muchísimas dificultades, 
en aquella época crítica, por efectuar cambios en 
las instituciones que regían; y esparció semillas que, 
más tarde, pudieron brotar en el país. Se dividió el 
partido liberal; y los opositores y los ministeriales, 
durante el segundo período administrativo de aquel 
ilustre guatemalteco, provocaron tal desconcierto, 
que la gente ya no podía vivir con tranquilidad. El 
talento del doctor Gálvez descolló, pero en vano, 
porque maquiavélicamente le exigían que, en medio 
del desconcierto, se sujetara a la ley, que todos no 
observaban ; y tomó creces la sublevación de la 
montaña, y el cólera morbo ponía terror en pobla- 



(1) José Enrique Rodó: "Hombres de América", página 17. 
104 



ciones pobres, sin rumbo cierto y sin respeto a las 
autoridades. Fué una crisis profunda, terrible, que 
requería una dictadura fuerte, para encarrilar al 
país al orden y restablecer la paz. El Gobierno 
federal estaba minado por su base y por la intransi- 
gencia y exaltación de los partidos. El odio sólo des- 
truye y produce amargos frutos. 

Morazán era enemigo mortal del doctor Gálvez 
y lejos de prestarle auxilio, como estaba en el deber 
de hacerlo, vino a Guatemala a empeorar la situa- 
ción, a causa de vejámenes, exacciones y vengan- 
zas. Aquel caudillo de hondurenos y salvadoreños, 
que se llamaba jefe y defensor de la Unión, cuando 
él ya no tenía funciones legítimas, fué el que más 
contribuyó a desbaratarla, en una época tormento- 
sa, de teorizantes políticos, que no se entendían los 
unos con los otros, dando pábulo a luchas y con- 
mociones violentas. Hubo falta de verdad', y la ver- 
dad es la que nos hace libres, muy lejos de los 
sediciosos y rebeldes, que explotan a los pueblos 
con mentidas promesas. La vida, la prosecución de 
la dicha, que son derechos inherentes al hombre, 
se vieron atropellados por pasiones tremendas, por 
odios de villorrio, en medio de una existencia estre- 
cha, plagada de resquemores, malquerencias y ruin- 
dades. Fueron años aquellos, harto amargos y dolo- 
rosos. La Federación dejó desconcertado al país, 
aniquilado el cuerpo social, sin ningún prestigio la 
autoridad, pobreza suma y memorias de luto y san- 
gre. Esta es la verdad, mal que pese a los que nos 
hablan de la Patria grande, próspera y feliz. 

Morazán y los suyos pretendían sofocar el am- 
biente predominante, desconociendo que el ambiente 

105 



es "lo «scrito", como dijera el árabe fatalista, es 
el Destino ; el imperio de la herencia ds los pueblos ; 
el alma de su idiosincrasia. 

La clerecía participaba también de la política, 
y se encontraban, en aquellos aciagos años, los 
sacerdotes divididos y anarquizados, desde que el 
general hondureno Morazán expulsó al ilustrísimo 
arzobispo Casaus y Torres, el 11 de junio de 1829. 
Hubo elecciones en el Cabildo; y salió nombrado 
para gobernador de la diócesis, un tío abuelo del 
que escribe estas líneas : el presbítero doctor don 
Diego Batres Nájera, que tenía amistad íntima con 
Gálvez. Era dicho sacerdote de carácter enérgico 
y reconocida instrucción. , Gobernó la Iglesia de 
Guatemala hasta el 29 de enero de 1843, fecha en 
que llegaron el palio y las bulas del reverendísimo 
García Peláez, quién triunfó ante la Sede Romana. 
Hubo intrigas para que fuese electo el marqués de 
Aycinena, doctor don Juan José, después designado 
obispo de Trajanópolis. El sumo Pontífice, Grego- 
rio XVI, fué el que nombró al doctor Francisco de 
Paula García Peláez, cuya memoria goza de brillan- 
te aureola. Primero fué Coadjutor, in partibus in- 
fidelium, de Bostra, con jurisdicción en Guatemala, 
y futura sucesión. A la muerte de Casaus, acaecida 
en la Habana, quedó ya como Arzobispo de Gua- 
temala el señor García Peláez, a quién tuve la honra 
de conocer. 

Con la actividad que caracterizaba al Jefe del 
Estado, doctor Gálvez, dirigía muy a menudo cartas 
amistosas y de confianza al doctor don Diego Batres 
Nájera, pidiéndole la remoción o traslado de algunos 
curas, y hasta apuntándole quiénes le serían gratos. 

106 ' 



Mi tío abuelo, que no teñía buen genio y era de ca- 
rácter independiente, acostumbraba ir a la tertulia 
que algunas noches había en casa de Gálvez. Una 
vez, para chafarle su entrometimiento en la designa- 
ción de párrocos, le envió una lista con los nombres 
de cuatro zánganos conocidos, pidiéndole para ellos 
grados de capitanes y coroneles en el ejército. El 
Jefe del Estado comprendió la broma y le manifestó 
que, en lo de adelante, no le molestaría tanto con 
sus solicitudes referentes a clérigos. 

En estas Memorias, no cabe juzgar detallada- 
mente el gobierno del doctor Mariano Gálvez, que 
— como decía su enemigo político, el célebre don 
Antonio José de Irisarri — : "era un hombre de 
amplísimas miras, gran talento y vastos conocimien- 
tos ; promovió novedades estupendas, queriendo 
comenzar la reforma por la religión, siguiendo luego 
por la política, después por la administración de 
justicia, y acabando, al fin, por las ideas criollas del 
pueblo. No pudo hacer que sus rudos compatriotas 
se quisiesen regir por el código de Lívingston; y 
cayó en tal desgracia, que si no huye precipitada- 
mente, tiene el fin trágico de Massanielo, aquel pes- 
cador de popularidad, que pescó en Ñapóles todo lo 
que se puede pescar a río revuelto : unos momentos 
de triunfo muy baratos y una muerte arrastrada". (1) 

Empero, después de un siglo, se destaca con 
señalados relieves la figura del doctor don Mariano 
Gálvez. Si se anticipó a su tiempo, y fué víctima, 
en Guatemala, de aquella anarquía desastrosa, en 



(1) Antonio José de Irisarri: "El Cristiano Errante", página 10. 
En la extensa biografía que publiqué, intitulándola "El Doctor Ma- 
riano Gálvez y su época", encontrará el lector muchos datos. 

107 



que todos tuvieron la culpa, pudo brillar en México, 
labrándose una fortuna pecuniaria, con honra y de- 
coro, como abogado distinguidísimo; siendo, por lo 
demás, el precursor de la reforma, en la tierra en que 
naciera, a la cual tanto amó; y que haciendo justi- 
cia a su memoria, guarda con veneración sus despo- 
jos mortales, cual símbolo de luminoso ejemplo, y 
tributo de gratitud, por sus nobles esfuerzos. El 
monumento a Gálvez es un faro, una vindicación y 
elocuente enseñanza. El mérito podrá alguna vez 
obscurecerse; pero brilla más tarde, al través de los 
años. "¡Para verdades el Tiempo, y para justicia 
Dios!"* 1 * 

Morazán, presidente de la Federación, odiaba al 
doctor Gálvez y a Guatemala; les negó auxilio efi- 
caz, causando con su política desatentada hartos 
males, y su propia desgracia, que al fin le privó del 
poder y hasta de la vida. Barrundia, con su fogosi- 
dad intransigente y oposición imprevisora, produjo 
la caída del partido liberal. Aquellos hombres apa- 
sionados, cuando vieron claro, les pasó lo del héroe 
legendario de Shakespeare, que, al abrir el féretro, 
hecho por sus manos, contempló en él sepultada su 
efigie. 

Gobiernos efímeros, de pocos meses, vinieron 
después, hasta que una mano férrea hubo de des- 
truir el desorden, la guerra y el odio entre herma- 
nos. Abandonados los talleres, yermos los campos, 
huérfanos los hogares, diezmado el pueblo, parecía 
imposible el restablecimiento de la paz, del trabajo 
y de la ley. 



(1) Véase la historia del doctor Gálvez y su época, que publiqué 
cuando se repatriaron sus restos, el 27 de noviembre de 1925. 

108 



La Federación dejó a Guatemala, y a los demás 
Estados, en un modo de ser harto deplorable. Al 
juzgar Spencer la' forma de gobierno confederado, 
democrático, representativo, afirma: "que es el me- 
jor, para hacer el bien — cuando está perfectamente 
establecido — y el peor para causar el mal, si no 
cuenta con un pueblo preparado convenientemente". 

La ironía de las cosas llegó, al fin, a descubrir 
las llagas profundas del cuerpo social, echando aba- 
jo un partido, y a muchas de sus entidades repre- 
sentativas, que quedaron en evidencia, perdiendo 
la popularidad que tenían. 

El caudillo de "la Montaña", Rafael Carrera, 
llegó a ser el restaurador de la paz, el fundador de 
la República de Guatemala. La primera necesidad 
de los pueblos, que han sufrido cruentas y largas 
revoluciones, es el reposo, el orden, la tranquilidad 
vivificante. Cuando el bálsamo de la serenidad mi- 
tigue las pasiones, la historia hará justicia al que, 
por intuición, por sus dotes personales se elevó; al 
que, por Guatemala, derramó su sangre y expuso 
su vida en innumerables combates. 

Con razón el sabio Gustavo Le Bon — autoridad 
nada sospechosa — ha dicho : "Los proyectos y leyes 
desacertados, son consecuencia de la desarraigable 
ilusión latina, de que un país puede, a su guisa, mo- 
dificar sus instituciones. En realidad, no le es posi- 
ble escogerlas, como no puede elegir literatura, len- 
gua, creencias, artes u otros elementos cardinales de 
cultura. La educación no escapa a esta ley general. 
Buena o mala, es hija de las necesidades, y sobre 
éstas poco podemos. Las reformas en bloque no 

109 



tienen valer; y aunque un tirano las imponga por 
la fuerza, no podrán ser duraderas. Para que se 
conserven, hay que reformar antes el alma del pue- 
blo. Hay que dejar de lado los pomposos proyectos 
de reforma radical, y no considerarlos sino como 
inútil fraseología. En las instituciones, lo mismo 
que en la educación, las únicas reformas posibles y 
eficaces, son las viables reformas, en detalle, hechas 
de manera sencilla y continua. Construyen los gra- 
nos de arena, cuya adición acaba, a la larga, hasta 
formar montañas." 



lio 



CAPÍTULO II 



Tiempos turbios. — Proceso político ruidoso. — So- 
lemne fiesta cívica. — Un banquete oficial, con veinte 
brindis. — El año de 1829, terrible para Guatemala. — 
Triunfo de Morazán. — Tiranía declarada. — Causa cri- 
minal contra el jefe del Estado, doctor don Pedro 
Molina. 

SUMARIO 



Gran turbulencia de los partidos, en 1827. — Proceso 
político contra los magistrados de la Corte Superior 
de Justicia. — Recto proceder del sabio jurisconsulto 
don J. Venancio López y de sus notables compañeros.—* 
Actuación decorosa del ministro Cordovita. — Indulto 
decretado el 15 de septiembre de 1827. — Memorable 
celebración del 8 9 aniversario de la independencia. — 
Un memorable banquete oficial. — Veinte brindis. — La 
atmósfera política auguraba tormentas. — El año de 1829 
fué Guatemala víctima de las depredaciones de Mora- 
zán. — Entró a este Estado como un conquistador; cual 
amo colérico con sus siervos. — Saqueos, prisiones, muer- 
tes, destierros. — Decreto draconiano. — El célebre don 
Antonio José de Irisarri, el poeta nacional Pepe Batres, 
el historiador Manuel Montúfar y varios ciudadanos 
conspicuos, fueron conducidos a El Salyador, atados 
con cuerdas, codo con codo, y caminando a pie. — Pro- 

111 



testa enérgica que publicaron impresa, desde la cárcel 
salvadoreña. — Éxodo de guatemaltecos a México. — Ase- 
sinato del vicejefe don Cirilo Flores. — En julio de 1827, 
invade El Salvador a Guatemala. — Derrota de Merino. — 
La guerra civil se desarrolla en la América del Cen- 
tro. — Los partidos políticos no correspondían a concep- 
ciones filosóficas y conceptos científicos, ni representa- 
ban las aspiraciones y necesidades populares. — Opinio- 
nes de notables y modernos publicistas, sobre aquellos 
bandos, liberal y conservador. — Causa criminal decre- 
tada por la Asamblea Legislativa, el 9 de marzo de 
1830, para procesar al doctor Pedro Molina, jefe del 
Estado de Guatemala. — Absuelto por la Corte Suprema 
de Justicia, ya no volvió al poder, que era lo que sus 
enemigos querían. » 



Corría el año de 1827, y Guatemala se encontra- 
ba pobre, amenazada por la intransigencia de los 
partidos, que se odiaban a muerte, y por la inquina 
de El Salvador, que había tomado creces hasta inva- 
dir nuestro suelo. No se entendían los que milita- 
ban en el dividido partido liberal, ni estaban de 
acuerdo los corifeos del conservador. No había ^ 
rumbo posible; el horizonte era tempestuoso en 
aquellos tiempos de bastardos rencores. Llegó el 
caso de que los hombres más honorables, patrio- 
tas, rectos y de conciencia limpia, se vieran de repen- 
te envueltos en un proceso harto peligroso. Se- 
mejante situación desacordada, llena de escollos y 
precursora de un caos político, provenía de lo inapli- 
cable de la famosa Constitución del año de 1824, y 
de las circunstancias aciagas del país. 

Cuando el presidente de la República Federal, 
don Manuel José Arce, hizo público el decreto en 
que convocaba un Congreso extraordinario para la 

112 



villa de Cojuíepeque, la *Corte Superior de Justicia 
emitió un acuerdo declarando: "que no reconocía 
en el, primer funcionario de la Nación facultades 
legales para expedir tal decreto". La misma Corte 
dio cuenta de su resolución a la Asamblea Legisla- 
tiva, siendo encargado del Poder Ejecutivo del Es- 
tado de Guatemala, el licenciado José Domingo Es- 
trada, medio por el cual se comunicó a la Corte 
Superior de Justicia, la reorganización de las prime- 
ras autoridades de Guatemala. La Corte pasó la 
nota al Ministerio Fiscal, a cargo del probo magis- 
trado don Francisco Xavier Valenzuela, quien des- 
pués de exponer: "que como ciudadano particular, 
obedecería, sin detenerse, las órdenes del Cuerpo 
Legislativo", concluyó pidiendo que la Corte Supe- 
rior acordase : "No estar en el caso de reconocer la 
presente Legislatura, como un Poder soberano, legí- 
timamente constituido e instalado". El Tribunal 
Supremo dispuso : "manifestar a la Asamblea Legis- 
lativa, que su resolución no era conforme a la Ley 
^Fundamental ; pero que no teniendo la Corte poderío 
alguno, sus individuos estaban resueltos a mante- 
nerse pacíficos y retirarse a seguir una vida priva- 
da, con la dulce satisfacción de haber practicado lo 
que podían". Esto implicaba una grave protesta. 

La Asamblea Legislativa, después de oír el dic- 
tamen de la Comisión de Justicia, expidió la orden 
número 224, acordando: "decir a la Corte Superior, 
que inmediatamente prestase el reconocimiento de- 
bido a las supremas autoridades Legislativa y Eje- 
cutiva del Estado, y a los cuerpos y personas en 
quienes los pueblos habían depositado aquellos po- 
deres, en la reorganización de dicho Estado, y repo- 

113 



sición de su Asamblea, Consejo y mando Ejecutivo; 
que dentro de veinticuatro horas, debería estar cum- 
plimentada tal orden". La Asamblea, entre ptras 
cosas, resolvió además, "que había lugar a formación 
de causa contra eifiscal de la Corte Superior, licen* 
ciado Francisco Xavier Valenzuela, y contra los ma- 
gistrados, licenciados don José Venancio López, don 
José Antonio Larrave, don José Espinosa y don José 
Moreno, debiendo el Gobierno dictar las medidas 
necesarias". El 28 de marzo de 1827, se organizó 
el Consejo de Guerra militarmente, y tuvieron que 
comparecer a declarar los miembros del Poder Judi- 
cial, con excepción de Espinosa, que desapareció 
y no se pudo encontrar. El Consejo, después de oír 
al fiscal, y dictar los demás trámites de estilo, de- 
claró culpables a aquellos integérrimos juriscon- 
sultos, que se vieron juzgados por cinco militares 
ignorantes y partidarios decididos de la nueva orga- 
nización, que llamaban de los Intrusos. 

Los declarados reos de sedición, al saber la sen- 
tencia que les imponía la pena del ostracismo, ocu- 
rrieron a la Asamblea Legislativa, que expidió la 
orden número 331, en los términos siguientes: "Al 
Secretario General del Gobierno del Estado^ — La 
Asamblea, habiendo visto la representación, que poi 
conducto del Gobierno, han hecho los Licenciados 
José Antonio Larrave, José Venancio López, Fran- 
cisco Xavier Valenzuela y José Moreno, reclamando 
contra la determinación dada por el Consejo Mili- 
tar, en la causa que se les ha seguido, por los hechos 
que ocurrieron cuando eran magistrados de la Corte 
Superior de Justicia; con presencia de los términos 
en que viene concebida su representación ; teniendo 

114 



í 



presentes las buenas cualidades de estos individuos 
y los servicios que han prestado a favor de la causa 
del Estado, en la última época; y habiendo oído 
el parecer de la Comisión respectiva, han tenido a 
bien acordar : Que no pudiendo la Asamblea cono- 
cer de este negocio, en las presentes sesiones extra- 
ordinarias, se devuelva al Gobierno, con recomenda- 
ción, para que, en uso de las facultades que tiene, 
dicte la providencia que estime más conveniente. 
De orden de la misma Asamblea, lo decimos a Ud. 
para inteligencia del Gobierno, y efectos consiguien- 
tes ; acompañando la exposición a que ésta se re- 
fiere. — D.U.L. — Guatemala, 14 de septiembre de 
1827. — Manuel Arbeu. — Manuel Beteta." 

El Gobierno, en vista de esa manifestación, dic- 
tó el acuerdo siguiente: "El Jefe del Estado, habien- 
do visto la nota de los C.C. Secretarios Vocales de 
la Asamblea Legislativa, en que comunican la reso- 
lución de aquel alto Cuerpo, en el ocurso de los 
licenciados José Antonio Larrave, José Venancio Ló- 
pez, José Moreno y Francisco Xavier Valenzuela, 
a que la misma nota se contrae; conociendo, por los 
términos en que' está concebida, que la mente del 
Poder Legislativo ha sido la de que el Estado no se 
prive de la utilidad que puede reportar de los servi- 
cios de aquellos letrados ; y considerando : que el 
hecho de haber, como magistrados que eran de. la 
Corte Superior de Justicia, desconocido a los actua- 
les depositarios de los supremos p*oderes Legislativo 
y Ejecutivo del Estado, pudo ser efecto de un error 
de opinión, tanto más, cuanto que, su conducta mo- 
ral y política los recomienda y presenta como ami- 
gos del orden público y de la tranquilidad general. 

115 



Que en las circunstancias en que se ha visto el Es- 
tado, desde el mes de marzo último, lejos de dar 
dichos señores la menor nota de oposición, han 
prestado servicios positivos a la causa pública. Que 
el acto mismo de ocurrir ahora a la Asamblea, por 
conducto del Ejecutivo, reclamando contra la provi- 
dencia del tribunal militar, pronunciada en 6 del 
que rige, es un testimonio público del reconocimien- 
to del poder legal de ambas altas autoridades. Que, 
aún expelidos del Estado, los propios individuos, 
podrian volver a él, prestando el reconocimiento y 
cumpliendo con lo demás que previene el Arto. 4 9 
de la ley de 19 de febrero próximo anterior. De- 
seando que el día de mañana, en que se celebra 
el aniversario de nuestra gloriosa Independencia, 
se señale y distinga por todos los medios posibles ; 
y usando, por* último, del poder que le está confe- 
rido; Resuelve: que se cite, para las once del día 
de mañana, a los cuatro individuos que han ocurrido 
a la Asamblea, a fin de que se presenten personal- 
mente ante el Gobierno; que se les pida expreso y 
terminante reconocimiento de los actuales deposi- 
tarios de los Supremos Poderes del Estado, y la 
debida obediencia a su autoridad; y que, si presta- 
ren dichos actos, quede sin efecto la sentencia del 
tribunal militar, que los declaró incursos en la pena 
de expulsión del territorio del Estado. Que, en el 
mismo caso, queden y se entiendan restituidos ente- 
ramente en el ejercicio de sus derechos de ciudada- 
nos, como miembros del Estado, lo mismo que si no 
se les hubiese formado causa alguna ; sin que la que 
dio mérito a la sentencia del tribunal militar, perju- 
dique el honor de los interesados, ni los inhabilite 

116 



para obtener cualesquiera cargos y empleos públi- 
cos. Que esta resolución se eleve oportunamente 
a noticia del Cuerpo Legislativo, y se comunique a 
la Comandancia General de las Armas y al gobierno 
politico del departamento, para su inteligencia y 
fines consiguientes. — Guatemala, 14 de septiembre 
de 1827. — Aycinena. — José Francisco Córdova." 

A consecuencia de la resolución anterior, se ex- 
tendió el documento que literalmente dice: "Yo, el 
Secretario del Despacho General del Gobierno del 
Estado, Certifico: Que llamados por orden del día 
de ayer, los licenciados José Antonio de Larrave, 
José Venancio López, José Moreno y Francisco Xa- 
vier Valenzuela, para que se presentasen al Jefe del 
Estado, lo verificaron en la mañana de ese día, a 
excepción del señor Moreno, que se excusó por cau- 
sa de enfermedad; que requeridos, en mi presencia, 
prestaron formal, expreso y terminante reconoci- 
miento a los Poderes del Estado, y a sus actuales de- 
positarios, protestando su obediencia a las mismas 
altas autoridades ; que en estos actos procedieron 
con entera libertad y espontaneidad ; manifestando 
que la razón, el convencimiento, su propia hombría 
de bien, y no interés alguno, ni temor, les inducían 
a prestarlos; que, en tal concepto, el Jefe los declaró 
en el caso de su resolución del día de ayer, y queda- 
ron, en consecuencia, exentos de la obligación de 
cumplir la sentencia del tribunal militar, y restituí- 
dos al goce de los derechos que les declara la refe- 
rida resolución. Certifico, por último : que cuando 
el Jefe del Estado requirió a los individuos de que 
se trata, sobre si reconocían y obedecían a las actua- 
les supremas autoridades, al contestar con la afir- 

117 



mativa, expusieron : que desde antes tenían prestado 
su reconocimiento y obediencia ; que lo habían acre- 
ditado con hechos positivos ; que lo manifestaron así 
al Consejo Militar, y que si no se hallasen hoy per- 
suadidos de que habían de reconocer y obedecer a 
las actuales autoridades y sujetarse a las leyes, de- 
jarían el Estado, aun sin necesidad de que se les 
mandase salir; porque este es el deber de hombres 
de bien, en cualquier país en que se hallen. De 
esta exposición pidieron que quedase constancia, 
sin embargo de lo que, por escrito han presentado 
a la Asamblea. — Guatemala, 15 de septiembre de 
1827. — Córdova". Respecto al licenciado Moreno, 
se presentó en ese mismo día, y quedó indultado, 
en los, mismos términos, después de exponer lo que 
sus compañeros habían consignado. 

Aunque, a primera vista, aparezca este incidente 
histórico, sin importancia, la tiene en sumo grado. 
De parte del Gobierno y de la Asamblea, que habían 
sido desconocidos por aquellos ilustres varones, re- 
salta hidalguía y serenidad, interesándose por ellos, 
a pesar de ser sus enemigos; respecto a los senten- 
ciados, deplórase el hecho lamentable de que siendo 
jurisconsultos ilustradísimos, probos, ajenos a polí- 
tica desconcertada, y personajes de grandes mereci- 
mientos, se les trató por el tribunal, como unos cri- 
minales. El haber concedido indulto el Jefe del 
Estado, el día memorable de nuestra independencia 
nacional, fué digno de sincero elogio. Hubo repa- 
ración, enseñanza y ejemplo, para los tiempos veni- 
deros. En ello, el que más intervino y se interesó 
fué Cordovita, notabilidad conspicua, inteligente y 
digno de postuma veneración. Para los que cono- 

118 



cimos al sabio jurisconsulto don José Venancio Ló- 
pez — el Papiniano guatemalteco — virtuoso, consa- 
grado al estudio, sobrio, honorabilísimo, incapaz de 
traicionar a su conciencia, de gran cordura y respe- 
tabilidad, se nos hace increíble que se haya visto 
envuelto en juicio grave criminal, a causa de las cir- 
cunstancias anómalas de una época embrollada, 
intranquila, cuya historia presenta no pocas aberra- 
ciones. Don José Antonio Larrave, a quien también 
tuvimos la buena suerte de apreciar personalmente, 
fué no sólo benemérito de la Sociedad Económica, 
en la cual trabajó con' decidido patriotismo, sino uno 
de los filántropos guatemaltecos más recomenda- 
dos. Enemigo de trastornos, no transigía con ile- 
galidades, porque, chapado a la antigua, jamás se 
separó de la senda del deber. Los magistrados; don 
Francisco Xavier Valenzuela y el señor Moreno, go- 
zaron siempre de merecida reputación, como caba- 
lleros sin tacha, de principios rectos y corazón bien 
puesto... Empero, hay circunstancias en la vida, 
en que no basta ser honrado para no verse de re- 
pente convertido en víctima del destino ciego e 
inclemente. En época tempestuosa, caen los rayos 
sobre lo más alto. Después de este suceso, poco co- 
nocido, que honró la administración del Jefe del 
Estado, don Mariano Aycinena, celebróse, con pom- 
pa, el aniversario de la independencia. En el día 
13 — consagrado a la memoria de los beneméritos 
defensores de la Representación Nacional — el Poder 
Ejecutivo, con todas las autoridades, corporaciones 
y funcionarios de la lista civil y militar del Estado, 
concurrió — en unión del vicepresidente de la Repú- 
blica, y de las autoridades federales — a la iglesia 

119 



metropolitana, en donde el Deán celebró los oficios. 
Las tropas de la milicia activa y cuerpos patrióticos, 
formaron delante del templo, y en la carrera hicie- 
ron, a las supremas autoridades, los honores corres- 
pondientes. El 15, desde muy temprano, oyéronse 
las salvas de artillería, y se procuró que el pueblo 
tomase parte en diversiones de júbilo; se pronuncia- 
ron discursos, se quemaron fuegos de artificio, y 
hubo un espléndido banquete, en casa del Jefe del 
Estado, asistiendo las personas más caracterizadas. 
El ágape comenzó a las siete de la noche, con la 
concurrencia sólo de hombres. A las diez entraron 
las señoras, a los postres, y entre once y doce, se 
sirvió el té, en aquel festín, que como el de Balta- 
sar, era precursor de próximas tormentas. 

Al íeer la narración anterior, en la "Gaceta del 
Gobierno", de aquella fecha, llama la atención que, 
al principio de la comida, estuviesen excluidas las 
damas, quienes fueron llegando tres horas después, 
a los postres, cosa rara, no acostumbrada en ningu- 
na parte. Otra particularidad peregrina fué la de 
tanto brindis, que ^oy a reproducir, porque bien 
vale la pena darlos a conocer. 



EL ÜEfE DEL ESTADO C. 
NARIANO DE AYCINEPSA, dijo: 

"¡ Salud a toda la América; salud y prosperidad 
especialmente a las naciones de esta preciosa parte 
del Nuevo Mundo, que se han anticipado a estre- 
char ^vínculos amistosos con nosotros, por medio 
de sus dignos enviados ! 

120 



Señores : hoy es el día grande de la Patria. En 
semejanza del año 1821, Guatemala rompió divina- 
mente las cadenas que la ataban a la degradada 
España. En aquel dichoso día, las pasiones de todos 
callaron. Se identificaron los sentimientos en favor 
de la justa libertad. Se hizo la más completa meta- 
morfosis; y en aquel momento dio también Gua- 
temala un soplo de vida política hasta el último 
pueblo de la República. Por la memoria de tan 
triunfante suceso, yo debo felicitar a la Nación, en 
la respetable persona del señor vicepresidente y de 
sus dignos ministros. Felicito al Estado, que tengo 
la honra de gobernar; a cada uno de sus funciona- 
rios, mis excelentes colaboradores, y abrazo tierna- 
mente al último del pueblo, que tantas virtudes ha 
desplegado, en fechas difíciles de la revolución. 
Ahora me transporto al glorioso 15 de septiembre 
del año 1821 y brindo, señores, por el nacimiento 
de la Patria, y porque aquel mismo influjo celestial, 
qué entonces embotó las pequeñas pasiones de los 
hombres, produzca hoy iguales efectos, en esos 
pueblos que ofenden y hieren el corazón de Gua- 
temala." 



EL VICEPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 
C. nARIARO DE BELTRANENA, dijo: 

"Mientras que los enemigos de nuestra indepen- 
dencia maldicen este día, mientras los falsos patrio- 
tas lo obscurecen, con sus votos al genio de la 
anarquía ; yo tengo el placer puro de recordar su 
memoria, brindando esta copa de gratitud, a los altos 

121 



Poderes, primeras autoridades, funcionarios sub- 
alternos, y demás ciudadanos, que poseídos de civis- 
mo, sostienen con denuedo la causa del orden y la 
prosperidad nacional." 



EL MINISTRO DE RELACIONES 
C. FRANCISCO DE SOSA: 

"Colombia ha sufrido, en el año último, un sacu- 
dimiento fuertísimo; los ánimos se dividieron, la 
guerra civil amagaba, y el imperio de las leyes pare- 
cía que iba a destruirse; sin embargo, la quietud 
renació ; las leyes recobraron su vigor ; y Colombia 
ha reunido de nuevo el Congreso de sus representan- 
tes. Brindo por la paz interior de Colombia y por 
la eternidad de su gloria." 



EL MINISTRO PLENIPOTENCIARIO DE 
COLOMBIA, DON ANTONIO MORALES: 

"El 15 de septiembre, la Libertad escribió el 
nombre de Centroamérica en el hermoso libro de las 
naciones ; el 14 la Ley lo renovó con sangre, porque 
el parricidio pretendió borrarlo. ¡Auroras del 14 y 
del 15, que el hombre libre os salude siempre! Yo 
uno mi corazón al de los centroamericanos. Tributo 
el homenaje más puro al genio de su independen- 
cia, y mi admiración al pueblo heroico, que armado 
sólo de sus leyes, de su bravura y de su virtud, supo 
sobreponer sus instituciones a la fuerza y al crimen." 

122 



EL MINISTRO DE RELACIONES: 

"El rey de la Gran Bretaña y el de los Países Ba- 
jos, son los primeros poderes de la Europa que han 
manifestado consideraciones a los derechos de Cen- 
troamérica. Sus gobiernos son dirigidos por la filo- 
sofía y los principios del Derecho Internacional. 
Brindemos a la salud de sus Majestades y a la pros- 
peridad de sus coronas." 

V 

EL MINISTRO DE COLOMBIA, 
ANTONIO MORALES: 

"El gran Bolívar, la sabiduría de las instituciones 
de Colombia y la firmeza de su administración, son 
siempre los garantes de su paz y prosperidad. Yo 
me honro altamente al presentar al digno Ministro 
de Relaciones de la República del Centro, al gobier- 
no y al pueblo centroamericano, los deseos más vi- 
vos que animan al de Colombia, porque el ósculo 
de amistad estreche a sus hijos para siempre. Y 
puedo asegurar que, si alguna vez es invadida esta 
nación, por fuerzas exteriores, enemigas de la liber- 
tad e independencia, manifestarán los colombianos 
que tienen corazón y espadas, para destruir a sus 
opresores." 

EL CÓNSUL DE SU PlAdESTAD ^ 

EL REY DE LOS PAÍSES BAUOS: 

"Agradeciendo la atención mostrada a mi sobe- 
rano, tengo él honor de brindar al Presidente y a 
todo el Gobierno de la República de Centroamérica. 
Que la sabiduría y el patriotismo de los individuos 

123 



que lo componen, lleguen por fin a establecer la 
concordia, unida a la libertad, pues una de ellas vale 
poco sin la otra. De este modo, pronto disfrutará 
esta tierra privilegiada, tanto los beneficios con que 
la ha colmado la naturaleza, como los efectos del 
acontecimiento glorioso del día que hoy celebramos ; 
día que pertenece al corto número de los que mere- 
cen ser celebrados por todo el género humano." 



EL JEFE DEL ESTADO, 
DON MARIANO DE AYCINENA: 

"Muy distante de adular a nadie; porque no lo 
acostumbro, diré una especie, tal como la siento. El 
gran Bolívar, el Libertador de Colombia, es, en mi 
concepto, una garantía sublime de la independencia 
de toda la América. Sus acciones han sido tan heroi- 
cas, que si se presentara en cualquiera de las Cortes 
de España, en Madrid mismo, conciliaria en su 
favor los respetos y la mayor admiración; porque 
la virtud heroica impone al más enconado espíritu. 
Así, señores, brindo porque el genio de Colombia 
viva tantos años, cuantos necesiten las nuevas repú- 
blicas para consolidarse." 



EL PRESIDENTE DE LA ASAMBLEA 
LEGISLATIVA DEL ESTADO DE GUA- 
TEMALA, C. MANUEL FRANCISCO PAVÓN: 

"Guatemala, en día como éste, dio vida y ser a la 
República. El Centro ocupa ya un lugar entre las 
naciones ^independientes de América, y se ha dado 
a conocer por todas las del globo. Brindo pues, 

124 



señores, porque Guatemala, gloriándose siempre 
de haber impulsado la libertad de esta parte pre- 
ciosa del Nuevo Mundo, reconozca también que 
debe sostenerla, sin que jamás la retraiga el tener 
que hacer heroicos sacrificios." 



EL SECRETARIO GENERAL DEL 
GOBIERNO DEL ESTADO, C. 
JOSÉ PRANCISCO DE CÓRDOVA: 

"Yo, aunque pequeño, tengo grandes deseos ; 
no me contento sólo con la prosperidad de mi país. 
Brindo por que la Europa sea justa; por que el Asia 
sea libre; porque el África se civilice; porque la 
América, el jardín del mundo, la predilecta de mi 
corazón, logre dar a su existencia política tal per- 
fección y solidez, que correspondan a la grandeza 
y hermosura de su existencia física. Brindo, seño- 
res, por la felicidad del universo, y por que llegue 
el día en que todos los hombres, no formando sino 
una sola familia, íntimamente unida por los vínculos 
de un amor sincero y fraternal, restablezcan en la 
tierra el paraíso perdido." 



EL COMANDANTE GENERAL DE LAS ARMAS 
DEL ESTADO, ANTONIO dOSÉ DE IRISARRI: 

"Mientras llegan esos tiempos felices, deseados 
por mis conciudadanos, de paz universal — que tal 
vez no llegarán jamás — , yo propongo que bebamos, 
por que las armas del Estado de Guatemala nunca 
sean vencidas, siempre sean vencedoras." 

125 



EL SECRETARIO OENERAL DEL 
OOB1ERNO DEL ESTADO, C. 
dOSÉ TRANCI5CO DE CÓRDOVA: 

"El genio que inventó la pólvora hizo ciertamen- 
te un gran bien a la humanidad : desde entonces son 
las guerras menos sangrientas. Yo brindo por que 
la naturaleza produzca otro genio mayor, que ade- 
lantando y mejorando el descubrimiento, encuentre 
el medio de establecer y fijar, entre todos los pue- 
blos que habitan el globo, una paz inalterable, fun- 
dada sobre los principios de la justicia y la libertad. 
Brindo, por que se aproxime la época de la ilustra- 
ción general, en que los hombres no necesiten más 
ley que la razón, ni tengan otras armas que los abra- 
zos de la benevolencia y los ósculos de la amistad J % 



EL SEÑOR CÓNSUL DE 
LOS PAÍSES BAdOS: 

"Ha recibido, en los últimos años, la familia de 
las naciones civilizadas, un aumento considerable 
en las nuevas repúblicas. Estas tienen una gran 
ventaja sobre las naciones antiguas, pues disfrutan 
de la experiencia de los siglos en su favor. Pero hay 
dos peligros que evitar. Ahí está la Historia, para, 
indicarnos los dos precipicios horrorosos : el despo- 
tismo, tanto de uno, como de muchos, de un lado ;; 
y del otro, la anarquía. Yo espero, con toda la vehe- 
mencia de mi alma, que los nuevos pueblos, aprove- 
chándose de aquella experiencia, sabrán evitar tales 
abismos." 

126 



EL GENERAL DE BRIGADA 
MIGUEL GONZÁLEZ 5ARAVIA: 

"Por la bella idea del sabio Turgot, y su digna 
aplicación al inmortal Washington, de quien dijo : 
Ubi est pañis et libertas, ibi est patria." 



EL C. dUAN E. NILLA, INDIVI- 
DUO DEL CON5EÜO REPRE- 
SENTATIVO DEL ESTADO: 

"Ya se ha brindado por el grande objeto que 
nos reúne en este día. La Libertad, la Independen- 
cia, han recibido los justos homenajes que les tributa 
el patriotismo; yo, animado de los mismos senti- 
mientos qué los dignos ciudadanos que me rodean, 
consagro también mis votos a estas dos divinidades ; 
pero permítaseme unir-a ellos, otro, no menos digno 
de hombres libres, y que lo considero grabado en el 
corazón de todo americano. Yo brindo por que el 
iris que abraza los cinco Estados de la República, 
y representan los volcanes de sus armas, sea un 
signo de paz entre ellos ; que el genio del Bien cele- 
bre un nuevo pacto con nosotros, sirviendo de ga- 
rante este meteoro, para que jamás vuelva a afligir- 
nos la desastrosa guerra civil; y que, unidos todos 
los centroamericanos, al derredor del gobierno sabio 
y paternal que nos rige, unos sean nuestros votos, 
unos nuestros sentimientos : independencia absoluta, 
amor a la libertad bien entendida, y obediencia ciega 
a las leyes." 

127 



EL LICENCIADO REPRESENTANTE 
EN LA ASAnBLEA LEGISLATIVA, 
C. LUIS PEDRO DE AQUIRRE: 

"Que nuestro Gobierno reúna a los funciona- 
rios del Estado, para celebrar la independencia; que 
el Jefe de la República concurra, con sus secreta- 
rios, a autorizar esta festividad; todo es natural y 
no nuevo. La novedad que yo encuentro hoy, es 
que nos acompañan a celebrar nuestra fiesta nacio- 
nal, ministros, diplomáticos, cónsules, y un general, 
de diversas naciones. Esta unión simboliza la jus- 
ticia de la independencia, afianza las esperanzas de 
que, ensanchando esta República sus amistosas re- 
laciones, se consolidará, y llegará al grado de pros- 
peridad a que por naturaleza está llamada. Brin- 
do, pues, por aquellos gobiernos que confirman con 
su amistad la independencia de Centroamérica. 
Brindo por los dignos ministros de aquellas nacio- 
nes, que con nosotros se han unido a celebrar la 
Independencia." 



EL PRIMER SECRETARIO 
DE LA ASAnBLEA DEL 
ESTADO, C. MANUEL ARBEU: 

"Brindo por la paz, por este bien precioso, tan 
necesario para consolidar nuestros gobiernos ; y 
por que la revolución del presente año, cause tantos 
bienes, en lo moral, como las erupciones de los vol- 
canes fertilizan la tierra que los circunda, después 
que desaparecen sus estragos." 

128 



EL dEFE DEL ESTADO: 

"Mientras nosotros, en día tan venturoso, nos 
entregamos hoy al justo regocijo, el benemérito Jefe 
de la República, y nuestros hermanos del ejército 
padecen de las privaciones propias de una campaña. 
Brindo, señores, por la prosperidad del ilustre cau- 
dillo y los valientes soldados de la patria, que muy 
luego se han de coronar con laureles, dando la paz 
y el orden a la República." 



EL CANÓNIGO DON dOSE 
NARÍA DE CASTILLA: 

"La libertad tiene su aprendizaje, su progreso y 
su maestría. Yo deseo que esa verdad se grabe inde- 
leblemente entre nosotros ; y brindo por que llegue 
el día feliz en que los hombres se persuadan de que 
no podrán ser libres, sin virtud y sin amor al tra- 
bajo." 



EL QOCTOR dUAN 
dOSÉ DE AYCINENA: 

"Yo brindo por dos objetos, tan grandes como 
interesantes. Los indígenas, que son una conside- 
rable parte de nuestra República, viven obscureci- 
dos, todavía entre las tinieblas de la ignorancia. 
Muchos ni conocen la dignidad de su propio ser, ni 
los derechos del hombre en sociedad. La ilustra- 
ción es el único elemento con que se puede salir de 
tan miserable estado; y debemos procurársela, por 
todos los medios posibles. Este servicio, siendo en 

129 



beneficio de ellos mismos, hará también que se 
aumente el número de ciudadanos, que amen la li- 
bertad de la patria; y que amándola, la defiendan 
contra todo el que atente contra ella. Los artesanos 
merecen igualmente la atención pública. Cuando 
ellos vean que la independencia no sólo ha abierto 
nuestras puertas al comercio, sino que también por 
ellas entran hombres, que con sus conocimientos 
ayudan y enseñan a perfeccionar las industrias, ben- 
decirán ^1 dia memorable en que el genio de la liber- 
tad escribió el nombre de Centroamérica entre las 
naciones libres que habitan la tierra." 

En aquella época, cuando tantos brindis se pro- 
nunciaron festejándose la independencia, se obscu- 
recía el cielo de la patria, cargado de electricidades 
contrarias, que auguraban tormenta. Reciente el 
bochinche que provocó el extranjero Perks, que era 
coronel del ejército de Guatemala, y pretendió, en 
Jalpatagua, mandar presos a todos los oficiales, 
entre los cuales estaban algunos como Antonio José 
de Irisarri, Manuel Montúfar y otros jóvenes que 
no soportaban vejaciones, (1) lo cual produjo que 
el preso fuera sólo el empecinado Perks, quien 
llegó, atado de los brazos, a responder ante el go- 
bierno; reciente, decimos, aquel acto, que no da la 
mejor muestra de la disciplina militar, se vio Gua- 
temala invadida por El Salvador, viniendo al frente 
de numerosa tropa, otro extranjero colombiano, de 
apellido Merino, que explotaba el odio belicoso de 
aquel pueblo. El general don Manuel Arzú, al man- 
do de una división guatemalteca, el 29 de febrero 



(1) "Memorias" del general Miguel García Granados.— Tomo 1?. 
130 



de 1828, ocupó Chalchuapa; el í° de marzo logró 
derrotar completamente a tres mil salvadoreño», que 
sufrieron un descalabro fenomenal, gracias a un 
hábil movimiento envolvente ejecutado por Arzú, 
militar guatemalteco educado en España, en donde 
alcanzó el grado de coronel de artilleria. Nuestro 
ejército perdió solamente veinte soldados, mientras 
que el enemigo sufrió incontables bajas. El aven- 
turero Merino era adorador de Baco, y seguramente 
se había excedido en la bebida'. Al eclipsarse el mé- 
rito militar de Arce, apareció por Honduras el beli- 
coso Morazán. En el año 1829, fué Guatemala 
víctima del triunfo de ese caudillo, quien lejos de 
procurar una política conciliadora y de unión, des- 
plegó su saña contra ella, tratándola, no como Es- 
tado federal, sino a guisa de conquista, esclavitud 
y crueldad. En la historia de las leyes inicuas — me- 
jor diré, de los draconianos crímenes, que ensombre- 
cen los anales de la América Central — , resalta el 
decreto de 4 de junio de 1829, que con mengua del 
derecho natural y de todo sentimiento humanitario, 
fué, para nuestra desventurada tierra, causa de gran- 
des dolores y fuego voraz que incendió la pasión 
partidarista, a la cual se deben sangrientas luchas, 
devastaciones, miserias y lágrimas, como lo vere- 
mos adelante, al tratar, de aquella ley bárbara, que 
causó trascendentales daños al país. (1) 

Lanzados los partidos por una senda de recri- 
minaciones, produjéronse luchas funestas. El 13 de 
octubre de 1827, se consumó, por un populacho cruel, 



(1) El distinguido escritor centroamericano, R. Heliodoro Valle 
escribió y publicó en México, "El Éxodo de Guatemala", del año 
1M9! 

131 



el asesinato atroz del vicejefe, don Cirilo Flores, 
en la iglesia, de Quezaltenango. En julio de 1827, 
invadió El Salvador a Guatemala, y continuaba la 
guerra en Honduras. En Nicaragua hubo combates 
sangrientos, y en Costa Rica no prevalecía la paz. 
La guerra civil se desencadenó, en Í828, por 
toda la América Central. Las tropas de Honduras 
y El Salvador atacaron a Guatemala, y el 7 de abril 
de 1829, el Ejército aliado puso sitio a la capital de 
la Federación, que lo era la ciudad de Guatemala, 
y también del Estado. El jefe Aycinena y el vice- 
jefe Beltranena, levantaron un ejército de dos mil 
hombres, que fueron^ al mando del coronel Domín- 
guez, a situarse en La Arada, punto estratégico; 
pero Morazán se desentendió de esa fuerza, y vino 
luego a las alturas de Pínula, llegando hasta la ha- 
cienda "Las Charcas", en donde el coronel Prado 
no pudo resistir, y se reconcentró a la plaza de esta 
capital de Guatemala, el 15 de marzo de 1829. El 7 
de abril sitió el Ejército aliado dicha plaza. El 11 
propuso Aycinena a Morazán un armisticio, que no 
fué aceptado, limitándose el invasor a garantizar 
formalmente las propiedades y personas de los ven- 
cidos, como se estipuló, por escrito, con los delegados 
Pavón y Arzú, el 12 del dicho mes. En seguida de 
haber entrado el ejército morazanista a la referida 
plaza, y estando en vigor el pacto, lo declaró roto 
el general Morazán, con fecha 20, fundándose en un 
pretexto fútil, y reduciendo a prisión a los jefes de 
Guatemala y a muchas personas importantes del 
partido caído, que fueron desterradas del país, con- 
fiscados sus bienes, y vejadas felona y bárbara- 
mente. 

132 



Pero la imparcialidad hace recordar que tam- 
bién los exaltados de ta Asamblea — como pasa cuan- 
do la pasión mueve la volunfad — emitieron el fa- 
moso decreto de 28 de marzo de 1827, imponiendo 
atroces penas a los delitos politicos. Fueron depor- 
tados, y puestos fuera de la ley, el doctor Pedro 
Molina, su hijo Pedro Esteban, y varios ciudadanos 
más, junto con los extranjeros Saget y Raoul. A 
Isidro Velásquez lo fusilaron sumariamente. Los 
partidos, en su vehemencia delirante, apelaban a 
escarmientos drásticos, hasta acabar los unos con 
los otros. La tragedia que ensangrentó a Centro- 
américa — mejor diré, a la mayor parte de la América 
hispana, después de la independencia — . fué dila- 
tada, intensa y devastadora. 

Volviendo a tomar el hilo de la narración de los 
sucesos, cumple apuntar que el general Morazán 
habia reducido a prisión al célebre literato Antonio 
José de Irisarri, vencido en la cuesta de San Pablo; 
a José Batres, el famoso poeta, y al historiador Ma- 
nuel Montúfar, sin contar otras muchas personas, 
que fueron llevadas, con tratamientos crueles y vi- 
llanos, a San Salvador, en donde sufrieron toda 
suerte de penalidades. Se quiso anonadar a los 
adversarios, estableciéndose un sistema de aniqui- 
lamiento contra los vencidos, que por último resul- 
tado, vino a producir, no sólo en la América Central, 
sino en toda la América española, desgracias y po- 
breza desoladora, como da pena repetirlo. 

"Siempre nos ha parecido grave error — dice el 
distinguido publicista venezolano Pedro Manuel Ar- 

133 



caya — el de creer que los partidos políticos oligarca 
y godo (rojo y conservador), correspondieran real- 
mente a los conceptos clásicos de la ciencia política; 
y mucho menos, que se pueda aceptar que repre- 
sentaran las necesidades y aspiraciones "populares, 
las exigencias nacionales, el bien general; y que pro- 
dujesen útiles resultados. Al contrario, nuestro cri- 
terio, francamente expuesto en más de un escrito, 
es que las luchas de tales bandos, lejos de haber 
hecho progresar a los países hispanoamericanos, 
precipitaron su regresión a todas las manifestacio- 
nes de actividad desordenada. Habiendo pasado rápi- 
damente de las discusiones de la prensa, y de la de 
los comicios, a la lucha armada, como no podía me- 
nos de suceder, con gente inculta, en su mayoría. 
Tales agrupaciones pusiéronse de manifiesto, para 
aquellos que quieran ver las cosas como fueron en 
realidad. Se suscitaban caudillos que les hacían 
creer que se estaban matando por una causa santa 
(la propia) y contra los malos elementos (los con- 
trarios). Lo mismo piensa Eyagaray, sobre dichos 
bandos, en la Argentina: "Aún gravita, entre nos- 
otros — decía — un prejuicio que nos "hiduce a con- 
siderar los antiguos partidos nacionales, como tipos 
cuya organización y tendencias fuera posible paran- 
gonar con sus congéneres clásicos. Nuestro empi- 
rismo de concepto, jamás se detuvo a considerar el 
ambiente social anticientífico, incapaz de suminis.- 
trar elementos militares al doctrinarismo y a su 
psicología abstracta. En el fondo de las formas múl- 
tiples, asumidas por el espíritu partidarista, no exis- 

134 



te otro criterio, real y positivo, que el interés personal 
de núcleos interesados, que arrastran a las turbas 
-inconscientes." m 

"Una nación progresa o retrocede, según el va- 
lor de las concepciones que la guían. La historia 
demuestra, en cada una de sus páginas, cuántos 
desastres puede acarrear a los pueblos la aplicación 
de principios erróneos y sentimientos exaltados. 
Bastó que la monarquía castellana se dejara condu- 
cir por dos o tres ideas falsas, para arruinar un gran 
país, y que perdiera sus colonias." (2) 

El decreto draconiano, a que anteriormente he 
aludido, de 4 de junio de 1829, ha sido considerado 
como una manifestación lamentable de la demencia 
política; del odio con que fueron condenados a 
muerte los que no tenían más delito que haber ser- 
vido legalmente, durante varios años, algunos pues- 
tos en Guatemala, lugar en que habían nacido. Di- 
cho decreto también ordenó que devolvieran los 
sueldos devengados y recibidos ; confiscándoles sus 
bienes; desterrando a muchos de ellos, que salieron 
para México, con vejaciones inauditas. "En toda 
la América hispana — dice una obra muy moderna — 
fué época aquella de desolación, guerras y desma- 
nes, que caracterizaron la Edad Media de estos dis- 
locados países de la América española. (3) 

Otro de los episodios que hirieron, por entonces, 
el decoro nacional, fué la declaratoria de la Asam- 



(1) "Hechos de la Historia Venezolana", pagina 219. — Caracas, 
1911. 

(2) Gustavo Le Bon: "La Vida de las Verdades" — Prólogo, pá- 
gina 7. ^ 

(3) "Nacimiento de las Repúblicas Americanas," obra de Gonzalo 
Bulnes, publicada en Buenos Aires, en el año 1927. 

135 



blea Legislativa, por decreto de 9 de marzo de 1830, 
que mandó procesar al procer doctor don Pedro Mo- 
lina; al patricio insigne, "sin miedo y sin tacha", 
al jefe respetable del partido liberal, que además 
ocupaba el alto puesto de Jefe del Estado de Gua- 
temala. Y no fueron, por cierto, sus enemigos poli- 
ticos, los conservadores, quienes lanzaron a la ver- 
güenza pública aquel abominable decreto. . . ¡ Quién 
lo creyera ! Fueron José Francisco Barrundia y 
otros corifeos liberales, procediendo por intereses 
propios de sus personas, por espíritu de rebeldía y 
exaltaciones procaces, los que depusieron del solio 
presidencial al apóstol dé la libertad. 

Los cargos eran risibles, fútiles, insignificantes, 
según consta en las siete fojas de la sentencia ab- 
solutoria, que la honorable Corte de Justicia dictó, 
por los dignos jurisconsultos, José Venancio López, 
José Antonio Larrave, Francisco Xavier Valenzuela, 
José Moreno, Juan José Flores, Francisco Quiroz, 
Mariano Mejía, José Gándara y Simón A. Espinosa. 

El doctor Molina, desde que se le notificó el 
Decreto Legislativo, que lo mandaba juzgar, depo- 
sitó el mando en el vicejefe, don Antonio Rivera 
Cabezas, para ponerse inmediatamente en manos de 
la justicia. Ya no volvió al poder, después de haber 
sido plenamente absuelto. Esto era lo que deseaban 
los acusadores de aquel patricio inolvidable . . . 

¡ Lo que anhelaron los enemigos del inmortal 
Bolívar ! 



36 



CAPITULO III 



Las Provincias Unidas del Centro de América. — 
Intervención nociva del general Francisco Morazán en 
Guatemala. * 

SUMARIO 



Interesante período de 1837 a 1839. — Opinión del 
historiador Marure sobre Morazán. — Estado de des- 
concierto social. — Deseaba la política provincial que 
Guatemala se debilitase. — Ninguna providencia tomaba 
el presidente de la Federación, Morazán, que era ene- 
migo del Jefe del Estado, doctor don Mariano Gálvez. — 
Al fin, vino con tropas hondurenas y salvadoreñas, y 
generales extranjeros, a hacer la guerra a Guatemala. — 
Impuso contribuciones personales extraordinarias, exac- 
ciones ilegales, vejó a muchos conciudadanos, se llevó 
gran parte de los archivos, saqueó casas, se robaron 
hasta el reloj de la torre del Palacio Nacional, los tro- 
queles del Cuño y fondos públicos. — Después de cuatro 
meses de vejar a Guatemala, se retiró repentinamente, 
dejando luto, pobreza y lágrimas. — Opinión de Marure 
acerca del Convenio de 4 de abril. — Famosos folletos, 
escritos en Filadelfia, por el doctor don Juan José de 
Aycinena. — La primera vez que se presentó Morazán 
en Guatemala, en 1829, fué como un amo soberbio con- 
tra sus esclavos; el l 9 de febrero de 1839 había con- 

137 



\ 



cluído su período constitucional.^— Después, sin faculta- 
das légalas, como faccioso, siguió ejerciendo el mando 
y fomentando la revolución. — Fué enemigo declarado 
de Guatemala, y le causó muchos daños. — Opiniones 
del literato Bolet Peraza y del estadista doctor Ricardo 
Jiménez. — Juicio crítico de un notable historiógrafo con- 
temporáneo, doctor Carlos Pereira, sudamericano. — 
Los caudillos fueron la ruina de las democracias, como 
los califican Rodó e Ingenieros. — Morazán nunca puede 
reputarse como un hombre providencial para Guatema- 
la, a la que odiaba y perjudicó grandemente. 



El período corrido del año 1837 a 1839, tiene 
particular importancia en nuestra historia. Ocurrió 
entonces una trascendental metamorfosis, desacredi- 
tándose, por sus funestos resultados, la política que 
había prevalecido, y apareciendo la mayor parte de 
los hombres innovadores de entonces, a la luz de 
una realidad desconcertante, en el manejo de las 
cosas públicas. Rasgado el velo de las idealidades, 
resultó el campo social con llagas profundas, exhaus- 
to y abatido. El cólera morbus diezmaba las po- 
blaciones. No había principio de autoridad, ni 
comunidad de intereses, ni menos comprensión de 
las tendencias opuestas. 

El historiador guatemalteco don Alejandro Ma- 
rure, con la ciencia y cordura que le eran caracte- 
rísticas, hizo un concienzudo estudio de la época 
indicada, y" dio a luz un interesante y poco conocido 
opúsculo, en el cual analiza la actuación del general 
Morazán en Guatemala. Vamos a extractar las 
apreciaciones de dicho folleto, que copiaríamos en 
su totalidad, si no fuera extenso. Contiene las ideas 
que pasamos a exponer en síntesis. 

138 



La oposición que los liberales descontentos y 
exaltados hicieron al Gobierno del doctor Mariano 
Gálvez, coincidió con el grito de insurrección de una 
de las comarcas más incultas ; pero los que levanta- 
ron la voz, aqui en la capital, capitaneados por don 
J. Francisco Barrundia, eran pocos, y estaban lejos 
de poder llenar las aspiraciones populares, de satis- 
facer las esperanzas generales y de fundar el orden, 
que es la paz. Ni las reiteradas condescendencias 
del Gobierno del doctor Gálvez, ni la mediación de 
personas conspicuas y bien intencionadas, ni la res- 
petabilidad de un ministerio imparcial, produjeron 
más fruto que el de dar nuevo pábulo a la arrogan- 
cia y pretensiones descabelladas de los opositores, 
contra la autoridad legítima. Sólo se pensó en obte- 
ner el triunfo y escalar el poder, aunque fuese a 
costa de los más caros intereses del país, y poniéndo- 
lo al borde de la anarquía. Barrundia y Morazán 
echaron abajo al doctor Gálvez y al partido liberal. 
Cuanto se hubo censurado al gobierno caído, brotó 
después, con odiosas reformas. Al apoderarse del 
mando el grupo opositor, vióse solo, sin elementos, ni 
fuerzas; execrado por las clases cultas, cuya exis- 
tencia comprometiera, y detestado de las grandes 
masas populares, a quienes había pretendido enga- 
ñar. Tal la situación, cuando volvióse a insistir en 
la ayuda de Morazán, como presidente federal, des- 
pués que no había querido apoyar a Gálvez ; pero 
el mandatario hondureno, que simpatizaba con las 
provincias, y no con Guatemala, permaneció en cri- 
minal inercia, sin dar muestras de justicia y alteza 

139 



de miras, ni menos interesarse en restablecer la 
tranquilidad de este Estado, victima de sus capri- 
chos y odio manifiestos. 

Pasados ocho meses de estar Morazán contem- • 
piando los acontecimientos, en inacción punible, se 
movió tardíamente. Guatemala estaba en la más 
espantosa circunstancia en que pudiera encontrarse 
una sociedad. Desmembrados tres de sus departa- 
mentos, y los otros sumergidos en desórdenes anár- 
quicos. Aquí una junta revolucionaria dictando órde- 
nes absolutas ; allá un pequeño bajá ejerciendo el po- 
der arbitrariamente ; por otro lado un gran distrito re- 
volucionado en armas; y la capital misma preparán- 
dose para una violenta reacción, exasperada bajo la 
inmediata amenaza de unos gobernantes que acaba- 
ban de figurar en las filas de sus agresores. Triste era 
el desconcierto de Guatemala, sin brújula, ni orien- 
tación, ni asomo de orden. Morazán, como todo el 
mundo, percibía tan caótica situación; pero el jefe 
Valenzuela tuvo a bien manifestarle que no era pre- 
cisa su presencia, y aquel hondureno contramarchó 
con el propósito de dejar que nuestro Estado se 
arruinara por completo. Morazán tenía interés en 
que se fraccionase y debilitase la parte más notable, 
rica y vigorosa, para llevar a cabo las proditorias 
miras que más tarde hizo ostensibles, viniendo cual 
conquistador, con militares extranjeros y tropas hon- 
durenas y salvadoreñas, a hacer la guerra a Gua- 
temala, a cara descubierta. 

El mismo jefe Valenzuela, que quince días an- 
tes le había dicho que todo marchaba en orden, le 
llamó en seguida, con instancia, creyendo en su bue- 

140 



na fe. El recibimiento solemne y honroso que se 
le hizo, el 15 de abril, celebrando su entrada a nues- 
tra capital, fué correspondido con felonia inaudita. 

Morazán se atrincheró en la reserva y el mis- 
terio; exigió contribuciones; vejó a muchísimas per- 
sonas honradas ; vendió parte del palacio del go- 
bierno y la mitad del portal, que después, al irse 
precipitadamente, dio en pago a don Juan Bautista 
Asturias ; se llevó gran parte de los archivos na- 
cionales, que estaban ordenados; cargó con tro- 
queles y máquinas del cuño, y hasta con el reloj, 
que estaba en la torre del palacio de los capitanes 
generales — el primero que colocaron los españoles 
en esta nueva capital. Todo se lo apropió; aque- 
llo fué como si los vándalos hubieran resucitado y 
caído de improviso sobre nuestra desventurada 
tierra. (1) 

Después de cuatro meses de residencia en Gua- 
temala y de exacciones, destierros y tropelías, se 
retiró súbitamente, dejando las cosas públicas en 
peor estado y además, un recuerdo inicuo de su 
venida salvadora. El convenio de 20 de abril, dice 
textualmente don Alejandro Marure : "dio lugar a 
nuevas reclamaciones, disturbios y grandes disputas. 
El presidente federal las fomentó más, con sus inter- 
pretaciones, en vez de cortarlas, haciendo observar 
literalmente lo estipulado. De los diferentes com- 
promisos que se consignaron en aquella especie de 
transacción, sólo tuvo efecto el que se contraía a 
poner el distrito de la capital al mando del mismo 



(1) "Política de Morazán", por Withelmine — Traducción de R. 
Heliodoro Valle. 

*141 



presidente; los demás se eludieron, bajo diferentes 
pretextos. El vicejefe nunca verificó su traslado a 
la Antigua Guatemala, y la Asamblea no fué más 
escrupulosa en el cumplimiento de las cláusulas que 
le incumbían. Sobre todo, se hicieron reclamos al 
presidente, que contestó en términos que dejaron 
muy bien traslucir su parcialidad en favor del vice- 
jefe y de su partido en la Asamblea. Esta circuns- 
tancia, una reminiscencia odiosa que se leía en la 
proclama que dirigió a los antigüenos, con fecha 12 
de mayo, (1) y los pretextos frivolos y ofensivos a 
Guatemala, con 'que intentó justificar su inesperado 
regreso a San Salvador, y que consignó en su mani- 
fiesto de 28 de junio; todo ello, habrá de dar so- 
brado mérito para no engañarse por más tiempo, 
acerca de los sentimientos hostiles que animaban al 
general Morazán". Por eso vino, después, con doce 
generales y ocho mil soldados, a cqnquistar y arra- 
sar a Guatemala... ¡La Providencia dispuso otra 
cosa! 

, Pudo aquel general hondureno haber procura- 
do siquiera contener la explosión amenazadora, in- 
fundiendo confianza y dando aliento. Días hacía 
que circulaban en el país los famosos folletos, hábil- 
mente escritos por el doctor Juan José de Aycinena, 
que los imprimió en Filadelfia, demostrando los de- 



(1) "¡Antigüenos! Tomad las armas, al momento, para ter- 
minar esta guerra desoladora, y me acreditéis que sois los valientes 
soldados del año de 1829, y que deseáis merecer de nuevo este hon- 
roso nombre". Que durante la lucha, o en la embriaguez del triunfo 
se proclamen como servicios relevantes los que se han prestado en 
una guerra de hermanos contra hermanos, nada tiene de extraño ; 
pero que después de muchos años, estos mismos servicios se recuer- 
den es ignominioso. — Nota de Marure. 

U2 



fectos y vicios principales de la Federación en Cen- 
troamérica, que establecía la independencia absoluta 
de los Estados y consagraba las máximas de funesto 
localismo político, tendiendo a desvanecer y des- 
acreditar el principio esencial de la nacionalidad, y 
a minar el sistema mixto de federación y centra- 
lismo, sobre que estaba fundada la Constitución de 
1824. Tales ideas, »si no eran nuevas, ya que desde 
1830 se publicaron en Guatemala, no se habían 
extendido, popularizándose dos años después, mer- 
ced al vigor de la expresión y al enérgico estilo que 
supo darles "El Observador", o sea el marqués de 
Aycinena, que de cerca había estudiado la Constitu- 
ción de los Estados Unidos, modelo de la centro- 
americana. El toro amarillo, llamado así por el color 
del forro que traían los folletos, produjo gran exci- 
tación en los Estados, sobre todo en Honduras, Ni- 
caragua y Costa Rica, habiéndose apreciado en Gua- 
temala por la gente sensata. 

Cada vez se desacreditaba más el gobierno fe- 
deral; y Morazán fomentó la lucha, en lugar de 
aplacarla. Repetidas fueron las conferencias en que, 
los que llevaban la voz del pueblo, se abocaron con 
aquel presidente localista; pero nunca pudieron ob- 
tener de él una explicación cual la demandaban, ni 
menos alguna deferencia conciliadora, siquiera un 
rasgo de hidalga justicia. 

No podía ser más lamentable el estado de Cen- 
troamérica. Después de los cuatro meses que estu- 
vo Morazán en Guatemala, se retiró repentina- 
mente, dejando la situación peor de lo que estaba 
antes de su llegada; pero sus arbitrariedades, vaci- 
laciones, tropelías y escándalos, llegaron al colmo, y 

143 



fueron inauditos los sufrimientos de los guatemalte- 
cos. ¡A qué grado haría subir el desaliento publico 
el desastre de una campaña emprendida y sostenida 
contra los montañeses, a costa de imponderables 
sacrificios. Cayó desde entonces, aquel general, en 
el vértigo con que se rueda por un despeñadero ! 

"La segunda vez — dice un guatemalteco ilus- 
tre, que escribió un opúsculo, publicado en aquella 
triste época — en que el general Morazán se pre- 
sentó en Guatemala, fué como un amo colérico, 
cuando en. su ausencia se han rebelado sus escla- 
vos. Disimuló al principio, porque, según su expre- 
sión de entonces : «todos se necesitaban mutuamen- 
te» ; pero bien pronto descubrió que el presidente de 
1838, era el mismo hombre del partido exaltado de 
1829, con sus odiosas pasiones, su doblez provincia- 
na, la cínica frialdad para ver el mal, y el ardor 
congénito para causarlo ; hablando siempre de auto- 
rizaciones que no tenía, y a pretexto de pacificar los 
pueblos, que cada v.ez estaban más en contra suya. 
Todo lo puso bajo su espada. No venía a dar la paz, 
sino a comprimir la opinión y a remachar de nuevo 
los grillos, que el tiempo había gastado. Vimos en- 
tonces repetirse las violencias y crímenes de otra 
época, que causaron horror aun a los mismos que, 
arrastrados por la revolución, habían tenido parte en 
ellos. Volvió Morazán, a ser amo y señor de vidas 
y haciendas. Anuló, despreció y ultrajó al gobierno 
de Guatemala. Arrancó a los acusados de manos de 
los jueces, para disponer de ellos a su arbitrio. Co- 
menzó las fusilaciones, dando muerte a un sacerdote, 
absuelto por los tribunales. Fué arrastrado para 
asesinarlo, en un lugar desierto, en donde no pudie- 

144 



ron ni oír su defensa; otros eran llevados, como 
cautivos, para que presenciasen tales escenas de 
sangre y de terror. Nuestros campos resuenan con 
los lamentos de los infelices, a quienes se persigue 
y trata como bestias feroces. Esta ciudad de Gua- 
temala quedó entregada a los ayudantes y soldades- 
ca del expresidente Morazán. (1) Es humillada, por 
segunda vez, como un país conquistado. Las casas 
y los templos son convertidos en prisiones, e invadi- 
dos y allanados, sin ningún reparo, por partidas de 
tropa. Los vecinos honrados reciben insultos y ame- 
nazas, para conseguir de ellos las inmensas canti- 
dades de dinero exigidas con apremio. De 22 de 
octubre a 24 de enero, se sacaron al vecindario 
de esta ciudad, doscientos mil pesos en oro, ya por 
medio de engañosas contratas, ya con brutales 
medios, usando de fraudes y añagazas, contra los 
que no tenían algo que arrebatarles. Las tropas 
estaban mal pagadas ; muchos de nuestros oficiales 
andaban con papeles inútiles y sin valor. A lo que 
se agrega, que nadie ha visto una cuenta de la inver- 
sión de esas sumas. La guerra, entre tanto, se in- 
crementaba ; la opinión se hacía cada vez más favo- 
rable a los disidentes ; y la exasperación que produce 
el terror, cunde rápidamente, y se acerca el momen- 
to de un levantamiento general del pueblo contra 
sus opresores. Los esfuerzos y manejos del general 
Guzmán, obtuvieron momentáneamente la paz; y 
Morazán, que se salvó por este medio, decía, cuando 



(1) En muchos de los papeles públicos de aquellos años, llamaban 
expresidente a Morazán, por haber concluido el período de su nom- 
bramiento. Desde entonces procedió como faccioso. 

145 



principiaron las negociaciones, "que era necesario 
fusilar primero a Guzmán, después a Carrera y lue- 
go a Lobos". 

Morazán despojó a las autoridades legitimas, 
y se llevó las armas, y cuanto pudo. Asesinó y des- 
terró sin piedad. Quitó a Rivera Paz del puesto de 
presidente, que como consejero, le tocaba por la 
Constitución; y dejó, aquel enemigo de Guatemala, 
una memoria odiosa de la aversión con que miraba 
nuestra tierra, como lo dice el testigo presencial, 
que publicó el folleto a que aludimos, y lo recono- 
cían todos los guatemaltecos, de tan desgraciados 
tiempos. 

El l 9 de febrero de 1839, concluyó Francisco 
Morazán su período constitucional, como presidente 
de la República. Desde esa fecha debía conside- 
rarse disuelto el pacto de unión del año 1824, según 
lo hace notar Maniré, en sus "Efemérides". Se 
arrogó potestad y mando autocráticamente, fuera 
de la ley, y contra Guatemala. Después de reelegirse 
y acabar su segundo período, siguió- funcionando 
como presidente de las Provincias Unidas del Centro 
de América. Estall¿ la guerra civil: La consecuen- 
cia del odio demente, de la sed de mando, de un 
caudillo, sin título legal (ya Morazán no era presi- 
dente de la Federación) enemigo acérrimo de Gua- 
temala, fueron ruinas, desolaciones, amarguras. 
Todo se amontonó para producir una anarquía, que 
sólo una mano férrea podía contener. 

, Morazán tuvo presos durante largo tiempo, co- 
mo prisioneros de guerra, a muchos hombres pro- 
minentes, como don Antonio José de Irisarri, don 

146 



José Batrcs Montúfar, don Manu«l Montúfar y 
otras glorias guatemaltecas. Harto sufrieron en la 
cárcel de San Salvador. Es digna de recordarse 
la valerosa "protesta" que publicaron, defendiéndo- 
se brillantemente. 

Morazán tuvo un disgusto funesto y muy per- 
judicial para el país, con el representante de Ingla- 
terra, Chatfield. El éxodo de 1829 fué brutal, y 
privó a Guatemala de familias enteras, de hombres 
prominentes que se fueron a asilar a México. (1) 

Por un convencionalismo tendencioso, o mejor 
dicho, por la aberración partidarista, se ha esparcido 
la falsedad de que Morazán fué sacrificado por 
odio a la gran idea de la unión centroamericana. Se 
ha aureolado la sombra del mártir, invocando la feli- 
cidad del país. Se ha producido un fantástico mito 
de dicha, progreso y dulzura, durante el tiempo de la 
Federación. En una palabra, se ha venido falseando 
la historia, por motivos sectaristas, que no han teni- 
do escrúpulo en suponer un estado de bienestar 
supremo, en aquella situación que, cabalmente, fué 
una de las épocas más funestas de miseria, atraso, 
desorden, sangrientas guerras y anarquía horrorosa. 
Uno de los renombrados escritores — la primera 
autoridad intelectual de Costa Rica — , el estadista 
y jurisconsulto doctor Ricardo Jiménez, con la so- 
briedad y entereza que le son características, ha 
dicho: "La patria, si nos cruzamos de brazos, está 
a punto de desvanecerse, sacrificada ante otra, que 



(1) Véase el interesante folleto, escrito por el distinguido lite- 
rato Rafael Heliodoro Valle, impreso en México, sobre aquel in- 
humano éxodo, tan perjudicial a Guatemala. 

147 



con portentosa falsedad histórica, (1) llaman la 
grande y la antigua, y que sólo ha existido en la fan- 
tasía meridional de los Tartarines unionistas, a quie- 
nes los vapores de unas cuantas frases sonoras, 
mantienen en embriaguez perpetua de optimismo, 
de credulidad y de vana presunción, de posible gran- 
deza centroamericana. Tartarín de Tarascón creía, 
a pie juntillas, que cazaba leones del desierto afri- 
cano; y los criollos, soñando despiertos, si no estran- 
gulan, cuando menos hacen huir despavoridas a 
las águilas del Norte. ¡ Oh, Tartarines prodigiosos!" 
Para que haya patria, según Renán, "es preciso 
haber hecho grandes cosas juntas en el pasado, y 
querer seguir haciéndolas en el porvenir"; y nos- 
otros, los centroamericanos, ni nunca hicimos juntos, 
durante el espacio de la Federación, corto por el 
tiempo, pero demasiado largo por las calamidades 
políticas, cosa de provecho para los pueblos, y me- 
nos gloriosas; y ni siquiera vivimos entonces juntos, 
a no ser que la vida en común, a que se refieren, sea 
la de las fieras, que en el mismo bosque moran, 
devorándose las unas a las otras. Hay ciertas cosas 
que todavía viven del tiempo de la Federación. No 
todo se derrumbó con Morazán. ' Por ejemplo, las 
fatídicas prisiones políticas del. castillo de Omoa. 
El año 1827, después de la derrota del jefe Herrera, 
fueron enviados partidarios suyos, y no pocos gua- 
temaltecos, a respirar los miasmas mortíferos de las 
bóvedas de Omoa, según las propias palabras del 



(1) "Acerca de un Monumento" — Cartago, febrero 7 de 1921 — A 
don Luis Felipe González — Heredia, Diario de Costa Rica. 

148 



justiciero Maniré. Y en el año de 1921, a un siglo 
de distancia, el ilustre doctor Medal, don Fausto Dá- 
vila, don Francisco López Padilla, y una docena de 
compañeros de infortunio más, respiran los mismos 
mortíferos miasmas de las tumbas de Omoa. . . 

Morazán luchaba, no sólo contra la opinión de 
los pueblos, sino en especial contra Guatemala, cu- 
yos intereses perjudicó grandemente. Si los gobier- 
nos deben procurar el bienestar de los gobernados, 
¿qué de extraño tiene que aquel gobernante haya 
sido odiado aquí, por todos, si nada más que grandes 
males causó al país? Cuando su período había ter- 
minado, y ya no tenía jurisdicción legal, aún persis- 
tía en revolucionar, sin tener ya ningún prestigio. 
Si los hombres se califican por sus obras, y si los 
pueblos al fin se cansan de vejaciones y trastornos, 
nada de extraño resulta que haya perdido su fama, 
y hasta la vida, el desventurado general hondureno, 
que se buscó la muerte. 

Morazán, en Guatemala, fué un Atila con vehe- 
mencia de pasión frenética. Saqueó la capital, como 
si la hubiera tomado por asalto, con espíritu de ven- 
ganza; saqueó la casa de García Granados (1) , la de 
los Beltranenas, otras muchas; y los conventos e 
iglesias, en donde existían riquezas considerables, 
en objetos de arte, como pinturas, cuadros, muebles 
y bibliotecas con obras valiosas y raras, no pocas de 
autores guatemaltecos. Había mucho de los tiempos 
antiguos ; de esas írreponibles reliquias que hoy se 
conservan con estimación en los museos de Esta- 



(1) Véanse lat "Memorias" del general-Miguel García Granados. 
149 



dos Unidos y Europa. Se perdió, y se destruyó bru- 
talmente, gran parte de lo salvado, en la ruina de 
la Antigua Guatemala. No sólo fué un ataque impío 
a los sentimientos populares, sino un vandalismo 
contra la cultura y la historia, haciendo desaparecer 
preciosos fastos y sagradas memorias, de lejanas 
épocas; objetos curiosos, manuscritos irreponibles, 
y crónicas, que arrasó el odio provincial de los ene- 
migos de Guatemala. ¿ Qué se hicieron los origina- 
les y libros que estaban en la copiosa biblioteca de 
Santo Domingo; las obras de Carrascal, de Goico- 
echea — el Feijó o centroamericano — , del célebre 
Blas Pineda de Polanco, que tenía escritos 54 volú- 
menes sobre Historia Natural de Guatemala, del as- 
trónomo Calderón de la Barca, de Raimundo Leal, 
del filósofo Sapién, del místico Vallejo, del erudito 
Arrivillaga, de Rodríguez de la Campa, y de varios 
más, cuyos nombres han pasado a la posteridad? 
Todo se perdió, así como para siempre hubo de des- 
aparecer el tomo de la crónica de Ximénez, que tanto 
se echa de menos en el mundo de las letras. 

Todo el archivo y la rica biblioteca de los mer- 
cedarios desaparecieron, junto con la valiosa corona 
de oro y preciosas piedras de la Virgen de las Mer- 
cedes, en el aciago año de 1829. A la Casa de Mo- 
neda mandó Morazán fundir el oro, y los diamantes, 
esmeraldas, rubíes, perlas, etcétera, fueron a parar 
a manos de personas particulares. Se perdió, ade- 
más, la corona de oro del Niño Dios, un ramo de 
hojas del mismo níetal, que tenía la Virgen en la 
mano izquierda, una media luna de plata, recamada 
de diamantes, y otras muchas joyas, valuadas en 
cuatrocientos mil pesos oro. 

150 



También se llevaron artísticos cuadros de Vi- 
llalpando, Licndo, Alvarcz, España, y otros famosos 
pintores; muebles preciosos, incrustados de concha 
nácar, oro y plata. Otro tanto hicieron en los de- 
más conventos e iglesias. Los soldados vendían las 
onzas de oro españolas, por tres o cuatro pesos 
plata. Todavía alcancé yo a conocer a una familia 
Castillo, que vivía frente al templo del Carmen, muy 
rica, que había hecho su fortuna en el año 1829, 
con serne jante tráfico o robo* 

Refiriéndose al original del "Popol-Vuj", que, 
después se salvó, en una copia por la Sociedad Eco- 
nómica ; dice el doctor C. Scherzer : "Muchos de los 
conventos se transformaron en cuadras y se perdie- 
ron objetos artísticos de gran valor y libros irrepo- 
nibles". 

Los morazanistas, o coquimbos, como les decían, 
siempre fueron enemigos declarados de Guatemala; 
y no pocas veces, se unieron para venir a atacarla, 
con Malespín, jefe de El Salvador, que rompió las 
relaciones, en abril de 1844; y fué invadido nuestro 
territorio, por Cabanas, Saget, Cordero, Gerardo Ba- 
rrios y Espinosa. El mismo Morazán, ya concluido 
su periodo, cuando no tenía autoridad legal ninguna, 
y los pueblos estaban cansados de tantos sufrimien- 
tos, se vio rechazado de El Salvador, y fué a morir 
trágicamente a Costa Rica. 

Si la idea de la unión hubiera realmente dis- 
frutado del apoyo popular, tal cosa no hubiera suce- 
dido. ¿Por qué, cuando el general Rufino Barrios 
levantó la bandera unionista, le declararon la gue- 
rra tres de las repúblicas centroamericana^'?. . . 

151 



No hay mejor maestra que la Historia. Bien 
sabemos de los desastres, luchas y añagazas de la 
Unión, "que nunca existió, a no ser que se tenga por 
tal, la vida en común de las fieras, en el mismo 
bosque, devorándose las unas a las otras". 

Todo el que sienta amor por su terruño nativo, 
no puede ser partidario de la actuación odiosa del 
expresidente Morazán (1) que en las turbulencias 
centroamericanas, fué mito fatídico del odio provin- 
cial, de tres de los estados, contra la supremacía 
de Guatemala; que sólo males sufrió, durante los 
años del mando autocrático de aquel caudillo. 

Ambajes y perífrasis a un lado, emitamos nues- 
tro juicio sobre don Francisco Morazán. Como ge- 
neral, fué mediocre; como político, falto de visión 
y tino ; como hombre, educado, valeroso, de figura 
distinguida, de carácter vehemente, celoso siempre 
del doctor Gálvez ; como presidente de la Federa- 
ción, enemigo de Guatemala, a la cual ensangrentó, 
invadiéndola pérfidamente para arruinarla. 

¡ Bien están los monumentos conmemorativos 
de aquel general en el parque de El Salvador y en 
el de Honduras !. . . 

Después de hacer un estudio detenido de aque- 
lla aciaga época de trastornos perpetuos, y a la dis- 
tancia de largos años * — sin apasionamientos, ni 



(1) Desde el 1* de febrero de 1839, ya Morazán no tuvo ningún 
título legítimo para arrogarse mando, ni menos introducir la anar- 
quía y la guerra a muerte, con que vino a ensangrentar a Guatemala, 
en 1840, queriendo sorprenderla: y hacer volar la catedral, después 
de huir vergonzosamente, dejando sus tropas abandonadas a merced 
del vencedor, sin capitular. 

152 



prejuicios — puede notarse que hubo un grupo de 
pínonas, que rodearon e hicieron atmósfera, al ge- 
neral Francisco Morazán, poseído de la locura del 
mando, sugestionado por la Unión de las Provincias 
del Centro de América, que estaban profundamente 
desunidas. Ni reparaba en que era imposible soste- 
ner una Federación, dadas las circunstancias hosti- 
les que prevalecían, y ante los obstáculos étnicos, 
geográficos y sociales, que caracterizaban a la na- 
ciente sociedad, atrasada, pobre, con tradiciones an- 
cestrales, creencias y raigambres de muchos siglos. 
"Las nacionalidades no se forman, ni sé cambian, 
ni menos desaparecen, por el aislado esfuerzo de 
los hombres, así sean ellos poderosos e ilustres. 
César mismo, a quien se atribuye la ambición de ser 
el primero, en cualquier parte, antes que el segundo 
en Roma, no habría podido aún, con su inmenso 
esfuerzo, destruir la unidad romana. Leyes intrín- 
secas, más durables, trascendentes y comprensivas, 
que las que traman las ambiciones individuales, son 
las que presiden y conservan el organismo de una 
nacionalidad ; organismo que puede ser considerado 
como una intensa tradición de ideas, sentimientos, 
necesidades comunes e intereses homogéneos, cuyo 
armónico conjunto es tan complejo, que hoy mismo, 
la crítica y la filosofía de la historia, no aciertan a 
decidir, entre la religión, la lengua, el territorio, las 
exigencias del desarrollo físico, y hasta las preocu- 
paciones y hábitos, cuáles sean las condiciones ca- 
racterísticas, que, más claramente, determinan las 

153 



nacionalidades de los pueblos." (1) Si el 'organismo 
centroamericano de la Unión de 1823, hubiera sido 
una realidad, calcada sobre bases positivas y viables 
por la naturaleza misma de las cosas, y no por las 
aspiraciones y errores de los sectaristas, que estaban 
contra el ambiente del medio predominante, y que 
causaron sucesos desastrosos de descomposición so- 
cial, como era lógico, luchas funestas, cruentas gue- 
rras, y proyecciones harto lamentables. Si hubieran 
sido políticos prácticos, Morazán y sus secuaces, y 
si la unión de los cinco Estados hubiese sido verda- 
deramente una unidad, ni las hazañas de los mon- 
tañeses, ni los procedimientos de la oposición, ni las 
exageraciones del Marat guatemalteco, José Fran- 
cisco Barrundia, ni la valentía y firmeza de Carrera, 
hubieran sido capaces de destruirla. La llamada 
Unión se vino abajo, detestada por Nicaragua, El 
Salvador y Honduras — Costa Rica nunca ha sido 
unionista — . Guatemala, cuando se declaró Repú- 
blica independiente, fué mucho después de haber 
desaparecido la Federación. El 21 de marzo de 1847, 
se expidió, por el mismo Carrera, el decreto, redac- 
tado por Alejandro Marure, liberal muy instruido, 
que también escribió el Manifiesto, erudito, sesudo 
y extenso, con que salió a luz aquella ley memora- 
ble. Don José Francisco Barrundia, el año siguiente, 



(1) "El General Páez y la Leyenda de los Guzmanes", por Ni- 
canor Bolet Peraza, quien ya casi ciego, como estuvo en Nueva 
York, tuvo la bondad de dedicarme un ejemplar, con finísima y ex- 
presiva deferencia. En esa interesante obra, página 16, juzgando 
la disolución de la antigua Colombia, existe el párrafo que trans- 
cribo. 

154 



con gran énfasis, ante la Asamblea, hizo un calu- 
roso elogio de la famosa declaratoria, que fué apro- 
bada. En posteriores tiempos, se ha querido tornar 
en padrón de ignominia contra Carrera y su par- 
tido. . . 

¡Así se escribe la historia, por hombres sin 
pudor y sin conciencia ! 

/ Por final de este capítulo, vamos a insertar el 
juicio que contiene la Historia, recientemente im- 
presa en Madrid, por un notable sudamericano, del 
todo ajeno a la política de la América Central. Di- 
cen así los párrafos que a continuación copiamos : 

"La Constitución regía en las Provincias Unidas 
del Centro de América, desde el 15 de abril de 1825, 
en que fué jurada. No había una sola sílaba origi- 
nal en sus preceptos esenciales. Escrita sobre la 
copia de una copia, tenía la inconsistencia de las 
nubes. 'Las Provincias Unidas iban desvinculán- 
dose dentro del pacto quimérico que pretendía coor- 
dinarlas. Rápidamente fueron presentándose más 
independientes, más hostiles, más resueltas a man- 
tener, ante todo, la incompatibilidad. Cada repú- 
blica, en efecto, era un cacicazgo, y cada uno de 
estos cacicazgos, un campo de luchas internas. So- 
bre lo inconstituído se establecía lo inconstituible. 
El problema planteado por el sistema federal, era 
irresoluble de todo punto. Consistía en sostener un 
cacique máximo, sobre los hombres agitados por 
cinco mandarines provinciales. Como el sumo im- 
perante debía necesariamente salir de alguna de las 
provincias unidas, ésta tenía, lo mismo, que entrar 
en lucha contra las otras, para sostenerse. El hecho, 

1S5 



por otra parte, de que Guatemala fuera centro 
de la Federación y provincias independientes, creaba 
en su seno una dualidad extraordinariamente peli- 
grosa. El cacique máximo sería probablemente del 
mandatario local. Y así fué ; los acontecimientos se 
encargaron de patentizar lo absurdo del sistema. 
Los otros estados ya habían roto antes que Gua- 
temala, la Federación." 

"En Guatemala residía el presidente, don Ma- 
nuel José Arce. Allí estaba también el vicepresiden- 
te, ejerciendo las mismas funciones de presidente 
del Senado, que tiene el titular de este cargo en los 
Estados Unidos de América. Al principio todo pare- 
cía caminar en perfecta armonía, en el mejor orden 
de los mundos imitados. Hubo una circunstancia, 
sin embargo, y fué que Guatemala, Provincia Unida, 
tenía como jefe a don Juan Barrundia. No era posi- 
ble que cupieran un presidente y un jefe en la mis- 
ma capital. Se produjo, pues, un conflicto sangrien- 
to, entre Arce y Barrundia, o sea entre la Federación 
y el Estado libre de Guatemala. El conflicto se 
extendió hasta El Salvador, con incidentes lamen- 
tables." 

"En Guatemala residía el presidente, don Ma- 
nuel José Arce. Allí estaba también el vicepresiden- 
mo de los agentes providenciales de aquella historia 
de hombres necesarios, de héroes simbólicos, sin 
cuya acción parecía inconcebible la tragedia política 
de una pequeña democracia centroamericana in- 
constituída, que por un convencionalismo incons- 
ciente, se ha venido a llamar después de muchos 

156 



años. . . ¡Patria grande, Patria redentora! La vida 
pública se concentraba en el amor o en el odio a 
estos hombres. Se les acataba como divinidades, 
o se les mataba como fieras. El hecho se repitió, 
de dictadura en dictadura, de revuelta en revuelta, 
de guerra en guerra, desde la aparición de Mora- 
zán". (1) Aquello fué una desventurada odisea de 
devastación, como dijera Vargas Vila. Un exceso de 
inhumanidad. 

En las invasiones morazánicas, siempre se unie- 
ron Honduras con El Salvador, contra Guatemala. 
Desde el año 1873, durante la presidencia del doctor 
Marco Aurelio Soto, hasta la muerte del general 
Justo Rufino Barrios, cuando presidía Bográn en 
Honduras, fuimos aliados. Últimamente cambiaron 
las cosas. Desde 1906, con la enmienda Platt en 
Cuba y el canal en Panamá, convirtióse el Caribe en 
Mare Nostrum de la gran República, y el Golfo de 
Fonseca, con el proyectado canal por Nicaragua, en 
mar estadounidense, quia nomínor leo. Ya el fa- 
moso Secretario de Estado Mr. Blaine, decía, hace 
más de cuarenta años : "que el Istmo centroamerica- 
no estaba llamado a prestar oficios domésticos a 
los Estados Unidos". . . Vade retro. 

Con razón dijo Ingenieros : "que el fetichismo 
era la ruina de las democracias." "¡En verdad — ex- 
clamó Rodó — que el cesarismo había sido el cán- 
cer de la América ibera!" Los partidos históricos 



(1) Carlos Pereyra: "Historia de la América Española" tomo 
V: Los países Antillanos y la América Central, capítulo 1%: L9 
Unión Imposibhs, página 334 y siguientes — Madrid, 1926, 

157 



han tenido sus fetiches; pero Morazán, como ene- 
migo declarado de Guatemala, nunca puede figurar, 
para ella, como hombre providencial; a no sacrifi- 
carse lo más sagrado que hay en el mundo : ¡ el amor 
a la tierra en que nacimos ; el santo amor maternal ! 

¡Salve cara parens, 
Dulcís Guathimala, salve! 

Landívar. 



158 



CAPITULO IV 



La época de "Los Treinta Años". — El capitán gene- 
ral Rafael Carrera. — El mariscal Vicente Cerna. 



SUMARIO 



Cómo estaba Guatemala cuando apareció Carrera. — 
Carácter y condiciones del joven caudillo. — Solo y con 
valor temerario, se impuso a las turbas, que pretendían 
asaltar la casa conventual. — Cómo los montañeses su- 
blevados, lo nombraron jefe de la revolución. — Ataque 
al cuartel de Mataquescuintla. — Se apoderan de armas 
y municiones. — Sorprendente actividad de Carrera. — 
Pavor que infundía. — Tratado del "Rinconcito". — Es re- 
conocido el jefe montañés, por el Gobierno, como 
comandante de Mita. — Idiosincrasia de la raza mestiza, 
a la cual pertenecía Carrera. — Terrible anarquía en que 
el país se hallaba. — Entra Carrera a la plaza de Guate- 
mala. — Se restablece la administración de Rivera Paz. — 
Restauración del partido conservador. — La gran influen- 
cia de Carrera era decisiva. — Contaba con mucha popu- 
laridad y con la natural atracción que lleva la rebeldía. 
— Tuvo admirable valor y conocimiento de los campos 
y ciudades. — En mayo de 1836, declaró la asamblea di- 
suelta la Federación de Centroamérica. — Desde antes, 
ya no existía. — El más empeñado en esa declaratoria, 

159 



fué don José Francisco Barrundia. — Aspecto físico de 
Carrera. — Su temperamento, espíritu y manera de vi- 
vir. — En aquel tiempo no se acostumbraba la rapiña 
del erario público. — Prevalecía en todos la probidad. — 
Carrera fué el restaurador de la paz. — Intensidad de 
la sublevación de la Montaña. — Analogía que esa revo- 
lución tuvo con la de La Vendée. — La reincorporación 
de Los Altos a Guatemala. — Sucesos del año 1847. — 
Triunfo de Carrera en la plaza de Guatemala, el 19 de 
marzo de 184Q. — Parte, dado acerca de esa famosa ac- 
ción. — Descripción que hizo "El Tiempo", de la victoria 
decisiva. — En 1844 renunció el general Carrera la presi- 
dencia y salió de Guatemala para México. — La asam- 
blea le decretó honores, y. a seguida, lo puso fuera de 
la ley. — Comenzaron los diputados enemigos a lanzar 
publicaciones contra él — Regresa Carrera y se apodera 
del mando. — Carrera y Barrios se apoyaron en los me- 
dios que les eran necesarios para mandar automática- 
mente. — El primero de esos caudillos fué propulsor del 
orden, y el otro, de la reforma. — Atentado, en la Ca- 
tedral, contra Carrera, durante las exequias del arzo- 
bispo Cas"aus. — Los partidos históricos dominaron larga 
y altejnativamente, en los antiguos tiempos. — Hoy ya 
son diferentes los derroteros, que se consideran como 
rumbos políticos y científicos. — Opinión del publicista 
José Vasconcelos. — El 14 de agosto de 1853, se sublevó 
la guarnición del Castillo de San José. — Actitud enér- 
gica y rápida de Carrera. — Otra revolución en Guasta- 
toya. — Celo de Carrera por evitar robos. — Cómo recogió 
y devolvió unas valiosas alhajas hurtadas al señor Ra- 
fael Urruela. — Empeño que tuvo Carrera en el regreso 
del arzobispo Casaus. — Muerte, en La Habana, de este 
prelado. — Espléndida librería que legó a la Universidad 
de Guatemala. — Las biblias poliglotas, que valen más 
de cincuenta mil dólares. — Algunos rasgos memorables 
del carácter de Carrera. — Desafío que tuvo con don 
José Arzú. — Cómo salió del país don Miguel García 
Granados, por un sueño de Carrera. — El Teatro de Ca- 

160 



rrera. — Tuvo ese buen teatro, tres nombres distintos, 
y lo dejaron arruinarse, después de los terremotos 
de 1917 y 1918. — Buenas óperas italianas, que se dieron 
en dicho Teatro de Carrera, que se denominó de Colón, 
con motivo del centenario del descubridor de América, 
y Nacional, más tarde. — Progresos alcanzados durante 
el gobierno de Carrera. — Colegios, establecimientos pú- 
blicos, Hospital de San Juan de Dios, Casa de Huérfa- 
nas, aumento y arreglo de las rentas públicas. — Los 
víveres muy baratos. — La administración de justicia. — 
Hombres muy notables. — La Sociedad Económica. — 
Guatemala tenía la hegemonía en Centroamérica. — Aquí 
a Guatemala venían a educarse los jóvenes de los otros 
Estados. — Riqueza que produjo la cochinilla. — Se inició 
el cultivo del café en Guatemala. — Aumento de pobla- 
ción y riqueza. — ; Tomó incremento el comercio. — Eran 
mayores las exportaciones que las importaciones. — La 
balanza mercantil favorecía a Guatemala. — Estreno del 
hermoso templo de San Francisco. — Los terrenos na- 
cionales y las valiosas empresas no estaban en poder 
de extranjeros. — El general Manuel M. Bolaños. — Trá- 
gico suceso de la desgraciada muerte del aeronauta 
J. María Flores, el domingo 30 de enero de 1848. — Ca- 
rrera entró a esta capital de Guatemala, el 13 de abril 
de 1839, mandando irreductiblemente, y murió a los 
26 años cabales, el 14 de abril de 1865, en la paz de su 
lecho y en el seno de su familia. — Exequias solemnes 
en la catedral. — El cadáver de Rafael Carrera se en- 
cuentra sepultado en las bóvedas de esa iglesia. — 
Elección para presidente, del mariscal don Vicente Cer- 
na. — Cómo se verificó tal nombramiento. — Vino el café 
a substituir a la grana, que había decaído. — Se trabajó 
mucho por introducir y generalizar ese precioso grano. — 
Nómina de los capitalistas que antiguamente había. — 
Censo de la población, en el año de 1864. — La vida era 
barata y fácil. — Datos estadísticos. — La Sociedad Eco- 
nómica. — El Teatro de Carrera. — El gobierno estaba 
desprestigiado, después de la reelección de Cerna. — 

161 



Cómo subió al poder.— Era militar valiente y probo.— 
El gobierno siguió con los mismos ministros, pero sin 
la respetabilidad que le daba el prestigio popular de 
Carrera. — La reelección de Cerna fué mal recibida.— 
Se necesitaba un gobierno nuevo. — El mariscal J. Víctor 
Zavala tenía en su favor la opinión pública. — Estado 
político de aquella época. — Se vino preparando la revo- 
lución de 1871. — Edificios notables que hubo, en la 
capital, en el tiempo del gobierna de Carrera. 



Cuando Guatemala era víctima de febriles odios 
políticos, y se hallaban los partidos despedazándose; 
los liberales, divididos por una oposición insensata; 
el cólera morbus esparciendo pavor y muerte; su- 
blevada la Montaña; trepidantes las leyes; sin go- 
bierno posible; la sociedad, con el alma en pena y 
el cuerpo enfermo ; cuando la situación era un ver- 
dadero laberinto de pasiones desacordadas; en tan 
aciagas circunstancias, solamente la fuerza regula- 
dora de un caudillo, en quien el pueblo tuviese fe, 
por su valor y carácter, pudiera dominar anarquía 
semejante. Se necesitaba de un hombre extraordi- 
nario para encauzar aquella libertad primitiva, cru- 
damente individualista, que no sabe de otros fueros 
más que de los de la naturaleza agreste ; ni se satis- 
face sino con su empuje incoercible, en el espacio 
abierto, en la llanura verde, en la áspera cordillera; 
sobre toda valla de leyes y avenimientos ; en una 
palabra, la libertad vertiginosa de la horda. Esa 
libertad — si así pudiera llamarse — , que en la más 
crítica situación de la historia, precipitóse a destro- 
zar el imperialismo romano y a mecer, sobre sus 
ruinas, la cuna de otro nuevo. 

162 



Aquel batallador intrépido era Rafael Carre- 
ra, (1) "El Hombre de la Montaña", como le llama- 
ban sus enemigos ; el campesino adolescente despro- 
visto de letras, que apenas contaba veinte años de 
vida. Había salido de lo ignorado, con gesto rebelde, 
pero llevando en su alma energía a toda prueba, 
fuerza de voluntad incontrastable, carácter de hie- 
rro, valor temerario e instintos de gloria. Era muy 
diestro guerrero, por su astucia y conocimiento per- 
sonal de los campos, vericuetos y ciudades; sobre 
todo, porque la naturaleza le había prodigado dotes 
singulares para sugestionar a las multitudes, y hasta 
para vencer a los más renombrados generales, que 
por entonces contaba la América Central. El rumor 
de las selvas le abriría amplios derroteros en la vida. 
Era el "Hombre-fuerza", representativo de la reac- 
ción popular, contra un desbarajuste espantoso. 
Desde niño se había acostumbrado al fragor de los 
combates. Había venido de la oscuridad a la luz, 
mientras otros han venido de la luz a las tinieblas. 

Cuentan las crónicas que, en 1834, se hallaba 
viviendo Carrera, en Mita, al cuidado de una chacra 
del párroco de esa localidad, presbítero Aqueche. 
Sublevados ya algunos montañeses, quisieron captu- 



(1) Cañera nació en esta capital de Guatemala, el 23 de octu- 
bre de 1814. Era hijo legítimo de Simón Carrera y Juana Turcios, 
ladinos, honrados y mestizos. Fué bautizado aquel niño a los tres 
días, en la parroquia de Candelaria. Cuando contaba 18 años, se 
trasladó a Mataquescuintla, en época de desorganización, pobreza 
y turbulencias; buscando los horizontes ilimitados de las serranías, 
y el ambiente vivificante de los bosques laberintosos, que ofre- 
cían defensas impenetrables. Carrera se hizo cumbre, por sí solo. 
Había nacido de condición humilde; pero predestinado para las 
tempestades de la guerra, y el restablecimiento del orden; del arden, 
que es "/a primera ley del cielo", según la frase de Pascal. 

163 * 



rar al gobernador, don Francisco Aquechc, quien 
se refugió en la casa conventual, que su hermano 
habitaba. Al pretender los conjurados allanar aque- 
lla mansión del cura, salió Carrera solo, protegido 
por el escudo de su propio valor, blandiendo un ma- 
chete, y exclamando : "¡ Pobre del que sé atreva a 
profanar este sitio; lo mataré en el acto!"... La 
turba, que conocía muy bien al que se le imponía, 
se contuvo, y entró en avenimientos con el atrevido 
adalid, amigo de todos ellos. Poco después se casó 
Carrera con una criolla, de regular condición, y po- 
seedora de algunos bienes de fortuna; la niña Tona 
Alvarez, cuyo padre había sido fusilado por Mo- 
razán. 

Los mismos montañeses, apegados a sus cos- 
tumbres y creencias, fueron, a los pocos días, a 
buscar a Carrera, en escaso número. Salió éste a la 
ventana de su casa, y lo aclamaron general, para 
que se pusiera a la cabeza del movimiento popular. 
Aquel mozo contestóles, con calma: "que no le co- 
nocían bien ; que si era jefe, procedería con la mayor 
severidad, lo cual acaso para ellos no fuera conve- 
niente". Le instaron de nuevo, ofreciéndole obser- 
var ciega obediencia. Entonces, la esposa de Ca- 
rrera, le dijo que se acordara que Morazán había 
fusilado al padre de ella, y que todos estaban deci- 
didos a vengar la sangre derramada injustamente, 
así como las arbitrariedades de aquel mandatario 
hondureno, enemigo de Guatemala. Decidióse, en 
el momento, el muchacho — que ya llevaba fama 
de ser muy hazañoso — a luchar contra todas las 
hostilidades. Se puso al frente de sus bravos com- 

164 



pañeros (1) y ordenó ir inmediatamente, con las es- 
casas y malas armas que¿enían, a tomarse el cuartel 
de Mataquescuintla. Mandó unos soldados a traer 
las cámaras de la iglesia, que servían de bombas, 
para las festividades religiosas ; envió una comadre 
suya a denunciar el ataque del cuartel, diciendo que 
Carrera, con quinientos hombres y dos cañones, iría 
en la noche a tomárselo. Aquella empresa pareció 
temeraria a varios de los trece montañeses ; pero 
no se atrevieron a oponerse. Era el momento histó- 
rico inicial de una transformación. Al llegar, en la 
oscuridad, cerca del cuerpo de guardia, quemaron 
una de las cámaras, mientras algunos repicaban en 
el campanario y gritaban: "¡Traigan el otro cañón! 
¡Adentro, muchachos!. . ." Carrera, a la cabeza de 
la turba, mató de un tajo al centinela, y todos los 
del cuartel se rindieron inmediatamente a los mon- 
tañeses, sus camaradas y parientes. Formó la tropa, 
y dijo a los soldados, que quien quisiera podía irse 
a su casa; pero que era preciso, luego, marchar 
sobre Santa Rosa. *Se unieron los del cuartel a la 
tropa triunfante, es decir, al grupo que comandaba 
Carrera, quien los dejó en libertad completa de vol- 
ver a sus chozas, si así les placía. Sin pérdida de 
tiempo, y con la mayor actividad, se fueron esa 
misma noche, en número de quinientos hombres 
armados, sobre Santa Rosa, a sorprender la guarni- 
ción de aquel lugar; y conocedores de los caminos, 
sendas y vericuetos de la montaña, tenían una in- 



(1) "Memorias del Padre Lobos", escritas por éste, y relatadas 
por Carrera. Se publicaron impresa», en forma de folletor 

16i 



mensa ventaja, además del descontento que por 
dondequiera reinaba contra el gobierno que llama- 
ban hereje. 

El jefe de los rebeldes, Teodoro Mejía, fué de- 
rrotado por Carrera, en los llanos de Ambelis, a 
pesar de estar éste herido. Después de varias accio- 
nes de guerra, unas favorables, y otras que le fue- 
ron contrarias, se internó en los bosques, para apa- 
recer cerca de Sansare, en donde, sorprendiendo a 
las autoridades, les hizo pensar que llegaba con 
cuatrocientos hombres ; y en seguida, burlando la 
vigilancia, se situó en Santa Inés Petapa, el 2 de 
enero de 1838, a la vera de la capital, llenando de 
pavor a todos sus habitantes. 

No podían las tropas del Gobierno destruir 
aquellas hordas aguerridas de montañeses, que tu- 
vieron por jefe a Rafael Carrera, quien adquirió mu- 
cha fama y ascendiente. Pocos como él han tenido 
el don de someter las voluntades de otros hombres 
y de llevarlos dóciles a todas partes : a la guerra, 
al sacrificio, a la insurrección, a sostener un orden 
legal, a defender la paz y a ejercer hegemonía en 
Centróamérica. El prestigio, el valor y la populari- 
dad elevaron a Carrera. 

El impertérrito jefe de la montaña fué el domi- 
nador de aquellas huestes, que le adoraban y temían. 
Fué él quien ai fin destruyó la anarquía, acabando 
con las luchas civiles, exacerbadas durante diez y 
ocho años, de cruentas congojas y pobreza suma. 
El caudillo que encabeza un gran movimiento social, 
es reflejo de la época, de las preocupaciones, necesi- 
dades, creencias y hábitos del país. Era, por enton- 

166 



ccs, la Edad Media en Centroamérica ; y sus orda- 
lías se fundieron, tras luchas largas y cruentas, en 
un bravo adalid, estratego por instinto. El caudi- 
llismo rural no fué peculiar a Guatemala, que tam- 
bién emergió por entonces er* México y en varias 
repúblicas del sur; porque cuando estos países se 
hicieron independientes, no estaban organizados 
para, el gobierno propio. Era el pueblo de diversas 
castas, con tribus indias, lenguas asiáticas primiti- 
vas, de míseros analfabetos, en su mayoría. Los 
pocos civilizados tenían principios opuestos, intere- 
ses antagónicos ; fueron visionarios, los unos y los 
otros, con preocupaciones raciales, usos añejos y 
adhesión a conservar lo viejo. Prevalecía en los 
primeros, exaltada pasión por estupendas y radi- 
cales innovaciones jacobinas, opuestas al medio 
predominante y completamente inadecuadas a las 
circunstancias rudimentarias del país. La vida re- 
publicana depende de la calidad del pueblo. 

El instinto de conservación, más desarrollado 
en las clase rurales, que se apegan a sus costumbres 
y al ambiente en que han vivido, hace propensos a 
los campesinos, a rechazar radicales mudanzas, que 
pugnan con aquel instinto, que, como dice "el Can- 
tar de los Cantares", es aún más fuerte que la 
muerte. 

Carrera, el rebelde montañés, fué desde su in- 
fancia, dado al ejercicio de las armas. Había sido 
clarín de órdenes del primer presidente de la Fede- 
ración, cuando triunfaba, en los campos de batalla, 
el procer Manuel José Arce ; este general auguró a 
Carrera, desde entonces, brillantes glorias militares. 

167 



A la caída del doctor Gálvez, en 1838, el antiguo cla- 
rín — ya triunfante — y arbitro de Guatemala, abrió 
sus puertas, y rindió a Arce, gratitud, afecto y 
auxilio. 

Aquel guerrillero, con sus cuatro lustros heroi- 
cos — erguido sobre las majestuosas cresterías de las 
montañas de Oriente, y amparado "por el Destino — 
llegó a obtener hasta la hegemonía de Centroamé- 
rica. Desde 1826 militó en la Caballería de la Fede- 
ración; en 1828 fué sargento; en 1830, capitán; en 
1837, comandante de las fuerzas de Mataquescuin- 
tla; en 1838, teniente coronel; general de brigada 
en 1839; teniente general en 1840, y capitán general 
en 1842; ascensos graduales ganados todos, por 
triunfos en favor dé Guatemala, nuestra querida 
Guatemala, nuestra querida tierra nativa. 

Es ley psicológica de las multitudes, en medio de 
la anarquía, buscar, entre los suyos, al predestinado; 
al más valiente, audaz y astuto, para que restablez- 
ca el orden. Dice el historiador Marure : (1) "que 
las innovaciones en religión y otras muchas empren- 
didas' prematuramente en el orden político, fueron 
desvirtuando el poder público, disipando cuantos 
prestigios habían mantenido en obediencia a los 
pueblos, y aniquilando todo elemento de gobierno y 
estabilidad. Los liberales divididos, exageraban los 
principios, sin tomar en cuenta el estado del país, 
que se hallaba sufriendo pobreza; en una situación 
harto triste de atraso y fanatismo ; que había venido 



(1) "Memoria sobre la insurrección de Santa Rosa y Mataques- 
cuintla, en Centroamérica, comparada con la que estalló en Fran- 
cia en 1790, en los departamentos de La Vendée", escrita por Ale- 
jandro Marure. 

168 



siendo víctima de vejaciones y sacudimientos de 
todo género; sin tranquilidad, ni bienestar alguno; 
y que de repente, entre las calamidades que le llo- 
vían, se vio invadido por el cólera, que dejaba, en 
pocas horas, desiertas las poblaciones y llenos los 
campos de desolación y muerte, de espanto y angus- 
tias". El año 1837 fué calamitoso y terrible. La 
oposición, acaudillada por Barrundia, atacando ru- 
damente al gobierno de Gálvez ; los conservadores 
atizando el desorden; era aquello una anarquía tre- 
menda; el resumen caótico del desconcierto, que 
desde 1829 produjeran las desatinadas leyes de 
innovaciones, las venganzas crueles, las novedades 
violentas y ridiculas parodias de regímenes turbu- 
lentos y verbalistas, como las que introdujo aquel 
patriota vehemente y exaltado, queriendo implantar 
el código de Lívingston, en un pueblo híbrido, de 
ignorantes, entre los que apenas eran pocos los que 
hubiesen podido llamarse cultos, crearon un deli- 
rio insensato, que hubo de convertirse en calamidad 
nacional muy profunda. Cuando en noche tenebro- 
sa, logró salvarse- el doctor Gálvez, sembrador de 
ideas, pudo decirse, con la frase de Laurent: "Los 
hombres que se anticipan a su tiempo, esparciendo 
la sustancia para el porvenir, en la sociedad en que 
viven, suscitan el odio de sus coetáneos ; pero arro- 
jan semillas que han de germinar más tarde". De- 
cía el gran pensador José Ingenieros : "En cada 
sociedad, las instituciones se forman y evolucionan 
con caracteres particulares, reflejando los diversos 
hábitos colectivos ; la mentalidad y la estructura ca- 
racterística varían, al mismo tiempo que las condi- 
ciones del medio a que debe adaptarse. Las costum- 

169 



bres e instituciones son productos inmediatos de la 
experiencia social, y sirven para la protección de su 
vida. Son funciones de adaptación colectiva de 
la sociedad misma. Cuando se choca con la manera 
de vivir del pueblo, se suscita la revolución; y en- 
tonces la fuerza necesariamente sustituye al dere- 
cho". No puede negarse que "El Hombre de la Mon- 
taña" tenia notables peculiaridades. Surgió como 
jefe de la revolución agreste del Oriente; siendo 
aquel joven respetado, temido y popular, no sólo 
entre sus tropas, sino en la generalidad del país. 
Fué representante de la época y exponente de su 
raza.. Con carácter inquebrantable, coraje inaudito, 
actividad febril, instintos bélicos, genio militar y 
valor a toda prueba, sugestionaba las turbas ague- 
rridas y ejercía dominio sobre ellas. "El Hombre 
fuerza" fué resultante histórico, corolario ineludible, 
de los antecedentes nacionales, de su psicología, 
contextura étnica e ignorancia bastante general. 
Sobre todo, consecuencia necesaria del estado de 
desorganización y calamidades, que en aquellos fu- 
nestos tiempos se aglomeraron sobre Guatemala. 

Cuando el licenciado José Bernardo Escobar 
fué presidente, acreció el desorden y el malestar. 
La situación era desesperante para todos, tanto libe- 
rales como conservadores. Tenían pánico al pensar 
en el pillaje, saqueos y asesinatos, que suponían 
habría si entraban los montañeses a la capital. Es- 
cobar, que se titulaba liberal, carecía de prestigio, 
de dinero y de fuerza armada. Decretó la dictadura ; 
trató de organizar batallones cívicos, e impuso un 
empréstito de $50,000, que recaía sobre los conser- 
vadores. En garantía de las cuotas de dinero, se 

170 



daban vales, que no valían nada. Esto acabó de 
revolucionar el país. Los departamentos de Los Al- 
tos, convirtiéronse en Sexto Estado, y los de Oriente, 
en hordas numerosas y amenazadoras. Carrera 
salvó la situación, como adelante se verá, evitando 
saqueos y exponiéndose a morir, por la sublevación 
del traidor Monreal. De la sustancia misma de los 
pueblos brotan sus transformaciones y vicisitudes. 
Carrera surgió como develador de un largo período, 
producido por el desastroso desbarajuste de anterio- 
res años revolucionarios. Fué símbolo y centro, que 
restableció el orden. Para tal empresa se necesi- 
taba de superiores dotes, en medio de aquella anar- 
quía sangrienta e interminable. Desde el 23 de 
diciembre de 1838, fué Rafael Carrera el arbitro de 
Guatemala, por un tratado que ratificó Morazán. (1) 
Al fusionarse la raza española con la indoame- 
ricana, hubo de resultar la nueva especie criolla. 
"En la tierra de los conquistadores iberos, las esta- 
tuas de los apóstoles, erguidas en los cuatro ángulos 
del quemadero de Sevilla, sudaban el hollín grasoso 
y fétido de millares de víctimas. En toda la Amé- 
rica española, los aborígenes fueron, como sus victi- 
marios, despiadados. Los sacrificios y la muerte eran 
base de sus ritos. La arrogancia de los Austrias 
floreció, durante su dinastía, como una sangrienta 
rosa." (2) "La traición, la perfidia y el dolor, preva- 
lecían entre los mismos invasores de la América, 
intransigentes y desprovistos de compasión y huma- 



(1) "Vida Militar de Centroamérica", página 167. Por el general 
Pedro Zamora Castellanos. 

(2) "Nuestra América", por Gustavo Bunge — P. d>$ Saint-Victot 
Hommes et Dieux, page 235. 

171 



nidad. Formóse un pueblo mixto sobre el haz de 
la tierra, una raza inquieta, nacida del cruzamiento 
de los vernáculos con los españoles; progenie que 
llevaba en sus caracteres físicos y morales? el coefi- 
ciente de sus antecesores. Rebeca sintió en su seno 
la lucha de dos gemelos, que debía dar a luz, como 
anuncio de la lucha entre dos pueblos, que de tales 
hijos debían descender. La raza indohispana lleva 
el sello del combate que entre sí libraron, por tanto 
tiempo, las dos estirpes que contribuyeron a for- 
marla." d) 

Cuando nos hicimos libres, sobrevino la anar- 
quía; para contarla fué menester la autocracia. 
No era lógico, ni hacedero, pasar del sistema colo- 
nial, autoritario, rígido y fanático, al gobierno pro- 
pio, a la amplitud de derechos, al régimen democrá- 
tico, a las elecciones libres y conscientes, al juicio 
por jurados, al matrimonio civil, al municipio inde- 
pendiente, a la amplia libertad. Bruscos sacudi- 
mientos, políticos. y económjcos, debilitaron el cuerpo 
social en la América hispana, que fué pasando del 
caos revolucionario al caudillaje. La democracia, la 
descentralización administrativa, no son viables en 
donde no hay pueblo apto para el self governmenf. 
El desorden de la canaltocracia, que se anarquiza, 
sólo cede a la fuerza. "Sin estabilidad — exclamaba 
Bolívar — todo principio se corrompe, y acaba por 
destruirse." Los calenturientos delirios, lo tempes- 
tuoso de la discordia civil, la procacidad de teóricos 
visionarios, que ofician en democracias exageradas; 
los opuestos intereses de bandería sin conciencia, 



(1) Riva Palacio— "México a través de los siglos", prólogo. 
172 



no reparan en medios, y tratan de ahogar, en clamo- 
res de verbosidad mentirosa, sus aviesas miras de 
poder, su sed de riquezas y espíritu de venganzas. 
La hez, que sobrenada en el hervidero revoluciona- 
rio ; la brutal insolencia de la plebe ; la agreste y 
valerosa decisión de los campesinos, adheridos a sus 
hábitos, a su terruño, a sus creencias, y al ambiente 
espacioso de sus llanos y montañas, sólo se refrena 
por el prestigio y el valor de un caudillo popular y 
de peculiares dotes. 

Carrera tenía del español, el coraje, la valentía, 
la audacia, la persistencia y el carácter; heredó del 
indio la astucia, la fiereza, la fuerza, la agilidad y la 
desconfianza, con la natural inclinación a luchas 
campestres. 

Es fenómeno digno de notarse que, #raíz de la 
independencia de los países hispanoamericanos 
— con excepción de Chile — , se produjo la revolu- 
ción, y prevaleció el espíritu de concentrarse y divi- 
dirse las extensas nacionalidades que surgieron, en 
medio de convulsiones y trastornos, hasta verse al 
borde de la anarquía. El instinto de conservación 
obligó a los pueblos, sobre todo a los rurales, a 
agruparse alrededor de un caudillo, prestigiado por 
sus hazañas. Así aconteció en varias de las nuevas 
repúblicas del sur. En Venezuela, a fines del año 
1826, cuando se ensombreciera el brillo del inmortal 
Bolívar, rodearon los gauchos a Páez, como jefe 
absoluto de las turbas, que atraía a las masas popu- 
lares, con el poder de su lanza y el fulgor de sus 
legendarias hazañas. -Hace notar este hecho del 

173 



caudillismo campestre, un escritor venezolano, (1) 
que dice: "El alma de las multitudes estaba con 
Paez, a quien al cabo sometiéronse los demás jefes 
militares del país, y vino a ser así el caudillo por 
excelencia, el hombre del prestigio máximo; en su- 
ma, el señor, el régulo necesario de la sociedad vene- 
zolana, cualquiera que fuese el nombre, que, en el 
vocabulario de las leyes escritas, se quisiera dar a' 
aquel poder suyo, que no debía, en realidad, sino 
a la naturaleza misma, que lo había hecho nacer 
caadillo, en toda la extensión de la palabra, en un 
país destinado, por las inexorables leyes de la heren- 
cia psíquica, a someterse a un jefe absoluto. Idea- 
ron entonces, los hombres del grupo legalista, rodear 
a Páez, para transformarlo, de caudillo en magis- 
trado, ya que era forzoso que continuara gobernando 
el país, bajo el nombre de presidente constitucional 
de Venezuela. En los tiempos medioevales, el cris- 
tianismo había ideado, en Europa, otra transforma- 
ción, respecto de los jefes de las bandas feudales : 
la de caudillo en caballero. No pudo quitarles la 
espada, pero en la empuñadura puso la cruz ; y del 
arma homicida formó el símbolo — como dice Bour- 
get — de la fuerza, inspirada por la justicia y tempe- 
rada por la misericordia". En la actualidad, el gran 
Mussolini es un esclarecido caudillo a la moderna, 
en la península apenina, que toma nuevos derrote- 
ros. Esa gran personalidad bien definida, como 
dominador de multitudes, es el jefe fogoso, inteligen- 
te y enérgico de un movimiento contemporáneo. (2) 



(iy Pedro M. Arcaya: "Los Hombres Ilustres". Historia de Ve- 
nezuela", página 44. 

(2) '•'Mussolini y el Fascismo", por el Profesor Guterberg — 1924. 

174 



En Guatemala, la revolución de los montañeses 
se reveló contra las iniquidades y ataques de los 
exaltados, tomando cuerpo y mucho poder, desde 
que Rafael Carrera se puso al frente de ella. Los 
opositores liberales entraron en arreglos con el ar- 
bitro de aquellas tropas numerosas y aguerridas; y 
al celebrarse, por Guzmán y Carrera, el "tratado del 
Rinconcito", el 23 de diciembre de 1838, fué reco- 
nocido como comandante de la zona de Santa Rosa, 
"El Hombre de la Montaña". Después de varios 
triunfos y reveses, mucha brega y no pocas luchas, 
entró a la plaza de Guatemala, a las nueve y media 
de la mañana del 13 de abril de 1839, para ejercer 
el mando irreductible, bajo uno u otro título; y a 
las nueve y media de la mañana del 14 de abril 
de 1865 — a los veintiséis años cabales — , terminó 
su dominación, junto con su vida. Fué aquel pe- 
ríodo oligárquico; y la presidencia vitalicia, no sola- 
mente desnaturalizó la forma republicana, por su 
base, sino que hubo de establecer el precedente para 
que más tarde viniese como en desquite, una auto- 
cracia jacobina, de hecho vitalicia también; y el 
prurito, harto nocivo, de eternizarse en el mando, 
produciendo el caudillaje; la autoridad vinculada 
a la persona; que no deja el mando, como Estrada 
Cabrera, haciéndose elegir en su gobierno consecuti- 
vamente, y hasta por unanimidad de votos, con des- 
crédito y ruina del país, y para él mismo personal- 
mente. El 13 de abril de 1839, Carrera restableció 
en el mando a don Mariano Rivera Paz, miembro 
del partido conservador, partido restaurado enton- 
ces; pero el carácter de aquel temible "Jefe de la 
Montaña" era dominante y sostenido, tenaz e irre- 

175 



ductiblc ; de suerte que siempre tuvo influencia deci- 
siva. Una vez que dicho presidente Rivera Paz se 
negó a secundar las indicaciones del mayor general 
Carrera, resultó que, por la noche, entraron a la ciu- 
dad unos cuantos de los que llamaban lucios, y 
tiraron balazos sobre la puerta de la casa de Rivera 
Paz ; .pero acudió Carrera, a defender al pobre pre- 
sidente y lo salvó. Todo fué una farsa, pues los que 
dispararon fueron soldados del mismo Carrera ; pero 
nadie se atrevió a decírselo, ni menos a echárselo 
en cara. El poder del jefe militar era absoluto; 
contaba con el ejército, con la opinión del pueblo, 
con su personal valor y energía indomable. Jamás 
soportaba nada que pudiera perjudicar a Guatemala. 
Tenía don de mando. En una ocasión, vinieron del 
numeroso pueblo de Santa Catarina dos mil indios, 
trayendo para tata presidente, como llamaban a Ca- 
rrera, carneros y bucules o jicaras con monedas de 
plata, pidiéndole que se les devolviera a su cura, 
el padre Hernández, que estaba procesado por la 
Curia Eclesiástica, y preso en el palacio arzobispal. 
El presidente llamó a mi padre — que era auditor de 
guerra — y le encargó ir a pedir al referido cura, a 
fin que volviera a su parroquia. El ilustrísimo señor 
García Peláez dijo: "que no podía" (era de tempe- 
ramento sostenido). Carrera no se inmutó al saber 
tal resolución; pero dijo con firmeza: "Ya verá 
usted que los nudos gordianos los corto yo con mi 
espada". Vinieron más indios ; y entonces dio orden 
para sacar al padre Hernández, que regresó a su 
curato, en donde le adoraban, porque poseía perfec- 
tamente su lengua y no los extorsionaba. 

176 



En todos los órdenes de la vida existen leyes 
necesarias que, si llegan a transgredirse, producen 
hondos trastornos, cuando no la muerte. En los 
pueblos hay principios que mantienen el equilibrio 
social, como son la vida, la propiedad, la personali- 
dad, las creencias religiosas, y hasta las preocupacio- 
nes, la familia, y demás derechos y costumbres, que 
si se atacan bruscamente, obligan a los asociados a 
luchar por ellos. Instintivamente se sublevan, para 
recobrar el equilibrio, la armonía, la tranquilidad y 
su modo de ser. En Guatemala se desvirtuaron de 
tal manera los resortes vitales, que sobrevino nece- 
sariamente la revolución, el caos, el desconocimiento 
de toda autoridad; el imperio de la fuerza. Barrun- 
dia, en persona, salió al encuentro de Carrera hala- 
gándolo para entenderse con él; pero el "Jefe de la 
Montaña" por instinto, comprendía quiénes habían 
sido los trastornadores de las costumbres y causan- 
tes de tantos males. El esforzado adalid tenía natu- 
ral y vidente criterio en el manejo de los hombres. 
En una obra notable, "Centroamérica", publi- 
cada recientemente en Londres, por Mr. W. H. Kie- 
bel, se encuentra el capítulo número IX, que versa 
sobre "El período de Rafael Carrera", con intere- 
santes apreciaciones. Cita, varias veces el libro 
de Mr. S. Stephens, y copia el siguiente párrafo : 
"Cuando dicho señor entró al cuarto, con el deseo 
de conocer al jefe montañés, en los primeros días 
de su poder, lo encontró sentado frente a una mesa, 
contando unas monedas menudas. El coronel Mon- 
terroso, negro mestizo, con un uniforme sucio, esta- 
ba al lado de Carrera, y varias otras personas se 
hallaban en aquella pieza. El jefe era como de cinco 

177 



pies y seis pulgadas de alto, con pelo liso y muy 
negro, complexión criolla y fuerte, aire desembara- 
zado y activo, sin barba, y no parecía tener más 
de veintiún años. Llevaba una chaqueta negra y 
pantalones anchos. Inmediatamente que me vio, 
levantóse, poniendo rápidamente a un lado las mo- 
nedas, y recibiéndome con cortesía. Me cedió un 
asiento a su derecha, invitándome a tomarlo. Mi 
primera impresión fué de sorpresa, ante su extrema 
juventud. El me contestó que no tenía más que 
veintitrés años, y a la verdad, que no parecía llegar 
a veinticinco. En seguida, como un hombre cons- 
ciente de su propio valer extraordinario, y de que 
yo lo reconocía, no esperando otra pregunta, conti- 
nuó : que había comenzado (sin expresar a qué 
aludía) con trece hombres armados de viejos fusi- 
les, a los que era preciso dar fuego con cigarros 
encendidos. Señaló algunos lugares de su cuerpo, 
en que había sido herido, agregando, que le habían 
pegado tres balazos. En esta ocasión, apenas se 
podía reconocer que fuera el mismo hombre, que 
hacía menos de dos años había entrado, por primera 
vez, a Guatemala, con una horda de campesinos, 
infundiendo terror y espanto". Ya estaba bastante 
culto. 

En el libro de Mr. Kiebel, se reconoce "que 
Carrera era un tipo extraordinario, de temple heroi- 
co, suficientemente capaz, a pesar de la escasa ins- 
trucción que tenía, harto suplida por sus raras y 
peculiares dotes. Sobre los escombros y calamida- 
des de una guerra de diez y ocho años, logró esta- 
blecer un orden de cosas que produjo la hegemonía 
de Guatemala en Centroamérica". 

178 



Me contaba mi padre que, recién entrado Ca- 
rrera a esta capital, tuvo necesidad de buscarlo, con 
el fin de pedirle que diera orden de devolver unas 
muías de la hacienda "El Obraje", propiedad de mi 
familia. Fué a la Comandancia general mi padre, 
muy joven entonces. Preguntó por el jefe triun- 
fante, y unos soldados, con mucho respeto, le indi- 
caron que estaba allí sentado en una grada, compo- 
niendo su fusil. Al acercarse mi padre, se levantó 
rápidamente Carrera, preguntándole: "¿Qué se le 
ofrece?" Con tono imperativo llamó, después de 
imponerse de la solicitud, al mayor, y le dijo : "Tome 
bien las señas de esas cinco muías, proceda activa- 
mente, y antes de tres días, me da cuenta, sin falta, 
de estar en poder de su dueño, que es don Pedro 
Batres Nájera". Mi padre quedóse sorprendido del 
gran respeto que aquel muchacho infundía a su 
soldadesca indisciplinada. Al darle las gracias a 
Carrera, éste le contestó : "Diga a su señor padre 
que cuente, desde ahora, con lo que es suyo ; porque 
yo no he venido a robar aquí, como dicen mis enemi- 
gos. Cualquier cosa que se le ofrezca, venga con- 
migo, y serán cumplidas mis órdenes". A los dos 
días fueron entregadas las muías. 

En mayo de 1838, declaró el Congreso Centro- 
americano, disuelta la Federación de las Provincias 
Unidas del Centro de América, y que los estados 
quedaban en libertad de organizarse del modo que 
quisieran. Fué don José Francisco Barrundia, si- 
guiendo la opinión pública, el más empeñado en esta 
declaratoria. Todos, por entonces, detestaban los 
resultados funestos que había producido el gobierno 
federal. De manera que es un error histórico afir- 

179 



mar, como algunos lo hacen, que Carrera disolvió 
la Federación, que a la verdad, se deshizo porque 
ya no era posible que existiera. Cuando se escriba 
la historia desapasionada de ese turbulento periodo, 
ha de ponerse en claro que, al emitirse el memorable 
decreto de 21 de marzo de 1847, fundando la Repú- 
blica de Guatemala, ya" hacia tiempo que el sistema 
federal estaba muerto y sepultado, desde febrero 
de 1839. Costa Rica lo habia desconocido, en 1838, 
en noviembre; Honduras, el 12 de octubre de dicho 
año ; Nicaragua, lo mismo. De toda evidencia es 
que la Federación no fué disuelta por Carrera, sino 
que — detestada generalmente, por sus fatales resul- 
tados — los pueblos de las provincias, los otros es- 
tados, se fraccionaron, separándose con anterioridad 
de Guatemala. 

Era necesario, para ella, dar aquel paso autóno- 
mo que, como lo demuestra con claridad el extenso 
y célebre "Manifiesto", escrito por el doctor Alejan- 
dro Marure, fué fruto de los antecedentes produ- 
cidos por los exaltados, que de todos modos em- 
brollaron la política. La América Central se habia 
convertido en un fermento de pasiones y odios; avi- 
vándose, en las provincias, la añeja malquerencia 
contra Guatemala, y produciendo la Constitución de 
1824, funestas consecuencias. En 1848, el 10 de sep- 
tiembre, el fogoso patriota José Francisco Barrun- 
dia, en la Asamblea Constituyente, pidió, por escrito, 
con insistencia y calor, la aprobación del patriótico 
decreto del Gobierno de Carrera, declarando el Es- 
tado de Guatemala, República soberana e indepen- 
diente; los que más secundaron esa idea, fueron don 
Miguel García Granados y don Manuel Arrivillaga. 

180 



El 14 de septiembre de 1848, se emitió la ley de la 
Asamblea Nacional Constituyente, aprobando aquel 
decreto que había establecido la soberanía de nues- 
tro país; (1) la vida propia de Guatemala. 

Por el año de 1856, conocí al capitán general 
Rafael Carrera, a quien recuerdo perfectamente. 
De estatura mediana, ancho de espaldas, complexión 
recia, pelo liso y negro, cutis broncíneo, poca barba, 
mirada severa y rictus dominador. Sus rasgos fiso- 
nómicos eran firmes y revelaban gran energía y 
carácter. Me parece verlo, cuando iba a misa a la 
catedral, a las ocho de la mañana, los días festivos, 
solo, sin asistencia alguna, de sombrero de copa alta, 
capa española suelta, sin bastón, como cualquier 
particular. Se sentaba democráticamente en un es- 
caño que todavía existe junto a la puerta del Sagra- 
rio. A la hora del ofertorio, se arrodillaba, sobre 
un pañuelo de seda tinto, entre todos los concurren- 
tes. Al acabarse la misa, volvía tranquilamente a su 
casa, que hoy lleva el número 6 de la octava ave- 
nida sur. 

Carrera disfrutaba de una constitución muy vi- 
gorosa y fué enamoradizo. Tenía varias queridas, 
sin dejar por eso de atender a su familia legítima. 
Por la iglesia de San José vivía una de sus concubi- 
nas. Supo el general, que en una casa del frente 
habían puesto sus enemigos un esmeril, con varias 
balas, apuntando precisamente a la que él concurría. 
Entonces fué solo sobre la ventana, en donde estaba 



(1) Sobre ese punto, pueden consultarse "Las Memorias" del 
general García Granados, y el Libro de las "Efemérides", por F. Her- 
nández de León, que es muy recomendable y desapasionado. 

181 



la máquina infernal. Huyeron al momento los que 
allí estaban y Carrera no le. dio importancia al aten- 
tado. Entre los hijos naturales que tuvo, reconoció 
y educó a los Silvas y a los Cruces. Estos últimos, 
eran fruto de los amores que tuvo con doña Dolores 
Cruz, hermana del mariscal don Serapio Cruz (Tata 
Lapo), valiente, inquieto y aguerrido. Supo Ca- 
rrera que pretendía armarle una revolución; mandó 
llamarlo, y le dijo : "Sé que aspiras a la presiden- 
cia; te propongo ir, solos los dos, a batirnos al Cerro 
del Carmen". Don Serapio le protestó su lealtad, 
y cumplió su palabra. Después — en tiempo de 
Cerna — promovió una facción revolucionaria, fué 
capturado en Palencia, por el general Antonino So- 
lares — quien cometió la inhumanidad de decapi- 
tarlo — y mandó a la Comandancia General la ca- 
beza. No fué el Gobierno, ni se paseó por las calles, 
en una pica, como algunos calumniosamente han 
propalado. 

No pretendo dar a conocer la actuación política 
de Carrera, sino referir episodios de esa interesante 
época; hechos verídicos e imparciales, que me cons- 
tan por haberlos presenciado. Quedarán perfiladas 
solamente algunas de las proezas cori que enalteció 
el nombre de Guatemala, el defensor de su bandera. 

Aquel guatemalteco era sencillo en su modo 
de vivir, sin alardes vanidosos, ni iracundos arran- 
ques. Hombre de fibra, calmado, sereno y firme 
en sus procederes; de prodigiosa memoria; de acti- 
vidad grandísima ; sin irreflexiones ; valeroso y auto- 
cr ático; jamás se arredró, aun en los más inminen- 
tes peligros, y siempre tuvo singular ascendiente 

182 



sobre sus tropas y el pueblo. No gustaba de lujos, 
ni de inútiles ceremonias; vestía con decencia, casi 
siempre como paisano, con levita negra, cuello alto, 
corbata oscura, chistera de pelo y bastón de gene- 
ral. Todos los días hábiles iba a despachar al pala- 
cio del gobierno, a las diez de la mañana, sin edeca- 
nes, en su carruaje, tirado por un tronco de caballos 
colorados del país. En las festividades solemnes, 
lucía vistoso uniforme de capitán general; la casaca 
roja, con charreteras y bordados de oro; el bicornio 
montado, con plumas azules, y el pantalón de paño 
blanco. Usaba una rica aspada, con vaina roja, guar- 
necida la empuñadura con brillantes, regalo valioso 
de la reina Victoria de Inglaterra. Así aparece Ca- 
rrera en el buen retrato que pintó al óleo el célebre 
artista italiano Domingo Toyetti, el año de 1856. 
Ese cuadro artístico existe en la Municipalidad de 
Guatemala, formando parte de la colección que re- 
presenta a los presidentes, y que figura en la sala 
de sesiones del Ayuntamiento. 

Carrera supo luchar con pertinaz constancia, 
para restablecer el orden y la paz. Convencido de 
su misión, logró cumplirla. Pudo refrenar las tur- 
bas belicosas y evitó, en lo posible, desmanes y ven- 
ganzas. (1) Brotó el rebelde montañés, de las entra- 
ñas del pueblo, en medio de una anarquía indomable, 
y expuso su vida en numerosos hechos de armas, 
defendiendo siempre el pabellón de Guatemala, que 
pretendían mancillar provincianas huestes. Tuvo, 
por natural instinto, la visión real de las cosas, en 



(1) Esto se reconoció, hasta por sus enemigos, en la "Mamíes~ 
tsción al Congreso", en nombre del partido liberal. 

183 



medio del caos en que le tocó dar a conocer sus posi- 
tivas aptitudes singulares como guerrero. No se 
crea, por esto, que con sinceridad consigno, a fuer 
de imparcial y libre de prejuicios, que desconozco 
las manchas de su administración; pero tampoco 
soy de los que regatean apasionadamente los méritos 
patrióticos que tuvo aquel notable militar, que de 
la más humilde esfera social pudo elevarse, por gra- 
dos, en medio de la anarquía, con admirable instinto, 
astucia, suspicacia y ardimiento, por todos reconoci- 
dos. Peleó, defendiendo la tierra nativa y su honor, 
en más de cien combates, «rhabiendo salido herido 
varias veces, sin que jamás esquivara los mayores 
peligros. Destruyó las inquietudes revolucionarias, 
por entonces endémicas, dejando siempre bien pues- 
to el nombre de Guatemala y de sus soldados. Quedó 
grabado el busto de Carrera en monedas de oro de 
ley, que corrían en abundancia, y en monedas de 
plata de 900 milésimos. 

Ningún funcionario público — por encumbrado 
que fuera, en los viejos tiempos, y por harto poder 
que tuviese — acostumbraba incautarse los fondos 
nacionales. "La rapiña del erario, ese mal del siglo", 
como le llamó el historiador mexicano Bulnes, era 
desconocido en aquellos años en Guatemala. Re- 
cuerdo que* el licenciado don Manuel Echeverría, 
Ministro de Gobernación, durante varios lustro^, 
no pudo en 1871, costear la acera de su casa, cuando 
respecto de todas las de la ciudad, mandó que se 
hicieran, el jefe político, licenciado don Antonio 
Cruz, que por entonces era liberal, siempre caba- 
llero y de elevado carácter. Reconoció, desde luego, 
que en justicia procedía exonerar de tal obligación 

184 



al ministro caído, por ser ostensible su carencia de 
recursos para el caso. Hay que recordar el rotundo 
exámetro de Lucerno: Causa victrix diis ptacuit, sed 
vida Catoni. v 

"Seamos justos, exclama un ( talentoso liberal 
y buen escritor guatemalteco ; (1) es preciso confesar 
que aquella administración (se refiere a la que de- 
nominaron de los treinta años) no acogió en su seno 
el cáncer desmoralizador del mercantilismo político, 
que posteriormente se entronizó en el poder, me- 
drando con los peculados, reputaciones que brilla- 
rían mejor sin esa sombra. No se puede, en estric- 
ta justicia, hacer cargo a la Administración de Ca- 
rrera, ni a la de Cerna, de haber distraído de su 
objeto los fondos públicos y haberlos hecho servir 
para fundar fortunas particulares. Ese vicio, ese 
delito, que ha llegado a no escandalizar, y a consi- 
derarse inherente a todo gobierno de Centroamé- 
rica, era ignorado en aquellos tiempos, en que no 
fué la adquisición de riquezas el móvil que inspirara 
a los políticos." 

Cuando se escriba la historia detallada y des- 
apasionada del interesante período, desde la caída 
del doctor Gálvez, hasta el año 1871, se notará que, 
como sucede siempre, después de un cambio polí- 
tico, se llenó de improperios a los caídos y se calum- 
nió al régimen antiguo. Sin desconocer sus faltas, 
errores y defectos, exige la verdad, y el buen nom- 
bre de Guatemala, recordar que hubo honradez en 
ambos bandos ; existió espíritu público ; no faltó 



(1) Mariano Zeceña: "Revolución de 1871". 
185 



adelanto; sobresalieron notabilidades en ciencias 
y letras, en las artes y hasta en la poesía. La jus- 
ticia era pura, recta y eficaz; a ella se consagraban 
sus ministros; la vida tranquila, cómoda y barata; 
prevalecía la sencillez de costumbres; la criminali- 
dad y la falta dé* decoro no se había generalizado ; 
la riqueza del café se inició por entonces. Los que 
éramos jóvenes, durante los treinta años, podemos 
testificar que no fué una época de obscuridad, opro- 
bio, salvajez e inmoralidad, como se ha tratado de 
hacerlo creer, en tiempos de excitación política. No 
entramos en comparaciones, siempre odiosas; por- 
que todos los partidos, como todos los hombres, 
tienen bastante censurable. Viciis sine nemo nqs- 
citur, optímus Ule est qui minimus urgetar. Baste 
observar que la pléyade de hombres notables, que 
en 1871 descolló, se habían educado durante los 
treinta años anteriores a la revolución. 

Cuando el general Agustín Guzmán celebró el 
"tratado del Rinconcito" con Carrera, en 1838, reco- 
nociendo el gobierno, no sólo la autoridad del cau- 
dillo, sino su inmenso prestigio y gran poder, se vio 
en el caso de no permitir el saqueo que los principa- 
les jefes deseaban, lo cual produjo harto desconten- 
to. Al llegar a Mataquescuintla, Andrés Monreal, 
que era valiente y audaz, intentó suprimir a Carre- 
ra, y logró aquel mal hombre que algunos de los 
que anhelaban el pillaje y pretendían volver a la 
capital, para entregarse al robo y a los asesinatos, 
apresaran a Carrera. Ya lo llevaban, atado con 
cuerdas, para fusilarlo, cuando arengó con gran 
énfasis a sus soldados, que mataron al traidor Mon- 
real y libraron a su jefe Rafael Carrera. 

186 



Después se atrajo, con asombrosa actividad, a 
las feroces turbas del bandido Mangandí, del san- 
guinario Rueda, del ladrón cruel y aguerrido Gallo, 
y de todo el oriente, que con ardor bélico quería 
lanzar sus huestes contra el gobierno. Rafael Ca- 
rrera, a pesar de no tener más que veintidós años, 
era el único que les imponía sumisión, orden y dis- 
ciplina. Cuando Mangandí, en una fría madrugada 
de febrero de aquel año nefasto, intentó sublevar 
la tropa de "La Montaña", el supremo adalid Carre- 
ra, que se encontraba pernoctando en las heladas 
cumbres de Canales, por la zona de "Las Nubes", 
oyó sospechoso e inusitado bullicio. Previendo lo 
que acontecía, echó maño a su espada, y medio des- 
nudo, quiso salir del rancho en que se encontraba; 
pero habiéndole hecho alto el centinela, el general 
lo dejó muerto de un tajo: "¡Cojan inmediatamente 
a Mangandí!", gritó, con voz de mando y resolu- 
ción irresistible, el invicto jefe. Todos los soldados, 
obedeciéndole como por hipnotismo, aprehendieron 
al felón, que inmediatamente fué pasado por las 
armas. Teniendo Carrera en cuenta el tempera- 
mento impresionable de los montañeses, los puso en 
el acto en marcha, exclamando: "¡Ahora, vamos a 
tomar la Antigua!" En esta ocasión, al decir de él 
mismo, fué cuando más riesgo corrió de perder la 
vida, por la felonía del perdulario Mangandí, con 
quien nunca se pudo avenir confiadamente. 

Los opositores del doctor Gálvez llegaron al ex- 
tremo de pretender entenderse con Carrera, para 
que los auxiliase. Don José Francisco Barrundia, 
acompañado de una comisión que llamóse pacifica- 
dora, se dirigió a Santa Rosa, y al llegar, escribió al 

187 



jefe de la Montaña, pidiéndole una conferencia. 
La contestación fué contundente: "No son estos 
momentos para conferencias ; estoy organizando mis 
tropas. — Rafael Carrera". Después de cuatro días 
de fuego por las calles principales de la capital, cuan- 
do el sitio estaba estrecho, ya para tomarse la plaza, 
el día 2 de febrero, apareció el vicejefe doctor don 
Pedro J. Valenzuela, al frente del gobierno. Gálvez 
se ocultó, en casa de su amigo, el bondadoso cape- 
llán de la Concepción, P. Pedro Bustamante. Ca- 
rrera se instaló en la Casa del Gobierno, que era el 
Palacio Arzobispal, en donde encontró dos mil fusi- 
les nuevos, con parque, de todo lo cual se apoderó. 
La oposición dio dinero a las tropas montañesas, y 
nombramiento de Comandante de Mita al invicto 
caudillo, contra quien un ilustrado opositor formuló 
un plan para asesinarlo; pero se opuso el jefe Va- 
lenzuela, que siempre fué honorable caballero. Al 
fin Carrera se apoderó de la capital otra vez, y res- 
tauró a Rivera Paz en la presidencia de la Repú- 
blica. 

El 18 de marzo de 1840, supo Carrera que Mo- 
razán, pérfidamente venía sobre Guatemala. Dejó, 
en el acto, en la plaza de la capital, unos doscientos 
hombres, con orden de hacer ligera resistencia y 
retirarse en seguida, a unirse con él en Aceituno, 
que está en las alturas inmediatas a la capital, a dos 
millas de distancia. Allí reunió más tro,pa y se le 
presentaron muchos indios voluntariamente. A las 
ocho de la noche oyóse un ruido grandísimo, que 
venían produciendo los numerosos soldados defen- 
sores, que a voz en cuello entonaban la "Salve, Re- 
gina", al venir por la calle de San José, decididos 

188 



a recuperar la plaza. El momento fué decisivo. £1 
sitio resultó invulnerable. Entró el pánico a los 
invasores. Carrera y su hermano Sotero, no tuvie- 
ron punto de reposo. No dejaban salir ni entrar a 
nadie. Por último, a las cinco de la mañana del 19, 
desesperado Morazán, viéndose perdido, hizo un es- 
fuerzo supremo para salvarse él y los principales 
de los suyos, que escaparon huyendo por la calle 
que llamaban de la Escuela de Cristo, hoy la 8- calle 
poniente. Para poder romper algún tanto el asedio, 
tuvieron que escaparse gritando: "¡Viva Carrera!" 
Quedaron en la plaza más de 400 muertos, muchí- 
simos heridos y toda la impedimenta. Los innume- 
rables prisioneros no sufrieron vejaciones, ni mal 
trato. Fué una derrota completa, como sucede re- 
gularmente a las plazas que no capitulan y son 
vencidas a sangre y fuego. La fecha del 19 de 
marzo de 1840, será inolvidable para Guatemala. 
El general Carrera, con 2,000 soldados, venció a 
8,000 salvadoreños y hondurenos que venían a con- 
quistar nuestra patria, a arrasar a Guatemala. 

Es casi desconocido el parte inmediato que el 
general en jefe Rafael Carrera, dio al presidente 
del Estado, desde la plaza de armas, que era el 
cuartel generah Dice así dicho documento : "Mar- 
zo 19 de 1840. — Ayer, a las ocho de la mañana, que 
me hallaba con el ejército en Aceituno, como usted 
sabía, con intención de batir a los enemigos de Gua- 
temala, por la retaguardia, cuando estuvieren atacan- 
do esta plaza; antes de emprender mi marcha, tuve 
noticias de que ya se habían introducido en ella; 
*lo que me hizo moverme inmediatamente, organizan- 
do el ejército en dos divisiones: una, al mando del 

189 



coronel Zotero Carrera, y la otra, siguió a mis órde- 
nes. En la acción, se condujo valientemente Zotero. 
Yo llegué a protegerlo, entrando por la garita de 
Pinula, en donde se hallaba el enemigo, en número 
de quinientos hombres, igual cantidad ocupaba la 
de Buena Vista. Ambos hicieron fuerte resistencia, 
en los dos puntos, y sin embargo de tal obstinación, 
fueron desalojados, a las dos horas, por mis valien- 
tes oficiales y buena tropa, internándose los enemi- 
gos a la plaza, y tomándose los fortines en que se 
parapetaron. Mandé cercarla toda, y cubrir bien 
las bocacalles. Desde esas horas, hasta las cinco 
de la mañana, no cesó el fuego. Los invasores ya 
no pudieron resistir ; y viéndose sitiados por nume- 
rosa tropa, huyeron despavoridos, arrojándose sobre 
la tropa que guardaba la calle que va para el guarda 
del Incienso, en donde dejaron muchos muertos y 
no pocos heridos. A las seis, se me ha dado la noti- 
cia de que los fugitivos, después de haber pasado 
el mencionado guarda, iban muchos heridos y ya 
sin armas. Dejaron doscientos caballos y toda la 
indumentaria, que a cada cual le correspondía. Que- 
daron trescientos cincuenta muertos, y más de dos- 
cientos prisioneros, contados hasta este momento, 
que estoy explorando el campo. Una vez practicada 
esta operación, daré a usted el parte por menor. No 
siendo ya necesaria la venida de la división de Chi- 
quimula, para esta capital, espero que el Supremo 
Gobierno la haga regresar a aquella ciudad, y que 
él se entregue a las altas funciones que los pueblos 
le tienen confiada, 

190- 



Todo lo que pongo en conocimiento de usted, 
ofreciéndome su afectísimo servidor, Rafael Carre- 
ra. — Adición : estoy herido levemente del brazo 
derecho." 

En el periódico "El Tiempo", número de 7 de 
abril de ese año, se encuentra un editorial, que da 
una relación de aquella memorable jornada. En uno 
de los párrafos de ese interesante artículo, se con- 
signa lo siguiente: "Dueño Morazán de la plaza, 
y asilado dentro de sus trincheras, para evitar la 
total dispersión de sus tropas, aterrorizadas ya con 
la derrota que habían sufrido en el Calvario, y con- 
templándose perdido, la noche del 18, en el exceso 
de su despecho, proyectó incendiar los Cajones del 
Mercado; quiso también hacer volar la catedral, 
introduciendo en sus bóvedas la pólvora embarri- 
lada, que existía en los almacenes y pegarle fuego; 
pero oponiéndose algunos oficiales a tan civilizado 
designio, optó por efectuar su fuga de la plaza, a eso 
de las dos de la mañana, del 19; mas fué rechazado, 
por el vivo fuego que le hacían nuestras tropas. En 
situación tan crítica, varios de los íntimos del inva- 
sor, que odiaba a Guatemala, se introducían en las 
casas cercanas a la plaza, se escondían en los techos, 
y volvían a salir, sin saber qué hacerse, ni qué par- 
tido tomar, pues algunos hasta la respiración sentían 
suspendida. Viendo Morazán frustrada su primer 
tentativa, recurrió a la estratagema de poner una 
parte de sus tropas a que sostuvieran el mortífero 
fuego en las trincheras, y a favor de esta maniobra, 
y de vivas al general Carrera, que entonó él mismo, 
pudo escapar miserablemente, por una calle, como 
con cuatrocientos hombres, abandonando el resto 






191 



de su tropa comprometida, y sujeta a una muerte 
cierta, por el detestable egoísmo de su general, que 
no quiso dejar un jefe que capitulase; porque sólo 
pensaba en salvar su persona y las de sus parásitos; 
y porque, si hubiese hablado de capitulación, no le 
habría sido posible fugarse. Aquellos que se vieron 
en- el conflicto de pelear por interés personal de un 
hombre, que debiera haber sido el último en salir 
de la plaza, si hubiese tenido la menor idea del 
honor militar, quedaron prisioneros, por fortuna, 
para esos soldados y para honra del mismo general 
Carrera. Existen más de quinientos salvadoreños 
y hondurenos, entre heridos y prisioneros de la di- 
visión invasora, en cuenta varios oficiales, que todos 
son tratados con la humanidad que exigen los sen- 
timientos de un pueblo cristiano y culto. Que se 
diga: ¿cuál fué la triste suerte de los que quedaron 
prisioneros, en las acciones del Espíritu Santo y 
Perulapán; cuál el modo con que fueron curados 
los heridos guatemaltecos en quienes sació su saña 
y venganza el invasor tirano?" 

La Asamblea decretó honores al jefe Carrera, 
ascendiéndolo a capitán teniente general. Quando 
mandó un correo doña Chon Nájera v. de Saravia, 
señora muy distinguida y madre del inteligente ge- 
neral José Miguel Saravia, secretario de Morazán, 
diciendo a Quezaltenango, que se habían tomado la 
plaza de Guatemala, la municipalidad quezalteca 
suscribió un acta emancipando el Estado de Los 
Altos. 

Después que salió huyendo el jefe hondureno, 
con un resto del derrotado ejército, el presidente 
Rivera Paz envió a recuperar Quezaltenango, al 

192 



mismo general Carrera. El 2 de abril fusiló bárba- 
ramente a Marcelino, a (Juirino Pacheco y al joven 
Roberto Molina. Los Altos, que formaron el sexto 
Estado federal, volvieron a ser parte de Guatemala. 

Pocos dias después, el triunfante general par- 
tió a El Salvador, con Joaquín Duran, secretario 
del Gobierno, y fueron cordialmente recibidos, ha- 
biéndose celebrado, el 13 de mayo de 1840, un con- 
venio de amistad y paz, que afianzó las relaciones 
entre los dos países. Los prisioneros, que allá había 
por causas políticas, fueron puestos en libertad, 
regalándoles un vestido a cada uno. Poco perma- 
neció Carrera en esta capital; se fué con su familia 
a Sansur, en donde era dueño de una pequeña labor. 
Sin ser presidente, tenía mi prestigio, que él man- 
daba en realidad, pues contaba con el entusiasmo 
del ejército y la adhesión de los pueblos. . Carrera 
vivió su vida intensamente. 

El 11 de diciembre de 1844, fué admitida la 
renuncia que, de la Presidencia de Guatemala, pre- 
sentó don Mariano Rivera Paz, y entró a desem- 
peñarla legalmente el general Carrera; pero a causa 
del descontento manifestado por algunos, hubo de 
separarse temporalmente del mando, en 1845, sub- 
rogándole el licenciado don Joaquín Duran y des- 
pués el brigadier Vicente Cruz. Transcurrido poco 
tiempo, y allanados los obstáculos que encontraba 
Carrera en el ejercicio del gobierno, asumió otra vez 
la presidencia. En octubre de 1847, comenzaron a 
sentirse nuevos trastornos ; pero las tropas del go- 
bierno pusieron fin a la campaña, en julio de 1848, 
derrotando a sus enemigos en Patzún; mas como 
había algunos partidos diseminados, y los rojos exal- 

193 



tados no cesaron en el empeño de hostilizar a Ca- 
rrera, dimitió el mando el 15 de agosto de dicho 
año, ante la Asamblea; y el 16 fué designado don 
Juan Antonio Martínez, para ejercer la presidencia. 

El brigadier Vicente Cruz era el vicepresidente, 
y creyó que iba a entrar al mando* supremo. Andaba 
por Quezaltenango, y Barrundia se empeñó en la 
Asamblea, a fin de que fuera presidente don Juan 
Antonio Martínez. Airado Cruz, se pasó al lado de 
los montañeses, a pesar de que figuraba el briga- 
dier como liberal. 

El general Carrera y sus consejeros, compren- 
dieron que sería imposible gobernar, sin medios 
drásticos, contra las facápnes de la Montaña y a 
la oposición de la Asamblea, y prefirieron ceder 
el campo de Agramante a sus contrarios, a fin de 
que no tuviesen pretexto para decir que ellos eran 
obstáculo a la paz. Así, había dejado Carrera la 
plaza a Morazán, con el propósito de sitiarlo des- 
pués. Salió Carrera del país, seguro de que, al vol- 
ver, prevalecería en el mando ; pero esta táctica 
sólo un hombre como aquél podía emplearla. Los 
rojos, los moderados y los montañeses, se dividie- 
ron. La situación, de tres años de luchas cruentas, 
se intensificó, hasta insostenible extremo. 

Esa renuncia del general Carrera, no sólo fué 
una demostración dej^o estar pegado al mando, sino 
un paso político, que después no supieron imitar don 
Carlos Herrera y el licenciado Estrada Cabrera. 

El desorden cundió, cada vez con más inten- 
sidad. Los gobiernos efímeros e impotentes eran 
de pocos meses. Don Juan Antonio Martínez tuvo 

194 



que dimitir el poder presidencial el 28 de noviem- 
bre, y la Asamblea nombró presidente a don José 
Bernardo Escobar, y poco después a don Lico Te- 
jada, quien no ejerció el cargo. En cuanto llegó 
Carrera a Chiapas, los mismos diputado^ lo pusieron 
aqui fuera de la ley, injuriándolo de palabra y por 
la prensa, hallándose lejos, sin reflexionar que, de 
tal manera habían alborotado las pasiones, que ya 
era imposible gobernar en paz. Se cambiaban las 
personas casi cada mes; pero el desbarajuste seguía, 
cada vez peor. Los Altos se sublevaron, y el licen- 
ciado don Luis Molina fué con tropas a reducir 
a los disidentes. Se encontraba Carrera en Yucatán, 
cuando, en vista del desconcierto que prevalecía en 
Guatemala, y llamado por el presidente, general Pa- 
redes, quien comprendió que sólo un hombre como 
Carrera podía restablecer la paz. Vino de nuevo 
a luchar por el orden público. Penetró por Chiapas, 
a nuestro territorio, y con pocos soldados, acrecido 
su número en el tránsito, apresuróse a llegar hasta 
la. capital, verificándolo el 8 de agosto de 1849. 

¡ Quién creyera que, por Quezaltenango y otros 
lugares de Los Altos, vino Carrera, aumentando la 
poca tropa que traía y consiguiendo armas y recur- 
sos ! El regreso inesperado del audaz guerrillero 
produjo, en todos los círculos sociales, gran temor; 
pánico y desaliento profundos en la Asamblea ^-tan 
valerosa cuando creía que jamás había de regresar 
aquel general — , puesto por ella fuera de la ley. Fué 
interpelada, y dio muestras de estar temblando de 
pavor. Los liberales se hallaban muy lejos de tener- 
las todas consigo. Muchos de ellos se ocultaron, 
"en cuenta el doctor don Lorenzo Montúfar, que 

195 



había sido uno de los que más habían excitado a los 
artesanos y trabajadores. (1) Se ocultó en casa de 
su pariente, el memorable don Julián Rivera, que 
vivía en la calle de Chispas (hoy novena avenida 
sur). A los pocos días, el joven Montúfar salió hu- 
yendo, una noche, vestido de clérigo, para que no 
le reconociesen". Los conservadores participaban 
del miedo que infundía aquel guerrero batallador. 
Y hasta los clericales, no veían con buenos ojos el 
regreso del hombre de la Montaña, del caudillo 
popular, de voluntad inquebrantable y de una deci- 
sión aterradora. 

Por disposición de la Asamblea salieron tropas 
a contener la entrada de Carrera ; pero en la Anti- 
gua Guatemala, se unieron a él después de una con- 
ferencia, que terminó por ponerse los soldados a 
los órdenes del jefe temido. Paredes y los princi- 
pales del gobierno, salieron a recibirlo, el 8 de agos- 
to, y el montañés no se preocupó de los que le 
habían puesto fuera de la ley, colmándolo de inju- 
rias. No perseguía a nadie, porque a ninguno tenía 
miedo. Contaba con la influencia de las masas po- 
pulares, sus tropas y su valor. 

El 19 de octubre de 1851 se publicó el Acta 
Constitutiva, nombre que dieron a la Constitución 
política de Guatemala, de la cual formaba parte la 
Ley de Garantías, emitida en 1839. El distinguido 
abogado y literato, amigo mío, el inolvidable Manuel 
Diéguez, pronunció en la sociedad "El Derecho", 
una interesante conferencia, en la cual analizaba 



(1) "Apuntamientos sobre la Asamblea de 18.48 y 1849", escritos 
por «1 Dr. don Mariano PtdilU. 

19C 



dichas leyes, comparándolas con la Constitución de 
1879, y juzgando más liberal aquélla. Calificó ésta 
de inadecuada para la democracia; ambas fueron 
efecto de las circunstancias, a mi juicio. 

En octubre de dicho año 1851, se le ocurrió a 
Carrera ir a tomarse el castillo de Omoa, en repre- 
salia de que Cabanas llegara hasta Chiquimula, en 
donde fué derrotado por el general Vicente Cerna. 
Salió el infatigable montañés, de Guatemala, con 
la vivacidad de su inquieta juventud. Lo acompañó 
en esa aventura, el coronel y licenciado don J. Víc- 
tor Zavala. Hubo de rendirse la sombría fortaleza, 
y Carrera trajo unos cañones grandes, muy pesados, 
que apenas se concibe cómo pasaron por aquellos 
caminos fangosos, imposibles, intransitables. Los 
miasmas de pútridos pantanos, atacaron la robusta 
constitución del guerrillero. Llegó a esta capital, 
con una fiebre maligna, sin abandonar sus trofeos. 

Por ese tiempo se terminó de construir aquí, 
en la capital, un hermoso edificio, que bien vale ia 
pena describir, siquiera ligeramente. Con gran fies- 
ta popular se estrenó el 22 de febrero del año 1851, 
la elegante iglesia de San Francisco, muy parecida, 
por cierto, al hermoso templo romano de San Car- 
los, que se encuentra en el Corso de Victorio Em- 
manuel. Desde la víspera de aquel solemne día, a 
las cuatro de la tarde, el ihistrísimo arzobispo pasó 
a la Capilla de Reliquias, para hacer su colocación 
y ordenar los oficios, conforme ajo prevenido en el 
Pontifical. A las dos dé la mañana, antes que cla- 
reara el alba, comenzó la dilatada ceremonia de la 
consagración, que concluyó, después de varias horas, 
cantando una misa, con numerosa orquesta. A las 

197 



cuatro de la tarde, el Cabildo Eclesiástico, el Cuerpo 
municipal, comunidades religiosas, archicofradía del 
Santísimo, colegios y gran concurso de personas 
distinguidas y del pueblo piadoso, hicieron la tras- 
lación solemne del Eucarístico Sacramento, condu- 
ciéndole provisionalmente de la iglesia Catedral al 
nuevo templo. La comunidad de San Francisco 
salió en cuerpo a recibir a tan respetable concurren- 
cia. El coro de la Metropolitana cantó las Víspe- 
ras, en unión de todas las comunidades, y se colocó, 
después de cantarse a cuatro voces, el hermoso 
Par, ge Hngua, dándose un solemne repique de cam- 
panas- en todas las iglesias. El día 23 celebró su 
primera misa el padre don Pedro Pilona, y predicó 
el prebendado, doctor don Juan José de Aycinena, 
con asistencia del gobierno, demás autoridades y 
corporaciones. El 24 hubo gran función, llevada 
a cabo por el Cabildo Eclesiástico. El 26 lo celebró 
la comunidad de Santo Domingo. El 27, la de Mer-. 
cedarios. El 28, la congregación de San Felipe Neri. 
El l 9 de marzo, el colegio de Cristo; y hasta el día 9, 
hubo solemnes festividades. Predicaron, además 
de don Juan José de Aycinena, el arzobispo García 
Peláez, el doctor Bernardo Pinol, el prior de Santo 
Domingo, el notable orador Pbro. Prudencio Puer- 
tas, el Pbro. José María González, el elocuente fray 
Julián Hurtado, el guardián de San Francisco y va- 
rios sacerdotes más. 

Otro de los edificios grandiosos, que algunos 
años más tarde se levantó en esta capital, por aque- 
lla época, fué el Teatro de Carrera. El 8 de noviem- 
bre de 1859 se dio la primera función de ópera ita- 
liana, siendo la prima donna la Cairoli, de gratos 

198 



recuerdos. En 1871 cambiaron la denominación al 
teatro, y le llamaron Nacional. Después, con motivo 
del centenario del descubrimiento del Nuevo Mun- 
do, le dieron el nombre de Colón. No sólo al teatro 
le han cambiado la denominación. En la política 
ha habido, además de la mudanza de decoraciones, 
frecuentes cambios de nombres, llamando libertad 
al despotismo, patriotismo al robo, elecciones popu- 
lares a las imposiciones, derecho a la fuerza, y hon- 
radez al dolo. Esa ha sido la comedia, y a veces la 
tragedia, con distintos actores. 

Durante muchos años, fué aquel hermoso tea- 
tro, elegante centro de cultura y recreo. Se estrenó 
el 23 de octubre de 1859. Era un edificio artístico, 
espacioso, bien construido, con un frontispicio aná- 
logo al del Partenón de Atenas, del Panteón romano 
y de la Magdalena de París. Comenzó en 1852 y 
tomó mucho empeño en su formación el español don 
Juan Matheu, caballero distinguido que se afanó, 
con desinterés, por el progreso de Guatemala. Costó 
aquel magnífico edificio $150,000 plata. Mostrá- 
base airoso, en medio de la Plaza Vieja, que desde 
entonces llamóse la Plaza del Teatro. Paseo favori- 
to, con asientos y una gran acera al derredor, ofrecía 
grato solaz; con alamedas de naranjos, al princi- 
pio, y por último, con un jardín, por el cual se pagó 
mucho dinero y salió de pobre un ministro, en tiem- 
po de Estrada Cabrera. 

Magníficas óperas italianas se dieron en ese 
teatro, que evocaba ilusiones de mi adolescencia, 
memorias de mi juventud, hondas remembranzas de 
los mejores tiempos de mi vida. Cuando pongo 
un paréntesis a los años, y después de medio siglo, 

* 199 



vuelan mis recuerdos a tan felices horas, siento una 
fruición melancólica; paréceme percibir el perfume 
de flores deshojadas, pero vivas todavía; y mi co- 
razón quisiera — ¡ vano anhelo ! — palpitar con aque- 
llos dulces ritmos y acariciar perdidos ensueños. 

La plazuela del teatro es hoy un montón de rui- 
nas. ¡Ah!. . el terremoto de 1918, y el abandono en 
que quedaran, los destrozaron por completo. Sunt 
lacrimes rerum. 

En 1854 proclamaron los pueblos (?) presidente 
vitalicio al general Carrera, porque aquel caudillo 
había de mandar hasta que la muerte se lo permi- 
tiera, como sucedió después con el general Barrios. 
Carrera alcanzó a tener gran prestigio en la Amé- 
rica Central. 

En la América- española existe la tendencia de 
no atribuir a las épocas históricas la decisiva impor^ 
tancia que los acontecimientos y el medio ambiente, 
tienen en los sucesos, y en la actuación de los cau- 
dillos, que vienen a ser la síntesis del carácter popu- 
lar, de la idiosincrasia general. La pasión y la igno- 
rancia endiosan unas veces a un cacique, mientras 
que sus enemigos lo deprimen, colmándolo de vitu- 
perios y calumnias. Tal ha sucedido entre nosotros, 
con los notables adalides Carrera y Barrios, que 
ejercieron gran poder, porque tenían cualidades para 
constituirse representativos apropiados del ambien- 
te de sus diferentes tiempos, aunque con muy di- 
versos objetivos. El desconcierto, el desgobierno, 
la anarquía, elevaron al jefe de "la Montaña", para 
que restableciese el orden; verificándose el fenó- 
meno de que los propietarios, políticos educados y 

200 



¿ente culta, se vieran todos en el caso ineludiblt 
de ser presididos por un muchacho labriego, que no 
sabía leer bien, ni escribir, pero que era el jefe 
popular, el que representaba las aspiraciones gene- 
rales; el preciso, para las circunstancias, en aquel 
desconcertado medio político y social, que requería 
la fuerza secundada por el pueblo. 

Es innegable que las autocracias — casi conse- 
cutivas — que hemos tenido, fueron causa de que 
se deprimiera el carácter popular, perdiendo mucho 
de iniciativa y brillo. La explosión pública y gene- 
ral, que estalló para derrocar el régimen de Estrada 
Cabrera fue sin embargo, una demostración de que 
los gobernados, al fin se cansan de soportar la 
voluntad omnímoda de un hombre. El pueblo es 
como el océano : hace naufragar al que persiste en 
dominarlo) perennemente. 

Triunfó el partido conservador en 1840, por 
ser el que entonces debía substituir al liberal, cau- 
sante de aquel laberinto, de aquella aflictiva situa- 
ción. Empero, años después, el gobierno de Cerna, 
con elementos gastados, sin el espíritu activo, impo- 
nente y aguerrido de Carrera, provocó la reacción, 
ley natural y sociológica. Tenía que venir y triun- 
far el partido liberal, sobre lo que se tornó caduco. 
Una juventud progresista ansiaba el cambio progre- 
sista. El general Barrios era el llamado a hacer 
frente a la Reforma que requería vigorosa sanción. 
El caudillo que enfrentó tal emergencia, tenía el 
valor cívico, la popularidad y hasta el carácter, que 
infundía terror, para-llevar a término lo que las cir- 
cunstancias demandaban. Fué el corifeo de aquella 
transición y del ambiente que los mismos sucesos 

201 



anteriores llegaron a formar. Las revoluciones, a 
semejanza de las tempestades, aglomeran poco a 
poco los elementos que las forman, y estallan cuan- 
do las electricidades contrarias chocan. Entonces 
aparece el hombre, que para el desenvolvimiento de 
aquellas situaciones es necesario. Un gran ejemplo : 
Bonaparte, el capitán del siglo, fué hijo de la gran 
Revolución francesa. 

Carrera y Barrios se apoyaron diestramente en 
los medios que les eran favorables y necesarios a 
cada uno de ellos, en su época. Carrera no eligió 
ministros montañeses, sino caballeros de distinción 
y políticos expertos. Barrios gobernó con todos los 
elementos que podía y supo aprovechar. Los dos 
adalides fueron notables y tenían cualidades y 
hasta defectos, que les sirvieron para llenar su mi- 
sión, en tiempos anormales y muy distintos, después 
de profundos cambios, de luchas y transformaciones 
memorables. 

Uno de los caudillos fué restaurador del orden; 
y el otro, propulsor de la Reforma. Después de 
muchos años y de la terrible guerra mundial, las 
cosas y las ideas han cambiado del todo. Ya el libe- 
ralismo y el conservatismo históricos, no son la meta 
que señala hoy la sociología. Las orientaciones eco- 
nómicas normalizan la gestión política y privan en 
las tendencias nacionales y gubernativas, marcando 
rumbos expansivos. Los antiguos partidos clásicos 
dominaron alternativamente en otros tiempos, des- 
truyendo el uno lo que el otro hacía. Los pueblos 
que, en vez de mirar hacia adelante, ven hacia atrás, 
se convierten en momias. Actualmente no faltan 
en el mundo publicistas distinguidos, que hasta sos- 

202 



tienen, desenfadadamente, la conveniencia de las 
autocracias inteligentes y adecuadas al desarrollo del 
medio en el cual actúan, sobre todo, para contra- 
rrestar el bolcheviquismo. Yo creo que existen emer- 
gencias en los pueblos que suscitan dictaduras; pero, 
en todo caso, los gobiernos de leyes, basados en las 
necesidades, temperamento, orden y adelanto, son 
los apetecibles para la evolución 'progresiva. La 
autocracia, siempre resulta perjudicial, siquiera sea 
algunas veces imprescindible. 

"Se ha dicho que el orden es la primera ley del 
cielo, y me atrevo a asegurar que el orden es aún 
más necesario que la ley —hasta que la Ley funda- 
mental — . Con él todas las cosas llegan a tiempo; 
sin él, nos enfrentamos con la revolución, la anar- 
quía y el caos." (1) 

Dígase lo que se quiera, Carrera fué en aque- 
llas críticas circunstancias, el llamado a poner tér- 
mino a la inestabilidad de la vida política, a los 
horrores de la anarquía disolvente, que hacía inso- 
portable la existencia e insegura la propiedad, ha- 
llándose Guatemala sin brújula ni orientación; 
desmembrándose su territorio y bajo la tempestuo- 
sa amenaza de los Estados vecinos que ansiaban, 
con inveterados odios, producidos desde antaño por 
el espíritu provincial, subyugar y aniquilar a Gua- 
temala, centro del poder, en la época de la colonia 
y después de la independencia y del progreso alcan- 
zado en varias manifestaciones. En los tiempos 
anárquicos y en las grandes catástrofes sociales, 



(1) James Brown Scott: La América Latina". Discurso pronun- 
ciado en Lima, con ocasión de las fiestas del Centenario de la Ba- 
talla de Ayaeucho. 

203 



suscítase la autocracia, provocada por el caos y res- 
paldada por la popularidad de un caudillo. Al con- 
juro del prestigio surge un inmenso poder personal 
que atrae a las multitudes y que, bajo su amparo, 
hace renacer los valores sociales, como ante el oasis, 
descansan las caravanas perdidas en el desierto, 
hasta que se restablece el equilibrio de los intereses 
disueltos y vuelve el orden y maduran las fórmulas 
científicas, que producen una nueva era evolutiva. 
En 1837, las emergencias anormales exigían un poder 
personalmente fuerte y ordenado, que cicatrizase las 
llagas de la revolución, sufrida durante diez y ocho 
años. 

"Los partidos históricos, en sus luchas sucesi- 
vas, se olvidaron — según enseña José Vasconce- 
los — de que, todas las riquezas carecen de valor 
sin el* hombre y sin el orden. Las joyas, los sem- 
brados, los palacios, todo bien se amerita sólo por- 
que sirve, o puede servir, a los fines del hombre. 
En último análisis, es el creador de toda riqueza. 
En las disputas humanas se agita una energía, que 
es la única capaz de producir y aumentar la rique- 
za." Por eso Centroamérica era el país más pobre 
del mundo. Sin paz no se concibe el progreso, los 
pueblos que no evolucionan, ni están preparados 
para transiciones políticas, se anarquizan. Las ten- 
dencias de las provincias centroamericanas eran, de 
todo en todo, divergentes de las de Guatemala. Los 
gobernantes y estadistas se olvidaban de los facto- 
res antropológicos y mesológicos de la población. 

Volviendo a reseñar algunos de los sucesos de 
aquellos tiempos de luchas fratricidas recordamos 
que el 14 de agosto de 1853, un coronel llama- 

204 



do Leoncio Camacho, hombre intrigante, de malas 
entrañas y peor alma, valor y atrevimiento teme- 
rarios, encontrándose preso, por graves delitos, en 
el castillo de San José, en esta capital, sublevó la 
guarnición, secundándolo los facinerosos Vicente 
Petenero y Victor Cárabo. Aquello fué mucho más 
trascendental que un gran escándalo, pues llegó a 
constituir terrible amenaza contra los habitantes de 
la ciudad, que estaba en peligro inminente de ser 
cañoneada por la artillería de la fortaleza. Inme- 
diatamente que supo el capitán general Carrera se- 
mejante felonía, se situó, en defensa de la pobla- 
ción, con tropa y tres cañones, en la eminencia del 
guarda de la Barranquílla, para evitar que el público 
sufriera en el combate, contra el castillo sublevado. 
Refieren las crónicas que, estando Carrera di- 
rigiendo la refriega, le mataron el caballo con una 
granada. Siguió el jefe a pie, aunque bastante gol- 
peado, en el mismo sitio del suceso; le hicieron 
ver el peligro que corría. "Todavía no me ha llega- 
do la hora — exclamó — ; no tengan cuidado. Trái- 
ganme otro caballo, a ver si tienen buena puntería 
esos traidores, a quienes pronto castigaré." A las 
doce de la noche del 17 del mismo mes de agosto, 
recuperó Carrera el fuerte, después de una lucha 
tenaz y violenta, en la cual murieron veinticuatro 
soldados y dos oficiales, quedando muchos heridos. 
Cayeron prisioneros cuatrocientos hombres. Fueron 
fusilados, en el acto, Petenero, Cárabo y otros dos 
cabecillas. Tres días después aprehendieron a 
Camacho en Amatitlán, siendo ejecutado en el mis- 
mo castillo, el 23 de dicho mes. 

205 



El 13, de diciembre de ese año 1853, se levantó 
otra revolución en Guastatoya, encabezada por el 
lucio Petronilo Castro, aguerrido, sanguinario y muy 
conocedor de aquellas montañas. Salió inmediata- 
mente Carrera, con su compadre el general Joaquín 
Solares (Tata Tonino), y después de tomar posicio- 
nes estratégicas, empeñóse una batalla, que duró 
cinco horas. Hizo Carrera un ataque imprevisto 
por retaguardia, hasta desorganizar a los facciosos, 
llegando a tomar ciento veintitrés prisioneros, dos 
piezas de artillería, sesenta y cuatro cajas de par- 
que, cuatrocientos fusiles y ochenta lanzas, con sus 
tercerolas. Después de aniquilado el enemigo, re- 
gresó el activo capitán general a la capital, y esta- 
bleció la paz, destruyó los desórdenes, respetó e hizo 
respetar la propiedad, cuando las pasiones desenca- 
denadas y la falta de garantías, minaban el conglo- 
merado social. En medio del desconcierto nebuloso, 
aquel hombre, de humilde origen, se impuso en 
un pueblo de razas heterogéneas, analfabetas, su- 
midas en la pobreza, por un círculo de dirigentes 
exaltados, más teorizantes que prácticos. No cabía 
entonces otra cosa que un gobierno fuerte y activo. 
Tenía empeño Carrera, en garantizar la propiedad, 
como se puede ver por la actitud que tomó cuando, 
recién entrado a esta ciudad de Guatemala, supo 
de un robo que se había cometido.. "El Tiempo", 
de aquella época, número 27 correspondiente al 30 
de agosto de 1839, dio la siguiente Noticia Pública: 
"Hace meses que una partida de tropa visitó, con 
motivo de buscar a unos de los que se tenían por 
sospechosos, la casa del señor Rafael Urruela. Du- 
rante el registro desapareció un paquete de alhajas 

206 



de considerable valor, que estaba allí depositado, 
de lo cual no se apercibió el señor Urruela, sino des- 
pués de algunos días, y entonces nada quiso decir 
de este desagradable incidente, el cual, sin embargo, 
no dejó de traslucirse por el público, hablándose con 
variedad de él. 

"Pocos días después de haber regresado de 
MataquescUintla el general Carrera, habiendo teni- 
do la noticia de este hecho, llamó al señor Urruela 
para informarse acerca del caso, y le significó que 
le había sido desagradable que no se lo hubiera de- 
nunciado entonces, para tomar sus providencias. Le 
pidió datos sobre el particular, y hubo de ofrecerle 
que sus alhajas serían encontradas. 

"En efecto, el señor Urruela está ya en posesión 
de la mayor parte de ellas; y este es un suceso que 
prueba, no sólo la justificación del general y el sis- 
tema bajo el cual se vive, sino que debe abochornar 
a sus detractores injustos, que son los enemigos del 
Estado, y los mismos que tuvieron, en el año 1829, 
y subsiguientes, una conducta enteramente contra- 
ria, y que es bien sensible recordar." 

Varias veces, con instancia, llamó Carrera al 
arzobispo Casaus y Torres, que se hallaba en La 
Habana, desterrado, desde aquel año de 1829, en 
que Morazán hizo salir, con cruel premura, de su 
patria nativa, a muchas personas notables del país. 
Tal éxodo ignominioso, sólo por ideas políticas, pro- 
dujo funestos resultados. El prelado no se decidía 
a venir, por no tener completa seguridad, y además, 
por encontrarse en la capital de Cuba, muy aprecia- 
do como administrador apostólico de aquella dió- 
cesis. Aunque hizo viaje el memorable sacerdote 

207 



Castilla, a persuadirlo para que viniese, no lo logró. 
Al poco tiempo, fué el prelado víctima de una penosa 
enfermedad, que le produjo la muerte. Sus restos 
se trajeron, ya embalsamados, a Guatemala. Pri- 
mero llegaron a la iglesia de la Parroquia Vieja, al 
venir por el fragoso camino del Golfo. Pasaron en 
seguida al templo de Santo Domingo, a causa de 
haber sido fraile dominico el señor Casaus, y de 
allí se trasladaron solemnemente a la Catedral me- 
tropolitana, para tributarles honras fúnebres gran- 
diosas. 

El señor Casaus legó a la biblioteca de la Uni- 
versidad, su rica librería particular, en la cual esta- 
ban — entre otros valiosos libros — las dos Biblias 
poliglotas, que valen hoy más de cincuenta mil dó- 
lares. (1) 

"Era el día 26 de junio de dicho año 1846. Los 
restos mortales del arzobispo Casaus y Torres se 
encontraban' en una rica urna, sobre un. fastuoso 
túmulo orlado de franjas de oro. Se trataba de 
hacerle, como a príncipe de la iglesia, solemnes exe- 
quias, que en esplendor correspondiesen a la alteza 



(1) El autor había puesto la siguiente nota: "Estas escasas y 
valiosas biblias se enqúentran depositadas en el Banco Internacional". 
Creemos oportuno hacer una pequeña enmienda. Las dos Biblias 
se encuentran en la Biblioteca nacional, en dos arcónes que se 
guardan como valioso tesoro. En un arcón está la "Biblia Máxi- 
ma", compuesta de diecinueve volúmenes; en el otro, la Poliglota, 
en siete idiomas, compuesta de diez volúmenes. En opinión de ex- 
pertos y de acuerdo con el inventario de la propia Biblioteca, el 
precio de las Biblias es muy inferior al que le adjudica el señor 
Batres Jáuregui. Se sospecha que las existentes actualmente no 
son las originales y que éstas fueron cambiadas en los Estados Uni- 
dos, cuando fueron vendidas por el señor León Connerote y luego 
rescatadas milagrosamente, a punto de embarcarlas para Europa. 
Esto último, naturalmente, sólo es una hipótesis. (M. G.) 

208 



de su jerarquía eclesiástica. Había llegado el mo- 
mento de esa manifestación de ultratumba, en la 
que, por motivos políticos y religiosos, desplegóse 
inusitado empeño, por el gobierno, el clero y las 
gentes dadas a piadosas prácticas. La Iglesia Cate- 
dral estaba decorada con profusión de suntuosas 
colgaduras de luto; las campanas, con sus metálicas 
lenguas, hacían oír sus fúnebres clamores, el artís- 
tico catafalco, circuido de blandones que, entre chis- 
porroteos y espirales de humo sutil, despedían pá- 
lidas y mortecinas luces ; numerosa concurrencia 
ocupaba las espaciosas naves del templo, llenas las 
armonías del órgano, acompañado de gran orquesta; 
el protector de la iglesia, el capitán general Carrera, 
con uniforme de gala, estaba bajo su dosel presiden- 
cial, rodeado de autoridades civiles y militares y de 
personas muy principales de la ciudad. El culto 
y noble canónigo doctor don José María de Castilla, 
ocupaba la cátedra sagrada, bajo las blancas alas 
de la paloma simbólica y con la elocuencia propia 
de su gran talento y de su gran corazón, hacía el 
elogio de las virtudes y méritos del arzobispo muerto 
en el destierro, que había mandado a su adoptiva 
tierra sus despojos, como testimonio de amor en- 
trañable y de sus últimos recuerdos. Tal aspecto 
presentaba la ceremonia fúnebre, cuando de impro- 
viso, con extrañeza y aun con asombro de las perso- 
nas que discurrían por el templo, se situaron guar- 
dias en las puertas de la iglesia, se formó en son 
de guerra una fuerza armada, frente a frente al 

I templo, y se vio a un oficial ayudante que, después 
de decir algunas palabras, entregó al presidente 



209 



un par de pistolas. Carrera las guardó; con toda 
impasibilidad continuó presenciando las exequias 
y marchó sereno con la procesión que, a eso de las 
tres de la tarde, dejó los restos del arzobispo en la 
iglesia de Santa Teresa, su última morada. La cons- 
piración esfaba descubierta, y los conjurados que se 
proponían aprisionar a Carrera en el templo, y aun 
darle muerte, en caso necesario, no tuvieron más 
que ocultarse o apelar a la fuga. Así se frustró 
aquella tentativa revolucionaria que aunque deter- 
minada por móviles puramente políticos, pudo haber 
producido un asesinato premeditado, un crimen que, 
con justicia, hoy tendría que condenar la his- 
toria". U> 

El coronel León Velásquez, que tenía fama de 
ducho para instruir procesos y averiguar la verdad, 
comenzó como fiscal, con instinto felino, la sumaria 
del caso. Los conjurados, jóvenes inexpertos y en- 
tusiastas por un buen gobierno, confesaron el plan 
y sus propósitos. Los hermanos Diéguez y otros, 
fueron presos en el castillo de San José, sin tormen- 
tos ni ignominia. Una noche de tantas, llegó solo 
Carrera, embozado en su capa, a la prisión. Habló 
comedidamente con los presos y mandó ponerlos 
en una sala, con permiso para salir al sol. Poco 
después, unos de los reos fueron declarados libres, 
y los otros dejaron el país. La bohemia estudiantil 
siempre ha sido rebelde, alegre y bulliciosa. 

Carrera decía que aquello era más bien una 
estudiantada, natural en jóvenes inexpertos, y se 
portó con alteza y generosidad. No era tan fiero el 



(1) Ramón Rosa: "Biografía del poeta Manuel Diéguez." 
210 






Icón como lo pintan. El inolvidable poeta don Juan 
Diéguez, fué después nombrado por el mismo Ca- 
rrera, juez de primera instancia, y muy querido de 
todos, por su talento, hombria de bien y bello cora- 
zón. No se ha discernido, a este preclaro guatemal- 
teco, la justicia que .merece su luminosa memoria. 
Ni siquiera se ha procurado hacer la colección im- 
presa de sus magnificas possías, que honran a Gua- 
temala. Esas primorosas composiciones liricas son 
joyas nacionales, de gran relieve literario; son flores 
de nuestra tierra. 

Mi maestro, el distinguido jurisconsulto don 
Manuel J. Dardón, me contaba que habiendo ocu- 
rrido a pedirle consejo don Fermín Arévalo, con 
motivo de un despojo de terrenos que en Amatitlán 
tenía, y de los cuales se apropiara la. Compañía 
Anónima de Aguardientes, le insinuó el mismo letra- 
do a su cliente, que valía más arreglar la cuestión 
en lo administrativo, hablándole al general Carrera. 
"¿Cómo voy yo a hablarle —repuso Arévalo — si soy 
tenido por enemigo suyo en política, y nunca lo he 
visitado?" "Creo — replicó el señor Dardón — que 
eso no importa. Haga usted el ánimo, y pienso que 
dará buen resultado." Presentóse don Fermín — que 
era un hombre de pequeña estatura, enérgico y de 
mal genio— en - la casa de Carrera, a las nueve de 
la mañana siguiente. Estaba sentado en un escaño, 
el asistente coronel, a quien llamaban el negro Bru- 
no. Este viejo militar anunció inmediatamente al 
señor Arévalo, sin más ceremonia, ni espera. Ya 
en la sala salió el presidente, saludó con agrado 
al visitante, preguntándole en qué podía servirle. 
Después de escuchar la solicitud, respondió: "Vaya 

211 



usted mañana al Ministerio de Gobernación, a en- 
tenderse con el ministro Echeverría, y esté seguro 
de que, si usted tiene justicia, se la mandará dar 
el Gobierno, con mucho gusto." Animado don Fer- 
mín por tan buena acogida, agregó : "Tengo ade- 
más, señor, cinco mil pesos que se me adeudan del 
empréstito federal, y agradeceré que se me cubran." 
"Yo estoy ahora pagando las deudas de mi gobier- 
no, no puedo ofrecer a usted nada de la Federación." 
"El Gobierno es el deudor de todo lo que la nación 
debe, exclamó Arévalo, exaltado, y a mí se me adeu- 
da ese dinero. Nunca creí que usted fuese capaz 
de negarse a pagar lo que se me debe." Se encole- 
rizó Carrera, levantóse y tomó en alto la silla en que 
estaba sentado, para lanzarla sobre su interlocutor; 
pero serenándose, en el mismo instante, arrojó la 
silla atrás, diciendo, con voz severa: "¡Retírese us- 
ted luego, no me provoque neciamente en mi propia 
casa!" Excusado es decir que, lleno de terror, don 
Fermín salió más corriendo que andando. Estuvo 
a contar, al licenciado Dardón, el desagradable inci- 
dente, y ambos creyeron el asunto de las tierras 
perdido. Sin embargo, fué al día siguiente el letrado 
a hablar con don Manuel Echeverría, que había 
sido condiscípulo suyo y era amigo de la infancia. 
Al verlo, el ministro le dijo : "Ya está arreglado el 
negocio de don Fermín, voy a darle la orden. Tiene 
la razón, que está bien demostrada en los títulos y 
en el dictamen de usted". "Permítame, replicó el 
señor Dardón, ¿no le contó el general Carrera 
el desagrado que le causó Arévalo?" "Nada de eso, 
me dijo; sólo me recomendó estudiar el asunto, y 
que, en caso de tener justicia, diera la orden, am- 

312 



parando legalmente al cliente de usted." Después 
de haber conversado el inolvidable señor Dardón 
con el ministro, dijo éste: "Así es el carácter del 
presidente: distingue lo,, oficial de lo personal'. 

Aunque sin instrucción, el indio — como impro- 
piamente se le ha llamado, pues era mestizo — , ,;1) 
llegó a adquirir maneras cultas, y recibía cortes- 
mente en su casa, a los diplomáticos, cónsules y 
particulares. Daba banquetes y bailes oficiales, in- 
vitando a la mejor sociedad y personajes de alto 
rango, con toda cortesía y distinción. En la tarde 
del 16 de agosto de 1849, se encontraba el general 
Carrera por Jocotenango, como particular, celebran- 
do la feria, en una jacarandana, en la cual, al son de 
la marimba, bailaban y tomaban licores espirituosos. 
Pasaron por allí don Joaquín y don José Arzú, quie- 
nes fueron mandados llamar afablemente por Ca- 
rrera. Una muchacha muy guapa figuraba como 
reina del bureo. Enamoradizo, como siempre fué, 
aquel capitán general había bailado polka con ella 
y se había prendado de sus atractivos y zalamerías. 
Don José Arzú, joven gallardo, valiente y amigo de 
románticas aventuras, comenzó a cortejar a la diva. 
Luego se apresuró el doctor don Francisco Aguilar 
(alias Rosa Manteca), a decirle oficiosamente : "Ten- 
ga cuidado, niño José, porque el presidente anda 
tras la Conchita", que tal era el nombre de la dami- 
sela codiciada. "Aquí todos somos iguales, y el 
general es caballero, repuso Arzú. Yo jamás he 



(1) Rafael Carrera vino al mundo, en esta capital, en el barrio 
de Candelaria. Fueron sus padres, Simón Carrera y su esposa, la 
señora Juana Turcios de Carrera, ambos mestizos y acomodada ella, 
como llaman por acá, a los que tienen algunos bienes de fortuna. 

213 » 



temido a nadie", replicó con arrogancia; y siguió 
danzando con la simpática chapina. Al rato se acer- 
có Carrera a su rival, y con varonil ademán, le pre- 
guntó : "¿Ha traido usted sus pistolas?" "No ando 
con armas — le contestó Arzú — ; pero dondequiera, 
estoy a la disposición de usted, como hombre". 
"Mañana, a las ocho, nos encontraremos tras de la 
Plaza de Toros; yo iré solo y llevaré las armas", 
exclamó el presidente. "Desde luego, no faltaré", 
contestó don José Arzú. 

Siguió la fiesta; solamente el doctor Aguilar, 
compadre y amigo de Carrera, pudo percibirse del 
reto, y se quedó temblando... Don Luis Batres 
Juarros, Consejero de Estado y político de prestigio 
e influencia, pudo evitar decorosamente el lance. 
A los pocos días, el presidente invitaba a una comida, 
en su casa, a varios amigos suyos, sin etiqueta ofi- 
cial, y entre ellos, a don José y a don Joaquín Arzú, 
a quienes nunca les guardó rencor. 

Don Miguel García Granados era desde joven, 
diputado opositor en la Cámara de Representantes, 
y una de tantas veces, atacó duramente al Gobierno, 
diciendo que prevalecía el militarismo, siendo escan- 
daloso que en la capital hubieran quinientos solda- 
dos, y en los demás departamentos mil, que no tra- 
bajaban en la agricultura y ganaban dos reales 
diarios cada uno, etcétera. Que la culpa la tenía 
Carrera, que gustaba mucho de tener tanta tropa, 
etcétera. 

Pocos días después, convidó el presidente Ca- 
rrera a varios de sus amigos a una comida, en su 
casa, y estuvo invitado Chafandín, como le decían 
a don Miguel. Reinaba toda cordialidad. A los 

214 



postres, dirigióse Carrera al inolvidable don José 
Víctor Zavala, diciéndole : "Oiga coronel, ¿usted 
cree en sueños?; es decir, ¿que si resultará cierto lo 
que aparece cuando se sueña?" Con la gracia que 
tenía para conversar aquel distinguido caballero, 
contestóle en el acto : "Pues señor, hay muchos ejem- 
plos de haberse realizado los sueños ; aparece en la 
biblia lo que soñó Jacob, y varios otros casos de la 
historia, que comprueban haber acontecido lo que 
una persona percibe durante el sueño ; pero también 
es verdad que no todos los sueños tienen efecto real, 
y aparecen después como un suceso positivo." "Pre- 
guntaba yo esto — continuó Carrera diciendo — , por- 
que voy a contar a ustedes un sueño terrible que 
tuve anoche y que me conmovió muchísimo. Figú- 
rense que soñé de repente, que me había levantado 
de mi cama, y dirigiéndome a la guardia del Cuarte- 
lito (1) tomé una escolta, mandé sentarse en un ban- 
co a nuestro buen amigo, el inteligente don Miguel 
García Granados, a quien apreciamos, y di la orden 
de hacerle fuego, pasándolo por las armas... En- 
tonces desperté azorado, me palpitaba recio el cora- 
zón, y dije: ¡Qué es lo que he hecho! Todavía, al 
recordarlo, me espanto. Vamos a tomar esta copa, 
para que ni en sueños vuelva yo a tener una pesa- 
dilla tan grande. Salud, señores". Todos compren- 
dieron el sentido de aquel sueño, pero continuaron 
con la misma cordialidad que reinaba en el banque- 
te. El mismo Carrera, con genial benevolencia, 
embromaba y se reía. García Granados, 'natural- 



._ (1) El Cuartelito, estaba contiguo, por la parte de atrás, 
con la casa de Carrera, y tenía cien hombres, mandados por el co- 
ronel Vargas, ya viejo y patiestevado. 

215 



mente, no se dio por entendido; pero, al siguiente 
día, don Luis Batres Juarros, que era mentor de 
Carrera, fué a ver a su hermano político don Miguel 
— que estaba todavía en la cama, como acostum- 
braba, hasta las doce del día — y le dijo: "Que era 
preciso que se marchara a Europa, porque a la menor 
sospecha que diera, o discurso que volviese a decir, 
se realizaría el sueño, que equivalía a las fatídicas 
palabras del Festín de Baltasar. A los quince días 
salía camino del Golfo, don Miguel, con su esposa, 
la inolvidable doña Cristina, para París, en donde 
estuvieron más de un año. 

Pasando a examinar otra faz de aquellos tiem- 
pos, que en mucho han sido calumniados por la 
pasión política, vamos a manifestar que sí hubo ade- 
lanto y aumento en la riqueza, compatibles con los 
recursos de entonces, que por cierto no gravaban al 
pueblo. 

En pintura, escultura, música, literatura y cien- 
cias, había notabilidades. Francisco Cabrera fué 
sobresaliente como miniaturista y grabador. Nació 
en Guatemala, el 18 de septiembre de 1780. Desde 
doce años entró a la Casa de Moneda, bajo la di- 
rección del famoso don Pedro Garci-Aguirre. En 
el extranjero eran, y son, muy apreciadas las minia- 
turas de aquel genio. Más de mil retratos excelentes 
dejó su pincel. (1) Vivió pobremente, atravesando la 
vida por un sendero áspero y trabajoso, para llegar 
a un sepulcro oscuro, olvidado y destruido por los 



v 

(1) Para conmemorar el primer centenario de la muerte del in- 
signe miniaturista, en 1945. el Gobierno de la República, respon- 
diendo a la iniciativa y diligencia del pintor Humberto Garavito, 
hizo una edición, de ciento sesenta y una miniaturas. Treintidós de 
ellas fueron impresas a color. (M. G.) 

216 



terremotos del año 1918. La Sociedad Económica 
celebró exequias conmemorativas de aquel que fuera 
una honra para su país. El canónigo Castilla y el 
filántropo señor Larrazábal, fueron los más em- 
peñados en esa postuma manifestación. El secreta- 
rio de aquella patriótica sociedad, don José Milla, 
pronunció, en el salón de actos, un discurso biográ- 
fico, publicado en "La Revista", de dicha sociedad, 
el 3 de diciembre de 1846. El po&a don Juan Dié- 
guez le dedicó una bellísima composición. Yo he 
querido consignar en estas Memorias, el nombre 
de aquel gran artista guatemalteco : ¡Francisco Ca- 
brera! 

Existían, en aquella época, colegios privados, 
no sostenidos por el Gobierno, que estaban a la al- 
tura del tiempo, como el de San Buenaventura, el, 
de don José Antonio Salazar, el de don José María 
Fuentes, el de Velarde, en la Antigua Guatemala, 
dirigido por ese literato y poeta notable, que había 
viajado mucho y era hombre de ilustración, mundo 
y buena sociedad. Allí se educaron Fernando Cruz, 
Manuel Herrera y otros varios, que pasaron después 
al numeroso colegio Seminario de los Jesuítas, (1) 
en donde se impartía una enseñanza preparatoria, 
metódica, que abrazaba la física, química, latín y 
humanidades, sin mencionar otros ramos que esta- 
ban bastante retrasados en los demás establecimien- 



(1) Desde el año 1851 estableció la Santa Sede a los jesuítas 
en Guatemala, de acuerdo con el Gobierno, dándoles la iglesia de 
las Mercedes, el convento de los mercedarios y el edificio en donde 
hoy está el Instituto nacional. En este local, tuvieron el Colegio 
Seminario, con más de 500 alumnos. 

217 



tos. Manuel Ramírez, Felipe Andreu, Ignacio Solís, 
Antonio Machado, Juan J. Rodríguez, Federico 
Mora, Manuel Lemus, fueron unos de tantos nota- 
bles; y los padres Cáceres, que brillaron en Colom- 
bia, como célebres oradores y escritores, son mues- 
tras de que había profundidad, competencia y 
método en la enseñanza. Hubo en la época a que 
nos referimos, abogados distinguidísimos y médi- 
cos de gran fama. Venían entonces, de las otras 
repúblicas centroamericanas, muchos jóvenes a se- 
guir aquí sus carreras profesionales. No prevaleció 
el oscurantismo y la ignorancia, que algunos *mali- 
ciosamente han pretendido. Los hombres que es- 
parcieron el espíritu progresista, que animó y sos- 
tuvo la administración del general J. Rufino Barrios, 
se habían formado en aquellos tiempos. Don Arca- 
dio Estrada, don José María Samayoa, don José 
Antonio Salazar, don Manuel María Herrera, el pa- 
dre Arroyo, don Ángel Peña, Lainfiesta, Soto, Dié- 
guez, Rosa, y muchos otros que figuraron durante 
la Reforma, fueron prueba de que antes hubo ele- 
mentos que produjeron ciudadanos de saber, carác- 
ter y notables aptitudes. Don José Milla, don José 
Antonio Urrutia, don Antonio Ortiz Urruela, famoso 
escritor que brilló en España, don José Barberena, 
dori Antonio Cruz, don Rafael Machado; otros mu- 
chos, que no citamos por no cansar con una larga 
nómina, revelan, desde luego¿ que el desarrollo de 
la instrucción no se paralizó desde que hubo paz; 
si bien el ensanche de la enseñanza popular prima- 
ria, en general, se vino a esparcir mucho después, 

218 



en tiempo de Barrios. Bastaría citar a los hombres 
distinguidos que trabajaron en la Sociedad Económi- 
ca, para comprobar que "el celo unido produce la 
abundancia". (1) 

El día 9 de noviembre de 1840, a las nueve de 
la mañana, se verificó, en el edificio de la Univer- 
sidad, el restablecimiento de aquella corporación 
patriótica y progresista, que fué siempre benéfica 
para Guatemala. , Por hallarse el director de ella 
en La Habana, el canónigo don José María de Cas- 
tilla, que había ido a procurar el regreso a esta dió- 
cesis del arzobispo señor Casaus, hizo las veces de 
tal director el notable jurisconsulto don J. Venancio 
López, que pronunció un erudito discurso. En aquel 
acto solemne, se colocaron los retratos al óleo y de 
tamaño natural, de los célebres patricios Villaurru- 
tia, Goicoechea y Juarros, beneméritos fundadores 
de la Sociedad Económica de Amigos de Guatemala. 
Desde entonces volvió a funcionar de nuevo, cada 
vez con más éxito, hasta el año de 1881, en que des- 
graciadamente fué suprimida aquella memorable 
institución, perdiéndose el museo, la escuela de agri- 
cultura, la magnífica colección etnográfica, la de 
numismática, el laboratorio de química, la academia 
de pintura, los retratos de personajes y sobre todo, 
el espíritu patriótico de interesarse, sin lucro perso- 
nal, por el bien público de Guatemala. Desde el 
año 1864 fui, por mucho tiempo, secretario de la 
renombrada sociedad, sin sueldo alguno. Eran di- 
rectores, sucesivamente, don Mariano Ospina y don 
Julio Rossigñon. 



(1) Tal era el lema de la Sociedad Económica. Había patriotis- 
mo desinteresado, que desapareció. 

219 



La verdad histórica es que, sociológicamente 
considerado, fué Carrera resultante necesaria de los 
acontecimientos de su época y un elemento trascen- 
dente en la América Central. Por entonces, no se 
conoció la improbidad ; ni es cierto — como se ha 
querido hacer creer — que todo haya sido ignorancia 
y sombras. Prevalecía gran desorganización cuan- 
do Carrera se hizo cargo de la presidencia, y tomó 
empeño en que se diera carácter legal y ordenado 
a la Hacienda Pública; se afanó, hasta donde era 
posible, en abrir caminos; en destruir el bandidaje, 
que hacía peligroso transitarlos; en organizar la ad- 
ministración de justicia, ocupando en ese ramo a 
buenos abogados, sin distinción de ideas divergentes, 
a los que por su ciencia y honradez podían servir 
con dignidad. Los enemigos políticos de Carrera 
fueron empleados en judicaturas y en las Cortes de 
Justicia; el Tribunal Supremo era respetable, orga- 
nizado con muy dignos ministros, como el letrado 
Arriaga, don José Antonio Azmitia, don Manuel Arri- 
villaga, don Pedro J. Valenzuela, don Manuel Ubico, 
don José M. Saravia, don Marcelo Molina, don An- 
drés Andreu, don Manuel J. Dardón, etcétera. En 
la Asamblea Legislativa, que se llamaba Cámara 
de Representantes, figuraban diputados honorables, 
de todas las clases sociales y de todos los partidos, 
como don Miguel García Granados, don Manuel 
Larrave, don Arcadio Estrada, don Lázaro Galdámez, 
don José María Samayoa, don Nicolás Larrave, y 
otros, que hacían oposición. Se construyó el her- 
moso Teatro Nacional, se dieron óperas, dramas y 
comedias, en aquel centro de cultura y adelanto. 
Se estableció el Colegio Tridentino, en donde se 

220 



enseñaban las ciencias naturales, la física experi- 
mental, además de los otros ramos de estudios pre- 
paratorios. En una palabra, se erigieron "el Colegio 
de Abogados y la Academia de Estudios Jurídicos"; 
se imprimió vida al Protomedicato, se mejoró la Uni- 
versidad de San Carlos, que tuvo fama en toda Cen* 
troamérica ; hubo hombres notables en ciencias y le- 
tras, como don Alejandro Marure, don José Antonio 
Ortiz Urruela, letrado erudito, literato de reputación 
mundial y de gran ilustración; don Juan José de 
Aycinena, don Arcadio Estrada, abogado de- mucho 
saber; don Manuel Joaquín Dardón, jurisconsulto 
de fama, juez y magistrado de gran valía; el insig- 
ne anticuario don Juan Gavarrete, historiador no- 
table; don Rafael Machado, que no sólo como letra- 
do sobresalía, sino también en concepto* de poeta 
y escritor; el licenciado don Justo Gavarrete, cano- 
nista insigne; los célebres hermanos Diéguez, que 
figuraron en calidad de vates inspiradísimos y so- 
bresalientes ; sin contar otros muchos, como talen- 
tosos e ilustrados. El poliglota don Ignacio Gómez, 
que era de excelente saber; don José Milla, escritor 
eximio; José Batres, de inmortal renombre, fueron 
de aquel tiempo y han pasado sus merecimientos, 
con gloria, a la posteridad; don Manuel Ramírez, 
talentoso e ilustrado; don Antonio Machado, juris- 
consulto y orador; don Ángel M. Arroyo, soberbio 
polemista y hombre público; don José Antonio Sa- 
lazar, elocuente y docto ; don Francisco Lainfiesta, 
periodista acerado; don Fernando Cruz, descollante 
en muchos ramos, etcétera. Los que brillaron en las 
secciones de la América Central, aquí se educaron, 
como Soto y Rosa. Entre los médicos, hubo de mere- 

221 



cida reputación y general aprecio, pudiendo citarse 
el doctor Luna, don José, que fué protomédico, y 
don David, cuyos conocimientos en ciencias natura- 
les eran profundos y a la altura de la época ; el doc- 
tor don Mariano Padilla, célebre médico, historia- 
dor, literato, y que prestó inolvidables servicios en 
la Sociedad Económica de Amigos del País, resta- 
blecida en tiempo de Carrera; sociedad que contó 
con beneméritos patriotas, siendo de los principales 
el siempre recordado don José Antonio Larrave, 
activo socio honorario, merecedor de todas las gra- 
titudes. 

La introducción y cultivo de la cochinilla, ramo 
de riqueza, se extendió entonces. El café inicióse 
desde aquellos tiempos. La música, la pintura, la 
escultura, las artes en general, como lo hemos dicho, 
merecieron atención y fomento. El comercio salió 
del estado embrionario, casi primitivo, en que se 
hallaba, a causa de las revoluciones, falta de crédito 
y suma penuria. Las exportaciones en 1850, eran 
de seiscientos mil pesos, y diez años después, en 
1860, montaban a un millón y ochocientos mil pesos 
oro. Abundaban la plata y el metal amarillo. Hubo 
una Casa de Acuñación, y en buena moneda de oro 
y plata, de peso legal, quedó el busto del "Restaura- 
dor del orden en Guatemala y fundador de la Repú- 
blica". 

El general Carrera tuvo, en el primer periodo 
de su administración, como ministro al licenciado 
don Joaquín Duran; y después, a notables ciuda- 
danos como don Luis Batres Juarros, don Pedro de 

222 






Aycinena, don Manuel Echeverría, y otros persona- 
jes. El país restañó las hondas lesiones producidas 
por cruentas luchas con las provincias. 

Carrera entró a Guatemala el 13 de abril de 
1837, a las nueve y media de la mañana, y a los 
veintiséis años cabales falleció, en la paz de su 
hogar, a las nueve y media de la mañana del 14 de 
abril de 1865. Es curioso que este presidente, que 
desde edad de once años estuvo en tantas batallas, 
haya muerto en el seno de su familia, mientras que 
casi todos fueron víctimas de desastroso fin. 

Durante su administración fué comandante de 
armas el general Manuel María Bolaños, militar dis- 
tinguido, corpulento y valiente, pero poco popular. 
El l 9 de mayo de 1861, se vio agredido alevosamente 
por el subteniente Pedro Sierra y otros oficiales, 
que pertenecían a la plana mayor del presidente. 
Bolaños se salvó, quedando lesionado. Este grave 
suceso tuvo lugar en la esquina de Belén, el 4 de 
septiembre de 1862; un Consejo de Guerra, presidi- 
do por el general Juan Ignacio Irigoyen, los senten- 
ció a presidio en el castillo de San Felipe del Golfo. 
Casi todos murieron pronto, por lo malo del clima 
en la costa del norte, perteneciente a Guatemala. 

Retrocediendo un poco en la relación de los 
sucesos, vamos a recordar una trágica desgracia 
acaecida en aquellos lejanos tiempos, que llenó de 
sobresalto y pavor a los tranquilos pobladores de 
esta naciente ciudad, pequeña por entonces. Era 
el domingo 30 de enero de 1848, cuando presenció 
la capital una fatalidad horripilante, que hizo tris- 
temente memorable tan luctuosa fecha. A las once 
de la mañana recorría, alegre y bulliciosa, las calles 

223 



de Guatemala, la comitiva de convite, para un es- 
pectáculo nunca visto en Centroamérica. El día era 
sereno y lleno de luz ; un numeroso concurso se di- 
rigió al gran circo, en donde se lidiaban toros. Esta- 
ba llena la plaza. En el palco de honor se veía al 
Presidente de la República, capitán general Rafael 
Carrera, al vicepresidente, al corregidor, acompaña- 
dos de una comisión municipal, con la plana mayor 
de gala. Tocó alegremente la banda militar de mú- 
sica y la tropa hizo una vistosa evolución, después 
de la cual una compañía de acróbatas mejicanos 
ejecutó varias suertes ; algunos globos de señal se 
elevaron con presteza y subieron con toda felicidad. 
En medio de una salva de aplausos y aclamado por 
entusiastas dianas, aparece en la arena el famoso 
aeronauta José María Flores, de porte esbelto, como 
de cuarenta años de edad, arrogante en sus maneras, 
con profusa y lacia cabellera, vestido de rigurosa 
etiqueta, de frac café, con botones dorados y chis- 
tera blanca de pelo. Era una figura atrayente y 
romántica. 

Venía precedido de justa fama, por sus ascen- 
siones en el Ecuador, Colombia, México y otras 
partes. El público todo le seguía ávidamente en sus 
movimientos ; unos contaban haberlo visto en misa, 
por la mañana de ese día, en la iglesia del Carmen, 
y no faltaban otros que supieran que se había con- 
fesado. Era, en aquellos instantes, el héroe de veinte 
mil espectadores, ansiosos de verle por los aires. 
Serían las cuatro y media de la tarde ; el globo, 
hecho de estribilla de algodón, de veintidós varas 
de alto y catorce de diámetro, estuvo pronto inflado, 
con su canasta de fuego. Por momentos se bam- 

224 



boleaba y quería elevarse; entre tanto, Flores lo 
disponía todo, con la mayor confianza y agilidad. 
Impávido, sólo él parecía ajeno al peligro en que iba 
a colocarse. Aprestada la barquilla, montó en ella 
y salió sin el menor contratiempo, haciendo saludos 
a las autoridades y al público entusiasmado, arro- 
jando de lo alto el sombrero que llevaba y levan- 
tándose con elegancia el pelo de la frente, a guisa 
de haber salido triunfante de su empresa. . . 

En menos de unos segundos, todo aquel júbilo 
se convirtió en pánico. La música suspendió sus 
armonías, y un grito de congoja infinita hendió el 
aire. A una lóbrega voz, el público expresaba sus 
ansias desbordantes y espantosa aflicción. El subía 
con gran rapidez, pero ya se dejaba ver una llama 
que comenzó a incendiarlo, a la altura como de tres- 
cientos metros. Las fatigas del arrojado aeronauta 
pudieron distinguirse, con anteojos, sin que duraran 
mucho. . . A los dos minutos, la barca, con la pesada 
canasta ardiendo y el arco de hierro de la boca, se 
desplomaron, en vertiginosa rapidez. Había muchí- 
sima gente en El Cielito, eminencia contigua a la 
Plaza de Toros, y todos corrieron hacia el sitio don- 
de parecía que iba a caer el desventurado Flores. 
Del castillo de San José salieron rápidamente algu- 
nos soldados, con mantas (ponchos) para procurar 
salvar a aquel hombre. Todo fué en vano, pues ya 
venía exánime cuando cayó, chocando fuertemente, 
de pie, con el suelo, en el lugar que ocupa hoy la 
Penitenciaría Central. El cadáver se recogió en el 
acto por personas piadosas, y custodiado por una 
escolta, fué conducido a la iglesia de San Juan de 
Dios. ¡Aquello fué horroroso... horrible! 

' 225 



No sería dable describir la ansiedad y angustia ; 
la aflicción suprema del pueblo durante la caída; 
qué exclamaciones, qué semblantes enmortecidos, 
qué gritos agudos de d.olor. En muchos días no se 
habló de otra cosa, en la pequeña ciudad consterna- 
da. Un sacerdote, cuyo nombre hemos olvidado, 
cayó muerto repentinamente del susto. No pocas 
mujeres abortaron, y muchas personas quedaron en- 
fermas. No se recuerda, en Guatemala, otro suceso 
que haya impresionado al público, por modo tan 
súbito y general. En un instante, la alegría tornóse 
en congoja desesperante. En breves y angustiosos 
momentos, vióse yerto al héroe, que más de veinte 
veces había descendido de su globo, entre vítores 
y aclamaciones de la regocijada multitud, en las 
principales ciudades de la América española. 

¿ Quién dijera que ese sitio, de la Penitenciaría, 
había sido bautizado por una desgracia aterradora? 
Después, ¡cuántos ayes de dolor se han proferido 
allí!... Circundan aquel siniestro lugar, los halos 
acres de lóbregas historias. En un arrebato de ex- 
plosión patriótica, en un estallido humanitario, ca- 
yeron, en 1789, los musgosos muros de la Bastilla, 
que brotaban lágrimas. ¿Cuándo la vindicación 
justiciera nacional hará que se destruyan las mura- 
llas de ese padrón de horrorosas memorias? ¿Cuán- 
do desaparecerá ese que fuera antro macabro de 
tormento y sangre? 

Por lo demás, en cuanto expiró el presidente 
aguerrido y batallador Rafael Carrera, a las 9 y 30 
minutos del Viernes Santo, 14 de abril de 1865, 
reunióse el Consejo de Estado y dispuso que, con- 
forme el artículo 3 9 del Acta Constitutiva, se hiciese 

226 



cargo interinamente del gobierno la persona desig- 
nada por la ley, el Ministro de Relaciones Exterio- 
res, licenciado don Pedro de Aycinena. Prevaleció 
completa paz, y se notó claramente, que el senti- 
miento, por aquel luctuoso suceso, habia sido gene- 
ral en todas las clases sociales. Procedieron los 
doctores don José y don David Luna, acompañados 
del doctor don José Monteros y del amigo íntimo 
del difunto, el doctor don Francisco Aguilar, al em- 
balsamamiento del cadáver, operación que comenzó 
pocos minutos antes de las once de la mañana y 
concluyó a la una de la tarde. Inmediatamente le 
revistieron con un uniforme de gala, casaca roja, 
pantalón blanco, todo bordado de oro, el espadín 
que regaló al presidente la reina de Inglaterra, las 
bandas y condecoraciones que en vida usaba el 
finado. A los pies, sobre un, cojín, colocóse el som- 
brero bicornio ; sirviendo de túmulo la cama de San 
Pedro, enlutada con severidad, lo mismo que la ca- 
pilla ardiente, en la sala de la casa. Los honores 
militares, correspondientes al rango de presidente 
y capitán general, le fueron tributados. Los dispa- 
ros de los cañones de los fuertes y de la plaza del 
Sagrario, se oían a intervalos, durante el día entero. 
Al frente del túmulo se veía la bandera nacional, 
atada con un crespón de luto. Fúnebres blandones 
rodeaban el féretro, e hicieron guardia, al general, 
los miembros del ejército más escogidos. Las cam- 
panas de todos los templos doblaban casi continua- 
mente. El domingo 16, mil hombres de tropa, co- 
mandados por el mariscal de campo don José Víctor 
Zavala, que montaba un brioso caballo oscuro, se 
formaron desde la casa mortuoria hasta la catedral. 

.' 227 



Fué suntuoso el cortejo de los altos empleados pú- 
blicos, militares de graduación, comunidades religio- 
sas, amigos particulares del extinto, cónsules y 
diplomáticos, el claustro de la Universidad, los miem- 
bros de la Sociedad Económica, y un numeroso pue- 
blo, se dirigieron a depositar los restos en la iglesia 
mayor, encontrándose las casas del trayecto con col- 
gaduras de luto. Las músicas de los diversos ba- 
tallones, dejaban oir sus tristes ecos de marchas 
fúnebres. De la cama de San Pedro pendían cordo- 
nes negros, que llebavan los ministros, el regente 
de la Corte, el presidente de la Cámara de Repre- 
sentantes, el comandante general del ejército y 
miembros de la familia del presidente muerto. 

Al llegar a la Catedral, una comisión eclesiástica 
de canónigos recibió a la comitiva, escuchándose 
una marcha fúnebre, a toda orquesta, dirigida por 
el maestro de capilla don Francisco L. Sáenz. Pre- 
sentaba el templo majestuosa y lúg.ubre solemnidad, 
todo de luto; el féretro fué puesto sobre un túmulo, 
decorado con artística e imponente severidad, por 
el ingeniero don Julián Rivera. Llevaba el catafalco 
dos inscripciones : una latina, escrita por el Rev. 
Padre Parraondo, y otra, redactada en castellano, 
por don José Milla. 

El pueblo numeroso presenciaba el desfile; y 
una vez en la iglesia Catedral todo el cortejo, dejóse 
oír un responso, cantado por el alto clero, con acom- 
pañamiento de orquesta. Al día siguiente, a las nue- 
ve de la mañana, con asistencia solemne de las 
autoridades civiles y militares, y de las diversas 
corporaciones, con la presencia de las comunidades 
religiosas, del Cabildo eclesiástico y del arzobispo 

22S 



de la diócesis, se celebraron las exequias solemnes. 
Previas las ceremonias rituales, y después de dar la 
orden del caso, don Pedro Aycinena, que era minis- 
tro encargado de la Presidencia, se colocó el cadáver 
en el ataúd, despojándolo antes de las condecora- 
ciones, espada, bandas, charreteras y bastón. Todo 
fué puesto sobre el féretro, en un cojin carmesí 
recamado de oro. Cantó la misa de réquiem el ca- 
nónigo don Manuel Francisco Barrutia y Cróquer. 
La música, de Mozart, fué dirigida por el maestro 
Sáenz. 

Llegado el momento de la oración fúnebre, ocu- 
pó el pulpito el brillante orador sagrado Rev. P. 
José Telésforo Paúl, que estaba realmente conmo- 
vido. Yo entonces tenía diez y ocho años y procuré 
escuchar bien al gran predicador, que había sido mi 
maestro y a quien siempre admiré. Pude situarme 
cerca, para oírlo perfectamente. Si siempre era 
inspirado, lleno de unción y elegancia natural, en 
aquella solemnidad impresionó profundamente al 
numeroso auditorio, con una improvisación elocuen- 
tísima, que después, al publicarla, en algo fué alte- 
rada. No dijo — como la calumnia divulgara — "que 
Carrera estuviese en el cielo, sentado a la diestra 
de Dios Padre". Nunca pudo haber proferido, tan 
culto literato y profundo teólogo, semejante desatino, 
propio de la vulgaridad canallesca. 

Concluidos los oficios fúnebres, fué sepultado 
el cadáver del capitán general Carrera, en las bóve- 
das de la iglesia metropolitana, en el lugar destinado 
a los monumentos de los presidentes de la Real 
Audiencia y a los de la República de Guatemala. 

229 



El miércoles 3 de mayo de 1865, reunióse la 
Asamblea General, compuesta, además de los repre- 
sentantes de la Cámara Legislativa, de las principa- 
les autoridades civiles y militares, del Consejo de 
Estado, del arzobispo, de la Corte Suprema, de los 
magistrados de la Corte de Justicia, del alcalde mu- 
nicipal, y de otros representantes de varias corpo- 
raciones o estamentos. 

La Asamblea había ordenado que la votación se 
hiciese por medio de cédulas cerradas, para mayor 
garantía de independencia y a fin de asegurar la 
más amplia libertad. El acto fué imponente, según 
recuerdo, ya que por su objeto y por la clase de per- 
sonas respetables que en él intervenían, se hallaban 
reunidos allí los representantes de los pueblos y 
cuerpos electorales. Eran, los unos, notables por 
su inteligencia, y los otros, por su posición social 
o pecuniaria; la mayor parte, por los altos puestos 
que ocupaban y las representaciones que tenían. 
Verificóse una elección de segundo grado, o de las 
que llaman indirectas los publicistas. Resultó elec- 
to, por mayoría absoluta, el mariscal de campo don 
Vicente Cerna, habiendo obtenido muchos votos el 
de igual título don José Víctor Zavala y el coronel 
Manuel González Valdés. Era Cerna, antiguo mi- 
litar, de bastante prestigio en el norte de la repú- 
blica, de honradez reconocida, de probidad y valor. 
El inolvidable mariscal Zavala fué muy popular, 
simpático, ilustrado, no sólo en su profesión de 
leyes, sino en materia de lenguas vivas, que poseía 
algunas con perfección. Hombre servicial, bien- 
quisto en todos los círculos sociales y famoso por 
haber triunfado en Nicaragua, contra William Wal- 

230 



ker. El señor González Valdés era caballero distin- 
guido, culto, con buena fama de patriota, adquirida 
en diversas emergencias políticas, desinteresado y 
de bellas prendas sociales. Pero el candidato oficial 
era Cerna, y obtuvo la mayoría. No se presentó, 
desde luego, ninguna dificultad; mas no podía me- 
nos de reconocerse que, quedando siempre al frente 
de los negocios nacionales las mismas personas, que 
por largos años hablan servido, se fué enervando 
la administración pública, estancada por el trans- 
curso de mucho tiempo,* sin tener renovación, que 
es ley vital en todos los órdenes de la natura- 
leza. No obstante eso, el primer período de Cerna 
fué soportado con calma pasiva y sin marcada opo- 
sición. No es verdad — como se ha inventado — 
que en el testamento de' Carrera — que yo leí varias 
veces en el expediente testamentario radicado en 
el Juzgado l 9 de 1 ? Instancia — se hubiese desig- 
nado al que fuera presidente. Puede verse el tes- 
tamento en el archivo. Ni de palabra hizo ninguna 
insinuación. 

Lo que sucedió fué que ya estaba gastado el 
gobierno tradicional, siempre con las mismas perso- 
nas y sin nuevos elementos; de suerte que, cuando 
terminó el período del presidente Cerna, su reelec- 
ción fué recibida muy mal, hasta por los mismos 
conservadores, que hubieran deseado que guate- 
maltecos como el mariscal Zavala, el coronel Manuel 
González Valdés, don Enrique Palacios, ilustrado y 
progresista, el licenciado Rafael Machado, que go- 
zaba de notoria reputación, el licenciado Felipe An- 
dreu, el licenciado Manuel Ramírez, y otros jóvenes 

231 



que tenían aura popular, figurasen en la dirección 
de la cosa pública, para variar un poco la vieja 
escena, que había cansado al pueblo durante largos 
años y necesitaba renovación. 

"Si las segundas partes nunca resultaron bue- 
nas" — al decir de Cervantes — , las reelecciones en 
Guatemala, siempre dieron funestas consecuencias, 
desde los antiguos tiempos, en que fueron reelectos 
el general Morazán y el doctor Mariano Gálvez, con 
todo y ser hombres de dotes excepcionales. 

Después de aquella impolítica reelección de Cer- 
na, el 24 de mayo de 1869, que hubo de dejar en el 
gobierno a los antiguos ministros de Carrera, quienes 
viejos ya, creían presuntuosamente que no había 
hombres que los pudieran sustituir, empezaron a 
sentirse los movimientos revolucionarios, que cul- 
minaron en 1871. Los hombres del antiguo régimen 
se aferraron sobre una mísera tabla de salvación 
en el naufragio de lo que siempre perece, a las 
ideas estrechas e instituciones caducas. Hacer re- 
troceder el reloj de los tiempos, sólo pudo decir 
que lo lograba el profeta Ezequías, mediante por- 
tentoso milagro, tenido por fábula mística y no por 
realidad verdadera. Pero para no adelantar los 
sucesos, y volviendo a los- treinta años, vamos a 
dar una idea, aunque muy breve, de los adelantos 
que en aquella época de paz alcanzó Guatemala, ya 
que la pasión exacerbada ha venido repitiendo que 
entonces sólo hubo obscuridad y sombras. La im- 
parcialidad histórica exige una rectificación. De 
1842 a 1858, aumentó notablemente, en más de 
doscientos mil, el número de habitantes. De ese 
misino año 1840 a 1864, en que ascendía a 1.480,000, 

232 



creció en mucho más de trescientos mil. De 1864 
a 1871 resultó mayor la cantidad de pobladores. 
Hoy cuenta la república con 2.004,900, según el 
censo de 1921, que se acaba de aprobar. Efe modo 
que, en medio siglo, no obstante las remoras que 
las leyes antieconómicas han presentado, haciendo 
huir del país a muchísimos indígenas, para escapar 
de los mandamientos y del servicio militar, aparece 
más que duplicada la población nacional. Con esto 
resulta mayor riqueza, dado que falta, en nuestros 
extensos territorios, quiénes los cultiven y aprove- 
chen. Por aquel tiempo nunca se dictaron leyes 
que obligaran a los indios a huir a países vecinos, 
abandonando en gran número sus pueblos. (1) 

En 1834 se inició en Guatemala el cultivo del 
café, concediendo terrenos a los que se dedicaran a 
sembrarlo; y en 1845, el Consulado de Comercio 
promovió el ensanche de ese ramo, que la Sociedad 
Económica popularizó, no sólo dando instrucciones, 
publicando artículos, señalando las ventajas de su 
desarrollo, sino además, regalando plantas peque- 
ñas de sus almacigos, a fin de que en varias zonas 
de nuestro territorio se esparciese. El decreto de 
4 de mayo de 1853, ordenó premiar a los que se 
dedicaran a la siembra del café, estimulándolo con 
una prima, durante diez años, a los que tuvieran mil 
cafetos en cosecha, y con dos pesos, por la exporta- 
ción de cada quintal del precioso fruto. Se dispuso, 
también, que no pagase el impuesto eclesiástico del 
diezmo, que entonces existía. 



(1) «'Progresivo Desarrollo Económico y Social de Guatemala, 
desde 1838" — Agosto de 1886 — Imprenta de José Azurdia. 

•233 



Todas estas medidas, y algunas otras, dieron 
muy buenos resultados, y es digna de rememorarse 
la actitud del Gobierno y el celo de la Sociedad Eco- 
nómica, que con afán patriótico contribuyeron a la 
generalización de un elemento valioso a la riqueza, 
cual era, y es, el cultivo y explotación del café, cuya 
curiosa historia en América, viene acompañada de 
una tradición romántica, que hace muchos años pu- 
bliqué en la "Revista de la Academia Guatemalteca, 
correspondiente de la Real Española". Fué un fran- 
cés quien trajo el primer arbolito, que de la India 
vino; lo cuidaba en el velero en que hacia el viaje, 
pero a causa del mal tiempo y de lo largo de la nave- 
gación, escaseó el agua dulce para beber. Entonces, 
de la exigua ración que le tocaba, cogia la mitad 
para regar su amada prenda, que al fin logró man- 
tener viva, propagando, en el Nuevo Mundo, sus 
granos de rubies. 

Por el año de 1852, vinieron emigrados de Co- 
lombia, el doctor don Mariano y don Pastor Ospina, 
con los señores Vásquez, Jaramillo, Uribe y otros 
emprendedores caballeros, que se empeñaron mucho 
por el cultivo del café. El barón Du Teil, don Osear, 
escribió en el semanal de la Sociedad Económica, 
interesantes y útiles artículos sobre tan importan- 
te materia. El agrónomo don Julio Rossignon, que 
había tenido un cafetal en la Verapaz, dio a luz muy 
útiles enseñanzas prácticas, imprimiendo ' eruditos 
estudios. (1) 



(1) En los últimos 9 años, de 1917 a 1926, fueron las cosechas 
de café en Guatemala, poco más o menos, de 900,000 quintales cada 
año. La de 1927 fué de 1.146,921. Ha venido en aumento la pro- 
ducción, de quintales. 

234* 



El café vino a substituir a la grana o cochinilla, 
cuando cayó por completo, a consecuencia de haber- 
se descubierto un tinte más barato. Esto produjo 
crisis, pero pronto se restableció el movimiento mer- 
cantil. En el referido año de 1862, de los doscientos 
diez y siete mil pesos oro que importaron los ramos 
agrícolas en las exportaciones, ciento treinta mil ya 
salieron por el Océano Pacífico, lo cual significa 
que fueron producidos en los departamentos cerca- 
nos. Entonces figuraron $690 de café y $3,168 de 
zarzaparrilla. Además de los ingenios de azúcar, 
que allí existían, se contaban los árboles jte café 
siguientes : 

En Suchitepéquez 1.087,006 

Escuintla 306,649 

Amatitlán . . > 110,604 

Guatemala 286,763 

Santa Rosa 263,533 

Jutiapa 197,500 

Sacatepéquez 119,890 

Total 2.371,945 



Entonces la moneda tenía mucho más valor en 
cambio que el actual: se vendía el café en Londres, 
a $18 el quintal en oro. Por los departamentos de 
Los Altos se producía también el café y más el trigo, 
llegando a cincuenta millones de libras de harina, 
o sea dos millones de pesos oro. Por aquel tiempo 
no se importaba harina en Guatemala. (Datos to- 
mados del periódico "La Semana", del martes 6 de 
junio de 1865.) El buen pan estaba al alcance de 
todos. 

235 



La industria se protegía por el gobierno y por 
la Sociedad Económica. Las telas criollas tuvieron 
gran auge, elaboradas por los indígenas, aunque con 
solares imperfectos. La importación inglesa, que 
era la principal en materia de géneros, apenas alcan- 
zaba la cifra de $380,000. Don José María Sama- 
yoa (p.) montó una buena fábrica de hilados en la 
Antigua Guatemala, movida al vapor, en el edificio 
arruinado de la Compañía de Jesús. 

La alfarería estaba muy adelantada, y se puede 
decir que era industria indiana, pues los utensilios 
de metal fueron escasos. La renta de aguardientes 
sólo producía doscientos cincuenta mil pesos anua- 
les. No se consumían millones de dólares en el ve- 
nenoso y criminal brebaje. 

El comercio, en el tiempo federal, era raquítico, 
pero después fué siempre en aumento progresivo. 
Bastaría tomar un período de diez años, de enero 
de 1851 a diciembre de 1860, para dar una idea del 
movimiento mercantil de entonces. En el periódico 
"La Semana" existen muchos datos del adelanto 
de aquella época, tan falseada como poco conocida. 

El valor de las exportaciones fué siempre mu- 
cho mayor, en aquellos años, al de las importacio- 
nes, de modo que la balanza mercantil estaba en 
favor de Guatemala. De 1851 a 1856 hubo una dife- 
rencia, en el quinquenio, de $2.796.254 en pro, ha- 
biéndose ensanchado el tráfico con motivo del esta- 
blecimiento eiTPanamá, de la vía férrea comercial, 
con gran ventaja para Centroamérica. Hubo mucha 
probidad en la administración. 

L 236 



Las rentas nacionales estaban basadas en con- 
tribuciones indirectas, poco gravosas para el público 
y sin despilfarros. Los gastos anuales de la admi- 
nistración ascendían a $585,000, habiendo un so- 
brante de $265,000. En 1860 figuraron $300,000 gas- 
tados en primas de exportación de café, para favo- 
recer y fomentar el cultivo de ese grano. Los gastos 
militares en 2,500 hombres de tropa, fornituras, ar- 
mas, edificios, etc., eran de $250,000 al año. (Y no 
faltó diputado que gritara contra el militarismo.) La 
deuda consolidada subía a $1.600,000. No había 
bancos, sino personas particulares, como don Braulio 
Novales, don Antonio de Aguirre, don Pablo Blanco, 
que daban dinero a seis por ciento anual de inte- 
rés, que era el tipo legal. La iglesia constituía, en 
realidad, una caja fuerte, si así se puede llamar, 
y también daba a mutuo capitales, a ese tipo de 
interés, con hipotecas por garantía. No había agio- 
tistas, ni judíos especuladores, ni negocios turbios. 

Durante el régimen de Carrera, la justicia — ba- 
se de la paz y el orden — contó con un personal de 
hombres honrados, dignos, instruidos, respetables y 
muchas veces liberales. En la Corte Suprema es- 
tuvieron don José Antonio Azmitia, don Pedro J. 
Valenzuela, jdon Manuel Arrivillaga, don Pedro No- 
lasco Arriaga, don Manuel Ubico, don Marcelo Mo- 
lina, don José María Saravia, don Andrés Andreu, 
y otros letrados notables. Don Arcadio Estrada fué 
juez de V Instancia, y también el distinguido juris- 
consulto don Manuel J. Dardón. Establecido el as- 
censo por escala, para ser magistrado era preciso 
haber servido judicaturas diez añbs, por lo menos, 
con honradez y laboriosidad. Después, se fué olvi- 



23' 






dando ese sistema acertado y justo. Cundieron la 
arbitrariedad y el favoritismo ; si bien es verdad que 
en tiempo del general Barrios, los tribunales estu- 
vieron también compuestos de personas competen- 
tes y honorables. 

Los sueldos de los empleados públicos eran 
entonces bajos, debido a que la moneda tenia más 
valor en cambio, y se podia vivir con relativo poco 
gasto, siendo baratos los alquileres de las casas y el 
precio de las subsistencias. La vida era sencilla, 
sin exigencias, lujos, ni expendios superfluos y noci- 
vos. El valor intrínseco de la moneda no había 
desmerecido, como ahora, que el dólar representa 
menos de la mitad. 

El año de 1821, se formó una lista de los pudien- 
tes, como llamaban a los ricos; y es la que sigue: 

En oro español: 

Aycinenas $ 750,000 

Alvarez de Asturias .... 750,000 

Arrivillagas 275,000 

Aguirres 275,000 

Batres Juarros ' 500,000 

Batres Nájera 600,000. 

Bengoechea 100,000 

Barrutia 20,000 

Beltranena 30,000 

Castillo 30,000 

Cividanes 100,000 

238 



En oro español : 

Cróquer $ 50,000 

Echeverría Valdés 150,000 

Echeverría 50,000 

García Granados 650,000 

Iturriós 150,000 

Irigoyen 40,000 

Larrazábal 15,000 

Melón 150,000 

Micheo 50,000 

Montúfar 10,000 

Delgado de Nájera 150,000 

Oliver 750,000 

Olivares 125,000 

Pavones 1.250,000 

Pinol 25,000 

Porras 50,000 

Palomo .. .' 20,000 

Saravia 25,000 

Valdés 45,000 

Vidaurre 300,000 

Valenzuela 25,000 

Viteri 50,000 

Zavala 75,000 

Total $8.035,000 

(La onza de oro valía $16.) 
239 



Esta nómina se publicó, con observaciones en 
inglés, acerca del trabajo o negocio que cada uno de 
esos ricos tenia emprendido. No habia en realidad 
más que tres ramos de comercio : el añil, el ganado 
y las tierras ; éstas se daban en arrendamiento. En 
1829, se imprimió en Londres, la obra descriptiva de 
Guatemala, pero los datos los recogió, en 1828, el 
oficial inglés que escribió el libro. En los años 
sucesivos, hasta 1840, más bien se perdió mucho, dé- 
la poca riqueza que aqui habia, y que tuvo hartos 
quebrantos, con las guerras y revoluciones, que afli- 
gieron al país (1) desde 1823 hasta 1840. 

El edificio de la Sociedad Económica — que hoy 
ocupa el Poder Legislativo — se construyó por el año 
1855, y costó veintisiete mil pesos, bajo la dirección 
artística, gratuita y patriótica, del memorable inge- 
niero, arquitecto guatemalteco, don Julián Rivera 
Maestre. El Teatro de Carrera, que después llama- 
ron Teatro Nacional y Teatro Colón, en la plazuela 
que denominaron del Teatro, y que ahora se halla 
abandonaba ; ahí estuvo el hermoso coliseo, del cual 
hablamos en otro lugar. 

Se estableció la Casa de Huérfanas, el 13 de no- 
viembre de 1855, en un edificio espacioso; y era 
una verdadera escuela de oficios femeniles y educa- 
ción moral para jóvenes desvalidas. Por aquel tiem- 



(1) La lista que "copiamos figura en un libro muy escaso, que 
se intitula "Narrative of an official visit oí Guatemala from México, 
by G*. A. Thompson Esq, late secretary to His Britannic Majesty's 
government, on the State of the Central Republic — London John 
Murray. Albencarle Street— MDCCXXIX". Esta obra se encuentra 
traducida al español, eñ los "Anales de la Sociedad de Geografía e 
Historia"— Tomo III. 

240 



po, 1854, se amplió y mejoró el Hospital General, 
bajo la dirección del filántropo don Dámaso Ángulo ; 
se fundó el Hospicio, por el benéfico don Rafael 
Ayau, con un buen local, que data de aquellos años ; 
posteriormente establecióse un plantel bien organi- 
zado, para educación de señoritas, bajo la enseñan- 
za de las Hermanas del Sagrado Corazón, en un 
gran edificio público. Entonces se crearon los liceos 
privados de San Ignacio, San Buenaventura, el Se- 
minario, el Colegio de Arrué; el de Velarde, en la 
Antigua Guatemala, y varios otros establecimientos 
de enseñanza. 

En 1864 era la población de la República de Gua- 
temala de 1.400,000 habitantes; en 1868 subió a 
1.680,000. Las exportaciones ascendieron, en 1864, 
del modo siguiente : 

Algodón 8,020 quintales 

Café 15,421 quintales 

Zarzaparrilla 5,775 arrobas 

Arroz 675 quintales 

Cacao 24,400 libras 

Caucho 414 bultos 

Maderas 646 toneladas 

Tabaco 148,000 libras 

Ñames '. 968 quintales 

Pieles 25,000 

241 



La vida antigua en Guatemala fué fácil, holgada 
y barata, para todas las clases sociales. Los arte- 
sanos — como decían entonces a los obreros — vi- 
vían cómodamente. El jornal de los peones, en tra- 
bajos agrícolas, era de un real plata al día; y más 
tarde, subió a dos reales diarios. Una casa cómoda 
y amplia, en lugar céntrico, valía de alquiler men- 
sual, unos veinte pesos ; hoy costaría ciento cincuen- 
ta en oro. No había celos, ni malquerencias entre 
las diversas jerarquías sociales y se ayudaban unos 
a otros. Era la existencia patriarcal y sosegada. 
Con ochenta pesos mensuales se podía vivir cómo- 
damente. La visita de un médico costaba un peso, 
si era de doctor, y cuatro reales, cuando era de licen- 
ciado. Un sueldo de cien pesos mensuales era teni- 
do por congrua sustentación. Los precios corrientes 
de víveres, publicados en la "Gaceta de Guatemala", 
número 2, del viernes 5 de mayo de 1845, eran los 
siguientes : 

Harina a $ 9 fanega 

Frijol a $ 4¡^ " 

Maíz a $ 4 " 

Arroz a $ 2 " 

Sal a $ 1 arroba 

Cacao a $18 carga 

Los magistrados ganaban $125 mensuales; los 
ministros ciento cincuenta. El Presidente de la Re- 
pública, quinientos, y gastos de representación. Co- 
rrían monedas buenas de oro y, de plata, acuñadas 
aquí, en Guatemala. 

242 



Las rentas nacionales ascendían anualmente a 
ochocientos mil pesos, y después llegaron a un 
millón. Las contribuciones eran indirectas y muy 
módicas. No había lujo corruptor, capitales impro- 
visados, despilfarros locos, escándalos, ni suntuosas 
fiestas; mucho menos esa sed hidrópica de oro, que 
convierte en mercancía hasta la honra y arrastra 
la dignidad al crimen. El progreso era práctico, 
pero las gentes no resultaban víctimas del ambicioso 
prurito de hacerse ricos, en poco tiempo, a toda 
costa, siguiendo la teoría de aquel inglés, que acon- 
sejaba a su hijo: "Haz dinero honradamente, si 
fuere posible; pero de todos modos, haz dinero, sa- 
crificando hasta lo más sagrado". Nunca se vieron 
en los tiempos antiguos, capitales de millones de 
pesos, hechos en breves años, merced a la política 
criminal, o sea el pillaje de las rentas públicas. Ha- 
bía honradez y vergüenza. Hoy hasta los Meletos 
y Judas ostentan sus dineros cínicamente. La socie- 
dad rinde homenaje al ladrón de los bienes naciona- 
les, sin reparo, ni pudor. 

Carrera, después de veintitrés años de mando, con 
sumo poder e influencia, dejó en su testamento, so- 
lamente ciento veinte mil pesos, para seis hijos legí- 
timos, en propiedades como la llamada Lo de Ba- 
tres, que quince años antes, compró en cinco mil 
pesos, y en los inventarios de su mortuoria, apareció 
en treinta mil pesos, por el mayor valor que los 
bienes raíces tomaron bajo la égida de la paz y del 
orden. Hoy., esa hacienda valdría doscientos mil pe- 
sos oro. 






243 



Desde 1850 aumentó notablemente el valor de las 
exportaciones, que fué de $1.800,000; en diez años 
se había triplicado. Las propiedades rústicas y ur- 
banas valieron mucho más que antes. Las dos casas 
que dejó Carrera, aparecieron valuadas y adjudica- 
das eri cincuenta mil pesos, habiéndolas comprado 
por la tercera parte. 

Cuando don Ramón Aguirre Mantaras se fué a 
Europa, por el año 1873, era albacea de la testamen- 
taría de Carrera, y a mí, como su abogado, me dejó 
el poder con toda amplitud. Recuerdo que había 
como veinte litigios pendientes, y que las fincas 
llamadas "Las Animas', "Punián", "Panán", "Lo de 
Batres" y dos casas en esta capital, constituían el 
haber de la mortuoria de Carrera, que a mi cargo 
estuvo, por más de tres años. Yo administré esas 
propiedades, y en mi bufete dirigía los juicios, que 
se ventilaban en el Juzgado l 9 de V Instancia. Por 
entonces, aunque joven, era diputado y catedrático 
propietario de Literatura y de Derecho Internacio- 
nal, en la Univefsidad; y después, en la Facultad 
de Derecho y Notariado. Mi bufete figuraba como 
el más productivo de todos, ya que, además, tenía 
varios negocios de importancia, pertenecientes a ca- 
sas extranjeras. Serví gratuitamente el cargo de 
secretario de la Sociedad Económica, en unión de 
mi compañero y amigo, el talentoso caballero don 
Marco Aurelio Soto, a quien recuerdo con sincero 
cariño. 

Si me he detenido en esta monografía, analizan- 
do la Federación y los antiguos tiempos de la Ameri- 
ta Central, rectificando las erróneas creencias que se 

244. 



han pretendido divulgar después, no me he propues- 
to otra cosa que decir la verdad, que debe prevale- 
cer en la historia, y que siempre se abre paso, a 
pesar de las intolerancias. Hay que vivir de realida- 
des fecundas, y no de convencionalismos sectarios 
y pasiones exaltadas. Ante todo, los fueros de la 
verdad. Sin ella no hay historia posible. 

El aguerrido caudillo de "La Montaña", Rafael 
Carrera, llegó a ser el Restaurador de la Paz, el Fun- 
dador de la República de Guatemala. La primera 
necesidad de los pueblos, que han sufrido revolucio- 
nes cruentas y largas, es el reposo, el orden, la tran- 
quilidad restauradora. Cuando el bálsamo del tiem- 
po ha serenado las pasiones, la historia hace justicia 
al que por si solo se elevó ; al que por Guatemala, 
su tierra nativa, derramara su sangre y expusiera 
la vida en innumerables combates. 

Por los años anteriores a 1840, según consta en 
documentos públicos, la enseñanza de la juventud 
estaba en situación precaria y las autoridades sin 
prestigio, ni duración. 

Se restableció después el Colegio de Abogados y 
el Protomedicato, corporaciones cuyo objeto era vi- 
gilar y empeñarse a fin de que los cursantes hiciesen 
los mayores adelantos posibles en ambas facultades. 
Es innegable que desempeñaban bien su cometido, 
cuando tantos jóvenes de las otras repúblicas cen- 
troamericanas venían a seguir aquí sus carreras lite- 
rarias y científicas. 

Fueron reformados los colegios Seminario y de 
Infantes, dotándolos de profesores competentísimos 
en Literatura y ciencias. En aquél se fundó el pri- 

245 



mer Gabinete de Física que hubo en Centroamérica, 
bastante surtido-de aparatos y máquinas para la en- 
señanza de tan importante ramo. 

Se estableció el colegio de los P. P. Paulinos, el 
de Señoritas de Belén, el de Niñas de mediana con- 
dición, en Ciudad Vieja; el Hospicio de Huérfanos, 
la Casa de Huérfanas, Salas de Asilo y Casa Central, 
de Hermanas de la Caridad; En todos estos estable- 
cimientos se impartía educación e instrucción gra- 
tuitas a la clase menesterosa del pueblo. 

No existía antes de 1840, la organización muni- 
cipal. Los demás ramos administrativos estaban en 
dislocación completa; la justicia había perdido toda 
su respetabilidad y prestigio, por causa de las inno- 
vaciones inconsultas que se hicieron; el sistema de 
jurados, planta exótica que se quiso aclimatar para 
su desarrollo, produjo los más desastrosos resulta- 
dos. Todo, en una palabra, se hallaba trastornado 
y envuelto en un caos abrumador. 

El edificio social no era otra cosa sino un mon- 
tón de ruinas y escombros. Era preciso rehacerlo de 
nuevo. 

Se trató de acudir a las más graves y urgentes 
necesidades, a restablecer el orden y la confianza 
en la acción benéfica de la autoridad; a fijar y a 
proteger los derechos del ciudadano. Para eso se 
elaboró y promulgó la "Ley de Garantías", de 1839, 
base y fundamento*de la libertad en la justicia. Esa 
"Ley Constitutiva" declara inviolables los derechos 
individuales, la vida, la libertad, la propiedad, etc.; 
establece que la autoridad política reside originaria- 

246 



mente en el pueblo; que los funcionarios públicos 
no son superiores, sino que deben estar sujetos a la 
ley; en suma, desarrolla los más sanos y sólidos 
principios del derecho constitucional moderno. (1) 

Como consecuencia, fueron emitiéndose las de- 
más leyes reglamentarias de todos los ramos del 
servicio público; las de juzgados y tribunales supe- 
riores, arancelarias de hacienda, etc., etc. 

La República entró en relaciones con los países 
extranjeros, mediante los tratados de amistad y co- 
mercio, que se celebraron con las naciones de Euro- 
pa y América. 

En fin, paulatinamente, pero sin retroceder, se 
fué todo restableciendo, a virtud de prudentes dis- 
posiciones, muchas de las cuales están impresas, y 
comprueban el constante trabajo con que el Gobier- 
no y demás autoridades, llevaron a término la obra 
de la reconstrucción de la patria, en circunstancias 
en que, la suma pobreza y devastación del país, no 
permitían cubrir el presupuesto de gastos públicos, 
que apenas llegaba anualmente, a la suma de tres- 
cientos mil pesos." (2) 



(1) El notable abogado y literato Manuel Diéguez, publicó una 
conferencia pronunciada, por él, en la Escuela de Derecho, alabando 
aquellas leyes. 

(2) "Progresivo Desarrollo Económico y Social de Guatemala" 
Suscrito — Veritas — 1886. 

247 



CAPÍTULO V 



Ambiente de mis primeros años. — Estudios profe- 
sionales. — Mi primer viaje a los Estados Unidos. — El 
célebre guatemalteco don Antonio José de Irisarri. — 
Recuerdos de la Gran República. — Cómo es Washing- 
ton hoy. — La reelección, en Guatemala, del presidente 
Cerna fué un desatino. — Cómo se verificó.— Consecuen- 
cias que produjo. 

SUMARIO 

El hogar en que vine al mundo. — Mis padres. — La 
escuela púbjica en que aprendí las primeras letras. — 
El pedagogo don José Domingo Téllez. — Cualidades de 
este institutor. — Cómo era la escuela pública de* Be- 
lén. — En dónde estaba situada. — Estímulos que ofrecía 
a los más adelantados. — El colegio de la Inmaculada 
Concepción. — El doctoramiento de su director, el padre 
Mariano Andrade. — El colegio de San Buenaventura. — 
Mis condiscípulos. — Remembranzas de aquellos lejanos 
tiempos. — Mis estudios profesionales. — Mi primer viaje 
a los Estados Unidos. — Cómo estaba la gran República 
hace sesenta años. — El ministro de Guatemala y El 
Salvador, don Antonio José de Irisarri. — En dónde es- 
tán sepultados los restos mortales del eximio guate- 
malteco. — Recuerdos de Washington. — Cómo es actual- 
mente. — La reelección del presidente Cerna fué un 
desatino político. — Consecuencias que produjo. — Mi re- 
greso a Guatemala, en mayo de 1871. 

248 



Nací en la ciudad de Guatemala, el sábado 11 
de septiembre de 1847, en la casa que actualmente 
lleva el número 15, de la novena avenida sur. Fue- 
ron mis padres, el ingeniero y abogado don Caye- 
tano Batres Diez del Castillo, y su esposa doña Bea- 
triz Jáuregui de Batres, que formaban un plácido 
hogar, de dichoso ambiente, siempre recordado por 
mí, con gran ternura. Fui bautizado en la parro- 
quia del Sagrario. 

Aprendí las primeras letras en la escuela públi- 
ca de Belén, dirigida por don José Domingo Téllez, 
a quien profesé especial cariño, como que era un 
excelente maestro, hombre de bien, exclusivamente 
dedicado a su ministerio. Muchos años más tarde, 
cuando fui Ministro de Instrucción Pública, el pri- 
mer acuerdo que redacté y autorizó el Presidente, 
general Manuel Lisandro Badilas, concedía la jubi- 
lación de aquel benemérito pedagogo. En dicho esta- 
blecimiento nacional, que estaba en la parte norte 
del edificio de los betlemitas, se educaban unos cien- 
to veinte niños del pueblo, y sin embargo, jamás 
hubo acto inmoral alguno, que enturbiara el candor 
de aquella edad. Eran otros tiempos sencillos, de 
costumbres puras. Al través de muchos años que 
han corrido, nos parece ver todavía el gran salón de 
clases, perfectamente aseado, en orden completo; 
sin que, en los castigos que se daban, prevaleciera 
la severidad característica de la época, ni menos 
crueldad de parte del benévolo institutor, chapado a 
la antigua. Al frente del salón, presidía los estudios 
infantiles el venerable Hermano Pedro de San José 
Bethancourt, en un buen retrato al óleo, traído de la 
Antigua Guatemala. Dos hileras de hermosos rosa- 

249 



les formaban larga calle, hasta la salida de la escue- 
la. Los sábados, allí hacían los alumnos una valla, 
y los tres más juiciosos y adelantados, después de 
recibir un diploma, pasaban corriendo, por en me- 
dio, entre la lluvia de flores, que arrojaban sus com- 
pañeros, gritando, a la vez : ¡Honor y loor a su cons- 
tancia y pundonor! Con esa rosaleda, cada alumno 
ofrecía la savia cálida de su corazón, a sus condis- 
cípulos premiados. ¡Felices tiempos aquellos, en 
que, ni los recuerdos amargos, ni los presentimien- 
tos sombríos, entenebrecían la dulce paz de los di- 
chosos años ! Ha pasado más de medio siglo, y me 
parece escuchar todavía la voz ingenua de mi maes- 
tro inolvidable, cuando exclamaba: "Procurad no 
hacer sufrir a nadie, en el mundo". Este ha sido mi 
lema, desde entonces. Sé aún, de memoria, las 
"Máximas de Martínez de la Rosa", que nos obliga- 
ba a aprender y a recitar don José Domingo Téllez, 
quien había redactado varios libritos de textos, im- 
presos en la tipografía de "La Paz". La tinta, para 
escribir, era azul, fabricada por el mismo profesor, 
con añil y otros ingredientes. La escritura, en for- 
ma española, se hacía rayando previamente el pa- 
pel, en pautas y con un plomito cilindrico, que cada 
cual portaba en su bolsón. Las plumas de ave las 
tajaba diestramente el director, con gran paciencia. 
La letra era típica, según las clásicas muestras de 
Torcuato Torio de la Riva. . . ¡Días lejanos de mi 
dulce infancia, os envío, desde el fondo de mis tier- 
nas remembranzas, un adiós postrero, en estas pá- 
ginas, que serán acaso las últimas que escriba! 
¡ Horas de inocente alegría, que no puedo olvidar ! 
Las cosas que vemos, a la luz de rosa de la aurora, 

250 



son tal vez las que más fijas quedan en nuestra 
memoria. Luego, el esplendoroso meridiano, no 
hace más que aumentar el volumen y vivos colores 
de lo primero que nuestros ojos contemplaron, du- 
rante, la lactancia espiritual, en la candorosa niñez. 

Después de haber aprendido bien a leer, a escri- 
bir y las cardinales reglas de la aritmética, pasé a 
un colegio intitulado: "De la Inmaculada Concep- 
ción", nombre peregrino que le puso el preceptor, 
presbítero don José Mariano Andrade. Tenía el 
clérigo el aspecto, las gesticulaciones y maneras del 
dómine medioeval, que describe Cadalso. Aquel er- 
gotista chapín argumentaba desaforadamente, po- 
niéndose rubicundo y ecriando latinazos — que los 
alumnos no entendíamos — apenas iniciados en la 
añeja gramática de Nebrija. El principal, entre 
los varios profesores, era don Alejandro Pomaroli, 
romano corpulento, maestro de idiomas; parecía un 
Hércules, muy versado en la lengua del Lacio, que 
pretendía saber mejor que el R. Padre Parraondo, 
afamado jesuíta. Por entonces, en 1856, tenía la 
Compañía de Jesús, aquí en Guatemala, una casa 
matriz y un colegio, al cual concurría la flor y nata 
de la juventud centroamericana. En el plantel de 
"La Inmaculada" aprendí bastante latín, siempre 
útil para el estudio de ciencias y letras. 

Cuando se doctoró el Padre Andrade, hubo gran 
revuelo; y era de oírse la facundia arcaica con que 
peroraba, el día de la Borla, sobre un alto tablado, en 
el centro de la nave mayor de la catedral metropo- 
litana, junto con los individuos del claustro, que 
lucían capelos rojos, verdes, amarillos y azules. Toda 
la concurrencia, y hasta varios de los doctores, sa- 

251 



lían del templo, transcurrida una hora larga de oír 
y no entender al sabio, a quien admiraban por su 
fogoso discurso. Así son los filisteos, que llevan 
el fardo de prejuicios, imposiciones y farsas socia- 
les. La estulticia es propensa a rendir admiración 
a lo que no entiende, y a lo que ve rodeado de cere- 
monias, preámbulos y ritos. Según las Constitucio- 
nes universitarias del rey Carlos II, El Hechizado, 
que regían a la "Carolina Universidad" de Guatema- 
la, había tres actos para el doctoramiento : "La Re- 
petición, la Fúnebre y la Borla"; más aparatosas que 
otra cosa. Instruíase previamente una información, 
a fin de acreditar que el doctorando guardaba algu- 
nos libros sobre las materias de su grado, y que 
en las venas del aspirante no corría sangre mora o 
hebrea, ni estaba tiznado de heréticas doctrinas. 
Debía, además, sufrir el vejamen, consistente en de- 
nostarle, con el propósito de probar su humildad, por 
aquello de : Magnus esse vis, a minimis incipe. Era 
de rito también, poner en letras de oro, en una tabla 
negra, algún pedestre soneto o una décima chirle, 
alabando los colosales merecimientos del que había 
ascendido al gremio doctoral. 

Por aquellos lejanos tiempos recibí lecciones 
de latín y de retórica, que bondadosamente me daba 
el sabio Padre Esteban Parraondo, que era una no- 
tabilidad, y del cual guardo grata memoria. 

Cuando vine al mundo, a mediados del último 
siglo, prevalecía el romanismo en las leyes, el ro- 
manticismo en literatura y el demagógico francés, 
de los álgidos principios de la Revolución del 93. 
Verdad es que, en Guatemala, el misticismo todo lo 
ahogaba. Pero, en aquel entonces, ¿quién había de 

252 



prever que uno de los rasgos característicos de los 
tiempos presentes, "es que se va perdiendo —como 
dice un ilustrado escritor (1) — la ardorosa fe en la 
libertad jacobina; porque se ha visto, en el siglo XX, 
que ha producido tantas desigualdades e injusticias, 
que ya los hombres abandonan satisfechos parte 
de sus exageradas libertades, casi siempre mentidas, 
en cambio de más orden y menos iniquidad? Los 
pueblos actuales buscan remedio para las aberra- 
ciones económicas y públicas, que de ordinario son 
cortejo de esa libertad ultravioleta. El gran proble- 
ma de hoy, es ver cómo se conservan los caracteres 
de la verdadera libertad, sin favorecer las injusti- 
cias. El magno desiderátum es la conciliación del 
capital con el trabajo." 

Mas no debemos, en estas "Memorias", enfras- 
carnos en tales cuestiones, sino continuar la narra- 
ción histórica del estado de la enseñanza, en el 
tiempo viejo, cuando ya los jesuítas tenían la finca 
"Las Nubes" y un gran colegio en Guatemala, pa- 
trocinado por el Gobierno, a cuyo plantel asistía la 
créme de nuestra juventud; además, contaban los 
Padres de la Compañía de Jesús, con una casa ma- 
triz, en el edificio que fué convento de mercedarios. 

Por el mes de junio de 1859, vino de El Salvador 
don Santos Berdugo Toruno (que así se firmaba). 
En unión de don Antonio Silva, nicaragüense (estu- 
diante de leyes), establecieron el célebre "Colegio 
de San Buenaventura", que pronto tuvo buena repu- 
tación, y hacía la competencia, hasta cierto punto, 



(1) Muuray Butler, President of the University of Columbia: 
"The United Statei, and their power"— New York— 1924. 

253 



al dirigido por los discípulos de Loyola. Fuimos, 
entre otros que no recuerdo, los fundadores del Co- 
legio de San Buenaventura, Antonio Aguirre, Felipe 
Neri Asturias, José Sáenz, Agustín Andreu, José Mi- 
guel Rubio, Pedro Molina Flores, Juan Padilla Ma- 
tute, Ángel Rivera Paz, Manuel Jáuregui, Manuel 
Cabral, Ramón García, Andrés Téllez, Julio Molina, 
Carlos Hall, Juan Bautista Lira, Vicente Beltranena, 
Fabián Samayoa, Vicente Sáenz, Víctor Rosales, y 
el que escribe estas líneas, que a la sazón contaba 
once años de edad. Pronto adquirió dicho estable- 
cimiento gran auge, merced al patrocinio del Obispo 
Zepeda, del doctor José Farfán, del doctor Mariano 
Padilla, y de otras personas distinguidas. Don San- 
tos tendría, en aquella fecha, como treinta y cinco 
años, y era activo, dedicado, organizador e instruido 
en matemáticas, que, con provecho para los alum- 
nos, sabía enseñarlas. La clase de francés estaba 
a cargo de don Agustín Gómez Carrillo, quien la ser- 
vía perfectamente. Don Nicolás Tigerino, que estu- 
diaba medicina, tuvo las asignaturas de geografía y 
gramática castellana, y don Antonio Silva daba lec- 
ciones de moral y urbanidad, habiéndose recibido 
después de abogado. Entonces regresó a Nicaragua, 
de donde era nativo, y figuró como Ministro del Go- 
bierno de dicha república. 

El "Colegio de San Buenaventura" llegó a tener 
cien alumnos. Se estableció en la 10 ? calle poniente 
número . . . , en la casa que fué del presidente don 
Mariano Rivera Paz. Esa amplia mansión tenía un 
jardín, varios patios y sitio extenso. Los alumnos 
íbamos los domingos a misa, a San Francisco, con 
el director y algunos profesores ; llevábamos unifor- 

254 



me negro, con corbatas coloradas. El día de San 
Buenaventura, después del sermón y fiesta de igle- 
sia, se celebraba en el colegio al patrono titular, con 
flores, música, globos y cohetes. Era solemne la 
fiesta del egregio doctor, gran teólogo y santo de 
mucha fama. Al evocar estos dulces recuerdos, tor- 
no la vista, con tristeza, a las blancas horas de mi 
niñe^ tranquila, y me parece que vuelvo, después de 
un largo y penoso viaje, al vergel florido de donde 
partí. Como que aspiro aquel ambiente de placidez 
ingenua, gozo de aquellos días de candorosa felici- 
dad, amparado por mis inolvidables padres y rodea- 
do de mis primeros amigos. ¡Ah, el oleaje del tiem- 
po los ha hecho desaparecer; y me veo casi solo, en 
el ocaso de la vida !. . . Nada es durable en la tierra. 
Omnia sub ictu mors habet! 

Por el año 1860, después de ser aprobado en el 
examen de latín, ya concurría yo a la Pontificia Uni- 
versidad de San Carlos Borromeo, para obtener el 
título de Bachiller en Filosofía, indispensable, a fin 
de entrar en los estudios de carreras profesionales. 
Era aquel establecimiento, emblema de los antiguos 
tiempos, allá cuando su fundador, don Carlos II, 
fué hechizado por las monjas de Cangas, en una taza 
de chocolate, hecho con cacao de Soconusco. (1) El 
memorable Jefe del Estado de Guatemala, doctor 
Mariano Gálvez, en el año 1832, abolió aquella uni- 
versidad, sustituyéndola con la "Academia de Es- 
tudio". El plan, hábilmente redactado por el mis- 
mo doctor Gálvez y el erudito jurisconsulto don 



(1) Caravantes: "Causas Célebres". — Es notable la referente al 
hechizo del rey don Carlos II. 

255 



José Mariano González, ofrecía horizontes nuevos 
y progresista evolución; pero el 5 de febrero de 1840, 
emitió la Asamblea Constituyente los "Estatutos 
Universitarios", que estuvieron vigentes hasta el 22 
de septiembre de 1857, cuando se mandó que vol- 
vieran a observarse las "Constituciones de 1686", 
tales como regían en 1821. 

Recuerdo que, en la Universidad, la clase ée fí- 
sica la daba el doctor Farfán, sirviendo de texto 
un catecismo de Avendaño. Ni un aparato, ni una 
máquina, ni un instrumento, ilustraban a los alum- 
nos, que acudíamos, a veces, a la obra de Ganot, 
para tener una idea siquiera, de los más someros 
elementos. El estudio de la filosofía comenzaba por 
psicología, en la clase del mismo doctor José Far- 
fán; y lo hacíamos consultando el catecismo de 
Arbolí, que era el texto adoptado entonces. En re- 
sumen, no aprendíamos ni los rudimentos de la 
ciencia. 

Establecióse una clase de Retórica, servida por 
don Alejandro Pomaroli, a quien le ocurrió tomar 
por texto la añeja obra del Padre Colonia, escrita en 
latín, y que comienza preguntando: ¿Quid est fá- 
bula? La clase no pudo formalizarse, porque los 
estudiantes, alegres y traviesos, la tomamos por 
verdadera fábula, haciendo que renunciara el cate- 
drático romano, como llamábamos a aquel hercúleo 
profesor, oriundo de Roma, excelente latinista, buen 
maestro de francés y de otras lenguas; pero nada 
retórico, ni menos literato, en nuestro idioma es- 
pañol. 

Así y todo, no hay que olvidar que aquella ve- 
tusta Universidad de San Carlos, fué el centro do- 

256 



ccnte a donde venían los estudiantes de las otras 
partes de la América Central, y que aquí en Gua- 
temala se formaron los hombres más notables de 
los demás Estados. El doctor Francisco Dueñas, 
de El Salvador, los señores Felipe y Luis Molina, 
don Antonio Ortiz Urruela, el doctor Lorenzo Mon- 
túfar, don José María Castro, el doctor José Fermín 
Meza y Orellana, oriundo de Huehuetenango, pri- 
mer farmacéutico que hubo en Costa Rica; el doc- 
tor Rafael Zaldívar, don Rafael Machado Jáuregui, 
el licenciado Antonio Cruz, y otros muchos, que fue- 
ra largo enumerar. Ilustres sacerdotes fueron, tam- 
bién por entonces, educados en Guatemala: don 
Anselmo Llórente, don Nicolás Cáceres, don Pablo 
Catalán, quienes salieron de aquí para San José 
de Costa Rica. El ilustrísimo Arzobispo, doctor don 
Adolfo Pérez, que falleció en El Salvador, fué dig- 
nísimo prelado y culto ciudadano; el orador don 
Ángel María Arroyo, el doctor .Manuel Francisco 
Vélez y el elocuente canónigo don José Antonio 
Urrutia Jáuregui. Basté decir que, durante muchos 
años del siglo último, disfrutó Guatemala, no sólo 
de la hegemonía política, sino de la cultural y cien- 
tífica, en toda la América del Centro. Recuerdo que, 
cuando hice mis estudios profesionales, tuve muy 
inteligentes y apreciables compañeros de las otras 
repúblicas del istmo. 

Con el título de Bachiller en Filosofía, di co- 
mienzo al estudio del Derecho, cursando el romano, 
bajo la dirección del catedrático doctor don Anto- 
nio López Colón, y el canónico, por el doctor don 
Ángel María Arroyo. A dichas clases concurrían 
unos cincuenta estudiantes^porque se mezclaban los 

257 



de primer año con los de segundo, tercero y cuarto. 
Entre los cursantes, alcancé, por algunos meses, a 
Justo Rufino Barrios, que solamente se recibió de 
escribano público. Mis condiscipulos fueron Ricar- 
do Casanova, Fernando Cruz, Ildefonso Albores, 
Salvador Falla, Ramón Rosa, Marco Aurelio Soto, 
Andrés Orantes, Lorenzo Leal, Enrique Toriello, 
Martín Barrundia, Vicente Sáenz, Manuel y Basilio 
Barrutia, Cayetano Díaz Mérida, Fermín Peláez, 
Francisco Medina Pontaza, José Cervantes, Francis- 
co Aycinena, Miguel Alvarez, Rafael Meza, Manuel 
y Basilio Barrutia y otros muchos que de pronto 
no recuerdo. 

Después de graduarme de Bachiller en Derecho 
Civil y en Derecho Canónico, hice los estudios supe- 
riores para recibirme de abogado, habiendo sido los 
catedráticos, de Derecho teórico-práctico, los licen- 
ciados don Manuel J. Dardón y don Antonio Ma- 
chado; de Derecho Internacional y Literatura, don 
José Milla; de Economía Política y Derecho Cons- 
titucional o Político, el sabio doctor don Mariano 
Ospina. Era presidente de la "Academia de Dere- 
cho y del Colegio de Abogados", el licenciado don 
Raimundo Arroyo, quien patrióticamente tomó gran 
empeño por que se llevaran a cabo los estudios, de 
modo serio, con la mayor asiduidad y bajo exámenes 
rígidos. Todos los profesores fueron verdadera- 
mente notables y procuraban el aprovechamiento de 
los cursantes. Por entonces, disfrutó de rnucho auge 
la "Academia de Derecho Teórico-práctico". Cele- 
braban anualmente actos públicos de los pasantes, 
ante la Suprema Corte de Justicia, que se componía 
de jurisconsultos muy respetables. Yo fui nombrado 

258 



tres veces, a fin de cada año, para dichos actos, en 
unión de Casanova, Cruz y Soto. El 9 de marzo de 
1867 recibí el título de abogado, previa la dispen- 
sa de seis meses de tiempo establecido por la ley, 
merced a la gracia de dos meses, concedidos por 
cada acto público, y mediante haber obtenido tres 
notas de sobresaliente en cada uno de los veinticin- 
co exámenes, según constaba en los certificados res- 
pectivos. 

A consecuencia del excesivo estudio, y del afán 
con que me consagré a cumplir mis deberes, asis- 
tiendo a los juzgados y a la fiscalía del doctor don 
Andrés Andreu como pasante, hube de debilitarme, 
resintiéndose mi salud, por demasiado trabajo. 
Con el fin de que me iniciara en la carrera diplomá- 
tica, mi inolvidable padre — que tanto se afanó por 
mi educación — obtuvo que el Gobierno me nombra- 
ra Attaché de la Legación de Guatemala en los Esta- 
dos Unidos de América. Al llegar a Nueva York, bajé 
a tierra, sin exígírseme entonces ningún requisito, ni 
hacerme ninguna pregunta, ni pedirme certificado 
alguno; y esto, no por el carácter, diplomático, que 
llevaba, sino porque, en aquel tiempo, era completa- 
mente libre de trámites y prolijas exigencias, el in- 
greso a la Gran República. ¡Tantum mutaiur ab 
illo! 

Alcancé a conocer todavía, como enviado extra- 
ordinario y ministro plenipotenciario de Guatemala 
y de El Salvador — ante el gobierno de la Casa Blan- 
ca — al egregio repúblico, eminente escritor, gran 
diplomático y filólogo erudito, don Antonio José de 
Irisarri. Pude admirar el saber y talento de tan dis- 

259 



tinguido guatemalteco, a quien se tenía, eii Washing- 
ton, como representante nato de los países hispano- 
americanos, en los que harto había figurado, y por 
cuya independencia trabajó, como eximio procer. 

Viene a mi memoria — entre los floridos recuer- 
dos de mi juventud — la casa número 80 de State 
Street, en Brooklyn, con sencilla apariencia, som- 
breada por verdes tilos, durante la primavera, y los 
muros cubiertos de lozana yedra. En el interior de 
esa mansión había una sala llena de libros y papeles. 
Sentado, frente al gran escritorio, con incrustaciones 
de concha nácar, casi siempre se encontraba traba- 
jando un venerable anciano, de alto ingenio y mucho 
saber; de correctas facciones árabes, canosa y ce- 
rrada barba, mediana estatura, enjuto de carnes, 
manos finas y velludas, cabeza bien hecha, espaciosa 
frente, vista perspicaz, algo ensombrecida por los 
párpados, nariz recta y bien perfilada, labios delga- 
dos, desdeñosos y de rictus enérgico; por traje de 
casa usaba una bata de cachemira, con alamares de 
seda, gorro de terciopelo negro y chinelas obscuras 
y bordadas. El conjunto de esa señoril figura deno- 
taba gentileza, hábitos de alta sociedad y maneras 
atrayentes, que otorga el trato con personas de dis- 
tinción. Aquel caballero memorable era el decano 
del Cuerpo diplomático en Washington, el Cervan- 
tes americano, el célebre escritor y publicista don 
Antonio José de Irisarri, que había hecho gran papel 
en el mundo. Ese guatemalteco excelso poseía cua- 
lidades relevantes, percepción clarísima, carácter de 
acero, saber profundo r valor cívico y energía indo- 
mable. Formaba gallardamente en la pléyade de 
libertadores américo-hispanos, que brillaron en los 

260 



comienzos del siglo XIX. Tuvo de amigos a Bolívar, 
San Martin y Sucre. Irisarri fué dictador de Chile, 
a los veinticuatro años de edad, y se cuenta entre 
los proceres de su autonomía; fué figura histórica 
prominente, espíritu selecto, de notable ilustración. 
En aquella casa tenía, además de su escritorio, una 
elegante sala de recibo, lujosamente amueblada, y 
una riquísima biblioteca. Cuando falleció el grande 
hombre, se mandaron los libros a Santiago de Chile, 
habiendo quedado el segundo tomo del original iné- 
dito de las eruditísimas "Cuestiones Filológicas", en 
poder del secretario, don José María Vela. El dor- 
mitorio era a estilo Luis Felipe, comprado en Lon- 
dres, y la librería, como de ochocientos volúmenes, 
de gran precio. 

Don Antonio José, muy joven, había heredado 
de su padre más de un millón de dólares. Su mue- 
blaje lo había comprado entonces. 

Varias veces, después de servir yo de amanuen- 
se a mi jefe, y de darme él, al paso, algunas leccio- 
nes literarias, me invitaba, a las cinco de la tarde, 
a tomar chocolate, que en tablillas hechas en Gua- 
temala, le remitía la casa de Aycinena. El batidor 
y el molinillo también eran de nuestra tierra. En 
una ocasión, que quise evitarle la molestia de batir 
la bebida nacional, me contestó, con galante genti- 
leza : — "Oh, no ; este menester me es peculiar ; venir 
de nuestra patria el chocolate, ser bebida de allá, 
y batido por mí, que lo invito a tomarlo, he ahí el 
poco mérito del caso". Me daba a entender que 
el obsequiante, por encumbrado que sea, no deb« 

261 



servirse del obsequiado. Tenía aquel respetable di- 
plomático refinada educación y representaba siem- 
pre a Guatemala y a El Salvador con afecto, acierto 
y gran reputación. 

Cuando me hablaba de los disturbios sufridos 
por la América española, de los cuales había sido 
víctima, me decía: — "Es de advertir que, tanto la 
libertad inglesa como la norteamericana, se extien- 
den y difunden ampliamente, hasta el límite que les 
marca el derecho ajeno; mientras la libertad latina, 
es un galimatías que acaba por dar a aquella palabra, 
en lo político, muy diversas acepciones. Para el 
convencional, es el absolutismo sin trabas; para el 
jacobino, constituye el derecho de acabar con el ad- 
versario; para los mandarines de ocasión, absorber 
las garantías y los dineros nacionales; para los 
exaltados demagogos hasta el rojismo, echar abajo 
tradiciones, creencias, respetos sociales, superiori- 
dades legítimas; y para las turbas populacheras, el 
saqueo, el pillaje, el terror y la anarquía. Todo eso 
se llama, en castellano, libertad del embudo". 

Bajo el peso de los años, temblaba, entre los 
dedos de aquel adalid, la soberbia pluma, que siem- 
pre había manejado con gallardía y suma corrección; 
pero el alma viril, enérgica, luchadora y ardiente, 
no había envejecido. Diríase que, cual hoja tole- 
dana, sólo había gastado la vaina. A los ochenti- 
trés años, conservaba Irisarri su elevado carácter, 
su clarísimo talento, su genial entereza. Hombre 
extraordinario, varón preclaro, de nobles hazañas, 
en aquella época gloriosa de la emancipación de la 

262 



América española; ministro de Chile en Londres, 
que tuvo de secretario a Andrés Bello. ¡Qué feliz 
conjunción de lumbreras!... (1) 

Los despojos mortales del esclarecido compa- 
triota nuestro, yacen modestamente sepultados, casi 
desconocidos, en el Cementerio del Calvario, en 
Brooklyn. Siempre fui, en mis repetidos viajes, por 
la América anglosajona, a visitar la tumba del egre- 
gio patricio, mi admirable jefe y maestro; y al depo- 
sitar una corona de siemprevivas en su sepulcro, me 
preguntaba: ¿Por^qué, prescindiendo de prejuicios, 
no se han repatriado los restos venerables del exi- 
mio guatemalteco, reconocido mundialmente como 
honra y prez del país de su nacimiento?. . . 

Por aquellos años comenzaban a cruzar el río 
Hudson, que separa Nueva York de Brooklyn, pe- 
queños vapores, además de algunos botes y lanchas, 
que sirvieron al famoso Vanderbilt de base de su 
gran fortuna. Contaban las crónicas, que el millo- 
nario había sido antes un pobre hombre que, en 
unión de un italiano, estableció la primera compañía 
de transportes en aquel anchuroso río. Sucedió que 
una comitiva de gente rica fuera, en tarde veraniega, 
a hacer un sepelio, en el antiguo "Green Wood", o 
sea el principal y lujoso cementerio. Al regresar, 
ya tarde, los del cortejo fúnebre pidieron lanchas 
a Vanderbilt, quién les manifestó que las aguas es- 
taban muy agitadas, debiendo esperar que amainara 
la tormenta; que sólo por diez mil dólares podía 
aventurar sus embarcaciones. Convinieron los fa- 



(1) Véase la biografía que publiqué, en un libro intitulado: 
"Landívar e Iiisarri". — 1888. 

263 



miliares del difunto en pagar esa suma, con tal de 
que no hubiese el menor percance, y que fuera 
el mismo Vanderbilt al frente de sus lanchas. Cuan- 
do, después de media hora, llegaron sin novedad a 
la orilla de Nueva York, le dieron una tarjeta, en 
forma de pagaré, con la dirección de la oficina de 
uno de los dolientes, en Pine Street. Presentóse, 
al dia siguiente, el lanchero, a reconocer su paga. 
En el acto extendió un cheque el comerciante, con- 
tra uno de los bancos ; pero el acreedor replicó que 
a él no le conocían en el establecimiento de crédito, 
y que deseaba los $10,000 en green backs. Pronto 
fué a traerlos un dependiente, y Vanderbilt recibió 
el dinero, que el italiano, entendido en juegos de 
bolsa, empleó en la de Nueva York, muy agitada 
entonces, por la guerra de secesión. Con tal trá- 
fico, y haciendo contrabando de armas, al cabo de 
cuatro años, tenía la sociedad un millón de dólares. 
Después disolvieron esa compañía, y por el año 1867, 
ya heredaron, los hijos del viejo Vanderbilt, cien 
millones. Cuando conocí el palacio suntuoso de 
Cornellius, en la quinta avenida, tenía la casa mu- 
cho más capital. Recuerdo haber visto el retrato 
del fundador de esa riqueza, en el gran salón de 
recepciones, en una buena pintura al óleo, de cuerpo 
entero, con el traje antiguo, calzón corto, chupa 
bordada, chaleco mayúsculo, zapatillas con hebillas. 
Entonces, todos se hacían lenguas de la magna for- 
tuna del millonario, superada más tarde con creces, 
por muchos otros, que cuentan por cientos las millo- 
nadas de pesos. Los reyes del oro y los rascacielos, 
se han subido hasta las nubes. De repente, en 
aquella Babel electrizada, hay una tremolina de in- 

264 



terescs, entre el capital huraño y el trabajador des- 
contento, mucho más complicada y trascendental 
que la que ocasionara la bíblica Torre, que se hizo 
célebre en la historia judaica. 

Cuando estuve yo, por primera vez, en Nueva 
York — hace sesenta años — , aquella urbe, así como 
toda la América anglosajona, vivía una vida sen- 
cilla, fuerte, original; antes del industrialismo, mer- 
cantilismo, socialismo, capitalismo, dolarismo, huel- 
guismo, judaismo, petrolismo, imperialismo, y de 
otros varios ismos sociales, que hoy la minan y la 
tornan laberintosa, y en mucho desnaturalizada de 
lo que fuera en los buenos tiempos de Franklin y 
de Lincoln; cuando la democracia no había perdido 
su puritana pureza, por la sed del oro corruptor; 
cuando los colonos eran desinteresados y graves ; 
cuando la reja del arado ennoblecía; cuando mora- 
listas, poetas y hombres de estado, vivían en casas 
de madera; cuando presidentes y gobernadores sa- 
lían de humildes granjas; cuando la nueva democra- 
cia admiró al orbe, por su vigorosa amplitud y 
fecunda realidad. (1) 

Hace medio siglo era Brooklyn una pequeña 
población, barata para vivir y muy tranquila, aun 
después de comunicada por los Ferries Boats, que 
pasaban el anchuroso río Hudson, sobre el cual se 
tendió, como una maravilla, ei gran puente, en el año 
1897. Hoy existe un túnel, bajo el lecho de ese río, 
que une el más importante distrito de Manhattan, 
que es parte de la colosal New York. Para la venti- 
lación del túnel hay un curioso sistema que le pro- 



(1) Ega de Queiroz: "La Decadencia de la Risa". 
265 



porciona aire y echa fuera el humo del vapor que 
producen las máquinas de los ferrocarriles. Este 
portentoso túnel tiene dos millas de longitud y cons- 
ta en realidad de dos tubos, uno para los vehículos 
que van al oeste, a New Jersey, y otro que acomoda 
el fabuloso tráfico, en dirección opuesta. El día que 
se inauguró el túnel, pasaron por él más de cincuen- 
ta mil automóviles y camiones. 

Lo que protege a los Estados Unidos es el ca- 
rácter del pueblo, el poder de la prensa, y que repu- 
blicanos y demócratas no son teorizantes*, no profe- 
san demagogia. En la Gran República prevalece la 
libertad que ilumina y no incendia; pero es absor- 
bente el coloso, como todo inmenso poder en su apo- 
geo, y lleva, como los grandes cuerpos, virus de 
descomposición. 

El imperialismo es ley sociológica inevitable. 
Desde la más remota antigüedad, hasta la expansión 
cesárea de Roma y la conquista hispana de Amé- 
rica, hasta la absoluta dominación de Inglaterra y 
de Alemania ; hasta la actual preponderancia de los 
Estados Unidos ; siempre la fuerza ha sido centrí- 
peta, incontenible, inmisericordiosa, en todos los 
órdenes de la naturaleza; siempre la eterna lucha, 
efecto necesario del apotegma de Buffón: "Todo 
vive de la muerte", verdad que, ya siglos antes, 
había consignado Sócrates, el divino mártir de la 
filosofía. 

Recuerdo que a mediados del siglo XIX, cuando 
conocí, por vez primera los Estados Unidos, era muy 
modesta la Secretaría de Estado, con pocas salas y 
escaso personal. Hoy tiene el Departamento de 

266 



Estado, un palacio grandísimo, con más de seiscien- 
tos empleados ; y en el extranjero trabajan, en el ra- 
mo de Relaciones Exteriores, unos tres mil quinien- 
tos, por todo el mundo. Embajadores hay doce en el 
exterior. Cuando fui a los Estados Unidos, en 1868, 
contaba la república unos treinta millones de habi- 
tantes. Hoy tiene ciento veinte millones. Blancos, 
cien millones; negros, diez millones; chinos, sesenta 
mil, y el resto, japoneses y de otras razas. Indios, 
doscientos cincuenta mil. 

En mayo de 1871, regresé por primera vez de 
Norteamérica, y ya se notaba en Guatemala, la tem- 
pestad revolucionaria. El gobierno de Cerna no 
tenía prestigio, actividad, ni energía. Estaba gasta- 
do.y fuera de la atmósfera de las ideas progresistas; 
si bien es cierto que, como siempre sucede, en todos 
los cambios políticos, después del triunfo revolu- 
cionario, hubo de denigrarse apasionadamente la 
administración de los treinta años, como se llamó al 
período corrido desde la caída -de Galvez, hasta 
la entrada de García Granados y J. Rufino Barrios. 

La reelección del general Cerna fué un desatino 
de trascendentales consecuencias. Recuerdo perfec- 
tamente aquel acto impolítico. Era el 17 de enero 
de 1869, a las diez de la mañana; y en el edificio de 
la Sociedad Económica, en el mismo salón en que 
actualmente celebra sus sesiones el Poder Legisla- 
tivo, se reunió la Cámara de Representantes, en 
.pleno, con los testamentos prescritos en el acta 
constitutiva, y un batallón de tropa en la calle. Hubo 
47 electores. Muchos artesanos — como llamaban 
entonces a los que hoy se denominan obreros — lle- 
naban los corredores del edificio. La votación se 

267 



hizo por cédulas secretas. Practicado el escrutinio, 
resultó electo el mariscal don Vicente Cerna, por 23 
votos. El mariscal J. Víctor Zavala obtuvo 21, 3 el 
licenciado don Luis Molina, 1 el licenciado don Pe- 
dro de Aycinena, y 5 el licenciado don Manuel Eche- 
verría. 

El general J. Víctor Zavala tenía a su favor la 
opinión popular y contaba con la tropa. Pudo, si 
hubiese querido, hacerse presidente; pero era caba- 
llero distinguido y leal militar. Si se hubiera cam- 
biado ministerio; si se hubiese siquiera dado otro 
aspecto al gobierno, que era sustanciálmente el mis- 
mo del año 1840, se habría evitado la revolución del 
71. Pero se creyeron necesarios las ministros anti- 
guos, desconociendo que, en el mundo, lo que no 
marcha y evoluciona, sucumbe. 

Para concluir este capítulo, consignaré que, la 
capital de los Estados Unidos, cuando la conocí en el 
año 1868, abrazaba gran área, en su trazo, hecho 
por Washington y L'Enfant, en círculos, de los cua- 
les irradian numerosas calles, pero que no existían 
aún, hace más de medio siglo, pues aquella ciudad 
era por entonces, como ya he dicho, poco poblada, 
triste y polvorienta. No tenía el pavimento riquí- 
simo que hoy tiene, ni muchos de los edificios 
grandiosos que la embellecen, ni las mansiones re- 
gias que la adornan. Las casas eran, en su mayor 
parte, de madera. La gran avenida "Pensilvania" 
no contaba con los almacenes que le dan vida, ni 
había en la metrópoli el movimiento social, que en 
invierno la hacen agradable. Siempre ha sido la 
urbe de los legisladores del país, de los diplomáticos 
extranjeros, de los empleados, hoy numerosísimos; 

268 









actualmente llegan hasta cien mil, incluyendo espe- 
cialistas de todos los ramos del saber humano. 
Washington es esencialmente una ciudad soberbia, 
como intelectual y cultural, con un espléndido arbo- 
lado que la embellece, hermosos jardines y estatuas, 
que le prestan elegancia ; recuerdos conmemorativos 
con numerosos y lindos parques. El sitio que ocupa, 
a las orillas del Potomac, no pudo ser mejor esco- 
gido por el mismo Washington. 

Actualmente, los edificios públicos son muchí- 
simos, y de grandísimo interés. Valen millones de 
dólares como que están construidos en mármol blanco 
y de granito; tanto éstos, como las valiosas casas 
particulares, presentan un agradable aspecto de lim- 
pieza atractiva., alegre, luminosa, que no tienen otras 
capitales. Las muchas avenidas con árboles de 
ornato, le dan sombra y esplendor. Los enormes 
hoteles, como alcázares de leyenda. El Capitolio 
corresponde, por su grandiosidad y gallardía, a la 
magnificencia de la gran república americana; la 
Tesorería Nacional, que cuenta con ocho mil em- 
pleados, contiene muchos millones de pesos; presen- 
ta la mayor actividad, como factor del movimiento 
económico dermundo, desde que los Estados Unidos 
^on el centro de las finanzas del orbe ; la Casa Blan- 
ca, en donde despachó el presidente Washington, 
resulta hoy pequeña, estrecha, para residencia presi- 
dencial; pero la conservan, cual reliquia conmemo- 
rativa, y ninguno se ha atrevido a cambiarla por un 
suntuosísimo palacio, espacioso, rico, célebre, cual 
podían tenerlo, porque vale más, inmensamente, la 
sencilla Casa Blanca, que atesora memorias sagra- 
das, y evoca recuerdos patrióticos. La gran Biblio- 

269 



teca del Congreso es una maravilla; los monumen- 
tales edificios que ocupan los ministerios ; la inmen- 
sa Imprenta del Gobierno, la mayor del mundo; la 
Oficina de Patentes, que guarda facsímiles de los 
incontables inventos de aquella portentosa nación, 
es un Índice objetivo, una clase soberbia del des- 
arrollo industrial, comercial y artístico de los Esta- 
dos Unidos. La Unión Panamericana ostenta un 
edificio sobresaliente, modernísimo y de suma im- 
portancia; el monumento a Washington es un obe- 
lisco que mide 555 pies de altura por 53 pies cua- 
drados de base. Yo lo vi construir, en su mayor 
parte, y asistí a su inauguración, que fué, si no re- 
cuerdo mal, uno de los días conmemorativos, que 
actualmente se celebran. Tal monumento se yergue 
audaz, como una aspiración representativa del pue- 
blo joven y más grande de los tiempos modernos. 
Es digno aquel altísimo obelisco de haberse con- 
sagrado a Jorge Washington. La capital de la Gran 
República tiene peculiar importancia y gentileza, 
no desde el punto de vista industrial ciertamente, 
sino como foco del gobierno y urbe moderna, amena, 
espléndida y de atractivos inolvidables. 

No es posible dejar de hacer una reseña de la 
mansión privada de aquel ilustre repúblico, el pri- 
mero en la guerra, el primero en la paz, el primero 
en el corazón de sus conciudadanos ; singular figura 
de la humana estirpe. Mount Vernon es sitio cé- 
lebre, venerable, en donde existe una casa histórica, 
de dos pisos, de madera, a las márgenes del famoso 
Potomac, en Virginia, a diez y seis millas de la capi- 
tal, hacia la parte sur, muy pintoresca. Con excep- 
ción de los años que Washington ejerció la presiden- 

270 



cia, fué siempre habitada por él; y durante mucho 
tiempo, por su esposa y familia. En varios cuartos 
vense los mismos muebles que pertenecieron al ge- 
neral y a Marta, su mujer. Cerca de esa memorable 
mansión, existe un parque, que contiene muchas flo- 
res y patrióticos recuerdos. 

Mount Vernon es la meca de los que rinden 
culto a la libertad ; por eso es tan visitada, y nunca 
le faltan ofrendas de admiración y cariño. 

Después de vivir yo dos años en los Estados Uni- 
dos, y cuando ya sabía bien inglés, regresé a Gua- 
temala, en mayo de 1871, en vísperas de la revolu- 
ción que derrotó al gobierno de Cerna. 



271 



CAPÍTULO VI 



Organización política, religiosa y militar, en tiempo 
del gobierno del Capitán general Rafael Carrera. — Prin- 
cipales edificios. 

SUMARIO 

Estado civil. — Presidencia de la República. — Secre- 
tarios del Despacho. — Consejo de Estado. — Cámara de 
Representantes. — Corte Suprema de Justicia. — Ilustre 
Colegio de Abogados. — Municipalidad. — Nacional y 
Pontificia Universidad de San Carlos. — Consulado de 
Comercio. — Agentes consulares en los departamentos. — 
Sociedad Económica de Amigos del País. — Administra- 
ción General de Rentas. — Protomedicato. — Hospital Ge- 
neral de San Juan de Dios. — Boticas en la capital. — 
Casa de Huérfanas. — Hospicio. — Escuelas públicas en 
la capital. — Casa de Moneda. — Juzgado de Hacienda. — 
Tesorería Nacional. 

Estado eclesiástico. — Arzobispo de Guatemala. — Ca- 
bildo Eclesiástico. — Coro de Guatemala. — Colegio d« 
Infantes. — Curia Eclesiástica. 

Comunidades religiosas. — Convento de San Fran- 
cisco.— Colegio de Cristo. — Convento de Santo Domingo. 

^272 



Misión de la Compañía de Jesús. — En la Merced, 
en Belén.— En Quezaltenango. — En Lívingston. 

Monasterios. — La Concepción. — Santa Catarina. — 
Carmelitas.— Santa Clara. — Capuchinas. — Belén. 

Estado militar. — Brigadieres efectivos. — Batallones. 
— Estado de la Fuerza armada. 

Las monedas. • 

Principales edificios públicos. 

1858 

I 

ESTADO CIVIL 

Gobierno 

Presidente de la República: el excelentísimo 
don Rafael Carrera, Capitán General del Ejército; 
Caballero Gran Cruz de la Orden Pontificia de San 
Gregorio Magno, en la clase militar; Comendador 
de la Real Orden de Leopoldo de Bélgica ; Presiden- 
te Honorario del Instituto de África; condecorado 
con varios distintivos por acciones de guerra. Super- 
intendente general de hacienda, etc., etc. 

Secretarios del Despacho (Ministros) 

De Gobernación y Justicia, Ministro, el licencia- 
do don Manuel Echeverría. 

Oficial Mayor, licenciado don Mariano Córdova. 

Oficial Primero, licenciado don Andrés Fuentes 
Franco. 

Tres escribientes, un portero y un mozo de 
oficio. 

273 



Oficial Archivero de las Secretarías del Gobier- 
no, don Dionisio Arcia. 

Un escribiente auxiliar y un mozo de oficio. 

Ministro de Hacienda y Guerra, el señor Conse- 
jero de Estado don José Nájera. 

Ministro de Relaciones Exteriores, el señor Con- 
sejero de Estado don Pedro de Aycinena. 

Subsecretario, el señor don José Milla. 

Consejo de Estado 

Consejeros los señores : 

Don Juan Matheu (Presidente) ; 

Licenciado don Luis Batres Juarros ; 

Don José Nájera; 

Don Manuel Cerezo; 

Doctor don Pedro José Valenzuela. 



CÁMARA DE REPRESENTANTES 

(PODER LEGISLATIVO) 

Junta Directiva: 
Se componía de los señores : 

Presidente, licenciado don José Antonio Azmitia. 

Vicepresidentes, doctor don Juan J. de Aycine- 
na y licenciado don Luis Batres. 

Secretarios, licenciado don Raimundo Arroyo, 
licenciado don Juan Andreu, licenciado don 
Juan García Parra, licenciado don Antonio 
Aguirre Asturias. Había, además, 51 dipu- 
tados. 

274 



CORTE SUPREMA DE JUSTICIA 

La componían los señores : 

Regente, licenciado don José Antonio Azmitia. 

Decano, licenciado don Pedro Nolasco Arriaga. 

Magistrados, licenciado don Manuel Arrivilla- 
ga, licenciado don José María Saravia, licen- 
ciado don Marcelo Molina, doctor don Pedro 
José Valenzuela, licenciado don Rafael Esco- 
bedo. 

Fiscal, doctor don Andrés Andreu. 

Conjueces, licenciado don Salvador Saravia, li- 
cenciado don Cayetano Batres. 

Escribanos de Cámara : l 9 , don José Domingo 
Toriello, secretario; 2 9 , don Francisco Flores. 

Oficial Mayor, don José María Bosque. 

Archivero, don Mariano Aráuz. 

Abogado de pobres, licenciado don José Lara 
Pavón. 

Procurador, don Agustín Rodríguez. 

Un oficial primero, un segundo y un receptor; 
dos porteros y dos mozos de oficio. 



UUECES DE PRIMERA INSTANCIA 
DE LOS DEPARTAMENTOS 

Del de Guatemala : Juez primero, licenciado don 
Arcadio Estrada; escribano, don Juan Vicente 
de León; juez 2 9 , licenciado don Manuel Dar- 
dón; escribano, don Manuel Ariza. 

Del de Chimaltenango, el corregidor. 

Del de Solóla, el corregidor. 

275 



Del de Totonicapán, el corregidor. 

Del de Quezaltenango, licenciado don Felipe 
Pedroza. 

Del distrito de San Marcos, el corregidor. 

Del de Huehuetenango, el corregidor. 

Del departamento de Suchitepéquez, el corre- 
gidor. 

Del de Sacatepéquez, doctor don Doroteo José 
Arrióla; escribano, don Felipe Garcia Salas. 

Del distrito de Amatitlán, licenciado don Juan 
Miguel Arrechea. 

Del departamento ¿le Escuintla, el corregidor. 

Del de Chiquimula, licenciado don José Bar- 
berena. 

Del distrito de Izabal, el corregidor. 

Del departamento de Verapaz u licenciado don 
Justo Milla. 

Del distrito del Peten, el corregidor. 

Brigadier, don Manuel M. Bolaños, don Camilo 
Hidalgo, licenciado don Manuel Echeverría, 
doctor don Juan J. de Aycinena, doctor don 
Bernardo Pinol. 

Secretario, don Rafael Machado. 



ILUSTRE COLEGIO DE ABOGADOS 

Decano, licenciado don José María de Urruela. 

Diputados : l 9 , licenciado don Atanasio Urrutia ; 
2°, licenciado don Cayetano Batres ; 3 9 , licen- 
ciado don Fermín Arévalo* 4 9 , licenciado don 
José Lara Pavón. 

Fiscal, licenciado don Raimundo Arroyo. 

276" 



Secretario, licenciado don Rafael Machado. 

Prosecretario, licenciado don Nicolás Larrave. 

Tesorero, licenciado don Antonio Padilla. 

Presidente de la Academia de Derecho Teó- 
rico-práctico, licenciado don J. Antonio Ortiz 
Urruela. 

Vicepresidente de la Academia, licenciado Rai- 
mundo Arroyo. 

Sinodales : l 9 , licenciado don J. Venancio López ; 
2 9 , P. licenciado don Pedro V. Batres ; 3 9 , licen- 
ciado don Arcadio Estrada; 4 9 , licenciado don 
Agustín Monzón. 

Secretario, licenciado don Rafael Machado. 



MUNICIPALIDAD DE GUATEMALA 

Alcalde l 9 , don Manuel Vega. 

Alcalde 2 9 don Isidro Fuentes. 

Alcalde 3 9 , licenciado don Gabriel Santacruz. 

Regidores : l 9 , don José Avila ; 2 9 , don Manuel 
Palomo Valdés; 3 9 , don Manuel Asturias; 4 9 , 
licenciado don Juan Echeverría ; 5 9 , don Gre- 
gorio Urruela; 6 9 don Luis Valdés; 7 9 , licen- 
ciado don Rafael Machado ; 8 9 , don Francisco 
Taboada ; 9 9 , don Jorge Ponce ; 10 9 , licenciado 
don Nicolás Larrave. 

Síndicos: l 9 , licenciado don José G. Salazar; 
2 9 , licenciado don Ramón Samayoa. 

Secretario, don Manuel Beteta. 

Oficial de la Secretaría, don Manuel Arévalo. 

Escribano de los Juzgados l 9 y 2 9 , don Ramón 
Asensio. 

277 



Escribano- del Juzgado 3 9 , licenciado don Ma- 
nuel Rodríguez. Un oficial escribiente en ca- 
da uno de estos juzgados. 

Tesorero, don Vicente Rivas. 

Contador, don Francisco Cervantes. 

Oficial de la Tesorería, don Francisco Garrido. 

Fiel de la Alhóndiga, don José Valdés. 

Fiel del Rastro, don Francisco Garrido. 

Recaudador de los fondos de propios, cajones 
y tiendas, don 

De Aguas, don Apolinario Cáceres. 

Del Alumbrado, don Leandro Menéndez. 

Portero, don Juan Bautista Centeno. Un mozo 
^ de oficio. 

Alcaides: l 9 , don Yanuario Ceballos; 2 9 , don 
Juan Quesada. 

Rectora de la Casa de Recogidas, señora Rita 
Guerra. 

Agente de Policía, don Bibiano Gordillo. 

Primer Jefe del Resguardo de Policía, don Juan 
Ramírez; segundo, don Pioquinto Cabrera. 



NACIONAL Y PONTIFICIA UNIVERSIDAD 
DE SAN CAttLOS 

La Pontificia Universidad de Guatemala, se 
fundó a solicitud y empeño del ilustrísimo señor 
don Francisco Marroquín, primer Obispo, por cé- 
dula de 31 de enero de 1676 y bula de 18 de julio 
de 1687, concediéndola todos los privilegios de la 
de Salamanca. Sus constituciones se publicaron en 
9 de julio de 1686. El mismo ilustrísimo señor Ma- 

278 



rroquín dejó quince mil pesos, y el capitán don Pe- 
dro Crespo Suárez veinte mil, con cuyos capitales 
se verificó la fundación; y habiéndose reunido, con 
otras donaciones de particulares, hasta setenta y 
cinco mil, se impusieron a ley de juros en real ha- 
cienda, y se pagaron cumplidamente sus réditos 
hasta 1821. En la puerta de calle de la Universi- 
dad, sobre el friso, estuvieron por muchos años los 
bustos de Marroquin y Suárez. (1) 

Se daban las clases de lengua cakchiquel, filo- 
sofía, jurisprudencia canónica y civil, teología dog- 
mática y moral, santa escritura y medicina. 

Subsistió la Universidad conforme a sus anti- 
guas constituciones, hasta septiembre de 1832, en 
que se publicó el primer Plan de Academia de Es- 
tudios, que fué reformándose sucesivamente hasta 
1837, en que se publicó otro mejor combinado. 

En febrero de 1840 el Gobierno restableció la 
antigua Universidad provisionalmente, conforme a 
sus antiguas constituciones; y en 5 de noviembre 
del mismo año se dieron, por la Asamblea Constitu- 
yente, los estatutos que rigieron hasta el 22 de sep- 
tiembre, en que se volvieron a mandar observar 
las constituciones de 1686, conforme regían en 1821, 
y con las reformas que expresa dicho decreto de 22 
de septiembre. 

Los individuos que la componían fueron : 

El ilustrísimo señor doctor don Bernardo Pinol, 
Obispo electo de Nicaragua, catedrático de 
Sagrada Escritura, Rector. 



(1) Cuando se fundó la Facultad de Derecho, el Decano mandó 
quitar los bustos del benéfico señor Marroquin y del generoso Cres- 
po Suárez. 

279 



Doctor don Juan José de Aycinena, arcediano 
de esta S. I. M., Decano, Vicecancelario, cate- 
drático jubilado de Cánones. 

Doctor don Mariano Gálvez, en México. 

Doctor presbítero don Ramón Solís. 

Doctor presbítero don Isidro Menéndez, en San 
Salvador. 

Doctor y maestro don Pedro Valenzuela, cate- 
drático de Derecho Romano. * 

Doctor presbítero don Mariano Domínguez, en 
La Habana. 

Doctor don Mariano Padilla, catedrático de Ci- 
rugía. 

Doctor don José Luna, catedrático de Medicina. 

Doctor don Eusebio Murga, catedrático jubila- 
do de Anatomía. 

Doctor don Nazario Toledo, en Costa Rica. 

Doctor y Maestro don Andrés Andreu. 

Doctor don Doroteo Arrióla. 

Doctor presbítero don Cecilio Aguilar. 

Ddfctor presbítero don Francisco González 
Lobos. 

Doctor don Miguel Valdés Marqui, en México. 

Doctor don José Benito Vasconcelos. 

Licenciado don José Venancio López, catedrá- 
tico de Leyes. 

Licenciado don Ignacio González, catedrático 
de la primera de Filosofía. 

Licenciado don José Farfán, catedrático de la 
segunda de Filosofía y de Ciencias Naturales. 

Licenciado don Juan Andreu, catedrático de Ma- 
temáticas. 

280 



Licenciado don Damián Guerra, catedrático de 

la tercera de Filosofía, interino. 
Licenciado don Francisco Abella, catedrático 

sustituto de Anatomía. * 
Licenciado presbítero don Pedro Vicente Batres, 

catedrático interino de Dogma y Moral. 
Licenciado don Rosalío Hernández, catedrático 

de lengua cakchiquel. 
Bachiller presbítero don Apolinario Villalobos, 

catedrático de lengua cakchiquel. 

Conciliarios: 

Licenciado don Mariano Córdova. 

Don Eligió Baca (doctor de la Facultad de Me- 
dicina de París). 

Bachiller presbítero don José María Bengoe- 
chea. 

Bachiller presbítero don Francisco W. Taracena. 

Bachiller don Francisco Benítez, tesorero. 

Licenciado don José María Gavarrete, secre- 
tario. 

Bedeles: 

Don Manuel Cáceres. 
Don Cándido Escobar. 



CONSULADO DE COMERCIO 

Prior, don Juan Matheu. 
Teniente, don Luis Batres. 
Cónsul l 9 , don Xavier Aycinena. 

281 



Teniente, don Antonio Aguirre. 
Cónsul 2 9 , don Miguel González. 
Teniente, don Vicente Beltranena. 

Conciliarios: 

V Don Camilo Idalgo. 

Teniente, no tiene. 
2 9 Don Juan B. Peralta. 

Teniente, no tiene. 
3 9 Don Miguel Ruiz. 

Teniente, don Miguel Matheu. 
4 9 Don Manuel Beltranena. 

Teniente,' don José María Escolt. 
5 9 Licenciado don Emilio Luna. 

Teniente, don Simón Contreras. 
6 9 Don Francisco Cladera. 

Teniente, no tiene. 
7 9 Don Joaquín Arrechea. 

Teniente, don Rafael Tejada. 
8 9 Don Miguel García Granados. 

Teniente, don Joaquín Arzú. 
9 9 Licenciado don Xavier Asturias. 

Teniente, licenciado don Antonio Padilla. 

Síndico, licenciado don José María Urruela. 
Teniente, licenciado don Juan M. Arrechea. 
Tesorero, don Francisco Benítez. 
Contador, don Juan Francisco Urruela. . 
Secretario, don Jorge Menocal. 
Juez de Alzadas del Tribunal, licenciado don 
Atanasio Urrutia. 

282 






Asesor, doctor don Pedro Valenzuela. 
Escribano, don Juan Andreu, que también lo era 
de Alzada. 

Agentes consulares en los departamentos 

Antigua Guatemala, don Manuel Benítez. Te- 
niente, don Pedro Montiel. 

Amatitlán, don Rafael Godoy. Teniente, don 
Jerónimo Gil. 

Huehuetenango, don Mariano Avila. Teniente, 
don Francisco Valdés. 

Sociedad económica de amigos del país 

La Junta de Gobierno de la Sociedad Económi- 
ca de Amigos del País la componían los seño- 
res : 

Director, licenciado don José Antonio Larrave. 

Vicedirector, don Juan Matheu. 

Conciliarios: l 9 , doctor don Mariano Padilla; 
2 9 , licenciado don Cayetano Batres; 3 9 , licen- 
ciado don Marcos Dardón. 

Contador, don Antonio Aguirre. 

Tesorero, don Manuel Larrave. 

Secretario, licenciado don Rafael Machado. 

Prosecretario, licenciado don J. Antonio Jáu- 
regui. 

Maestro director de la Escuela de Dibujo y Pin- 
tura, don Julián Falla. • 

283 



Director de la Escuela de Matemáticas, licen- 
ciado don Cayetano Batres (gratis). 
Maestro del Taller de Escultura, don Buenaven- 
tura Ramírez. 



Administración general de correos 

Administrador general, don Mariano Córdova. 
Interventor, don Domingo Castillo. 
Un oficial primero, un supernumerario y un 
portero. 



Protomédicato 

Lo componían los señores : 

Protomédico y presidente, doctor José Luna. 
Vicepresidente, doctor don Mariano Padilla. 
Vocal examinador, licenciado don Francisco 

Abella. 
Vocal examinador, licenciado don José Farfán. 
Censor, doctor don Benito Vasconcelos. 
Secretario, licenciado don Marcos Dardón. 
Portero 



Nombres de las boticas que había en la ciudad y 
lugares en que estaban situadas 

De Lara, en el Portal del Palacio del Gobierno. 
De Samayoa, en la Calle Real, número 1. 
De Sosa, en la misma Calle, número 15. 

284 









De Echeverría Abella, en la Calle del Carmen, 
frente al número 9. 

De Dardón, en la Calle de la Universidad, nú- 
mero 11. 

De Marroquín, Calle de la Universidad, núme- 
ro 46. 

De Ortiz, Calle de Mercaderes, número 4. 
Del Carmen, en la Calle de la Victoria, núme- 
ro 7. 

De La Merced, en la Calle de La Merced, nú- 
mero. 

De Soto, en la misma Calle, número 37. 
De Vega, Calle del Carmen, frente al número 1. 



Hospital general de San Juan de Dios 

El Hospital General de Guatemala estaba bajo 
la inspección y dirección de una Junta de Gobierno, 
que se componía del Hermano mayor, presidente de 
ella, y bajo cuyas órdenes inmediatas estaba toda 
la casa, dos conciliarios eclesiásticos, cuatro secu- 
lares, un síndico, un tesorero, un secretario y algu- 
nas veces un prosecretario. Dicha Junta, que se 
renovaba el día 6 de enero, regía la casa de caridad 
por medio de un estatuto. Sus principales emplea- 
dos consistían en un contralor, un capellán, un es- 
cribiente de contraloría, un despensero, en quien se 
reunía el destino de ropero, un boticario práctico 
con un practicante auxiliar, un médico, con sus dos 
practicantes titulares, primero y segundo, siendo el 
primero licenciado y el segundo bachiller pasante; 

285 



un cirujano mayor también con sus respectivos auxi- 
liares, prácticamente titulares, ambos bachilleres. Se 
dividia en cuatro salas principales : una de medicina 
de hombres, con su respectivo cabo, y otra de muje- 
res con su rectora. Dichas salas se subdividian en 
sección de paisanos y militares, sección de heridos y 
de enfermos de cirugía, departamento de hombres y 
de mujeres. Hubo también una sala de jaula, para 
recibir presos enfermos de los juzgados comunes y 
militares y de los cuarteles. Había un número fijo en 
los enfermos que se recibían en la casa, y la puerta 
estaba abierta para todos los que llegaran sin salud 
pidiendo hospitalidad. Se debe advertir que los hos- 
pitales que en la Antigua Guatemala estaban dividi- 
dos, aquí se reunieron en uno solo, y que por esto 
mismo, tomó el nombre de Hospital General. 

Las licencias para entrar a visitar a los enfer- 
mos eran en cierto orden, señalando los jueves para 
mujeres y los domingos para hombres, examinando 
los alimentos y las personas que podían entrar, para 
que los pacientes no fueran perjudicados, ni altera- 
do el régimen del establecimiento. 

Se restablecieron los veladores, que antes no los 
había, para que, asistieran a los enfermos graves 
durante la noche. 

Las visitas y curaciones principales comenza- 
ban a las seis de la mañana y concluían entre siete 
y ocho; por la tarde pasaba el contralor su visita 
general de inspección, para ver si las medicinas y 
alimentos se habían suministrado con la debida 
exactitud y puntualidad. 

286 



Casa de huérfanas 

La Casa de Huérfanas se fundó el 13 de noviem- 
bre de 1855, bajo los auspicios de la Congregación 
de Señoras de la Inmaculada Virgen María. Se es- 
tableció entonces con veinte niñas, con el reglamen- 
to que se publicó en el número 10 del tomo VII de 
La Gaceta, y sin más fondos que las limosnas que 
dieron las señoras de la Congregación y algunas 
otras personas benéficas. Su objeto principal era 
recoger huérfanas y niñas desamparadas, con el fin 
de darles educación cristiana y social. Para la admi- 
sión de estas niñas, se exigía la intervención del 
señor Corregidor y un documento en que constara 
que entraban libremente en la casa y que no podrían 
salir de ella hasta que estuviera concluida su edu- 
cación. En este caso, eran entregadas a familias 
honradas, que se obligaban a mantenerlas y darles 
el salario correspondiente. El establecimiento es- 
taba al cuidado de todas las señoras de la Congrega- 
ción, que debían visitarlo y vigilarlo diariamente 
por turno y recaudar limosnas. El gobierno y direc- 
ción estaban encomendados a la señora Prefecta. 

■ Acogido bajo la protección del excelentísimo 
señor Presidente y del ilustrísimo señor Arzobispo, 
era considerado por ambas autoridades, así como 
por la corporación municipal, con el mayor interés. 
El Gobierno de la República, al tomarlo bajo su 
protección y aprobar sus reglas, lo dotó con una pen- 
sión de 30 pesos mensuales, por acuerdo del 21 de 
junio de 1854, poniéndolo al cuidado del Corregidor 

II 287 



del departamento, que desde su origen lo había fa- 
vorecido especialmente. La Corporación municipal 
le había asignado ya sobre sus fondos 15 pesos men- 
suales. 

Con estos auxilios y la piadosa caridad de sus 
bienhechores, este asilo útilísimo había tomado, en 
los cuatro años que contaba de existencia, algún 
ensanche. Después se estableció en una casa espa- 
ciosa y cómoda, y mantenía a sesenta y siete niñas, 
provistas de ropa y todos los útiles necesarios, sien- 
do alimentadas abundantemente. Además de las 
limosnas que recibía de sus benéficos bienhechores, 
uno de los médicos más distinguidos asistía gratui- 
tamente a las enfermas, y también una de las boti- 
cas más acreditadas les suministraba del mismo 
modo las medicinas. El monto de las dos pensiones 
que se recibían mensualmente, ascendían a poco 
más de cien pesos. La casa tenía para su gobierno 
una directora dotada, bajo la inmediata inspección 
de la Prefecta y de las señoras de la Qongregación. 
Una de ellas se ocupaba como maestra de las niñas, 
asistiendo diariamente con el mayor celo y caridad, 
en darles lecciones de lectura, costura, bordado y 
demás oficios propios de su sexo. El progreso que 
hacían en todos los ramos dé enseñanza se debía 
en mucha parte a esta joven distinguida, así como 
a la directora que contribuía al buen orden y me- 
jora moral de las niñas, que se apreciaban con satis- 
facción por las personas que visitaban la casa. Ese 
establecimiento naciente 'podía llegar a ser, con el 
tiempo, de grande importancia, si se considera lo 

288 



necesario que era ya para ocurrir a las necesidades 
de nuestra población y el interés y afecto que mos- 
traban por él cuantas personas tenían ocasión de 
visitarlo. 



Hospicio 

El edificio constaba de las partes que a conti- 
nuación se expresan : 

La iglesia con un solo altar, que servía también 
para dos capillas, una de hombres y otra de mujeres, 
y sacristía. 

Departamento de hombres : 8 salas, 4 cuartos de 
habitación, 2 de corrección, 3 fuentes, 1 baño, 1 co- 
medor de 25 y media varas, 1 galera de obrador y 
excusados. 

Departamento de niños, nombrado San Casia- 
no : 1 cuarto para habitación del maestro, 1 sala dor- 
mitorio, 1 escuela, 1 fuente. Contenía en ese tiem- 
po, 1 ciego, 48 niños, 1 conserje, 1 portero, 1 maestro 
de escuela y 1 sirviente. 

Departamento de mujeres: 7 salas, 5 cuartos de 
habitación, 2 de corrección, 1 planchadero, 2 despen- 
sas, 1 comedor de 26 varas, 4 fuentes, 2 lavaderos de 
ropa y 2 de cocina, 6 asoleadores, cocina, carnario, 
jardín, gallinero, horno, depósito seco y 2 excusa- 
dos. Contenía en ese tiempo el departamento, 16 
impedidas, 1 rectora, 1 portera, 1 cocinera y 2 sir- 
vientas. 

Un sitio destinado a casa de expósitos, cuya 
obra aún no se había empezado, y entretanto, esta- 
ban 6 niños al cuidado de una aya y una sirvienta. 

289 



Un sitio para cultivo, bastante extenso, con un 
espacioso estanque, 1 rancho de 23 varas y en él 
una galera y 2 cuartos de depósito. 

Su área se componía de 150 varas de norte a sur 
y otras tantas de este a oeste; disfrutaba de 8 pajas 
de agua. Todo lo edificado comprendía las 150 va- 
ras de frente oriental y 80 de fondo hacia el occi- 
dente. 

Su costo material, con inclusión de campanas, 
reloj, útiles de iglesia, de escuela y cocina, a más 
de cien camas, ascendió a 31,643 pesos. 

Se comenzó esta obra el 16 de enero de 1854; 
se concluyó el 31 de marzo de 1857 y se abrió el 
establecimiento el 8 de julio siguiente. En la cala- 
midad del cólera, el director, en atención al muy 
corto número de hospicianos y a la necesidad públi- 
ca, franqueó el departamento de hombres para laza- 
reto, que permaneció allí desde el l 9 de agosto hasta 
el 22 de noviembre, sin dejar por esto de recibir los 
pobres que se presentaban. 

Se le dio principio, sin más recursos que una 
suscripción que, juntamente con los trabajos, se 
emprendió engrosar. Subsistía de los impuestos 
decretados por el Gobierno en su favor y la caridad 
pública. La municipalidad contribuía con 25 pesos 
mensuales. 

El director gobernaba absolutamente, convocan- 
do la Junta cuando lo creía necesario. Esta se com- 
ponía de los señores : 

Director, don Rafael Ayau. 

Vicedirector, don Manuel Tejada. 

Vocales: fray Diego Arévalo, don Xavier Ayci- 
nena, presbítero don Francisco Taracena. 

290 



Tesorero, don Mariano Cuadra. 
Secretario, don Vicente Rivas. 
Vocales supernumerarios, don Carlos Meany 
don Manuel Matheu. 



ESCUELAS PÚBLICAS QUE HABÍA EN LA 
CIUDAD 

De San José Calazans. Su director l 9 , don An- 
tonio García; 2 9 , don Rosalío Hernández. 

De San Casiano. Director l 9 , don Gregorio G. 
de Arguello; 2 9 , don Esteban Sánchez. 

De Belén. Director, don Domingo Téllez. 

De San Sebastián. Director interino, don Ma- 
nuel Cáceres. 

De los Remedios. Director, don Pantaleón He- 
rrera. 

Escuelas de Niñas 

San Sebastián. Directora, doña Sebastiana Ara- 
gón. » 
Remedios. Directora, doña Bárbara Rojas. 
Belén. Directora, doña Josefa Reyes Velasco. 
Candelaria. Directora, doña Rosa Cordero. 



CASA DE MONEDA 

Superintendente en comisión, el señor don Ma- 
nuel Cerezo. 

Tesorero y Contador, los de la Tesorería Ge- 
neral. 

Fiel, doctor don Eusebio Murga. 

291 , 



Oficial Mayor de Contaduría, el de Glosa, don 

Cirilo de León. 
Ensayador balanzario y grabador, don Apolina- 

rio España. 
Grabador de troqueles, don Juan B. Frener. 

Ocho pensionistas de grabado. 
Guardalmacén, don Rafael Romana. 



ADMINISTRACIÓN GENERAL DE RENTAS 

Administrador general, interino, el señor don 

Ramón Velasco. 
Contador, don José María Cortave. 
Vista de la Aduana General, don Cayetano Lara 

Pavón. 
Oficial, licenciado don Nicolás Larrave. 
Dos escribientes, un portero y dos mozos de 

oficio. 



JUZGADO DE HACIENDA 

Juez, el señor Administrador general. 
Fiscal, licenciado don Manuel Beteta. 
Asesor, licenciado don Manuel Estrada Cerezo. 
Escribano, licenciado don Ramón Salazar. 



TESORERÍA GENERAL 

Tesorero general, interino, don José Montúfar. 
Contador interino, don Ramón Castellanos. 
Un escribiente y un mozo de oficio. 

292 



ESTADO ECLESIÁSTICO 

Arzobispo de Guatemala 

El ilustrísimo señor doctor don Francisco de 
Paula García Peláez. 



Cabildo metropolitano 

Deán, señor doctor don José María Barrutia y 
Cróquer, Provisor y Vicario general del Arzo- 
bispado. 

Arcediano, señor doctor don Juan José de Ayci- 
nena. 

Chantre, ilustrísimo señor doctor don Bernardo 
Pinol, Obispo electo de Nicaragua. 

Maestre escuela, señor bachiller don Mariano 
Ocaña. 

Tesorero, señor bachiller don Julián Alfaro, Pro- 
tonotario apostólico honorario. 

Primer canónigo de gracia, señor don Manuel 
Cecilio Espinosa. 

Segundo canónigo de gracia, señor don Pruden- 
cio Puertas. 

Secretario, don Juan Manuel Saravia. 



Coro de catedral 

Sochantre, presbítero don Apolinario Villalobos. 
Capellanes : presbíteros don Félix Iriondo y don 
Francisco W. Taracena. 

293 



Cuatro acólitos y cinco supernumerarios. 

Maestro de ceremonias, presbítero licenciado 
don Joaquín Planas. 

Sacristán mayor, presbítero don Francisco W. 
Taracena. 

Maestro de capilla, don Francisco Sáenz. 

Colegio de infantes 

Rector, señor canónigo don Manuel Cecilio Es- 
pinosa. 

Catedrático de Leyes, don Damián Guerra. 

Catedrático de Gramática Latina, don Apolina- 
rio Villalobos. 

Había nueve alumnos con beca y once pensio- 
nistas. 

Curia eclesiástica 

Provisor, Vicario general, señor doctor don José 
María Barrutia y Cróquer. 

Promotores fiscales : presbíteros licenciados don 
Pedro Vicente Batres y don Juan Cabrejo. 

Notario Oficial Mayor, licenciado don Justo Ga- 
varrete. 

Prosecretario de Cámara y Gobierno, presbítero 
licenciado don Juan Cabrejo. 

Notario segundo, don Bernardo Solano. 

Un escribiente y un receptor. 

294 



COMUNIDADES RELIGIOSAS 

Convento de San Francisco 

Provincial, R. P. Lector jubilado, fray Juan 
de Jesús Zepeda. 

Vicario del Convento, R. P. Lector, fray Maria- 
no Guadalupe Valenzuela. 

Sacerdotes religiosos en el convento, 8. En ad- 
ministración y fuera del convento, 3. Coris- 
tas, 2. Novicios y pupilos, 15. Legos, 1. 
Donados, 4. 

Maestro de enseñanza primaria gratuita, R. P. 
fray Antonio Castro. 

Colegio de Cristo de propaganda fide 

Guardián, R. P. fray José Domingo Hermosilla. 
Sacerdotes residentes en el convento, 10. 
Coristas profesos, 1. Pupilos, 2. Donados, 4, y 
1 Lego. 

Convento de Santo Domingo 

Prior, R. P. Maestro fray Pedro Mártir Salazar. 
Sacerdotes residentes en el convento, 11. 
En administración y fuera del convento, 4. Co- 
ristas, 4. Novicios, 2. Legos, 1. 

MISIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS 

En la Casa de Estudios y Noviciado de Nuestra 
Señora de La Merced 

R. P. Pablo de Blas, Superior de toda la misión. 

295 



P. Francisco X. Hernáez, rector, prefecto de 
estudios y director de la Asociación de Hijas 
de la Inmaculada Concepción de María. 

P. Francisco X. García López, secretario del 
R. P. Superior y maestro de novicios. 

P. Telésforo Paúl, ministro; profesor de Huma- 
nidades y Retórica y director de la Congrega- 
ción de hombres, bajo el título de la Natividad 
de Nuestra Señora. 

P. Esteban Parraondo, Lector de Teología dog- 
mática, profesor de lengua hebrea. Director 
de la Piadosa Unión del Sagrado Corazón de 
Jesús y procurador de la casa. 

P. Ignacio Taboada, director de la Congregación 
de Estudiantes, bajo el título de la Anuncia- 
ción de Nuestra Señora. 

P. Pedro García, Lector de Teología dogmática 
y Moral, director de la Congregación de la 
Buena Muerte y de la de Señoras, bajo el 
título de la Inmaculada Concepción de María 
Santísima. 

Había, además, otros tres padres, uno de ellos 
novicio, once hermanos estudiantes, seis hermanos 
novicios y siete hermanos coadjutores. 

i 
En el Colegio Seminario Tridentino 

P. Francisco José de San Román, rector y direc- 
tor de la Congregación de los alumnos, bajo 
el título de la Asunción de Nuestra Señora. 

296 



Profesores 

P. Antonio Canudas, de Física y Matemáticas 
de segundo año y ministro. 

P. Ambrosio Fonseca, de Lógica y Matemáticas 
de primer año. 

P. Benito Moral, de Francés e Inglés y prefecto 
del Colegio. 

P. Joaquín Suárez, de Sagrada Escritura, de 
Teología Dogmática y prefecto de estudios. 

P. León Tornero, de Humanidades y Retórica, 
y director de la Academia de Literatura y Be- 
llas Artes. •' 

M. Manuel Proaño, de Metafísica y Etica. 

M. Federico Aguilar, de la clase suprema de 
Latinidad. 

M. Francisco Parias, de la clase media de Lati- 
nidad. 

M. Luciano Navarro, de la clase inferior de Lati- 
nidad. 

M. Dionisio de la Sierra, de la clase elemental, 

o sea escuela de primeras letras. 
Era profesor de Teología Moral, el P. Manuel 

Pieschacon, que residía en Belén. 

Enseñaban la Historia, Geografía y Lengua 
Griega, los respectivos profesores de Latinidad y 
Retórica. Las clases de Dibujo, Pintura y Música 
vocal e instrumental, eran desempeñadas por profe- 
sores externos.' 

297 



Había además, otro padre, ocho religiosos jóve- 
nes que estudiaban, algunos de los cuales eran pre- 
fectos de la disciplina doméstica de los alumnos y 
seis hermanos coadjutores para las oficinas del co- 
legio. 

Había ciento cincuenta alumnos internos y die- 
ciocho externos. Entre los internos, noventa y cua- 
tro eran de esta república, veintiuno de El Salvador, 
diecisiete de* Costa Rica, cuatro de Honduras, tres 
de Nicaragua, siete de la República Mexicana, uno 
de la Nueva Granada, dos de Europa y uno de Be- 
lice. 

I 

En la residencia de Belén 

P. Santiago Cenarruza, Superior misionero. 

P. Manuel Pieschacon, ministro, director de la 

Congregación de Niños y profesor de Teología 

Moral en el Colegio Seminario. 
Había además, tres hermanos coadjutores. 



En la residencia de Quezaltenango 

P. Eladio Orgoso, Superior y misionero. 
P. Ramón Posada, ministro y misionero. 
Había además, un hermano coadjutor. 



En la Boca del Golfo, o Livingston 

P. Juan Genón, Superior y misionero. 
P. Rafael Forero, misionero. 

298 



MONASTERIOS 

Monasterio de La Concepción. Abadesa, la R. 
M. María Mercedes de la Sangre de Cristo. 

Había 12 religiosas de velo negro, 6 de velo 
blanco y 5 pupilas o educandas. 

Monasterio de Santa Catarina. Abadesa, la R. 
M. María de Jesús de la Natividad (Escamilla). 

Había 20 religiosas profesas y 4 novicias. 

Monasterio de Carmelitas. Priora, la R. M. Ana 
María (Barrundia). 

Había 25 religiosas de velo negro profesas y 

4 pupilas. 

Monasterio de Capuchinas. Abadesa, la R. M. 
María Magdalena Arriaza. 

Había 13 religiosas de velo negro profesas y 

5 legas. 

Monasterio de Santa Clara. Abadesa, la R. M. 
Concepción Wadin. 

Había 5 coristas profesas y 4 de velo blanco. 

Beaterío de Santa Rosa. Priora, la R. M. María 
Isabel de la Trinidad González. 

Había 7 religiosas, 4 educandas, 4 criadas, 2 
maestras de escuela, 2 pupilas de hábito y conside- 
rable número de niñas externas. 

Beaterío de Nuestra Señora de Belén. Priora, la 
R. M. Encarnación (Rosal). 

Había' 16 religiosas, 7 novicias, 20 pupilas y 50 
niñas externas. 

299 



Beaterío de Nuestra Señora del Rosario. Priora, 
la R. M. Fernanda de Jesús (Guzmán). 

Había 15 religiosas, 38 educandas y considera- 
ble número de externas. 



ESTADO ni LITAR 

General en Jefe del Ejército, el excelentísimo 
Capitán General don Rafael Carrera, Presidente de 
la República. 

Componían el Estado Mayor de su excelencia, 
dos brigadieres, un coronel, tres tenientes coroneles, 
dos sargentos mayores, cinco capitanes, cinco sub- 
tenientes, un cirujano y Un secretario. 

Mayor general del Ejército y Comandante ge- 
neral del departamento de Guatemala, el General de 
brigada don Manuel María Bolaños. Auditor de 
guerra, el coronel licenciado don Cayetano Batres. 

Componían el Estado Mayor del Comandante 
general, un teniente coronel, dos sargentos mayores 
y un teniente. 

Secretario, 

Había cuatro escribientes. 

Habilitado, el alférez, don Juan Herrera. 

Mayor de la Plaza de la capital, teniente coro- 
nel don Francisco Payés. 

Ayudantes, un sargento mayor, un capitán y un 
teniente. 

300 



Fiscal militar, licenciado don Miguel Gavarrete. 
Cinco escribientes. 

Guardalmacén de armas y municiones en el Pa- 
lacio Nacional, el capitán don Valerio Contreras. 

Brigadieres efectivos del Ejército 

SS. don José C. Lorenzana, don Jerónimo Páiz, 
don Manuel M. Bolaños, don Ignacio G. Granados, 
don Vicente Cerna, don J. Ignacio Irigoyen, don José 
Victor Zavala, don Serapio Cruz. Graduado, don 
Mariano Alvarez. 

Guarnición de la capital. — Batallón número 1 : 
comandante propietario, el brigadier don Manuel 
M. Bolaños; estaba encargado del mando el teniente 
coronel don Mariano Villalobos. 

Batallón número, 2 : comandante interino, el co- 
ronel don Joaquín Sáenz. 

Escuadrón permanente: encargado del mando, 
el teniente coronel don Eugenio Dighero. 

Castillo de San José : gobernador 

Hacía el servicio en la fortaleza una brigada de arti- 
llería, al mando del sargento mayor don José M. 
Villalobos. 

Estado general de la fuerza de que constaba el 
Ejército de la República, con separación de la que 
se hallaba en continuo servicio en cada uno de los 
departamentos, con expresión del número de casa- 
dos, solteros mayores de cuarenta años y menores 
de esta edad. 

Consta la fuerza del Ejército, según los alista- 
mientos hechos en esta capital, Amatitlán, Escuintla, 
Sacatepéquez, Chimaltenango, Suchitepéquez, San 

301 



Mar«os, Huehuetenango, Solóla, Verapaz, Peten, 

Chiquimula, Izabal, Santo Tomás, Santa Rosa, Jutia- 
pa y Totonicapán, del número de plazas siguientes: 

Individuos casados 3,165 

Individuos solteros mayores de 40 años 168 

Individuos solteros menores de 40 años 8,816 

Total 7l2,149 

De éstos se hallan en servicio activo en la ca- 
pital, inclusas las bandas 689 

Amatitlán 22 

Escuintla 12 

Puerto de San José 15 49 

Sacatepéquez 39 

Chimaltenango 10 

Quezaltenango , 82 

Suchitepéquez 41 

San Marcos 50 

Huehuetenango 5 

Solóla 

Verapaz 90 

Peten • . 

Chiquimula 64 

Izabal 66 

Santo Tomás 20 

San Felipe * 19 

Lívingston 14 119 

Santa Rosa 53 

Jutiapa y sus destacamentos de Jalapa 219 

Totonicapán 50 

Total 1,560 

302 



NOTICIA DE LAS CLASES DE MONEDA Y 

EL VALOR QUE TENÍAN EN EL COMERCIO 

DE GUATEMALA 

Oro. — La onza de oro de cuño legítimo y cabal, 
16 pesos. Se admitía con cuatro granos menos, 
por su valor intrínseco; en faltándole más, se des- 
contaba un cuartillo de real por cada grano, hasta 
treinta y dos. 

La media onza (de 8 pesos), la cuarta (de 4 pe- 
sos), la ochava (de 2 pesos) y el escudito (de 8 rea- 
les), eran admitidos teniendo el peso legítimo; mas 
si excediera la falta de los granos que eran permiti- 
dos, no se recibían. 

Así, pues, por ejemplo : si a una onza de oro le 
faltaban treinta y tres granos, o más, era desechada. 
Si a la media onza le faltaban diez y siete granos, 
lo mismo. La cuarta, con nueve granos menos no 
se admitía; e igualmente la ochava, con cinco, y el 
escudito con tres. 

Las monedas de oro francesas de 20 francos, 
se admitían por tres pesos seis reales. 

La libra esterlina, o soberano, cuatro pesos seis 
reales. 

Corrían asimismo todas las monedas de oro de 
cuño legítimo, con las condiciones antedichas. Las 
balanzas debían ser contrastadas en las adminis- 
traciones de rentas, según lo prevenía el decreto del 
Gobierno de 7 de mayo de 1855. 

Plata. — Se admitía en el comercio a razón de 
ocho reales los pesos españoles, de Guatemala, mexi- 
canos, sudamericanos y los cortados. 

303 



£1 Luis o Napoleón de cinco francos, a siete 
y medio reales, y lo mismo los demás duros extran- 
jeros, que se subdividían en francos. 

El tostón o de a cuatro, redondo o cortado, de 
cuño legítimo y de las naciones expresadas, a cuatro 
reales. 

El de a dos, redondo o cortado, de cuño ordina- 
rio legítimo y de todas las juras con cuyo motivo 
se han acuñado varias veces con diversas clases de 
troquel en Guatemala, a dos reales. 

Los chelines ingleses a razón de cuatro por un 
peso y sueltos a dos reales. 

La peseta sevillana, real y medio. 

El franco, real y medio. 

El real redondo o cortado de cuño legítimo espa- 
ñol, mexicano, sudamericano y de Guatemala o con 
el tipo de sus juras, era admitido y valía cuatro cuar« 
tillos. 

VALOR DE LAS MONEDAS 
NORTEAMERICANAS 
Oro 

Una águila doble 20 pesos 

Una águila 10 pesos 

Media águila 5 pesos 

Un cuarto de águila 2 pesos 4 reales 

Plata % 

Un dollar 1 peso 

Pieza de 50 centavos 4 reales 

Pieza de 25 céntimos 2 reales 

304 



Piezas de 10 céntimos, diez va- 
len 1 peso 

Piezas de 25 céntimos, veinte 
valen 1 peso 

PRINCIPALES EDIFICIOS PÚBLICOS 

EDIFICIOS COMPRENDIDOS EN LA MANZA- 
NA DEL PALACIO DEL GOBIERNO 

Palacio del Gobierno. — En este edificio se halla- 
ban el despacho de su excelencia el Presidente; los 
Ministerios de Gobernación, Justicia, Negocios Ecle- 
siásticos e Instrucción Pública ; de Hacienda y Gue- 
rra ; de Relaciones Exteriores ; la Contaduría Mayor 
de Cuentas ; la Escribanía de Cámara y Gobierno ; 
el Archivo General; la Administración General de 
Correos; la imprenta y redacción de "La Gaceta", 
y la oficina del guardalmacén. 

En la segunda sección del Palacio, se hallaban 
la Comandancia y Mayoría General del Ejército, 
la Mayoría de Plaza, el Juzgado Militar y el Alma- 
cén de armas y municiones. 

Todas las oficinas estaban abiertas desde las 
diez de la mañana hasta las tres de la tarde, a 
excepción de la imprenta que permanecía abierta 
desde las siete y media hasta las seis de la tarde. 
La Administración de Correos estaba abierta, ade- 
más de las horas diarias de costumbre, todo el día, 
los jueves, viernes y sábados. 

En una de las oficinas del Ministerio de Rela- 
ciones se hallaba el despacho de pasaportes para 

305 



fuera de la República. Los derechos de pasaportes 
se pagaban en la Contaduría Mayor, y eran tres 
pesos. 

El Juzgado Militar conocía en las causas civiles 
y criminales de todos los individuos que gozaban 
del fuero militar. 

Edificio de la Corte de Justicia. — En este edifi- 
cio se hallaban los despachos de la Suprema Corte, 
su secretaría, y Archivo general de las causas, los 
dos Juzgados de Primera Instancia, el Salón de Jun- 
tas del Ilustre Colegio de Abogados y el de los Pa- 
santes de Derecho Teórico-práctico. 

Todas las oficinas estaban abiertas desde las 
diez de la mañana hasta las dos de la tarde. 

En la propia manzana se hallaba la casa de los 
grabadores de troqueles del Cuño, el edificio donde 
se ensayaban y acuñaban los metales y el cuartel 
número 2 de línea. 



EDIFICIOS COMPRENDIDOS EN LA MANZA- 
NA DE LA CATEDRAL 

La Catedral, en donde está la sala capitular en 
que celebraba sus sesiones el venerable Cabildo 
Eclesiástico; la Capilla Parroquial del Sagrario, la 
casa del Sacristán Mayor y la Secretaría del Cabil- 
do, en cuya oficina estaba también la Contaduría 
y Tesorería de Diezmos. 

Palacio Arzobispal. — En este edificio se hallaba 
también el despacho de su señoría ilustrísima y la 
oficina de la Curia Eclesiástica, el salón de sínodos 

306 






y el Oratorio, en donde se conferían órdenes sacer- 
dotales y el sacramento de la confirmación, los días 
jueves y domingos. 

El Colegio de Infantes se hallaba en la propia 
manzana. 

La Administración General de Rentas estaba 
en la calle del Comercio, que iba para el cuartel 
número 1. En dicho edificio se hallaban las oficinas 
de la Administración General de Rentas, el Juzgado 
y Escribanía de Hacienda, la Aduana General y sus 
almacenes, y la Tesorería General de la República. 

Todas las oficinas estaban abiertas desde las 
ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. 

A la Administración General se ocurría en soli- 
citud de los pases, para la extracción de efectos de 
comercio, por las garitas de la capital y para la ex- 
portación de frutos del país, llevando papel sellado y 
pagando el pesaje, si correspondía, en la misma ad- 
ministración. 

Universidad de San Carlos. — En este edificio ce- 
lebraba, en el salón principal, provisionalmente, sus 
sesiones la Cámara de Representantes y tenía el 
despacho de su secretaría. Hubo en la Universidad 
dos cátedras de gramática latina, una de mínimos 
y menores, y otra de medianos y mayores, a que 
concurrían los estudiantes dos horas por la mañana 
y dos por la tarde; tres cátedras de filosofía, y se 
daban dos horas de clase en todos los días lectivos, 
una de ocho a nueve de la mañana y la otra de tres 
a cuatro de la tarde. Una cátedra de matemáticas, 
de las nueve a las diez de la mañana y de cuatro 
a cjnco de la tarde. Una cátedra de ciencias natu- 

307 




rales de cuatro a cinco de la tarde. Tres cátedras 
de teología, en que se cursaban las tres clases, del 
dogma, moral y escritura sagrada. Una de cánones. 
Una de leyes. Una de instituía y derecho natural. 
Una cátedra de medicina y dos de anatomía y ciru- 
gía. En el propio edificio estaba la biblioteca y la 
secretaría del claustro. La matrícula, para ganar 
los cursos, estaba abierta desde el 20 de diciembre 
hasta el 20 de enero. 



OFICINAS QUE SE HALLABAN EN LAS CASAS 
CONSISTORIALES 

El Corregimiento. — Sala de sesiones del Ayun- 
tamiento ; Secretaría del Ayuntamiento ; Archivo Ge- 
neral de Protocolos de los escribanos que habían 
fallecido ; Contaduría de Propios ; Tesorería de Pro- 
pios; los tres juzgados municipales. Estaban abier- 
tas las oficinas de las diez a las dos de la tarde. 

En el portal del Cabildo se hallaban también 
las oficinas del resguardo y de serenos. 

En la manzana del propio Cabildo estaba la Es- 
cuela de San José Calazans, la cárcel de hombres, 
la de mujeres y la alhóndiga. 

En los Juzgados l 9 y 2° municipales se despa- 
chaban demandas civiles, cuyo valor no excedía de 
cien pesos; en lo criminal se instruían las primeras 
diligencias del proceso. 

En el Juzgado 3 9 solamente se conocía de de- 
mandas correspondientes a los Fondos de Propios, 
cuando el valor no excedía de cien pesos. 

308 



La Municipalidad celebraba sus sesiones ordi- 
narias los días martes y viernes de cada semana, y 
las extraordinarias cuando el corregidor convocaba 
por casos urgentes. 

La custodia del archivo de protocolos estaba 
confiada al cuidado del secretario de la Municipa- 
lidad, y el escribano de los Juzgados V y 2 9 muni- 
cipales, compulsaba los testimonios que se solicita- 
ban de las escrituras protocolizadas. 

A la secretaría de la Municipalidad se debía 
ocurrir para solicitar agua urbana y rural. 

A la Contaduría de Propios, para matricular -ca- 
rretas y carruajes. 

En el Corregimiento se solicitaban las licencias 
para abrir almonedas, establecimientos públicos, 
como escuelas, cafés, o para dar representaciones de 
distracción pública. Estas licencias pagaban dere- 
chos a la secretaría del Corregimiento. 

Al juez de Policía se debía ocurrir para obtener 
licencia de abrir agujeros, impedir el tránsito de la 
calle, por ruido de carruajes, y para ocuparla con 
materiales de construcción. 



NOMBRES DE LAS CASAS DE HUÉSPEDES. 
RESTAURANTES, CAFÉS, CONFITURAS, NEVE- 
RÍAS Y LUGARES EN QUE ESTABAN SITUADAS 

Hotel Alemán, calle de la Victoria, número 6, 
en la esquina de la plazuela del Sagrario. En la pro- 
pia casa había billar. 

309 



Café y Casa de Posada del Comercio. En la 
segunda cuadra, viniendo del mesón de San Agustin 
para la nevería del Carmen, número 1. Había tam- 
bién billar. 

Hotel de Europa, calle del Carmen, número 6. 

Hotel Centroamericano, al'oriente de la plazue- 
la del Sagrario. En el propio hotel hubo carruajes 
para Amatitlán y la Antigua Guatemala. 

Variedades. Calle de la Libertad. Café, billar, 
asiento de gallos, teatro, etc. 

Café y restaurante de Mr. Bertholin. Calle de 
Jocotenango. En el mismo café hubo cervecería y 
billar. 

Cervecería y confituría de Bendfeldt. Frente al 
costado del sur del Teatro de Carrera. 

Restaurante, calle del Arzobispo, número 8. 
Hubo baños al temple. 

Nevería de la señora Lambur. Calle del Carmen. 

Nuevas confiturías : frente a las Variedades y 
frente a la antigua botica de Soto, calle real. 



BAÑOS PÚBLICOS 

El del Administrador. Contenía seis baños de 
agua vertiente. 

El conocido con el nombre de El Tuerto, tenía 
tres baños, también de agua vertiente templada. 

El de Matamoros, dos baños, agua vertiente, 
más templada que la anterior. 

El de Los Padres, dos de agua vertiente. 
310 



Baños al temple 

En la calle del Arzobispo, casa número 8. 
En las Variedades, calle del Hospital. 



NOMBRES DE LOS MESONES Y LUGARES EN 
QUE ESTABAN SITUADOS 

De la Plaza, calle de la Libertad, número 2. 
De Córdova, calle del Hospital, número 2. 
De Dolores, calle de San Agustín. 
De San Agustín, en la propia calle, adelante de 
la iglesia. 

De Jáuregui, calle de Santo Domingo. 
De Izquierdo, calle del Seminario. 



CARRUAJES PÚBLICOS 

De don Mateo Lekeu. Para Amatitlán, Escuin- 
tla, la Antigua y Puerto de San José. Calle del Hos- 
pital. Era una empresa de "diligencias". 

DESCRIPCIÓN DE LOS PRINCIPALES TEM- 
PLOS Y EDIFICIOS DE LA CAPITAL 

La Catedral. — Era la más hermosa y única basí- 
lica de cinco naves que poseía la capital. La fa- 
chada, aunque no estaba concluida, presentaba un 
conjunto arquitectónico de mucho mérito. El estilo 
era romano y el edificio estaba construido con pie- 

3.11 



dra labrada con mucho esmero. La puerta principal 
de la entrada estaba adornada con dos columnas pa- 
radas a cada lado y sus respectivos coronamientos. 
Estas columnas resaltaban para afuera un poco más 
de su diámetro. En la misma linea de sus pedesta- 
les, bajo el frente del basamento de los dos campa- 
narios y entre estos dos estribos y las columnas, se 
hallaban las dos puertas de la entrada ordinaria ; di- 
chos estribos estaban adornados por pilastras que 
dejaban lugar a dos ventanas, una sobre otra, para 
dar luz a las escaleras espirales del interior, que con- 
ducían a los campanarios. Hoy está la Catedral res- 
taurada de lo mucho que sufrió con la ruina en 
1918. 

El interior de la iglesia correspondía a su exte- 
rior. La nave principal, adornada con pilastras del 
orden corintio y con su respectivo coronamiento, 
daba un golpe de vista muy hermoso y aumentado 
por la bóveda ricamente adornada, que mostraba 
que era un lugar destinado a oficios superiores. Al 
fin de esta nave estaba la alta cúpula que encerraba 
el altar mayor y que era el punto céntrico de la cruz, 
que formaba dicha nave con la capilla arzobispal y 
la del sagrario. Las otras dos naves, a cada lado de 
la principal, eran menos elegantes y estaban adorna- 
das según su orden, pero sin perder la armonía y el 
efecto del todo. En la actualidad ha mejorado mu- 
cho nuestra bella catedral. 

Santo Domingo. — A la Catedral se asemejaba 
por su construcción la iglesia de Santo Domingo. 
Era basílica, pero se distinguía de la Catedral por 
estar ocupadas las dos naves de afuera con altares, 

312 



de manera que quedaban sólo tres naves, en línea 
recta, en dirección al frente del altar mayor. Su fa- 
chada exterior era de estilo romano ; tenía dos órde- 
nes de columnas, una sobre otra, y el coronamiento 
era adornado con muchas estatuas. En el interior 
seguía el mismo sistema y la nave principal estaba 
adornada con columnas de mediorrelieve, con los 
capiteles dorados. La cúpula, en el centro de la 
cruz que forman dos capillas laterales con la nave 
principal, tenía sobre diez varas de diámetro y era 
una de las más anchas. 

Esta hermosa basílica se estrenó poniendo la 
primera piedra el 5 de abril de 1792, el célebre domi- 
nico fray Felipe Cadena, a los trescientos años caba- 
les del descubrimiento de América. Ese día pasaba 
a mejor vida el filántropo arzobispo don Cayetano 
Francos y Monroy. Tenían fondos propios los reli- 
giosos de Santo Domingo para edificar en la nueva 
capital, su sólido y espacioso templo, pero se dilata- 
ron diez años en hacerlo, porque faltaban operarios 
a causa de las muchas obras que se aglomeraron al 
verificarse la traslación, en enero de 1776. Dícese 
que se empleó miel de caña de azúcar, que les venía 
a los dominicos de su hacienda "San Jerónimo", y 
también leche de vaca, que les daba "El Rosario", 
con la cal y arena, que daba gran consistencia a los 
monumentales muros del magnífico templo. 

Fué el ilustre ingeniero don Pedro Garci-Agui- 
rre, director técnico de la obra, que aún no estaba 
terminada en 1802, cuando se efectuó en Santo Do- 
mingo la consagración del obispo de Ciudad Real 
de Chiapas, doctor don Ambrosio Llano. La direc- 

313 



ción de la referida iglesia, cuando se edificó, fué 
confiada al ingeniero don José Sierra, ayudado por 
Bernardo Ramírez, notable operario. Dióle gran 
impulso a la construcción fray Felipe Gutiérrez des- 
de que fué nombrado Provincial en 1796. 

El templo de Nuestra Señora de las Mercedes. — 
Se estrenó el año de 1813,' gracias a la acuciosidad 
del mercedario fray Miguel Martínez, que tomó gran 
empeño en su edificación. Era grandioso y estaba 
provisto de esculturas y pinturas de mérito artístico, 
reliquias de otros tiempos. Los altares fueron traí- 
dos de la Antigua Guatemala, y eran tallados en 
madera, con arabescos dorados ; el coro estaba sobre 
un atrevido arco elíptico. Al final de la nave del 
centro, se ostentaba la sagrada y linda imagen de 
Nuestra Señora de las Mercedes, de moreno rostro, 
de dulzura inefable, de belleza plástica, cargando 
un primoroso Niño Dios; y en la parte baja, vense 
de hinojos varios cautivos. Cuenta la añosa imagen 
como tres siglos y medio de ser venerada por los fie- 
les que le rinden devoto culto. 

Fué coronada, con contentamiento de los reli- 
giosos y del público, el l 9 de mayo de 1628 (hace cien 
años) por un farsante que engañó a la autoridad 
eclesiástica y a los frailes de Guatemala, intitulán- 
dose Angelo María, Arzobispo de Myra. Resultó que 
no tenía nada de eso, ni era conocido en Roma, y 
fué procesado por la inquisición de México, según 
lo explicamos extensamente, con vista de una copia 
del proceso. Todo lo cual consta en el tomo 2 9 de la 
presente obra, a la página 345, en tiempo del capitán 
general doctor don Diego de Acuña, comendador de 

314 






Alcántara y caballero piadoso y honorable. Aquí se 
dieron grandes fiestas dedicadas al desconocido per- 
sonaje, y ha figurado en todas nuestras historias 
como verdadero arzobispo de Myra, cuando no era 
sino un pillo listo, un Martín Garatuza, como el de 
México, que supo fingir hasta cierto punto, pero des- 
pertando sospechas del Deán, doctor don Felipe Ruiz 
del Correal, hombre de mundo, se instruyó el pro- 
ceso por el tribunal de la Inquisición. El farsante 
pudo antes fugarse y desapareció, llevándose fuerte 
suma de limosnas que había recogido. 

San Francisco. — El mérito principal de esta igle- 
sia consiste en su grande elevación. Se compone de 
una sola nave ancha y alta, con su cúpula en el 
centro de la cruz. El orden de su arquitectura es 
romano, mezclado con pilastras jónicas. El órgano 
descansa tras del altar mayor, sobre una columnata 
jónica también. En el capítulo anterior describimos 
el estreno de este templo. 

La Recolección. — Esta iglesia es de muy buen 
gusto y de un carácter limpio en su construcción ; tie- 
ne una sola nave ancha y elegante, con su cúpula 
airosa. La nave está adornada de hermosas colum- 
nas pareadas, con su respectivo coronamiento. A 
cada lado de la puerta principal se eleva un campa- 
nario adornado por fuera con pilastrillas del mismo 
orden de todo el conjunto. El coro y gran parte 
del edificio, están fabricados de ladrillo, y el resto 
de piedra. Es la única iglesia que hay en Guatema- 
la de estilo jónico. 

Veneran los fieles, en "La Recolección", un cris- 
to crucificado, que es una admirable obra de arte 

315 



debida al cincel del famoso escultor José B. Bodega, 
famoso en la Antigua Guatemala, discípulo de Qui- 
no Cataño. 

Los terremotos de 1867 y 1918 deterioraron mu- 
cho aquel templo, que ya está muy bien restaurado. 
Esa basílica se estrenó con gran solemnidad, en el 
año 1844. Es majestuosa, amplia y esbelta. 



TEATRO DE CARRERA 

Breve descripción del Teatro de Carrera, que estaba 
situado en la Plaza Vieja, en Guatemala 

Este edificio que era uno de los más hermosos 
adornos de la capital, estaba en el centro de una es- 
paciosa localidad conocida con el nombre de Plaza 
Vieja, y por su posición aisla-da, presentaba el coli- 
seo cuatro faces. Sus dimensiones eran las siguien- 
tes : 33 varas de ancho, 65 de largo, 17 de alto en 
los costados y 25 hasta el mojinete. El frente prin- 
cipal era un pórtico de orden dórico, formado por 
diez columnas de diez varas de alto cada una, con 
sus respectivos capiteles. Sobre esas columnas des- 
cansaba un triángulo obtusángulo, en el centro del 
cual estaba esculpido en mediorrelieve el escudo 
de armas de la República, y a los lados, en los acu- 
tángulos, dos liras de forma antigua, enlazadas con 
ramas de yedra y laurel. Sobre el escudo había un 
hermoso colgante de flores, también de mediorrelie- 
ve, suspendido por tres rosetas. Tanto el pórtico, 
en cuya forma se observaron las reglas seguidas 
en la del Partenón de Atenas, como el edificio en 
general, era de ladrillo cubierto de estuco, pintado 

316 



de color pálido. Bajo del pórtico había un ancko 
vestíbulo y tres puertas que conducían a la sala de 
entrada, en el centro de la cual había cuatro colum- 
nas dóricas sosteniendo la techumbre. Este salón 
tenía catorce varas y media de largo y siete y media 
de ancho. En cada extremo, a derecha e izquierda 
de la entrada, se encontraban dos oficinas para el 
despacho de billetes y servicio del teatro. Enfrente 
de esas tres puertas de la entrada exterior, había 
otra bastante ancha que conducía al corredor del 
edificio. Este corredor, cuyo pavimento era de már- 
mol de Genova azul y blanco, conducía: 

l 9 Al patio, o lunetario por tres puertas. El 
patio, que tenía el declive necesario para que los 
espectadores vieran con toda comodidad, podía con- 
tener 66 bancas, con 528 asientos y una galería alre- 
dedor con 74 sillas. 

2- 14 puertas de los 14 palcos de platea, con 10 
asientos cada uno, los cuales tenían una baranda 
volada. 

3 9 2 puertas debajo de las escaleras, que condu- 
cían a los lugares privados, dispuestos para la mayor 
comodidad del público. Uno de éstos era para seño- 
ras y el otro para caballeros. 

4 9 2 escaleras de 2 varas de ancho ; formado 
:ada escalón de piedras de una sola pieza, extraídas 
le los edificios de la antigua capital, conducían esas 
¡scaleras al corredor del segundo piso, que contenía: 

l 9 16 puertas de entrada a otros tantos palcos 
le 10 asientos cada uno, y otro en medio, que era 
:1 del Ayuntamiento. 

2 9 3 puertas que daban entrada al salón prin- 
:ipal, que tenía 31 y un tercio varas de largo, 8 de 

317 



ancho y 7 de alto. En los dos extremos de este salón 
había dos tribunas de 5 varas de fondo y 8 de ancho, 
con sus respectivas barandas caladas y sostenidas 
por columnas de hierro. Enfrente de las tres puer- 
tas hubo otras tantas ventanas muy hermosas que 
daban al pórtico. 

3 9 2 puertas, una en cada extremo del referido 
corredor, que daban entrada a los palcos de rejilla. 

4 9 2 puertas, como las del piso principal, que 
conducían a lugares privados. 

5 P 2 escaleras de caoba de 2 y media varas de 
ancho, las cuales conducían a la galería superior. 

Esta galería contenía 70 asientos delanteros, 
350 más de bancas y dos puertas que conducían a 
las tribunas del salón de descanso. 

Las dos faces laterales del edificio eran idénti- 
cas y en su arquitectura guardaba armonía con la 
del pórtico. Cada una tenía una escalera de piedra, 
de 12 escalones, que conducían a dos puertas : una 
que daba entrada al corredor de los palcos del segun- 
do piso, y la otra a los de rejilla. Debajo de cada 
escalera hubo una entrada y aposento p-ara los mú- 
sicos. 

El teatro tenía también tres órdenes de palcos 
secretos, con cinco asientos y una antesalita cada 
uno. En una de estas antesalitas había una escalera 
que conducía a la azotea donde se hallaba el canal 
o desagüe del techo. 

La fachada de atrás estaba adornada con dos 
pilastrones, uno en cada esquina del edificio, y en- 
tre ellos, cuatro columnas del mismo orden que las 
del frente principal, pero de relieve con sus respec- 
tivos capiteles y mojinete. En el centro hubo una 

318 



ventana y una puerta grande que daban al escenario. 
Este tenía 18 varas de frente, 18 y media varas de 
fondo, con 6 cuartos a cada lado para vestuarios; un 
almacén grande a cada lado en el tercer piso, y de- 
bajo del entablado un subterráneo correspondiente 
al mismo escenario. 

La plaza, en cuyo centro se hallaba el edificio 
que describimos, estaba rodeada de asientos de pie- 
dra con respaldos, al mismo tiempo de baranda para 
la parte de afuera, y una banqueta o acera de tres 
varas de ancho. 

La verja tenía cinco puertas, de cinco varas de 
ancho cada una, dos para carruajes delante la fa- 
chada principal del edificio y tres en los otros tres 
lados, con sus respectivas escaleras de piedra para 
la gente de a pie. Al derredor de la plaza había 
calles de naranjos que formaban una alameda, y 
a espaldas del edificio una fuente y dos estatuas 
de tres varas de alto, que representaban a las musas 
Calíope y Talía, colocadas sobre altos y esbeltos 
pedestales. 

El alumbrado de la plaza estaba repartido del 
modo siguiente : dos grandes faroles en cada una 
de las cinco puertas de la entrada, uno* delante de 
cada columna de las esquinas del frente principal, 
puestos sobre candelabros colocados en los bastio- 
nes, entre los cuales estaba la escalera que conducía 
al pórtico ; dos delante de los pilastrones de la fa- 
chada de atrás; dos en cada una de las entradas 
laterales, y dos en ambos lados de la fuente de 
atrás. 

319 



En las dos esquinas, del lado oriente, detrás 
del edificio, había otras fuentes, en la parte de afue- 
ra de las barandas para el servicio del público. 

Hemos querido hacer una descripción minucio- 
sa del Teatro de Carrera, porque, habiendo sufrido 
desperfectos con la ruina causada por los terremo- 
tos de 1917 y 1918, no cuidó el gobierno de reaccio- 
narlo, sino que se destruyó, echándolo abajo expro- 
fesamente. Hasta hoy está la plazuela abandonada, 
presentando triste aspecto. (1) 



LA SOCIEDAD ECONÓMICA 

Habiendo descrito anteriormente, en este mis- 
mo capítulo, el edificio de esa memorable institu- 
ción patriótica, sólo repetiremos que se debió, en 
gran parte al empeño del filántropo don José Anto- 
nio Larrave y al trabajo del ingeniero y arquitecto 
don Julián Rivera, el elegante local, que durante 
varios años, sirvió a aquella memorable Sociedad de 
Amigos del País. El hermoso salón de actos públi- 
cos, convirtióse en el salón de sesiones del Poder 
Legislativo, y todo el edificio, extenso y valioso, se 
ha dedicado — con las necesarias reformas — al uso 
de la Asamblea Nacional, a estilo moderno. Quede, 
pues, en estas páginas, una memoria grata del edifi- 
cio de la Sociedad Económica, en donde, como secre- 
tario que fui de ella durante ocho años de mi juven- 
tud, me complazco en conmemorarlo. 



(1) Hoy existe un parque infantil, inaugurado el 25 de diciem- 
bre de 1948, obra del ex-alcalde Mario Méndez Montenegro. (M. G.) 

320 



CAPÍTULO VII 



El Sexto Estado de los Altos. — El licenciado don 
Marcelo Molina. 



SUMARIO 

Cómo se hizo la declaratoria del Sexto Estado de 
los Altos. — Quiénes quedaron mandando. — El secreta- 
rio general. — El 5 de junio se legitimó la formación de 
dicho Sexto Estado Federal. — El patriota y distinguido 
letrado don Marcelo Molina, fué el que más trabajó 
patrióticamente. — De todas las pasiones, quizá es la 
política la más vehemente. — El licenciado Molina tenía 
cualidades relevantes. — Datos biográficos de aquel ciu- 
dadano proba e ilustrado. — Lamentable situación del 
país en el primer tercio del siglo XIX. — Breve historia 
del Sexto Estado de los Altos. — Nació bajo malos 
auspicios. — La Asamblea Constituyente, de la cual fué 
presidente el famoso sabio don Miguel Larreynaga. — 
Acta de instalación. — Levantamientos de pueblos indí- 
genas. — Valor cívico del señor Molina. — Al llegar Ca- 
rrera a Quezaltenango, lo encontró sentado en el salón 
de la Jefatura, sin abandonar su puesto. — Fusilamien- 
tos lamentables que hizo el general montañés en tal 
ocasión. — Más tarde, apagados los odios, el gobierno 
de Carrera nombró magistrado al señor Molina. — Con- 

x 321 



ducta censurable del cónsul inglés Chatf i eld.— Emi- 
gración de don Marcelo Molina a México. — Su regreso 
a Guatemala. — Sus buenos servicios en la Corte de Jus- 
ticia. — En 1874 obtuvo su jubilación. — Falleció en Que- 
zaltenango el 20 de mayo de 1879. 



El día 2 de febrero de 1838, en medio del des- 
barajuste en que se encontraba el gobierno de Gua- 
temala, la ciudad de Quezaltenango, representada 
por su municipalidad y algunos de los principales ve- 
cinos, proclamó el Estado de los Altos, compuesto de 
los departamentos de Quezaltenango, Totonicapán 
y Solóla, e invitaron al partido de Soconusco. 

Fué electo provisoriamente, jefe del Sexto Es- 
tado de la Federación Centroamericana, el honorable 
ciudadano y letrado don Marcelo Molina, en unión 
de don José María Gálvez y don José Antonio Agui- 
lar, quienes convocaron a elecciones para un con- 
greso, y demás autoridades. El Ejecutivo designó 
para secretarío'general a don Manuel José Fuentes, 
quedando la entidad política bajo la protección de 
las autoridades federales, mientras el Congreso re- 
conocía aquel hecho trascendental. El vicejefe, don 
Pedro J. Valenzuela, que estaba en precaria situa- 
ción, se limitó a manifestar: que era al Congreso 
Federal, reunido en San Salvador, a quien tocaba 
conocer de la creación del nuevo Estado, y que mien- 
tras resolvía, no podía hacer otra cosa el Gobierno 
de Guatemala, sino observar una conducta cordial 
con el de los Altos. 

El 5 de junio del mismo año, se legitimó el Es- 
tado recién nacido, que no tenía las mejores apa- 
riencias de viabilidad, a pesar de las cualidades rele- 

322 






vantcs del señor Molina, cuya biografía, que hace 
algún tiempo publiqué, reproduzco ahora, porque 
fué aquel probo jurisconsulto quien encarnó las 
aspiraciones populares e hizo cuanto pudo por des- 
arrollar la aspiración patriótica, pero tardía, ya que 
estaban para desmoronarse los Estados Unidos del 
Centro de América, que nunca hubieran podido sub- 
sistir tal como se organizaron. 

Después de la toma de Guatemala por Carrera, 
el 13 de abril de 1839, se dirigió a Quezaltenango 
rápidamente, t derrotando en las alturas de Panaja- 
chel, a las tropas que mandaba el general Agustín 
Guzmán. Entró en seguida a Quezaltenango, el 27 
del mismo mes; fusiló a varios de los municipales, 
pero respetó la vida de Molina, como se verá en el 
relato de la siguiente biografía. 

La pasión es llama que sofoca y asfixia, mien- 
tras que la entereza de carácter y la honorabilidad, 
constituyen en todas las circunstancias de la vida, 
un áncora de salvación en los azares del destino. La 
suerte pérfida como la onda, hace surgir a las veces, 
escollos que ponen a prueba la virtud acrisolada en 
el cáliz de dolorosas amarguras. De todas las pa- 
siones, acaso la más intensa y resbaladiza sea la 
pasión política, que lleva casi siempre por mira el in- 
terés rastrero, el miraje seductor, que petrifica el 
alma, quemando el corazón, aunque después pugne, 
como los tallos de las flores destrozadas, por echar 
brotes al beso de la primavera y a las caricias del sol. 

Tales pensamientos vienen a mi mente al evocar 
una época lejana, haciendo el recuento de los actos 
más someros de la vida pública de un hombre nota- 
ble, de un benemérito guatemalteco que por las mo- 



-323 



dalidades de nuestra historia, convencional muchas 
veces, y en no pocas apasionada, se ha visto sin el 
interés que su actuación merece, y hasta ha habido 
quién trate de esfumar su entereza y honorabilidad 
irreprochables. 

Si figuró en alta escala como politico, fué sin 
buscarlo, y nunca por móviles que no saliesen del 
crisol del más puro idealismo, cediendo a las exigen- 
cias premiosas de los intereses del lugar en que 
habia nacido, hasta verse a punto de perder la vida. 
Si ocupó puestos elevados en la magistratura, debió- 
se a que su nombre y sus actos fueron garantía de 
justicia, a todo trance, sin temor a riesgos y sin más 
objetivo que la ley. Y al decir todo esto, refirién- 
dome al varón intachable, al ilustrado y probo juris- 
ta don Marcelo Molina y Mata, no me mueve otra 
consideración sino poner a flote un ejemplo de al- 
teza de sentimientos y de hombría de bien, dignas de 
elogio, en la época más turbulenta para la América 
Central. 

El licenciado Marcelo Molina nació en Quezal- 
tenango el 22 de febrero de 1800, hijo legítimo de 
don Miguel Faustino de Molina y de doña Inés de 
Mata. A los trece años de edad, vino a esta capital 
de Guatemala, a continuar sus estudios, después de 
haber cursado la lengua latina en su ciudad natal, 
dirigido por los padres dominicos, que tenían esta- 
blecido un colegio de segunda enseñanza y una es- 
cuela de primeras letras. En 1817 se graduó en de- 
recho civil y canónico, bajo los auspicios del letrado 
que servía la clase de Prima, que era el famoso ju- 
risconsulto don José Mariano Jáuregui, bisabuelo 
del que estas líneas escribe. Por su fina educación, 

324 






gentil carácter, inteligencia despejada y constante 
asiduidad, pudo aquel joven granjearse la estima de 
cuantos le trataban. Hizo la pasantía de su ca- 
rrera en el bufete del patricio y filántropo letrado, 
señor José Antonio Larrave, fundador que fué y 
director de la Sociedad Económica de Amigos del 
País. El 24 de enero de 1824 obtuvo el título de 
abogado el señor Molina, después de haber soste- 
nido lucidamente sus exámenes y llenado todos los 
requisitos de ley. Al poco tiempo sirvió las judica- 
turas de Quezaltenango, Suchitepéquez y San Mar- 
cos, tomando particular interés por el progreso de su 
tierra nativa cuando desempeñó la sindicatura de 
la municipalidad, y la reputación que llegó a adqui- 
rir como letrado, le llevó a la fiscalía de la Suprema 
Corte de Justicia, cargo que aumentó su crédito, 
merced a la rectitud y acierto con que hubo de ser- 
virlo. 

La situación del país en los comienzos de la 
última centuria fué muy lamentable. Cuando era 
estudiante don Marcelo, estaba al frente de la capi- 
tanía general el truculento don José de Bustamante 
y Guerra Estrada Cobo y Zorlado, atrabiliario y ti- 
ránico. Era terrible el Sonto Bustamante, como le 
llamaban por faltarle una oreja. Desplegó crueles 
actos de dureza contra los independientes. Después 
de infundir terror en estas tierras, murió en un nau- 
fragio, viajando para Buenos Aires. Sic transit 
gloria mundi. 

A pesar de esos obstáculos, el joven Molina, que 
recibía de sus distinguidos padres cuanto necesitaba 
para sus estudios y una vida arreglada, sobresalió 
entre sus compañeros, consagrándose de lleno a sus 

325 



clases y teniendo una particular, que bondadosamen- 
te le daba el reputado y erudito doctor don Santos 
Sáenz de Tejada; así logró, desde temprano, sólida 
reputación en el ramo de justicia. 

Después de la caída del doctor Mariano Gálvez, 
como jefe del Estado de Guatemala, el 2 de febrero 
de 1838, continuó con más intensidad el desorden 
anárquico. La división del Partido liberal y la in- 
contrastable influencia de la sublevación de la mon- 
taña, junto con los terrores del cólera morbus, pu- 
sieron a Guatemala al borde del abismo. Los errores 
políticos, los censurables desmanes y desafueros, la 
suma pobreza, todo causó deplorables males. 

Los odios exacerbados, los ultrajes bárbaros, 
el despotismo absoluto, ¿qué habían de producir? 
El caos, la miseria y la corrupción, "un sangriento 
costal de gatos", si es lícito valerse de la gráfica 
frase de Octavio Bunge (Nuestra América^ pági- 
na 283). 

Tal estado de cosas puso a la rica zona de Los 
Altos, que desde eJ gobierno español se había dis- 
tinguido por su laboriosidad, progreso relativo y 
amor al trabajo, en el caso de constituirse en estado 
de la Federación, uniendo sus fuerzas, con vida pro- 
pia. La historia de ese hecho trascendental a todo 
Centroamérica, se explica, a la luz de la sociología, 
como un fenómeno lógico, y debido, más que todo, 
a la fuerza de los acontecimientos. En efecto, era a 
la sazón una necesidad, impuesta por lo crítico 
y grave de las circunstancias. No fué aquella de- 
claratoria, consecuencia de la lucha de contrarios 
partidos políticos, ni de intereses de mala ley. Fué 
popular impulso, causado por la funesta anarquía, 

326 



que puso al borde de la disolución los intereses más 
vitales de los ciudadanos, en esta tierra, en donde 
tan perezosamente penetran las reformas, las inno- 
vaciones y las ideas nuevas, que contrarían costum- 
bres y fanatismos de antaño, porque tienen que lu- 
char con masas analfabetas apegadas a sus usos y 
manera de vivir. Es que, como explica el publicista 
Adolfo Posada, en su magnífica obra sobre sociolo- 
gía : "cuando los pueblos se ven a punto de perecer, 
se contraen, juntan sus energías, pugnan por la vida, 
asiéndose a sus raíces, como el árbol, arrastrado por 
el huracán, se apega al terruño donde nació." "Es 
ley sociológica — dice el autor de la célebre Psicolo- 
gía de las multitudes — que en las grandes crisis no 
tienden las colectividades a ensancharse, sino a se- 
pararse de aquello que las debilite y agote. Es uno 
de esos recursos vitales extremos, en la lucha por 
la existencia." Pero la Federación estaba minada 
de muerte, desde que el general Morazán no la sal- 
vó, cuando Gálvez vióse en el caso de impetrar su 
auxilio. 

Ello fué que, el 2 de febrero de 1838, quedaron 
nombrados popularmente, casi por aclamación, los 
triunviros Marcelo Molina, José María Gálvez y 
José^Aguilar, en medio del júbilo y aprobación públi- 
ca, por el gobierno local del Estado libre de los Al- 
tos, con carácter provisorio, mientras se arreglaba 
definitivamente la sanción de la asamblea federal. 

Firmaron el acta de instalación los diputados a 
la Asamblea constituyente: Miguel Larreynaga, por 
Huehuetenango (presidente) ; Juan José Flores, por 
Totonicapán (vicepresidente) ; José Ignacio Zaldaña, 
por Huehuetenango; José María Quiñónez, por To- 

327 



tonicapán; Manuel José Fuentes, por Solóla; Maria- 
no Altuve, por Quezaltenango; Francisco Estrada, 
por Huehuetenango (suplente) ; Francisco Palencia, 
por Huehuetenango; Félix Juárez, por Solóla; Ma- 
nuel Aparicio, por Quezaltenango; Macario Rosas, 
por San Marcos; Secundino Llerena, por Suchitepé- 
quez (suplente) ; Lorenzo Mérida, por San Marcos; 
José Antonio Azmitia, por Totonicapán (secretario) ; 
José María Ramírez Villatoro, por Totonicapán (se- 
cretario). 

Los prestigios y la honorabilidad de aquellos pa- 
triotas fueron reconocidos hasta por los enemigos del 
Sexto Estado, que desde un principio tuvo en con- 
tra a México, porque se esperaba que Soconusco 
aceptase adherirse a la nueva entidad que aparecía. 
Muchos ministeriales, no pocos galvistas, algunos 
molinistas y casi todos los conservadores, vieron de 
reojo la desintegración del Estado de Guatemala. 

En el acta de fundación, en el manifiesto que el 
general Guzmán dirigió a los pueblos y en el men- 
saje del gobierno provisional a la Asamblea consti- 
tuyente del Estado de los Altos, al abrir sus sesio- 
nes, en la ciudad de Totonicapán, el 27 de diciembre 
de 1838 (imprenta del Estado de los Altos), se con- 
signan los motivos y razones que se tuvieron en 
cuenta para llevar a cabo tan importante suceso, que 
no es dable juzgar en un escrito ligero, como es éste, 
de rasgos biográficos del que fué jefe, en unión de 
sus dignos compañeros, que formaron el gobierno 
directo de aquel Estado. El señor Molina, y los otros 
dos triunviros, trabajaron de buena fe, con verda- 
dero ahinco cívico, en el desempeño de su alto pues- 
to. El sabio Larreynaga, gloria del foro centroameri- 

328 



cano, coadyuvó, con sus luces y gran saber, dando 
brillo su nombre a aquella institución. La respuesta 
que, como presidente de la asamblea, dio al mensaje, 
es un documento sencillo, como todo lo que salía de 
la pluma del centroamericano ilustre, procer de la 
independencia y literato de gran erudición. El licen- 
ciado Molina, sus dignos compañeros en el gobierno, 
la parte culta de aquella rica sección occidental, tra- 
bajaban patrióticamente por el desarrollo, la paz y 
el progreso de los departamentos que componían el 
nuevo Estado, pero era humanamente imposible apa- 
gar la tremenda hoguera que de años atrás había 
venido encendiéndose, con elementos irreductibles. 
Hasta los indígenas de Atitlán, San Pedro, San Juan, 
Santa Catarina, San Marcos la Laguna, Joyabaj y 
otros varios, se pronunciaron contra la naciente ins- 
titución, constituyendo los sediciosos una terrible 
amenaza, que podía unirse a las huestes, cada vez 
más aguerridas de los montañeses. En vano don 
Marcelo Molina dirigió una exposición contra las 
actas de los aborígenes que, por medio del notable 
poeta Juan Diéguez, habían presentado al Congreso, 
el 20 de abril de 1838. 

Desvirtuado el poder, nulificada la autoridad, 
agotados los recursos por empréstitos y exacciones, 
habiéndose visto el jefe Valenzuela obligado a dejar 
el mando, entró por último el consejero Mariano Ri- 
vera Paz a ponerse al frente del Ejecutivo, el 29 de 
julio de 1838, en circunstancias harto difíciles. El 
general Carrera, con gran actividad y suma presteza, 
se apoderó de la plaza de Antigua Guatemala. Pasó, 
con tres mil hombres, a Villanueva, en donde fué 
sorprendido por el general Salazar, gracias a una 

329 



niebla, que produjo la derrota de los montañeses, 
dejando 150 muertos en el campo y muchos heridos. 
Después de episodios que aquí no sería posible refe- 
rir, se vio el Estado de los Altos en el caso de 
mandar una expedición a las órdenes del general 
Agustín Guzmán, héroe de Omoa, en 1832; pero 
triunfante Carrera, se celebró el convenio del Rin- 
concito, reconociéndolo oficialmente como autoridad 
militar, dejándole el mando del distrito de Mita y 
casi todo el oriente, en donde era arbitro y señor de 
los cabecillas y de los labriegos exaltados y valientes. 
El historiador Marure, en sus efemérides dice: 
"que el general Carrera, el 29 de enero de 1840, des- 
pués de haber batido a las tropas de Quezaltenango, 
que habían intentado cortarle el paso en las alturas 
de Solóla, entró sin oposición a la capital del Estado 
de Los Altos» que desde esa fecha dejó de serlo, 
tomando el gobierno de Guatemala bajo su protec- 
ción a los pueblos que lo componían y habían hecho 
reiteradas solicitudes con tal objeto, declarándolos, 
en esa virtud, reincorporados al Estado de Guatema- 
la (decreto de 22 de febrero). El 19 de marzo del 
mismo año, aquel general en jefe de los montañeses, 
después de veintidós horas de vivo combate, obliga 
al expresidente Morazán a evacuar precipitadamen- 
te la plaza de Guatemala, de la que se había apode- 
rado el día anterior, a la cabeza de mil trescientos 
salvadoreños. Esta jornada, una de las más nota- 
bles que conmemoran los fastos de Centroamérica, 
tuvo una influencia decisiva en los destinos del país. 
Por consecuencia de ella, Morazán, que por espacio 
de diez años había mantenido en la República la 
preponderancia de los partidarios de la Constitución 

330 



de 1824, tuvo que emigrar, en unión del vicepresi- 
dente Vigil y otros treinta y cinco de sus principales 
adictos. Todos se embarcaron en el puerto de La 
Libertad, el 5 de abril siguiente, y se hicieron a la 
vela para las repúblicas del sur, a bordo de la goleta 
"Izalco". 

El licenciado Marcelo Molina y sus dignos com- 
pañeros, durante el gobierno de Los Altos, proce- 
dieron con actividad, decoro y prudencia; pero ante 

10 inevitable de los acontecimientos, no eran sufi- 
cientes los esfuerzos del patriotismo. Más que a 
las querellas de los partidos históricos, y a los erro- 
res políticos, debióse la revolución, que fué general 
a toda la América hispana, a raíz de la independen- 
cia, a la violenta mudanza de una autoridad omní- 
moda, sacra, real y cesárea, cual fuera la de Felipe 

11 y todos sus sucesores, pasando a una democracia 
imposible, por falta de aptitudes para el self gov- 
ernment, en conglomerados vernáculos, analfabetos, 
fanáticos y miserables. "Sobre aquel mísero fun- 
damento de la democracia — dijo el insigne José 
Enrique Rodó — se alzaba la clase directora escasa, 
dividida, y en su mayor parte inhabilitada también, 
por defectos orgánicos, para adaptarse a los usos de 
la libertad. Lo verdaderamente emancipado, lo ca- 
paz de gobierno propio, no formaba número ni 
fuerza apreciable. Hay en esas tierras unos termi- 
tas o carcomas, que llaman comejenes] en espesos 
enjambres se desparraman por las casas, anidan en 
cuanto es papel o madera, y todo lo roen y consu- 
men por dentro, de tal modo, que del mueble, del 
tabique, del libro en apariencia ilesos, queda final- 
mente un pellejo finísimo, una forma vana, que al 

331 



empuje del dedo cae y se deshace. Si hay expresiva 
imagen de aquella minoría liberal y culta — como 
más o menos se compuso en la América española — 
la caricatura de una civilización republicana es la 
capa falaz del objeto ahuecado por el termita." 

No bastó al señor licenciado don Marcelo Moli- 
na, su honorabilidad a toda prueba, su civismo reco- 
nocido, su ilustración y virtudes, para que la intran- 
sigente pasión política le negara la alteza de carácter, 
que siempre tuvo y se le calificara de débil* y falto 
de entereza. La aberración llegó a llamar conducta 
desatentada y candorosa confianza, a lo que era en 
realidad procedimiento enérgico, juicioso y noble. 
Como en estos rasgos biográficos no cabe recorrer 
detalladamente la historia de aquella época, me bas- 
tará citar sólo dos hechos, entre muchos otros que 
pudiera aducir, para poner en relieve la grandeza 
de alma, la serenidad y el valor cívico del señor Mo- 
lina. Sabido es que cuando el general Carrera entró 
a Quezaltenango, todos aconsejaban a don Marcelo 
que huyera presto, en semejantes momentos de an- 
gustia, porque de seguro sería inmolado por las hues- 
tes enemigas; pero él, heroico, se mantuvo en la 
sala del gobierno, sin abandonar su autoridad y su 
deber. Allí lo encontró Carrera, que, aunque iba 
mal prevenido, ante semejante actitud, moderó sus 
ímpetus, respetando la vida del inerme patricio de 
conciencia limpia y ánimo resuelto. 

Cuando más tarde, apagadas las pasiones agres- 
tes e inhumanas, fué llamado por el mismo gobierno 
de Carrera a ocupar una magistratura, en la Corte 
de Justicia, aquel general, recordando la serenidad, 

332 



hombría de bien y aptitudes del honorable perso- 
naje, dijo que el letrado probo y justiciero, iba a 
servir a Guatemala, como una garantía de acierto. 
Antes de esa época, y en medio de la tempestad 
que amenazaba al país entero, apareció la célebre 
proclama del gobierno áltense, de 10 de mayo de 
1838, redactada por Molina, en que se decía: "Con- 
ciudadanos : cuando la patria peligra es un deber, 
y un deber muy sagrado de todo ciudadano, correr 
a alistarse bajo sus banderas y ofrecer en sus aras 
hasta el sacrificio de su existencia. No ha muchos 
días que el gobierno se complacía en ver que ardía 
en los pechos quezaltecos el fuego sagrado de la 
patria, y que sentimientos nobles y generosos ani- 
maban a sus hijos. ¿Por qué, pues, de un momento 
a otro ha habido un cambio tan súbito y una incom- 
prensible metamorfosis? ¿Por qué a la decisión y 
entusiasmo han sucedido la apatía, la languidez y 
el decaimiento? Nunca, menos que ahora, debéis 
abrigar sentimientos mezquinos y miserables, ni 
ideas equivocadas de localismo. Los males que ame- 
nazan son generales para todo Centroamérica. Nues- 
tra patria no está circunscrita a Quezaltenango, ni 
a Los Altos. Lo es toda la nación, próxima a des- 
plomarse y a sepultarse en sus ruinas, si sus hijos, 
sordos a sus acentos doloridos e indiferentes a su 
suerte, no nos apresuramos a ir a unir nuestras fuer- 
zas para aniquilar y destruir la ominosa facción que, 
con mengua y oprobio, de la América Central, ha 
puesto en peligro al hermoso Estado de Guatemala. 
Creer que reconcentrándonos en nosotros mismos, 
salvamos del naufragio político, es un error muy per- 
nicioso". 

333 



Cuando el cónsul inglés Chatfield — a quien 
se le consideraba aqui con fueros de embajador, 
y a Centroamérica se le veía al nivel de los países 
berberiscos — pretendió, el orgulloso representan- 
te comercial británico, obligar al gobierno de Los 
Altos a que cambiara los términos de un tratado 
que había concluido con el gobierno de El Salvador, 
y hasta llevó su audacia a amenazar al Ejecutivo 
del Sexto Estado, enviándole el borrador de lo que 
debía pactarse inmediatamente; entonces, el licen- 
ciado Molina redactó una enérgica respuesta, rebo- 
sante de dignidad y alteza. Es uno de los documen- 
tos diplomáticos que se debían popularizar, a fin de 
que se comprenda que, por pequeño que sea un Es- 
tado, si lleva la razón y la justicia, debe resistir, ante 
el mundo civilizado, y triunfará, porque ninguna 
cancillería quiere desopinarse en sus procedimien- 
tos, procediendo con temeridad. El señor don Mar- 
celo Molina era modesto, afable y* caballeroso, pero 
en más de una emergencia siguió las huellas del 
varón justo de Horacio. Si fracíus ilabatur orbis, 
impavidum ferient minee. 

En 1840 emigró el licenciado Molina para Méxi- 
co, a consecuencia de la disolución del Estado de 
los Altos, volviendo hasta el año 1847. Allá se ganó 
la vida con holgura, ejerciendo su profesión de abo- 
gado, si bien tuvo que gastar, para la emigración y 
el sostenimiento de su familia, el haber paterno que 
había recibido. En aquellos tiempos fueron muy 
aceptados en la vecina república, los guatemaltecos 
que, desde el año 1829, fueron en gran número, de- 
bido a la conflagración política. 

334 






Cuando pudo regresar a su patria don Marcelo 
Molina, algún tanto suavizadas las pasiones y cal- 
mados los odios y ya fundada la paz, fué llamado 
a la Corte Suprema de Justicia, puesto que sirvió 
durante dos años, con la constancia, ciencia y hono- 
rabilidad que le eran características. En 1856 volvió 
a la magistratura, hasta septiembre de 1874, en que 
obtuvo su jubilación, después de largos y muy im- 
portantes servicios a la patria, sin que las suspicacias 
políticas y las pasiones funestas fueran parte a 
obstaculizar el derecho de aquel ilustre patricio. 
Cuando un jurista, como el señor Molina, alcanza 
en la madurez de la vida y de sus facultades intelec- 
tuales, la plenitud de la ciencia, que es luz, y de la 
experiencia, que es garantía del acierto, sostiene y 
difunde la justicia sin vacilaciones, ni temores, con 
espíritu recto, embelleciendo sus vigilias y gastando 
sus fuerzas, convirtiéndose así en un augusto sacer- 
dote, merecedor de profunda veneración y alto 
respeto. 

Murió aquel notable patriota en la ciudad en 
donde había nacido, en la bella e histórica Quezalte- 
nango, el 20 de mayo de 1879, a los 79 años y tres 
meses de edad. Al bajar al sepulcro, casi octoge- 
nario, dejó una familia respetable. El ilustre juris- 
consulto, el hombre público, el servidor de la nación 
fué enseñanza y ejemplo, modelo de modestia, dig- 
nidad y patriotismo. 



335 



CAPÍTULO VIII 



La batalla de La Arada. — El mariscal Francisco 
Cascaras. 



SUMARIO 

El general Rafael Carrera fué un gran guerrero. — 
Se conquistó inmensos prestigios. — Desde corneta de 
órdenes, llegó a ser, por ascenso cerrado, capitán gene- 
ral. — Es siempre lamentable que sangre generosa haya 
teñido nuestros campos. — La victoria de La Arada, el 
2 de febrero de 1851. — Doce generales, con ocho mil 
soldados, vinieron a invadir y atacar a Guatemala. — 
Si nuestros enemigos triunfan, arrasan completamente 
nuestra querida patria. — El general Carrera, con dos 
mil soldados y cuatro jefes, salió a defender a Gua- 
temala, supo escoger un punto muy estratégico. — Des- 
cripción de La Arada. — "Aquí, dijo, derrotaré un 
ejército diez veces mayor que el mío". — Cómo venía 
organizado el invasor. — Necesitábase gran heroísmo y 
valentía para enfrentarse al enemigo. — Descripción del 
combate. — Triunfo completo de Guatemala. — Muertos, 
heridos y prisioneros que quedaron, después de nueve 
horas de lucha. — Carrera hace perseguir a los que huye- 
ron. — Fracaso de salvadoreños y hondurenos, que fue- 
ron desbaratados. — Cambió por completo la faz política 

336 






de Centroamérica. — Quedó a Guatemala la hegemonía. — 
Erróneas apreciaciones que la calumnia propaló des- 
pués. — Consecuencias del triunfo de Guatemala, en la 
célebre batalla de La Arada. — Su trascendencia polí- 
tica. — Hegemonía en Centroamérica. — Asume la presi- 
dencia el capitán general Rafael Carrera. — Pesar que 
le produjo la muerte del mariscal don Francisco Cas- 
caras. — Breves noticias de este pundonoroso militar, 
que figuró en los antiguos tiempos. 



Quienquiera que desapasionadamente estudie 
nuestra historia, no podrá negar que Rafael Carrera 
fué un gran militar muy prestigiado. Era en su tiem- 
po el más notable de la América del Centro. Todo lo 
debía a la naturaleza; su elevación conquistósela 
él solo, hasta llegar a ser, por ascenso cerrado, capi- 
tán general. 

Lamentaremos siempre, que sangre generosa 
haya teñido los fértiles campos de nuestra adorada 
tierra ; pero no es dable desconocer la realidad de los 
acontecimientos. El más culminante y trascendental 
de ellos, en punto a luchas armadas, fué la victoria 
alcanzada por armas guatemaltecas, el 2 de febrero 
del año 1851. 

Mucho se ha fantaseado acerca del número de 
soldados que venían a atacar nuestro terruño; pero 
aparece, por documentos auténticos, que fueron cua- 
tro mil salvadoreños y dos mil hondurenos, conside- 
rándose la cifra de seis mil hombres, a mediados de 
la última centuria, en estos países, un gran ejército. 
Sin embargo, tal cifra se aumentó hasta ocho mil, 
con los que acrecieron las filas contrarias en el ca- 
mino, y con las facciones del temible bandido José 
Dolores Nufio, célebre por sus malas entrañas. 

337 



El jefe Carrera, con dos mil soldados de Cana- 
les, y acompañado por los coroneles guatemaltecos 
Ignacio García Granados, Vicente Cerna, Gregorio 
Solares y el artillero Mariano Alvarez, salió inmedia- 
tamente que supo la invasión de Guatemala. En 
Chiquimula dejó quinientos hombres a la retaguar- 
dia, y sólo con mil quinientos fué a encontrar al 
ejército enemigo, por el camino de Ipala. Carrera, 
a poco andar, vio una eminencia, en donde está el 
panteón... (1) Más allá, la pequeña aldea de San 
José la Arada, por donde corre un río, que divide la 
pradera de porosa tierra, y en el lado opuesto se 
destaca abrupta una gran peña inaccesible. Esa 
localidad parece una herradura, con un cañaveral 
seco, en uno de sus flancos. Allí, el defensor de 
Guatemala, el invicto Carrera, detuvo su caballo, y 
con genial viveza exclamó: "¡En este sitio derrotaré 
un ejército diez veces mayor que el mío !" 

El presidente de El Salvador, don Doroteo Vas- 
concelos, aunque ignaro en milicia, era jefe de los 
aliados, alma y sostén de aquella odiosa liga de los 
provincianos contra Guatemala. El verdadero tác- 
tico de los invasores, fué el francés Isidoro Saget, 
capitán que había sido de Napoleón el Grande. Ve- 
nían, además, los generales Ramón Belloso, Gerardo 
Barrios, Bran, Cordero, Monterroso y Asturias (alias 
Mázate). Por Honduras, Cabanas y Guardiola; por 
la facción, el bárbaro guerrillero Nufio. Aquello 
era un estado mayor de once generales renombra- 



(1) Se conoce con el nombre de panteón "La Arada". (M. G). 
338 



dos. Traían buenas armas y municiones, y tenían 
seguridad completa del triunfo y de la destrucción 
de Guatemala, sin dejar piedra sobre piedra. 

Necesitábase serenidad, gran valor y heroísmo, 
para hacer frente a un ejército tan escogido y con 
tan prestigiados jefes. Comenzaron los invasores el 
ataque a las ocho de la mañana. Carrera sostenía 
el centro, sin ceder la primera línea de trincheras, 
abiertas en la base de la eminencia, e hizo cejar un 
poco la izquierda, para atraer al enemigo por ese 
lado, haciéndole concebir la esperanza de rebasar 
su posición. Después de dos o tres horas de fuego 
nutrido, venció aún más su izquierda, y él mismo se 
concentró en la segunda línea de fortines asentada 
en la falda. Dos veces le mataron el caballo que 
montaba, y esperó el momento en que los aliados, 
bien comprometidos, ya no pudieran retirarse hacia 
la aldea de San José, y en confusión completa tuvie- 
sen que huir por los pantanos, por el río y por el 
pajal. Recibido un pequeño refuerzo de quinientos 
hombres, de los que habían quedado en Chíquimula, 
y después de ocho horas y media de ruda pelea, dijo : 
"¡Ya llegó la ocasión!", dando la señal convenida a 
su derecha, que abrió un fuego horroroso sobre la 
retaguardia de los invasores. Carrera, como una 
avalancha, bajó de sus posiciones, cortando en dos 
al ejército agresor, y peleando cuerpo a cuerpo, como 
una fiera. Una parte de los enemigos se replegó 
sobre San José, y la otra se echó al pantano y al 
pajal que prendió fuego, llenando de pavor a los 
provincianos y a los once generales que venían con- 
tra Guatemala. Desmoralizados y despavoridos, bus- 
Icaban salvación, pero la artillería, bien dispuesta, 
339 



no les dejaba esperanza. Unos se arrojaban al caña- 
veral que ardía; los otros, al río o a los pantanos. 
El desorden fué horroroso, causó completa fuga, a 
la desbandada... Dejaron 528 muertos, 200 prisio- 
neros y gran cantidad de armas y municiones. ¡ Nues- 
tra patria estaba salvada y victoriosa ! 

Un célebre general ha comparado esta batalla, 
con la de Austerlitz ; desde luego, en muy pequeña 
escala la de La Arada, y con finalidades diversas. 
Sz licet in parvis, exemptis grandibus utí. 

El general Rafael Carrera, que acababa de cum- 
plir 37 años, desplegó en aquella gloriosa jornada, 
sus notables dotes militares. "Habilidad en la elec- 
ción de sus posiciones, táctica en el plan, serenidad 
en la ejecución, ímpetu estupendo, oportunidad en 
las maniobras y rápida acometida en la ocasión pre- 
cisa ; todo, con gran valor y don de mando." El 
haberse ganado la batalla el 2 de febrero, día consa- 
grado a la Virgen de Candelaria, hizo correr la le- 
yenda de que se había aparecido, en lo más recio del 
combate, dando ánimo a los soldados. Lo cierto es 
que, desde 1851, celebróse con entusiasmo la fiesta 
de Candelaria. Cuentan las crónicas de aquel remoto 
tiempo, que el general Carrera, después del triunfo, 
reclinóse jadeante y sudoroso, sobre el tronco de un 
árbol, y quiso soltar la espada; pero no pudo, porque 
en ocho horas de batallar, a la cabeza de sus tropas, 
tenía muy hinchada la mano. Fué necesario limar 
los gavilanes de la empuñadura,, a fin de que dejara 
sú arma. La célebre batalla de La Arada, cambió 
la faz política de Centroamérica, quedándole. mucho 
prestigio a Guatemala, que adquirió la hegemonía en 
«1 istmo. Carrera, con gran fama, se hizo después 

340 



cargo de la presidencia, pero por esa época experi- 
mentó una pesadumbre intensa, motivada por el 
fallecimiento del general Francisco Cascaras, acaeci- 
do el 30 de marzo de 1851. Estimaba en alto grado 
al viejo servidor de la nación, que por largo tiempo 
habia sido un leal e instruido militar. "Cascaras 
era originario de Cerdeña, donde nació, el año 1777. 
Había estado en el ejército de Napoleón el Grande. 
Cascaras vino, en tiempo de Arce, a principios del 
siglo XIX, a Guatemala. En 1826 estuvo en la cam- 
paña contra el coronel Pierson, y en 1827 libró la 
acción de Santa Ana, contra las fuerzas salvadoreñas 
del coronel Merino." (1) 

Se hizo célebre Cascaras,* que sirvió varios co- 
rregimientos departamentales ; era rígido y orde- 
nancista; no tenía ningún vicio, y llegó al grado de 
mariscal. Evitó, con gran serenidad que entrara 
Agustín Guzmán a esta capital, en donde casi no 
había tropa, y entonces fué a la plaza el mismo Cas- 
caras, que era ministro de la Guerra, tomó un cañón, 
y le mandó poner cebas falsas, después de la ver- 
dadera. Venía Guzmán a la cabeza de su ejército, 
por la calle de San Sebastián. A Cascaras le ayuda- 
ban algunos paisanos, entre ellos don Joaquín y don 
José Arzú, muy jóvenes por ese tiempo. Le decían: 
"Vea que ya viene cerca", y Cascaras, con su flema 
característica, sólo contestaba: "Aún no es conve- 
niente"; y prendían una ceba falsa, lo cual hacía 
creer a los enemigos que el cañón no daba fuego ; 
entonces se arrojaban con más ímpetu sobre la 
plaza. Cuando ya se hallaban los invasores a unos 



(1) "Vida militar de Centroamérica", por el general Zamora 
Castellanos, página 266. 

341 



cincuenta metros de ella, sonó el disparo, por orden 
de Cascaras, cayendo muertos, entre otros, el jefe 
Guzmán y el tambor de órdenes, lo cual hizo que 
aquellos soldados desmoralizados, volvieran caras 
hacia el camino que traían al venir y, en gran confu- 
sión, salieran huyendo temerosos de que se les per- 
siguiera. 

Durante la enfermedad del mariscal Cascaras, 
ministro de la Guerra, estuvo varias veces Carrera 
a verlo, y mandó a su médico, doctor don Francisco 
Aguilar, al doctor Flessu y al doctor don José Luna, 
a curarlo. Con solicitud lo asistieron personas de 
importancia. Los funerales y el sepelio los costeó el 
gobierno. El cadáver quedó sepultado en el antiguo 
cementerio. Las exequias se celebraron solemne- 
mente en la Catedral. 

El viejo Cascaras tenía a su servicio una coci- 
nera, llamada Lorenza Custodio, que lo atendía muy 
bien. Esta buena mujer fué, años después, niñera 
de mi esposa, y nos contaba — cuando yo me casé, 
y la tomamos en la casa, como sirvienta especial, 
por el gran amor que profesaba a mi señora — que 
Cascaras era de buena índole, en lo privado, a pesar 
de que sufría dolores reumáticos; que cuando murió, 
le encontraron las piernas envueltas con papel enco- 
lado, a guisa de botas, lo cual era costumbre entre 
algunos del pueblo italiano, en época friolenta; que 
tenía Cascaras un perro enano, negro, muy fiel, 
como que, cuando se efectuó el sepelio del mariscal, 
fué Tucurú, que así se llamaba el perro — en memo- 
ria del famoso ladrón, de ese nombre indígena, 
que por aquellos tiempos asustaba a los tranquilos 
habitantes de esta naciente ciudad- — . Que a los dos 

342 



días de ver que Tucurú no regresaba, fueron al 
cementerio, y allí lo encontraron, junto al sepulcro 
de su amo. Le hicieron volver a la casa mortuoria, 
y Nana Lencha, como nosotros decíamos cariñosa- 
mente a aquella antigua servidora — que tenía un 
bellísimo corazón — lo recogió y tuvo cuidado del 
fiel amigo de su amo. 

Cascaras, ya anciano, visitaba a mi padre que 
era auditor de guerra. Llegaba a caballo el maris- 
cal, en un rocinante, que ya tenía color indefinible. 
Para poder bajar de la silla en que montaba, daba 
orden marcial al asistente, diciéndole : "¡ Guíndate !", 
para que hiciera fuerza en el pico de la montura, a 
efecto de evitar que diese vuelta, cor su dueño, 
quien naturalmente ya no tenía la agilidad de sus 
juveniles años, cuando militara bajo las victoriosas 
águilas del gran Napoleón. 

En el año infausto de 1918, en que los terremo- 
tos acabaron de deteriorar intensamente nuestra 
querida capital de Guatemala, la impía furia de los 
sismos llegó hasta el triste sitio donde duermen los 
muertos el postrero de los sueños. La tumba del 
mariscal de campo don Francisco Cascaras, desapa- 
reció del antiguo cementerio, como también se per- 
dieron, para siempre, las de otros hombres notables, 
cuyas cenizas arrojó el fragor inclemente de las 
ruinas. . . 

iVec qua tuta petat culmina montes habet. 
Omnia prcecipiti volvuntur lapsa ruina. 

i 

(Raphaelis Landívar.) 



343 



CAPÍTULO IA 

Corsarios. — Imperialismo. — Filibusteros. — Walker. 

SUMARIO 

Los corsarios. — El hijo del pirata. — Las estatuas de 
Drake. — El camino del oro. — La pérfida Albión. — El im- 
perialismo de los Estados Unidos. — Inglaterra se apo- 
dera de las Islas de la Bahía. — El tratado Clayton- 
Bulwer. — Bombardeo de Greytown. — El canal de Nica- 
ragua. — El tránsito por los lagos. — El ferrocarril de 
Panamá. — Los filibusteros. — William Walker. — Su pro- 
cedencia, estudios, carácter y educación. — Sus bárbaras 
intenciones. — Decretó la esclavitud en Nicaragua. — Se 
hizo presidente. — Fué reconocido por el gobierno de los 
Estados Unidos. — El padre Vigil, ministro de Walker 
en Washington. — Se une la América Central contra los 
filibusteros. — La guerra nacional. — Heroísmo de Cen- 
troamérica aliada. — Actuación diplomática. — Captura de 
William Walker. — Su muerte en el patíbulo. — Regreso 
de las tropas de Guatemala, al mando del general José 
Víctor Zavala. — Entusiasta recepción. 



344 



La fuerza, la codicia y la ambición, han perse- 
guido muchas veces a la América Central. La pode- 
rosa Inglaterra, en tiempos coloniales, infestaba los 
mares de corsarios que invadían nuestras costas, 
asesinaban a los pobladores, obstruían el comercio 
y eran terror de virreyes y pueblos. El famoso Sir 
Francis Drake, el "Caballero Pirata", como le lla- 
maba la gran reina Isabel, fué para los colonos espa- 
ñoles de antaño, lo que don Pedro de Alvarado re- 
presentaba ante los medrosos indios : Tonatiú, el 
hijo del Sol, el padre de la Desdicha. 

Era el istmo, Gold Road (camino del oro), como 
le decían, a causa de qUe por acá cruzaban del Pací- 
fico al Atlántico, las pesadas cargas a lomo de muías, 
llevando fabulosas cantidades del amarillo metal; 
iban para Sevilla. La figura siniestra de Sir Fran- 
cis Drake, se proyectaba sobre la América Central, 
horrorizando la imaginación de los americohispanos. 
Era el corsario amigo particular de la Graciosa sobe- 
rana, que en Londres tenía, en su palacio imperial, 
retratos de él con amorosa estimación, y a quien 
remitía perfumes y obsequios exquisitos. Fué harto 
común, por entonces, entre los filibusteros, el decir: 
"qué si los españoles subyugaban a los indios, ellos 
eran los dominadores de la raza española". Refie- 
ren antiguas crónicas, que el hijo del pirata había 
sido un lindo niño, fruto de románticos amores del 
famoso Drake con una bella joven del puerto de 
Acajutla; rom4ntico episodio que aparece con lumi- 
noso colorido, en la novela "El Visitador", de Salomé 
Jil. ¡ Quién creyera que la figura satánica de Drake, 
para los pobladores de nuestras costas, había de 
perpetuarse, venerada en estatuas, que existen en 

345 



Hamburgo, Tabistock y Plymouth, como introductor 
de las patatas en Europa! Los corsarios Wallace, 
Morgan, Nelson y otros aventureros, infestaron los 
litorales hispanoamericanos. 

La pérfida Albión, como con gran temor se la 
denominaba, tuvo fijos sus ojos codiciosos sobre la 
América del Centro, aún después de nuestra inde- 
pendencia. Creyéndose dueña de los mares, se arro- 
gaba supremo imperio para intervenir y ejercer gran 
poderío en estas tierras; sobre todo, en el paso del 
canal de Nicaragua. 

También los Estados Unidos de América mani- 
festaron, desde un principio, intenciones imperialis- 
tas sobre este istmo que, por su riqueza natural y 
posición geográfica, está llamado a prósperos desti- 
nos. A pesar de la arrogancia despectiva con que 
los europeos y norteamericanos han mirado a los 
nativos del rico suelo, que une los dos grandes hemis- 
ferios del Mundo Nuevo, el interés los ha inducido, 
hasta con inaudita violencia, a la ilegal intervención 
que se han disputado ardientemente. Era insaciable 
el apetito de apoderarse de sus regiones más hermo- 
sas. Quisieron hacer dé esta "Virgen del Mundo" 
— cual la apellidara Quintana — la Lais y la Friné, 
que todos pretendían. A mediados del siglo XIX se 
exacerbaron las ambiciones, sin reboso alguno, lu- 
chando Inglaterra con los Estados Unidos, por apo- 
derarse de la vía del canal interoceánico de Nicara- 
gua. (1) ¡ Quién creyera que al criminal Morgan, que 
incendió Panamá, lo haya ennoblecido su Majestad 
británica ! 



(1) "Los Estados Unidos contra la Libertad", por Isidro Fabela, 
página 164, México. 

346 



.En 1838, Inglaterra se apoderó de las Islas de 
la Bahía, pertenecientes a Honduras, sin otro título 
que el de la fuerza audaz. En 1849, los norteameri- 
canos obtuvieron del gobierno de la Nueva Granada, 
la concesión para construir el ferrocarril de Panamá. 
Los ingleses se alarmaron al saber la noticia, y te- 
mieron que los yanquis, activos, audaces y empren- 
dedores, como sus padres, obtuviesen nuevas conce- 
siones en este istmo importantísimo. De ahí nació 
el célebre tratado Clayton-Bulwer. 

Por ese memorable tratado ambos países esti- 
pularon que ninguno de ellos podía poseer, coloni- 
zar, ni apropiarse punto alguno de la América Cen- 
tral. Con dicho pacto los norteamericanos creyeron 
haber vencido a los ingleses, pero sucedió que ambas 
partes no quedaron satisfechas. 

Los Estados Unidos luego invocaron la doctrina 
elástica de Monroe, y estuvieron procurando obte- 
ner, a todo trance, la vía del canal. Los norteame- 
ricanos mandaron bombardear Greytown, como 
ellos llamaban a San Juan del Norte, lugarejo con 
miserables cabanas de indios moscos, que nada te- 
nían que ver en la querella de esas grandes naciones. 
Tales potencias nunca abrigaron escrúpulos humani- 
tarios, sino miras interesadas. 

Fué el alma de los proyectos de canalización, 
un célebre millonario, a quien yo conocí, y cuyo 
nombre todavía se recuerda como el de uno de los 
primeros Cresos. Vanderbilt, que había establecido 
la ruta mixta de tierra y agua, llamada "Accesory 
Transit Company", de la cual era presidente. Los 
buques llegaban a San Juan del Norte; de allí, los 
pasajeros subían en pequeñas embarcaciones, hasta 

347 



el lago de Nicaragua, atravesándolo todo en otros 
buques de mayor tonelaje, y al llegar al extremo 
occidental, pasaban a los coches que seguían para 
San Juan del Sur, por una carretera macadamizada. 
El ferrocarril de Panamá, inaugurado en 1855, pare- 
ció una empresa colosal. . . Después, al cabo de diez 
años, cuando los caminos de hierro se generalizaron 
tanto en los Estados Unidos, resultaba un juguete 
de niños. Vanderbilt pretendió conseguir en Ingla- 
terra, capitales para hacer el canal de Nicaragua. 
La pasión conquistadora anhelaba realizar el des- 
tino manifiesto, o sea la conquista de Nicaragua. 
La gran República americana se hallaba en uno de 
esos críticos momentos, en que la expansión se im- 
pone, a causa del crecimiento y poderío que por 
entonces nacía vigoroso y expansivo. La fuerza siem- 
pre es temible, pero Centroamérica contaba con el 
Partido republicano de los Estados Unidos, con In- 
glaterra, que tenía San Juan del Norte, con España,. 
Francia y el Brasil, y con las simpatías de todas las 
repúblicas. Por demás es decir, que la razón y la 
justicia le sobraban, aunque no siempre se atienden. 
Después de la guerra de 1847, tuvo México que 
ceder muchísimo de su territorio a los Estados Uni- 
dos ; pero entre los populosos estados del Atlántico 
y la cascada de oro que producía California, urgía 
establecer un camino, como hemos dicho, que acor- 
tara la distancia inmensa que existía. Se construyó 
el ferrocarril de Panamá y se fundó una línea de 
navegación, desde el Desaguadero hasta el gran Lago 
de Nicaragua. Entonces abrió mejor los ojos la 
codicia, y despertóse más la ambición de un canal 
en aquella próbida tierra, que debe sus tremendas 

34* 



desdichas — ¡ quién lo creyera ! — a su fabulosa rique- 
za natural y a su admirable situación geográfica. 
Un escritor norteamericano, interpretando perfecta- 
mente los sentimientos proditorios de sus compa- 
triotas, escribió lo siguiente: "Muchos de los que 
por Nicaragua atravesaban, sentían la atracción de 
aquella naturaleza espléndida y del escenario mag- 
nífico que la esmalta, por lo que no es de extrañar 
que se hiciesen cargo del poco provecho que los 
naturales del país obtenían de tantos dones, como 
se encerraban en semejante paraíso. La población 
mestiza no les inspiraba sino desprecio, especialmen- 
te si los viajeros venían de California, donde se 
detestaba a todos los greassers (mantecosos). Este 
desdén era algo más que un simple prejuicio de 
raza, ya que las constantes revoluciones originaban 
molestias, no pequeñas, al viajero, y le hacían sus- 
pirar por el momento en que los Estados Unidos 
interpusieran la fuerza, a fin de establecer el orden 
y ley en el istmo. El destino manifiesto estaba más 
arraigado que nunca, y el apetito territorial del pue- 
blo yanqui se había excitado considerablemente. 
Durante los últimos cincuenta años, se devoró toda 
la región que se hallaba al oeste del "Padre de las 
Aguas" — del Mississipí — y la codicia había ido 
aumentando cada vez más con el ejercicio. (1) La 
ley del crecimiento es impetuosa y ciega. 

Casi todas las repúblicas iberoamericanas están 
sólo orientadas teóricamente hacia la democracia. 
No hay bases para el self government. El imperialis- 
mo yanqui es efecto biológico, nacido y sostenido 



(1) ''Filibusters and Financiers". Scroggs — New York, Macimi- 
lian, 1916. 

349 



por ineludibles circunstancias. En el orden de la 
naturaleza, lo grande influye sobre lo pequeño. A 
las veces, ese imperialismo se ha ejercido con la ruda 
violencia del big stic y otras, con la fina diplomacia 
del eminente Elihu Root. (rl) 

Empero, las naciones indohispanas que ocupan 
la mayor parte del Nuevo Mundo, tienen fuerzas 
latentes, vigorosa via de desenvolvimiento. En el 
equilibrio sociológico, complementan vitales elemen- 
tos. Lo que se necesita es orden y prudente habi- 
lidad. Est modus in rebus. 

Por lo demás, y volviendo a tomar el hilo de la 
narración histórica, recordaremos que Inglaterra 
también apetecía nuestra tierra prodigiosa y se había 
apoderado de San Juan del Norte, el 17 de febrero 
de 1848, es decir, dos semanas después de firmado 
el tratado de Guadalupe Hidalgo. Los felinos se 
disputaban la codiciada presa. En 1850 se celebró 
el famoso pacto Clayton-Bulwer — del cual hicimos 
relación — , en que ambas potencias pretendieron en- 
gañarse, y resultaron engañadas. 

Después se acrecentó más el imperialismo nor- 
teamericano, dando lugar a la invasión de los fili- 
busteros comandados por William Walker; aten- 
tado que produjo la única guerra nacional que he- 
mos tenido y que no puede dejar de ser mencionada 
en estas memorias. 

Si siempre fué desatentado e infame para un 
país, llamar tropas extranjeras, resultó la mayor ca- 
lamidad, el incalificable desatino cometido en 1854. 
Castellón y Jerez, al procurar y recibir en Nicaragua 



(1) Elihu Root: "Politique Exterieure des Etat3 Unis, et Droit 
International— Traducción— París.— A. Pedone Editeur— Año 1927. 

, 350 



el peligroso auxilio de veintidós soldados espurios, 
con un jefe ambicioso y sin escrúpulos, es seguro 
que nunca pudieron presumir el daño que causaban 
a la patria común y a nuestra raza. 

Un obscuro extranjero, Byron Colé, que se ocu- 
paba en menesteres turbios en San Francisco, ofre- 
ció a los demócratas nicaragüenses traerles soldados 
mercenarios, para triunfar de los legitimistas. Aven- 
turera y canallesca patulea, de todas partes, popu- 
laba en California, y sabían bien de la importancia 
y riquezas naturales en que abundaba Nicaragua. 
El vil emisario era compañero de William Walker, 
americano, con falsas apariencias de mansedumbre 
y humanidad; era de carácter enérgico, aspiraciones 
napoleónicas, valor y audacia increíbles. Fué este 
filibustero de sangre escocesa, natural de Nashville, 
en el Estado de Tennessee. Visionario exaltado, 
creía firmemente en el destino manifiesto. Nacido 
en 1824, recibió una educación clásica y estudió, des- 
pués de ser Schollar (versado en letras), medicina 
y leyes, pero sin concluir las materias de ambos ra- 
mos, (1) se entregó al periodismo. Se le había me- 
tido en la cabeza que debía ser autócrata en alguno 
de los países de Hispanoamérica. Ya en 1854 había- 
se puesto al frente de una expedición filibustera, a 
fin de apoderarse del Estado de Sonora, en México; 
fracasó y hasta se vio preso. Sugestionado por su 
gran misión en el mundo, invadió la Baja California, 
llegando a ser, por poco tiempo, presidente de la 
península. 



(1) Walker regaló al coronel J. Víctor Zavala, "La Eneida", en 

Iatín, con escolios del mismo Walker, y dedicatoria en inglés. Este 
urioso libro, me lo obsequió el inolvidable don Víctor, cuando era 



351 



Tal era el hombre funesto, cuando salió para 
Nicaragua, con cuarenta y ocho perdularios de la 
hez que merodeaba en la fabulosa California, Jauja 
entonces del siglo XIX. El 4 de marzo de 1855, se 
hicieron a la vela, y desde que llegaron a Nicaragua, 
procedieron desastrosamente. Comprendieron, los' 
mismos que lo habían llamado, el peligro inminente 
que corrían, y el riesgo en que el país se hallaba de 
perder su autonomía. Era el presidente provisorio 
don Patricio Rivas, y el ministro de la Guerra el 
general don Ponciano Corral. Ambos se dieron cuen- 
ta de los avances e intenciones de Walker, y dicho 
ministro escribió unas cartas al presidente de Hon- 
duras, don José Santos Guardiola y al general don 
Florencio Xatruch, comunicándoles sus temores. Ta- 
les cartas fueron interceptadas por el jefe de la 
falange filibustera, quien mandó procesar y conde- 
nar a muerte al infeliz Corral, sin que valieran los 
extremos que, para salvarle la vida, pusieron en 
juego la familia de Corral y sus compatriotas y ami- 
gos. El 8 de noviembre de 1855 fué pasado por las 
armas. Este crimen inaudito, hizo estallar la guerra, 
que un puñado de bandidos ocasionara a todo Cen- 
troamérica. Naturalmente, que Costa Rica, como 
limítrofe con Nicaragua, fué la primera en temer 
aquella situación que amenazaba con la más omi- 
nosa esclavitud. El memorable 3 dé marzo de 1856, 
vióse en la plaza de San José, un ejército de 8,000 
hombres, a las órdenes del benemérito don Juan Ra- 
fael Mora. Desgraciadamente, el desnaturalizado 
Patricio Rivas, que se decía presidente de Nicaragua, 
y que era un simple instrumento del filibustero 
Walker, no sólo declaró la guerra a Costa Rica, sino 

352 









a la América Central. Máximo Jerez, ministro de 
la Guerra, mandó poner el país sobre la^s armas, y 
trasladó la capital a la antigua ciudad de León. No 
contento el ambicioso jefe de los extranjeros inva- 
sores, el mismo Walker declaró también la guerra 
a la América Central, i Este fué el colmo de la ini- 
quidad ! El 12 de julio de 1856, se proclamó pre- 
sidente de Nicaragua, con el asentimiento del presi- 
dente Pierce, asistiendo al acto de la toma de 
posesión, el ministro americano Mr. Wheeler. A 
los diez días decretó Walker un empréstito extran- 
jero de $2.000,000, y el 27 de agosto estableció la 
esclavitud en Nicaragua. Así quedó conmovido y 
seriamente amenazado, por traidores bandidos, el 
istmo americano. El 1° de marzo de 1856, las fuer- 
zas de los invasores recogidas entre lo más abyecto 
de la canalla que acudía a San Francisco, atraída 
por las minas de oro, ascendían a 600 soldados, con 
la inmensa ventaja de tener fusiles Minier, que eran 
de retrocarga. Por todo, el ejército nicaragüense 
sería de mil hombres, que después se aumentaron. 
Don Luis Schlesinger organizó, como segundo de 
Walker, cinco compañías, y llegó a tener 240 solda- 
dos. Su comportamiento y derrota, en Santa Rosa, 
los censura, en sus Memorias, el mismo Walker. 

Al fin llegó el caso — que tenía que suceder — 
de ponerse, no sólo en desacuerdo los demócratas 
con el filibustero, sino de declararse recíprocamente 
la guerra, el 20 de junio de 1856. Jerez se fué a 
León, y el bandido usurpador a Granada. Acaecie- 
ron lances de importancia, pero que el espacio de 
estas Memorias no permite reseñar. William Wal- 
ker, extranjero ambicioso y procaz, se hizo elegir, 



353 



como se ha dicho, presidente de Nicaragua, contra 
todo derecho, y apareció con quince mil y tantos 
votos para apoderarse del mando de una república 
hispanoamericana, digna de mejor suerte. Fué aque- 
llo un conjunto de mentiras y enredos, violaciones 
y crimenes, rechazado por toda la América española 
y España, Francia e Inglaterra. 

En circular de 3 de julio, el general Rivas acu- 
dió a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y 
Honduras, pidiendo ayuda para sacar a los filibus- 
teros, y obtuvo Walker que se le reconociese como 
presidente de fació, por los Estados Unidos. Dichos 
gobiernos centroamericanos, en una convención ce- 
lebrada en Guatemala, el 18 de julio de 1856, se alia- 
ron para defender la soberanía e independencia, 
uniendo al efecto sus fuerzas y acción e invitando 
a Costa Rica, que ya estaba preparada en tal sen- 
tido. El presidente Carrera, como hombre práctico 
y previsor, se empeñó en mandar tropas y dinero, 
contra el audaz invasor. 

Mientras esto sucedía, Estrada, el jefe legiti- 
mista, entraba en Nicaragua y establecía su gobier- 
no en Somotillo, nombrando a Pedro Joaquín Cha- 
morro su ministro, y al general Tomás Martínez, 
jefe del ejército ; pero en el camino los atacaron, en 
Ocotal, el 13 de agosto, los demócratas, y en la re- 
friega capturaron a Estrada, y le dieron muerte. 
"Tal fué — dice Pérez, en sus Memorias — el fin 
trágico de este distinguido patriota, que por su ta- 
lento, saber y virtudes, se había elevado de una baja 
posición, hasta ocupar la primera magistratura de 
su país." (1) 



(1) Pérez, Memorias, 2a parte, páginas 96-100. 
354 






Se celebró otro convenio, a fin de que hubiese 
sólo un gobierno, con algunos legitimistas en el gabi- 
nete : Pedro Cardenal, Sebastián Salinas, Nicasio 
del Castillo y Francisco de Baca, fueron designados 
para ministros. 

Los aliados llegaron a tener tres mil hombres, 
pero les faltaba unidad de mando, disciplina y homo- 
génea orientación. Dieron pruebas de valor, aunque 
hubo rencillas lamentables. Walker se procuraba 
cada vez más soldados y contó £on un jefe hábil y 
de escuela, el coronel Natzmer; además de otros, 
como Henningsen, Leslie y Gaskill. Tenia la ven- 
taja de los rifles Minier y Sharp, de retrocarga, 
mientras que los centroamericanos usaban los fusi- 
les de chispa, antiquísimos. 

Las tropas de Guatemala estuvieron a las órde- 
nes del general Paredes, y la primera columna llegó 
a la plaza de Nacaome, el 4 de junio de 1856; pero 
habiendo fallecido este general, el 2 de diciembre, 
quedó el mando de ellas bajo la dirección del valien- 
te coronel José Víctor Zavala. El cólera morbus y 
el tifus hacían horribles estragos. 

Alto, gallardo, ágil, ojinegro y con mucha sal 
ática en la charla diaria, eran los atributos principa- 
les del mabis cubano Francisco Alejandro Lainé, 
empadronado en el ejército de los bucaneros del 
Norte. 

En 1855, Domingo Goicuria envió como agente 
«uyo ante Walker, a Lainé, quien firmó con dicho 
jefe, poco después de arribar a Granada, el convenio 
siguiente : 

1" — Los cubanos revolucionarios, que habían re- 
caudado fondos para luchar por la independencia 

356 



de la isla antillana, los cedían, a fin de cooperar en 
la obra de consolidar el gobierno que en Nicaragua 
presidía el general Walker; 2? — Este, una vez con- 
quistada Nicaragua, se obligaba, bajo la fe de caba- 
llero, a contribuir con su persona, con hombres y 
dinero, para la liberación de Cuba. 

En virtud de tal pacto, Goicuría arribó a Nica- 
ragua, encabezando la cohorte auxiliar cubana, com- 
puesta de 250 soldados. 

Entre los oficiales tuvo actuación principal Lai- 
né. Su audacia y' valentía granjeáronle el aprecio 
de Walker, quien le nombró su primer ayudante de 
campo. En los combates de Masaya, en 1856, eje- 
cutó actos de arrojo; en medio de una granizada de 
proyectiles echó su brioso corcel sobre la legión 
de patriotas que cercaba a un destacamento ameri- 
cano, estacionado en Mosimbó, al mando del capitán 
Clark; y así, en esta forma, abrió brecha en la masa 
atacante, y allanó la salida de sus compañeros, quie- 
nes retornaron al cuartel general, haciendo cálidas 
ponderaciones del intrépido ayudante de campo. 
Walker le premió ascendiéndole a coronel. 

Desde entonces, para las comisiones más delica- 
das, era el seleccionado, pues además de su men- 
talidad, limada y pulida en el ajetreo de los campa- 
mentos, tenía la ventaja de poseer el español, su 
lengua nativa. 

En una mañana brumosa de octubre del año 
mencionado, trotaba el coronel Lainé sobre el cami- 
no que de Masaya conduce a Granada; le seguía 
— distante como cien metros — el coronel Thomas 
Fisher. En un recodo o estrechura de la vía, caballo 
y jinete quedaron cogidos, cazados en una trampa 

356 



hábilmente preparada por unos dragones guatemal- 
tecos del ejército que mandaba el general José Víc- 
tor Zavala. 

Rapidísima fué la escena que inmediatamente 
siguió: acto continuo, arrimado a un árbol de nance, 
el prisionero, natural de Cuba, fué fusilado por la 
espalda. Antes de sonar la descarga, gritó a sus 
victimarios : "Los hombres mueren, pero las ideas 
quedan". 

El coronel Fisher, que se salvó ocultándose en 
una espesa arboleda, contempló horrorizado, desde 
su escondite, el trágico fin de su camarada. Poco 
después pudo recoger el cadáver del desdichado 
Lainé, y lo condujo ante William Walker, quien expe- 
rimentó imponderable sentimiento de dolor cuando 
Fisher le narró los detalles de la ejecución. 

Aquella sangre debía lavarse con sangre : orde- 
nó que inmediatamente fueran pasados por las ar- 
mas dos distinguidos prisioneros guatemaltecos, que 
hacía varios días estaban recluidos en San Francis- 
co, cuartel general de los americanos en Granada. 

Reproducimos la impresión nítida de un testigo 
ocular, Carson, quien al contar el hecho, se expre- 
sa así: 

"En toda mi vida nada me ha emocionado más 
que este tristísimo suceso. El coronel Valderrama 
y el capitán Allende — oficiales del ejército guate- 
malteco — prisioneros bajo nuestra vigilancia, eran 
caballeros de superior cultura, indudablemente acau- 
dalados y de modales corteses y deliciosos. Allende 
tenía nexos de sangre con el procer mexicano Igna- 
cio Allende. La impecable corrección de ambos pri- 

357 



sioneros había ganado la buena voluntad de los que 
custodiábanlos, al grado de que detenidos y carcele- 
ros cantaban y bailaban juntos. 

"Cuando el general expidió la orden de ejecu- 
tarlos, ardieron nuestros corazones y todos nosotros 
derramábamos lágrimas, oprimidos por el dolor. 

"En la solemnidad del mom mto supremo, am- 
bos oficiales conservaron valor y serenidad imper- 
turbables. Llevados al banquillo — colocados cerca 
del muro oriental del convento de San Francisco — 
rehusaron sentarse, y de pie, con apostura y traza 
bizarra, sin permitir que les ciñeran los ojos, aspi- 
rando el humo de sendos cigarros, fijas las miradas 
en las bocas de los fusiles, que a sus corazones apun- 
taban, solamente doblaron la cerviz, después de la 
descarga." 

Años después, el padre Ross, testigo presencial 
del drama, conversaba en el hotel "San Carlos" de 
Nueva Orleáns con varios amigos, e hizo la evoca- 
ción del sacrificio de los militares guatemaltecos, 
con quienes él también había pasado horas de solaz. 
Ponderó la sangre fría e impavidez de las víctimas 
en el patíbulo, sobre todo, el rasgo gallardo al acer- 
carse al banquillo fatal; a la excitativa del oficial 
John Pierce, empeñado en que se sentaran y se deja- 
ran cubrir los ojos con un lienzo o pañuelo de seda 
que él les ofrecía, ellos negáronse de manera rotun- 
da, y Allende, sonriendo, decía a su compañero : 

"Bien merece la muerte que nosotros la reciba- 
mos de pie, sin vendas, pues es una dama, y sería 
descortesía que no la miráramos." (1) 



(1) "Alrededor de Walker", libro cubano, muy moderno. 
358 



¡ Héroes olvidados, que bien merecen redivivos, 
consignar aquí sus beneméritos nombres ! 

Sigamos reseñando los más salientes sucesos. 
Después de algunas acciones de guerra desfavora- 
bles alternativamente, para una y otra parte, sobre- 
vino una circunstancia digna de mencionarse, en la 
vía del tránsito por el Lago de Nicaragua y el río 
San Juan; fué la gran enemistad, el odio profundo, 
que el comodoro Vanderbilt tuvo contra Walker, por 
haber éste asumido la dirección de dicha vía. El 
millonario de Nueva York, puso en juego su dinero, 
que siempre es arma poderosa, y logró que el presi- 
dente Pierce, de los Estados Unidos, estuviese en su 
favor. Ofreció crecidas sumas de dólares para des- 
pojar al filibustero de los buques que se había apro- 
piado ; mandó emisarios a Costa Rica, a fin de 
combinar el plan para recoger tales embarcaciones, 
y puso su gran influencia en pro de los aliados. 
Estaba de Dios que triunfara la justicia. 

Afrontando indecibles trabajos y riesgos por 
caminos fangosos, con valor y decisión heroicos, el 
general José Joaquín Mora pudo tomar los buques 
y limpiar aquella costa de filibusteros que se batían 
con denuedo. 

Entretanto, en Washington, los ministros don 
Antonio José de Irisarri, de Guatemala y El Salva- 
dor, y don Luis Molina, de Costa Rica, trabajaban, 
con gran inteligencia y actividad, a fin de lograr 
que no se dieran armas a los filibusteros y se deco- 
misaran las que compraban. En los archivos de 
esas legaciones existe una interesantísima corres- 
pondencia, que debiera imprimirse, para la historia. 
Yo tuve oportunidad — cuando fui, muy joven, afta- 

359 



che, en Washington, de nuestra legación — de admi- 
rar la energía y habilidad de aquellas comunicacio- 
nes, obras maestras, dignas de darse a luz. Logra- 
ron, estos dos notables diplomáticos, tener de su 
parte a los ministros de España, Colombia, Perú, 
México y Venezuela, que se unieron a los de Centro- 
américa; y no sólo protestaron, sino que, el 8 de 
noviembre de 1856, celebraron un tratado sub spe 
rati, para garantizar la independencia, soberanía e 
integridad de Hispanoamérica, rechazando el escan- 
daloso reconocimiento del gobierno de Walker por 
el gobierno de los Estados Unidos. 

A pesar de varias peripecias y descalabros, lle- 
garon a imponerse los aliados, y sitiaron a Walker, 
en Rivas. Viéndose perdido el jefe de los filibus- 
teros, propuso rendirse, pero no ante los aliados, 
sino ante Mr. Charles H. Davis, capitán de la cor- 
beta norteamericana "Saint Mary's". El 11 de abril 
fué el ataque de la ciudad de Rivas, dispuesto por 
el general Mora y los jefes aliados, pero tuvieron 
que retirarse, para ahorrar sangre y vidas. En la tar- 
de del 23, sacaron a las mujeres y a los niños, bajo 
la protección de la bandera de los Estados Unidos. 
Dicho Mr. Davis trató de entrar en arreglos con los 
combatientes, pasando al campamento de los alia- 
dos. Ya hacía tres días que se bombardeaba la ciu- 
dad, y Walker se veía reducido a sus posiciones, 
con pocos hombres y casi sin víveres, perccon espe- 
ranzas de ser reforzado. El l 9 de mayo se celebró 
una convención firmada por Walker, Davis, C. P. F. 
Henningsen, P. Walters, P. Thompson y J. Winlhorp 
Taylor. 

360 



Walker se rindió ante el jefe de la corbeta 
"Saint Mary's", comodoro Davis, y no ante los alia- 
dos. Acompañado de su plana mayor, el célebre 
filibustero, y custodiándola el general Zavala, que 
hablaba bien el inglés y llevaba tropa, salieron de 
Rivas, con rumbo a San Juan del Sur. La plaza fué 
ocupada por los aliados, el 2 de mayo, a las diez del 
día. Walker dirigióse a Nueva Orleáns, en donde 
tenía relaciones con los esclavistas que ya estaban 
en lucha abierta con los abolicionistas. 

Públicamente se presentaba el cínico William 
Walker, como presidente de Nicaragua, y pronun- 
ciaba discursos en las calles de Nueva Orleáns, 
diciendo que establecería la esclavitud en Centro- 
américa. La prensa sensata y los diplomáticos his- 
panoamericanos, protestaron en Washington. El 
incansable filibustero fué reducido a prisión por 
no respetar la neutralidad y el orden público, pero 
salió de la comisaría, bajo fianza de mil dólares ; y 
venciendo toda dificultad, se encontraba a bordo del 
buque "Fashion", en aguas de San Juan del Norte, 
el 25 de noviembre de 1857, con soldados numerosos, 
varios jefes y un cirujano. Desembarcó cincuenta 
hombres para subir por el río y tomarse el Castillo 
Viejo. Con el propósito de proteger la vanguardia, 
mandó 150 hombres a Punta Castilla, pero no le fué 
dable seguir sus depredaciones, porque el gobierno 
de los Estados Unidos había dispuesto capturar a 
todos estos bandoleros. Aunque fué sometido Wal- 
ker, con los suyos, a un juicio criminal, en 1858, 
por mayo y junio, se hizo de muchos admiradores, 
saliendo libre, con aureola de "anexionista", y ob- 
tuvo dinero y organizó por tercera vez, otra expedí- 

361 



ción escandalosa. Fué favorecido para burlar la 
poca vigilancia del gobierno americano. Como las 
Islas de la Bahía se hallaban por entonces en poder 
de los ingleses^ desembarcó primero en Roatán, con 
el objeto de establecer allí su base de operaciones. 
El 6 de agosto desembarcó en Trujillo, con cien 
hombres. ¡ Cual no sería la sorpresa de los gobier- 
nos y del público de estos países centroamericanos, 
al saber que aquel pirata tenaz y decidido volvía 
otra vez a pretender destruir la autonomía y liber- 
tad de cinco repúblicas de la América del Centro, 
en el siglo XIX ! 

El gobierno de Walker fué reconocido oficial- 
mente por el presidente de los Estados Unidos, y 
hasta recibió un ministro de los filibusteros, el padre 
Vigil, nicaragüense, que dio *mucho trabajo a Iri- 
sarri y a Molina, que al fin triunfaron. 

Guatemala fué la primera que hizo salir a un 
militar español muy caracterizado, el mayor Cano 
Madrazo, quien en Belice compró una embarcación 
armada por él, con seis piezas de artillería y cien 
hombres para ir a Omoa a reforzar la guarnición 
del fuerte. Como también de Honduras salieran 
tropas a las órdenes del general Mariano Alvarez, 
se logró que un buque de guerra inglés intimara a 
Walker a desocupar el puerto, para no impedir el 
tráfico. Se vio el filibustero en el caso de ceder; 
así lo manifestó, contestando que obedecería tal or- 
den. Pero hizo lo contrario, internándose por Nica- 
ragua, recorriendo caminos extraviados y descono- 
cidos ; mas le salieron al encuentro • las tropas de 
Alvarez, por el río Aguan, y se vio Walker precisado 
a huir, derrotado, hasta llegar a Trujillo, en donde 

362 



se rindió ante el comandante del vapor inglés "Ica- 
rus", quien lo entregó al general Alvarez, que lo hizo 
juzgar inmediatamente por un consejo de guerra. 
Fué sentenciado a muerte. El 12 de septiembre de 
1856 quedó sepultado su cadáver en Trujillo. (1) 

Así concluyó aquella inicua guerra de filibuste- 
ros que ensangrentó a Nicaragua, con grandes per- 
fidias e inhumanas miras de establecer la escla- 
vitud en la América Central. Las tropas guatemal- 
tecas llegaron de regreso a esta capital, el l 9 de julio 
de 1857. Se les hizo una recepción muy solemne; 
al jefe de ellas, al culto caballero y distinguido mili- 
tar Zavala, tribútesele una popular ovación. 

Recuerdo la entrada del invicto general, que 
era aclamado por las multitudes. El presidente Ca- 
rrera lo traía a su derecha, en medio de un brillante 
estado mayor, seguido por personas de importancia, 
que celebraban el triunfo, no en lucha fratricida, 
sino el alcanzado por los aliados centroamericanos, 
defensores de su libertad y de su patria. (2) 

En los modernos tiempos, ha sido el "famoso 
alertador de la conciencia hispanoamericana", Ma- 
nuel Ugarte. 



(1) En el prólogo de la obra del propio William Walker, "La 
Guerra de Nicaragua" se da como fecha del fusilamiento del filibus- 
tero, la del 18 de septiembre de 1860. (M. G.) 

(2) El que desee más datos, sobre las acciones militares, en 
la Campaña de los Aliados, en Nicaragua, puede consultar las obras 
de Pérez, Bancroft, la Historia escrita por el mismo Walker, y la 
brillante "Vida Militar de Centroamérica", por el general Zamora 
Castellanos. En el capítulo que antecede, sólo nos hemos propuesto 
bosquejar la parte política y los rasgos históricos salientes. No per- 
miten otra cosa los límites de estas "Memorias", ya bastante exten- 
sas. 

363 



CAPITULO A 



Antiguas costumbres nacionales. — Guatemala en los 
tiempos viejos. 

t 
SUMARIO 

Recuerdos de mis mocedades. — En Guatemala ha- 
bía muchos conventos y algunos beateríos. — Las fami- 
lias trataban de meter a monjas a varias de sus hijas, 
sin preocuparse porque tuviesen vocación. — Cómo era 
el noviciado. — El monasterio de Santa Teresa. — Los 
días de reja. — Espaciosos solares y edificios que te- 
nían. — Las elecciones. — La Orden Dominicana. — Los de- 
más conventos. — Influencia que ejercieron en favor de 
los aborígenes. — Degeneraron los monasterios en el siglo 
XVIII. — Opinión del historiador mexicano Riva Pala- 
cio. — Los jesuítas. — Triste estado en que se encontraba 
Guatemala, a mediados del siglo último. — Cómo era la 
plazuela del Sagrario. — Tipo del Perrero de la Cate- 
dral. — La ciudad era pequeña, sucia y rodeada de cer- 
cas de chichicaste (ortiga). — Tenía poblano aspecto. — 
El Portal del Señor. — Cómo fué destruido. — Lápida no- 
table, con una fatídica inscripción que se encontró. — 
La Plaza de Armas. — La gran pila colonial que había 
en el centro. — Los 17 fusilados, que contra el borde de 

364 



esa histórica fuente, fueron ajusticiados por causa 
política. — El comercio era raquítico.— Antes de cons- 
truirse el Templo de Minerva, no existía el boulevard, 
en la avenida del Hipódromo. — Cómo era el antiguo 
pueblo indígena de Jocotenango. — Los martes había 
una romería de jóvenes. — En 1874 se destruyó la igle- 
sia. — La gran ceiba que se plantó al fundarse aquel 
pueblo, aún vive ya aristocratizada. — Cómo era el cam- 
posanto. — En tiempo del general Barrios tomó otro as- 
pecto aquella comarca. — Memorables carreras de caba- _ v 
líos importados. — En los antiguos tiempos, era bastante 
pequeña el área de la capital. — Cómo eran las casas. — 
Silencioso aspecto de esta ciudad — La policía y el alum- 
brado de entonces. — Las modas. — Las corridas de to- 
ros. — No había cantinas, ni clubes, ni billares, ni casas 
de tolerancia. — Las fiestas religiosas. — El Funeral de 
las Benditas Animas. — Cómo se vivía en el tiempo vie- 
jo. — Los progresos de la Nueva Guatemala. — Antaño no 
faltaron célebres criminales. — Los espantos menudea- 
ban en aquellos remotos años. 



Recuerdo que en el tiempo viejo, no había fa- 
milia, rica o pobre, en Guatemala, que no tratara de 
meter a monja a una de sus hijas, sin preocuparse 
para ello de la vocación,*creyendo que bajaba del cie- 
lo, o se adquiría en el claustro, en donde el severo ré- 
gimen, la autoridad del confesor, el miedo del infier- 
no, el miramiento humano y el respeto divino, no 
fueron bastantes para. que, a* las veces, hubiese quie- 
nes renegaran de la vida aislada, contemplativa, céli- 
be, sometida a penalidades atroces y al alejamiento de 
la familia. Eran resabios de épocas medioevales de 
misticismo agudo y fanatismo ciego. En México, 
la mitad de la raza blanca, flor y nata de aquella 
virreinal metrópoli, se consumía estérilmente. En 
la gentil Ciudad de los Reyes, en la florida Lima, 

365 



contáronle cerca de dos mil que vestían hábitos. 
En la Antigua Guatemala hubo mil enclaustradas 
en el siglo XVII. 

Cuando una joven era capaz de enebrar la agu- 
ja, escribir mal su nombre, leer un capítulo de Kem- 
pis o del Flos Sanctcrum, se declaraba, sin más allá 
ni más acá, que estaba llamada, en la familia, para 
monja. Se instruía inmediatamente un expediente 
a fin de averiguar que la postulante no tenía en sus 
venas sangre mora, judía, ni menos de gentiles o 
herejes; que ni los padres, nkninguno de la familia, 
habían sido declarados blasfemos, infames o im- 
píos; que la novicia era católica, apostólica, romana, 
fiel en sus creencias y sin sospechas de errores reli- 
giosos. ¡ Qué mayor error que dejar su hogar, sus 
inclinaciones, la vida social, las delicias de la fami- 
lia, para sepultarse viva, entre cuatro paredes ! Pero 
habíanle dicho que el mundo, la carne y el demonio, 
constituían los enemigos mortales del alma. Y ella^ 
renunciaba a la carne, contrariando las leyes de la 
naturaleza, y convirtiéndose de fragante lirio en es- 
téril cardo, lánguido, amarillo, sin perfume; renun- 
ciaba al demonio, con quien ninguna concomitancia 
había tenido. Iba a echarse en brazos de una vida 
histérica, truncada en la mañana, cual si los rayos 
del sol fueran venenosos y el aire de los campos pes- 
tilencial. Trocaba las delicias de la maternidad, el 
gorjeo del nido, las celestiales miradas del niño, 
que se amamanta, por el eco del órgano triste, el 
murmullo monótono de la rogativa inconsciente, 
el manoseo habitual de la camándula. . . Iba a suici- 
darse, en la aurora de la vida, cuando estaba aquella 
niña más hermosa y llena de ilusiones y esperanzas. 

366 



Aquí, en esta capital de Guatemala de la Asun- 
ción, hubo ^varios conventos de monjas y algunos 
beateríos. Recuerdo el convento de Santa Teresa, 
en donde tenía yo dos tías abuelas. Una vez a la 
semana era "día de reja", lo cual significaba que los 
familiares podían acudir a conversar con la monja, 
pero sin verla, sino al través de una tupida reja, dila- 
tando la visita una hora. El convento de Santa Ca- 
tarina, el de Santa Clara, y los beateríos de Belén 
y Santa Rosa, tenían, por lo regular, una manzana 
de terreno, en lo más céntrico de la ciudad. Esta- 
ban circuidos de larguísimas paredes, altas y blan- 
cas, por la cal con que se pintaban. Adentro había 
celdas, comedor, prisiones, enfermería, locutorio 
para los sacerdotes y médicos, cuando podían entrar, 
y además, una gran huerta, con árboles frutales, en 
donde andaban parvadas de zanates y torditos, cuya 
bulla se oía hasta fuera de los muros silenciosos. 
Apenas pasaban por allí algunos transeúntes, pues 
había muy poco movimiento en la tranquila ciudad. 

En los beateríos existieron escuelas de primeras 
letras para niñas pobres, y no era tan rígida la clau- 
sura. Los conventos tenían sus rentas propias, 
formadas por las dotes que pagaban las novicias y 
por fundaciones y legados. Las elecciones de priora, 
madre escucha, abadesa, sacristana, portera y demás 
oficios indispensables, eran reñidas, y había parti- 
dos, hasta en el seno de esos centros de reclusión 
monástica. 4 f 

La famosa Orden Dominicana y la de San Fran- 
cisco, tuvieron en la Antigua Guatemala, sus con- 
ventos famosos, no sólo por sus riquezas, sino por 

367 



su historia; así como los frailes recoletos, la reli- 
gión de La Merced, la orden de los Betlemitas, que 
recuerda a sus fundadores, el piadoso Hermano Pe- 
dro y el hidalgo marqués de Talamanca, don Rodrigo 
de Arias Maldonado, tuvieron en la histórica ciudad 
de Santiago espaciosos conventos. Los de la nueva 
capital fueron suprimidos por la revolución de 1871. 

No hay duda de que los frailes prestaron anti- 
guamente importantes servicios en América, como 
lo reconocen todos los historiadores, sin dejar de 
ser también cierto que, desde el siglo XVIII, degene- 
raron, por sus riquezas y preeminencias. * No paga- 
ban contribuciones, y los presidentes y audiencias 
pidieron a la Corte de España, que pusiese remedio. 
Se multiplicaron de tal suerte, que se alarmaron las 
autoridades. A mediados del siglo XVII, habla en 
las colonias americanas un millón de habitantes de 
raza europea, y se llegaron a contar ochocientos 
cuarenta conventos y más de siete mil iglesias. Al 
terminar ese siglo, el número era mayor todavía en 
México, Perú y Guatemala. (1) 

Rara era la familia que no tuviese algún fraile 
en los numerosos conventos, en donde la vida hol- 
gada, los honores y gollerías llamaban a muchos, 
sobre todo de la clase media. Aquello era una cárac-'* 
terística de la época. "De grado o por fuerza — ex- 
clama el notable historiador Riva Palacio — (2 > am- 
bos mundos estaban uniformemente regidos por el 
código de moral compendioso, pero claro, civiliza- 
dor, sublime, que forma la base de la moral evangé- 



(1) "De los vínculos y mayorazgos" — Madrid — 1895 — Página 329. 

(2) "'México a través de los siglos" — Tomo II. 

368 



lica, cuyos principios no perdieron su trascendencia 
con la reforma de Lutero y Calvino, ni se eclipsaron 
al establecerse el catolicismo entre los indios, vicia- 
dos por tantas supersticiones y prácticas abomina- 
bles. La sindéresis despreocupada hace comprender, 
que muchas veces, los que se han tomado por vicios 
o defectos, no son más que rasgos propios, o esfuer- 
zos necesarios, del espíritu del siglo y de las expe- 
riencias de la misión de cada uno de aquellos hom- 
bres que, simbolizando ahora, para muchos, el 
fanatismo, fueron los precursores de la libertad y 
los atrevidos apóstoles del progreso. Fueron las 
órdenes religiosas, durante la cqnquista y la colonia, 
defensoras de la raza vencida, de los derechos de 
los conquistadores, de los fueros de la justicia, en 
aquellos tiempos de violencia y rudeza suma. En 
posteriores épocas, degeneraron los conventos, y 
faltóles ya el fin de su institución y el prestigio de 
sus antecedentes y servicios. Se consideraron ins- 
tituciones antieconómicas y anacrónicas." 

Los jesuítas se establecieron en la Antigua Gua- 
temala, en 1601, al comenzar el siglo XVII. El 27 de 
febrero de 1767 fueron expulsados al mismo tiempo, 
de España y de las Indias. Restablecidos en Gua- 
temala, el año 1855, tuvieron un numeroso colegio 
y gran casa matriz, adquirieron bienes y conquista- 
ron popular trascendencia. Uno de los primeros 
actos de la revolución de 1871, fué la expulsión de 
los miembros de la Compañía de Jesús. 

A mediados del siglo último, todavía alcancé a 
ver el triste espectáculo en que se encontraba la 
capital de Guatemala, que tendría una población 
de cincuenta mil habitantes. Las calles polvosas, 

369 



sucias y con charcos o acequias a flor de tierra, pes- 
tilentes y perjudiciales. La Plazuela del Sagrario, 
como llamaban al lugar que ocupa hoy el Mercado 
Central, era un solar horrible, lleno de basura, muías 
y carboneros. Allí había estado el primer cemente- 
rio, que el doctor Gálvez mandó trasladar atrás del 
Hospital General; pero quedó aquel sitio, como un 
antro sucio, a un lado precisamente de la hermosa 
basílica. En el centro de semejante plazoleta in- 
munda, se dejaba ver un armatoste que servía 
de campanario, bajo y derruido, y de vivienda del 
perrero de la catedral, a quien todavía pude conocer. 
Era un viejo mudo,' de sublevadas guedejas blancas, 
arrastraba los pies para andar, vestía un hábito inde- 
finible, color de alade mosca, ostentando en el pecho 
un escudo de plata, y portaba en la diestra un asiál, 
o látigo, para ahuyentar a los perros que entraban 
al templo. Fué aquel monifato el cuco de los niños, 
y le llamaban los canónigos el canicular, como que 
figuraba entre los oficios eclesiásticos de aquellos 
remotos tiempos. 

En lo que hoy es 11 calle oriente y 11 avenida 
sur, no había casas, sino un gran "Potrero de Urrue- 
la", que antes formó parte de los terrenos adjudi- 
cados a los dominicos, cuando la traslación de la 
capital. En donde se encuentra el "Palace Hotel", 
y figuran otras ricas mansiones, había cercas de 
chichicaste (ortiga) que daban a la ciudad aspecto 
poblano. Las gentes muy % pobres y los mendigos 
que abundaban — como ña Palomita, tata Candelero, 
la Cucaracha, y otros tipos populares — , dormían en 
los portales que circundaban la plaza, sobre todo, 
en el que llamaban del Señor, porque existía allí 

370 



una pequeña capilla, con la imagen del Señor d&l 
Portal, que era un Ecce Homo, después trasladado 
a la catedral, cuando la impiedad mandó quitarlo 
del recinto en donde por mucho tiempo estuvo. Des- 
apareció — por disposición inconsulta — aquel símbo- 
lo de devoción, y posteriormente destruyóse la her- 
mosa arcada y el edificio municipal, en el año 1916. 
Desaparecieron, además, todos los valiosos materia- 
les, que representaban mucho dinero. Al echar 
abajo la piqueta destructora, aquellos monumentos 
que estaban en buen estado, se encontró una gran 
lápida, con la siguiente fatíciica inscripción: "Cuan- 
do este portal caiga, caerá toda la ciudad". . . Poco 
tiempo después, ¡quién lo creyera!, sobrevino la 
ruina tremenda de 1917 y 1918, y murió trágicamente 
el que más se había empeñado en derribar el Portal 
del Señor, apropiándose los materiales. 

En el centro de la Plaza de. Armas, en donde 
luce un hermoso jardín, entre palmeras y flores, 
hubo una espaciosa fuente — de piedra marmórea 
traída de Barbales — con un alto templete rodeado 
de bridones, y en el medio, la estatua ecuestre de 
Carlos III. Después de la independencia, los pa- 
triotas echaron abajo al rey y dejaron el caballo, 
hasta el tiempo de la presidencia del general Reyna 
Barrios, cuando fué destruida la Pita de la Plaza; 
aquella fuente, a cuyos bordes habían sido pasados 
' por las armas diez y siete ciudadanos, por motivo de 
la abortada sublevación de Kopesky, comandante 
de la Guardia-de Honor. Entonces fueron fusilados 
a las cinco de la tarde del 27 de noviembre de 1877. 
En la famosa pila se levantaban cuatro colum- 
nas altas de orden corintio, formardo arcos espacio- 






371 



sos, y mostrando, al frente de la catedral, el escudo 
español, y al poniente, el de ambos mundos, con las 
columnas de Hércules y la corona de Carlos V. Se 
leía en grandes caracteres esta inscripción, en la 
parte superior : "Consagrada a la Augusta manifi- 
cencia, e inmortal memoria del Señor Rey Don Car- 
los III, en dieciocho de Noviembre de 1789, día en 
que esta Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Gua- 
temala, celebra la proclamación del Señor Don Car- 
los IV, que Dios prospere ; y construida a la orden 
y celo del M. I. Señor D. José Estachería, Brigadier 
de los Reales Ejércitos, Gobernador y Capitán Gene- 
ral de este Reino". 

Era muy grande la Pila de la Plaza, y arrojaban 
gran cantidad de agua unos delfines que se veían al 
borde de la gran taza de aquel monumento histórico. 

Fué una lástima no conservar en otro sitio, 
aquella tradicional fuente, que recordaba la inaugu- 
ración del reinado del más progresista de los monar- 
cas españoles, don Carlos III. 

La plazuela que se llamó "De la Concbrdia", en 
el año 1873, había sido conocida, primero con el 
nombre "De los Remedios", en mis juveniles años; 
después, con el de "San Francisco"; luego, "De 
las Victorias". Por último, con la designación de 
la grandiosa plaza "De la Concordia", de París, que 
enantes fuera "De la Revolución". (1) Esa nuestra 
plazuela, que hoy presenta un alegre parque, fué- 
hace sesenta años, un lugar sucio, abandonado y po- 



(1) Hoy se denomina "Gómez Carrillo", (M. G.) 
372 



blano. En la "Plaza Vieja", en donde se dejó ver 
por muchos años, el Teatro Nacional, había ante- 
riormente un basurero y venta de carbón (1) 

Servía algunas veces, para corridas de toros y 
carreras de caballos, con el bárbaro aditamento de 
jalar pato, que era una diversión salvaje y cruel, que 
afortunadamente ha caído en desuso. Las carreras 
principiaban por la esquina de la antigua casa de 
Marticorena, que hoy lleva el número 20 de la 8 ? 
calle oriente (esquina de Santa Rosa), hasta la calle 
de la iglesia de Santo Domingo, o sea actualmente 
la 12 avenida sur. La Plaza de Toros, que se cayó 
por los terremotos de 1918, fué construida en 1818, 
por cuenta del Hospital General. Tardó cien años 
cabales. 

Alrededor de esta capital había potreros, como 
el de "Corona", que se lo dio el gobierno a un señor 
de este heráldico nombre, con la obligación de ad- 
ministrar y mantener las yuntas de bueyes que ser- 
Vían a la Casa de Moneda. Ese solar campestre 
todavía se ve al nordeste de la ciudad, pero ya se ha 
extendido mucho la población por ese lado. En la 
12 avenida, desde el "Tempisque" hacia el sur, había 
cerca de chichicaste ,- con callejones enmontados y 
pestilentes. 

Una linda sabana verde se extendía por el 
"Llano de la Culebra", de Bolaños y de San Juan 
de Dios, que ya no están deshabitados en la actua- 
lidad. Eran ejidos municipales en aquellos antiguos 
tiempos. 



(1) Hoy es un bello parque infantil. (M. G.) 
373 



Para los pasajeros sólo había un mesón, o casa 
de posadas, de baja ralea. Los hoteles no existían. 
Se enterraban cadáveres en las bóvedas de los tem- 
plos, cuando eran de gente de pro, y para el pueblo 
bajo existía un camposanto. La higiene no se men- 
cionaba para nada y se vivía a la buena de Dios. 
El año 1831 se mejoró el cementerio, pero hubo de 
establecerse sólo para los que morían bajo la fe 
de la religión católica. Para dar sepultura a los que 
no la profesaban ai fallecer, se creó otro más peque- 
ño, con el nombre de "Varias Creencias". Había 
unos osarios en donde se echaban a granel los hue- 
sos de los pobres, que no tenían mausoleo o nicho, 
como llamaban a los sepulcros hechos en los muros 
anchos del edificio. En el frente del cementerio 
religioso se consignó la siguiente leyenda mística: 
Spes illorum inmortálitate plima esi. "Refugio pos- 
trero de las almas desamparadas." 

En la primera necrópolis, que llamaban ce- 
menterio viejo, conocí los sepulcros de personas céle- 
bres de aquellos tiempos, como don Mariano de 
Aycinena, don Mariano Rivera Paz, don Venancio 
López, don Miguel Larreynaga, cuyo mausoleo tenía 
dos inscripciones latinas ; decía la. una : Nascentes 
morimus, finisque ab origine' pendet, ipsaque vita 
sua germinis habeb y la otra estaba concebida en 
este dístico : Vitiis sine nemo nascitur, optimus He 
est qui minimus urgefur. La traducción es la siguien- 
te : "Nacemos para morir, el fin depende del princi- 
pio". "Nadie nace sin vicios, el mejor de todos es 
aquel que tiene menos". En la caja mortuoria de los 
despojos de aquel sabio, se puso, por expresa orden 
que dio antes de morir, un ejemplar del libro erudi- 

374 



tísimo que escribió sobre los terremotos y erupciones 
volcánicas. ¡ Quién le hubiera dicho que su féretro 
con aquella obra impresa, que revela un estudio 
extenso, profundo, cientifico y alabado por acade- 
mias extranjeras, había de desaparecer, precisamen- 
te por la furia de un temblor de tierra, el último que 
esparció hasta las cenizas de los muertos, echándolas 
impíamente fuera de sus venerandos sepulcros, en 
el infausto año de 1918...! Se destruyeron tam- 
bién, para siempre, las tumbas sagradas del doctor 
Pedro Molina, de los doctores Esparragosa y Pérez, 
de don Antonio Rivera Cabezas, de don Juan Anto- 
nio Martínez, de mi tío don Antonio Batres Nájera, 
de mi filántropo deudo, el ilustrísimo deán don Juan 
José González Batres, del poeta inmortal José Batres 
Montúfar, de la inolvidable poetisa María Josefa 
García Granados, del general Francisco Cascaras, 
y de otras notabilidades que no recuerdo de mo- 
mento. ¡Cuan cierto es que todo perece; nada hay 
seguro sobre la tierra, y sólo van quedando memo- 
rias que se pierden al fin, como las nubes, en la 
inmensidad; las aves que cruzan el cielo; las som- 
bras que se desvanecen. Sicut nubes, quasi avrs, 
velut umbra. 

Dejando el sentimentalismo, recordaremos que, 
por el año de 1860, todo el comercio era raquítico, 
apenas había en esta ciudad dos o tres tiendas pe- 
queñas, con mantas y géneros europeos, que venían 
de Inglaterra. Además, en el portal de Aycinena 
hubo también una que otra tienda, con géneros ordi- 
narios y otras mercaderías. Tiendas de modas y 
almacenes de lujo, no se conocían en Guatemala. 
La primera tienda que hacía venir de París, por el 

375 



año 1857, algunos artículos nuevos y útiles, fué la 
de don Dionisio Sánchez, nativo de nuestro país, 
que fue a vivir a Europa. Tenía de dependiente 
a don Pedro Sánchez, en el pequeño almacén situa- 
do en la Calle de los Judíos, como la llamaban, y 
que hoy es V avenida norte. Lo que había en medio 
de la Plaza Mayor era unos cajones o covachas 
primitivas en que se vendía jarcia, cordeles, balas, 
pólvora, azufre y canastos, etcétera. Estos arma- 
tostes fueron quitados después de la revolución de 
1871, cuando se formó un jardín central. 

El comercio era pobre y ha venido aumentando 
con intensidad, después de establecido el ferrocarril 
y merced al aumento de la producción del café. En 
mis mocedades daba tristeza transitar a eso de las 
siete u ocho de la noche por la Calle Real, que es 
hoy 6 ? avenida sur, en donde hay buena luz eléctrica, 
rótulos artísticos, con luces de colores, y capricho- 
sas variaciones ; un gran tráfico de gente que sale 
y entra a los buenos almacenes; jóvenes que ale- 
gran la avenida, automóviles lujosos y en gran nú- 
mero, y mucho movimiento hasta el punto de que 
abultando bastante la hipérbole, le llaman algunos 
el "Broadway guatemalteco"^ 

A mediados del último siglo, era muy reducida 
la capital. En toda la parte norte, desde San Sebas- 
tián, se encontraban sitios despoblados, charcos y 
basureros antihigiénicos. Hasta el templo de La 
Concepción llegaban las casas regulares, y la propie- 
dad urbana estaba muy decaída. Quién creerá 
que la casa de mis abuelos, situada ahora en la V 
avenida sur, número. . ., que tiene tres frentes, uno 
a dicha calle, otro a la 11 calle oriente y otro al calle- 

376 



jón de Córdoba, con media manzana de solar y muy 
buena construcción antigua, verificada por el año 
1777, fué vendida en el año de 1829 por diez mil 
pesos, que en pública subasta dio el doctor don José 
Luna, y antes de los nueve días del remate, mi padre, 
licenciado don Cayetano Batres Diez del Castillo, 
la retractó, pagando la misma pequeña suma, en 
nombre de la familia ya que sólo la ferretería em- 
pleada en la construcción de dicha casa había im- 
portado $10,000 en oro, mandados a Puebla de los 
Angeles, porque aquí en Guatemala escaseaban los 
herreros. Toda la casa había costado, sin incluir 
el valor del terreno de la media manzana — que fué 
donada por la Capitanía General, en consideración 
a lo que la dueña doña Lugarda de Nájera y Men- 
eos, bisabuela del que escribe estas líneas, había 
dejado perdido en la Antigua, al hacerse la trasla- 
ción — sino sólo el importe de los gastos impendidos 
en construirla, más de cien mil pesos. Al cabo de 
los años, ^cuando ya dicha casa estaba más vieja, 
en 1879, fué rematada por don José María Sama- 
yoa en cuarenta y cinco mil quinientos pesos oro. La 
propiedad, con la paz, había subido un poco y hoy 
esa casa vale lo que costó edificarla, ciento cincuenta 
años hace. La propiedad urbana ha subido mucho; 
la capital ha crecido rápidamente. 

Antes de que se construyera el Templo de Mi- 
nerva no existía el gran número de chalets que for- 
man hoy una parte principal de la metrópoli. Era 
el barrio de Jocotenango, un pueblo indígena de 
albañiles y chichiguas (nodrizas), contiguo á la ca- 
pital. Aquella alegre alquería contaba mil quinien- 
tos habitantes y tenía modesta iglesia, pobre casa 

377 



de cabildo y extensa plazuela, en donde se sembró 
una hermosa ceiba por el capitán general Mollinedo 
y Saravia, en el año de gracia de 1778. Aquel pue- 
blo formaba el centro del animado villorrio, que 
conocí en mis mejores años. En el humilde templo 
figuraba una colosal escultura labrada en cedro, 
y traída de la Antigua Guatemala, representando al 
Eterno Padre, en legendaria efigie, de milagrosa 
fama pero de ningún gusto estético. Creo que la 
tosca imagen aún se conserva en San Sebastián. 
Los indios jocotecos deben haber encontrado en la 
monumental escultura mucho de lo primitivo de sus 
abruptos ídolos. En cambio se veía en uno de los 
altares la primorosa imagen de San Antonio, simpa- 
tica, atractiva, y sobre todo, de gratísima recordación. 
Los martes, por la tarde, iban las jóvenes casaderas 
a pedir al santo de Padua que les diera un buen 
novio con el piadoso fin de entrar en el gremio de 
las señoras. Era una peregrinación aquella, que 
se volvió de moda, un paseo vespertino, muy con- 
currido en los tiempos viejos. 

Cuando yo era niño me embebecía con el bulli- 
cio del Corpus de Jocotenango, al ver la altísima 
ceiba convertida en esbelto altar agreste, lleno de 
frutas, flores, banderas, pájaros y adornos, que for- 
maban vibrantes ondas, acariciadas por auras de 
amoroso júbilo. Un pueblo sin ínfulas de grandeza, 
era feliz, viviendo en apacibilidad campestre. Allí, 
junto al templo, existió el cementerio de la aldea, 
con sepulturas humildes y arrevesados epitafios. 
Aquel caserío acabó, cuando en 1874, fué destruida 
la iglesia y arrasado el camposanto. En seguida, 

378 , 



levantóse un hipódromo suntuoso, en el cual hubo 
memorables carreras de caballos magníficos, en 
tiempo de la presidencia del general Barrios. 

Por entonces todavía tenía la famosa feria de 
Jocotenango mucha concurrencia y alegría el 15 de 
agosto, y algunos días después, como centro de ven- 
tas y recreo social. Todo cambia y se transforma 
con los años y hoy lo que fuera sencilla aldea 
indígena, ostenta un boulevard con chalets y villas 
elegantes, que forman una parte nueva de la capital 
de Guatemala. De lo pasado solamente se eleva 
todavía la ceiba añosa, indiferente a las vicisitudes 
del tiempo. El árbol grande — que prestó sombra 
vernácula a la alquería indígena, el coloso del bos- 
que que ha visto crecer la ciudad, desolarse y su- 
frir intensamente por la furia de los terremotos, 
que ha atestiguado mudanzas e infortunios, alegrías 
y penas — se yergue majestuoso, soberbio, desafian- 
do a los siglos y confundiendo el susurro de sus 
hojas con los lamentos de muchas generaciones. 
Hoy, la ceiba de Jocotenango se halla aristocratiza- 
da en medio de un vergel, que esmalta sus plantas 
y le envía sus aromas. El árbol que sembró el con- 
quistador, vivfe cual reliquia magna de los tiempos 
del rey. ¡ Salve, ceiba arrogante, memento de un pue- 
blo indígena que para siempre desapareció ! Urbs 
infausta fuit, suavi Gaathimata cáelo (Landívar). 

En aquella lejana época era la vida de sanas 
costumbres, de místico quietismo, de sencillez pa- 
triarcal, de comodidad indolente y de barata subsis- 
tencia; sin esa hambre de riquezas, sin el lujo des- 
moralizador, que ahora consume a todo el mundo. 
La ciudad capital abarcaba entonces menos de la 

379 



cuarta parte del área que hoy tiene. m Las casas eran 
de un piso, con excepción sólo de la de don Juan 
Francisco Urruela, que actualmente es el Hotel Con- 
tinental, en la esquina de la V avenida sur y 10- 
calle poniente; la de don Francisco Castillo la 
Riva, en la 11 calle poniente, y la que mucho después, 
en 1865, edificó don Juan Matheu, en la esquina 
de la 9- calle oriente y 11 ? avenida sur. Todas las 
viviendas tenían grandes patios, para el caso de 
temblores de tierra, y se hallaban blanqueadas con 
cal, por dentro y por fuera, lo que era higiénico, 
aunque poco estético. Nada de colores suaves, ni 
pinturas al óleo. No habia alfombras en las salas, 
sino esteras o petates. Los cielos rasos eran de man- 
ta, encalados y movibles por el viento. El mueblaje 
lo constituían : una mesa redonda, en medio de la 
sala, un gran sofá, varias sillas de junco, o forradas 
de cerdas, algunos cuadros místicos y los retratos 
de los antepasados del dueño de la vivienda; unas 
cortinas blancas, de punto barato, para cubrir las 
ventanas; un braserito con fuego, para encender los 
cigarros ; algunas antiguas esculturas de santos, o 
bien una bomba de cristal, cubriendo el Misterio. 
Todavía le dicen así al conjunto del Niño Dios, San 
José y la Virgen, que figuraron en el pesebre de 
Belén. El piso de los corredores y los cuartos, era 
de ladrillos toscos, de puro barro. No había de 
faltar en la casa un gato zalamero, que acostumbra- 
ba sobarse contra los vestidos de los tertulianos. 
El espacioso zaguán lo adornaban con tabitas de 
res, en el suelo, formando labores primitivas, y en 
el centro, dibujaban, con tales huesos, la fecha en 
que la casa se había concluido de edificar; al con- 

380 



torno del espacioso zaguán, había poyos de mezcla, 
para sentarse los que llegaban, y en uno de los ángu- 
los se percibía el mingitorio, maloliente, dispuesto 
a evitar que, en caso de apuro, tuviese alguno, de la 
casa o de los visitantes, que correr larga distancia, 
hasta llegar al lejano interior. Las puertas de calle 
eran monumentales, claveteadas con rosetas de bron- 
ce; el llamador voluminoso, en forma de león o de 
perro, estaba pendiente del portón. Por la noche, 
se iluminaba tristemente la entrada con una vela 
de sebo, encendida dentro de un farol. En las salas 
ya hubo después quinqués de petróleo, al cual lla- 
maban gas, a pesar de ser líquido ; el patio, harto 
grande, estaba r4sticamente empedrado, a estilo 
de Pompeya o Herculano. Serían tiempos atrasa- 
dos, pero tranquilos, dichosos y de horas blancas, 
para nuestra juventud. 

A la una de la tarde quedaba la ciudad en silen- 
cio monacal. Se acostaban todos a dormir la sopo- 
rosa siesta, y apenas se veía gente por las calles; 
algún clérigo, con sombrero de barquillo y manteo 
color de ala de mosca, sobre la añosa sotana ; la vieja 
partera, muy conocida, en la ciudad, por razón de su 
oficio (llamábase, a mediados del siglo, ña Eusebia) ; 
algún pobre indio*, con pesada carga a las espaldas ; 
muchos perros hambrientos y sui juris y el lana, o 
mal entretenido, que iba vagando a lo largo de los 
blancos y altos muros de algún convento, en cuyas 
extensas huertas metían agreste bulla los zanates 
y torditos, abundantes en tan silenciosos sitios, en 
donde anidaban por parvadas, entre las arboledas 
de aquellos legendarios lugares, de monástico reco- 
gimiento. 

381 



Para ir a la tertulia o a cualquiera otra visita, 
pasadas las oraciones de la noche, es decir, al caer 
el sol, era preciso llevar pistola y espada. (1) La ciu- 
dad permanecía completamente a obscuras; hasta 
el año 1835, no se estableció el alumbrado de velas 
de sebo de problemática luz. La claridad de la luna, 
cuando se dejaba ver, era el único amparo de los 
poquísimos atrevidos que salían después de las siete. 

A mediados del último siglo, las costumbres 
conservaban su tinte sevillano en Guatemala, aun- 
que las damas y señoritas habían dejado las sayas 
cortas, de medio piso, sin agregados, ni postizos, 
que permitían — no tanto como ahora — traslucir y 
contemplar las bellas formas, viéndose algo más 
que el pulido pie, que hacia arriba exhibía arrogan- 
te enrejado de finos listones, en primorosos losan- 
ges sobre la transparente media de seda, que cubría 
zalamera la pantorrilla escultural. La basquina 
cedió el campo a la pollera y a las mangas de farol, 
exageradas, ampulosas, como los versos románticos 
de la época. Ya no se alzaba sobre el zorongo pi- 
ramidal del rizado cabello, la altanera peineta de 
picos y de teja, acariciada por la mantilla de indis- 
creto encaje, a estilo puro andaluz. Pasaron a me- 
jor vida los mamelucos de los niños, y el chaleco 
aquel de mayúsculas solapas, que los señorones lu- 
cían, con carteras laterales clásicas, y las coletas 
empolvadas. Las pollas del tiempo de mi juventud, 
y también las señoras serias, usaban crinolina, cual 
pomposos globos de estrafalaria figura. Recuerdo 
que yo, en la infancia, utilizaba los listones de acero, 



(1) Conservo, como un recuerdo de familia, la espada que usaba 
Pepe Batres, cuando salía por la noche, lo cual era frecuente. 

382 



para muelles filosas, que servían de navajas, en las 
cometas o barriletes, como nosotros les decimos. 
Eramos muy dados los muchachos de entonces, a 
divertirnos echando cola, según frase regional. Por 
lo demás, no había lujo en trajes, y los de las damas 
se confeccionaban en la casa, sin llamar modistas, 
ni mucho menos sastres, lo cual, tratándose de mu- 
jeres, habría parecido una herejía. Era la costure- 
ra, ayudada por las niñas (así denominaban a las 
jóvenes y hasta a las viejas solteras), la que hacía 
las tánicas, naguas y fustanes; más tarde, vinieron 
los jaiques y las garibaldinas, entre las modas euro- 
peas, que llegaban aquí mucho después de haberse 
cambiado en París, dilatándose un año en el viaje, 
pues el Paquete, como llamaban a la corresponden- 
cia, que algún velero traía cada mes, siempre venía 
atrasado. No lo creerá el lector, pero es verdad; el 
edificio del correo, por el año 1855, era una pieza, 
no muy grande, con un mostrador, a guisa de tienda 
t de mala barata, y en el centro había un gran atril, 
que daba vueltas mediante un manubrio, manejado 
por un indio. Cuando había cartas, las colocaban 
en aquel mamotreto, por orden alfabético de apelli- 
dos, para que los interesados vieran si resultaba 
alguna para ellos. Entonces, el dependiente des- 
prendía la epístola del alambrado, en que se ex- 
hibía, y la entregaba al destinatario. Siendo ya 
adolescente, fui en varias ocasiones al correo, a re- 
coger las cartas de mi padre. Recuerdo mucho al 
que llamaban Administrador de Correos, era el co- 
ronel don Juaquinito Sáenz, bajo dé cuerpo, flaco 
de carnes, menudito y pulido, atento y caballeroso, 
vestía bien, usaba botas de charol, y era dado al 

383 



trato social. Decían que don Juaquinito era buen 
táctico, aunque creo que nunca había estado en más 
batalla que en la de la lucha por la vida, avanzada 
para él, de medio siglo, pues había tratado al capi- 
tán general Bustamante, a quien llamaban el sonto, 
por haber perdido la oreja izquierda en una guerra 
campal. 

Dejando esta reminiscencia y volviendo a tratar 
del aspecto que tenía, en los tiempos antiguos, nues- 
tra ciudad de Guatemala, diré que también le pro- 
porcionaban de noche algunos tenues reflejos los 
candiles que la piedad encendía, en lo alto de hor- 
nacinas, ante la imagen de la Virgen del Socorro o 
de los Desamparados. No bastaba, por cierto, para 
amparar o socorrer a los pocos transeúntes que se 
aventuraban en la obscura ciudad, por las desiertas 
calles, la ronda de indios jocotecos, que armados de 
sendos aciales, iban a las órdenes de un regidor o 
alcalde del Ayuntamiento, para desfacer agravios o 
enderezar entuertos. Los lanas o léperos, como lla- 
maban entonces a los perdonavidas, sabían bien, lo 
mismo que el famoso ladrón Tucura, burlar a la 
ronda que no tenía, como los cuerpos gloriosos, la 
virtud de estar a la vez en varios lugares diferentes. 
El alumbrado público se estableció tardíamente allá 
por el año 1831, en la noche del 5 de octubre. Los 
serenos perezosos, se estrenaron también, con sus 
legendarias capas y furibundos lanzones, a estilo 
sevillano. 

Quedaban desiertas las calles de esta nueva 
ciudad, al rezarse el Ángelus, al terminar el cre- 
púsculo vespertino. Hoy el que a esas horas, y 
mucho más tarde, contemple la antigua calle real, 

384 



que es la 6- avenida, con sus casas elegantes de 
varios pisos, resplandecientes vitrinas, y profusión 
de luz eléctrica, en combinaciones artísticas y rótu- 
los vistosos, encontrará multitud compacta de trans- 
eúntes y paseantes ; escuchará el animado bullicio 
de muchos automóviles, carruajes y carretones, que 
forman a veces obstáculo para el tráfico, sobre todo 
a la salida de los teatros, salones y lugares de recreo. 
Sorprende la elegancia de las señoras y señoritas, 
que hermosean aquella avenida, y nótase la vida 
comercial de las grandes ciudades, que aquí comien- 
za. El que como yo, haya conocido dicha calle, a 
mediados del último siglo, y la contemple hoy, a esti- 
lo europeo, o de ciudad americana moderna, no 
podrá menos de exclamar : Quantum mutatur ab 
illo! 

La primera policía que hubo en esta capital, fué 
organizada con veinticinco hombres, vestidos de ver- 
de, por lo cual el vulgo les llamaba perejiles y años 
después, decíanles los asoleados. En los comienzos 
de la administración del general J. Rufino Barrios, 
hubo en Guatemala un cuerpo de policía con orga- 
nización moderna, habiendo sido director el guate- 
malteco don Roderico Toledo, caballero culto, edu- 
cado en el extranjerOj y que reunía a su inteligencia 
y actividad, la ventaja de hablar bien varios idiomas. 
Vino un sargento de la policía de Nueva York, como 
técnico, y era el subdirector de la nuestra. Se llama- 
ba Mr. Pratt. 

Al evocar los tiempos de antaño, surge en mi 
mente, con tierna melancolía, la diversión de los 
toros, que nos llenaba de regocijo a los chicos, y a la 
cual la gente del país siempre ha sido decididamente 

385 



afecta por la parte de sangre española que hay en 
la raza indoibera. El anuncio de la corrida se hacía 
a eso de las nueve de la mañana, saliendo por las . 
desoladas calles, un indio sucio, tocando un tambor 
primitivo y otro aborigen desgreñado, sonando un 
pito de caña, por los principales puntos de la ciu- 
dad; y tras semejantes heraldos, unos cuatro torea- 
dores, como entonces llamaban a aquellos desalma- 
dos que, sin arte alguna, hacían poblanamente, con 
brincos y piruetas, el papel de foreros. Cuatro puya- 
dores, montados en ruines jamelgos, que producían 
compasión, formaban la cuadrilla, de la que era 
parte integrante y principal, el mico del hoyo, des- 
cendiente de Tecún Umán, ya degenerado hasta 
verdadero mono, y acaso inferior a su estirpe paqui- 
dérmica, siguiendo las teorías depresivas de Darwin; 
pero lo cierto era que el mico iba pintado de hollín, 
llevando una cola que no le iba mal, y diciendo san- 
deces malsonantes. A las cuatro de la tarde comen- 
zaba la faena, como ahora dicen al espectáculo, que 
en mis mocedades no podía ser más grotesco. Lo 
\primero era una evolución, que la tropa ejecutaba al 
llegar a la plaza, en seguida salía el amador, nombre 
romántico que la gente, por entonces, daba a un 
chalán montado en brioso corcel, al cual le hacía dar 
cabriolas y una carrera tendida, para ir del coso 
hasta el extremo opuesto del redondel, a recibir, del 
municipal que presidía el espectáculo, las llaves, a 
estilo feudal, para sacar los toros del lugar en que 
estaban encerrados. El amador, con el sombrero 
quitado, recibía dichas llaves, arrojadas con donaire 
por el alcalde o regidor que ejercía autoridad en la 
corrida. Concluida la pantomima, entraban los to- 

386 



readores, cargados de escapularios y persignándose, 
a fin de precaver un desgraciado lance. Iban vesti- 
dos churriguerescamente de chaquetas y calzones 
de badana, amarillos y colorados. En vez de capas 
llevaban ponchos viejos, de colores imposibles. No se 
usaban banderillas, sino fisgas, con unas bombas que 
atarantaban al pobre toro y hacían saltar de sus 
asientos a las mujeres nerviosas. Entre tanto, el mico 
del hoyo provocaba hilaridad, saliendo y volviendo 
a entrar a un agujero grande, que en medio del 
redondel existía, con falsas puertas, para escaparse 
del toro. En los días solemnes se amenizaba la fun- 
ción con don Pedro Palo y doña María de los Ga- 
tos. Era el primero, un muñecote de madera pin- 
tada, con una gran bola de hierro abajo, que siempre 
lo mantenía en pie, aunque el toro lo embistiese, 
pues al instante se» alzaba impertérrito. La doña 
María era. una enorme muñeca de petate (estera) 
rellena de flores volátiles, vulgarmente llamadas 
gatos, que se esparcían por el viento, cuando el bicho 
la arremetía con furia. La famosa alegoría de los 
voladores, juego vernáculo de los antiguos cakchi- 
queles de estas comarcas, alegraba, a las veces, la 
corrida, sobre todo, en Pascua y Año Nuevo. El pato 
ensebado fué otro atractivo popular, como ki cucaña 
española, que viene a ser la misma cosa. Las fun- 
ciones de toros, o las lidias, como hoy las llaman, 
resujtaban en Guatemala ridiculas, mientras que en 
la tierra del Cid aparecen sangrientas y crueles. 
Lo nuestro, en los viejos dí^s, era poblano, sin que 
hubiese, por lo común, ninguna novedad sensacio- 
nal. La parodia de las lidias sevillanas, en aquel 
entonces' venía a ser grotesca y vulgar; pero como 

387 



no había otra diversión, iba toda clase de gente, y no 
faltaban las típicas horchateras, llevando sobre la 
cabeza, con la mayor desenvoltura y equilibrio, la 
tinaja del -refresco, que servían en vasos bastante 
sucios, mientras los patojos (pihuelos) a grito des- 
templado, ofrecían: "¡Caramelos de miel blanca y 
almendras garapiñadas!" De vez en cuando, la ban- 
da de música tocaba algo trivial y añejo. Recuerdo 
que, entre los toreadores, tenía fama Simón, mucha- 
cho simpático y valiente, que había sido vaquero de 
una hacienda, y que con atrevimiento suplía lo que 
le faltaba de arte; el pobre perdió una pierna, pe- 
leando como soldado contra el filibustero Walker. 
El puyador célebre era ño Tapaderas, viejo amoja- 
mado, que insultaba al público cuando alguien le 
gritaba un chiste desagradable. Algunos domingos, 
o días de fiesta solemne, se alegraba la corrida con 
el toro de los muchachos, vestido con multitud de 
pañuelos, que le quitaban los patojos, a riesgo de un 
revolcón, entre el mucho polvo del grandísimo re- 
dondel. Todo se volvía un baturrillo fenomenal, 
hasta que el pobre toro se atarantaba, con el movi- 
miento y ruido de tan infantil trapisonda. A pesar 
de ello, concurrían a la tradicional festividad los 
pollipavó's y las damiselas, que se entendían bien, 
preocupándose poco de la corrida, a no ser en el caso 
de un accidente, raro por cierto, pues lo común era 
que los toros, del Naranjo o de Las Monjas, salieran 
corriendo, ante los puyadores y toreadores. Valía 
la entrada, a sombra, un real, más tarde dos, y por 
el lado de sol, un medio real, de plata por supuesto, 
ya que antaño no se conocía la moneda de papel, ni 
de cobre. De algún modo se había de distraer la 

388 



gente, en medio de la monotonía de piedad religiosa 
y desidia criolla, que demuestran cómo éramos 
enantes; bien que no pretendemos rebajar a menos 
i los tiempos del otro siglo. Para mis "Memorias", 
hay evocaciones muy dulces, y ¡quién creyera que, 
en la niñez, y hasta en la adolescencia, no veíamos 
la hora de que llegara el domingo, para ir a los toros ! 

En mis mocedades no había cantinas, clubes, 
billares, fondines, frontones, casas de tolerancia, ni 
menos cabarets, ni salones de juego; ni se veían 
ebrios por las calles, ni ninguna persona decente, 
o artesano honrado, echaba tragos, ni tomaba coc^ 
teles. Las familias se recogían temprano a dormir, 
y casi todos se levantaban con el alba. La primera 
cervecería que hubo, allá por el año de 1856, fué Ja 
de monsieur Bertholin, y teníase por falta grave, 
y no era admitido que algún muchacho, menor de 
edad, fuera a tomar un vaso del espumante licor. 
Por entonces, se abrió "La Bola de Oro", en donde 
había baños y confites, y tal era el rigor, que sólo 
la gente grande (mayores de 25 años) iban a tales 
establecimientos. La familia Bendfeldt fué la dueña 
de la confitería. 

Las fiestas religiosas constituían general espar- 
cimiento, y el mes de María en la Merced, el Corpus 
en la Catedral, el paseo del Cerrito del Carmen, los 
rezados de la Concepción, de la Virgen de Guadalupe 
y de Nuestra Señora de la O, eran motivos de ale- 
gres regocijos, y a las veces, de populares cuchipan- 
das. Vivía la ciudad a la sombra de sus campa- 
narios. 

Había bailes de moros y cristianos, y no falta- 
ban los gigantones, que, alcanzamos a ver. Eran 

389 



unos altísimos muñecotes, formados por liviana ar- 
mazón hueca de madera, forrada de indianilla, en 
forma de embutida bata, a estilo de los trajes que 
hoy usan las damas y señoritas. La cara y las manos 
del estafermo, las hacían de palo también, pintán- 
dolas bárbaramente. Todo el armatoste lo cargaba 
un indio asqueroso, quien para respirar libremente, 
de cuando en vez sacaba la cabeza peluda por una 
abertura, que en medio tenía el camisón del gigante. 
Por eso usaban decir nuestros mayores, aludiendo 
a los que indiscretamente se meten a la birlonga, 
en lo que no saben: "Esos tales, hablan por la bra- 
gueta, como los gigantones del Corpus". 

El Funeral de las Animas Benditas ponía pavor 
en los chicuelos, allá en las destempladas noches 
del mes de diciembre, y prestaba ocasión, en medio 
de la obscuridad, para que se solazasen los enamo- 
rados, a la mortecina luz de los grandes faroles que 
llevaban pintadas $las llamas del purgatorio. Era 
aquello una piadosa chusma desmarrida, que au- 
llaba : 

Animas somos, 

Del cielo venimos, 

Limosna pedimos; 

Si no nos la djan, 

Puertas y ventanas 

Nos la pagarán . . . 

Más de una vez la amenaza se consumó, que- 
dando rotos los vidrios y hasta los postigos de algu- 
nas casas, por haberse mostrado sus habitantes 
reacios al clamoreo del Funeral de las Animas Ben- 
ditas del Purgatorio, cuyos representantes querían 

390 



algunos macacos, para echar un trago o sacar — no 
un alma del purgatorio — sino el vientre de mal año. 
¡ Qué tiempos aquellos ! Otra costumbre piadosa, 
por no decir bárbara, que desapareció, fué la del 
florín. Unas cuantas merdellonas se juntaban, con 
las cabezas amarradas (atadas) con vendas blancas, 
a estilo de las plañideras romanas y fingiendo lá- 
grimas, penetraban en las casas grandes, como las 
llamaban, a pedir limosna, para el velorio de un 
pobre, que decian, haber pasado a mejor vida. Las 
rabizalceras lloronas desaparecieron el año 1871, ya 
que su vil oficio no hubieran podido practicarlo. 
Cayó en desuso el florín, con otros monipodios y 
socaliñas, que a título de compasión religiosa, mo- 
lestaban en los tiempos antiguos. 

Durante 165 años estuvo la capital nueva de 
Guatemala a oscuras. El domingo 5 de diciembre 
de 1841, celebró la municipalidad una sesión solem- 
ne y pública, que merece recordarse* El Ayunta- 
miento esperaba en esa ocasión al presidente de la 
República» teniente general Rafael Carrera. El co- 
rregidor, don José Antonio Larrave, fué a acompañar 
a su excelencia, para que llegase a la Casa del Pue- 
blo. Una numerosa concurrencia se encontraba en 
el salón de sesiones. El secretario don José María 
Peña, leyó, una vez abierta la sesión, el decreto que 
mandaba establecer el alumbrado, y los serenos, 
como policía nocturna. El síndico, licenciado don 
Raimundo Arroyo, pronunció un discurso, que fué 
contestado — en términos apropiados — por el pre- 
sidente Carrera. Al concluirse la sesión, toda la co- 
mitiva fué, con la banda de música, a dejar en el 
palacio del gobierno al jefe supremo. 

391 



Por lo demás, eran las gentes de antaño fruga- 
les y sencillas, aunque no por eso dejaran de verse 
casos y cosas, que pintó admirablemente Pepe Ba- 
tres. Jamás la rebeldía soberbia del materialismo 
sórdido, alteró la sabrosa siesta de nuestros abuelos. 
En cambio, mientras ellos dormían, no faltaban te- 
norios que aprovechaban aquellas noches del tiempo 
viejo. Hace cincuenta años aún se vivía holgada- 
mente, con baratas subsistencias. La casa en que 
yo nací, costaba, a mis padres, veinte pesos de alqui- 
ler mensual, y estaba situada en uña buena locali- 
dad, en la calle que llamaban de Chispas, hoy 9 ? 
avenida sur, número 15. Con dos reales podía comer 
una persona pobre, incluyendo carne, tortillas de 
maíz, legumbres y alguna fruta. Las buenas cria- 
das tenían por salario tres pesos al mes. Absoluta- 
mente se conocía el lujo generalizado, ni el derroche 
pródigo, que se han difundido, entre gente que no 
se sabe de dónde saca dinero, y aun entre los que 
no lo tienen; verdad es que éstos son, por lo regular, 
los más económicos. No costaba un capital la asis- 
tencia médica y la botica, o sea las farmacias, llenas 
actualmente de específicos. Ni se gastaba una con- 
siderable suma en sepultar a un muerto. 

Era la Vida sosegada, sin los apuros, precisiones 
y ansias que hoy agitan a todas las clases sociales, (1) 
pero no por ese bienestar indolente, dejamos de 
hacer recuerdo del triste aspecto que, por entonces, 
presentaba la ciudad capital de Guatemala, que era 



(l) v Hoy, en 1929, las rentas nacionales ascienden a trece millo- 
nes de dólares. El comercio exterior alcanzó la suma de 55.579,574 
dólares. La capital ha crecido notablemente. Hay riqueza, debido 
al café. 

392 



lamentable, porque las calles estaban sucias y algu- 
nas pestilentes, por los charcos o acequias de aguas 
estancadas o corrompidas, con toda clase de rezagos 
y microbios. No había empeño por la higiene públi- 
ca. En la calle de Chispas (hoy 9- avenida sur) las 
carnicerías eran focos de mal olor, las candelerías 
y fábricas de jabón dejaban un ambiente nada agra- 
dable y menos sano. Los cirujanos no conocían la 
asepsia, ni siquiera la limpieza. Era algo primitivo 
todo aquello; y eso que había suficiente agua pota- 
ble, que venía por los acueductos hechos por el go- 
bierno español, pues no se habían vendido más pajas 
que las que en realidad llegaban para el servicio de 
todos los consumidores. En la calle del Olvido (en 
la actualidad 4 ? avenida sur), rumbo hacia el Hos- 
pital, se veían siembras de alfalfa, ranchos pajizos, 
miserables chozas, y falta de limpieza. Todo corres- 
pondía al nombre típico de aquella ruta. La Calle 
real (6 ? avenida sur) llegaba apenas a la esquina 
del Calvario, en donde había un solar, con cabros, 
cerdos y carneros. Hoy esds sitios valen altos pre- 
cios y existen casas hermosas. Muy pronto el local 
de la iglesia del Calvario se convertirá en una ave- 
nida recta, que dará magnífico aspecto a la ciudad, 
que hacia ese lado se extiende, y ya se ocupan en 
levantar una buena iglesia, que sustituya a la anti- 
gua, construida por el año 1787, habiendo costeado 
la gradería, que sirve para subir la colina, mi tío 
bisabuelo el deán don Juan J. González Batres, per- 
sona benefactora de la capital. 

Ha sido grande el adelanto y progreso de esta 
ciudad, que hoy cuenta con^más de ciento cincuenta 
mil habitantes. Se han convertido en almacenes de 

393 



comercio muchas casas antiguas, que yo conoci hace 
sesenta años, cuando apenas habia tráfico y movi- 
miento ; los chicuelos volábamos barriletes (come- 
tas) en las principales vias de la capital; una multi- 
tud de perros sui juris, transitaba por las calles ; 
haraposos y sucios, muchísimos mendigos solicita- 
ban la caridad pública, y dormían en los portales 
que circundaban la Plaza Mayor. Era la ciudad de 
Guatemala una población alejada del mundo, que 
vivía en quietismo somnoliente, arrullada por las 
campanas de las iglesias. Antaño no faltaban crimi- 
nales memorables que, como el famoso Tucura 
(buho o tecolote) empavorecía a aquellas buenas 
gentes, que se acostaban a dormir a las ocho de la 
noche y se levantaban con el alba. Ese nocturno 
ladrón fué fusilado en el Cerro del Carmen, con 
gran solemnidad. Pie de Trapo pasó a la historia 
en una de las novelas de Salomé Gil (José Milla). 
Hoy no se presta crédito a los frecuentes casos que 
se contaban, de espantos, aparecidos, fantasmas y 
duendes que — a falta de novelas francesas deca- 
dentes — abundaban en la Antigua Guatemala, y 
dícese que vinieron aquí, cuando se trasladó la capi- 
tal a este valle de la Virgen. El Sombrerón, la Ta- 
tuaría, el Cadejo, y otros muchos aparecidos, quita- 
ron el sueño, no sólo de los niños, sino hasta de los 
viejos. . . ¡Lo que va de ayer a hoy! 



394 



CAPÍTULO Al 

La Revolución de 1871. — La Reforma. 

SUMARIO 

La Revolución de 1871.— Miguel García Granados 
y J. Rufino Barrios. — La entrada del Ejército Liber- 
tador a la capital. — Cómo se verificó la Revolución. — 
Caída del gobierno conservador. — Actitud patriótica y 
digna de los vencedores con los vencidos. — Cómo evitó 
el general J. Rufino Barrios el incendio y saqueo de 
la hacienda "El Naranjo".— Visita de la Junta Directiva 
de la Sociedad Económica al Presidente Provisorio. — 
Participación que tuvo el autor de estas Memorias, en 
los negocios públicos.— Defensa del faccioso Melgar. — 
Entro a desempeñar el Juzgado de Comercio. — Inci- 
dente con el general Martín Barrundia. — Carácter in- 
dependiente del Presidente J. Rufino Barrios. — Los cau- 
dillos Carrera y Barrios, aunque con rumbos opuestos 
en política, tuvieron rasgos análogos. — Opinión de Rodó, 
sobre el pensamiento Ubre. — Cómo resultó nombrado 
Arzobispo el licenciado Ricardo Casanova y Estrada. — 
Carácter de Barrios. — Su casamiento. — Su esposa. — Su 
testamento. — Su muerte fué causada por una patriótica 
y gloriosa idea, en pro de Guatemala. 

395 



En el memorable día 30 de junio de 1871, entra- 
ba a e9ta capital el Ejército Libertador, como le lla- 
maban, después del triunfo de los caudillos Miguel 
García Granados y Justo Rufino Barrios. A las 
diez de aquella mañana, gris y 'lluviosa, desfilaron 
quinientos hombres, guardando el orden más com- 
pleto, y aclamados por el pueblo. No se persiguió a 
nadie, ni oyóse un grito de odio, ni hubo atentados 
contra la propiedad, ni ultrajes a los vencidos. Todo 
fué júbilo popular. Don Miguel, sereno, indiferen- 
te, con alteza de espartano estoico, fué llevado al pa- 
lacio nacional, por algunos de sus entusiastas admi- 
radores, que tiraron del carruaje, poseídos de alegría. 
Don Rufino, montado en su caballo rocío, llevaba el 
sombrero limeño hasta los ojos, lá barba negra, el 
continente resuelto, y lleno de exuberante juventud 
y bríos. No atendía los vítores, cuidando activa- 
mente del orden. Prevaleció gran entusiasmo pú- 
blico, sin venganzas ruines, ni procederes canalles- 
cos. (1) 

García Granados había comprendido bien que 
la reelección del presidente, mariscal Cerna, lo acabó 
de desprestigiar. Aquel caduco gobierno, se estancó, 
en vez de hacer una evolución, con nuevos elemen- 
tos, dando algún vuelo al movimiento que regenera, 
y cambiando la faz política de una administración, 
que parecía petrificada, a estilo de las viejas teocra- 
cias asiáticas. El cambio estaba en las ideas ; diríase 



(1) El 27 de junio, por la tarde, se reunió la municipalidad de 
la capital, y se adhirió al Acta de Patzicía, reconociendo como 
presidente provisorio al general Miguel García Granados. Fué una 
comisión al Guarda Viejo, a poner en sus manos una copia de aquel 
reconocimiento, comisión acompañada por algunos diplomáticos, 

396 



que el añejo edificio se desmoronaba, por los emba- 
tes de la opinión general. "Es una gran locura, ex- 
clamaba Bismarck, querer empujar hacia atrás, la 
corriente impetuosa de los tiempos." Los directores 
del antiguo régimen guatemalteco, creyeron que los 
salvaría siempre el lema que llevaba el patrio es- 
cudo: Sub dei Opfimi Maximi Protectione; pero se 
olvidaron del adagio : "Ayúdate, que Dios te ayuda- 
rá". La evolución es ley de vida ; lo que se inmovili- 
za sucumbe. 

El sabio político don Mariano Ospina, jefe que 
había sido del partido conservador de Colombia, di- 
rigió una interesantísima carta, con fecha 19 de di- 
ciembre de 1868, al presidente Cerna, describiéndole 
la situación política, anunciándole los peligros, y 
aconsejándole cambiar en parte el ministerio y ha- 
cer algunas reformas necesarias. Pero aquellos 
hombres aletargados ; aquellos antiguos ministros, 
cerraban los ojos a la luz, creyéndose necesarios. 

Entonces, por todas partes se conspiraba; en el 
castillo de San José quitaban la pólvora a los car- 
tuchos del parque, y les ponían polvo de ladrillo. El 
Ejército enteramente abandonado, en poder del co- 
mandante ya viejo, don Manuel María Bolaños. El 
armamento nacional consistía en inservibles fusiles 
de piedra de chispa* y algunos cañones del tiempo 
del rey. Semejante armatoste gubernamental, se 
dejó caer, al soplo no más de ideas progresistas, y 
de los prestigios de la revolución, que encontró apoyo 
en México y Chiapas, contando con unos trescientos 
rémingtons y henrys, comprados en Nueva York, por 
(Chico) Francisco Andreu, en abril de 1871. Tam- 

397 



bien traían los libertadores, un cañoncito antiguo, 
llamado El Niño, que después estuvo relegado en el 
castillo de San José. Las tropas del gobierno esta- 
ban descontentas y minadas. 

Era el brazo fuerte de la falange triunfante, el 
joven Justo Rufino Barrios, de 36 años. Se habia 
educado en esta capital, sin presumir siquiera que 
pronto llegaría a figurar, en grande escala. En la 
casa número 26, de la 8^ calle oriente — contigua a 
la que lleva el número 24, que pertenecía a mi padre, 
y en la cual yo habitaba — hubo una pensión de 
huéspedes, y allí vivían, don Rufino, Herculano 
Afre, y otros estudiantes ; de suerte que yo ya había 
tratado mucho a Barrios, que asistía a las clases de 
leyes, para recibirse de escribano. El estimaba a mi 
padre, y conocía bien a mi familia. Al siguiente día 
de la entrada del ejército, llegó mi hermano político, 
Tadeo Pinol, bastante azorado, a buscarme, porque 
en la hacienda "El Naranjo", perteneciente a los 
Aycinenas, las turbas se estaban llevando los semo- 
vientes, y trataban de pegar fuego a las casas, con 
la leña que allí había. Después de eso —pensaba 
mi cuñado — van a pasar a "Las Charcas", a hacer 
otro tanto. Mi hermano, Pedro Batres Jáuregui, 
que contaba diez y sieje años, era buen jinete y de 
carácter decidido, contestó : "Si papá quiere, voy 
inmediatamente a ver a Barrios, y todo quedará 
salvado". Mi padre aunque con pena, y recomen- 
dándole mucha prudencia, dio su permiso y al 
momento salió a caballo mi hermano. Llegó a la 
Comandancia general, y al verlo don Rufino, excla- 
mó : — "Y de ahí, Pedro puro, por qué no habías 
venido a presentarte!" — (a mi hermano le decían, 

398 



sus amigos, Pedro puro; porque andaba siempre 
fumando) — "A eso vengo precisamente, le contestó ; 
y a darle parte de que hay una gran turba en "El 
Naranjo", llevándoselo todo; y quieren pegar fuego 
a las casas, pareciendo dispuestos a pasar a "Las 
Charcas", a hacer lo mismo. No creo que sea orden 
superior, y mi padre, que lo saluda, suplica a usted 
evitarlo". — "Ni don Miguel, ni yo, hemos ordenado 
semejante cosa. Anda inmediatamente, con cin- 
cuenta soldados, y pones orden completo. Si fuere 
preciso, mandas hacer fuego, y venís pronto, a dar- 
me parte. Ve, fúmate este puro; porque el que bo- 
taste, al entrar, no sirve, es de Zacapa" — . Salió mi 
hermanó, en el acto, con la escolta; llegó a "El Na- 
ranjo", y al sólo disparar dos tiros al aire, huyeron 
corriendo los que estaban robando, en número como 
de doscientos. Ya se habían llevado algunos ani- 
males, y dos mixqueños, que hacían esfuerzos por 
sacar cuatro carneros merinos, no querían soltarlos. 
Como no hicieran caso, Pedro mandó dar a los in- 
dígenas unos varejonazos y ellos gritaban : " — ¡Al 
puti con el feria, al putí con el liberta. . ." 

Cuando regresó mi hermano a dar parte sin 
novedad, a don Rufino, y le contó la exclamación de 
los mixqueños, que se llevaban los merinos, se rió 
con muchas ganas, diciendo a Pedro : — "Ya le voy 
a contar al viejo cómo califican la libertad de Pat- 
zicía. . ." ' < 

Este suceso histórico, en apariencia sencillo y 
sin importancia, demuestra que, ni el general Ba- 
rrios, ni García Granados, abrigaban sentimientos de 
venganza, ni menos instintos preditorios de saqueos, 

399 



confiscaciones y pillaje. Brindaron amparo hasta a 
sus enemigos, sosteniendo el orden, con alteza, y 
refrenando, con energía, los desbordes canallescos. 
Cuando la Junta Patriótica de Artesanos, pretendió 
echarse sobre algunos propietarios, llamó don Ru- 
fino a los cabecillas y disolvió a chilillazos aquella 
asociación. Cuando el licenciado don M. M. le 
decía: — "j Salga general a la ventana, que el pueblo 
está aclamando a su heroico y valiente libertador!" 
contestóle: — "Salga usted, por la puerta, inmedia- 
tamente, hijo de tantas, antes que yo lo saque a 
patadas. Detesto las adulaciones". ¡ Dígase lo que 
se quiera, Justo Rufino Barrios, encaró con ánimo 
resuelto la reforma, asumió con franqueza las res- 
ponsabilidades, y puso su suerte a merced del Des- 
tino, muriendo envuelto en la Bandera de la Unión 
Centroamericana ! 

Mucho me sirvió mi permanencia en la Gran 
República del Norte, cuando yo contaba veinte años. 
Fué un baño de cultura nueva, apreciaciones obje- 
tivas y rectificaciones oportunas. Aquí en Gua- 
temala, por aquel entonces, se tenía una idea es- 
trecha del derecho, harto personal, que embroque- 
laba al individuo, y lo abstraía de la tolerancia y 
amplitud de todos los demás. Mucho de ególatra, 
y no poco de individualista, encarnaban todas las 
concepciones añejas, con horizontes y finalidades 
estrechos. La libertad política, la tolerancia de opi- 
niones y creencias, la alteza en las lides del pensa- 
miento, la confianza en la sociedad y en la ley, el 
espíritu de trabajo y asociación ; todo lo que ha hecho 
crecer maravillosamente al país de Washington, Jef- 

400 



ferson y Lincoln, regenera y ensancha un cerebro 
joven, y un corazón lleno de ideales. Es ambiente 
de progreso y propulsor de orientaciones modernas y 
democráticas, que suscitan la confianza de si mismo. 

No tuve niíjgún cargo ni empleo, durante los 
dos años que don Miguel García Granados fué pre- 
sidente provisorio, como se llamaba, o provisional, 
como enseña el castellano. Durante ese tiempo, de 
transición difícil, se llevó a cabo una labor digna de 
encomio. 

Trabajaba yo en mi bufete de abogado, con 
buena clientela. Al irse a Europa don Ramón 
Aguirre, que era albacea de la mortuoria del general 
Rafael Carrera, me dejó su poder amplísimo, en 
mayo de 1872, con administración de bienes y di- 
rección de los asuntos judiciales, que por cierto eran 
muchos. Estaban a mi cargo las fincas de la testa- 
mentaría, y a la vez, dirigía más de veinte juicios ci- 
viles pendientes. Todo ello, y algunos negocios de 
comerciantes y personas ricas, producían pingües 
honorarios. No me mezclaba en política, pero con- 
tinuaba sirviendo patrióticamente, la Secretaría de 
la Sociedad Económica. Su director, que era a la 
sazón el sabio don Mariano Ospina, dispuso que, el 
8 de julio de 1871, se reuniera la Junta Directiva, 
para hacer una visita de cortesía, al entonces pres- 
tigioso Presidente García Granados, socio de aque- 
Illa corporación, que lo había electo, varias veces, 
Diputado de la Cámara de Representantes. En el 
acto de la audiencia, se cruzaron interesantes dis- 
cursos; y después de conversar agradablemente, nos 



401 



dente, al doctor Ospina y a mí, que nos quedáramos 
otros momentos. Ya solos, propuso a aquel sabio 
que aceptara en el Gobierno la cartera que fuese de 
su agrado, rogándole tomara parte en la nueva admi- 
nistración, e indicando, que a la vez, vería con agra- 
do que yo desempeñase una subsecretaría. Con el 
clarísimo talento que caracterizaba al estadista co- 
lombiano, supo excusarse, agregando al final, que 
en la Sociedad Económica serviría al país, y que en 
cualquier cosa que se le necesitara estaba dispuesto 
a ayudar, en lo privado. Rendí, por mi parte, las 
gracias, y dije algo análogo. Por entonces, frecuen- 
taba yo la casa de don Miguel, como novio de su 
sobrina, que después fué mi esposa, y todavía me 
acompaña en la carrera de la vida. "The wife of my 
youth, who still abides with me" , como dijera gráfi- 
camente el célebre autor de Ben Hur. 

Dedicado a la abogacía, no pensaba yo tomar 
parte en la política. Puse empeño en la fundación 
de la Escuela de Agricultura, que merced al celo de 
la Sociedad Económica, quedó establecida, en la 
finca llamada después "Tívoli". Vino de , Suiza, 
pedido al efecto, un verdadero agrónomo, Mr. Bian- 
chi, a quien mucho aprecié, y fué nombrado director 
de aquel plantel, que tenía más de ochenta alumnos, 
y buenos profesores, como don Julio Rossignon, que 
daba gratuitamente la clase de química agrícola. El 
señor Bianchi fundó aquí en Guatemala una apre- 
ciable familia. 

Mucho se había empeñado la Sociedad Eco- 
nómica en extender y generalizar las siembras de 
café, en dar auge a las escuelas de artesanos, a las 

402 



bellas artes, al notable Museo Nacional y a todos los 
ramos del progreso. Se publicaba un periódico, que 
redacté durante mucho tiempo. El señor director 
Rossignon, a quien yo corregía los artículos que en 
español daba a luz, me hablaba siempre en francés, 
idioma que yo había estudiado con empeño. En 
la Sección Etnográfica del Museo Nacional, existió 
una selecta colección de obras de historia.de Gua- 
temala, que estudié, en las horas que no tenía tra- 
bajo, en la Secretaría de aquella Sociedad de Amigos 
del País, que serví patrióticamente durante ocho 
años. 

Siempre se recordará, con aprecio, dicha insti- 
tución, que tanto hizo por nuestra patria, y que 
contó en su seno, a los más egregios varones, que 
honran los fastos de Guatemala. 

Dejando aparte estas apreciaciones, volveré a 
tomar el hilo de mis Memorias, cuya extensión no 
me permite detallar la violenta reacción de oriente, 
que fué sofocada por el general Barrios, costando 
no poca sangre y dinero. 

Si don Miguel había sido el alma de la revolu- 
ción, que echó por tierra el gobierno de Cerna, no 
era a propósito aquel anciano para reformar las 
costumbres, leyes y tendencias del antiguo sistema. 
Fué García Granados un gobernante de transición, 
a fin de dar cierto aspecto civil a un régimen que 
tenía que intensificarse. Así lo comprendió don 
José M. Samayoa, con inteligencia sagaz y audacia 
emprendedora. El fué quien llevó a cabo los traba- 
jos electorales, proponiéndose que resultara nom- 

403 



brado presidente el general J. Rufino Barrios (1) en 
mayo de 1873. García Granados estaba cansado 
y perdió después desgraciadamente a su predilecta 
hija María, gentil, simpática y llena de cualidades. 
A la muerte de esta encantadora joven, dedicó mi 
distinguido amigo José Martí, unos sentidos versos, 
que brotaron de su fecunda pluma, como brotan, de 
los ojos del amor, las lágrimas de amargura. Se pu- 
blicó también una elegía del poeta excelso cubano, 
Joaquín J. Palma, el vate de medioevales alientos y 
patrióticos anhelos. 

Recuerdo que, cuando hicieron prisionero al cé- 
lebre montañés Tomás Melgar, jefe de la reacción 
de oriente, ninguno quería, o mejor dicho, nadie se 
atrevía a defenderlo. Yo era, por entonces Abogado 
de Pobres y el Consejo de Guerra me nombró de- 
fensor de oficio, del valiente guerrillero. Se me 
ocurrió acudir a don Rufino, para pedirle consejo, 
y me dijo desde luego, que lo defendiese con ener- 
gía, manifestando a los magistrados y generales, que 
si aquel faccioso hubiera triunfado, de seguro ellos 
habrían salido, los primeros, a felicitarlo y a ofre- 
cerle sus servicios ; que volviera yo, dentro de tres 
días después, a ver al mismo general Barrios, para 
averiguar quiénes eran mis enemigos que irían a 
ponerme en mal con él, y que no tuviera cuidado, 
porque me conocía y me tenía cariño, lo mismo que 
a mi i^adre, que había sido uno de los examinadores 
en su recibimiento de escribano público. 



(1) Barrios nació en el pueblo de San Lorenzo, el 19 de julio 
de 1835. Fueron sus padres el español don José Ignacio Barrios y 
doña Josefa Auyón, de raza mestiza, terratenientes de San Marcos; 
y tuvieron tres hijos mayores que don Rufino, llamados Mariano, 
Carmen y Rita. Los dos menores Antolín y María. 

404 



El día de la vista solemne de la causa, pronun- 
cié la defensa, con resolución y juvenil entusiasmo. 
Cuando llegué al punto de enrostrar a los jueces 
que ellos habrían felicitado a Melgar, en caso de 
haberle sido propicia la fortuna, el presidente del 
Consejo de Guerra, licenciado José G. Salazar, tocó 
la campanilla y me intimó a que me limitara a las 
actuaciones, sin invadir la política. Repuse con se- 
renidad, que la causa era política y que pedía que 
se hiciera constar haberse coartado el derecho de 
defensa. "Puede usted continuar", me dijo, con 
marcado enojo. Yo seguí perorando, y al concluir 
el acto, salí al corredor a hablar con el condenado a 
muerte, en primera instancia. Prendió un cigarrillo 
Melgar, sin que le temblara el pulso, y exclamó : 
"Esos señores también me condenarán, a pesar de 
la brillante defensa de usted, que mucho agradezco. 
El único que me puede salvar la vida porque es 
valiente, es el general Barrios". A ese tiempo, me 
hizo llamar, por medio del portero, el señor Salazar, 
fui a su sala, y poniéndose la cabeza entre las ma- 
nos me dijo: "¿Por Dios, que has hecho, exponién- 
dote a ir a parar a la Penitenciaría?" "He cumpli- 
do con mi deber, le contesté, suceda lo que 
suceda". Fui a casa del general Barrios, después 
de confirmada la sentencia de muerte; le conté lo 
acontecido, y lo que Melgar me había dicho "¿Eso 
le dijo?" "Sí señor, le contesté". Entonces 
me entregó la orden de libertad del condenado al 
último suplicio, exclamando : "Tome el indulto, y 
tenga usted la satisfacción de que está salvado su 
defendido, bien lo merece. Vaya a traerlo, para que 
tomemos una copa de vino juntos". Llamó a un 

405 



coronel, le ordenó acompañarme, y a la media hora, 
daba la mano de amigo a Melgar; y tomamos a su 
salud. El valiente faccioso le fué leal, mientras 
vivió. 

En la mañana del 8 de enero de 1875, me hizo 
llamar otra vez Barrios, por medio» de un oficial. 
Llegué a su sala, en donde estaban don Taño (Ale- 
jandro) Sinibaldi, don Francisco Camacho, don 
Juan Serigiers, y algún otro comerciante, que no 
recuerdo : "Batres, me dijo don Rufino, usted se 
va a hacer cargo del Juzgado de Comercio. El actual 
Juez es bueno como abogado; pero no lo quieren, 
ya no lo aguantan ; porque, con decir que tiene peor 
genio que yo, ya está dicho todo (era mi condiscí- 
pulo Miguel Alvarez). Hoy mismo, va usted a to- 
mar posesión del despacho". "Con mucho gusto, 
contesté; pero quisiera que usted me favoreciese, 
escuchándome unas pocas palabras". Pasamos a 
la otra sala, y le dije: "Señor, el juez de Comercio 
sustituye al de Hacienda; ya usted sabe que Adolfo 
Valentín García es mi enemigo; va a resultar un 
disgusto, y no quisiera que llegase el caso". 
"Bien hace usted en decírmelo, — me contestó — no 
llegará, porque desde luego, le prevengo que no dé 
usted una plumada en los negocios del Juzgado de 
Hacienda. Dígale al señor Dardón (1) que nombre 
otro en su lugar. Venga usted a verme, y cuente 
conmigo para lo que se le ofrezca". 

A los pocos días, llegó muy temprano el secre- 
tario del Despacho de dicho Juzgado de Hacienda, 



(1) Licenciado don Manuel J. Dardón, Presidente del Poder Ju- 
dicial. 

406 



anunciándome que el juez propietario se había ido 
a la Antigua Guatemala, y que, precisaba dar curso 
a un expediente, que lo traía un mozo. "Está bien, 
le contesté ; pero vuelva a llevarse ese torrezno ; yo 
le avisaré cuándo me lo trae, ahora me ocupo de 
preferencia en el ramo de Comercio". A la ma- 
ñana siguiente, presénteseme un coronel, de parte 
del secretario interino de Hacienda, diciéndome : Lo 
llama con urgencia el señor Ministro Barrundia". 
Llegué a su sala, hizo como que no me ha*bía visto 
entrar y al rato de hallarme yo de pie, exclamó : 
"Lo he llamado para preguntarle, ¿por qué no 
quiere despachar el asunto del Juzgado de Hacienda, 
que precisa?" Yo, con perfecta serenidad, repuse: 
"No puedo, señor ministro, despachar los negocios 
de ese género 1 '. "¡Cómo no ha de poder usted!, 
el que está a las maduras, debe estar a las duras. 
Inmediatamente lo despacha". "Siento — le repli- 
qué — no poder hacerlo". "Cumpla usted mi pre- 
vención y retírese". "Antes — le dije — me veo en la 
necesidad de exponerle que tengo orden terminante 
del señor Presidente Barrios, de no conocer yo en, tos 
juicios de hacienda. Si usted gusta, vamos ante él, 
para que se resuelva si debo acatar el mandato de 
usted..." "No es necesario usted debía haber 
comenzado por decírmelo", me contestó. "No 
tenía autorización para ello — repuse — tanto más, 
cuanto que el señor Presidente de la Corte Suprema 
de Justicia, nombrará el substituto del Juez de Ha- 
cienda". "Tiene usted razón, y es el caso de 

Vr 

esperar", agregó Barrundia. Pocos días después 
le conté lo ocurrido al general Barrios, quien son- 

407 * 



riéndose me dijo : "Así son ésos, ya querían ar- 
marle una trampa. No tenga cuidado, cuente con- 
migo". Por ese tiempo, era yo Magistrado su- 
plente de la Sala 1^ de la Corte de Apelaciones, y 
catedrático^ de Economía Política, Derecho Interna- 
cional y Literatura, en la Facultad de Derecho, 
clases que serví durante mucho tiempo. 

Al recorrer, al través de tantos años, los suce- 
sos de aquella lejana época, viene a mi memoria un 
hecho característico del general Barrios. Encontrán- 
dome una vez en su despacho particular, pidió au- 
diencia un empleado que andaba formando el censo 
Después del saludo, le dijo : "Vengo a molestar 
al señor Presidente, porque ya están todos, y usted 
me ordenó que lo dejara para último". Barrios se 
puso los anteojos, y comenzó a reírse, viendo que, 
al consignar la religión de cada cual, un sastre, el 
maestro Julián Salazar, había puesto : varias creen- 
cias/otro, Francisco Quesada, resultó enemigo per- 
sonal de Jesucristo; y muchos se apellidaban libres 
pensadores. Entonces don Rufino, prorrumpiendo 
en una carcajada, seguida de una violenta interroga- 
ción, me dijo: "¡Mire usted, qué brutos!, los más 
tontos, que no pueden pensar, son los que se llaman 
libres pensadores. Esos animales, como los cama- 
rones, se van con la corriente; si yo me pongo ro- 
sario, se vuelven más beatos que las monjas. No 
raciocinan, y se fingen incrédulos, para que yo lo 
vea. . . " Entonces escribió en el censo su nombre y 
demás generales, agregando : Católico, apostólico, 
romano. ^¡ Qué chasco para los hipócritas! Así es, 
en verdad, como sería fácil demostrar lo que esas 
multitudes estólidas, que gritan y exageran, hasta el 

408 



delirio y el crimen, no tienen ideas, no son, si bien 
se mira, suyas, sino el reflejo de lo que oyeron, un 
eco, una sugestión, un instinto automático, que los 
hace ir detrás del cencerro. Pocos son los que 
piensan por cuenta propia. El libre pensamiento, 
en último análisis, es la tolerancia, la amplitud, la 
simpatía, el amor al prójimo, y no la canallocracia 
ni el fanatismo. "La superior independencia — como 
dice Rodó — de todo prejuicio, preocupación o credo, 
es el privilegio de la mayor parte de los hombres 
una relativa libertad de pensar. Este es el sano li- 
beralismo, para quien atienda a la esencia de las 
cosas y de las ideas ; este es el pensamiento libre, 
que implica algo más alto que una simple obsesión 
religiosa." <« 

Los dos caudillos de alto relieve y popularidad 
en Guatemala, Carrera y Barrios, fueron jóvenes 
que sufrieron las rudezas del campo y aspiraron el 
ambiente de las montañas; si bien el último, tuvo 
una educación literaria, hasta recibirse de escribano, 
en 1860. Los dos lucharon contra prejuicios y su- 
mas dificultades. El uno estableció la paz, en medio 
del caos. El otro, llevó a cabo la reforma. Ambos 
fundaron la hegemonía de Guatemala en la América 
Central. Los dos fueron halagados por gran pres- 
tigio popular. Sus épocas eran muy diferentes ; sus 
orientaciones diversas; fueron jefes de opuestos 
bandos. En la obra consumada por ellos, existen dos 
etapas harto salientes, y en la hora de las recons- 
trucciones, no puede prescindirse del uno, al tratarse 
del otro. 



(1) José Enrique Rodó: "Cinco Ensayos" — Página .404. 
409 



Ya de Carrera, quedan diseñados algunos episo- 
dios y rasgos característicos. En los siguientes ca- 
pítulos, cumple apuntar los datos principales que se 
refieren a Justo Rufino Barrios, hasta donde lo 
permitan las dimensiones de estas Memorias. Pero 
antes, voy a consignar un hecho que tuvo trascen- 
dencia y es curioso, como que dio origen a que fuera 
nombrado Arzobispo el licenciado Ricardo Casanova, 
que ya era notable letrado. 

Sucedió que, cuando la consolidación de los bie- 
nes eclesiásticos estaba en su apogeo, procediendo 
con toda energía el coronel Valerio Irungaray y el 
acucioso Luis Valenzuela, tomó don Francisco Lain- 
fiesta el edificio de La Escuela de Cristo, en donde 
puso después una célebre y buena imprenta. Aque- 
llos bienes se vendían por precios baratísimos, sobre 
todo, a los partidarios del régimen imperante, los 
únicos que compraban. La Escuela de Cristo tenía 
derecho, y gozaba de unas diez pajas de agua, y se 
trató de que la Municipalidad extendiera el título 
respectivo. Era Síndico municipal el licenciado 
Casanova, muy conocido por su brillante carrera de 
abogado. Barrios había sido condiscípulo suyo en 
algunas de las clases universitarias. Al extender 
su pedimento el letrado, lo hizo conforme a la ley, 
manifestando que se otorgara el derecho al agua, 
pero que, si alguna vez volvían los dueños del pre- 
dio, los religiosos, que lo habían edificado y tenido 
en posesión efectiva y legítima por muchos años, les 
quedaba su derecho a salvo. 

Lo supo el general Barrios y resuelto a sostener 
la consolidación sin desprestigios, llamó a Casanova 

410 



y le reprendió agriamente. Después, vestido con so- 
tana y sombrero de teja, a estilo clerical, lo mandó 
a su casa, custodiado por un coronel. Quiso aquel 
presidente poner en ridículo al abogado joven y 
enérgico, pero sucedió lo contrario. En el público 
cayó mal esa arbitrariedad, y en el ánimo de la víc- 
tima, produjo una resuelta voluntad de entregarse 
al sacerdocio, como llamamiento del cielo. Con poco 
trabajo, ya que era muy ilustrado Ricardo, pudo, en 
poco tiempo, dar vuelo a su espontánea vocación, 
suscitada por aquello mismo que se le impusiera co- 
mo pena. 

En cuanto se hizo presbítero, sirvió mucho en 
la Curia Eclesiástica, con el celo que le era caracte- 
rístico, y el pundonor, rasgo distintivo de su elevado 7 
espíritu. El licenciado don Ricardo Casanova y Es- 
trada, fué electo Arzobispo metropolitano (el último 
prelado que disfrutó de este carácter en toda la Amé- 
rica Central), el 15 de enero de 1886. Consagrado el 
25 de julio del mismo año. Desterrado el 3 de sep- 
tiembre de 1887. Su ingreso a Guatemala, fué una 
solemnísima recepción, el 19 de marzo de 1897, y 
gobernó hasta el 14 de abril de 1913, que, en el pue- 
blo de Cantel, hubo de pasar a mejor vida. 

El general Barrios deseaba que fuera Arzobispo 
de Santiago de Guatemala, el Padre Raúl, español 
que había militado entre los carlistas de España. Por 
más que fueron a Roma, el doctor don Ángel María 
Arroyo, sacerdote de gran talento, y su hermano don 
Domingo, con la misión de obtener la mitra para 
aquel presbítero, a quien distinguía el presidente, no 
pudieron lograr éxito alguno, no obstante haber lle- 
vado mucho dinero. Últimamente, fué análogo el 

411 



viaje del Plenipotenciario de Guatemala, a pesar de 
que el candidato popular era mi sobrino José Pinol 
y Batres, de reputación y fama, educado en Roma, y 
con cualidades que no toca apuntar. A mi me causa 
satisfacción, en mi carrera diplomática, que, obli- 
gado por Estrada Cabrera a ir a Roma, pude — me- 
diante la gestión que puse en práctica, con escasos 
fondos — , obtener que al Padre Raimundo Julián 
Riveiro le nombraran Arzobispo, no obstante la 
atroz lucha cfde trabajó, desde aqui, oponiéndose, y 
teniendo además en contra, el gran poder de los je- 
suítas en Roma. Fué el caso más difícil, de los mu- 
chos que tuve a mi cargo. Ya explicaré algo de mi 
viaje a Roma, en capítulo ulterior, y espero que se 
me excuse por citar el resultado favorable de una 
misión que tuve la buena suerte de que no fuera 
un fracaso en mi vida pública, y que debe darse a 
conocer, tal como fué, en estas mis Memorias. 

Dejando a un lado ese asunto, que no pertenece 
al presente capítulo, voy a reseñar brevemente algo 
del carácter y de la vida doméstica del general J. 
Rufino Barrios, a quien conocí y traté antes de que 
fuera Presidente, parque vivía, como ya he dicho, 
en una casa de huéspedes, situada en la 8 ? calle 
orienté N 9 26, contigua a la N 9 24, que yo habitaba. 

Barrios siempre tuvo carácter tempestuoso, vio- 
lento, decidido y firme. Era desde muy joven, fuer- 
te, ligero y audaz. No concluyó su carrera de abo- 
gado, sólo se recibió de escribano, como llamaban 
entonces a los notarios. Conoció a la señorita Fran- 
cisca Aparicio, cuando todavía era una niña, y se 
prendó de ella. A la familia Aparicio le disgustaba 
tal afición amorosa, y mandaron a la jovencita dis- 

412 



tinguida al colegio de las monjas ursulinas, en esta 
capital. En ese establecimiento se educaban las jó- 
venes de las familias principales. Cuando triunfó la 
revolución del 71, don Rufino siguió insistiendo en 
sus pretensiones amorosas, y con algún trabajo, y 
más por temor que por otra cosa, al fin consintieron 
los padres de doña Paca, querrá muy bella, en que 
se casara con el Presidente de la República. Hubo 
grandes fiestas, en Quezaltenango, en julio de 1&74, 
con motivo del matrimonio religioso de Barrios. 
Después de unos veinte días regresó, ya casado a 
esta capital, en donde fueron los novios muy aten- 
didos y obsequiados. Siempre, hasta que murió Ba- 
rrios, trató con cariño a su esposa. La víspera de 
salir para la campaña de la Unión Centroamericana, 
hizo testamento ológrafo, dejando a doña Paca, como 
heredera de todos sus bienes, menos una finca "Los 
Tarros", que legó a su sobrino Luciano Barrios, que 
le había servido en sus fincas de campo, con todo 
empeño. La señora recibió más de diez millones de 
pesos, fuera de otro millón en alhajas, que ya tenía. 
Se fué a los Estados Unidos, en donde Barrios había 
comprado una hermosa casa, en Nueva York, en la 
calle del Parque Central. Yo estaba de Ministro de 
Guatemala entonces, cuando llegó la señora viuda 

I el Presidente Barrios, y procuré servirla en cuanto 
ude. 
< En sus afectos íntimos era don Rufino constan- 
e. Buen padre de familia, y excelente amigo. Fué 
lombre especial, y en medio de su espíritu alterable 
! turbulento, dejó admiradores, porque en realidad 



413 



todos los elementos para engrandecer a Guatemala, 
y hasta su muerte fué causada por una idea patrió- 
tica, como se explicará oportunamente, rectificando 
varios errores históricos, propalados por odios po- 
líticos. 



414 



CAPÍTULO AII 



Mis servicios judiciales y legislativos. — Casus belli, 
en Nicaragua, provocado por Alemania. — Buenos oficios 
de Guatemala. — Fui como Secretario. — Arreglo final. — 
Viaje que hice con el general Barrios. 



SUMARIO 

Estuve al frente del Juzgado de Comercio, cuatro 
años. — Fui Secretario de la Asamblea Constituyente 
del año 1879. — Oradores distinguidos que brillaron en 
aquel Congreso. — Viaje que hice a Nicaragua, como 
Secretario de una Legación. — Grave cuestión alemana- 
nicaragüense. — El Presidente don Pedro Joaquín Cha- 
morro. — Casus belli, por un motivo ridículo. — Actitud de 
Bismark, encarándose a los Estados Unidos. — El nota- 
ble hombre público, doctor Anselmo H. Rivas. — Visita 
diplomática, a media noche, de un emisario teutón. — 
Actitud heroica del Presidente de la Corte Suprema de 
Justicia, doctor Zepeda. — Arreglo definitivo de la cues- 
tión alemana. — Episodios de un viaje a Amatitlán, con 
el general J. Rufino Barrios. — Alteza del dictador. — 
Progreso efectivo. 



415 



Estuve de Juez de Comercio, durante cuatro 
arí>s, hasta el 8 de enero de 1879, y tuve la honra, 
por entonces, de ser diputado secretario de la me- 
morable Asamblea Constituyente, que en aquel año 
decretó, el 11 de noviembre, la histórica Carta Fun- 
damental, que se ha reformado en la Asamblea Cons- 
tituyente de 1927, de la que también fui miembro, 
como lo he sido en otras varias legislaturas. 

Fueron muy notables las discusiones en aquella 
Asamblea del 79, en la cual brillaron oradores dis- 
tinguidos, como don Lorenzo Montúfar, el doctor 
Ángel María Arroyo, don José Antonio Salazar, don 
Antonio Machado, don Manuel J. Dardón, y otros 
hombres célebres de la época, sin mencionar a varios 
jóvenes que eran diputados. Prevaleció gran liber- 
tad, y le gustaba mucho, al general Barrios, que hu- 
biese discusiones acaloradas, que él mismo promo- 
vía, bajo cuerda, algunas veces. De todos los 
muchos miembros de aquella memorable Constitu- 
yente, sólo se encuentra vivo el que escribe estas 
Memorias. 

Un poco antes de que se celebrara la gran 
Asamblea, recuerdo que el 12 de marzo de 1878, 
fué don Carlos Murga a llamarme, de parte del ge- 
neral Barrios, quien me recibió con afabilidad, a las 
ocho de la noche. — "Deseo, me dijo, que vaya usted 
de Secretario a Nicaragua. El* Ministro será don 
Tuncho Aguirre, persona de edad y experiencia, de 
representación, de honorabilidad, y emparentado 
con don Pedro Joaquín Chamorro, Presidente de 
aquella república, que se encuentra en una grave 
cuestión, co^ el imperio alemán. 'En Corinto hay 

416 



una escuadra, y Guatemala ha de cumplir con el de- 
ber de prestar sus buenos oficios, a fin de que no 
sea bombardeado ese puerto, y para que, de ninguna 
manera, penetren los alemanes en Centroamérica. 
Usted me responde, que es el que entiende, y creo 
que don Tuncho (Antonio) está a propósito, y aten- 
derá las indicaciones de usted, que sabrá quedar 
bien. Cuente con lo que necesite, y arregle los pa- 
peles con el doctor Montúfar, Ministro de Relacio- 
nes exteriores, de modo que la legación salga pasado 
mañana. Irá también Tnncñito, como Agregado, 
para que acompañe a su papá." — Agradecí la distin- 
ción que recibía, y en pocas palabras, manifesté a 
don Rufino mi buena voluntad. — "Venga mañana, 
para que conversemos", me dijo al despedirme. 

En Corinto, que es un precioso puerto, de fácil 
acceso y tranquilas aguas, estaban surtos cinco aco- 
razados, a las órdenes del Plenipotenciario alemán, 
Werner von Bergen, y un almirante agrio y viejo, 
cuyo nombre no recuerdo. Al llegar la Misiin de 
Guatemala, a lá bahía, fué saludada con los honores 
militares de ordenanza por la escuadra, y por los 
cañones nicaragüenses, que estaban en tierra. Fui- 
mos invitados a almorzar en uno de los buques de 
guerra y desembarcamos en la tarde, para irnos al 
día siguiente, a la ciudad de León, de recuerdos his- 
tóricos, aspecto antiguo y calor sofocante. El Pre- 
sidente, don Pedro Joaquín Chamorro, acompañado , 
de parte de su gabinete, vino al siguiente día a en- 
contrarnos y allí permaneció durante nuestra es- 
tancia en Nicaragua, para estar más cerca del puerto. 

417 



Lo primero que se divisa, desde Corinto, es el 
Momotombo, soberbio volcán que se alza a mil 
seiscientos metros, envuelto por nieblas tenues de 
púrpura, ámbar y nácar; coronado el cráter por 
nubes fugaces, de espejismos fantásticos. Más allá, 
aparecen en el horizonte picos, en forma de si- 
métricos conos, y frente a ellos, resultan lejanías de 
llanos inmensos, semejando mares de ondulante 
yerba. Pero ni el Momotombo, ni el Cosigüina, ni 
las praderas de esmeralda, ni los sonoros ríos, ni 
aquel cielo, más luminoso que el de Ñapóles, nada 
es tan bello, admirable y poético, como el gran lago 
de Nicaragua, portento y maravilla, realidad y en- 
sueño, visión mucho más hermosa que los paisajes 
de Suiza, panorama de matices y luces aureales, 
naturaleza riquísima, que excita la codicia de ex- 
traños poderes. 

Al pie de las milenarias cumbres se extienden 
las azuladas aguas del inmenso lago, produciendo 
radiosos reflejos, y las albas ondas se rizan, con 
blancura inmaculada, cual si fueran deslumbrantes 
camelias de plata que se deshojaran, en éxtasis de 
amor, al beso grácil del sol tropical que los fecunda. 
Todo ahí es grande, paradisíaco, sublime. Todo os- 
tenta vida y libertad, soberbias y exuberantes. ¡El 
país estaba llamado a disfrutarlas \. . . 

Nicaragua ostenta dos grandes lagos de agua 
dulce. El lago de Nicaragua tiene 165 kms. de 
largo por 57 de ancho, con un área de 5,400 
kms. y una profundidad máxima de 200 pies. 
Se halla a 110 pies sobre el nivel del mar, y 
es el lago más grande de agua dulce que existe entre 

418 



los lagos Michigan y Titicaca. La distancia a través 
del istmo en línea recta es de 280 kilómetros. Del 
lago de Nicaragua sale el río San Juan, con 116 ki- 
lómetros navegables de sus 180. La distancia del 
lago a la boca principal de San Juan es de 178 
kilómetros. Un pequeño canal del lago de Nicaragua 
a Brito, en el Pacífico, bastaría para completar ese 
canal interoceánico. Es decir, 180 kilómetros de na- 
vegación en el río San Juan; 18 kilómetros a tra- 
vés del lago de Nicaragua, y con los ríos Grande y 
Las Lajas, 30 kilómetros hasta Brito. Un total de 
336 kilómetros de costa a costa. 

El tiempo para construir el canal se calcula en 
diez años, y el costo entre 200 y 540 millones de dó- 
lares. 

¿Por qué construir el Canal de Nicaragua? En- 
tre otras razones, porque, mientras se ha calculado 
que un vapor ordinario puede pasar el Canal de 
Panamá en doce horas y el de Nicaragua en treinta 
y tres, la distancia, sin embargo, de Nueva York a 
San Francisco por el Canal de Nicaragua se acor- 
taría 678 kilómetros ; de Nueva Orleáns a San Fran- 
cisco, 1,041, y de Liverpool a San Francisco, 698. 

Dejando a un lado esta digresión, que contiene 
datos interesantes sobre el Canal de Nicaragua, que 
tanto afecta a los Estados Unidos, vamos a explicar 
la causa de la actitud bélica del imperio de Alema- 
nia, en tiempo del Canciller de Hierro. Por enton- 
ces se hallaba en todo el arrogante apogeo de su 
fuerza el imperio alemán piloteado por -Bismarck. 
Nunca un incidente tan baladí y ajeno a la diploma- 
cia, pudo tomar proporciones de casns belli, siendo 

419 



más bien un pretexto ridículo, para ver qué actitud 
guardaban tos Estados Unidos, ante la doctrina de 
Monroe, y a fin de demostrar aquel soberbio impe- 
rio, que se haría temer, en todo evento, y respetar 
en América. Pues sucedió, que un joven nicaragüen- 
se, de apellido Leal y carácter apocado, estaba unido 
en matrimonio, con la hija del cónsul alemán Ysen- 
tuck. Hubo algún rifirrafe doméstico entre los dos 
casados, y fuese la eSposa a casa de su padre; pero 
a los pocos días, comenzó el marido a enamorar de 
nuevo a su mujer. Ella no se hizo mucho de rogar, 
para volver al lado de su compañero legítimo, con el 
cual a hurtadillas salía a entenderse por la ventana. 
Temían ambos la iracundia del orgulloso cónsul, que 
siendo buen prusiano, no cejaba, siguiendo al Kai- 
ser. Por último convinieron los cónyuges, en que el 
marido se robase a su mujer, cual otra Elena, sólo 
que el Paris nicaragüense, no tenía por lo visto, los 
arrestos del célebre guerrero mitológico, ni éste es- 
taba unido por vínculos matrimoniales con su aman- 
te. Para llevar a cabo el famoso rapto, fué el buen 
tenorio de la tierra de los Lagos, a pedir auxilio al 
alcalde, quien le proporcionó diez soldados leoneses, 
capaces de enfrentarse al mismo emperador Guiller-, 
mo. Situóse la tropa tras de una antigua iglesia, 
por donde todas las tardes iba el cónsul, con su 
esposa y su hija, en vespertino paseo. La muchacha 
adelantóse, a fin de juntarse con su dueño apetecido, 
quien al verla, la tomó del brazo, para huir juntos. 
Corrió el padre airado, y dio de paraguazos a su 
yerno. Entonces, el cabo de marras, que para de- 
fenderlo estaba con su escolta, entendió que era 
llegado el caso de pegar un culatazo al alemán... 

420 



Allí fué Troya, inde ir ce, de aquella entonces pode- 
rosa nación, -que ya se había convertido en colosal 
cuartel, por el genio del Canciller memorable. 

El general don Florencio Xatruch — famoso en 
las guerras centroamericanas de los tiempos viejos — 
con quien yo tenía muy buenas relaciones de familia, 
era el Comandante de León, y tomó empeño en aten- 
dernos. El asunto de la hija del teutón, se embro- 
llaba cada día más. En vano hice yo ver, al ple- 
nipotenciario von Bergen, que todo aquello llevaba 
cariz ridículo de entremés casero, en que un suegro 
atrabiliario se empeñaba en mantener divorciados, 
contra la ley, a dos consortes que se querían bien. 
£1 Representante von Bergen sostenía, con calor, que 
la bandera del imperio había sido ultrajada pro- 
cazmente, y que el Ministro de Relaciones Exteriores 
de Nicaragua, el talentoso don Anselmo H. Rivas, 
no era más que un pinche de cocina, que no sabía 
lo que llevaba entre manos. ¡Cómo ciega la pasión 
y exalta el odio ! 

Recuerdo perfectamente a ese distinguido hom- 
bre público de Nicaragua; era de estatura prócera, 
constitución robusta, cabellos lacios, a lo Dumas, 
tez morena, a lo Ótelo; pero con fisonomía griega, 
mirada soberana, inteligencia soberbia; instrucción 
poco común, ardiente y apasionado, como los nativos 
de la tierra de los Lagos. Fué el líder, en su país, 
del partido conservador, por medio siglo. Era de 
gran carácter y alma generosa. Murió pobre, aun- 
que estuvo en posibilidad de hacer una gran fortuna, 
si no hubiera sido honrado a carta cabal. Figura dig- 
namente en la historia centroamericana, mal que 

421 



pesara a la procaz opinión de aquel ministro alemán, 
que tan ruinmente lo calificaba. Anselmo H. Rivas, 
se consideraba, hasta por sus adversarios politicos, 
como una notabilidad centroamericana. 

Volviendo a tomar el hilo del episodio risible, 
que diera margen a las iras del canciller germano, 
recuerdo que, a las altas horas de una noche, lla- 
maron a la puerta de mi cuarto, en el hotel "León de 
Oro", y sali medio vestido a ver quién era. Pre- 
sentóseme un oficial de la escuadra, perfectamente 
uniformado, de guantes blancos, y como si hubiera 
caído del cielo, pues no tenía traza de haber venido, 
desde el puerto de Corinto, por tan fragoso camino. 
Saludóme con ademán militar, indicándome que 
traía un mensaje verbal urgente, para el Ministro 
de Guatemala. Introduje al emisario a la sala de 
espera, y pasé a la alcoba de don Trincho, a darle 
cuenta. Incorporándose un poco, musitó : "Que te 
diga lo que quiere ; que no ha de ser nada bueno." 
Volví con el marino, quien, cuadrándose airosa- 
mente, exclamó: "El Excelentísimo Representante 
del Gobierno Imperial, en unión del Jefe de la Es- 
cuadra, tiene la honra de notificar, a la Legación 
Mediadora de Guatemala, que mañana a las doce 
del día será bombardeado y ocupado el puerto de 
Corinto". Hizo una profunda cortesía el oficial; y 
yo pasé a transmitir al Ministro la alarmante no- 
ticia . "Ve, me dijo, decile, que no hagan semejante 
barbaridad". Yo le interrumpí manifestándole : "que 
era preciso y urgente, que la Legación de Guatemala, 
se trasladara a Corinto, para agotar el postrer es- 
fuerzo, a fin de impedir el bombardeo y la invasión 

422 



al territorio de Centroamérica". Entonces dispuso 
mi jefe que fuera yo solo, con poderes plenos, a tra- 
tar con von Bergen. "Yo me quedaré aquí — me di- 
jo — con Tunchito, para empeñarme, ante el presi- 
dente y sus secretarios, a ver si cabe algún arreglo, 
con vista de lo que pidan los alemanes." Extendí 
mis plenos poderes, los firmó el Ministro, y monté 
en una muía, acompañado del militar alemán y dé 
un criado, que había traído. Salimos de León a las 
dos de la mañana, bajo una llovizna. Era obscura 
la noche, y había riesgo de que, excitados, como es- 
taban los ánimos del pueblo, nos atacaran, por aque- 
lla mala ruta. Llegamos, a las nueve del día, al 
puerto, y vino el señor von Bergen a recibirme. En 
cuanto acabé de desayunarme, entramos en confe- 
rencia y después de mucho discutir, quedó conve- 
nido que no se llevaría a cabo la humillación pre- 
tendida, de saludar sólo Nicaragua la bandera 
alemana, sino que, desde los buques, se haría un sa- 
ludo al pabellón nicaragüense izado en la playa y 
desde ese lugar, al propio tiempo, se dispararían los 
cañonazos de ordenanza, en honor a la bandera im- 
perial, que flotaba en la escuadra. Se estipuló qué 
Nicaragua pagaría cuarenta y cinco mil pesos, por 
gasto del carbón de los buques, durante el bloqueo, 
y ponía empeño von Bergen, en que fuera castigado 
el exalcalde, por haber proporcionado soldados al 
raptor de su propia esposa. Este último punto costó 
mucho trabajo; porque no sólo era ilegal, a todas 
luces, sino debido a que la Corte Suprema de Jus- 
ticia, presidida por el integérrimo Zepeda, se negó 
rotundamente a castigar al inocente exalcalde. Co- 
mo el varón justo de Horacio, decía aquel letrado, 

423 



digno del mayor elogio ¡Si fraefus ilabatur orbis, 
impavidum feridnt minee! A punto ya de des- 
hacerse el trabajo llevado a cabo, propuse a von 
Bergen que se condenara económicamente a pagar 
una multa, al pobre exalcalde, en obvio de dificulta- 
des, ya que de otro modo, era llegado el caso de no 
continuar discutiendo inútilmente, puesto que los 
tribunales nunca impondrían la pena. Por fin, 
se acordó que apareciera como impuesta, pagando 
cinco mil pesos, que naturalmente no, los desembolsó 
el exalcalde, sino el Gobierno. Hubo muchos te- 
legramas y grandes argumentaciones ; pero, a las 
doce del día, se concluyó todo pacíficamente. El 
atropello al débil estaba consumado. Así terminó 
el incidente cómico de los consortes nicaragüenses 
a quienes no quería permitir el cónsul alemán, que 
vivieran maridablemente, a pesar de ser casados, 
ante Dios y ante los hombres. En un tris estuvo que 
se hubiera bombardeado el puerto de Corínto, y pro- 
fanado por invasores extranjeros, el suelo de una 
república centroamericana. Quia monimor Leo. 
Entre tanto, la doctrina de Monroe sufrió un eclip- 
se total, sin que los Estados Unidos, que ahora tienen 
a Nicaragua convertida en cuartel yankee, dijeran 
oste ni moste. ¡Cómo varían los tiempos! 

Después de las ceremonias de estilo, la audien- 
cia de despedida, visitas diplomáticas y lo demás 
que se acostumbra en esos casos, regresó la Legación 
a Guatemala, quedando el gobierno y el pueblo de 
Nicaragua muy agradecidos. Ya no me acordaba 
de esta Misión, que fué de tres meses, cuando una 
tarde, se anunció oficialmente el Representante de 
Alemania, en mi casa, acompañado de su Secretario, 

424 



de uniformes de ¿ala, y con toda ceremonia. No 
dejé de sorprenderme, porque mi esposa tenía amis- 
tad íntima con la señora von Bergen — muy simpá- 
tica por cierto — y yo con el distinguido Ministro 
Alemán. Venía a poner en mis manos, en nombre 
del Emperador, la Gran Cruz de la Corona Imperial 
de Prusia, con el correspondiente diploma, autori- 
zado por William Rex, como reza Ja firma autógrafa. 
Di expresivas gracias por esta condecoración, que 
es una de las más históricas del mundo. 

El general Barrios, que me dispensaba bonda- 
dosa deferencia, quedó complacido y me mandó 
pagar, fuera de mis sueldos que eran quinientos 
pesos oro mensuales, mil pesos más, de gastos de 
representación hechos en Nicaragua por el personal 
guatemalteco. 

El 8 de enero de 1879, fui electo popularmente 
Magistrado Fiscal de la Sala 1* de Apelaciones, cargo 
que estuve desempeñando hasta el 21 de septiembre 
de 1882. Frecuentemente veía yo al presidente, 
quien no intervenía en los tribunales de justicia; 
pero sí me confiaba algunas comisiones, como la de 
elaborar las leyes de Municipalidades y Jefes Polí- 
ticos, que fueron redactadas por mí; y una vez re- 
visadas, por los -licenciados don Manuel J/ Dardón 
y don Antonio López Colón, las promulgó sancio- 
nándolas el gobierno, y por mucho tiempo estuvieron 
vigentes. Cuando se decretaron, mandó pagarme el 
presidente, espontáneamente, mil pesos. 

Una tarde, que visitaba a don Rufino, entró un 
coronel, a darle parte que todo estaba listo para las 
cinco de la mañana del día siguiente, a efecto de ir 
a Amatitlán. "¿Quiere usted, amigo Batres — me 

425 



dijo — acompañarme en esta expedición? Volveremos 
pasado mañana, y sólo iré con Andrés Téllez y con 
usted." "Con mucho gusto, — contesté — estaré 
listo antes de la horaiijada." "No traiga nada — me 
respondió — que aquí tendrá caballo bueno, ya ensi- 
llado." A las cinco en punto salimos solos los tres, 
sin edecanes ni criados. Por la cuesta, se reventó un 
estribo de la silla que iba montando el general, y pro- 
rrumpiendo en una interjección muy castiza, dijo 
"¡ No basta ser presidente, para que tengan cuidado 
los sirvientes con los aliños", "Espérate un momen- 
to", respondió Téllez (que le tuteaba a solas). Le de- 
tuve el caballo, apeóse, y compuso luego el desper- 
fecto, sin que Barrios se bajara de la muía; pero, tal 
vez por casualidad, la arrendó de tal modo, que por 
poco atropella a Andrés, quien airado, le dijo: "¡Eso 
se saca uno por sacón; yo lo hice como amigo, y me 
echas encima el animal!" "¡ Cuidado, Batres, respon- 
dió don Rufino ; porque este Téllez cuando se pone 
bravo, es capaz de pegarnos a usted y a mí juntos !..." 
Sacó luego una pacha de cognac, sirvióle un vasito 
a Téllez, quien tomó a su salud, luego me dio otro a 
mí, y a seguida, se bebió el general el suyo, brindan- 
do por nosotros, y diciendo "vamonos todos conten- 
tos". Pasamos un buen día en Amatitlán ; porque 
Barrios cuando estaba de buen humor, era agrada- 
ble y franco, de trato comente con las personas 
que quería ; pero cuando se sulfuraba, era impe- 
tuoso, no respetaba nada. . Como amigo, generoso y 
consecuente; como enemigo, terrible. Es lo cierto, 
que Barrios, fué un hombre extraordinario, excep- 
cional, cuya influencia ha sido trascendente, en 
Centroamérica. 

426 



¿Que se cometieron desafueros? ¿Que fué una 
autocracia? No puede negarse, ya que todos los 
cambios, de carácter social, han nacido de la fuerza, 
Para combatir instituciones, para echar abajo inte- 
reses creados, para destruir obstáculos añejos, son 
inevitables tempestades, imposiciones y choques. Pa- 
ra vencer resistencias, necesítase violencia. Yo no 
trato de disculpar al general Barrios, por sus actos 
de rigor. Cuando se escriba la historia desapasio- 
nada, se hará la liquidación, entre lo mucho que hizo 
por el progreso, y sus errores y" desmanes. Empero, 
no es dable echar en olvido que aquel fué un régimen 
de transición progresista. La enseñanza popular se 
ensanchó de veras, con numerosas y muy bien do- 
tadas escuelas, como la célebre de San Francisco, 
regenteada por Nacho Figueroa, y otras muchas, en 
toda la República. La Escuela Normal, dirigida por 
el pedagogo Izaguirre, con profesores como José 
Martí y J. Joaquín Palma; la Politécnica, al frente 
de la cual estaba el inolvidable Garrido ; el Instituto 
Nacional, con todo su esplendor ; las Facultades Su- 
periores, con catedráticos ilustradísimos y dignos. 
La Corte de Justicia, bien organizada. La agricul- 
tura realmente protegida, el comercio bollante, las 
rentas suficientes. Las industrias agrícola, ganade- 
ra, caballar y pecuaria, muy mejoradas. En suma, 
el progreso, en los hechos y no en las palabras. El 
país respetado y respetable. Alta la bandera azul y 
blanco, y el gobierno sólido, con la hegemonía istme- 
ña. Esta es la verdad, mal que pese a algunos. La 
historia dará su fallo ímparcial más tarde. Yo estoy 
agradecido a su memoria. 

427 



CAPÍTULO Allí 



Estreno del primer ferrocarril en Guatemala. — 
Cuestión de límites con México. — Viaje del presidente 
J. Rufino Barrios a Estados Unidos. — Quedo yo al 
frente del Ministerio de Relaciones Exteriores. — Se 
^.restablece la buena armonía con Costa Rica. — Grave 
incidente ocurrido contra el Ministro Inglés. — El tra- 
tado con México, sobre límites con Guatemala. 



SUMARIO 

El 18 de julio de 1880, fecha memorable. — Solem- 
nidades y festejos con que se celebró la inaugura- 
ción del ferrocarril de Escuíntla a San José. — Vienen 
los Presidentes de El Salvador y de Honduras y un Mi- 
nistro Especial de Nicaragua. — El año 1882, lo que 
preocupaba al gobierno de Guatemala, era la cuestión 
de límites con México. — Va, como Plenipotenciario, el 
doctor don Lorenzo Montúfar a Washington. — Obtiene 
del Secretario de Estado, Mr. Blaine, grandes ofer- 
ías. — Asesinato del Presidente americano Garfield. — 
Consecuencias que este crimen tuvo en perjuicio de 
Guatemala. — Viaje del Presidente Barrios a los Es- 
tados Unidos. — Mal éxito de las negociaciones. — Es- 
tuve, durante diez meses, al frente de la Secretaría de 

428 



Relaciones Exteriores, en lugar del doctor Fernanda 
Cruz. — Ruidosa renuncia del doctor Montúfar, como 
Plenipotenciario de Guatemala en Washington. — Otros 
sucesos de importancia, acaecidos en aquella épo^a 
azarosa. — El tratado de Guatemala con México. 



El 18 de julio de 18S0, será siempre fecha fausta 
y memorable, en Guatemala ; porque ese día se ve- 
rificó la popular fiesta del progreso, con motivo de 
inaugurarse la línea férrea, que enlaza la ciudad de 
Escuintla con el puerto de San José. Decir que éste 
era el primer ferrocarril que se estrenó en Gua- 
temala, es encarecer el júbilo con que se escuchara 
el silbido de la locomotora, que resonó en los cam- 
pos, nueve años antes asolados por la guerra civil. 

El 17 llegaron a Amatitlán, el general J. Rufino 
Barrios, Pi^sidente de la República, los Ministros 
del Gobierno, los Magistrados del Supremo Tribu- 
nal de Justicia, los miembros del Consejo de Estado, 
los miembros del Cuerpo Diplomático, un lucido sé- 
quito de funcionarios públicos, y muchos particula- 
res. La ciudad de Amatitlán, así como la de Escuin- 
tla, se hallaban lujosamente engalanadas, para re- 
cibir a los distinguidos visitantes, con entusiastas 
muestras de patriótico regocijo. 

El día 18, tuvo efecto el estreno del ferrocarril, 
precediendo al acto un lunch, con que la Empresa 
obsequiaba a la comitiva, y en la cual, como en el 
banquete del día anterior, se brindó calurosamente 
por la felicidad del país y por el Gobierno, que daba 
evidentes pruebas de ser progresista. La estación 
estaba adornada con primor; y de ella partió el tren, 

429 



•n m#dio á% una salva de aplausos y atronadores 
bravos, manifestación espontánea de entusiasmo, 
que rayaba en los limites del frenesí. Hora y media 
después de su salida, llegó el convoy al puerto de 
San José, y los viajeros saludaron las azuladas ondas 
del Pacifico, poseídos de verdadero júbilo, por el 
fausto suceso que se solemnizaba. Allí, los expedi- 
cionarios fueron sorprendidos por el más espléndido 
recibimiento, y cordialmente obsequiados, por la 
Compañía del Ferrocarril, con una comida, en que 
reinó el buen gusto y la alegría de todos. 

El vapor "Honduras", que conducía a los pre- 
sidentes de El Salvador y de Honduras, con sus res- 
pectivos séquitos, ancló en el puerto, a las cuatro 
de la tarde ; y al día siguiente 19, muy de mañana, 
los jefes de las repúblicas hermanas, gran número 
de empleados superiores, y muchas personas impor- 
tantes, se estrechaban en fraternal abrazo, y eran 
agasajados por la Compañía Constructora del Mue- 
lle, que les ofrecía otro magnífico almuerzo. En- 
tonces se cruzaron vivas protestas de amistad y con 
cordia, si más graves ante la imponente majestad del 
océano, también más agradables, como pronunciadas 
al murmullo de las olas y recogidas por la suave 
brisa del mar. ¿ Quién hubiera previsto los suce- 
sos ulteriores?. . . 

Al día siguiente, esta capital de Guatemala, de- 
corada y bulliciosa, recibía a los Presidentes de El 
Salvador y de Honduras, doctores don Rafael Zal- 
dívar y don Marco Aurelio Soto, a quienes se ofreció 
honrosa acogida, como correspondía a la buena amis- 
tad ^ inteligencia que ligaban al general Barrios, 

430 



con aquellos personajes, hechura suya; y que ni ellos 
mismos presentirían que, en un porvenir próximo, 
se hubiesen de encontrar en guerra lamentable. La 
política, como el mar, es veleidosa y tornadiza ; se- 
mejante a la rueda de la Fortuna, que va girando 
sin cesar, y tritura lo más encumbrado, y desbarata 
gobiernos y celebridades, que pasan a la historia. En 
el torbellino de los sucesos, todo se transforma. . . 

El 19 de julio de 1884, entró por. vez primera la 
locomotora a esta capital de Guatemala, habiendo 
sido la empresa americana de Nanne y Schelessin- 
ger, la que llevó a cabo la vía férrea, sin sacrificios 
para el país. Aquel día, digno de recordación, hubo 
fiestas solemnes y público regocijo. Fué, y será una 
fecha memorable. 

Pero antes de aludir a tan fausto suceso, es pre- 
ciso volver la vista atrás, y recordar que, por el año 
1882, lo que más preocupaba al gobierno era la 
cuestión de límites con México. Fué enviado a 
Washington, por Guatemala, como Plenipotenciario, 
el doctor don Lorenzo Montúfar. Comenzó, este 
diplomático, a tratar el asunto, con el notabilísimo 
Secretario de Estado, Mr. Blame, quien veía de reojo 
a don Matías Romero, Ministro mexicano. Era el 
estadista yankee, hombre nervioso, alto, delgado, elo- 
cuente orador, de gran imaginación y perspicacia, 
vivo de carácter, mirada penetrante y barba canosa. 
No podía estar sentado mucho tiempo, ni gustaba 
de largas manifestaciones. Iba al grano derecho y 
pronto. De un golpe certero abarcaba cualquiera 
cuestión; por lo demás, muy cortés y caballeroso. 
Cuando el doctor Montúfar — por medio de intér- 
pretes — le habló, demostrándole históricamente los 

431 



incuestionables derechos de Guatemala, hubo de 
interrumpirle el gran canciller, diciéndole : "Es sen- 
cillo, señor Ministro, arreglar el asunto. No tiene 
usted sino proponer que los Estados Unidos sean 
arbitros en la cuestión; yo haré que México acepte 
el arbitramiento; y sé que la justicia está en favor 
de Guatemala; harto conozco los antecedentes. 
Además, convendría, bajo todos conceptos, llevar a 
cabo la Unión de Centroamérica. Mi gobierno apo- 
yará al general Barrios, como presidente de éllaf 
porque es el hombre de grandes impulsos y presti- 
gios, para el caso". Nunca se había presentado a 
un diplomático coyuntura tan propicia. Se le daba 
más de lo pedido, y se le abría el camino sin estro- 
piezos. La idea de Blaine, era mantener la paz en 
el hemisferio occidental y tener en jaque a la repú- 
blica mexicana, previendo todo lo que podía suceder 
en lo futuro. Mas de ello sea lo que se quiera, fué 
lo cierto, que el doctor Montúfar dirigió inmediata- 
mente una extensa nota a la Secretaría de Relacio- 
nes Exteriores de Guatemala, de la cual nota con- 
servo copia, dando cuenta del triunfo, y agregando 
que le había costado obtenerlo. Pero en este mundo, 
y sobre todo, en la política embrollada de nuestros 
países, no puede contarse con el factor fatal e im- 
previsto, "el Destino"; ni siquiera con los corolarios 
de la lógica, ya que es lo que menos influye en nues- 
tros fenómenos históricos, que sobrevienen de re- 
pente. Sucede lo que Dios quiere; y por eso los 
conservadores, del siglo pasado, pusieron en el es- 
cudo oficial: "Sub Dei Optimi Maximi Protectio- 
ne". Y sin embargo, "el Mejor y más Grande de los 
Dioses", nos ha dejado de su poderosa mano, en 

432 



muchas ocasiones. Del paganismo viene la leyen- 
da; y aquí acontecen las cosas más extrañas y tras- 
cendentales, por chiripa (casualidad). 

Así fué — ¿quién lo creyera? — que una bala 
traidora, viniese a torcer todo lo que contenía la 
nota de nuestro Ministro en Washington. Cayó he- 
rido, en la gran estación del ferrocarril de Pensilva- 
nia, el Presidente Garfield, asesinado por un abo- 
gado de Chicago, de apellido Guiteau, el 2 de julio 
de 1881 ; y el infortunado Presidente murió pocas 
semanas después. Entró en el acto, por la ley, el 
Vicepresidente, Mr. Arthur, saliendo Mr. Blaine de 
la Secretaría de Estado, y quedando en su lugar, 
Mr. Frelínghuisen, americano, alto, robusto, de se- 
senta y siete años, muy serio, de temperamento 
opuesto al de su antecesor ; circunspecto y en extre- 
mo reflexivo. A todos esos personajes los conocí, 
y tuve oportunidad de tratarlos muy de cerca. 

Pasó el duelo, y a los diez días, presentóse el 
doctor Montúfar, acompañado de su intérprete, el 
señor Camacho Roldan — muy conocido en Wásh- 
ngton, por el sobrenombre dé Fígaro Diplomático — a 
hacer una vista oficial al nuevo Secretario de Es- 
tado. 

Conviene advertir, que ese exministro diplomá- 
tico de Venezuela en Washington, Camacho Roldan, 
senhallaba en gran inopia, sin poder regresar a su 
tierra, a causa de un cambio de gobierno, que le era 
hostil. Don Matías Romero, con astucia, pagándole 
bien, lo puso a sus órdenes, para que sirviese de in- 
térprete al doctor don Lorenzo Montúfar. Como el 
doctor y el exdiplomático vivían en el hotel Arling- 

433 



ton, y se trataban con frecuencia, le fué fácil obte- 
ner benévolamente, y mediante habilidosa súplica, 
lo que deseaba, sin poder sospechar don Lorenzo 
— caballero de buen corazón, inteligencia y honorabi- 
lidad — la celada que se le tendía ; y que no era de 
presumirse. 

El doctor Montúfar y Camacho Roldan, llega- 
ron, pues, al suntuoso edificio del Departamento de 
Estado, que apenas dista pocas cuadras del Ar- 
lington, al través de uno de los muchos parques que 
tanto hermosean la linda capital americana. Des- 
pués de los cumplimientos de estilo, pronunció el 
doctor un discurso, manifestando : "que el carácter 
esencial de la política inglesa, desde los tiempos de 
Cromwell, era la consecuencia de orientaciones y 
principios, como había venido sucediendo también, 
desde los memorables días de Jefferson y Davis, en 
la patria de Washington ; que el estadista Mr. James 
G. Blaine, le había ofrecido recientemente, que los 
Estados Unidos intervendrían, como arbitros, en la 
cuestión de Guatemala con México, para que este 
país entrara en el arbitramiento; que Chiapas y So- 
conusco, serían devueltos a Guatemala; que el ge- 
neral Barrios sería apoyado por el Gobierno Ameri- 
cano, como jefe dé Centroamérica, por cuya unión 
simpatizaba la gran República ; que esperaba que el 
nuevo y digno Secretario de Estado, estaría inspi- 
rado por las mismas ideas de su antecesor." Con 
toda la prosopopeya avinagrada que el sajón Mr. 
Frelinghuisen tenía, contestó, después de oír la ver- 
sión inglesa, hecha por Camacho Roldan : "El go- 
bierno de Mr. Arthur no puede ofrecer eso. Si 
México acepta voluntariamente el arbitmmien,to, 

434 



también los Estados Unidos aceptarán proceder co- 
mo arbitros, en la cuestión de límites ; pero sin com- 
prometerse a nada ulterior. Chiapas y Soconusco 
se darán al que apareciere tener el mejor derecho 
sobre ellos. En cuanto a la Unión de Centroamérica, 
sería grato para mi gobierno, que se llevase a cabo 
espontáneamente ; pero no podemos apoyar al que 
sea presidente, esa es cuestión de los pueblos ; y 
nosotros no estamos en disposición de intervenir 
en negocios internos de aquellos países". Tradujo, 
en el acto, Camacho Roldan tales conceptos, del in- 
glés al español, poco más o menos del modo siguien- 
te : "Dice Mr. Frelinghuisen, que tiene las mismas 
ideas que su antecesor, y que puede el señor Minis- 
tro de Guatemala, estar seguro de que respetará las 
ofertas que se le han hecho anteriormente, obrando 
Mr. Arthur en los mismos términos convenidos con 
el anterior Secretario de Estado. Que se complace 
en devolver, con aprecio, el saludo que le trae esta 
visita ; y que tendrá gusto en tratar los asuntos con 
el señor doctor Montúfar. Que cree que pronto se 
podrá resolver la cuestión de límites con México ; y 
se apoyará al general Barrios en la jefatura de la 
Unión Centroamericana, formada de una feliz con- 
federación". 

Despidiéronse, del Secretario de Estado, Mon- 
túfar y el felón Roldan, satisfecho el doctor de que 
no se hubiera cambiado la oferta del triunfo para 
Guatemala ; y el intérprete, muy orondo de la infa- 
mia cometida, cumpliendo las instrucciones que lle- 
vaba. Barrios y Romero se habían conocido en 
Chiapas, y posteriormente vino este notable mexi- 
cano a Guatemala, por algunos negocios, y ambos 

435 



se trataban como amigos; pero después chocaron en 
intereses, y hasta se quejaba don Matías de que 
don Rufino había mandado quemar un cacaotal que 
en Soconusco tenía. 

Ello es lo cierto, que el doctor Lorenzo Montúfar 
se apresuró a escribir un oficio, diciendo al Secre- 
tario de Relaciones Exteriores, doctor Fernando 
Cruz, que, merced a varias gestiones, había obtenido 
que el gobierno nuevo de la Casa Blanca, ratificara 
el convenio verbal hecho con Mr. Blaíne. Que fe- 
licitaba al general Barrios y a Guatemala, por aquel 
triunfo, debido, más que todo, al elevado concepto 
que en los Estados Unidos se tenía del libertador y 
reformador de la América Central. 

Recuerdo que llamó entonces don Rufino al 
padre Arroyo, al .licenciado don Manuel J. Dardcn 
y a otros de sus amigos, para que concurriesen al 
Consejo de Ministros, en el cual sin dar a conocer 
del todo la situación de Washington, respecto al im- 
portante negociado, ni mencionar absolutamente lo 
de la Unión Centroamericana, el doctor Cruz, expuso 
la conveniencia de que fuera el general Barrios a 
aquella capital, a concluir el asunto. Con la suspi- 
cacia y viveza que tenía don Rufino, ha de haber 
temido que se torciera tan propicia oportunidad, 
para Guatemala, y tan favorable para él,, que sería 
el jefe de la Unión Centroamericana. Aprobaron to- 
dos tal resolución y quedó decidido el viaje de Ba- 
rrios, acompañado de los doctores Arroyo y Cruz, 
sin mencionar otros de la comitiva. Si no hubiera 
sido esa seguridad, es claro que ninguno de todos, 
que eran personas de buena inteligencia y cordura, 

436 



se habrían aventurado a dejar Guatemala, y lan- 
zarse a lo que pudiera volverse gran fracaso, aven- 
tura inconsulta, como vino a resultar. 

El 20 de septiembre de 1882, fui llamado por el 
general Barrios, quien dándome una señalada mues- 
tra de confianza, me dijo : "He designado a usted 
para que desempeñe el Ministerio de Relaciones 
Exteriores, con amplias facultades ; el presidente, ge- 
neral José María Orantes, que quedará en mi lugar, 
lo estima a usted, y las circunstancias son difíciles. 
Forme una clave, que será la que yo lleve, y que 
nadie lo sepa". Yo rendíle mis agradecimientos 
expresivamente, tomándome, al mismo tiempo, la 
libertad de decirle : "Lo único que temo es que don 
Martín Barrundia querrá sobreponerse". "Tiene or- 
den mía — me dijo el general Barrios — de no mez- 
clarse en los asuntos del cargo de usted, y de consi- 
derarlo mucho, en todo y por todo." El 22 del mes y 
año mencionado, me hice cargo del Ministerio, y al 
dar parte al Cuerpo Diplomático y al Consular, los 
invité para hacer al Presidente de la República, ge- 
neral Orantes, la visita usual de cortesía. 

A las once de la mañana del día siguiente, se 
reunieron los ministros extranjeros y cónsules, en 
el salón de la Secretaría de Relaciones. Cuando les 
supliqué pasar a la sala presidencial del palacio, el 
decano, general Loayza, plenipotenciario de México, 
que estaba colérico, porque poco tiempo antes, el 
presidente Barrios lo había recibido, en el acto de 
entregar las credenciales, sin ponerse en pie, me 
dijo: "Dispense V. E., el excelentísimo señor pre- 
sidente Orantes, ¿nos recibirá sentado o de pie?" 

437 



En el acto le contesté: "El Jefe del Ejecutivo reci- 
birá al Honorable Cuerpo Diplomático y al Consular 
como corresponde". Al llegar a la sala de recepcio- 
nes, entraba precisamente el nuevo presidente, por 
una puerta lateral, y con la mayor gentileza, vino a 
saludar a cada uno de los ministros y cónsules, ocu- 
pando en seguida, el sillón de honor. Se pronuncia- 
ron los discursos del caso ; conversó el presidente, 
muy amable, con el decano del Cuerpo Diplomático ; 
y pasada la ceremonia, volvieron los ministros y 
cónsules a la Secretaría de Relaciones Exteriores ; 
en donde fueron obsequiados con una copa de cham- 
pagne. Antes me dirigí al Plenipotenciario mexica- 
no, preguntándole amablemente "si había tenido 
algo qué extrañar en la recepción que acababa de 
verificarse". "Mucho que agradecer, nada más", 
me contestó. 

Cuando don Rufino llegó a Nueva Orleáns, fué 
a la estación a recibirlo, el doctor Montúfar, acom- 
pañado de otras personas ; y según me refirió mi 
compañero de estudios, el doctor Fernando Cruz, 
con quien yo tenía intimidad, dijo don Lorenzo, des- 
pués de abrazarse afectuosamente con el general: 
"¡Señor Presidente, los tamales están servidos en 
la mesa!". A lo cual repuso Barrios: "Nos los co- 
meremos todos juntos". . . Esto me lo refirió el doc- 
tor Cruz, textualmente. Cuando llegaron a Wash- 
ington, y después de las visitas de estilo, que recibió 
el Presidente de Guatemala, fué acompañado por el 
doctor Arroyo, el mismo doctor Fernando Cruz, y el 
intérprete don Jacobo Baiz, que era Cónsul de Gua- 
temala en Nueva York, a ver al Secretario de Estado. 

438 



Así que Barrios, por medio del intérprete, le dijo lo 
del arbitramiento, y lo de la Unión Centroamerica- 
na, contestó Mr. Frelinghuisen : "'que no habia tal 
convenio", e hizo la explicación de lo ofrecido al doc- 
tor Montúfar. Por tres veces insistió el mismo Ba- 
rrios ; y al oír Cruz (que hablaba inglés) lo que pa- 
saba, le dijo, en voz baja y en español: "Nb insista 
más, vamonos". Ya afuera, se encolerizó Barrios; y 
al volver al hotel "Arlington", hizo llamar a Montú- 
far. Al verlo en el salón, no pudo contenerse; quiso 
arrojarse sobre él; pero Arroyo se interpuso, mien- 
tras don Lorenzo se pudo retirar. Después don Ma- 
tías Romero hizo que Montúfar renunciara la repre- 
sentación de Guatemala, en nota que decía: "Por 
no estar de acuerdo en varios puntos de la política 
centroamericana con el general J. Rufino Barrios ; y 
no pudiendo soportar por más tiempo, los malos 
tratamientos que acostumbra dar a sus leales servi- 
dores, renuncio el cargo de Enviado Extraordinario 
y Ministro Plenipotenciario de Guatemala en 
Washington; protestando mi lealtad a Centroamé- 
rica. (f) Lorenzo Montúfar". Un ejemplar envjó al 
general Barrios, y otro igual a la Secretaría de Re- 
laciones Exteriores, aquí en Guatemala. Yo tuve la 
pena de refrendar el acuerdo presidencial siguiente : 
"Rechazando los calumniosos motivos en que fun- 
da el doctor don Lorenzo Montúfar la renuncia de 
Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario 
de Guatemala en Washington, el Presidente de la 
República, tiene a bien admitírsela. Rubricado por 
el Presidente, general Orantes, (f) A. Batres Jáu- 
regui." 

439 



En realidad, el doctor Montúfar no procedió de 
mala fe; pero resultó engañado, aunque siempre 
fué caballeroso. El general Barrios y su comitiva, 
quedaron en difícilísima posición. Después de con- 
ferenciar con Arroyo y Cruz, dispuso don Rufino ir 
a hablar con don Matías Romero, quien los recibió 
con la mayor cortesía, con la más estricta ceremonia, 
como si nunca los hubiera conocido. Fastidiado el 
general Barrios de tanta atención y caravanas, le 
dijo : "Yo quisiera hablar francamente con usted, y 
dejarnos de cumplimientos, ya que bastante nos he- 
mos tratado". Entonces contestó Romero: "Cuando 
estemos a solas, no tengo inconveniente en acceder 
a sus deseos. En estos momentos, me honro en re- 
cibir una visita oficial". Pocos minutos después, se 
retiraron Arroyo y Cruz, quedándose solos el general 
Barrios con el licenciado Romero. "Bueno, don Ma- 
tías — dijo el primero — hablemos como amigos ; si 
usted está dispuesto, ya conoce mi carácter". "Pero 
¿cómo quiere^usted que proceda como amigo suyo 
— le Contestó Romero — si usted mandó quemar mi 
caca'otal Juárez, que valía más de cien mil pesos?" 
"Yo no lo mandé quemar — respondió Barrios — y 
creo que valía mucho menos; pero, en todo caso, 
podemos arreglar ese asunto." Por último, después 
de una ligera discusión, convinieron en que Barrios 
le daría ochenta mil dólares, por medio de un che- 
que, que don Jacobo Baiz me aseguró haber sido 
pagado por él. Advirtió don Matías, que eso no lo 
comprometía absolutamente, a hacer nada en contra 
de los intereses de México^ sino simplemente a dar 
facilidades, para que Barrios no saliera desairado. 

440 



Procedieron después, a hacer un tratado harto 
lamentable, de cesión de Chiapas y Soconusco ; en el 
fondo, reconociendo lo que estaba en posesión de 
México, y fijando la manera de trazar la línea divi- 
soria. Para el caso de alguna dificultad, se estipuló 
que serían arbitros los Estados Unidos. Esta cláu- 
sula era la única que, en algo podía salvar a Gua- 
temala. En cuanto se concluyó dicho tratado, sujeto 
naturalmente a la ratificación de ambos países, se 
fué Barrios a Europa, sumamente disgustado, y sin 
salir casi del camarote, durante el viaje. Entre tan- 
to, fué aprobado el tratado, por el Gobierno de 
México ; pero suprimiéndole la mencionada cláu- 
sula del arbitramiento. Cuando llegó al Ministerio 
de Relaciones Exteriores dicho tratado, comparé la 
copia con el original, que ya había recibido, y noté 
la supresión. Hubo que esperar el regreso del ge- 
neral Barrios, para someter el tratado al estudio de 
la Asamblea Nacional. 

El tratado de límites con México ya ha sido juz- 
gado como muy desfavorable para Guatemala. Las 
circunstancias no permitían otra cosa. En todo 
caso, la gratitud que yo debo, en lo personal, a la 
memoria del general Barrios, me obliga a no hacer 
más que consignar los hechos cual pasaron. Yo no 
tuve participación directa en ese asunto, que siempre 
he deplorado, como guatemalteco. 

Durante diez meses, que tuve a mi cargo el 
Ministerio, no hubo ningún incidente notable. Sin 
embargo, creo que vale la pena de referir dos hechos, 
que presentan algún interés. Hacía poco tiempo 
que se había recibido en audiencia pública, al Ple- 

441 



nipotenciario de la Gran Bretaña, Mr. Saint Jhon, 
diplomático de relevantes antecedentes y caballero 
de unos sesenta años de edad, casado recientemen- 
te con una joven, de diez y ocho años, de complexión 
rubia y tipo irlandés. Por obsequiarle, di una co- 
mida diplomática, en mi casa de habitación, 8 ? calle 
oriente, número 24. El Ministro inglés, llevó a mi 
esposa a la mesa, y yo acompañé a la señora de este 
personaje, al puesto de honor. Apenas comenzado 
el banquete, sobrevino un vértigo ligero a Mrs. Saint 
Jhon, que estaba grávida. Mi mujer la llevó a su 
dormitorio, y ahí se repuso, al rato, volviendo a la 
mesa, y mostrándose contenta. Concluía la comida, 
se despidió el Ministro británico, rindiendo mil ex- 
cusas y suplicando que, sin que se dieran cuenta los 
demás invitados, se le permitiera retirarse. Así se 
hizo, y continuó la soirée, por algunas horas más. 
Desgraciadamente, en la calle, sobrevino un per- 
cance, que pudo acarrear trascendentales y serias 
dificultades. Al llegar el carruaje del Ministro, a la 
esquina nordeste de la plaza de armas, fué detenido 
por una escolta, que brutalmente hizo bajar a la 
señora, y tiró de un brazo al Representante de su 
Majestad británica. Como no hablaban español, 
Mr. Saint Jhon ni su esposa, no podían entenderse ; 
al fin, los soltaron los soldados. Nada supe yo del 
atropello, hasta que al día siguiente, que llegué al 
Ministerio, y el Subsecretario me manifestó que ha- 
cía rato estaba ahí el Ministro inglés, con aire muy 
preocupado. Di orden de que entrara inmediata- 
mente. Me saludó, pálido, trémulo y visiblemente 
enojado. Me refirió el suceso, y con la mayor sor- 

442 



presa, le contesté : "Es de tal naturaleza lo ocurrido, 
y se trata también de la distinguida señora de V. E., 
que tuvo que retirarse de mi casa, por enferma ; que 
no debo discutir nada, sino que deplorando vivamen- 
te el caso, Your Excellency commands, and I obey". 
Mi sinceridad calmó mucho al Ministro, quien res- 
pondió : "Lo primero que querría yo saber es la causa 
de semejante atentado". "Tiene V. E. razón, le con- 
testé, y yo ansio lo mismo. Permítame un momento, 
y estaré de regreso, para explicarle lo que haya sobre 
el particular". Fui a hablar con el Ministro de la 
Guerra, general Barrundia, y me manifestó que, 
para capturar a un individuo sospechoso, había or- 
denado registrar los carruajes de alquiler que pa- 
saran. "¡ Ah — le dije — ya usted está viendo a lo que 
conduce semejante modo.de proceder!" "Iré — repu- 
so — a dar una satisfacción a Mr. Saint Jhon; el 
caso es grave, y puede sobrevenir algo desagrada- 
ble." Nos fuimos ambos a conferenciar con el Minis- 
tro británico, quien recibió con sequedad a don 
Martín, que hizo lo posible para darle satisfacción. 
En cuanto se retiró Mr. Saint Jhon, me fui a casa; 
y mi esposa arregló un lujoso vestido de india, he- 
cho de seda que le habían regalado, como obsequio 
de Quezaltenango ; además, un gran ramo de uvas 
y un ramillete de violetas ; todo lo cual, con cariñosa 
tarjeta, se lo envió a la señora del Ministro inglés, 
preguntándole a qué hora estaría visible, en su casa, 
para ir a saludarla. Se hallaba en la legación Mrs. 
Saint Jhon, cuando llegó la criada, con el regalo ; le 
hizo entrar, para probarse el traje, que le encantó, 
al verse en el espejo. El representante británico, ya 

443 » 



contento, dirigió una nota amable a mi mujer, dán- 
dole muy expresivas gracias y suplicándole, que 
conmigo, tuviera la gentileza de acompañarlos a to- 
mar el té a las cinco de la tarde, en el concepto, que 
deseaba no se hablara más de la ocurrencia del ca- 
rruaje, ni se castigara a nadie. Después Mr. Saint 
Jhon, y su joven esposa fueron muy buenos amigos 
nuestros. 

Por ese tiempo vino de Costa Rica, el prestigia- 
do jurisconsulto don León Fernández, historiador 
distinguido, que había hecho en Guatemala sus es- 
tudios, a proponer, en lo particular, el restableci- 
miento de las relaciones con aquella república 
hermana, que hacía algún tiempo, el presidente Ba- 
rrios, había cortado. Con toda reserva, le dirigí 
un cablegrama en cifra, que me contestó accedien- 
do a los deseos de dicho gobierno; pero sin dejar 
entender que era con su anuencia, sino que lo hacía 
espontáneamente el general don José M. Orantes. 
Así se verificó, publicándose — de mutuo acuerdo, 
entre ambos países- — el 15 de septiembre, un De- 
creto, en San José de Costa Rica, y otro igual aquí 
en Guatemala, abriendo las relaciones ambos gobier- 
nos entre sí. Recuerdo que Barrundia se # oponía, 
alegando que, de seguro, iba a caer muy mal al ge- 
neral Barrios ese paso ; pero el presidente Orantes, y 
los demás ministros accedieron. Por último, don 
Martín suscribió el Decreto, expedido en Consejo 
de Gabiente. ^ 

Cuando regresó el general Barrios de su viaje, 
en abril de 1883, después de nueve meses de ausen- 
cia, fuimos los ministros, y muchos particulares, a 

444 



encontrarlo al puerto de San José. Subimos a bordo 
del buque, y casi no saludó a Barrundia, mostrán- 
dose muy amable con todos los demás. Al pasar por 
el muelle, hasta el ferrocarril, me dio el brazo, dis- 
tinguiéndome particularmente. "Muy satisfecho es- 
toy de usted — me dijo — y quiero que pronto se vaya, 
como Ministro de Guatemala a Washington; y si 
es posible, que lleve la representación de todo Cen- 
troamérica, que creo es dable conseguir". Al si- 
guiente día, que asumió el mando, como presidente, 
llegué a verlo ; y habiéndole manifestado que el doc- 
tor Cruz ya había venido, y era el Ministro de Rela- 
ciones Exteriores, me contestó: "Dejemos que des- 
canse un poco más, quédese usted conmigo, y vaya 
arreglando su viaje". 

En ese intervalo, llegó como Plenipotenciario 
de los Estados Unidos Mr. Hall, y estuve en la cere- 
monia de la recepción. Minutos antes de la hora 
señalada, pasé a saludar a don Rufino, y a mostrarle 
el discurso de contestación "Debe ser muy bueno, 
— me replicó — y lo oiré cuando usted lo lea". Como 
noté que Barrios tenía puesto un saco (americana) 
corto, le dije, "sería bueno, si le parece, que se pu- 
siera su levita". "Hombre — contestó — vamos a ver 
si hay alguna buena". Me llevó a su guardarropa, y 
sacando una, de varias que había, se la puso, y me 
dijo: "¿No estará muy corta? porque siempre reco- 
miendo que me las hagan largas". "Está muy bien", 
le contesté. Y fuimos a su cuarto, mientras llegaba 
el aviso de pasar al palacio. Entonces se dirigió 
a un armario, sacó una cajita azul, y dándomela, 
agregó : "Es un anillo, que traje para usted ; no vale 

445 



gran cosa, pero es recuerdo de amigo". Le di mis 
expresivos agradecimientos. Era un brillante, que 
valia mil dólares, y que conservo con cariñosa grati- 
tud. Jamás el general Barrios, en lo mucho que lo 
traté, tuvo para conmigo ninguna manifestación de 
enojo. Después me habló, muy decepcionado de su 
viaje, y agregó: "¿Qué le parece, que en el tratado 
que vino de México, quitaron la cláusula referente 
al arbitramiento de los Estados Unidos?" "Lo con- 
sidero tan grave —le contesté — que tal vez seria 
bueno que los señores Arroyo, Cruz, Dardón y algún 
otro que a usted le parezca, se reunieran con usted, 
para conferenciar sobre ese punto, harto delicado." 
"Cítelos, pues — me respondió — para que vengan 
hoy, a las cuatro de la tarde, y llame también a don 
Manuel Echeverría". Se celebró la conferencia, y el 
primero que dio su parecer, invitado por el presi- 
dente fué el mismo señor Echeverría, diciendo que, 
aunque aquella circunstancia fuera suficiente para 
que Guatemala no aprobara el pacto, que con notoria 
mala fe se había mutilado; pero, que atendiendo el 
cariz que guardaba el asunto; y una vez había sido 
con la intervención personal del Plenipotenciario de 
Guatemala en México, tal vez era menos malo, pa- 
sarlo sin escándalo a la Asamblea Legislativa; pa- 
ra que, con libertad, decidiera lo que le pareciera. 
Esa opinión prevaleció, habiéndola aceptado todos, 
después de hablar largamente. Pocos días más tar- 
de, el Poder Legislativo, dio su aprobación a dicho 
tratado, perjudicial a Guatemala. 



446 



CAPÍTULO AIV 

1883 ' 

Legación de Centroamérica en Washington 

SUMARIO 

El Presidente de El Salvador, el de Honduras y un 
Representante del de Nicaragua, vinieron a visitar al 
Presidente de Guatemala, general Barrios. — Fui nom- 
brado, por las cuatro repúblicas, Ministro Plenipoten- 
ciario en Washington. — Mi viaje a El Salvador y a 
California. — Mi recepción en la Casa Blanca.— «Contrato, 
para Guatemala, al notable astrónomo Miles Rock. — 
Obtengo del Congreso la admisión como cadete, en la 
Academia Militar de West Point, del joven Antonio 
Barrios. — Mi íntima amistad con José Martí. — Recla- 
. mación de cien mil dólares. — Llegada del Presidente 
doctor Zaldívar a los Estados Unidos. — El Canal de 
Nicaragua. — Tratado Zavala-Frelinghuisen. — Anuncio al 
general Barrios la celebración de ese pacto asegurándo 1 e 
que no lo aprobaría el Congreso de los Estados Unidos. 
— Concibe, el mismo general, la idea de ia Unión 

447 



Centroamericana, para contrarrestar los propósitos im- 
perialistas de dicho tratado, que daba intervención 
jurisdiccional a los Estados Unidos, cediéndole parte 
del territorio centroamericano, y haciendo alianza 
ofensiva y defensiva con Nicaragua. — Bromas al ge- 
neral don J. Víctor Zavala. — Rasgos del carácter su- 
perior de Barrios. 



Vinieron a Guatemala, como se ha indicado ya, 
el doctor don Rafael Zaldívar, Presidente de El Sal- 
vador, el doctor don Marco Aurelio Soto, compañero 
y muy amigo mío, Presidente de Honduras, y un 
Plenipotenciario de Nicaragua, a visitar al general 
Barrios, quien en un banquete arregló que yo lle- 
vara la representación diplomática de las cuatro re- 
públicas centroamericanas, ante la Casa Blanca; y 
efectivamente, recibí las respectivas credenciales, 
menos la de El Salvador, porque el Presidente Zal- 
dívar, con galantería, me invitó a que visitase la 
capital cuscatleca, para obsequiarme y extenderme 
la autógrafa; correspondiendo, de algún modo, las 
atenciones del general Barrios. Quedó convenido 
que, al pasar el vapor por Acajutla,- entraría yo, por 
quince días, a la metrópoli salvadoreña, a fin de con- 
tinuar después mi viaje a los Estados Unidos. 
También me hubieran dado la representación de 
Costa Rica ; porque precisamente estaba allí, de 
Ministro de Relaciones Exteriores, mi inolvidable 
primo, el doctor Rafael Machado Jáuregui; pero no 
fué posible, porque entre esa república y la de Nica- 
ragua, había a la sazón gran desavenencia. 

448 



Durante dos semanas, estuve en San Salvador, 
obsequiado y atendido. El Presidente Zaldívar era 
gentil, y me recibió con agasajos. Mandó que, como 
huésped de honor, me prepararan habitaciones en el 
hotel que tenía don Egistro Petrilli, simpático amigo 
mío. Disfrutaba yo de muchas relaciones, que me 
hicieron sumamente grata la permanencia en ese 
país hermano, de donde era originaria mi abuela, 
doña Juana Cóbar de Jáuregui, y en donde había 
nacido mi inolvidable madre, doña Beatriz Jáure- 
gui de Batres. 

El 2 de mayo de 1883, hice el viaje, vía Cali- 
fornia, a los Estados Unidos, en unión de mi esposa, 
y llevando a mi primogénito hijo Carlos, que enton- 
ces contaba tierna edad. Nos fuimos por la vía de 
San Francisco California ; estuvimos quince días en 
esa preciosa ciudad ; nos hospedamos en el Hotel 
Palace, que entonces tenía gran fama. Tomamos el 
tren, y pasamos por el país de los mormones ; cono- 
cimos la rara ciudad del Lago Salado; contempla- 
mos las Montañas Rocallosas, que ostentan gran 
magnificencia, e hicimos la larga travesía, hasta 
llegar a Nueva York. 

En San Francisco estaban, por entonces, algunos 
amigos míos, Salvador Herrera, Ramón Salazar, Ma- 
nuel Cárdenas, Manuel Mejía Barcenas, y varios 
otros, cuyos nombres no recuerdo. Los que he men- 
cionado, nre insinuaron la idea de que hiciera una 
visita al Gobernador de la ciudad, y le pidiese un 
agente de policía, para poder efectuar una jira noc- 
turna al Barrio Chino. Fui, en efecto, y aquel alto 
funcionario me recibió muy bien, considerando los 
cargos diplomáticos de que iba investido. Me ofreció 

449 



sus servicios benévolamente, y yo le di las gracias, 
manifestándole el deseo de llevar a cabo aquella 
excursión, con mis amigos. Le indiqué la noche que 
pensaba verificarla; y me contestó, que con el mayor 
gusto enviaría un sargento de policía, que hablaba 
español y chino, para que nos guiara; que conocía 
perfectamente aquel lugar, y lo respetaban mucho ; 
que podíamos ir con toda confianza, y que era inte- 
resante conocer el barrio, por la noche. 

Invité a comer, para esa ocasión, a mis amigos 
y al sargento, a las siete y media p.m. para ir en 
seguida a la Ciudad de los Chinos, como ellos la 
llaman. En un carruaje oficial nos fuimos todos, y el 
sargento no llevaba traje de policía sino de paisano. 
La insignia la tenía oculta bajo la solapa de la ame- 
ricana; nos dijo que así iría con el carácter de par- 
ticular, que se prestaba mejor a infundir confianza 
a los chinos. 

+ A las ocho, llegamos a la iglesia china, y nos 
dejaron entrar, al ver que íbamos resguardados por 
el policial, a quien respetaban. El templo no se pa- 
recía a las demás iglesias, aunque sí estaba decorado 
con riqueza y lujo. En el centro del altar principal, 
tenían una copa de oro, conteniendo doce pajas 
sagradas que simbolizan los dones que los dioses 
conceden a los mortales. Veneran, como divinidades, 
a aquellos hombres que históricamente consta que le 
han hecho grandes bienes a la comunidad. El que 
introdujo el arroz y esparció su cultivo, y lo genera- 
lizó, como alimento predilecto, es uno de los seres 
divinos, a quien rinden ceremonias y ritos religiosos. 
Como todos los orientales, no sólo hincan las rodi- 
llas, sino que, algunas veces se prosternan, hasta 

450 



besar el suelo, y permanecen, por algunos minutos, 
en esa postura. Los cánticos son monótonos y tristes, 
reflejando el carácter melancólico de esa raza asiá- 
tica, la más numerosa ; pero que tiene el amarilloso 
tinte, no sólo en su pálido color, sino en su idiosin- 
cracia. El luto no es negro, en el Celeste Imperio, 
sino amarillo obscuro. 

Después de un rato de estudiar aquellas costum- 
bres en lo religioso, pasamos al teatro, en donde 
todas las noches hay función, que dura como un mes 
en desarrollar el argumento, que es un libro, repre- 
sentado por capitulos. En el lunetario, palcos y pla- 
teas, sólo chinos se admiten. Los extranjeros, como 
nosotros, van a sentarse alrededor del escenario, en 
donde sirven decorativamente, formando parte del 
espectáculo. La música, es lacrimosa, entrecortada, 
peculiar, en mucho parecida al tono y estilo de la 
música de nuestros indios. El recitado y la declama- 
ción de los actores, guarda cierta parsimonia y ritmo 
característicos, que se convierten en monotonía me- 
lancólica para los oídos extranjeros. 

Pocos días antes de nuestra visita al teatro — que 
siempre se paga — nos contaron que había estado 
Sarah Bernhardt, y que después de oír un acto, ha- 
bía pedido permiso para remedar el accionado y tono 
de los chinos. El director consultó al público ; y éste 
prorrumpió con un aplauso, como aprobación gus- 
tosa. La célebre actriz, salió ante los espectadores, 
que sabían quién era, y la recibieron con aclamacio- 
nes de entusiasmo y simpatía. En seguida, imitó, con 
tal propiedad y exactitud, la manera, tono, locución 
y ritmo, de los actores chinos, así como su accionado 
duro y cohibido, que se enloquecieron todos; y le 

451 



tributaron una ovación, rogándole que, por algunos 
momentos más, continuara aquella imitación que, 
sólo un genio, como el de la singular artista, podia 
ejecutar. Al día siguiente, le mandaron, como re- 
cuerdo, un precioso servicio de té, con una exposición 
de simpatía y gratitud, escrita en un álbum, en chino 
y en francés, acompañado de un lindo bouquet de 
bellas flores. 

Ciertamente, que lo más original de San Fran- 
cisco es el famoso Barrio Chino. Antes del terremoto 
de 1906, que lo arruinó completamente, el China 
Town, era un lugar misterioso, sobre el que se fan- 
taseaba mucho, haciéndole escenario de novelas te- 
rroríficas. El temblor de tierra dejó descubierto un 
segundo barrio subterráneo, de habitaciones super- 
puestas y corredores intrincados ; un laberinto, ca- 
paz de desorientar al policía más astuto. Servían 
aquellas catacumbas para ocultar fumadores de opio 
y casas de juego, las dos pasiones de los chinos a la 
antigua. Hoy, ya reconstruido dicho barrio, nada 
tiene de misterioso. La arquitectura graciosa, y el 
lujo asiático de sus tiendas y bazares, llama la aten- 
ción. Los chinos visten a la americana; pero las 
mujeres aún guardan el antiguo traje, con pantalo- 
nes, porque facilita sus trabajos domésticos. (1) 

A eso de las doce de aquella noche, acordó la 
comitiva ir a cenar a un restaurant chino, escogido 
naturalmente por el sargento que nos guiaba; y nos 
llevó al mejor que había en el barrio. Nos dieron una 
buena mesa, y el cicerone pidió la lista de platos 



(1) Vicente Blasco Ibáñez: "El Secreto de la Esfinge Azul", 
página 102— "La Vuelta al Mundo de un Novelista".— 1894. 

452 



explicándonos algunos de ellos. En esos momentos, 
llegó una joven china, bastante agraciada y vestida 
con lujo. Nos dijo que iba de parte del director de 
aquel establecimiento, a ofrecernos un manjar pe- 
culiar y raro que en el Celeste Imperio se tiene como 
el mejor, siendo harto dificil gustarlo en el extran- 
jero, porque rara vez envian los ingredientes. Era 
un hermoso pastel, hecho con nidos de golondrinas 
y de pájaros orientales. El sargento dio las gracias 
por todos; y nos explicó que era manjar sabroso, 
que él, sólo una vez lo habia probado; que no tuvié- 
ramos recelo de comerlo. En realidad, resultó muy 
agradable. Quisimos darle una buena propina a la 
mensajera; pero el sargento nos dijo que no era 
permitido, y que ella tendria la pena de rehusarla. 
Que las gratificaciones estaban absolutamente pro- 
hibidas entre los chinos. 

Después, nps parecieron muy buenas las vian- 
das que nos sirvieron, así como un aguardiente espe- 
cial, que usan por aperitivo, al empezar a comer. Los 
muchos concurrentes eran casi todos de raza ama- 
rilla, y apenas vimos unos turistas ingleses, con 
algunas damas. Reinaba mucho aseo en el estableci- 
miento ; no se notaba nada que chocara con las 
costumbres occidentales. 

Al dejar aquel gran comedor, y recordando el 
pastel de nidos de golondrina, nos fuimos a visitar 
ios dormitorios de la gente pobre, que son de dos 
clases ; unos en que se paga una muy módica canti- 
dad de dinero, por pasar la noche ; y otros, gratis, 
costeados por la municipalidad. En grandes edificios, 
hay salones bien ventilados, en donde, en vez de ca- 
mas, están unos camarotes, en anaqueles, divididos 

453 



por particiones, para abarrotar a los que allí van a 
dormir. Se encuentran como cien en cada dormito- 
rio. Muchos fumando opio, y se siente un olor poco 
grato e higiénico. La policía tiene derecho a penetrar, 
a la hora que quiera, en aquellos hacinamientos hu- 
manos, sin ningún trámite, ni consideración. Da lás- 
tima ver muchísimos hombres, y algunas mujeres, 
separados en distintos locales, en tan mísero estado 
Pocos minutos estuvimos contemplando aquella faz 
de la miseria, en contraste con el boato que en la 
ciudad de San Francisco predomina, lo mismo que 
en el China Town. 

Por último, nos dirigimos a una almoneda pú- 
blica, al martillo, que estaba muy concurrida. Allí 
compramos algunos objetos y baratijas. Después, 
concluímos nuestra jira, yendo a tomar una tasa de 
té, a una especie de baile popular, en donde había 
gran concurrencia, con música china y alegres mu- 
jeres, que todas parecían iguales, a los ojos de los 
que no fueran chinos, pues ellos aseguran que dis- 
tinguen muy bien los rasgos de la belleza femenina ; 
y a su vez, les parecen casi idénticas las hembras de 
otras razas. Hasta la belleza sufre convencionalis- 
mos ; y en materia de gustos, no hay regla, ni uni- 
formidad. 

Mucho de lo que existía, hace medio siglo, en San 
Francisco, ha desaparecido. El progreso vertiginoso, 
que en todas las ciudades de los Estados Unidos se 
nota, ha cambiado muchísimo, en materia de costum- 
bres, hasta en el célebre Barrio Chino, que hoy es 
grande y populoso. 

454 



Después de un largo viaje, en ferrocarril, llega- 
mos a Washington. Verificadas las formalidades de 
estilo, fui solemnemente recibido por el presidente 
Mr. Arthur. Instalé la Legación en una hermosa 
casa, número 5 de Iowa Circle, contigua a la que 
ocupaba el vicepresidente. El tener la representa- 
ción de cuatro repúblicas, no sólo le daba más im- 
portancia al cargo, sino que, siendo el sueldo algo 
competente, disfrutaba apropiado decoro, aunque yo 
pagaba todo gasto, pues no tenia más que los suel- 
dos ; y la habitación, servicio y representación, 
siempre han sido muy caros. Fué para mi honroso, 
cuando tenía treinta y tres años, representar a la 
mayor parte de las repúblicas de la América Central, 
en la gran Nación del Norte, con el carácter de En- 
viado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario. 

Una noche, que me encontraba en mi casa, 
acompañado del doctor don Antonio M. Soteldo, 
Ministro de Venezuela, a eso de las diez, después 
de haber comido juntos, recibí un cablegrama del 
general Barrios, en que me decía : "Mándeme pron- 
to un astrónomo bueno, contratado al servicio de 
Guatemala, sin reparar gastos". El señor Soteldo, 
que hacía muchos años que vivía en Washington, 
me dijo: "Precisamente es la hora de ir al Observa- 
torio Astronómico de Georgetown. Si quiere lo acom- 
paño ; la noche está muy hermosa". Mandé por mi 
carruaje, y al punto tomamos hacia la antigua ciudad, 
que dista como dos millas del centro. Estuvimos 
con el Director del Observatorio, quien nos dijo que 
él no podía abandonar su cargo ; pero que, a las doce 
de la noche llegaría el segundo jefe, caballero reco- 
mendable y astrónomo de nota. Mientras tanto, nos 

455 ' 



estuvimos observando con el gran telescopio, la 
luna, que estaba llena y muy clara. También nos 
hizo ver el Director al planeta Marte, diciéndonos : 
"Es una tierra en miniatura, tiene en sus polos esas 
manchas blancas, que son de hielo ; allí se perciben 
los variados accidentes de su superficie, islas, pe- 
nínsulas, mares, estrechos, canales. Es cinco veces 
más pequeño que nuestro planeta, tiene dos lunas : 
Fobos y Deimos, el Miedo y el Terror, que son los 
cuerpos más diminutos que hay en el cielo. El uno 
tiene diez y el otro cuatro leguas métricas, de polo 
a polo; de suerte que un habitante, podría hacer el 
viaje a pie, almorzar en su casa, y llegar a comer a 
la de un amigo suyo, que estuviera en las Antípodas. 
Haciéndonos estas curiosas observaciones estaba el 
amable Director, cuando llegó Mr. Miles Rock, 
hombre honorable, simpático y muy instruido, que, 
contratado por mí, vino a Guatemala, siete días 
después, con un sueldo de mil dólares mensuales. 
Fué una valiosa adquisición, porque el tratado de 
límites con México estipulaba trazar coordenadas, y 
hacer otras operaciones astronómicas, que ofrecían 
dificultades. Era Pastrana el astrónomo mexicano, 
y el Ministro que vino entonces de México, fué el 
célebre Cobarrubias, que gozaba de gran fama, como 
uno de los más sabios astrónomos americanos. El 
señor Rock tenía todas las cualidades ; y gracias a 
su ciencia, constancia y honradez, fué que Guatema- 
la no perdió mucho más de su territorio. Pocos años 
después murió aquí, a consecuencia de intoxicación, 
producida por haber comido unas s*ardinas, en mal 
estado. No pudo salvarlo el doctor Arton. En los 
archivos debe de existir la gran labor de aquel me- 

456 



morable astrónomo, que trabajó ayudado por el 
alemán Edwin Rokstrow. Decía el mismo Cobarru- 
bias, que Mr. Miles Rock era una verdadera notabi- 
lidad. 

Sabía yo que el doctor don Lorenzo Montúfar, 
cuando era representante de Guatemala en Wash- 
ington, había pretendido obtener del Secretario de 
Estado, permiso para que Antonio Ba'rrios entrara 
en West Point Academfy, sin poder conseguirlo. Yo 
tenía alguna influencia en Mr. Frelinghuisen, por 
que se interesaba much,o en llevar a cabo el Canal 
Interoceánico por Nicaragua, asunto sobre el cual 
habíamos celebrado varias conferencias. Fui una 
mañana a visitar al Secretario de Estado, y le pedí, 
como favor personal, que me prestase su valioso 
apoyo, a fin de que el Congreso expidiese una ley, 
para que pudiera un extranjero ingresar a la citada 
academia militar. Después de un momento de pen- 
sar, me dijo : "Está bien, creo que lo puedo obtener; 
diríjame una nota, para presentar yo la exposición 
al Congreso, y tomar el asunto por mi cuenta". A los 
pocos días lo hice y resultó que, por una gran ma- 
yoría, y en atención a ser el joven, hijo del Presi- 
dente de Guatemala, el Congreso otorgó el permiso. 
Envié una copia del decreto al general Barrios, 
quien de su puño y letra, me dirigió una carta muy 
expresiva, encargándome el cuidado de su hijo An- 
tonio, que llegó a graduarse en aquella academia, 
siempre atendido por mí. 

Estaba por entonces en Nueva York, de Cónsul 
General de la Argentina y Venezuela, mi distinguido 
amigo José Martí, a quien yo había ayudado antes, 
en Guatemala, interesándome para que se le propor- 

457 



donaran algunas clases, cuando vino con el famoso 
poeta José Joaquín Palma. Una de tantas veces, que 
fui a aquella gran ciudad, organizó Martí una so- 
lemne velada, de la Sociedad Hispano Americana, 
que presidía, dedicando a Centro América, dicha 
fiesta lírico-literaria. Fué concurrida por más de dos 
mil personas, de lo selecto de la colonia de nuestra 
raza, en Nueva York. Inauguró el acto, un brillantí- 
simo discurso del Maestro, como llamaban los 
cubanos a aquel notable ingenio y eximio repúblico, 
que no cesaba de trabajar por la libertad de su 
patria, la Perla de tas Antillas. Era Martí orador 
elocuente, con chispazos soberbios que arrancaban 
aplausos atronadores. Yo pronuncié una alocución, 
sobre la literatura centroamericana, dando previa- 
mente las gracias por el homenaje rendido a las 
repúblicas que representaba. Hablaron también, 
Román Mayorga Rivas, que era mi secretario en la 
Legación de Nicaragua y Ramón A. Salazar. Toma- 
ron parte, en el canto y en el piano, varias señoritas 
de Costa Rica y Colombia. La prensa neoyorquina se 
ocupó con elogio de aquella velada. 

Muchísimo traté a Martí, y no dejo de recordar- 
lo con cariño, porque su grata memoria me lleva a 
los mejores años de mi vida. Era él por entonces, de 
unos treinta y dos años, de estatura mediana, del- 
gado, nervioso, cabeza bien hecha, como para 
guardar un gran talento, frente espaciosa, circulada 
de rizos negros, usaba bigote poblado y muy fino, 
tenía ojos garzos, obscuros de color, pero llenos de 
luz, y con destellos de alma soñadora. Sonreía, 
benévolamente, como dispuesto siempre a la tole- 
rancia y al bien. Era apasionado, vehemente y 

458 



sincero. El amor de sus amores fué ¡Cuba! ... 
Harto lo demostró, con su fascinadora elocuencia, 
su constante batallar, su ardiente fe, y su muerte 
heroica y gloriosa. 

En un gran banquete, dado en Nueva York, por 
todos los numerosos cónsules iberoamericanos, tocó 
ofrecer el convite a José Martí, y en medio de la 
fogosidad de su improvisación, no pudo menos que 
hacer votos entusiastas por la independencia de 
Cuba, pintando con vivos colores la situación lamen- 
table de la Isla, sus sufrimientos y lágrimas. El 
Ministro de España, don Miguel Suárez Guanes, a 
quien yo había tratado mucho en Guatemala, pre- 
sentó una querella diplomática, protestando ante la 
Legación argentina, porque el Cónsul General de 
ese país, señor Martí, había violado la neutralidad, 
ofendido a España y suscitado sediciosos proce- 
deres, en un acto que tenía carácter oficial. Era 
Plenipotenciario argentino, el distinguido doctor don 
Vicente G. Quesada, gran literato, que me quería 
muchísimo, y cuya sincera amistad nunca olvidaré. 
"¿Qué hacemos con Martí? — me dijo — corre ries- 
go de perder su puesto de Cónsul, si llego a dar par- 
te a mi gobierno". "De ninguna manera — le re- 
pliqué — vamos a arreglar el asunto con Suárez 
Guanes." Quería, el bueno de don Miguel, que Mar- 
tí diera una satisfacción pública." "Jamás la dará 
— le contesté — aunque perdiera, no digo el cargo de 
Cónsul, sino la vida". Al fin, logramos arreglar la 
dificultad, escribiendo el eximio cubano una carta, 
al Ministro argentino, diciéndole, que no había ha- 
blado en concepto de cónsul, sino como patriota in- 
depediente, según aparecía en el exordio del discur- 

459 



so publicado en varios periódicos, siendo, por lo de- 
más, notorio en el mundo, desde antes que se hiciera 
cargo de representar a varias repúblicas américo- 
hispanas, que era el je*fe del partido promotor de la 
autonomía cubana; que así lo habían nombrado y 
así continuaría, hasta lograr la independencia de su 
patria, de la cual disfrutaban ya los demás países 
indohispanos. Quedó tranquilo Suárez Guanes. 

En Nueva York, conocí mucho a IsmaeliUo, 
como llamaba José Martí, a su primogénito predi- 
lecto. Ese niño quedó huérfano, por la bala traidora, 
que en 1895, mató a su heroico padre; llegó a ser 
el hijo del Gran Procer de Cuba, General y Minis- 
tro de la Guerra. Así lo traté algunos años hace, 
cuando estuve en La Habana, en el Congreso Pan- 
americano, y recibí del distinguido hijo del Liberta- 
dor, el mismo cariño que me dispensaba mi inol- 
vidable amigo, cuya estatua contemplé muchas 
veces con triste satisfacción, con el alma cargada 
de recuerdos de nuestros mejores años, y con palpi- 
taciones de entusiasmo, por una causa que fué mía, 
y que hizo inmortal a José Martí, cuyo nombre 
evoca en mi corazón, al través de los años, vivísimas 
emociones. Grande en su vida y heroico en su muer- 
te, brillará siempre como la Estrella fúlgida de Cuba, 
en la Bandera de la Libertad. La bala que hirió la 
frente del Apóstol, fué el beso de consagración que 
hizo imperecedera su memoria. 

Volviendo a tomar el hilo de mi narración prosaica, 
es oportuno consignar que, por aquel tiempo, bajo 
mi dirección, ganó Guatemala, en Washington, un 
reclamo que dedujo cobrando cien mil dólares, una 
Compañía Americana de Nueva York, en virtud de 

460 



un contrato de alumbrado que no se pudo llevar a 
cabo, más bien por culpa de los contratistas. Trabajé 
con ahinco, coronando el éxito mis esfuerzos. Tam- 
bién contra El Salvador, hubo varias demandas que 
logré arreglar. El asunto magno continuaba siendo 
El Canal Interoceánico, por Nicaragua. Había una 
gran sociedad internacional, cuyo presidente era el 
general Davis, notable americano, que estuvo aquí 
en Guatemala, muchos años después. Mostrábase 
también sumamente interesado, en ese gran negocio, 
el ingeniero don Aniceto Menocal, que vivía en el 
Navy Yard, como empleado del gobierno de los Esta- 
dos Unidos. Adelante tendré ocasión de aludir a estos 
distinguidos caballeros. El millonario Vanderbilt, 
era el alma del negocio. 

En 1884 llegó a los Estados Unidos, en viaje 
para Europa, el doctor Rafael Zaldívar, Pre- 
sidente de El Salvador. A efecto de preparar su 
recepción, fui a ver al Secretario de Estado, a quien 
supliqué que se dignara ordenar los honores del 
caso, al arribar a Nueva York, aquel personaje. 

"Lo que se acostumbra — me dijo — es que el 
Gobernador del Estado, en unión de otros funciona- 
rios salga a los muelles a dar la bienvenida al Presi- 
dente y a su comitiva". "Yo rogaría — le repliqué — 
que desde los fuertes dispararan cien cañonazos, 
saludando al pabellón salvadoreño, que vendrá tre- 
molado en el buque". Se rió Mr. Frelinghuisen, 
diciéndome : "Vosotros los latinos, sois muy dados a 
militarizar a los presidentes. Cuando vino a este 
país Guzmán Blanco, a develar la estatua que está 
en el Parque Central, representando a Bolívar, no 
hubo demostraciones de ese género". "¿Sin sentar 

461 



precedente, y por deferencia de V. E., no se podría 
acceder a lo que solicito? Porque en aquellos países 
se extrañaría la falta de tales honores, que allá se 
rinden siempre aun a personajes extranjeros de 
menor categoría". "Desde luego, por reciprocidad y 
por atención a los deseos de usted — me contestó — 
voy a entenderme con el Secretario de la Guerra, a 
fin de que haya salvas de artillería y saludos milita- 
res; a pesar de que, entre nosotros, ya usted habrá 
visto que ni siquiera guardia hay en Casa Blanca; y 
cuando llega a otra ciudad el Presidente de la Unión 
Americana — quien va sólo a comprar el billete del 
ferrocarril, cargando personalmente como todos, su 
valija de viaje y haciendo cola, para llegar a la ven- 
tanilla de expendio de los tíquets — nadie le cede el 
puesto, ni anda con cortesías oficiales. Suplico a 
usted hacer presente al excelentísimo Presidente de 
El Salvador, que el gobierno le desea la mejor 
permanencia entre nosotros, y que tendría a honra 
recibirlo en Washington, y rendirle los homenajes 
que merece". 

A las diez de la mañana del 15 de abril de 1884, 
llegaron el doctor Zaldívar y su comitiva, a la bahía 
de Nueva York. Le acompañaban el doctor Darío 
González, el doctor Juan Padilla M., el general 
Luciano Hernández, el general Molina, el doctor 
Leonard, don Joaquín Méndez, y algunos otros más. 
Fué recibido con toda solemnidad, como Jefe de 
Estado, por las autoridades y varios centroamerica- 
nos amigos suyos. Concluidos los honores y cumpli- 
mientos, tomó el doctor Zaldívar el carruaje del 
cónsul de El Salvador, el señor Jacobo Baiz, y yo me 
fui al hotel, con varios de la comitiva. Me extrañó 

462 



que el Presidente no hubiera preferido mi compañía, 
pero me explicó Juan Padilla, amigo mío muy 
íntimo, que el doctor había ido a parar a casa en 
donde lo esperaba su amante, la señora Lima, y que 
más bien por consideración a mí, había tratado de 
irse con Baiz, quien estaba al cuidado de la hermosa 
dama. Al día siguiente, vi a don Rafael, lo acompa- 
ñé a varias partes, y le indiqué la necesidad de que 
fuera a Washington. 

Los comerciantes hispanoamericanos, a inicia- 
tiva de Ribón y Muñoz, que era la casa más fuerte 
de Colombia, le dieron en el memorable restaurante 
El Mónico, una comida al Presidente de El Salva- 
dor. Concurrieron como cien personas. El notable 
orador Santiago Pérez Triana, ofreció el banquete, 
en términos apropiados y muy elocuentes. El doctor 
Zaldívar, que hablaba bien, y era caballero culto, 
contestó perfectamente el brindis. 

Pocos días después, nos fuimos a Washington, 
en donde ya estaban preparadas las piezas del piso 
principal de mi casa, para recibir al doctor Zaldívar 
y a su comitiva. La noche en que llegamos di un 
banquete, al cual concurrieron los diplomáticos his- 
panoamericanos, el Secretario de Estado que había 
ido a recibir al Presidente, varias damas distingui- 
das, y los de la comitiva presidencial. Mi esposa, 
que se hallaba en aquella ciudad, hizo los honores 
de la legación. El doctor Zaldívar, galante, generoso 
y de alta sociedad, agradeció con benévolas frases 
mi brindis y las atenciones de mi mujer, saludando 
muy cordialmente al H. Ministro de Relaciones, a 
los señores diplomáticos, y rindiendo también cortés 
homenaje a las señoras que daban realce de hermo- 

463 



sura a aquella fiesta. Quedó muy reconocido don 
Rafael, de la recepción que, durante tres días, tuve 
el placer de ofrecerle en mi morada, lo mismo que a 
los distinguidos acompañantes suyos. Antes de partir 
el doctor Zaldívar, pidió secretamente a la institu- 
triz de mi hijo pequeño, que le proporcionara un 
vestido de mi esposa, para llevarlo, a fin de que en 
París sirvieran las medidas, con el propósito de 
enviarle algunos más de obsequio. La aya no tuvo 
inconveniente en acceder, y le dio uno de los que 
mejor podrían servir para tal objeto. 

El Presidente de los Estados Unidos recibió, 
en unión de su Gabinete, al digno Presidente de El 
Salvador, agasajándolo muy expresivamente, y de- 
mostrándole toda consideración y aprecio. Yo tuve 
el honor de ser el intérprete de la entrevista, lo 
mismo en la visita que, al día siguiente, hizo aquel 
alto funcionario, acompañado del Secretario de Es- 
tado, al doctor Zaldívar, en la Legación de El Sal- 
vador, Guatemala, Nicaragua y Honduras. Deseaba 
el Presidente de la Unión Americana que demorase 
el ilustre huésped salvadoreño su permanencia en 
Washington, para poder dedicarle un banquete 
oficial y una recepción solemne en la Casa Blanca; 
pero tuvo que declinar tan honrosa oferta, por tener 
urgencia de llegar a Europa. Regresó, pues, esa 
misma noche, a Nueva York, y yo lo acompañé, 
cumpliendo con mi deber. Muy pocos días estuvo en 
la Babilonia Americana, como llaman a la populosa 
urbe del Hudson. Recorrió lo principal, entre otros 
establecimientos, la gran fábrica en que se encon- 
traba el célebre Mr. Edison, a quien hicimos una 
visita muy interesante. Diciendo el brujo de Mentó 

464 






Park, al doctor, que si podía serle útil ; que deseaba 
ofrecerle alguna pequeña demostración de alto 
aprecio; le contestó don Rafael: "Rogaría a usted 
me diera su retrato y una de las obras que haya 
escrito, como recuerdo de este momento de mi vida, 
acaso el más interesante, ya que me honro en estre- 
char la mano de un genio mundial, notabilidad de 
nuestro siglo". "No crea usted, — contestó con mo- 
destia, el gran hombre — yo no he escrito nada, 
porque realmente sé muy poco teóricamente de 
electricidad. Me reprobarían tal vez si me examina- 
ran en una universidad. Mis inventos, que es todo, 
son obra de mi constancia y cierta disposición que 
Dios me dio, para la práctica. Con gusto voy a darle 
mi retrato, rogando a usted me favorezca con el 
suyo." A mí también me dio su fotografía, con 
dedicatoria cordial, y al día siguiente, el Presidente 
de El Salvador, le envió la suya ; ambas con leyenda 
conmemorativa, muy expresiva para el célebre elec- 
tricista americano, para el brujo de Mentó Park. 

En uno de los suntuosos vapores franceses se 
embarcó el doctor Zaldívar, con las personas de su 
séquito, dejando en Nueva York a la señora Lima, 
a quien por el primer conducto posible, envió don 
¡Rafael una gran caja, con ocho trajes completos, 
acompañados de sus adherentes de ropa interior, 
guantes, sombrillas, abanicos, etc., todo a la última 
moda parisiense. 

También al llegar a París, me mandó un pren- 
dedor de corbata, en forma de herradura, con bri- 
llantes y rubíes; además cuatro cajas de vino tinto, 
del que él tomaba, y realmente era magnífico. A mi 
esposa la obsequió, con seis vestidos muy elegantes, 

465 



y abajo de la caja, el que había servido para las me- 
didas. Le pedía mil excusas por habérselo llevado, 
y le repetía sus agradecimientos, por las atenciones 
de que había sido objeto durante su permanencia 
en nuestra casa. 

Entre tanto, seguía el Secretario de Estado, 
trabajando en el asunto del Canal de Nicaragua. Se 
formalizó la gran compañía para llevarlo a cabo, 
presidida, como dije antes, por el general Davis, 
siendo secretario el ingeniero don Aniceto Menocal, 
representante de algunos millonarios. Muchos do- 
mingos comíamos juntos, en la residencia de este 
caballero cubano, pero nacionalizado en los Estados 
Unidos. Por ese tiempo, iba también a comer allí, el 
joven estudiante de ingeniería don Mario Menocal, 
sobrino de don Aniceto, y Presidente que, más tarde, 
fué de la república de Cuba. Cuando fui a La Ha- 
bana, pocos años hace, a un congreso americano, 
recibió dicho jefe a todos los congresistas, y yo no 
lo reconocí, pero después, conversando con su dis- 
tinguida esposa, me dijo : "Mi marido conoce a 
usted, desde hace muchos años, cuando él era estu- 
diante en Washington, e iba a comer, los domingos, 
en casa de su tío, don Aniceto. Venga usted a hablar 
de eso con Mario que tendrá mucho gusto". "Ah 
— exclamó el presidente — bien me acuerdo ; sólo 
que entonces, tenía usted el pelo rubio, y ahora está 
canoso". "Ya lo creo — le dije — como que en aque- 
lla época era usted estudiante y ahora es digno Jefe 
de Cuba." "Vamos — me dijo — y me llevó a tomar 
con él una copa de vino. 

Volviendo a hablar del Canal de Nicaragua, es 
oportuno decir que al fin Mr. Frelinghuisen formuló 

466 



un proyecto de tratado, pasándolo a mi estudio. 
Entre las muchas cláusulas, recuerdo dos que pre- 
sentaban serias dificultades. Era la primera, la que 
concedía a los Estados Unidos, en propiedad, con 
dominio eminente, una faja de territorio nicara- 
güense, de ambos lados del canal; y la segunda 
cláusula, que estipulaba alianza ofensiva y defensiva 
entre los Estados Unidos y Nicaragua, dándole 
cuatro millones de dólares al contado, para ferro- 
carriles y otros gastos de su elección (éste era el 
cebo para los que mandaban). La alianza constituía 
desde luego, una amenaza para las demás repúblicas 
centroamericanas, que yo representaba, y el des- 
membramiento del territorio nacional de Centro 
América, fuera un crimen de que se hacían respon- 
sables los que — sin derecho, ni facultad para ello — 
disponían del territorio de la patria, vendiendo una 
parte al extranjero. 

Tuve que negarme enérgicamente a suscribir 
semejante tratado, y entonces llegó a Washington, 
como Plenipotenciario de Nicaragua, en Misión 
Especial y sin dejar de ser yo el Ministro permanente 
de esa república, el general Joaquín Zavala, de ca- 
bello blanco y rubicunda tez, nicaragüense de 
prestigio, en el partido conservador, expresidente 
de la república, y amigo áulico de los que a la sazón 
formaban el gobierno. Yo iba a renunciar la repre- 
sentación de Nicaragua, pero el presidente, en carta 
particular, me manifestaba que el señor Zavala, iba 
sólo en misión especial, para lo del tratado, y que 
me encarecía que yo continuara como ministro, por 
conocer bien el país y tener el gobierno plena con- 
fianza en mis cualidades. 

467 



Auxilié al general Joaquín Zavala, en cuanto 
pude y era legítimo, porque no hablaba inglés, ni 
conocía las prácticas y costumbres de los Estados 
Unidos y del Gobierno. Pasadas varias conferencias, 
me manifestó que él estaba dispuesto a firmar el 
tratado, tal como lo había hecho la Secretaría de* 
Estado. Después de exponerle claramente las gra- 
vísimas dificultades que ofrecía, le dije : "Lo que 
va a suceder es que el Senado — compuesto en su 
mayoría de demócratas — reprobará dicho pacto. 
Entonces, sin la aureola del éxito, que tanto vale en 
política, le quedará a usted el estigma y la responsa- 
bilidad de haber cedido parte del territorio y sobe- 
ranía centroamericana, sin que llegue a realizarse 
el canal. Yo he hablado con los senadores, y de 
buena fe puedo garantizarle lo que ahora le digo, 
como caballero y leal centroamericano". Zavala no 
prestó crédito a mis palabras, y me replicó : "Yo 
firmaré, sintiendo que usted se va a poner en mal 
predicado con Frelinghuisen." "Ya verá usted gene- 
ral — le contesté — que el Secretario de Estado esti- 
mará mi actitud, y a la postre, no se aprobará ese 
tratado." En buena armonía, aunque en desacuer- 
do completo de opiniones, fuimos a la Secretaría de 
Estado. Expliqué a Mr. Frelinghuisen mi modo de 
pensar sin hablarle, por supuesto, del prospecto de 
desaprobación, que para mí era seguro. "Yo, no sólo 
comprendo — me contestó — sino que aprecio la ac- 
titud franca de usted". . . Quedó signado el pacto in- 
ternacional, que se llamó Frelinghuisen-Zavala. La 
sombra siniestra de William Walker cirnióse lívida 
sobre la América Central. 

468 



En el acto le dirigí un cablegrama al general 
Barrios, dándole la noticia de lo ocurrido y asegu- 
rándole que el Senado iba a improbar el tratado. Me 
contestó, que, si creía yo que no fuese muy precisa 
mi permanencia en Washington, hiciera viaje a 
Guatemala, para que habláramos. Visité de nuevo a 
muchos senadores^ y formé una lista de los que se 
oponían a la aprobación. Me fui a Nueva York, y 
encargué al Cónsul Baiz, que me dirigiera un cable- 
grama a Panamá, tan luego como el Senado resol- 
viese el asunto. Tomé el vapor como a los cinco 
días, y después de nueve o diez de navegación, llegué 
a Panamá. En la estación me esperaba el Cónsul de 
Guatemala, quien tenía el despacho cablegráfico 
desde la víspera, anunciando haber sido reprobado 
el tal tratado, por mayoría de votos. En el acto cable- 
grafié al general Barrios, transmitiéndole la noticia, 
antes anunciada por mí. 

En la misma tarde que llegué a Guatemala, fui 
inmediatamente a saludar al Presidente Barrios, 
quien me recibió con cariño, diciendo al licenciado 
Escolástico Pinzón, que estaba de visita: "Bueno, 
Pinchas, mañana nos veremos; venga a la misma 
hora, para arreglar ese asunto". Después dirigióse 
a mí don Rufino, en estos términos : "Lo que me 
sorprende, Tono, es, ¿cómo sabía usted que el Se- 
nado desaprobaría el tratado?". "Pues, señor — le 
contesté — llevo tiempo de estar allá en Washington, 
y disfruto de muchas relaciones. Aquí tiene usted 
la lista con los nombres de los que probablemente 
improbaron ese pacto, salvo algunos que se echarían 
atrás de su propósito, como sucede siempre, por los 
trabajos del Gobierno." "Ah — me dijo — ese tratado 

469 



Frelinghuisen-Zavala, es el clavo del jesuíta, contra 
toda la América Central. ¿No cree usted que, más 
tarde, pudiera ser que se aprobara, por tener tanto 
interés para los Estados Unidos?". "De pronto, no; 
pero cuando haya cambiado de personal político el 
Senado, habrá riesgo ; porque él gobierno americano 
tiene mucho empeñó en Nicaragua, y lo seguirá 
teniendo." Continuó Barrios meditando, paseán- 
dose, por la sala y después de una pausa, como 
quien ha concebido un pensamiento grandioso, excla- 
mó : "¡Eso no sucederá!" No pude comprender 
entonces, cuál sería el motivo de tal confianza; 
porque no explicó nada más. Esto pasaba el 10 de 
diciembre de 1884, a las seis de la tarde y ya vere- 
mos pronto, por lo que luego aconteció, cuál era la 
idea que, en aquellos instantes, relampagueaba por 
la mente del general J. Rufino Barrios, quien muy 
satisfecho, y de buen humor, me invitó para llegar a 
almorzar al día siguiente, en su casa. 

Antes de ir al comedor, estuvo don Rufino con- 
versando conmigo sobre asuntos diversos y trajo 
a colación los años en que era estudiante en la 
Universidad. "¿ Se acuerda — le dije — cuando la due- 
ña de la casa de huéspedes, en que vivía usted — que 
era contigua a la N 9 24 de la 8^ calle oriente, que yo 
habitaba — lo sacó a usted a palos?" "Nunca me 
sacó ninguno a palos", me contestó. "Acuérdese 
que la vieja era una señora a quien le decían La 
Puches, que tenía una sobrina muy galana, llama- 
da La Conce (Concepción)» de ojos azules, rubia y 
muy blanca, que resultó embarazada; y se pu- 
so furiosa la tía, quien con un palo de escoba, 
salió hasta la calle, metiendo gran alboroto. "¡Ah!, 

470 



sí de veras que era galana La Cotice; ahora me 
acuerdo de la bulla esa. Quisiera yo saber en dón- 
de vivirá ella, para regalarle algo". "Todavía me 
parece — agregué yo — que veo salir de la casa a 
Herculano Afre, compañero de usted, que sacó un 
caballo tordillo muy hermoso, que usted montaba, 
y un paquete como de cien pesos plata. A nosotros, 
los demás estudiantes, nos daba algo de envidia ver 
que a usted no le faltaba dinero, que se vestía muy 
bien, con una su banda de seda colorada que se 
dejaba ver un poco debajo de la levita y usaba bue- 
nos sombreros de Panamá." "Sí, era que mi padre 
me mandaba dinero de la finca "El Malacate*", de 
nuestra pertenencia." A ese tiempo avisaron que 
estaba ya el almuerzo y Barrios me dijo: "Ahora le 
refiere usted a la Paca, el cuento de La Cortee." "Por 
bobo yo," le contesté. "No; es que lo que no fué en 
tu año, no resulta en tu daño, como dice el refrán. 
No tenga cuidado, dígaselo." Entramos al comedor, 
saludé a la señora, muy distinguida y educada, y 
me senté al otro lado de don Rufino, estando pre- 
sentes dos de los niños y un capitán viejo, que se 
encargada de hacer el café. Al rato de conversar se 
dirigió el general Barrios a su esposa, diciéndole : 
"Ve, te va a contar Batres una campaña que tuve 
con una muchacha muy galana, llamada Cortee, 
antes de casarme". "¡Ah, Rufino, siempre te gusta 
andar con esos cuentos!" dijo la hermosa dama. 
Tuve yo que referir el episodio, pasando rápida- 
mente sobre los amores, y pintando, con vivas 
expresiones, lo iracundo de la vieja, y lo bien que se 
vestía don Rufino, que tenía un caballo brioso y no 
le faltaba dinero que gastar. Esta última parte, 

4,71 



entendí que era lo que deseaba que oyera su mujer, 
quien no dejó de reírse, diciéndole : "Tu merecido, 
mejor que te hubiera pegado la tía". 

Al despedirme, me indicó el general que vol- 
viera todos los días, a las doce, sin anunciarme, al 
entrar. Era la hora en que casi siempre estaban con 
él, en tertulia, el Padre Ángel M. Arroyo, el general 
Zavala, don Taño Sinibafdi, y algún otro de sus 
íntimos amigos. Allí despachaba sólo algún asunto 
urgente, en medio de la conversación, hasta la una, 
hora en que se iba a almorzar. Un día, que llegué 
primero que todos, me dijo: "¿Vendrá hoy Zavala? 
"Yo creo que sí", le contesté. "¿Qué travesura le 
hiciéramos?" "De pronto no se me ocurre", repuse. 
Entonces, con muy buen humor, salió, a la puerta del 
cuarto, y llamando a un ayudante, le pidió uno de 
sus puros de Zacapa. Le quitó el anillo y la cobertura 
plateada a uno de los habanos, que había en una 
caja, y se la puso al zacapaneco, diciéndome : "vea 
Batres, fíjese en el malo, y cuando yo le diga que 
nos dé un puro, tenga cuidado de tomar el de Zacapa, 
para Zavala, a ver si lo conoce. No se vaya a con- 
fundir". Así lo hice, aunque no se me ocultaba que 
no era cortés eso de ir dando un puro a cada uno 
en vez de presentarles la cajita. Al cabo de pocos 
minutos, me dijo Barrios: "¿De qué puros nos ha 
dado, que están tan malos, verdad general Zavala?" 
"De la caja de habanos, que estaba allí sobre el 
piano", le contesté. "Pues no sirven, ¿no le parece 
don Víctor?" "Muy buenos están" contestó éste. 
"Ah —exclamó Barrios — yo vi cuando Tono, al tiem- 
po que yo entraba, estaba envolviendo un zacapa- 
neco en el papel plateado y ese puro fué el que a 

472 



usted le dio, para ver si no caía en la cuenta. Bótelo, 
y tome otro". Entonces yo riéndome, le presenté la 
cajita, y lo cambió por uno bueno. El general Zavala 
que comprendió que la broma había sido de Barrios, 
cuyo genio conocía muy bien, lo llevo a la risa. Des- 
pués me contó que por la tarde, le había mandado 
regalar seis cajas, diciéndole que, le remitía aquellos 
puros, para que los fumara en su nombre, que no 
tuviera cuidado, porque no los había tocado Antonio 
Batres. 

Pasaron muchos días, y no me decía nada de 
regresar a Washington. Le pregunté a Fernando 
Cruz — con quien tenía buena amistad— y me 
contestó que, aunque nada le constaba, pensaba 
que pronto lo haría; porque estaba muy bien dis- 
puesto, y hasta me distinguía, como amigo de su 
tertulia diaria. Recuerdo que, en uno de esos días, 
fui a saludar a Fernando, el Ministro de Relaciones 
Exteriores, y al verme entrar, dijo : "Me alegro de 
que usted venga ; porque comienzo a escribir la con- 
testación al discurso que, dentro de una hora, van 
a pronunciar, en la audiencia pública, los Miembros 
de la Comisión Americana, que recibirá al Presi- 
dente. Vea el de la Comisión, agregó, dándomelo en 
la copia inglesa. En ese momento, entró un coronel, 
y después del saludo, dijo : "Me manda el señor 
Presidente para pedir a usted la carta que él le dio 
anoche". Comenzó Cruz a buscar en los bolsillos dé 
su levita, y no hallándola, abrió gavetas, y por 
último, respondió al oficial, que iría luego a ver al 
general Barrios. Viendo yo apurado a mi amigo, le 
indiqué, que la carta debía de estar en el bolsillo de 
la levita que se había cambiado. "Sí — me dijo — 

473 



pero si voy a traerla a casa, no me alcanza el tiempo ; 
tengo que hacer el discurso". "No importa — repuse 
yo — ; vaya en carruaje, y un cuarto antes de las do- 
ce, cuando venga, ya tengo yo acabada esa contesta- 
ción." "Muy bueno", respondió Fernando, y quéde- 
me redactándola, porque precisaba. Cuando Cruz 
regresó, ya estaba copiado, en limpio el discurso. Me 
agradeció haberlo sacado del apuro. Al día siguiente, 
que nos juntamos donde el Presidente, habló éste 
de la recepción de los americanos, diciendo que le 
habían gustado mucho ambos discursos. Cruz se 
sonrió, y me volvió a ver. Preguntó el general Ba- 
rrios, qué era lo que pasaba, y le conté la sofocación 
de Fernando, por la Carta. "¡ Ah, — dijo — no valía la 
pena!" Entonces Cruz, agregó: "Es que el autor del 
discurso fué Tono, que tuvo la bondad de hacérme- 
lo". "En todo caso, me alegro de haberlo alabado, 
— dijo don Rufino — aunque bien sé yo que los dos 
lo hacen muy bien". La verdad, es que, cuando aquel 
mandatario estaba de buen humor, y quería a la 
persona con quien hablaba, era agradable, natural 
y simpático, sin humos, ni asomos de orgullo; pero 
si se encontraba colérico, o le caía mal un individuo, 
hacía derroche de ira. Eran dos hombres distintos, 
según las circunstancias. Impetuoso, por naturaleza, 
de carácter de acero, resultaba terrible. Sabía que 
dominaba por el terror ; conocía a los hombres ; pero 
era franco, amigo consecuente, vivo de genio, 
amante del progreso y de la juventud, espíritu am- 
plísimo y entero. "Bien comprendo — le oí decir una 
vez — que mi gobierno está lejos de ser liberal; pero 
es progresista, reformador y de ideas modernas". 

474 



Es innegable que el país adelantó mucho ; popula- 
rizándose la enseñanza, y abriéndose horizontes 
democráticos. La libertad, es como la aurora; antes 
de aparecer, se anuncia con pálidos crepúsculos y 
tempestades. Dejando a un lado los elogios sinceros 
y postumos, no se puede negar que el Reformador, 
como justamente le llaman, desterró antiguallas, 
luchando con atavismos de treinta años, con ideas 
añejas. Juzgada en conjunto, la labor de Barrios, 
merecerá elogios de la historia ; pero vistos los deta- 
lles, hay mucho que resulta deplorable. Su energía, 
su actividad y su inteligencia, eran sorprendentes. 
Destruyó la oligarquía, ensanchó los horizontes so- 
ciales, para las clases desheredadas; y asumió, sin 
ambages, ni hipocresías, la responsabilidad de sus 
actos. Fué el símbolo audaz de la reacción popular 
contra la estratificación de mucho tiempo. Fué el 
brazo de hierro, de un radicalismo autocrático, con- 
tra un conservatismo inerte, de pocos hombres, que 
se creyeron necesarios. En estas Memorias, apenas 
puedo reseñar la idiosincrasia sostenida, viril y 
audaz de J. Rufino Barrios. Conmigo fué deferente 
y amistoso. Mi pluma no debe convertirse en escal- 
pelo ruin, para hacer la vil autopsia de su memoria. 
"El veredicto justiciero lo dictará la posteridad." (1) 



(1) Palabras memorables de la magnífica Oda, de Manzoni, a la 
muerte de Napoleón el Grande. 

475 



CAPÍTULO XV 



La Unión Centroamericana. — Mi permanencia en 
Washington, como Ministro Plenipotenciario — Evito que 
veinte mil mexicanos, a las órdenes del ministro Ba- 
randa, vinieran a conquistar a Guatemala. — Muy nota- 
bles incidentes. — Situación posterior a la muerte del 
general Barrios. -r-Muerte del general Martin Barrundia. 



SUMARIO 

Sorpresa que causó la declaratoria de haberse 
proclamado, el general Barrios, Jefe Supremo de la 
Unión Centroamericana. — Las turbas, sugestionadas por 
la grandiosa idea, dieron muestras de gran júbilo, 
aunque todo dejaba temer que, por la oposición de los 
Estados Unidos y de México, hubiera un fracaso. — 
Verdadera causa que movió al Presidente Barrios a 
dar ese paso, inspirado por un pensamiento y fin 
patriótico. — El general Barrios me envía, con premura 
y en unión del licenciado Arturo Ubico, en el mismo 
buque en que iban de regreso, el Ministro y el amigo 
Aviles, para San Salvador, ya declarada la guerra. — 
Riesgos inminentes que corrimos en Acajutla y en 
Puntarenas. — Llegada a Panamá. — Cómo recibió Ba- 
rrios una carta que le escribí. — Oferta que hizo a mi 

476 



padre. — Cómo supe yo, en Washington, la muerte del 
general Barrios. — Cómo acaeció en realidad.-— Suposi- 
ciones que, por entonces se hicieron acerca de ella. — 
"La Noche de la Cena". — Pretende don Martín Ba- 
rrundia hacerse Presidente. — Estratagema del general 
Manuel L. Barillas para evitarlo. — Sale Barrundia de 
Guatemala. — Visita que me hizo, en unión de Vicente 
Sáenz, en New York. — Servicios que le presté. — Tuvo 
Barrundia. que ir a radicarse a México. — Trabajos que 
llevó a cabo para volver de presidente de Guatemala. 
— Muerte violenta y trágica que tuvo en el puerto de 
San José, a bordo del vapor "Acapulco". 



Una noche del mes de marzo de 1885, acom- 
pañaba a mi padre,' en el comedor, donde tomaba 
su cena, cuando de repente oyéronse repiques y 
vivas, de gente que corría por las calles, con gran 
animación e inusitada bulla. Salimos a la ventana 
de la casa número 24 de la 8^ calle oriente, y vimos 
muchos estudiantes y artesanos, que al teatro se 
dirigían. Mi padre me dijo: "¿No será que ha 
venido la noticia "de haberse otorgado la mitra al 
padre Raúl, que tanto la ansia?" "No creo", le 
contesté. En eso pasaba un obrero conocido, Juan 
Bejarano, quien le dijo, muy sofocado : "¡ Que ha de 
ser, la Unión Centroamericana que ya está hecha. 
La acaba de decretar la Asamblea ! ¡ El general Ba- 
rrios es el Jefe Supremo! ¡ Vamos al teatro, a cele- 
brar la Federación!" En efecto, la turba penetró 
en el coliseo, en donde se daba una pieza de opereta. 
Subieron al escenario algunos oradores callejeros, 
hubo exabruptos, vítores, entusiasmo populachero, 
adulación atolondrada, mucho ruido ; y en resumen, 
algo que presagiaba desconcierto y catástrofe... 

477 



Mi padre, m« dijo : "j Ojalá que todo esto no se torne 
en desgracia. No veo serenidad, ni preparación po- 
lítica !" 

Al siguiente dia, circulaba el decreto emitido 
por la Representación Nacional, el manifiesto del 
general Barrios, declarándose Jefe Supremo de 
Centro América, y muchos papeles más, sobre la 
Unión. El estilo de tales documentos era desleído, 
sin bastante nervio, relieve y resonancia. Todos, 
liberales y conservadores, iban a felicitar al general 
Barrios, como si estuviera realizada la gran idea. 
Recuerdo que don Manuel Echeverría, que formaba 
parte de la Corte Suprema, exclamó : "¡ Qué hay que 
temer, encontrándose el César al frente de las legio- 
nes. La diosa de la victoria tiene que serle propicia !" 
Un amigo mío, en la Calle de Jocotenango, se vio 
compelido, por la turba unionista, a improvisar un 
discurso, encaramado el orador sobre un barril: 
"Barrios, el Grande — decía a gritos — con-su férreo 
puño, ha exprimido a las cinco Repúblicas del 
Istmo ; y ha brotado la Unión Centroamericana, como 
Minerva de la Cabeza de Júpiter Olímpico". Por 
ahí siguió aquella perorata, que produjo aplausos, 
como si hubiera sido una oración ciceroniana. Nunca 
un apretado cerebro abogadil, dejó oir tantos dis- 
lates. . . 

Muchos creían que el general Barrios había 
cedido a las instigaciones de la Falange, como llama- 
ban a un grupo de emigrados nicaragüenses, de 
quienes era líder Enrique Guzmán, que harto lison- 
jeó al tirano de petate, como le llamó más tarde, 
injuriándolo, después de muerto. Otros murmura- 
ban, por lo bajo, que era la ambición de mando la 

' 478 



que aguijoneaba el espíritu aventurero de aquel 
soldado audaz. Quién atribuía a malos consejos de 
Arroyo y Cruz, tan grandiosa como inesperada 
resolución; pero ninguno supo, por entonces — y 
ahora lo publico yo, por vez primera — el móvil 
verdadero, la causa eficiente que produjo aquel suce- 
so. Fué en verdad, un sentimiento, patriótico, una 
idea salvadora, la que llevaba ea mira el general 
Barrios, quien, estando solo conmigo, me dijo, con 
entonación y ademán que nunca he podido olvidar : 
"Ahora, amigo Batres, no habrá senado que apruebe 
el tratado del partido conservador de Nicaragua. No 
podrán subyugarnos, como lo han pretendido. Los 
Estados Unidos no tendrán intervención imperialista 
en nuestros asuntos. Seremos grandes, si yo no 
pierdo la vida". Recordé la frase lapidaria, que había 
pronunciado pocos días antes... "¡Eso no sucede- 
rá!" Fué en pos de la autonomía de la patria que 
proclamó la Unión de Centro América. No podía 
consentir en que la intervención cayera, como un 
desastre, sobre este suelo; no quería que el quetzal 
altanero fuese presa del águila soberbia... En un 
oficio circular, que emitió el Ministerio de Relaciones 
Exteriores de Nicaragua, el 15 de marzo de 1885, 
firmado por don F. Castellón, se decía : "Por muchos 
datos ha adquirido este gobierno la convicción de 
que la acción inesperada e insultante del general Ba- 
rrios, tiene por móvil verdadero el de ser el arbitro 
absoluto de la negociación del canal, siendo la unión 
nacional el pretexto". 

Uno de los artículos del tratado Frelinghuisen- 
Zavala, estipulaba alianza ofensiva y defensiva 
entre Nicaragua y los Estados Unidos, lo cual afec- 

479 



taba a Guatemala. Otro artículo, cedía una faja del 
territorio centroamericano a los yankees ; y todo el 
convenio otorgaba amplísima intervención (la que 
hoy tiene) a la gran república, en los asuntos inte- 
riores de Nicaragua ; es decir en Centro América. 
Sólo un guatemalteco anciano y honorable, un 
político sagaz, habló con franqueza al general Ba- 
rrios; fué don Pedro de Aycinena, quien llamado 
por el Presidente, y requerido por él, predijo mal 
fin a aquel movimiento militar. "Dígame, don Pedro, 
con el corazón, y como buen guatemalteco, lo que 
piensa usted de este paso que voy a dar. Hábleme 
con franqueza, que no quiero lisonjas", le dijo 
Barrios. "Señor, no se moleste usted; pero debo 
manifestarle, con toda sinceridad, que a mi juicio, 
no va a dar buen resultado esta declaratoria, en los 
términos y forma en que se ha hecho. Dispense; 
pero no puedo engañarlo, diciéndole lo que no 
siento", le contestó don Pedro. 

Desgraciadamente, ya no era tiempo de retro- 
ceder. Una mañana, .en que me encontraba solo con 
el general, recibió un cablegrama, y como estaba en 
inglés, me lo pasó para que se lo tradujera. Venía 
del Gobierno de Washington, manifestando: "Que 
vería con malos ojos que se impusiera la Unión, por 
la fuerza de las armas, a las otras repúblicas de El 
Salvador, Nicaragua y Costa Rica." De muy mal 
humor, me dijo don Rufino: "¿Y eso quiere decir 
que ayudarán con tropas y buques a los gobiernos 
centroamericanos que se opongan a la Unión?" "Yo 
creo que no — le respondí — pero, en todo caso, hay 
que tomar ese mensaje muy en cuenta." "Lo que soy 
yo, no me echo atrás, suceda lo que suceda, aunque 

480 



el cielo se venga abajo," replicó Barrios. "¿Por qué 
no llama — le dije — al Ministro americano ; le ense- 
ña ese cablegrama, que él ya debe saber que vino, y 
ha de tener instrucciones ; y le manifiesta, que, en 
vista de él, y atendiendo al espíritu amistoso de los 
Estados Unidos, usted ha decidido no atacar, sino 
en el caso de ser agredido por el ejército de El 
Salvador, en cuya frontera tiene necesidad de poner 
fuerzas de observación. Allá verá usted, después, 
cómo hace para que aparezca que lo atacaron." Sin 
responder nada, tocó un timbre, y dijo que le llama- 
ran a Fernando Cruz. Después de hablar larga- 
mente, se redactó el convenio respectivo. 

Se hacían, con gran actividad, los preparativos 
bélicos. Era todo un movimiento terrible. Como el 
general Barrios me había dicho que llegara a verlo 
diariamente, a las doce, me encontraba yo allí, en 
unión de otras personas. El Presidente hablaba de 
varias cosas, sin mostrarse preocupado; pero de 
repente, fijándose en mí, me dijo : "¿Y usted, Batres, 
está aquí?" Yo sorprendido aunque no desconcer- 
tado, le contesté: "Como usted, señor, me ha dicho 
que venga todos los días, me tiene a su disposición." 
"Ah, no me entiende ; quiero decir, que debía estar 
usted en Washington, ya sabe que aquí está usted 
en su casa." "Cuando usted lo disponga, haré el 
viaje inmediatamente." "Pasado mañana sale el 
vapor del puerto de San José; se irá usted y don 
Arturo Ubico, que lleva una comisión para Bográn." 
"Con mucho gusto — le contesté — sólo suplico a us- 
ted se me cubran siete meses de sueldo, que se me 
adeudan." Tocó un timbre, y mandó llamar al Mi- 
nistro de Hacienda, don Delfino Sánchez. A los dos 

481 



minutos, al llegar dicho funcionario, a la puerta del 
salón, se dirigió Barrios a él, diciéndole : "¡Qué 
planta de Ministro! ¿Cuánto se le debe al señor?" 
(señalándome). Algo aturrullado Sánchez, que no 
podía saberlo, no se atrevió a contestar en ese sen- 
tido, sino que musitó : "Tres meses." Barrios, con 
voz de mando, repuso: "Siete meses; no, no con- 
siento que se abuse de mis amigos, que me sirven. 
Vaya usted, y pagúele en el acto, regresando pronto 
a avisarme." Salió Delfino, muy aturdido, haciendo 
una cortesía. Ya tranquilo Barrios, me dijo : "Venga 
mañana, a las nueve, y vea lo que se le ofrezca." 
Fui al Ministerio de Hacienda, que quedaba en el 
palacio, precisamente frente a la casa presidencial, 
y me encontré pensativo a Sánchez, quien exclamó: 
"¿Cómo va usted a quejarse, conociendo el carácter 
del general Barrios?" "Yo no me he quejado — le 
contesté — él me ordenó salir pasado mañana para 
Washington, y me vi en la necesidad de pedirle que 
se me cubriera lo que de sueldos se me adeuda, 
hace tiempo." "Ah, bueno, pero, qué hago yo; no 
tengo dinero." "Yo no sé, acuérdese que debe dar 
aviso pronto ál Presidente." Entonces mandó llamar 
a don Braulio Novales, y después de un rato, llegó 
el millonario, quien convino en darme el dinero 
inmediatamente, por cuenta del Gobierno. 

Ya cuando esto sucedía, estaban rotas las hos- 
tilidades y declarada la guerra con El Salvador, 
Nicaragua y Costa Rica, que rechazaban enérgica- 
mente el Decreto de la Unión. Habían venido antes 
dos comisionados del Gobierno salvadoreño ; a uno 
de ellos le llamaban todos el amigo Aviles, y el otro 
era uno de los ministros. Estos dos sujetos se fueron, 

482 



con Arturo Ubico y conmigo, en el mismo vapor; de 
suerte, que, al llegar al puerto de Acajutla, contaron 
que yo iba como plenipotenciario de Guatemala a 
Washington, y Ubico se dirigía a Honduras, en 
comisión para el general Bográn, aliado de Barrios. 
El vapor debía permanecer anclado en Acajutla un 
día entero. 

Hubo, como era natural, en ese puerto salva- 
doreño, gran excitación contra nosotros, dado que 
nos reputaban enemigos, y nos encontrábamos en 
sus aguas jurisdiccionales. El comandante del lugar, 
el administrador de rentas y otros empleados, fue- 
ron a bordo a exigir del capitán del vapor que nos 
entregara. El administrador hablaba inglés, y era 
el que más se empeñaba en hacernos prisioneros. 
Pude oír lo que pasaba, y entré al camarote de] 
capitán, a explicarle la responsabilidad que con- 
traería en caso de atender las exigencias de aquellos 
señores, a quienes también hablé, manifestándoles 
que, en ningún caso, eran ellos los que debieran 
pedir la entrega de nosotros, sino el Gobierno del 
doctor Zaldívar; que el amigo Aviles y el ministro 
salvadoreño, habían sido tratados con atención, 
después de declaradas las hostilidades ; y que era 
ilegal y atentatorio el procedimiento. Yo estuve 
convenciendo al capitán, de que era mejor que 
zarpara antes el vapor; pero tenía que cargar, y no 
podía salir sino hasta las ocho de la noche. 

Al fin llegamos a la altura de Amapala ; pero 
no pudo Arturo Ubico desembarcar, por más que se 
hizo. Vióse obligado a seguir hasta Panamá. Cuando 
llegamos a Puntarenas, estaban allí sumamente 
excitados los ánimos. Apenas empezábamos a almor- 

488 



zar, cuando una francesa, que estaba a mi lado dijo : 
Voilá, des soldats qui viennent. Volvi la vista 
hacia una de las claraboyas, y percibí claramente 
como quince lanchas, con veinte hombres cada una, 
cuyos fusiles brillaban, a la luz del sol. Me levanté 
en el acto, y corrí a hablar con el capitán, pidiéndole 
que nos fuéramos, sin pérdida de tiempo. / can't 
with out the clearance — me decía muy sereno ; 
pero, cuando vio el número de soldados, y le hice 
notar el riesgo inminente, tocó un timbre tres veces, 
y al momento comenzó a andar el buque, dejando 
cerca las lanchas, que ya no pudieron seguirlo. De 
otro modo, habría habido una tragedia. 

Al arribar a Panamá, fuimos a ver al capitán 
Daw, jefe allí de la Pacific Maíl. Estaba en la plaza, 
ese amigo mío, en unión de otro americano, a las 
siete y media de la noche, tomando el fresco y 
oyendo la retreta, cuando llegamos mi amigo Arturo 
Ubico y yo, a saludarlo. Se rió al vernos, y nos dijo, 
que milagrosamente habíamos escapado ; que no se 
comprendía cómo habíamos tomado un buque que 
anclaría en aguas enemigas, y que llevaba bandera 
americana, siendo así que el Gobierno de los Estados 
Unidos estaba más bien por los aliados, y en contra 
de la intentona de Barrios. Ubico le indicó que de- 
seaba regresar por el vapor siguiente. Muy serio le 
dijo Daw: Usted ser contrabando de guerra. Yo 
no ser contrabando de nada, replicó Arturo, con* 
ironía; pero conviniendo en esperar mejor oportu- 
nidad. 

Yo debía , al día siguiente, continuar para Colón. 
Los doce mil pesos plata que iban para Bográn, a 
cargo del mismo Ubico, no se los entregaron, que- 

484 



dando en la bodega del barco, lo cual puso a mi 
amigo, en el caso de que yo le diera mil pesos pres- 
tados, porque andaba con pocos fondos, como que 
creía ir a Honduras, nada más. Me dio una libranza 
por dicha suma, contra don Manuel Hernández, 
que se hallaba en Guatemala, y éste la cubrió inme- 
diatamente que le fué presentada. Los doce mil 
pesos fueron a parar a San Francisco California, 
y por influencias de don Florentín Souza, llegaron 
a poder de doña Francisca Aparicio de Barrios, que 
era quien menos los necesitaba, y que ningún dere- 
cho tenía sobre los fondos nacionales. 

Desde Panamá, escribí al general Barrios, 
dándole cuenta de los grandes peligros que había- 
mos corrido, y tuve cuidado de enviar la carta dentro 
de otra, que llevaba la dirección de mi inolvidable 
padre, licenciado don Cayetano Batres, a quien 
supliqué, que al recibirla, me hiciera el favor de 
llevarla a don Rufino. Así lo hizo, y a las ocho de la 
noche, fué a su casa. Ya estaba cerrada la puerta, y 
al llamado, se levantó la guardia, saliendo un coro- 
nel, que lo conocía bien, y le dijo que el señor 
Presidente ya estaba acostado; pero que si no le 
daba cuenta, podía enojarse; que iba a avisarle, 
corriendo el riesgo de que le diera un gran regaño. 
Volvió, manifestándole que pasara adelante. Estaba 
Barrios en su cama, se incorporó al ver a mi* padre, 
y le dijo : "Don Cayetano, ¿se ha caído la catedral?", 
invitándolo amablemente a que se sentase en una 
silla inmediata. Al recibir la carta, se puso los anteo- 
jos don Rufino; y al llegar al punto del gran riesgo 
corrido, dijo a mi padre : "¿Ya Tono le habrá referido 
el peligro en que se vio?" "No, — repuso él — jamás 

' 485 



me habla de política en sus cartas familiares." "Bue- 
no, — replicó Barrios, manifestándole, lo ocurrido — 
aunque realmente hubo mucho riesgo, ya pasó por 
fortuna. En cuanto salga yo de eso de la Unión, me 
traigo a Tono para acá a mi lado, y pienso darle una 
finca, para que se abra un porvenir." Después, con- 
versó con mi padre cariñosamente, y cuando se des- 
pidió, tocó un timbre, y dijo al coronel: "Vas a dejar 
a mi amigo don Cayetano, y volvés hasta que haya 
entrado en su casa." Siempre fué Barrios un hom- 
bre franco y consecuente. Como amigo era bueno, 
leal y generoso. 

Llegué a Nueva York, el 2 de abril de 1885, y 
me fué a recibir al vapor, Mr. Baiz, Cónsul de Gua- 
temala, quien lo único que sabía era que ya se 
libraba una batalla en Chalchuapa. A las dos de la 
tarde, cuando me hallaba tomando un lunch, en el 
hotel "Victoria", llegó dicho amigo mío azorado con 
un lío de periódicos en la mano, y me dijo : "Muy 
malas noticias, aquí tiene El Heraldo, que anuncia 
la muerte del general Barrios, acaecida hoy a las 
nueve a. m." "¿Será verdad — le dije — me parece 
muy rápida la noticia. En todo caso, yo tomaré el 
tren de esta noche para Washington." Tenía yo el 
presentimiento de que las grandes empresas tienen 
sus infortunios, como los grandes hombres. 

Al siguiente día, fui a la Secretaría de Estado, 
en donde me dijo Mr. Frelinghuisen, que oficial- 
mente nada se sabía; que si llegaba noticia cierta, 
me la transmitiría al hotel "Arlington". A las tres de 
la tarde recibí el aviso, confirmando el fallecimiento 
del caudillo de la Unión centroamericana. Como el 
cable transatlántico estaba en El Salvador, yo no 

486 



podía tener noticias. Mandé inmediatamente un 
telegrama, para que en la Academia de West Point, 
dieran permiso a Antonio Barrios, de venir a mi 
lado, por nueve días. Llegó el pobre joven — a quien 
atendí mucho — y tuvo, como era natural, un pesar 
profundo. 

El 5 de abril, me llegó de Nueva York, un anó- 
nimo, que conservo, escrito con lápiz; decía: Murió 
Rufino y su hijo Venancio. Ahora* salen veinte mil 
hombres, a las órdenes del Ministro Baranda, de 
México^ con cuatro generales, a conquistar nuestra 
querida Patria. « Pida usted pronta intervención 
americana. A las diez de la mañana, me fui a la 
Secretaría de Estado, y entré a saludar a mi amigo 
Mr. Adee, segundo secretario asistente, quien me 
dijo, al verme: "Ya sé a lo~ que usted viene. Acaba 
de llegar este cablegrama de nuestro ministro en 
México, y me lo dejó ver; anunciaba lo mismo que 
decía el anónimo. Esperé que llegara Mr. Freling- 
huisen , y en cuando lo vi entrar, me dirigí a él, 
pidiéndole dispensa, y manifestándole que un asunto 
importantísimo y urgente, me obligaba a molestarle. 
Entramos al salón, y así que lo impuse de lo que 
pasaba, me contestó : "Yo no sé nada, voy a llamar 
al subsecretario." Llegó Mr. Adee, con el cablegrama, 
y al acabar de leerlo el canciller americano, me 
preguntó, con amabilidad, qué pedía yo. "De pronto, 
— le dije — que usted se digne proporcionarme una 
audiencia inmediata con el señor Presidente, dada 
la importancia del asunto." "Realmente, conviene 
tratarlo luego — me contestó — yo acompañaré a us- 
ted", y se levantó a comunicarse con la Casa Blanca, 
que está frente al grandioso edificio de los Departa- 

487 



mentes de Estado y de la Guerra. Pocos momentos 
después, estábamos en el salón azul, en donde me 
dejó, para entrar a hablar con el Presidente. Cuando 
este alto funcionario llegó a dicho salón, acompa- 
ñado de Mr. Frelinghuisen, se mostró deferente, 
diciéndome : "Estoy informado del asunto, que me 
proporciona el gusto de ver a usted, dígame lo que 
desea." "Aprovecho la oportunidad de presentar al 
señor Presidente mi respetuosa consideración — le 
contesté — y me apresuro a rogarle la intervención 
del Gobierno americano,, a fin de qu,e no sea invadida 
Guatemala, traidoramente por México, en las actua- 
les circunstancias. . ." Presenté la situación y aduje 
razones, con gran calor en pro de mi súplica. Enton- 
ces el Presidente, con marcado interés, me interrum- 
pió, exclamando: "No, no sucederá; puede usted 
estar tranquilo. Cuente con lo que yo le ofrezco." Di 
las gracias expresivamente, y al despedirme ; agregó : 
"Nada tiene usted que temer ni agradecer; es de 
justicia, es nuestro deber. Esté usted muy seguro." 
Al volver, a dejar al señor Secretario de 
Estado a su despacho, me dijo: "Esta tarde, antes de 
las cinco, mandaré a usted la contestación de nuestro 
Ministro en México, que no dudo tiene que ser 
satisfactoria." En efecto, a esas horas, recibí la 
copia del cablegrama que decía : "Presidente Díaz 
asegura que el ejército no iba invadir Guatemala, 
sino cuidar frontera. Para evitar suposiciones, ha 
dado orden que regrese inmediatamente." La verdad 
era que venía a agredirnos, a conquistarnos, estando 
el país desequilibrado. 

488 



Después se supo, por la prensa, cómo se había 
preparado esta invasión, que quedó frustrada, me- 
diante los buenos oficios del Gobierno de los Estados 
Unidos de América, y mi gestión oportuna y muy 
eficaz. 

Pronto dirigí una nota a la Secretaría de Estado, 
dando las más vivas y cordiales gracias, después de 
referir detalladamente mi solicitud y la favorable 
acogida que había recibido del Presidente de la gran 
república. A los tres días, recibí un oficio extenso, 
en el que se transcribía, como es usual, el que yo 
había enviado; y se contestaba, que no había por 
qué rendir el homenaje de reconocimiento que yo 
presentaba; que se quería la paz, y las mejores 
relaciones entre todos los pueblos del Continente 
americano. Saqué una copia certificada de tan 
interesante comunicación, la dejé en el archivo, y 
guardé, conmigo el original, que conservo, como 
constancia auténtica de este servicio que tuve opor- 
tunidad de rendir a mi patria ; y que siempre me ha 
llenado de satisfacción, única recompensa que he 
alcanzado. 

En medio del pánico que produjo en Guatemala 
la muerte del general Barrios, quedó por la ley 
el poder en manos de don Alejandro Sinibaldi, hom- 
bre de bien ; pero que no pudo resistir la imposición 
de Barrundia, Ministro de la Guerra. Don Taño, 
sófo fué presidente nominal, del 2 al 5 de abril de 
1885, y por eso le decían flor de un día. En el ce- 
menterio, se encontraba al frente de una división 
de tropa, don Martín, luciendo brillante uniforme, 
montado en un hermoso caballo tordillo, acompa- 
ñado del coronel Vicente Sáenz ; estaba dispuesto 

489 



proclamar el ejército Jefe Supremo al Ministro de 
la Guerra a tiempo de darse sepultura al cadáver 
del presidente extinto; pero antes, apareció allí el 
general Manuel Lisandro Badilas, que acababa de 
llegar de Los Altos, y era el 2 9 designado a la Pre- 
sidencia ; y se le presentó a Barrundia, diciéndole 
que diera orden para acuartelar los fres mil hombres 
que traía. Este incidente, llenó de turbación al 
Ministro, que no tuvo valor para que se le procla- 
mara. Resultó, después, que aquel 2 9 designado no 
contaba realmente con tantos soldados. Barrundia 
fué nombrado Ministro Plenipotenciario en Italia, 
y salió del país inmediatamente. Cuando iba en el 
camino, le cancelaron el nombramiento. 

Era el general J. Martín Barrundia, hombre 
educado, de modales finos, aspecto imponente, her- 
mosas facciones, blanco, alto y corpulento, con buena 
inteligencia, carácter duro, que se inspiraba en el 
rigor de la Reforma. En medio de la rigidez con 
que llevaba los asuntos, no se puede negar que Ba- 
rrundia era organizador, y contribuyó a dar a aquella 
época la forma de una dictadura vigorosa, pero 
progresista, que tuvo que luchar contra hábitos 
seculares y temibles enemigos, identificados al an- 
tiguo régimen. 

Cuando el general Barrios perdió la vida, en los 
campos de Chalchuapa, quedó Guatemala expuesta 
a la anarquía, y sobrevinieron hechos dignos de 
recordación. Era el primer designado a la Presiden- 
cia, como se ha dicho, don Alejandro Sinibaldi, 
caballero honorable, de buena índole, comerciante, 
querido generalmente, y con una posición social 
recomendable ; pero Barrundia, ambicionaba la Pre- 

490 



sidencia, y mandaba en lo absoluto, sin hacer caso 
para nada de don Taño. La situación resultaba crí- 
tica, y el público amedrentado. Los amigos de aquel 
Ministro de la Guerra, lo apoyaban; pero no tenía 
la opinión general en su favor. Cuando se trató de 
dar sepultura a los restos mortales del presidente 
Barrios, estaba resuelto Barrundia a proclamarse 
su sucesor. Antes lo debió haber hecho, en la Asam- 
ba Legislativa, aunque allí no contaba con la 
atmósfera precisa para dar ese golpe de Estado. 

Fueron aquellos momentos decisivos de una 
situación que estuvo a punto de causar muy tristes 
y terribles consecuencias; porque naturalmente, 
después de la muerte de Barrios, faltó el caudillo, 
en el cual estaba encarnado todo el poder, quedando 
acéfala la nación. Pudo sobrevenir la anarquía; pero 
por una casualidad — como otras tantas que a Gua- 
temala han salvado — subsistió el orden, aunque 
perfilándose una reacción violenta, que tomó creces, 
cuando se mandó sacar a muchos presos de la 
penitenciaría, y se pusieron de manifiesto las inhu- 
manidades cometidas. A Barrundia lo nombró el 
Gobierno de Barillas, Ministro en Roma; pero ya 
dijimos, que apenas se había embarcado, le cance- 
laron dicho nombramiento. Los primeros Ministros 
de aquel gobierno fueron personas respetables, como 
el licenciado don Manuel J. Dardón, don Ángel 
María Arroyo, don Antonio de Aguirre, y formóse 
un círculo que se vio estrechado por un reacciona- 
miento lógico, tras aquellas anómalas y críticas cir- 
cunstancias, cuando regresaba el ejército, después 
de derogado el Decreto de la Unión. Por fortuna, en 
El Salvador había gran descontento contra Zaldívar, 

491 



y tuvo que dejar la Presidencia. El general Felipe 
Cruz, guatemalteco honorable, contribuyó a salvar la 
situación, junto con el general Reina Barrios. 

Ya no pudiendo regresar a Guatemala el ex- 
secretario de la Guerra, don Martin Barrundia, se 
fué a radicar a México ; pero la elevada posición 
que había ocupado, no se le pudo olvidar; y la 
nostalgia de sus buenos tiempos, en que su voluntad 
imperaba, y la ambición de mando y de dinero, 
fueron parte a que, en varias ocasiones, tratara de 
hacer la revolución al general Barillas; pero sus 
intentos fracasaron, porque México le estorbó la 
introducción de armas y de los demás elementos, 
para una invasión. Cuando en el año 1890, surgió la 
guerra entre Guatemala y El Salvador, presentóse 
a Barrundia una ocasión oportuna, de acuerdo con 
los Ezetas, para llevar a cabo sus propósitos, pues 
aunque el armamento, que quiso introducir le fué 
embargado en Tapachula, trató de llegar a la capital 
salvadoreña, y al efecto, embarcóse en Acaputco, en 
el vapor del mismo nombre, a. fin de reunirse con las 
tropas enemigas de Barillas. * 

A pesar de que no ignoraba que dicho vapor 
tendría que tocar en los puertos de Guatemala, se 
atuvo a la protección de la bandera norteamericana, 
que la nave llevaba aunque estuviese en las costas 
guatemaltecas. El 27 de agosto de 1890 llegó el 
"Acapulco" a las aguas de San José, y en esa rada 
se hallaba anclada una escuadrilla de buques ame- 
ricanos ; pero sucedió que el gobierno de Barillas, 
teniendo sumo interés en capturar a Barrundia, 
obtuvo del Mijiistro de los Estados Unidos, acredi- 
tado en Centro América, una orden escrita para 

492 



poder penetrar al vapor y apresar a dicho general, 
Era representante de la poderosa nación americana, 
Mr. Lanssinger Mizner, y entonces se dijo que había 
recibido del Ministro de Relaciones Exteriores, 
doctor don Francisco Anguiano, cincuenta mil dóla- 
res, a efecto de dar tal orden. A las dos de la tarde 
de aquel día, penetraron al vapor, el comandante del 
puerto de San José, coronel y licenciado Enrique 
Toriello, en unión del subdirector de policía de esta 
capital, tres agentes y el teniente Calderón. El 
capitán del vapor, Mr. W. G. Pitts, estuvo presente, 
con el objeto de capturar a Barrundia. La tripulación 
y pasajeros del barco estaban en favor de don 
Martín; pero habiendo dado permiso el capitán del 
"Acapulco", Mr. W. G. Pitts, para efectuar la entre- 
ga del general Barrundia, acatando la orden del 
Ministro americano, trató de efectuarse. Se presen- 
taron, en el camarote de Barrundia, el mencionado 
comandante, Enrique Toriello y el capitán del vapor. 
Salió inmediatamente don Martín, en camiseta, por 
el mucho calor que allí hacía, y se le notificó la 
orden de captura y extracción del barco, leída por 
Toriello, en cumplimiento de la prevención superior 
del Ministro de la Guerra de Guatemala, que se 
fundaba en el permiso otorgado por el representante 
diplomático de los Estados Unidos. Claro es que el 
general Barrundia comprendió encontrarse perdido. 
Entonces, con calma y seriedad, dijo: "Permítame 
que me vista, para poder salir." Rápidamente penetró 
en su camarote, sacó dos revólveres e hizo fuego 
sobre el coronel Toriello y el capitán del barco, 
quienes al ve> aquella actitud hostil, trataron de 
librarse. Se proponía Barrundia, viéndose perdido, 

493 



sublevar a I a tripulación del vapor, que estaba en 
favor suyo, pues todos los pasajeros se hallaban 
indignados ante aquel procedimiento. Pero como el 
general Barrundia era cegatón, no hizo más que 
disparar los dos tiros de cada revólver, mientras que 
los militares huyeron hasta abajo del comedor. En 
aquellos instantes, uno de los edecanes de Toriello, 
que estaba oculto tras las chimeneas del vapor, hizo 
fuego, con una tercerola, sobre Barrundia, que cayó 
muerto, a las 2 de la tarde del 27 de agosto de 1890. 
Esta terrible escena conmovió a toda la tripulación 
y pasajeros ; pero no pasó a más. Sacaron el cadáver 
del general y lo trajeron a Guatemala. Enloquecida 
de pesar una de las hijas de don Martín, que estaba 
en esta capital, doña Teresa Barrundia de Bengoe- 
chea, joven apreciable, por cierto, tomó un revólver, 
fué a la Legación de los Estados Unidos er. Guatema- 
la, preguntó por el Ministro Mizner; y encontrá- 
dolo sentado en su escritorio, le disparó un tiro, que 
no hizo blanco, sino que fué a dar a un gran diccio- 
nario de Webster, que estaba en un atril. No se 
tomó ninguna providencia — como no debía tomar- 
se — contra la desconsolada hija de aquella víctima 
de encontrados intereses políticos. 

En otro capítulo, tendré oportunidad de reseñar 
las consecuencias y reclamaciones de este lamenta- 
ble incidente, que levantó gran revuelo en el pueblo 
y en el Congreso americanos, y mucho movimiento 
en el periodismo de los Estados Unidos. 



494 



CAPÍTULO AVI 

La Unión Centroamericana, proclamada por el 
general J. Rufino Barrios; y cómo se efectuó la muerte 
del caudillo.— Caída de la Presidencia de Zaldívar, en 
El Salvador. 

SUMARIO 

Rechazo armado de El Salvador, Nicaragua y 
Costa Rica. — Actitud de Guatemala.— Ejército que se 
organizó. — El 26 de marzo de 1885 salió .para Jutiapa.— 
Sucesivos triunfos que obtuvo. — Se niegan las tropas 
de Jalapa a pelear a las órdenes de su jefe, coronel 
Girón. — Sale Barrios inmediatamente a ponerse al 
frente de ellas. — Lo reciben con entusiastas aclama- 
ciones. — Opinión del secretario de don Rufino, que era 
el inteligente doctor salvadoreño Rafael Meza, acerca 
de la manera como tuvo efecto la muerte del Jefe 
Supremo, Barrios. — Otras versiones diferentes. — La 
que acepta el autor de estas "Memorias". — Palabras 
textuales del coronel José Ángel Jolón, ayudante de 
campo de Barrios, que recogió su cadáver, quien sabía 
bien la celada de que fué víctima el general J. Rufino 
Barrios. — Cómo le dieron el balazo, que le causó la 
muerte, yendo junto con el general Andrés Téllez, 

495 



quien milagrosamente, salvó su vida, muriendo des- 
graciadamente el hijo político de don Rufino, don 
Urbano Sánchez, y otros dos oficiales. — Fueron unos 
tiradores expertos, escondidos sobre unos árboles, 
mandados poner allí por los enemigos. — Hubo un 
infame engaño, una traición. — Cuál fué el móvil que 
decidió al general J. Rufino Barrios a proclamar la 
Unión Centroamericana, declarándose Jefe de ella.— 
Perdió la vida envuelto por la bandera azul y blanco, 
que tanto defendió. — Queda el general Felipe Cruz al 
mando de las fuerzas. — Zaldívar tiene que dejar la 
Presidencia. — Se hace cargo de ella el general Me- 
néndez. — Traición de los hermanos Ezetas, que se 
apoderan del mando. 



Con presencia de la repulsa armada que hicieron 
los gobiernos de El Salvador, Nicaragua y Costa 
Rica, a la proclamación del general Barrios, decla- 
rándose, el 28 de febrero de 1885, Jefe Supremo de 
la Unión Centroamericana, dispuso el gobierno de 
Guatemala, organizar un ejército, a fin de proteger 
los movimientos que se hicieran en pro de la gran- 
diosa idea. 

El 26 de marzo de 1885 se concentraron en Ju- 
tiapa, quince mil hombres, mandados por el mismo 
general Barrios, Jefe de Estado Mayor; el mariscal 
J. Víctor Zavala. Oficiales del Estado Mayor, Luis 
Beteta, Andrés Téllez, Fernando Alvarez, Francisco 
Brandet, Miguel Montenegro, TomásTerrán y otros 
Secretario, doctor Rafael Meza. Jefe del Cuerpo Mé- 
dico, doctor Joaquín Yela. La artillería contaba con 
dieciocho cañones modernos, dirigida por el coronel 
francés Emilio Brandet. A la vanguardia iban las 
brigadas de infantería, de los generales Monterroso 

406 



y Girón. En el lugar llamado El Coco, se encen 
traba la fuerza salvadoreña, bien fortificada. El día 
30, a las diez de la mañana, llegaron, el general 
Barrios, con su Estado Mayor, la Brigada Reina y la 
Guardia de Honor, Con cinco piezas de artillería 
comenzó el fuego sobre las trincheras enemigas, y 
a las tres de la tarde, varias columnas de las que 
allí estaban, se vieron en la precisión de retirarse. 
La compañía del general Girón, fué a practicar un 
reconocimiento en las márgenes del Río Paz, y 
atacada por mayor número de tropa, hizo retroceder 
a los salvadoreños, a pesar de la resistencia que pre- 
sentaron en La Olla, con más de dos mil hombres, 
ametralladoras y cañones Hotchkiss ; pero al fin, 
fueron derrotados. A las cinco de la tarde, se dio 
orden, al general Reina, de ocupar, con su brigada, 
las alturas de El Coco, lo cual fué ejecutado con 
denuedo, en una hora de combate. Cuando el sol 
caía, ya estaba derrotado el enemigo en ese punto. 
Las fuerzas que atacaron Chalchuapa se .escalona- 
ron desde Chingo hasta el cerro Tachipehuiel . El 
general en jefe daba sus órdenes, y visitaba activa- 
mente las diversas secciones del ejército. 

Por la mañana del l 9 de abril, fué el general 
Reina a reconocer las posiciones contrarias; y se 
encontró con que Chalchuapa se había desocupado, 
a lo que parecía. Para cerciorarse, envió dos espías, 
quienes le informaron que, en la plaza de ese lugar, 
había muchos soldados, y que estaban llegando, en 
mayor número, de Santa Ana. A las ocho de la ma- 
ñana, comenzó el bombardeo sobre Chalchuapa, 
con bastante acierto; no así el del enemigo, que no 
perjudicaba. 

497 



Como a las cuatro de la tarde, una compañía 
del Batallón Jalapa, pidió licencia al coronel Girón, 
para bajar a tomar agua al río de El Coco. Por 
casualidad, estaban allí unos soldados salvadoreños, 
en número de treinta, que habían ido por unos 
toneles de agua; y les hicieron fuego a los jalapas, 
quienes atacaron entonces los atrincheramientos 
inmediatos. El comandante Girón, vióse en la nece- 
sidad de mandar proteger su tropa, acudiendo él 
mismo, para dirigirlos. Los nuestros se apoderaron 
de la hacienda, pero quedaban las trincheras, en la 
parte alta, y era posible que los salvadoreños recu- 
perasen lo perdido. Unos seiscientos jalapas, obtu- 
vieron pronto un decisivo triunfo, en El Coco. 
(Descripción del doctor Rafael Meza, secretario 
militar del general Barrios). Se tomaron, en esta 
victoria, dos piezas de artillería, 400 armas, y no 
pocas municiones (José. A. Beteta, en un interesante 
folleto, que publicó). 

El 30 de marzo, atacaron La Magdalena, des- 
pués de la acción de El Coco, los generales Camilo 
Alvarez y José M. Reina Barrios, quienes recibieron 
orden de irse sobre Chalchuapa. Todo caminaba 
perfectamente. Cuando ya había regresado el gene- 
ral en jefe, Barrios, y acababa de almorzar, llegó 
sofocado el teniente coronel Claudio Avila, a darle 
aviso que mandaba el coronel Girón, de que loa 
jalapas no querían pelear y pedía orden para fusilar 
unos cuatro o seis de ellos. Don Rufino, muy incó- 
modo, exclamó: "Sólo eso me faltaba; semejante 
cosa, yo la arreglo, ¡tráigame mi yegua!" 

498 



Salió al galope, y fué vitoreado por los jalapas, 
que no querían a Girón. Refiere el doctor Rafael 
Meza, que Barrios se colocó en un lugar alto; y 
como su cabalgadura era grande, presentaba el jefe 
un blanco bastante visible para el enemigo; que 
entonces, para ocultarse algo, se inclinó Barrios, del 
lado derecho del pescuezo de la yegua. El fuego era 
nutrido, y en esa posición, recibió un balazo, cayendo 
instantáneamente al suelo ; y quedándose el animal 
inmóvil. 

Pero tal aserto, ha tenido otras versiones, que 
deben tomarse en cuenta, para aclarar, en lo posible, 
cómo se verificó la infausta muerte del Jefe Supre- 
mo de aquella campaña memorable ; en la que pocas 
horas después, a no haber acaecido aquella desgra- 
cia, el triunfo de nuestras armas estaba asegurado. 

Yo poseo datos verídicos sobre cómo acaeció 
la muerte del general Barrios ; datos que me fueron 
suministrados por su asistente, el coronel José Ángel 
Jolón, que se encontraba con él, cuando fué mortal- 
mente herido. Estaba yo en Nueva York, algún 
tiempo después, para recibir en esa gran ciudad, a 
la esposa de don Rufino, con sus hijos, todavía 
pequeños. La acompañaban, Luciano Barrios, el 
coronel Jolón y la señorita Luz Ruiz. Doña Paca 
Aparicio v. de Barrios, ocupó una casa en la 5* 
avenida, frente al Parque Central. Esa mansión 
lujosa y bien situada la había comprado don Rufino, 
pero, como la señora no sabía las prácticas domésti- 
cas de la gente rica de allá, puso al coronel Jolón 
de portero, sin duda, por la seguridad que dicho 

499 



guatemalteco ofrecía, como honrado y leal. Ya en 
vísperas de regresar yo a Guatemala, fui, una de 
tantas veces, a visitar a doña Paca, a quien procuré 
servir, haciendo que entrase, sin pagar derechos, 
que importaban diez mil dólares, un gran equipaje, 
varios caballos, y otras muchas cosas, que de aquí 
llevó a los Estados Unidos. En esa oportunidad, el 
portero Jolón, me suplicó que, si era posible, le 
consiguiera permiso para volver a Guatemala, ya 
que no quería continuar llevando aquella vida, en 
país extraño. Hice ver a la señora viuda de Barrios, 
que no le convenía tener a un portero que no ha- 
blaba inglés ; que se mantenía, en tiempo de calor, 
en mangas de camisa, y en tiempo normal, sin uni- 
forme, cuando generalmente lo usan; que Jolón 
deseaba regresar a Guatemala, aprovechando mi 
viaje ; y que le suplicaba dar el permiso que él pedía. 
Quedó convenido que le pagaría ella el pasaje, en 
primera, y se iría conmigo dicho coronel. 

En la larga travesía, que en aquel tiempo se 
hacía, para venir por Panamá a Guatemala, platica- 
ba yo con Jolón; y él me contó, que una tarde, como 
a las seis, llegó un viejecito salvadoreño, con un 
joven, hijo suyo, a hablar con el general Barrios, 
cuando estaba la batalla de Chalchuapa ya para 
ganarse, por las tropas unionistas. Que al ver Ba- 
rrios, a aquellos mensajeros, dijo a Jolón: "Déjame 
solo con ellos, aquí en mi tienda de campaña, y 
volvés después." Temeroso el ayudante Jolón, de 
que sucediese algo a su jefe, se puso, por fuera, a 
espiar lo que pasaba ; y pudo oír claro que el general 
dijo a aquellos salvadoreños : "Los cincuenta mil 

500 



pesos están listos, para que ustedes, en las dos 
muías que traen, los lleven; pero me explican bien 
el camino que debo tomar para mi entrada, puesto 
que todo está convenido." Que entonces, el viejo y 
el muchacho, le contestaron: "Que entrara r con su 
Estado Mayor, por una vereda, que indicaron; y 
que ya Zaldivar podría salir, y dejar la plaza, en 
poder de los guatemaltecos ; porque tenía un buque 
listo para huir, pues quedaría El Salvador revuelto." 
Jolón me aseguró que él, con algunos soldados, ayu- 
daron a dichos mensajeros, a cargar el dinero sobre 
las muías. 

Esto pasó la víspera de que acaeciese la ocu- 
rrencia de los jalapas; y el general Barrios, en 
compañía de Andrés Téllez, Urbano Sánchez, Jolón 
y dos militares cuyos nombres no recuerdo, se diri- 
gió el 2 de abril, como a las siete de la mañana, por 
un espeso bosque que tenía un camino estrecho ; que 
sobre los árboles, muy ocultos, estaban unos tirado- 
res ; y que de repente dispararon, sobre la comitiva, 
hiriendo en el lado derecho del hombro, al general 
Barrios, y atravesándolo la bala por el corazón, 
dejándolo instantáneamente muerto. Al coronel Té- 
llez, le deshizo, otra bala, la manzana de la silla que 
montaba, raspándole ligeramente la frente; a 
Urbano Sánchez lo alcanzó otro proyectil, que le 
pegó en el estómago, sobre el reloj, que le quedó 
hundido, produciéndole la muerte; y además, otros 
dos militares, que cayeron sin vida, por balazos 
verticales. La herida que sufrió Barrios, por su direc- 
ción, indica claramente, que fué resultado de un tiro 
disparado de muy arriba hacia abajo; lo mismo que 
los otros disparos, que se han descrito. Viéndose 

501 



perdido el ejército salvadoreño, es muy verosímil 
que se valiera su jefe de una estratagema, como la 
que corrió, por muy válida, a raíz del fallecimiento 
del Presidente de Guatemala. 

Jolón era hombre verídico, y a mí me tenía 
particular afecto ; por lo que creo que, como testigo 
presencial, que recogió el cadáver de su general, y 
presenció lo que me dijo, en 'calidad de. ayudante 
de confianza, merecía crédito. Otra versión, que 
circuló, era que, una bala de los mismos jalapas 
— de algún traidor — había sido el instrumento de 
la muerte, que hizo caer al jefe de la* Unión Centro- 
americana, lo cual no es verosímil. 

En aquellos años, se creía por muchos, que la 
viuda del teniente coronel Bonilla Cruz, había intri- 
gado a los jalapas a no obedecer al coronel Girón. 
Pero el jefe del Cuerpo Médico de Sanidad, doctor 
Joaquín Yela, muy amigo mío, me explicó : "Que, 
cuando hizo, en unión del doctor Monteros, y de 
otros cirujanos, el embalsamamiento del cadáver del 
Presidente Barrios, todos convinieron en que la 
herida había sido causada por un disparo de rifle 
— Jiecno con dirección perpendicular, de arriba para 
abajo — , seguramente desde las ramas de algún 
árbol alto." 

Ello fué, que el fallecimiento del general Ba- 
rrios, se trató de ocultarlo, para no desmoralizar la 
tropa. Quedó nombrado Mayor del Ejército el 
general Felipe Cruz. Los generales Zavala y Negrete 
impusieron enérgicos esfuerzos, para evitar que se 
desbandara el ejército, al saberse el fallecimiento 
del Supremo Jefe; Reyna Barrios trabajó, con sere- 

502 



nidad, a fin de conservar orden, habiéndose condu- 
cido bien los demás jefes. A las cuatro y media de 
aquella luctuosa tarde, sólo se oía, a lo lejos, uno 
que otro tiro perdido, como rezago de la retirada. 
Hasta las 8 de la mañana siguiente, 3 de abril, no 
se dieron cabal cuenta los salvadoreños de la muerte 
de Barrios; aunque Zaldívar y los jefes principales, 
es seguro que ya lo sabrían al rato de acontecer. . . 

¡La bandera azul y blanco sirvió para cubrir 
los restos mortales del Reformador de Guatemala ! 

Zaldívar retiró de Armenia, su tren de equipaje, 
y también el vapor Neptuno, que lo esperaba, para 
huir, en aguas del puerto de Acajutla. Dirigió inme- 
diatamente un telegrama al general Felipe Cruz, 
proponiéndole que se proclamase Presidente de 
Guatemala; y que contaría con el apoyo de El Sal- 
vador. Este pundonoroso militar, leal y honorable, 
le contestó, rechazando indignado, semejante trai- 
ción; e incómodo con la respuesta, el doctor comi- 
sionó a Mardoqueo Sandoval, para revolucionar 
Guatemala; pero un hombre de gran mérito y 
verdadero civismo, el general Francisco Menéndez, 
se levantó, con prestigio, y derrocó el poder insoste- 
nible de Zaldívar. El Cincinato salvadoreño, fué 
traicionado inicuamente, más tarde, por los Ezetas. 
El doctor Zaldívar tuvo que irse a vivir a Europa, 
en donde falleció. 

No fué el móvil del general Barrios — como ya 
lo demostramos en el anterior capítulo — incremen- 
tar su poder, ni menos el espíritu de extenderlo. Fué, 
en verdad, el propósito de salvar el territorio de 
Centro América del imperialismo, que ansiaba la 
construcción, por Nicaragua, del canal interoceáni- 

503 



co; fué el de neutralizar la alianza ofensiva y 
defensiva, que los Estados Unidos, tenian estipulada 
con el Gobierno de don Pedro Joaquín Chamorro, 
que hubiera perjudicado a Guatemala. El general 
J. Rufino Barrios perdió la vida en pos de una idea 
patriótica, elevada y generosa ! (1) 

Hubo en todo el manejo del doctor Zaldívar una 
verdadera traición, contra el general Barrios, a 
quien le debía la presidencia, que se la solicitó, 
ofreciéndole ser consecuente y leal. Muchísimas 
veces había protestado a don Rufino, que de parte 
de El Salvador, estaría pronto a secundarlo en la 
obra de la Unión Centroamericana. Es evidente que 
sin las falsas promesas de Zaldívar, Barrios no se 
hubiera lanzado a una aventura peligrosa. Un mi- 
nistro especial fué enviado a México por don Rafael 
Zaldívar, para que el general don Porfirio Díaz, que 
no quería bien a Barrios, se opusiera. Este gober- 
nante, de un modo brusco, dirigió el siguiente tele- 
grama, con fecha diez de marzo : "Enterado 
telegrama, siete del corriente mes, la resolución 
tomada exclusivamente por la Asamblea de esa 
República, es rechazada con energía por gobiernos 
y pueblos de las demás repúblicas centroamericanas, 
según telegramas que he recibido de Nicaragua, 
Costa Rica y El Salvador. Tal circunstancia y la 
impresión creciente que esta noticia causa al pueblo 
mexicano, influirán en la actitud que ha de tomar el 
Gobierno de mi cargo, ante una emergencia que es 



(1) Para más detalles consúltese la obra del general Pedro 
Zamora Castellanos, "Vida Militar de Centroamérica", páginas 449- 
472 y el folleto que publicó el general /. M. Reyna Barrios, sobre 
la "Campaña de la Unión Centroamericana." 

504 



una amenaza contra la autonomía y la independen- 
cia de las nacionalidades de este Continente." Este 
mensaje, dirigido al Presidente de Guatemala, revela 
el odio con que se oponía el mandatario de México 
y su famoso Ministro de Relaciones Exteriores. Los 
Estados Unidos, de un modo tácito, pero expresivo, 
no aceptaron con benevolencia el proceder de la 
Unión. Hay más, y es que, haciendo suposiciones 
absurdas e imposibles, se amenazó a Guatemala por 
el gobierno mexicano. El señor Mariscal, secretario 
de Relaciones en México, dirigió al de Guatemala, 
el telegrama risible que decía: "Sabemos tentativa 
de un bote guatemalteco, para romper cable. En la 
actualidad, cualquier acto para interrumpir nuestra 
correspondencia, deberá ser considerado por este 
gobierno, como agravio a México." ¿Cómo cabía en 
cabeza humana, que en un bote, se fuera a romper 
un cable transatlántico, que tenía su terminación en 
aguas salvadoreñas?. . . El cuerpo diplomático, com- 
puesto de los ministros de los Estados Unidos, In- 
glaterra, Francia, Italia y Alemania, se empeñaron 
mucho en que prevaleciera la paz ; y no pudieron 
tener éxito los esfuerzos diplomáticos de Zaldívar, 
que contemplaba desquiciado su poder; porque El 
Salvador mismo, no veía con buenos ojos la traición 
de aquel mandatario, que todo lo debía al general 
Barrios, y tenía empeñada su palabra en el asunto 
de la Unión. A mediados de mayo, tuvo Zaldívar que 
abandonar ia república de El Salvador, para vivir en 
Europa, con el dinero que había hecho, a la sombra 
y protección del poder que le dio el general J. Rufino 
Barrios, su amigo, su sostén y sú víctima. 

505 



CAPÍTULO AVII 

Continúo como Ministro de Guatemala, en Wash- 
ington. — Reminiscencias literarias. 

SUMARIO 

Por algunos meses más, seguí desempeñando la 
Legación de Guatemala en los Estados Unidos- 
Sucesos memorables que acontecieron. — Desempeñé 
además, accidentalmente la Legación de Chile en 
Washington. — Mi amistad con el notable estadista 
doctor don Pedro Montt. — Servicio que presté al 
célebre literato don Juan Valera. — Muy grave percance, 
en que él se encontró. — Influencia que tuvo el ilustre 
escritor en la literatura hispanoamericana. — El roman- 
ticismo, durante los primeros años de la última centu- 
ria, en estos países indohispanos. — Consideraciones 
literarias. — Recuerdo muy .¿rato del honorable Secre- 
tario de Estado, James J. Blaíne. — No podía compren- 
der lo que llamamos extranjero pernicioso. — Lo que 
enseña el Derecho Internacional, a ese respecto. — 
Opinión de buenos tratadistas. 



506 



Al saber yo, en Washington, el fallecimiento del 
general J. Rufino Barrios, presenté al Gobierno de 
Guatemala — como es de protocolo — la renuncia 
del empleo de Enviado Extraordinario y Ministro 
Plenipotenciario, en los Estados Unidos. Era Minis- 
tro de Relaciones Exteriores el talentoso orador don 
Ángel M. Arroyo, mi maestro y amigo, que mucho 
me distinguía, lo mismo que el inolvidable letrado 
don Manuel J. Dardón, que desempeñaba la cartera 
de Gobernación y Justicia. Antes me escribieron, en 
lo particular, y desjpués recibí un acuerdo guberna- 
tivo, confirmando mi nombramiento de Represen- 
tante diplomático,- en la gran república de América. 

Recuerdo que, pocos días después, de llegar al 
Hotel Victoria, en Nueva York, encontré dos tarjetas 
de visita. Eran del general Martín Barrundia y del 
licenciado Vicente Sáenz. No habían tenido cuidado 
de expresar su dirección, cosa necesaria en una urbe 
tan populosa. Mucho me costó dar con el hotel en 
que vivían ; pero averigüé que estaban en el Windsor. 
Fui a verlos ; y como era natural, busqué en el libro 
de pasajeros el nombre de mis compatriotas, y el 
número de sus cuartos, para enviarles mi anuncio. 
Luego encontré el nombre de don Martín, y en el 
siguiente renglón, decía, Mrs. Barrundia, estando 
en el de más abajo, Vicente Sáenz, procedentes de 
Guatemala. Creía, con seguridad, que también la 
señora de Barrundia'había llegado. Salió a recibirme 
don Martín, y después de las frases usuales, le dije : 
"¿Usted vino con su esposa?" "¿Por qué me lo 
pregunta?", me replicó, con el modo seco y áspero 
que gastaba en sus tiempos prósperos de imperioso 
mando. "No me interesa mucho — le repuse — pero, 

507 



como vi, en el libro de entradas, el nombre de Mrs. 
Barrundia, me pareció, por urbanidad, preguntar 
por ella." "Ah, tiene usted razón — agregó — voy a 
ser franco, traje a la italiana, aquella bailarina, con 
quien tenía relaciones en Guatemala; y para que 
pueda vivir conmigo aquí, he puesto que es mi se- 
fíora." En esto entró Vicente Sáenz, a quien yo tenía 
particular cariño, por haber sido mi condiscípulo; 
y se informó de la respuesta que di a Barrundia, 
diciéndole : "Vayase usted mañana, a otro hotel. Eso 
es muy delicado, en este país. Si se descubre la 
falsedad, le costaría dolores de cabeza; además, es 
peligroso, porque constituye prueba de reconoci- 
miento de estado. Pida usted un cuarto contiguo al 
suyo, para la italiana, en nombre de ella, como si 
fuera su amiga, nada más, procediendo con cautela. 
Aquí no son las cosas como allá." "Dice bien Tono — 
replicó Sáenz. Y sería oportuno que él nos indicara 
el hotel que convenga." Al siguiente día les ayudé 
a arreglar el asunto, porque ninguno de ellos habla- 
ba inglés. Procuré que fuese un hotel en que no 
hubiera la delicadeza puritana que existe, en ese 
punto, en todos los de primera clase. 

Don Martín iba de Ministro a Italia, como ya 
indiqué ; pero antes de alegar, le fueron canceladas 
sus credenciales, por Barillas. Síc transit gloria 
mundi. Ya de regreso yo en Washington, tuvo que 
ausentarse repentinamente el Ministro Plenipoten- 
ciario de Chile, don Joaquín Godoy, que era amigo 
mío; y me dejó recomendada la Legación, que 
quedaba a cargo directo y oficial del secretario, Ma- 
nuel del Campo, joven despierto, de imaginación 
viva, aficionado a la poesía, de gentil figura y 

508 



hermano de doña Sara del Campo, esposa muy dis- 
tinguida del renombrado estadista don Pedro Montt, 
que, después de la caída de Balmaceda, fué Presi- 
dente de la república; pero aquel joven tan guapo, 
solía propasarse en la bebida de licores fuertes, 
cuando aún no se bebía en seco, en los Estados 
Unidos. 

Una noche invernal una de aquellas en que, a 
pesar del frío intenso, bulle y se divierte la sociedad 
capitalina, dióse en el teatro más aristocrático, una 
función de gala y caridad, a beneficio de un nuevo 
hospital. Lo más atrayente de la fiesta eran "Les 
Tableaux Vívants", representados por señoritas y 
jóvenes de la mejor sociedad. Estaban como especta- 
dores, el Presidente de la república, los secretarios 
del Gobierno, los diplomáticos, senadores, diputados, 
jueces, millonarios y las selectas beautys de aquella 
hermosa urbe, exuberante en notables mujeres que, 
si no tienen almas andaluzas, llevan, en sus esbeltos 
talles, en sus ojos de cielo, en sus esculturales for- 
mas, promesas de huríes y encantos de Venus Cali- 
pigias. Esa noche memorable, al entrar al teatro, 
acompañado del attaché de la Legación, don Antonio 
Valenzuela y Moreno, vi en la platea a Manuel del 
Campo, de traje de etiqueta irreprochable, quien me 
saludó, desde lejos. ¡Cuándo iba yo a imaginar 
la parte peregrina que mi amigo tomaría en el 
solemne espectáculo ! 

Después de una gran sinfonía, a toda orquesta, 
se corrió el telón, dejándose ver un cuadro sorpren- 
dente : "El Homenaje de Cleopatra a Cesar". Los 
trajes soberbios y ^adecuados, la mise en ecéne, 
magnifica; todo contribuía a formar una obra de 

509 



arte y elegancia retrospectiva. Pero estaba escrito 
(no en el programa, sino en el Libro del Destino) 
que el diablo había de meter la cola, en aquel sober- 
bio cuadro, como para reproche postumo al más 
poderoso emperador y a la más linda cortesana y 
provocativa de las reinas . . . Fué el caso que Cleo- 
patra era la novia de Manuel del Campo, quien al 
contemplar a la dueña de su alma, besando arrodi- 
llada, la mano de César, no pudo contener la 
explosión de celos latinos. Como una flecha, lanzóse 
el furioso chileno al escenario ; y en un quítame allá 
esas pajas, dio tal bofetada al imperaior, que le hizo 
caer al suelo, mientras que Cleopatra, medrosa, lan- 
zaba un grito. Algunos de los espectadores creyeron 
que aquello era parte del espectáculo; pero cayó el 
telón, llegaron los agentes del orden público, y sin 
atender las alegaciones de Manuel del Campo, lo 
condujeron a la Comisaría más inmediata. Yo fui, 
en el acto, a hablar con el director general de la 
Seguridad Pública, quien me dio una orden para que 
saliese de la detención el émulo de César, el Aníbal 
araucano, quedando bajo la garantía de la Legación 
de Guatemala. 

Al siguiente día, hice una visita al Secretario de 
Estado, quien me manifestó que aconsejara al señor 
Encargado de la Legación chilena, abandonar 
Washington, si no quería que le dieran su pasaporte ; 
y que mientras viniera el ministro, vería con agrado 
que yo quedara interinamente con la representación 
diplomática de Chile, mediante "encargo especial del 
señor del Campo. Se hizo así, concluyéndose aquel 

510 • 



incidente que dio, naturalmente, mucho que decir 
t*n los círculos sociales de Washington, EJ noviazgo 
rompióse escandalosamente. 

Poco tiempo después, llegó, con carácter de 
Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario 
de dicha república, el notable y talentoso doctor don 
Pedro Montt, casado con la hermosa señora doña 
Sara del Campo, que como ya indiqué, era hermana 
de mi amigo Manuel, que estaba en Santiago, em- 
pleado en el Departamento de Correos. Era don 
Pedro un caballero muy prominente en la politica y 
en el foro de su patria, ilustrado, simpático. y rico. 
Su esposa gentil, y de carácter enérgico y franco. 
Yo comía frecuentemente con ellos, y tuve la honra 
de contarme entre sus más estimados amigos. Como 
a los tres meses de hallarse al frente de la Legación, 
de su país, este eminente hombre público, llegó a 
mi residencia a decirme, que estaba disgustado, ^ 
que pronto se iría para Chile, porque su principal 
misión, de celebrar un tratado con los Estados 
Unidos, la retardaba mucho Mr. Blaine, Secretario 
de Estado, demorando el asunto y poniendo muchas 
dificultades.Yo, que estaba al cabo de lo que pasaba, 
y que tenía verdadero cariño a don Pedro, y gran 
estima por sus buenas cualidades, le dije : "Creo que 
usted podría llevar a cabo su propósito, si se remo- 
viera la causa que lo demora." "¿Y la sabe usted, 
amigo mío?" — me contestó. "Se la voy a comunicar, 
muy confidencialmente — le respondí — confiando en 
su reconocida discreción." "Puede usted estar muy 
seguro de ella", replicó el notable diplomático. "Pues 
el motivo — le dije — no es otro, sino que el señor don 
Matías Romero, que interpreta y acompaña a usted, 

511 



no cae bien a Mr. Blaine, que lo ve con verdadera 
antipatía, a pesar de que, en realidad, es un ministro 
que vale mucho."" "Algo de eso sospechaba yo, — me 
contestó — pero no tenía seguridad de ello; ¿qué le 
parece que se haga, para no ofender la delicadeza 
del señor Romero?" "Háblele usted con franqueza, 
— le respondí — que él como honorable, y bien inten- 
cionado sabrá comprender la situación." "¿Y, que- 
rría, usted, don Antonio — me replicó — acompañar- 
me a la Secretaría de Estado, y ayudarme, no sólo 
como intérprete?" "Lo haré con gusto; pero antes, 
me permitirá recabar de Mr. Blaine su beneplácito, 
lo cual puede servir, a la vez, para investigar su dis- 
posición de ánimo respecto al tratado." Se hizo así, 
tuvimos la mejor acogida; y a los veinte días, se 
firmó ese pacto internacional satisfactoriamente. 

Muy reconocido quedó don Pedro Mcntt, de 
aquella muestra de buena voluntad, que tuve el 
gusto de ofrecerle; y me invitó, con muchi instancia, 
para que me fuera con él a Chile. "Tengo allá — me 
dijo — un bufete acreditado, y produce más de o- 
chenta mil pesos al año. Lo asocio a mi bufete; y le 
aseguro que en Santiago será acogido como usted 
merece." Yo rendí las más expresivas gracias; pero 
estando al servicio de mi patria, y siendo el Presi- 
dente don J. Rufino Barrios, me era imposible acep- 
tar tan ventajosa propuesta. 

Más tarde, di unas cartas de recomendación a 
los abogados, don Enrique Martínez Sobral y don 
Federico Vielmann, que fueron a Santiago. Los reci- 
bieron, don Pedro y doña Sara, con gran afabilidad, 
y concurrían los dos guatemaltecos, todos ios jueves 
por la noche, a las recepciones que daban los esposos 

512 



Montt, con gran lujo. Desde el Presidente de la 
república,^ el Arzobispo Casanova (tenía el mismo 
apellido que el prelado de Guatemala) y los más 
encumbrados diplomáticos, hasta los comerciantes 
ricos y los hombres de letras más notables, todos se 
reunían en aquella casa, que figuraba en primera 
línea. Don Pedro ayudó mucho a los dos paisanos 
nuestros, para que se incorporaran en la Facultad 
chilena. Una mañana, fué doña Sara a despertar a 
su marido, diciéndole : "Levántate, que me acaban 
de avisar que se está incendiando la casa de huéspe- 
des en donde habitan nuestros amigos de Guatema- 
la." El señor Montt mandó poner en el acto su 
carruaje, fué a ver lo que pasaba, y encontró a los 
jóvenes Martínez Sobral y Vielmann, en la calle, 
acabando de sacar sus baúles. Quedó al cuidado de 
ellos un dependiente de don Pedro, quien encargó 
especialmente a los agentes de policía, tener especial 
atención, y mandarlos luego a su casa. Hizo que mis 
recomendados entraran en el carruaje, y fueran a 
descansar y almorzar con él, mientras les 2 mandaba 
buscar otra residencia. En el camino, les dijo que no, 
tuvieran cuidado, y que en lo que se les ofreciera, 
tendría gusto de servirlos. Les daba un cheque de 
diez mil pesos, que ellos agradecieron muchísimo, 
rehusándolo por no tener urgente necesidad, ya que 
habían salvado sus fondos. Don Pedro llegó a ser, 
años después, Presidente de Chile, y siempre me 
escribía con generoso afecto. 

Por ese tiempo, de mi residencia en Washington, 
estaba de representante de España, en los Estados 
Unidos, el célebre literato don Juan Valera. Vivía 
cerca de mi casa, y nos comunicábamos frecuente- 

513 



mente. Era chispeante y lyomista, rayaba ya en los 
sesenta años; pero sin dejar de ser galanteador y 
enamoradizo. Recuerdo que una vez, con la mayor 
seriedad, me dijo: "Oiga Batres, ¿tiene u ted alguna 
influencia con el general Barrios, que todo lo pue- 
de?" "Aunque no tengo mucha, siendo deseo de 
usted, creo que lo atenderá con agrado", le contesté. 
"Es el caso, que tenéis vosotros, en Guatemala, — me 
respondió — un puerto que llaman Cham perico^ y es 
tan estrafalario el nombre, que valdría la p-ena de 
cambiarlo, como aquel, tan repulgado, de un pueblo 
de El Salvador, que le dicen Sacatecoluca. Podía el 
general hacer que pongan por allá nombres cristia- 
nos, y no tan peregrinos: Llámense como quiera; 
pero no Champerico, ni Sacatecoluca, ni Chichicas- 
tenango, ni Cuajiniquilapa, ni otras denominaciones, 
que no son castizas, ni fáciles de decir." 

En otra ocasión, yo que no ignoraba que don 
Juan era el autor del último volumen 6 9 de la his- 
toria de España, le dije: "Desearía saber quién es 
el que escribió el tomo final de la Historia de 
Lafuente, que está tan bellamente escrilc.' "Pues 
quién a de ser, sino su servidor y amigo," me con- 
testó. "Parece increíble — le repliqué — que un caba- 
llero como usted, que se acuesta a las tres de la 
mañana, y se levanta a las tres de la tarde, haya . 
podido escribir tan erudito libro" Rióse, Valera, 
comprendiendo la puya, y exclamó : "Eso es ahora, 
que estoy de diplomático, y poco me dedico a 
trabajos literarios. En otro tiempo empleaba en esas 
labores, que me deleitan, más de diez hbras, de día 
y de noche." 

514 



Hubo, por entonces, un Congreso Mundial, en 
Washington, con el propósito de establecer un solo 
meridiano en el mundo entero. Don Juan Valera, 
representaba a España, y yo a Guatemala y El 
Salvador. Nos Íbamos siempre juntos a las sesiones, 
y una vez al regresar, me dijo T "¿Ha visto usted, mi 
amigo, que en este congreso de chinos, japoneses, 
indios, israelitas, turcos, europeos y americanos, sólo 
usted y yo somos caballeros, los demás son sabios, 
astrónomos, dados a observar el cielo, y no las con- 
vencionalidades de la tierra; enmarañados, con las 
corbatas torcidas, los cuellos destartalados, faltos de 
pulcritud en su vestir, poco finos en sus modales, y 
testarudos en sus matemáticos pareceres? Nada; es 
que ellos son sabios y nosotros profanos. . ." 

Una noche, a eso de las siete, llegó don Juan 
a buscarme, muy excitado, y casi fuera de sí. Suce- 
dió que, en una de sus aventuras mujeriles, hubo de 
Jesultar en cinta, una joven muy conocida en 
Washington, hija de un ex-secretario de Estado. Allí 
la sociedad siempre ha sido en extremo delicada y 
severa, a fuero puritano. La desolada mujer, de alto 
rango, viéndose en aquella terrible situación, tomó 
una dosis de láudano, que le produjo la muerte. En 
la posición de Valera, sobrevendría algo terrible para 
él. Iba a suscitarse, dentro de pocas Tioras, un escán- 
dalo tremendo. "¿Qué hacer — me dijo — en tan crí- 
ticos momentos?" "No queda más remedio, — le 
contesté — que sin pérdida de tiempo, se va usted, 
ahora mismo, a Nueva York, y al amanecer toma el 
primer barco que zarpe para Europa. Yo arreglaré, 
con el secretario de la Legación, que se haga cargo 
de ella." Fuimos el ministro de la Argentina y yo, a 

515 



dejar al tren al afligido amigo nuestro. . . Al siguien- 
te día, no se hablaba, en aquella urbe, más que del 
trágico y lamentable suceso. Siempre el gran escri- 
tor Valera — aun ya ciego, como se puso en sus 
postreros año — me escribía por medio de su secre- 
tario. "Vitiis sine nemo nascitur, optimus Ule est qui 
minimus urgetur." 

Por entonces, el coloniaje literario de la América 
Latina, respecto a España, era tan ferviente y abso- 
luto, que don Juan Valera pontificó, como gran 
Camarlengo de las letras ; su sonrisa teocrática y 
profesionalmente amable, catequizaba y encantaba 
a los párvulos literarios, que desde el suelo hispano- 
americano, ofrecíanle las rosas primitivas de su 
ingenio : rosas encantadoras, con olor de selva 
tropical. (1) Aquel insigne literato encantaba con sus 
Cartas Americanas. Clarín, el hidrófobo, no dejaba 
títere con cabeza, y como español recalcitrante, 
ufanóse en masticar hermosillescamente , a José 
Batres Montúfar, a Fernando Cruz, y a otros escri- 
tores guatemaltecos muy notables. Menéndez y 
Pelayo, el polígrafo erudito, el portentoso memo- 
rista, fué otro Felipe II, en Ontologías Americanas. 
Para ese sabio, Juan y Manuel Diéguez, no fueron 
más que medianos poetas de transición (?), Goyena, 
un pobre fabulista; el Canto a Junín, un desento- 
nado himno con salida destemplada; y la epopeya 
de nuestra independencia nacional americana, 
patriotero clamor de jacobinos. Pelayo fué más 
encarnizado enemigo de las Tradiciones, de Ricar- 



(1) V$f.g9s Vila: "Horario Reflexivo", p ág¡ na 10. 
516 



do Palma, que le fuera, siglos atrás don Pelayo, el 
famoso guerrero, terror de la morisma medioeval. 
La pasión ciega hasta a los sabios, los hace intole- 
rantes. Valera fué amigo de Hispanoamérica. 

El imperio artístico de la península, en las 
primeras décadas del siglo último, tornó a nuestros 
poetas en zorrillistas, enamorados locamente de 
Espronceda. El romanticismo plañidero, se esparció 
con demencia entre la juventud de aquella antigua 
época. Las Espinas de una Flor y la Flor de un 
Día, eran los encantos del teatro, aunque parezca 
mentira. 

En la alborada del romanticismo, llamaron a 
delirio los alegres repiques de La Campana, de 
Schiller; y surgió el famoso Zorrilla, al borde de la 
tumba del infortunado Larra. Fué el autor de Don 
Juan Tenorio, fué el bardo popular, genial y cala- 
vera, en el campo del arte; el trovador castellano, 
que dejó, en sus brillantes versos, una cascada de 
alhajas preciosas, para rendir parias a la religión, 
a la patria y al amor. ^ 

Víctor Hugo, fué un portento que recogía el 
sol en su pluma, y con sus rayos, daba color a 
poemas apolíneo.s ; y Gautier y De Vigny, los reyes 
magos de esplendor olímpico ; y Lamartine, el dulce 
intérprete de los tiernos sentimientos y tantos otros 
inspirados líricos que dejaron huellas soberbias, 
escritas con caracteres áureos. 

Más tarde, Castelar y Donoso Cortés, ostentan- 
do su pomposa magnificencia de frases y períodos, 
fecundidad meridional, imágenes soberbias, colorido 
t de maja seductora, y deslumbrantes figuras, erigie- 

517 «r 



ron cátedra fecunda en nuestros países tropicales. 
El sol de Carlos V no dejó de alumbrar por estas 
tierras americanas, mucho "después de la indepen- 
dencia política. La luz mental venía de la Península, 
hasta que la imitación gálica hizo nacer peregrinas 
escuelas nuevas, con orientaciones ¿iversas, y la 
rebeldía del genio criollo, suscitó la originali.dad 
sublime. Verlaine, Gourmond, Morice, modelos de 
"la dulce demencia modernista". Y Rubén.Darío y 
José Santos Chocano levantaron el estandarte de 
la rebelión soberbia. Esas estrellas de primera 
magnitud, tienen indiscutible y relevante mérito, 
como creadores de belleza genial. Rodó, Valencia, 
Ñervo, E§a de Queiroz, Lugones, Ingenieros, Reissig, 
Acosta, y los demás que forman brillante pléyade 
en el cielo esplendente de nuestras letras, son pro- 
digios de maravilla. No así los pecoristas trashu- 
mantes, rebuscadores de neologismos, menestrales 
en mosaicos de pedrería falsa, salpicados de obsce- 
nidades y fetideces... La escuela parnasiana, tan 
destellante en la forma, cual una venus griega, y 
limpia como un mármol de Carrara, pero sin chis- 
pazos de luz, sin calor de afrodicia. El decadentismo 
demente, el realismo asqueante, y el modernismo, 
que tanto prospera, queriendo imitar las genialidades 
del portentoso Zola, Moisés de una tribu que se 
asfixia con los pestilentes miasmas de la gangrena 
mundial; todo ello (grande como lo es) no dejó de 
resultar exponente de un ciclo de transición de una 
época de dislocamiento moral y literario. 

El siglo XIX, sobre todo en sus años iniciales, 
fué agudamente pesimista. Entonces nacieron extra- 
ñas melancolías, no conocidas antes por la huma- 

a 518 



nidad; raras enfermedades de los nervios, preocu- 
paron a la ciencia; actos antinaturales, como el 
suicidio, se pusieron de moda. Hubo una voz, tan 
regeneradora como la de Proudhon, qu| llegó a decir : 
"que si Dios existía, Dios era el mal". Las costum- 
bres, ideas y sentimientos de trabajo, vínculos éticos, 
fueron profundamente heridos por los importantes 
inventos. Las máquinas de coser, la locomotora, el 
telégrafo, todos tienen su episodio de sangre y 
lágrimas, sus sobrantes de brazos y sus negaciones 
rabiosas. Volóse, de un salto, de la calesa al tren 
expreso, y de la vaguedad de los derechos del 
hombre, a las nuevas fórmulas colectivas de libera- 
ción económica, brotadas al calor de las grandes 
condensaciones obreras y al impulso de la moderna 
industria. Las religiones se atacaron, y el escepticis- 
mo cundió, descendiendo de las altas capas científi- 
cas en que lo esparcieron Luciano, Montaigne, 
Voltaire, Rousseau, etc., hasta tornarse popular y 
democrático. Repercutió hondamente en el arte y en 
la literatura un furor loco de revolución contra el 
clasicismo, que llenó los cenáculos, y produjo el 
romanticismo, y sucesivamente, el satanismo, el 
parnasianismo, el prerrafaelismo, el simbolismo... 
resolviéndose, tantos ismos, en agotamiento nervioso, 
en enervante cansancio de la voluntad con todas 
sus secuelas morbosas consiguientes. El floreci- 
miento imaginativo condujo eventualmente a los 
hombres a la más extraña embriaguez de crímenes 
y corrupciones. Max Nordeau, al crear en una 
novela mediocre, un tipo del moderno Hamlet, llamó 
a esta enfermedad el mal del,siglo. 

519 



El gusto público contagiado de las mismas con- 
vicciones negativas, sorbiendo con deleite sádico, 
los desfallecimientos de Leopardi, las resonantes 
imprecaciones» de Espronceda, las quejas irónicas 
de Musset, las extrañas alucinaciones de Baudelaire. 
Nunca destiló tanta espasmódica emoción el artifi- 
cial lenguaje de la rima, y jamás tampoco se hizo 
sentir a los hombres, tan agudamente, tan postrada- 
mente, el pesar horrible y el dolor sin consuelo de 
haber nacido. Aquellos primeros arrebatos, del año 
de 30, cuando los fantasmas que pasaban por las 
frentes eran de rebeldia, de rabia y de irredención, se 
apagaron bien presto, cediendo el campo a un soplo 
helado de cementerio, que exhalaba sollozos y sacri- 
ficios. (1) A fines del siglo XIX, la impaciencia 
delirante de la vida, los ahitos de ligereza y pron- 
titud, requerían otras orientaciones. Hubo de recu- 
rrirse a la expresión francesa. Rubén Darío, Díaz 
Mirón, Gómez Carrillo, Icaza y otros notables 
innovadores, imprimieron al majestuoso estilo cas- 
tellano, cierto movimiento alígero, un matiz rápido 
impresionante, de acuerdo con las formas parisienses 
modernistas, remozadas y vigorosas con sobria 
elegancia. 

En los comienzos del siglo presente, la resonan- 
cia monótona del verso no se ha respetado, sin 
soportar el perezoso cosquilleo de la rima. La nueva 
escuela tiene notabilidades como Chocano, Darío, 
Gutiérrez Nájera, Sierra, Federico García Lorca, 
y otros de profundo sentido poético," que dan al 
verso forma y substancia exquisitas y depuradas a 
estilo moderno, con talento y arte geniales. 



(1) Jesús Castellanos— -""Los Optimistas"— Habana, 1914. 
520 



Verdad es que en el siglo XIX descollaron algu- 
nos poetas máximos. El más notable fué Salvador 
Díaz Mirón, honra de México, portento de inteligen- 
cia y energía. Mirón se impuso desde sus primeras 
poesías. Sus versos se traducían a todos los princi- 
pales idiomas. Cuando Víctor Hugo leyó la oda que 
le consagró Mirón, exclamó : "El cantor ha estado a 
la altura del cantado". . . 

Perdóneseme esta larga digresión, debida a mis 
aficiones literarias, y al inolvidable escritor don 
Juan Valera, aquél filósofo delicioso, de estilo 
sedino, artístico, y encantador. Acaba de inaugurar- 
se en el madrileño Paseo del Prado, un monumento 
a la memoria de la gran figura literaria del' siglo XIX, 
don Juan Valera. 

Vuelvo a requerir mi memoria para tomar el 
hilo prosaico de lo acontecido durante los tiempos 
viejos, en mi gestión de ministro diplomático, de 
cuatro de estas repúblicas centroamericanas, ante la 
Casa Blanca. Precisamente, en esa época, ocurrió 
una de tantas reclamaciones contra Guatemala, por 
valor de quinientos mil dólares, presentada por un 
desalmado americano, Mr. Hollander, que s había 
si^o instrumento en turbios menesteres del presi- 
dente, general Manuel Lisandro Barillas, aquí en 
Guatemala. Tenía el yankee, una imprenta bastante 
mala, y editaba un periódico mucho peor, llamado 
La Estrella, que como todos los papeles de asala- 
riados extranjeros, servía para maquinaciones truha- 
nescas de mala barata ; pero no sé qué canallada 
hizo el paisano de William Walker, a su patrón, el 
mandatario veleta de Guatemala, que hubo de 

521 



expulsarlo como extranjero pernicioso. El Ministro 
de Relaciones Exteriores, ignaro, por cierto, en 
asuntos de tan delicado ramo, dio instrucciones 
terminantes al Cónsul de Guatemala, en Nueva 
York, don Jacobo Baiz, a efecto de que publicara en 
los periódicos, haber sido aquel extranjero sacado 
de Guatemala, a mérito de sentencia de la Corte 
Suprema de Justicia. Antes de cumplir con tan des- 
cabellado mandato, el Cónsul, que conocía bien lo 
peligroso dé faltar a la verdad, en los Estados Uni- 
dos, me consultó al punto; y le aconsejé que, antes 
de dar ese paso, cablegrafiara a la cancillería gua- 
temalteca, exponiendo las malas consecuencias de 
semejante falsedad ;' tanto más que, siendo el 
Ejecutivo quien tenía y tiene en muchos países, la 
facultad de hacer salir del país a los extranjeros 
perniciosos, era contrario a la verdad y a la legalidad 
el suponer que fuera el Poder Judicial. El -Ministro 
de Relaciones cuyo nombre callo por pudor, lo que 
pretendía, en su torpeza, era salvar su responsabili- 
dad personal por haber refrendado con su firma el 
acuerdo de expulsión. Lo que logró fué poner las 
cosas en términos muy difíciles. Reiteró su orden de 
publicar en la prensa neoyorquina, oficialmente — lo 
cual era innecesario — que Mr. Hollander había 
salido de Guatemala, por sentencia judicial. 

Entonces fué el yankee, a contratar a an aboga- 
do que le cobraba como honorarios, la mitad de lo 
que obtuviera de la reclamación. .El abogado que 
buscó tenía muchas y poderosas raigambres en el 
partido republicano y se extendía su influencia 
hasta algunos empleados secundarios de la Secreta- 
ría de Estado. Departamento en el que presentaron 

522 



la reclamación por medio millón de dólares, alegan- 
do daños y perjuicios, deduciendo además acción de 
falsedad contra el Gobierno de Guatemala. Después 
de algún trabajo y no pocas andanzas y vueltas, 
entre periodistas, oficinistas y abogados, obtuve de 
la Secretaría de Relaciones Exteriores, que declarase 
improcedente la reclamación por la vía diplomática, 
debiendo preceder la actuación judicial, en Nueva 
York. 

Muy gratos recuerdos guardo del célebre Mr. 
Blaine, que era el Secretario de Estado. Me dijo, en 
una de tantas conferencias : "Yo no he podido llegar 
a comprender* señor Batres, qué es eso de pernícious 
foreigner; desde luego, que si un extranjero es per- 
judicial, o mejor dicho criminal, se le juzga y se le 
castiga, conforme a la ley, como, se hace a diario aquí 
en los Estados Unidos, y en todas las naciones civi- 
lizadas del mundo." "Bien veo — contesté — que para 
el amplio criterio americano, no es fácil concebir eso 
de pernicious foreigner, que choca, en verdad, con 
las costumbres y manera de entender las cosas en 
este país. Pero, en hispanoamérica y en otras partes, 
no es raro que un extranjero, picaro, malo y listo, 
promueva dificultades y cause perjuicios y sea muy 
nocivo, sin llegar al linde de la criminalidad com- 
pleta. Es verdaderamente pernicioso, sin ser un 
delincuente. En Guatemala, tomamos esa ley de 
extranjeros perniciosos, de otra análoga, que existe 
en México. . ." Entonces Mr. Blaine, interrumpién- 
dome, exclamó, con ostensible malicia : "Ya com- 
prendo lo del pernicious foreigner. No se moleste 
usted más, en darme otras explicaciones." El famoso 
Secretario de Estado no quería bien a los mexica- 

523 



nos; no le era grato don Matías Romero, digno 
representante de México. Lo cierto del caso fué 
que, aun en los tribunales de Nueva York, se ganó 
la cuestión de Mr. Hollander, en cuyo asunto tuve 
mucho trabajo. La verdad científica es al respecto, 
que la defensa social faculta ampliamente a los 
gobiernos para expeler de su seno a los que se 
consideren nocivos o peligrosos entre los extranjeros. 
Muchas naciones han establecido esta máxima, que 
no pocos tratadistas de Derecho Internacional sos- 
tienen, como Philimore, Martens, Heffter, Olivart, 
Billot, Fauchille, y muchos otros expositores moder- 
nos. Casi todos los países han aceptado la ley "de 
expulsión contra los extranjeros perniciosos" ', como 
medida de seguridad, policía, orden y vigilancia. Es 
una función de biología social, al decir del eminente 
literato y publicista colombiano, doctor don Antonio 
José Uribe. (1) 



(1) "Cuestiones internacionales, políticas y sociales". — 1925, 
Bogotá. 

524 



CAPÍTULO AVIII 

Administración del general Manuel L. Barillas. 

SUMARIO 

Sube inesperadamente al poder el general Manuel 
Lisandro Barillas. — Mi regreso a Guatemala. — Mi 
actuación en uno de los ministerios de Barillas. — Cómo 
fué su gobierno. — Del humilde oficio que tenía en su 
juventud, pasó a una elevada graduación militar. — 
Episodios memorables. — Regalo lamentable e ilegal 
que hizo Barillas de la histórica lámpara de plata 
repujada en Sevilla; lámpara que alumbró el cadáver 
de doña Beatriz de la Cueva. — El Presidente Barillas 
condena a muerte a tres inocentes. — El Ministerio da 
orden de no ejecutar aquella bárbara sentencia. El 
autor de estas "Memorias" evita que a don Manuel 
Urruela le pegara de chilillazos el general Manuel 
Lisandro Barillas. — La Asamblea interpela al Gobierno, 
por haber sido flagelado un pobre mudo, que vendía 
el periódico intitulado: "El Loco". — Como Ministro 
que yo era del Gobierno, me opuse decididamente a un 
golpe de Estado, que el Presidente y los otros minis- 
tros, querían dar a la Asamblea, declarando una 

525 



dictadura. -—El célebre proceso de "Los kepis y casa- 
cas". — Fusilaciones bárbaras. — La guerra que llamaron 
"Del totoposte". — Escándalo producido por el destierro 
del Arzobispo don Ricardo Casanova. — Su solemne 
regreso a Guatemala. — Asesinato frustrado, que ordenó 
Barillas ejecutar en la persona de Manuel Arzú Sabo- 
río, gravemente herido. — Vacilaciones constantes de 
aquel Presidente veleta. — Cómo dejó la Presidencia.— 
Algún tiempo después, muere asesinado en México de 
orden de Estrada Cabrera. 



Manuel Lisandro Barillas, fué un carpintero 
de Quezaltenango, a quien Barrios hizo coronel, 
para que le cuidara sus fincas. Yo no conocía a 
Barillas cuando regresé a Guatemala, a reunirme 
con mi esposa, que había venido antes, de los Esta- 
dos Unidos, por no probarle el clima. Pedí permiso 
para dejar la Legación que servía en Washington. 
Después de estar algún tiempo en esta capital, entré 
a formar parte de uno de tantos ministerios del 
Gobierno del general Barillas, sirviendo yo la Secre- 
taría de Relaciones Exteriores. No faltaban recla- 
maciones y asuntos muy delicados ; pero lo más 
difícil de todo, era el carácter versátil del Presidente 
don Manuel Lisandro. A lo mejor, echaba a perder 
una negociación, comprometiéndose con represen- 
tantes extranjeros, y permitiendo intervenir, en los 
asuntos internos del país, a un Ministro español, 
don Julio de Arellano, fígaro diplomático, andaluz 
y amigo de influencias indebidas, que sabía sacar 
lasca de semejante baturrillo. Había una antigua 
lámpara histórica, valiosísima no tanto por ser de 
plata repujada en Sevilla, en el siglo XVII, como 

526 



porque constituía una verdadera joya, y llevaba 
gran cantidad de aquel rico metal, siendo además 
regalo hecho a la primitiva iglesia, por el primer 
obispo Marroquín. Era la famosa lámpara que 
alumbró el cadáver de doña Beatriz de la Cueva, 
"La Sin Ventura", y de las damas y dignatarios, que 
perecieron en la tristísima noche de la inundación 
de Ciudad Vieja. Pues esa reliquia, irreponible 
alhaja histórica, de la fundación de Guatemala, la 
obsequió — sin saber el crimen que cometía — don 
Manuel Lisandro, al sugestivo don Julio de Arellano, 
quien hubo de presentar como suya, la lámpara, en 
la exposición celebrada en Madrid, con motivo del 
Centenario del descubrimiento de América. Obtuvo 
el primer premio, en materia de orfebrería, aquel 
Ministro andaluz, y fué tal el ruido que armó la 
bellísima obra de arte, como trabajo inimitable y 
monumento legendario, de la mayor importancia, 
que salió litografiado el dibujo de la lámpara, en la 
"Ilustración Española Americana", -a guisa de gran 
novedad. Yo conservo ese grabado, que hice repro- 
ducir; y deploro, como guatemalteco, la pérdida de 
semejante presea, que en otra parte se habría con- 
servado con cariño. En esa misma exposición, 
perdióse la famosa espada de don Pedro de Alvarado, 
y varios otros objetos históricos, que llevó la Comi- 
sión de Guatemala, objetos pertenecientes a la So- 
ciedad Económica. 

Regresé a Guatemala, para reunirme con mi 
familia, renuncié la Legación de los Estados Unidos, 
y después de algún tiempo, entré de Ministro de 
de Relaciones Exteriores, cuando era Ministro 

527 



de lo Interior, Fernando Cruz — con quien siem- 
pre cultivé buena y franca amistad, como com- 
pañeros de estudios que fuimos en las aulas — Me 
llamó un día a su despacho, en donde se encontraba 
el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, li- 
cenciado don Manuel J. Dardón, maestro de ambos, 
y muy querido de los dos. Refiriéndonos en pocas 
palabras, que, por el juez de primera instancia de 
Jutiapa, licenciado don Manuel Klée, sabía oficial- 
mente que, desde Escuintla, eh donde el general 
Sarillas se hallaba, había ordenado al jefe político 
de aquel departamento, ejecutar sin formación de 
proceso, al siguiente día, a las ocho de la mañana, 
a tres desgraciados, que según informes, a uno se 
le achacaba el robo de una vaca; otro tenía una 
ganzúa, y el tercero no había delinquido absoluta- 
mente. Agregó el Presidente del Poder Judicial, que 
deseaba ponerse de acuerdo con el Gabinete, para 
evitar semejantes asesinatos. Tanto el doctor Cruz, 
como yo, le ofrecimos que todo el Ministerio daría 
inmediatamente orden estricta, para que no se llevase 
a cabo el absurdo criminal del Presidente de la 
República; y suplicamos al señor Dardón, que por 
su parte, mandara suspender dicho atentado. Así se 
hizo. Salvamos a tres infelices hombres, dando 
orden perentoria, firmada por los cinco ministros, 
al jefe político, a fin de no cumplir tal mandato. 
A los tres días, regresó el general Badilas de 
Escuintla, y a poco rato de hallarse en su residencia, 
frente al palacio, pasamos Fernando Cruz, Manuel 
Cárdenas, Juan J. Rodríguez, el general Solares y 
yo, que formábamos el Gabinete, a saludar al Pre- 

528 



sidente. Nos recibió con toda afabilidad ; y el doctor 
Cruz, como Ministro de Gobernación, le explicó lo 
que habíamos hecho, respecto del asunto de no 
fusilar a aquellos pobres hombres. Badilas se excu- 
só, con el pretexto de que estaba un poco excitado, 
por algunas copas de licor, y que lo que se había 
propuesto era amedrentar a los ladrones, abundan- 
tes por aquellos lugares. En eso, llegó el criado con 
el azafate de copas de vino blanco, y tomamos a la 
salud del Presidente, diciéndole que hacíamos votos 
porque no se repitieran tales órdenes. A la verdad, 
Barillas no le dio importancia al caso. Para él era 
lo mismo que se matara o no a aquellos desgraciados. 
El general era capaz de mandar fusilar a medio 
mundo. A cada paso cometía alguna barbaridad, 
incitado por el último que le hablaba, como cuando 
hizo llegar a su casa al distinguido escritor, licen- 
ciado don Agustín Meneos Franco y a don Antonio 
Micheo y les cruzó la cara a latigazos. 

Una mañana, como a las once, fui a la sala de 
Barillas — que no había aún acabado de almorzar — ; 
estaba allí don José María Tinoco, recién venido de 
San Francisco, California. Conversamos un momen- 
to, cuando llegó don Manuel Lisandro, de muy buen 
humor. En medio de la plática, sacó de atrás del 
sofá en que se hallaba sentado, un chilillo, y nos dijo 
"Ya van ustedes a ver, en cuanto llegue don Manuel 
Urruela, a quien acabo de mandar llamar, con dos 
oficiales, cómo le voy a romper este látigo en la 
cara. He pedido seis mil pesos al Comité Nacional, 
que preside, y me los ha negado. Estoy harto de 
botar mucho más; a la pata de un gallo, he perdido 

529 



mayores sumas." Yo le dije, en el acto* "Usted, que 
es militar valiente, y que se halla en alta posición 
oficial, no hará eso; porque lo desacredita. Déjeme 
ir a mi, para impedir que llegue Urruela, y se lo 
agradeceré mucho. Evítenos ese espectáculo, se lo 
suplico, como amigos." Cedió Badilas, salí en el 
acto a encontrar a Manuel Urruela, que ya venía 
cerca, en medio de los dos coroneles. Estuvo a punto 
de ser víctima de un atentado. . 

Cuando renunció Fernando Cruz la cartera de 
Gobernación, se hizo cargo de ella, el doctor Fran- 
cisco Anguiano, y por algún tiempo, seguí de Secre- 
tario de Relaciones Exteriores. Se publicaba por 
entonces "El Loco", editado por el doctor Pedro 
Molina Flores. Huelga decir, que era un periódico 
de decidida oposición; pero 'lo que ya no recordarán 
sino muy pocas personas, es que un día de tantos, 
llegó el mudo que repartía los números, a la Sección 
de Policía de Capuchinas. Los agentes le quitaron el 
lío que llevaba, y le pegaron unos palos. Por la 
tarde, en la Asamblea, el doctor Molina llevó el 
sombiero roto del pobre repartidor, y refirió patéti- 
camente el escandaloso atentado. La Asamblea dis- 
puso interpelar al Gobierno, y fué a la sesión 
siguiente, el doctor Francisco Anguiano, como Mi- 
nistro de Gobernación, a dar las explicaciones del 
caso. No obstante ello, la Asamblea Nacional no se 
dio por satisfecha. Entonces el Presidente Barillas 
me encargó de ir yo a arreglar la cuestión, como 
Ministro del Gobierno, ante aquel alto Cuerpo. 
Antes de salir para la Asamblea, llegó Ventura 
Saravia, a quien siempre recuerdo con cariño, a 

530 



avisarme, que los de la barra estaban dispuestos a 
recibirme con una silba. No obstante, me presenté 
ante la Asamblea, y todos guardaron orden. Hice 
ver que el Gobierno, no sólo no tenía parte alguna 
en aquel atentado, sino que estaba dispuesto a poner 
eficazmente los medios para que se castigara, como 
era de justicia, a los que habían delinquido, y ade- 
más, que daría una indemnización pecuniaria a la 
víctima. Al concluir mi perorata, y después de enca- 
recer las ventajas de que hubiera entre los Poderes 
del Estado la mejor armonía, con completa indepen- 
dencia, según lo prevenía la . Constitución de la 
República y lo demandaba el régimen democrático, 
el diputado don José Vicente Martínez, con fácil 
palabra y términos cojrteses, manifestó que todo 
estaba muy bueno; pero ¿qué por quién y cómo se 
garantizaba el castigo de los culpables? que era lo 
principal; a fin de precaver y evitar tamaños 
desafueros. Recordando yo, en aquellos mementos, 
que el señor Martínez era fiscal de la Sala 3^ de 
Apelaciones, a cuya jurisdicción estaba sujeta la 
Comandancia de Armas, le contesté: "que precisa- 
mente a él le tocaba, como fiscal, velar porque se 
cumpliera la justicia." Así terminó aquel desagra- 
dable incidente; pero lo que yo no supe, sino hasta 
dos días después, fué lo que parecerá inverosímil, 
y siempre ha de ser salvaje. Me encontré en la 
9^ avenida sur y esquina de la 10^ calle oriente, al 
comandante de armas, que era a la sazón el general 
Camilo Alvarez, quien me saludó, dicitndome : 
"Mucho celebro que usted haya tenido la fortuna 
de arreglar el asunto de la interpelación de la Asam- 
blea; que si no, hubiera habido sangre..." "No 

531 



comprendo — le contesté — por qué, ni cómo, pudo 
haber habido sangre!" "Es que usted, señor — me 
respondió — ignora la orden terminante, que recibí 
del Presidente; véala, aquí la tengo todavía origi- 
nal." Con inmensa sorpresa leí que el general Bari- 
llas había mandado a dicho comandante situarse él 
mismo, con cincuenta hombres armados, bala en 
boca, detrás del Instituto ; y al notar cualquier des- 
orden, o en caso de no darse por satisfecha la 
Asamblea, disolverla a balazos, al sólo oír la señal 
de un clarín, apostado en la puerta del edificio del 
Poder Legislativo, secretamente. "¡Pero hombre, — 
exclamé — todo el mundo hubiera creído que yo, 
sabedor de tal orden, como es de suponerse, era 
cómplice en semejante barbaridad. Además hallán- 
dome en el salón de las sesiones, hubieran hecho 
fuego contra mí también, que salvajez!" Rióse don 
Camilo, que era amigo mío ; y después de despedirme 
de él, me quedé pensando que no era posible conti- 
nuar más al lado de un Presidente capaz de eso, y 
de mucho peor, como se verá en las páginas si- 
guientes. 

El Poder Legislativo hacía fuerte oposición al 
Gobierno; pero dentro de los límites usuales, como 
sucede a menudo en todas partes. Los politiqueros 
exaltados y ambiciosos, que querían apoderarse de 
las riendas de la Administración Pública, impulsa- 
ban el carácter impresionable y movedizo de Bari- 
llas, quien deseaba, a todo trance, suspender las 
garantías y disolver la Asamblea. Ya hacía días que 
me estaba oponiendo a ese golpe de Estado; y aun 
insinué repetidas veces al Mandatario, que me 

532 



separaría del Gobierno, a fin de no servir de óbice 
a las tendencias manifestadas cada vez con más 
ardor. El Presidente se oponía a mi retiro, y se 
mostraba muy disgustado de que quisiese renunciar, 
manifestándome que tenía plena confianza en mí 
y que de ninguna manera consentiría que pensase 
en separarme del Ministerio. Una noche, a eso de 
las ocho, llegó un coronel a mi casa, a llamarme de 
parte del Presidente. Al salir yo, recuerdo que mi 
padre me dijo : "Te encargo no ceder, echándote la 
responsabilidad del golpe de estado y sus consecuen- 
cias." Era que el mismo Badilas había escrito una 
lista de diputados a quienes iba a fusilar, en cuenta 
al doctor don José Monteros y al doctor don Pedro 
Molina Flores. Al llegar a la casa presidencial, salió 
a encontrarme el doctor Francisco Anguiano, dicién- 
dome : "Tono, ya está redactado el Decreto, no ponga 
dificultad, porque Manuel Lisandro está entera- 
mente decidido". Entré, y después del saludo, el 
general encargó al señor Anguiano que me explicara 
la situación y leyera el mencionado Decreto. Al 
acabar, se dirigió a mí el Presidente, en estos tér- 
minos : "Ya no es posible aguantar más, ahora sí que 
damos el cañaguastazo, y creo que usted no se 
negará a que salgamos de estos picaros, que quieren 
botar al Gobierno". "Creo, señor, — le contesté — que 
realmente no debo, ni puedo oponerme ya, a una 
medida que se estima definitivamente necesaria; 
pero es lo más fácil, que, ahora mismo, se me admita 
la renuncia, para conciliario todo; y que otro sea 
quien suscriba, en mi lugar, tal Decreto : ya que 
contra mi conciencia, no me es dable firmarlo. 

533 



Entonces, el Comandante General de Armas, Camilo 
Alvarez de uniforme y seguramente aconsejado 
de antemano se puso en pie, y cuadrándose mar- 
cialmente, me dijo: "Señor Ministro, es que si no 
se disuelve la Asamblea esta misma noche, la tropa 
se subleva". No bien acababa de pronunciar la 
amenaza, cuando yo, en ton« de reconvención, excla- 
mé: "jAqui está el Jefe de la Nación que es militar 
valiente y ciudadano leal; no se sublevará nadie, 
mientras el general Badilas se halle al frente del 
ejército!" Entonces don Manuel Lisandro entusias- 
mado, aseguró con imponencia, que eso no sucedería 
mientras mandara, porque "tenía calzones." Pan- 
cho Anguiano se vio arrastrado por la ráfaga belicosa 
del mandatario, y don Camilo no hallando qué 
hacer, manifestó que hacía ocho días que no se 
pagaba a la tropa. "Eso sí me parece urgente y gra- 
ve", repliqué. Entonces el general Bariüas ofreció, 
que al día siguiente, estaría liquidada de sus habe- 
res la guarnición. Para salvar las dificultades, 
ordenó por final, que trajeran unas copas de vino 
blanco. . . Así terminó, aquella noche, la cuestión 
del ansiado Decreto, que sin firmarse quedó rele- 
gado sobre un piano- 

Se comprendía bien que aquella retirada, no era 
más que una tregua. Al día siguiente, presenté mi 
renuncia irrevocable, con >Jas mejores explicaciones 
que pude. Dispuso el Presidente admitírmela, dán- 
dome las gracias. Pocos días más tarde, vino el 
golpe de estado, que no era sino un escándalo más, 
sobre ios que daba aquella Administración. 

Antes de esos acontecimientos, recuerdo que 
me encontraba yo desempeñando la presidencia de 

534 



la Sala 3* de la Corte de Apelaciones, siendo los 
otros dos vocales los licenciados don Federico Sala- 
zar y don Vicente Carrillo, ambos muy caballerosos y 
honorables. El primer asunto de que nos dio cuenta 
el secretario, fué una voluminosa acusación contra 
sedición y rebelión, en que estaban comprometidas 
más de treinta personas, entre ellas el licenciado 
don José A. Beteta, don Feliciano García, don 
Francisco Quesada y otras muy conocidas. Ya se 
sabe cómo son tales delitos, que llaman políticos; 
y que, por lo común, llevan mucho apasionamiento, 
venganzas y ruindades. Si triunfan los revoluciona- 
rios son héroes, y si sucumben, resultan a las veces 
mártires. En ese proceso de los kepis y las casacas, 
como le llamaban, hubo un Consejo de Guerra, del 
cual fué auditor el licenciado Miguel Alvarez. Re- 
sultaron condenados a muerte nueve de los proce- 
sados, y los demás a penas diversas. 

En la vista del proceso, que tuvo efecto por la 
Sala 3^, y los vocales militares, prevaleció libertad 
completa, como lo reconocieron los mismos sindica- 
dos, defendiéndose brillantemente. Se revocó el 
fallo de primera instancia, saliendo condenado 
solamente el coronel Irungaray, por un delito común, 
plenamente probado. Si no recuerdo mal, se le 
impuso prisión por ocho meses. Una vez notificados 
los presos, que no estaban en incomunicación, fue- 
ron mandados poner inmediatamente en libertad. 
Por cortesía, fui a mostrar la parte resolutiva del 
fallo, después de ejecutoriado, al Ministro de Go- 
bernación y Justicia, don Abel Corso. Al verlo, me 
dijo : "Pero esto va a causar gran desagrado al señor 

535 



Presidente". "No sé, — le repliqué — el Tribunal ha 
procedido con entera justicia y asume la responsabi- 
lidad." Pocos días después, que vi al general Badilas, 
me manifestó colérico que el creía que sí eran 
culpables los procesados, pero que pensaba haberlos 
indultado. "Pues, señor, — le contesté — ya se le evitó 
ese trabajo ; porque no podíamos honradamente 
condenarlos." 

Si siempre ha sido peligroso provocar, aunque 
sea cumpliendo con la justicia, las iras de los autó- 
cratas, lo era más entonces; porque dado el carácter 
impresionable del general Barillas, lo sugestionaban 
frecuentemente los que, sin escrúpulos, ambiciona- 
ban los puestos públicos. Pero los magistrados don 
Federico Salazar, don Vicente Carrillo y el que 
escribe las presentes líneas, lo arrostramos todo, 
ante el cumplimiento de nuestro deber. 

El 29 de octubre de 1887, habían sido fusilados 
en Jutiapa, de orden del mismo Barillas, Jorge 
Zepeda, José Arzú Roma, Antonio Juárez y Mariano 
Pineda, porque se dijo que iban a tomar parte en 
una conspiración que no llegó a efectuarse. - 

Durante una parte de la Administración del 
general Manuel Lisandro Barillas, fué Ministro de 
la Guerra y Vicepresidente Constitucional de la 
República, el coronel don Vicente Castañeda, uno de 
los hombres más prominentes de Chiantla, departa- 
mento de Huehuetenango, en donde había sido jefe 
político anteriormente, cuando se hallaba en aquella 
villa o ciudad la cabecera departamental. Era tío 
abuelo, si no nos equivocamos, del estimado general 

536 



don Jorge Ubico. (1) Durante su ministerio, don Vi- 
cente, favoreció mucho a los chiantlecos, concedién- 
doles ascensos y la prerrogativa de tener arma en 
mano, con lo cual se acostumbraba distinguir, por 
aquel tiempo, a los batallones de milicianos que se 
habian portado bravamente en alguna campaña. 
Con esto aumentó naturalmente el cariño que pro- 
fesaban desde antes a don Vicente, en virtud de sus 
merecimientos. 

En 1887, por una u otra" causa, fué removido 
del Ministerio el coronel Castañeda, y se retiró a 
Chiantla, en donde siguió gozando de grandes sim- 
patías y prestigio, quejándose únicamente de que el 
jefe político lo molestaba. Dicho jefe político era el 
entonces comandante l 9 don Francisco Fuentes, que 
no ha mucho murió en esta capital con el grado de 
general y el empleo de Ministro de la Guerra; y 
residía en la ciudad de Huehuetenango, a donde se 
había vuelto a trasladar la cabecera departamental. 

El cariño y admiración de. los jefes y oficiales 
chiantlecos hacia don Vicente, eran tan grandes, que 
el día de su cumpleaños, después de haberle felici- 
tado, desde la madrugada, y hallándose por la tarde 
en su compañía celebrando un banquete que se 
dispuso en una quinta perteneciente a él, comenza- 
ron por protestar contra el Presidente Barillas, por 
haber quitado del Ministerio a un hombre tan digno 
y tan querido para ellos, y acabaron por proclamar 
Presidente de la República al mismo señor Casta- 
ñeda. Todo esto tuvo lugar en medio de abundantes 
libaciones que habían comenzado desde el amanecer. 



(1* 1929. 

537 



Unos doscientos chiantlecos, bien armados, 
vinieron por la noche sobre Huehuetenango, distante 
una legua nada más, y en donde la guarnición se 
componía de veinticinco soldados. Pero aquellos 
no fueron bien dirigidos, y después de dos o 
tres horas, del que resultaron once muertos y 
muchos heridos, se retiraron, como también lo 
hizo el señor Castañeda, quien al llegar de re- 
greso a Chiantla, fué aprehendido por 'el coman- 
dante local; el mismo a quien él habia dejado 
encargado, horas antes, de congregar más tropa 
armada y de venir a reunírsele con ella a Huehue- 
tenango. Ya había defeccionado, al saber el mal 
éxito de la empresa y al recibir órdenes telegráficas 
del comandante de armas, a las cuales había con- 
testado protestándole fidelidad. 

Cuatro días después, habiéndose reunido más 
de dos mil hombres entre las fuerzas del departa- 
mento y los que acudieron de los departamentos 
vecinos, de cuyas tropas estaba nombrado jefe expe- 
dicionario el general don Luis Molina, se formó el 
cuadro en la plaza de Chiantla, y el coronel don 
Vicente Castañeda, y cuatro de los oficiales, fueron 
pasados por las armas. Más tarde, en 1891, fueron 
asesinados de orden de Barillas, en los llanos de La 
Fragua, el general Miguel Enríquez y dos de sus 
hermanos. 

El 3 de septiembre, de aquel año nefasto, 1887, 
fué expatriado vejatoriamente, el virtuoso arzobispo, 
jurisconsulto don Ricardo Casanova y Estrada. Por 
entonces dominaba un Gabinete exaltado, que había 
dispuesto imprimir, para las escuelas públicas, gran 
número de ejemplares de Las Cartas a Eugenia, 

538 



inmorales e impropias para el caso. Hubo de pro- 
testar el prelado, y manifestó que — en lo espiritual — 
no reconocía más autoridad que la de Dios y la del 
Papa. Esa expulsión fué un ataque a la libertad 
religiosa. El ilustrado arzobispo tenía facultad para 
expresar a los fieles católico's, la inconveniencia de 
tal lectura. Todo el mundo tiene perfecto derecho 
de pensar como quiera, y para creer lo que le dicten 
su corazón y su mente. El jacobino que pretenda 
subyugar al católico, o el católico que quiera sobre- 
ponerse al budista, es un tirano. El más solemne 
respeto merecen todas las creencias. La tolerancia 
no sólo es una virtud, sino prueba de educación y 
cultura. Por fuerzas misteriosas, los mundos se 
hallan unidos. La materia se atrae, las almas se 
buscan. La religión es la poesía sublime del senti- 
miento, aspirando a Dios que es amor. Deben res- 
petarse las religiones, ya que brotaron de las mismas 
raíces y constituyen el mejor exponente del desarro- 
llo de un pueblo. Si brilla el sol para todos, hay que 
dejar que las inteligencias piensen con soberana 
libertad. 

Ello fué que, lo que menos había por entonces 
en Guatemala, era liberalismo. Se desterró a un 
guatemalteco muy ilustrado y respetable, porque no 
tenía las creencias, ni los procedimientos de aque- 
llos que mandaban. La ley no reconocía, ni reconoce, 
el destierro, como pena, contra ningún ciudadano. 
El señor Casanova permaneció durante varios años 
en el exilio. 

El 16 de febrero de 1894, recibí de San José 
de Costa Rica, una carta del distinguido arzobispo, 
muy fina y evocativa de nuestros mejores años, 

539 



cuando estudiábamos juntos; y en ella me suplicaba 
interceder con el general Reyna Barrios, para que 
pudiese regresar al país, el prelado. "Estoy con gran 
nostalgia — me decía mi antiguo condiscípulo — deseo 
vivamente volver a Guatemala. Mucho te agradeceré 
hacer cuanto sea dable, para obtenerlo del Gobier- 
no. Apelo a tu buen corazón y a nuestra antigua 
amistad." Fui a ver al Presidente, a quien encontré 
bien dispuesto. Le mostré la carta, y le hice notar la 
ilegalidad del procedimiento y la conveniencia de 
permitir el regreso del licenciado Casanova. Tenía 
Reyna Barrios, a pesar de sus creencias y ligas anti- 
clericales, alteza de alma y nobles sentimientos, 
orientados en pro de la justicia. "Ciertamente, — me 
contestó — no es legal el destierro, y ofrezco a usted 
hacer cuanto dependa de mí, para que la Asamblea 
decrete el permiso a fin de que el arzobispo vuelva 
a su patria. 

Poco tiempo después, el Poder Legislativo, por 
gran mayoría, acordó el regreso del señor Casanova, 
que hizo su entrada a esta ciudad el 19 de marzo 
de 1894 — día del Patrono de la Iglesia de Guatema- 
la, el Patriarca San José. Si fué casual, que en tan 
memorable fecha volviese al seno de su grey, el 
pastor ilustre, no sabría decirlo. Lo que sí recuerdo 
es que estuvo solemnísima, y en extremo concurrida, 
la recepción que el pueblo guatemalteco hizo al emi- 
nente proscrito. 

Como a los ocho días, estuvo Ricardo — a quien 
yo trataba de tú, con la intimidad de compañero de 
estudios, durante más de diez años — a hacerme una 
visita, acompañado del padre Salvador Arzú, primo 
de mi esposa; y mostróse el arzobispo muy amable 

540 



y contento, cuanto podía dar de su carácter seco y 
poco expansivo. Haciendo recuerdos de su juventud, 
me dijo: "Allí se sentaba Lucita —aludiendo a mi 
hermana, y señalando el piano — cuando yo la acom- 
pañaba, tocando el clarinete, y ella ejecutaba "La 
Reveille du Lian" y "Le prée aux oleres". Evocó 
gratas memorias de los tiempos más dichosos de su 
vida. La visita, para él, para mi esposa y para mí, 
estuvo muy agradable y cordial. Fué el arzobispo, 
señor Casanova, uno de los más ilustrados sacerdo- 
tes de la iglesia de Santiago de Guatemala. 

Por aquellos tiempos, y antes de regresar al 
país, el señor Casanova, hubo en el gobierno ecle- 
siástico acontecimientos lamentables. Era goberna- 
dor de la Mitra el presbítero doctor don Ildefonso 
Albores, caballero distinguidísimo, muy instruido, 
virtuoso, irreprochable y querido de todos. Habíase 
conducido con acierto, prudencia y tino, en el 
manejo del delicado cargo que ejercía, como autori- 
dad metropolitana. Debido a su tacto y habilidad 
no se consolidaron el Palacio Arzobispal y el templo 
de El «Carmen, que aún conserva la iglesia católica. 
Gracias a su discreción y buen talento, no hubo 
choques, ni fricciones, con el Gobierno de la Repú- 
blica, sino que, por el contrario, apreciaba el Pre- 
sidente, general Reyna Barrios, la gentileza del señor 
Albores, quien se interesó siempre por el regreso 
del arzobispo a esta diócesis. Habló repetidas oca- 
siones con el Jefe del Ejecutivo, a ese respecto. 
Recuerdo que el mismo general don José María 
Reyna Barrios, me contó que, acosado, una vez, por 
los argumentos del gobernador de la Mitra y por su 
diplomacia, le dijo : "Para evitar las dificultades que 

641 



m« expone, podría yo enviar a Roma un Ministro, 
a fin de que usted fuera nombrado obispo auxiliar, 
con futura sucesión, y no faltasen las confirmaciones 
y otros ritos sagrados, de que hoy carece la iglesia." 
Entonces el doctor Albores, con la mayor dignidad, 
le contestó: "Dispense, señor Presidente,- aunque 
soy un humilde sacerdote, he sido y seré siempre 
honrado; ¿qué diría usted de un general, a quien, 
estando usted ausente, le confiara el mando y resul- 
tara apropiándoselo? No merezco, ni puedo aceptar 
la proposición que usted, con sana intención, se sirve 
hacerme." Entonces el general Reyna Barrios retiró 
cortésmente su idea, diciendo con vehemencia, al 
doctor : "En mucho aprecio su actitud ¿|n digna ; y 
crea que compromete altamente mi consideración y 
estima." 

Pues bien, después de todo esto, no faltaron 
personas hasta del mismo clero, que dieran malos 
informes, calumniosas noticias, al señor Casanova, 
haciéndole creer que el padre Albores estaba traba- 
jando para quedarse de arzobispo. Fué, pues, des- 
tituido inicuamente, ese respetable y caballeroso 
sacerdote, quien con la mayor dulzura y humildad 
entregó el cargo al nuevamente nombrado, el pres- 
bítero don Miguel González, quien falleció ocho días 
después de haber recibido la Gobernación de la 
Mitra. ¿ Sería este lamentable suceso un reproche 
providencial de aquella temeridad, que también 
llevó muy presto al sepulcro al dignísimo doctor 
Albores, quien no fué sepultado, como debiera, en 
las bóvedas de la Catedral metropolitana, puesto que 
había sido jefe muy digno de la iglesia de Santiago? 
Son inescrutables los designios divinos ; pero sucedió 

542 



que el sacerdote ilustre, el caballero digno y delicado 
— como siempre lo fué el doctor Ildefonso Albores — 
no pudo, a pesar de su humildad, soportar aquella 
afrenta, hija de la maledicencia, de la envidia y de 
las más bajas pasiones. Es infame la conducta de 
los que asi envenenan los postreros dias de aquellos 
que son más honorables, virtuosos y dignos ; de los 
varones selectos, que han servido al público, en 
puestos de importancia, con justicia, patriotismo y 
notable inteligencia... "Vos ega versículos feci, 
tullit alter honores. Sic vos non vobis. . ." Cuan cier- 
to es que el mérito ajeno ofusca a los miserables, y 
perjudica al que sobresale por sus merecimientos. 
"Ah qui servent son pays servent un ingrat. Votre 
mérite meme irrite le Sénat, il voit d'un x)eil jaloux 
cet éclat qui Voffense". 

Algunos no dejaron, por aquella época, de par- 
ticipar del veneno de la calumnia y del ponzoñoso 
rencor de la envidia, creyendo que en realidad habia 
sido desleal el inolvidable doctor don Ildefonso 
Albores ; pero se supo después, con evidencia, que 
la historia del eximio sacerdote jamás se había 
manchado ni con la más leve sombra del dolo. Yo, 
que fui amigo y compañero de estudios — en la 
Universidad de San Carlos — del señor Albores, me 
complazco en tributar en estas líneas un homenaje 
postumo a sus manes inmaculados. ¡Para verdades 
el tiempo y para justicias Dios! ¡Fué aquel ilustre 
guatemalteco una víctima inocente ! . . . 

Nunca me olvidaré de otro suceso, en extremo 
penoso y desagradable para mi familia. Mi hermane 
político, Manuel Arzú Saborío, publicaba "El Cro- 
nista", y censuraba sin ambages, pero con razón. 

543 



los actos disparatados del Gobierno. Siendo Ministro 
de Hacienda don Salvador Escobar, se habia expe- 
dido una fuerte cantidad de papel moneda, sin 
ningún respaldo. Llamaban guacamoles a los billetes 
verdes, y Meme Queto (como decían a mi cuñado), 
escribía enérgicamente contra aquellos papeles. 
Barillas lo llamó ; y hubo de ofrecerle veinte mil 
pesos plata, para que no continuase escribiendo ; 
pero no era ese periodista de los que se venden, y 
más bien suplicó al Presidente que recogiera el 
papel moneda, dando otras disposiciones arregladas 
a la política económica del país. Los ministros 
excitaron al mandatario impresionable, para que de 
cualquier modo, pusiera remedio a las publicaciones, 
que el público acogía con entusiasmo. El general 
Barillas sacó de la penitenciaría dos reos de homi- 
cidio, para que asesinasen a mi cuñado. Una mañana, 
a las doce, enfrente del Mesón de San Agustín, le 
atacaron con dagas, y gracias que él se defendió 
con un bastón, dando lugar a que llegara gente. Con 
nueve heridas, y una de ellas muy grave, fué llevado 
en camilla, a su casa, que estaba cercana. Los cri- 
minales no huyeron, sino que se retiraron despacio, 
seguros de haber cumplido la consigna presidencial. 
Este delito horrible, cometido a la luz del sol, 
indignó al público. La casa de Arzú se llenó, en el 
acto, de gente, y fué uno de los crímenes que impi- 
dieron la reelección de Barillas. A los dos meses de 
haber estado curándose Meme Queto, ya convale- 
ciente se fué a México, a fin de evitar otro atentado. 
El distinguido doctor don Juan J. Ortega, con la 
habilidad y gentileza que le caracterizan, asistió al 
herido, hasta dejarlo sano. Allá, en la Ciudad de los 

544 



Palacios, tenia parientes de influencia, como los 
García Granados y otros. El Ministro Mariscal le 
ofreció el apoyo del Gobierno mexicano, para derro- 
car al autócrata de Guatemala; pero cuando se le 
exigió, como retribución, ceder a México parte de 
los departamentos de Los Altos de Guatemala, se 
indignó mi cuñado; y dijo que, antes se pondría a 
las órdenes de Badilas, su asesino, que traicionar 
a nuestra patria. 

Don Manuel Lisandro disponía a su capricho 
de los fondos nacionales. Las planillas de sus fincas 
se pagaban con el producto íntegro de las rentas de 
los departamentos, en que se hallaban situadas. 
Cuando salió del poder, tenía más de ocho millones 
de dólares, que disipó, en su mayor parte locamente. 

En 1889, se pronunciaron los Ruanos, en las 
montañas de oriente. El coronel Hipólito era un dis- 
tinguido militar e ingeniero politécnico ; pero prisio- 
nero por tropas de Mataquescuintla, fué fusilado 
junto con otros cabecillas, el 9 de febrero. 

Barillas — mal aconsejado y pretextando vengar 
la muerte del Presidente Menéndez — intervino en 
El Salvador, mandando numerosas tropas el 6 de 
junio de 1890, a las órdenes del general Camilo 
Alvarez y otros jefes. Esta campaña fué un desastre 
para Guatemala. La llamaron la del totopoxte. Más 
tarde, aquel Presidente mandó al coronel José Ángel 
Jolón a asesinar al muy valeroso general Cayetano 
Sánchez. Todo aquello era un desorden, sin orienta- 
ción y con constantes cambios de política y de 
personal. 

545 



Se exhibió de un modo triste Guatemala, con 
motivo de la guerra del totopoxte, en El Salvador. 
Le mandaron regalar, al Presidente Badilas , una 
hermosa caja cerrada, que nadie sabia de dónde 
había llegado. El ordenó abrirla, con mil precaucio- 
nes, llevándola a un llano apartado, creyendo que 
contenía dinamita u otro explosivo. Resultaron unas 
enaguas, una camisa bordada y otros vestuarios 
femeninos, con qué obsequiaron al general ! En ese 
tiempo convirtió el Gobierno, en oro, el inmenso 
valor de la deuda inglesa, que estaba establecida en 
moneda de Guatemala. Esta operación financiera, 
que gravó enormemente al país, produjo millones a 
sus autores, el Ministro de Hacienda y el Presidente. 

Cuando llegó el tiempo de las elecciones presi- 
denciales, el general Badilas proponía, bajo cuerda 
y hasta ostensiblemente, candidatos diversos, Lain- 
fiesta, Montúfar y otros, hasta que el general José 
M. Reyna Barrios — contra quien mandaba hacer 
publicaciones — salió electo y tomó posesión de la 
presidencia. 

El señor y distinguida señora de Rosenthal, 
con quienes mi familia y yo teníamos buenas rela- 
ciones de amistad, y que vivían en la 8^ calle oriente 
frente a la casa número 24, que nosotros habitába- 
mos, dieron un banquete, en # honor del nuevo Presi- 
dente y del que dejaba el mando. Fuimos invitados; 
y naturalmente, el general Reyna Bardos llevó, a 
la mesa, a la señora de Rosenthal. Mí esposa fué 
designada para que la acompañara el general Ma- 
nuel Lisandro Badilas. No se acordaron que mi 
mujer era hermana de Manuel Arzú Saborío. Ella 

546 



tuvo la necesidad de excusarse cortésmente, ya que 
no era posible que fuera con el que había mandado 
asesinar a su hermano. 

Largo y penoso sería hacer el relato prolijo del 
desbarajuste de la presidencia del general Barillas. 
Tuvo, en su abono, salir del mando, y haber respe- 
tado la libertad de imprenta. Ya no pudo hacer otra 
cosa. Fué asesinado algún tiempo después por orden 
y artificio de Estrada Cabrera, cuando éste era 
Presidente. Cuan cierto es el adagio : "que quien a 
cuchillo mata, a cuchillo muere". Siempre es odioso 
y repugnante el crimen. 



547 



CAPÍTULO AIA 



Consecuencias que produjo la muerte viólenla del 
general Martín Barrundia. 



SUMARIO 

El Gobierno americano pidió a Guatemala una 
indemnización, por no haber respetado la bandera de 
aquel poderoso país. — Solicitó que se nombrara un 
Ministro en Washington. — El Presidente Badilas, que 
estaba en Quezaltenango, escribió una carta a su 
Ministro de Relaciones Exteriores, para que me man- 
dara inmediatamente en esa misión. — El doctor Anguia- 
no me suplicó, por medio del Subsecretario, que pasara 
a hablar con él. — Cómo fué la entrevista. — En qué con- 
cepto acepté el nombramiento de Plenipotenciario ante 
la Casa Blanca. — Viaje que hice. — Condiciones que puse 
y que fueron aceptadas. — Pude al fin tener éxito, y 
que no se pagaran los quinientos mil pé%os. 

En septiembre de 1890, y acompañado del- 
Attache, Antonio Valenzuela Moreno, a quien nom- 
braron a m¿ solicitud, salí para los Estados Unidoi, 
decpuói de haber tenido una larga conferencia con 

S4S 



el Ministro Anguiano, que siempre fué amigo mío ; 
aunque a la sazón estábamos algo distanciados en 
la política. Cuando me habló para que representara 
a Guatemala, me enseñó la carta del Presidente 
Barillas, en la cual le decía que me diera el dinero 
que yo pidiera, para que lo más pronto verificara el 
viaje. Entonces le dije que yo no pediría más que 
lo que el presupuesto asignaba; pero que, como 
interrumpía mis trabajos de bufete de abogado, de- 
seaba un año anticipado de sueldo. Entonces Pancho, 
algo contrariado, me dijo : "No sé por qué tenga 
usted desconfianza de que se le pague." A lo cual 
contesté : "No puedo ir de otra manera ; porque usted 
mismo, cuando regresaba de México, me pidió, en 
Nueva York, mil dólares prestados, diciéndome : 
"Vea Tono, nunca salga de Guatemala, con cargo 
diplomático sin que le paguen anticipado; porque 
si no se puede ver en dificultades — Esto me justifi- 
ca". "Es muy cierto, — exclamó mi amigo — no abrá 
ningún inconveniente." "Tambiín no conviene, a mi 
juicio, — le repliqué — que vaya Ramón S alazar, 
como usted desea de secretario, llevando el folleto 
que Fernando Cruz ha impreso, por cuenta del Go- 
bierno ; porque esto podría complicar el arreglo. Una 
persona, sin carácter oficial, sino simple escritor, con 
responsabilidad propia, podría ir, llevando dicho 
folleto." Después de discutido el punto, aceptó mi 
opinión el Ministro, y fué Salazar, enteramente con 
carácter personal. 

La Legación de Guatemala, fué recibida el día 
siguiente de haber yo presentado la copia de mis 
credenciales; y en seguida tuve la primera confe- 
rencia con el célebre estadista Mr. Blaine, que era 

549 



Secretario de Estado. Fui muy bien recibido por 
aquel hombre público, a quien yo ya habia tratado 
antes, y me conocía bastante. 

Después de hablar largamente del asunto, me 
dijo Mr. Blaine : "Lo peor es que, a consecuencia 
del folleto que usted repartió, en Nueva York, la 
prensa se ha vuelto a levantar, inculpando a Gua- 
temala, sin saber bien los antecedentes del asunto." 
"No señor Secretario — le contesté — ; no he sido yo, 
ni ninguno ligado con mi Legación, quien ha distri- 
buido el folleto a los principales periódicos, y a los 
altos funcionarios; ha sido el doctor Ramón A. 
Salazar, en Nueva York, cuando yo ya estaba aquí. 
Ese escritor ha procedido sin carácter oficial, por 
su propia cuenta, y responsabilidad. Se lo puedo 
asegurar verazmente al honorable señor Secretario, 
hasta por escrito." "Muy bueno, es 'saberlo — me res- 
pondió — y creo que esto facilitará el arreglo que se 
haga, sobre un asunto tan delicado como el que 
tratamos ; porque, como usted comprenderá, hay en 
el fondo algo que ni a los Estados Unidos, ni menos 
a Guatemala, conviene que se publique, aunque todo 
se sabe." "Si señor, — le repliqué— y pienso que usted 
puede, por la gran influencia que tiene en el Con- 
greso, calmar los rudos ataques que lanzan contra 
mi país." "Cabalmente — me dijo — esta noche estoy 
interpelado, presumo que no será tan difícil aclarar 
las cosas y obtener un resultado que deje lugar a 
un arreglo conveniente. Sería bueno, si usted gusta, 
dirigirme un oficio, lamentando Guatemala lo acae- 
cido, demostrando que absolutamente había inten- 
ción de causar la muerte de Barrundia, bajo la 
bandera americana ; y todo lo demás que conduzca a 

550 



sincerar al país de usted del cargo que la prensa, y 
muchos congresistas hacen, defendiendo nuestra 
bandera." 

Me retiré por una media hora, a uno de los 
escritorios de la Secretaría de Estado, y volví con 
el oficio ya redactado, sellado y suscrito por mí. En 
la noche se presentó Mr. Blaine en el Congreso, que 
lo respetaba mucho, y sobre el cual había tenido 
ascendiente de líder principal, por muchos años. 
Aunque lo atacaron, hizo una defensa bien fundada; 
y aquel Cuerpo Legislativo lo autorizó para hacer el 
arreglo, como fuera procedente, según la opinión 
del Departamento de Estado. 

Después de cuatro conferencias conmigo, se 
convino en que por parte de Guatemala, solamente 
tendría que publicar la nota dirigida por mí; y ade- 
más, quedando obligada a hacer, en el puerto de 
San José, un saludo oficial al pabellón americano, 
en protesta de respeto. Todavía permanecí en Wash- 
ington por algún tiempo ; porque el Attaché Va- 
lenzuela se enfermó de gravedad, y fué difícil su 
curación. 

Pero a pesar de tener el sueldo de un año, no 
resultó, para mí efectivo; porque me fué pagado 
en billetes que llamaban guacamoles, por el color 
verdoso que tenían; y como no disfrutaban de cré- 
dito bajaron enormemente, hasta que el Gobierno 
de Barillas se vio en el caso de recogerlos, por un 
ínfimo valor, sin abonar pérdidas. De suerte que el 
consejo de mi amigo Anguiano, no alcanzó a evitar 
verme yo en algunos apuros. Si hubiera sido otro el 

551 



carácter de Badilas me manda dar alguna indemni- 
zación, ya que había yo salvado medio miUón de 
dólares de una reclamación poderosa. 

Barrundia, por su carácter intolerante, no tenía 
simpatías, y había caído muy mal su procedimiento 
con don Pepe Milla, a quien don J. Rufino Barrios 
había recibido bien, cuando el notable escritor re- 
gresó de Europa, después de haberse sostenido allá 
con su pluma, y fué nombrado aquí para redactar 
la historia antigua de la patria, con un sueldo que 
le permitía vivir. Había servido, desde el año 1848 
a Carrera y después en el Gobierno de Cerna. Pero 
a la caída del partido conservador, se encontraba 
pobre. Y en esas circunstancias, don Martín Barrun- 
dia, valido del poder que ejercía, escribió artículos 
furibundos contra Milla, hasta que, a consecuencia 
de ellos, le sobrevino a Milla un ataque del cual 
murió casi repentinamente. Tales artículos apare- 
cieron en el periódico "La Estrella", que redactaba 
un advenedizo, Mr. Hollander, a quien sacó del país 
Barillas, por extranjero pernicioso. 

El Gobierno de Barillas, no hay duda que fué 
uno de los más desorientados, sin política definida 
y clara. Cambiaba a cada momento, y se dejaba 
influir por el último que le hablaba. El mismo ge- 
neral don Manuel Lisandro, acabó por muerte 
violenta, en México. 



552 



CAPÍTULO AA 



Presidencia del general José María Rey na Barrios, 
del 15 de marzo de 1892 al 8 de febrero de 1898 



SUMARIO 

El general Reyna Barrios estaba seguro de llegar 
a la Presidencia de la República. — Una mañana llegó, 
muy agitada, la mujer de este general a mi escritorio, 
manifestándome que estaba preso su marido, y no la 
dejaban verlo, ni entrar ropa, cama ni comida. — Le 
ofrecí ir a hablar con el Presidente Badilas, y obtuve 
el permiso que deseaba, demostrándole que en Reyna 
Barrios se podía fiar, atendida su caballerosidad. — 
Cuando este candidato tomó posesión de la Presidencia, 
ya tenía yo con él buena amistad. — Dio un gran baile, 
en el Teatro Nacional; y fueron invitados, sin distin- 
ción de partidos, muchos de sus mismos enemigos, que 
le habían insultado por la prensa. — Fué Reyna Barrios 
un<T de los mejores y más progresistas presidentes. — 
Algunas de las obras que dejó, embelleciendo la ca- 
pital, y empeñándose muchísimo en mejorarla. — El 
Parque de La Reforma fué dirigido por él personal- 
mente. — El Palacio Presidencial era lujoso y de gusto. 
— El edificio del Registro de la Propiedad Inmueble, 

553 



quedó apropiado a Su objeto, y resistió los terremotos 
qu« arruinaron esta metrópoli. — Era aquel militar vale- 
roso, y desafió al general Martín Barrundia. — Varias 
veces solicitó como presidente, mi opinión sobre asun- 
tos del Ministerio de Relaciones Exteriores. — Fué gentil 
y tolerante .— Altez a con que puso en libertad a uno que 
le había injuriado grandemente. — "El Congreso Jurí- 
dico" fué labor de gran importancia.— Trabajé algún 
tiempo como Fiscal del Gobierno. — En seguida, me 
eligió la Asamblea Presidente del Poder Judicial.— 
En la primera visita de cárceles, se mandó poner en 
libertad a una sirvienta, que el Ministro de Goberna- 
ción, licenciado don Manuel Estrada Cabrera, sin tener 
para ello jurisdicción, había mandado a la Casa de 
Recogidas. — Evité que el Presidente Reyna diera una 
orden arbitraria a la Sala 3 ? de Apelaciones, para 
sobreseer un asunto civil de tabacos. — Trabajo que 
tuve ; y comportamiento caballeroso de Reyna Barrios. — 
Historia de un fallo lamentable, acerca de la venta de 
una finca llamada "Belén", situada en Amatitlán, que 
produjo una gran reclamación, y el pago por el Go- 
bierno, a causa de la injusticia notoria de la Suprema 
Corte. — Enérgica y justiciera conducta de los magis- 
trados don Miguel Flores y Rodríguez Castillejo. — 
Folleto notable, que circuló impreso, del insigne juris- 
consulto don Antonio Maura, a la sazón Ministro de 
Estado en la Corte de España. 



Cuando el general José María Reyna Barrios, 
en 1887, vino de Europa, vivía, con su mujer doña 
Algeria, en la 8^ calle oriente, frente a mi casa, 
número 24; y cultivábamos muy buena amistad, 
como vecinos. En un té, que dieron los señores 
Reyna, estuve invitado con mi esposa, en unión de 
las señoritas Rosenberg y de otras varias personas. 
Tomando una copa de vino, mi señora con el general, 

.554 



ella le dijo : "Tengo el gusto de beber a la salud de 
usted, deseando que, cuando sea Presidente de la 
República, se acuerde de sus buenos amigos, en cuyo 
número tenemos el placer de contarnos." Don José 
María contestó, muy amablemente : "Me complazco 
mucho en saludar a mis distinguidos amigos, toman- 
do esta copa, a mi vez, por ustedes; y asegurándoles 
que, cuando ocupe la Presidencia, siempre contaré 
con el afecto de personas como usted, señora, y don 
Antonio, a quienes estimo y aprecio." 

Aún no se decía que Reyna fuera candidato, de 
suerte que me sorprendió el brindis de mi esposa, 
y la seguridad del general, de ser Presidente de la 
República. Un mes después, en 1889, llegó a mi es- 
critorio, muy agitada doña Algeria, diciéndome, en 
inglés : "Acaban de poner preso al general, es ino- 
cente, no me permiten verlo, está en el cuartel de 
San Francisco. ; Qué hago?" La tranquilicé un poco, 
y le ofrecí ir a conseguir permiso del Presidente 
Baríllas. Fui, en efecto a verlo; y me dio una orden 
para que pudiera entrar la señora, y la dejara llevar 
cama y comida al general. A las cuatro de la tarde 
fuimos, llevándole todo eso, y algo de dinero. Cuando 
lo vimos, estaba sereno ; y agradeciéndome el ser- 
vicio, me dijo : "Cosas políticas ; el general Badilas 
y algunos de sus satélites, temen que yo sea óbice 
para la reelección del Presidente." Después le pro- 
puso doña Algeria ir ella a hablar al Ministro ame- 
ricano, que era amigo de ambos. "¡ Oh, no, — contestó 
él — soy guatemalteco, y nunca he gustado de que 
intervengan los ministros extranjeros. Si usted, don 
Antonio, hablara con el Presidente, sería mejor. El 
me conoce, y tal vez le convenga más sacarme en 

555 



libertad. La cosa es no darle tiempo de que hable 
con sus ministros." Al siguiente día fui donde 
Badilas, quien, después de mis argumentos, y di- 
ciéndole yo que cabalmente Reyna Barrios era en 
quien se podía fiar, llegado el caso, me dio la orden 
de ponerlo libre. 

Así fué que cuando este general tomó posesión 
de la Presidencia, ya tenía buenas relaciones conmi- 
go. Muchos habían escrito contra él, injuriándolo y 
queriendo ridiculizarlo, sin embargo, dio un gran 
baile, en el Teatro Nacional, convidándolos a todos, 
sin distinción de partidos y comportándose dignísi- 
mamente, como que tenía alteza de alma y era 
militar valiente y educado. 

El general Reyna Barrios figuró como uno de 
los mejores Presidentes que ha tenido Guatemala; 
muy progresista, había viajado bastante por el ex- 
tranjero. Pretendía hacer de nuestros pueblos un 
gran país. Convencido y entusiasmado por la con- 
veniencia de crear un puerto en Iztapa, inició los 
trabajos de construcción ; se llevaron máquinas para 
el dragado del canal, se tendieron rieles a lo largo de 
Obero y la playa. En una palabra, se realizaron los 
preliminares de la gran obra, que habría impreso 
movimiento al comercio y facilitado en grande esca- 
la la salida de nuestros frutos al extranjero. Después 
del trágico desaparecimiento^del infortunado man- 
datario, no se volvió a pensar en la obra magna. 

Prolijo sería describir las muchas obras llevadas 
a cabo por el Presidente Reyna, para hermosear esta 
metrópoli de Guatemala. El Palacio Presidencial 
fué una mansión espléndida, bien construida, y que 

556 



daba relieve decoroso a la residencia del Jeíe de la 
República. Tenía extensos y lujosos salones. El prin- 
cipal era morisco, imitando en algo el Alcázar de 
Sevilla. El comedor, para doscientas personas, era 
suntuoso, a estilo Luis XV. Las habitaciones y ofici- 
nas apropiadas y cómodas ; sobre todo, la arquitec- 
tura elegante y moderna. Ese palacio se destruyó 
por los terremotos de 1917 a 1918. 

El edificio de tres pisos, construido contra in- 
cendios, para resguardar los archivos y oficinas del 
Registro de la Propiedad Inmueble, aún existe, y 
presta grandes servicios. El magnífico paseo de La 
Reforma lo dirigió, con particular empeño personal- 
mente, y tuvo que mandar cerrar un gran barranco 
que servía de estorbo para llegar hasta Los Arcos, 
Los cuarteles los mejoró notablemente. Tenía ya los 
planos para el grandioso edificio de los Poderes 
Legislativo y Judicial. Emprendió la construcción 
del Ferrocarril del Norte, por cuenta de la Nación,' 
y dejó más de la mitad concluido, para independizar 
la vía principal. Otros jardines y plazas, fueron obra 
suya. Celebró una Gran Exposición Centroamerica- 
na, con edificios especiales. 

Cuando Reyna Barrios regresó de la Batalla de 
la. Unión, trajo dinero para el Gobierno, y evitó 
junto con el general Cruz, la dispersión del ejército. 

Por ese tiempo tuvo Reyna Barrios serios dis- 
gustos con el general Martín Barrundia, contra quien 
escribió y publicó un periódico intitulado El Có- 
lera, con artículos tremendo^ ; por último, Reyna lo 
desafió en toda forma; pero no tuvo efecto el 
duelo. 

•57 i 



Cuando Reyna Barrios se hizo cargo de la Pre- 
sidencia de la República, yo tenia bufete abierto 
y sólo desempeñaba puestos gratuitos, el de diputado 
y el de Presidente del Consejo de Estado. Muchas 
leyes, como la de divorcio, la del matrimonio civil la 
de responsabilidades, la de habeas corpus, etc., se 
dieron por la comisión que yo presidía. 

El Gobierno solicitó varias veces mi opinión, 
sobre asuntos relacionados con negocios extranjeros. 
Estuve durante una temporada, en unión de mi 
amigo Valero Pujol, en la finca El Salto, que tenía 
Reyna en Escuintla; y nos distinguió mucho aquel 
culto y caballeroso mandatario. 

Gentil, generoso, tolerante y culto, el general 
Reyna daba recepciones a todas las personas de la 
sociedad, sin distinción de partidos políticos. Aman- 
te de su patria, embelleció la capital con decidido 
empeño, fué un eximio patriota; durante su admi- 
nistración, hubo absoluta libertad de imprenta. 
Salía todas las mañanas a caballo, a revisar sus 
obras. Hombre sereno y valiente, a nadie denostó, 
ni menos maltrató. Recuerdo que una vez Enrique 
Valenzuela Micheo — a quien yo quise mucho, por 
ser hijo de mi inteligente amigo y deudo, licenciado 
Javier Valenzuela y Batres — algo encumbrado por 
el licor, comenzó a gritar, por las calles : "Muera el 
Presidente tachuela, y su mujer, la gringa tal y 
cual..." La policía llevó a dicho muchacho a una 
sección, sin causarle ningún daño personal, ni veja- 
ción alguna. Hubo de iniciarse el proceso de oficio, 
en la Comandancia de Armas. Ocurrió a mi casa la 
madre de aquel simpático y fogoso adolescente. Era 
doña Jesús Micheo de Valenzuela, no sólo amiga 

' 558 



mía, sino prima de mi esposa; y me pidió que ha- 
blase al Presidente Reyna, interesándome por Enri- 
que. Aunque consideré el caso comprometido, le 
ofrecí tomar empeño para suspender la causa crimi- 
nal. Yo tenía autorización del general para entrar 
sin anunciarme a su despacho, y fui al día siguiente. 
El Presidente me contestó que no sabía que estu- 
viesen instruyendo el proceso ; que él no daba im- 
portancia al hecho, como que habían sido expresiones 
proferidas en estado de ebriedad; y me dio en el 
acto, de su puño y letra, la orden para que quedase 
libre. Entonces, .muy agradecido, le dije "que doña 
Jesús deseaba pasar a darle las gracias y excusas 
personales". "Ah, no, don Antonio — me replicó — 
nunca permitiré que una señora se humille y moles- 
te, y menos por culpa de su hijo ; bastante tiene ella 
con la pena que le causa. Tenga la bondad de decir 
a doña Chus de Valenzuela, que los jueves recibo 
en mi residencia, y que tendré gusto en verla, con 
su familia; pero no para darme excusas, ni agrade- 
cimientos." Era de alma noble aquel Jefe de la 
Nación. Algunos de los otros presidentes habrían 
sacrificado a Enrique, tanto más cuanto que estaban 
suspensas las garantías. 

Una de las labores memorables de la Adminis- 
tración Reyna Barrios, fué el Congreso Jurídico, 
celebrado en Guatemala, desde el 6 de junio de 1897 
hasta el l 9 de julio de ese mismo año. Me cupo la 
honra de presidir esa reunión de notables delegados 
de las cinco repúblicas centroamericanas, que sentó 
sólidas bases para su unión definitiva, celebrándose 
un tratado, a fin de unificar' provisionalmente la re- 
presentación exterior, proveyéndose a la organiza- 

559 



ción de un gobierno general, dictando medidas 
tendientes al mantenimiento de la paz del istmo, a 
la igualdad de los derechos políticos y civiles, con- 
sagrando el principio de la no intervención en los 
asuntos de orden interior de cada Estado, procla- 
mando y aceptando" el arbitraje, como único medio 
de dirimir fraternalmente las contiendas que se 
suscitasen entre algunas de las repúblicas signata- 
rias y erigiendo para su gobierno y legislación los 
cánones más avanzados sobre las teorías modernas. 
Fué aquel Congreso exponente positivo de las aspi- 
raciones e intereses de los pueblos, y no la liga ma- 
quiavélica de los gobiernos, que algunas veces han 
tomado la idea de la unión como escudo para 
sostener autocracias de bandería y de política ras- 
trera y mentirosa. 

Así lo demuestran los importantes tratados 
sobre Derecho Penal, Civil y Extradición, Propiedad 
Literaria, Artística e Industrial, Derecho Civil, Dere- 
cho Procesivo, etc. Serán un monumento perenne 
del anhelo práctico y científico con que se laboró 
entonces por la paz y bienestar de la América del 
Centro. No hubo dobleces, ni fines procaces, como 
después ha acaecido, cubriéndolos con el sacro 
manto de la Patria de nuestros mayores, a fin de 
sostener sátrapas. 

El general Reyna Barrios se esforzó, como ver- 
dadero patriota, por el adelanto y mejoramiento de 
Guatemala. El viaducto del cantón "La Exposición", 
el Boulevard 30 de Junio, el Parque de La Reforma, 
la Plaza Reyna Barrios, el Monumento a Cristóbal 
Colón, las estatuas de García Granados y de Barrios, 
el Cuartel de Artillería, el Colegio de Indígenas, el 

560 



edificio del Registro de la Propiedad Inmueble, la 
Casa Nacional de Moneda, la Mansión Presiden- 
cial, el Palacio de La Reforma, el Ferrocarril del 
Norte, el Ferrocarril de Ocós, el Hotel Internacional, 
el Ministerio de Fomento, la Escuela Militar, y 
otras varias mejoras que seria largo referir, dan 
idea del espíritu verdaderamente progresista de 
aquel activo mandatario. 

Por otro lado, hubo una representación del 
famoso Descubridor, de las históricas carabelas y de 
aquella maravillosa escena que hizo cambiar la faz 
mundial y completar el planeta, dando a la civiliza- 
ción grecolatina un nuevo continente y riquezas 
fabulosas ; abriendo a la historia horizontes de rena* 
cimiento, y al mundo amplio espacio y fecundas 
esperanzas. 

Se celebró además, por el Gobierno de Reyna 
Barrios, un concurso para premiar la mejor obra 
que acerca de la Civilización de los indios se pre- 
sentara, y tuvo la buena suerte el autor de las 
presentes líneas de obtener el diploma de honor y la 
recompensa, entregados en una velada solemne en 
el Teatro Nacional, que se llamó, desde entonces 
Teatro Colón. 

En la Facultad de Derecho se estrenó la colec- 
ción de retratos de los abogados ilustres centroame- 
ricanos; y me tocó hacer la relación de ellos y la 
apoteosis de Cristóbal Colón, en un discurso oficial, 
que se mandó imprimir y -fué acogido", con benévolo 
entusiasmo, por la prensa, y por la selecta concu- 
rrencia, que asistió a aquella centenaria festividad. 

561 



El 8 de enero de 1892, entré a funcionar como 
"Fiscal del Gobierno y Magistrado de la Sala 1* d« 
la Corte de Apelaciones, hasta el 3 de enero de 1893, 
en que fui electo, por la Asamblea Legislativa, Pre- 
sidente del Poder Judicial, puesto que desempeñé 
hasta el 7 de enero de 1898. A los pocos días de 
encontrarme al frente de ese Poder, dispuse practi- 
car una visita oficial y general de las prisiones. En 
el edificio de Santa Teresa, cárcel de mujeres, se 
pasó revista, por la Corte Suprema, los magistrados 
de las Salas y los jueces de primera instancia, a 
todos los procesos de las recluidas. Al terminar, 
pregunté a la directora, si había quedado alguna 
mujer presa; y notando que vacilaba al responder, 
le intimé que sobre ella recaería criminal responsa- 
bilidad, en el caso de ocultar alguna detenida. En 
tonces, algo azorada, manifestó : "que solamente una 
estaba, que había sido remitida de orden del señor 
Ministro de Gobernación y Justicia, licenciado don 
Manuel Estrada Cabrera". Procedióse a ver los 
libros, y efectivamente apareció el nombre de la 
mujer, quien en el acto fué llamada; y dijo, que 
"siendo sirvienta en casa de dicho señor, la habían 
mandado presa, hacía más de cinco días, sin haber 
cometido falta, ni delito, simplemente, porque ma- 
nifestó que deseaba no continuar en esa casa". Acto 
continuo, la Corte dictó, allí mismo, a moción mía, 
un acuerdo escrito, ordenando poner en libertad 
inmediatamente a la sirvienta, una vez que no se 
hallaba procesada por autoridad competente. 

Recuerdo que, en esa misma visita a la Casa de 
Recogidas, en Santa Teresa, se notó que había una 
gran excavación antigua, que bajo tierra conducía 

562 






como a la iglesia, formando una misteriosa salida. 
Yo, en el carácter de Presidente del Poder Judicial, 
encargué oficialmente al Magistrado, Presidente de 
la Sala 3^ que conocía de los asuntos de la Coman- 
dancia General, que inquiriese e informase todo lo 
conveniente acerca de aquella callejuela oculta. Este 
paso lo tuvo a mal el señor Estrada Cabrera ; porque 
andaba en amoríos con una hija de la rectora de la 
prisión, y creyó que el licenciado Beteta, que era 
joven, tenía las mismas pretensiones, y además, 
porque juzgaba que la Corte de Justicia nada tenía 
que ver con las prisiones. Ello fué que se formó un 
lío, hasta que el general Presidente Reyna, le mani- 
festó que dejase en completa libertad al Poder Judi- 
cial. Desde entonces, el desairado Ministro de 
Gobernación me quería mal; pero no logró perjudi- 
carme, aunque lo procuró y hubo de ocasionarme, 
cuando fué Presidente, un viaje al extranjero, que 
me costó personalmente extraordinarios gastos du- 
rante un año. 

Algún tiempo después de la visita de cárceles, 
llegó el mismo licenciado don José A. Beteta, a 
manifestarme que el general Reyna Barrios había 
ordenado al Ministro de Gobernación y Justicia 
prevenir al Tribunal sobreseer en un asunto civil, 
de compra de tabacos, procedente de Escuintla; que 
ya iba a llegar tal orden a la Sala 3^ y que los ma- 
gistrados deseaban que antes se tomara alguna 
medida, a fin de evitar ese conflicto. En el momento 
pasé a ver al Presidente Reyna Barrios, quien me 
recibió con toda afabilidad. Le hice presente el caso, 
exponiéndole lo ilegal e imposible de un sobreseí- 
miento en asunto civil, de oficio; y pidiéndole que 

563 



no se mandara semejante nota, por el Ministerio 
respectivo. Así que, sin ambages, y con razones 
legales concluí de hablar, me contestó el Presidente : 
"Ya sabe usted, don Antonio, que cuando doy una 
orden jamás la revoco; siento mucho, pero no puedo 
acceder a sus deseos". Le repliqué en seguida: "Más 
lo siento yo ; porque va a sobrevenir un conflicto, 
que he querido evitar, cumpliendo con mi deber 
oficial. Yo tendré que renunciar la Presidencia de 
la Suprema Corte de Justicia, que ni la he solicitado, 
ni Ta merezco, ni me pesará dejarla. Lo que deploro 
sinceramente es que, sin culpa de mi parte, se va a 
resfriar la antigua y buena amistad que usted me 
ha dispensado, siendo la causa un asunto que no 
vale la pena; pero que no procede conforme a la 
ley". Entonces se puso en pie el general, muy afec- 
tado; pero siempre correcto, me dijo: "Vaya usted, 
mi amigo, y diga al Ministro que se ponga a las 
órdenes de usted, en este desagradable asunto, que 
realmente pertenece al ramo de la justicia". "Mi] 
gracias — repuse — y me permitiré ir mañana a repe- 
tírselas particularmente a su residencia". Ya sereno 
Reyna, exclamó, con acento leal: "Lo espero a al- 
morzar conmigo, a las doce, sin que hablemos nfás 
del caso". Esta fué la única vez que el general Reyna 
quiso intervenir en negocios judiciales. Puedo ase- 
gurar que respetó la justicia. No así el Ministro de 
la Guerra, don Próspero Morales (antes que yo 
fuera Presidente del Poder Judicial). En una oca- 
sión, llamó al integérrimo Magistrado don Miguel 
Flores, para recomendarle un asunto que don Miguel 
Llerandi había perdido en primera y en segunda 
instancias, sobre propiedad de la finca Belén, que 

564 



era a todas luces de Foncea y Cueto. Al llegar al 
Ministerio de la Guerra el inolvidable señor Flores 
no estaba Morales, y ya cansado <\e esperar don 
Miguel, se retiraba, dejando un recado con el sub- 
secretario, cuando cabalmente entró don Próspero, 
pidiéndole que le dispensara la tardanza, y manifes- 
tándole, que tenía muchísimo interés en el juicio que 
seguía su amigo íntimo Llerandi, y que se lo reco- 
mendara a toda la Corte Suprema. El señor Flores 
le manifestó que ya estaba votado el fallo, y hasta 
redactado, de unánime acuerdo del Tribunal, en 
favQr de doña Vicentina de Cueto, quien tenía toda 
la razón. Entonces Morales, viendo que era inco- 
rruptible el señor Flores, se despidió de él, sin más 
instancia; pero se apresuró a llamar a otros dos de 
los magistrados, recomendándoles vivamente, y con 
imperio, revocar los fallos contrarios, y redactar una 
nueva sentencia, no expidiendo absolutamente Ir 
que ya habían votado y redactado. Al siguiente día, 
cuando se reunió la Corte Suprema, uno de los voca- 
les (que ya está muerto) dijo : "que había estudiado 
mejor el punto, y que quien tenía la justicia era 
Llerandi". Don Miguel Flores, siempre honorable y 
enérgico, le contestó: "Es la recomendación de don 
Próspero la que a usted le ha hecho cambiar de 
ayer a hoy. Yo no transijo con imposiciones, en 
contra de la justicia clara y sostenida por dos fallos 
anteriores, rechazando los torpes manejos de Lle- 
randi". El apreciable Magistrado don Juan Rodrí- 
guez Castillejo, con decidida integridad, también 
sostuvo los derechos de la viuda señora de Cueto. 
Los otros dos vocales claudicaron, prevericando mi- 
serablemente, y quedó empatado el asunto. Tocaba 

. 565 



al Presidente del Poder Judicial decidir; y decidió 
por hacer un nuevo fallo, en favor del recomendado 
por el Ministio de la Guerra. . . Perdió el pleito 
doña Vicenta de Cueto, que se hallaba en Infiesto 
(España) y tan pobre la dejaron que tuvo que sacar 
de la escuela a dos de sus niños, porque ya no le 
fué posible cubrir dos pesos mensuales, que costaba 
la enseñanza. 

Yo habia defendido como abogado a doña Vi- 
centa de Cueto, a virtud de recomendación del exce- 
lentísimo don Antonio Maura, distinguido amigo 
mió, quien me habia enviado un memorándum de 
todo el asunto. En primera y segunda instancias, 
obtuve sentencias favorables; pero en casación, ya 
no pude defenderlo, porque me vi obligado a ausen- 
tarme del país, en una misión diplomática urgente. 
El recurso de casación lo dirigió el licenciado don 
José Diaz Duran; pero la influencia de don Próspero 
Morales hizo sucumbir la justicia, haciéndome per- 
der también doce mil pesos plata que tenia yo 
estipulados, por mis honorarios, para el caso de que 
se ganara judicialmente el negocio, que se perdió 
por tres votos, contra cuatro de las instancias y dos 
del Tribunal de Casación; es decir, seis opiniones 
contra tres. 

El Gobierno español dedujo responsabilidad 
por la denegación de justicia, llevada a cabo con 
escándalo notorio. El Gobierno de Guatemala tuvo 
que pagar ciento cincuenta mil pesos plata, que el 
excelentísimo señor Maura mandó a doña Vicenta 
de Cueto, publicándose el caso en la prensa de Es- 

566 



paña. Era Ministro de Relaciones el inolvidable don 
Juan Barrios M. en tiempo del Presidente Estrada 
Cabrera, cuando se hizo el pago. 

Conservo en mi biblioteca un extenso folleto, 
con 80 páginas impresas en Madrid, en 1898, con el 
título de "Caso de Indefensión". — Venta Judicial de 
la finca "Belén". — Reclamación dirigida al Gobierno 
de Guatemala, por doña Vicenta Ardavín K curadora 
ejemplar de su esposo incapacitado, don Rafael del 
Cueto Suárez. — Establecimiento Tipográfico de Fos- 
tanet. — Imprenta de la Real Academia de la Histo- 
ria. Calle de La Libertad, número 59". Ese alegato 
de injusticia notoria, está magistralmente escrito, 
haciendo resaltar lo inicuo de un verdadero despojo, 
que treinta años hace produjo escándalo, y costó 
caro al tesoro nacional de Guatemala, y al crédito 
de la Corte Suprema de Justicia. 

El eximio jurisconsulto don Antonio Maura, 
redactó un voluminoso dictamen, en el cual, por 
modo prolijo, en vista de los hechos justificados, y 
conforme a las leyes de Guatemala y España, de- 
mostró brillantemente el despojo manifiesto, de que 
fueron víctimas el pobre demente don Rafael del 
Cueto y su infeliz familia. En dicho dictamen, apa- 
rece el párrafo honrosísimo para mí, que dice : "En 
30 del mismo mes (enero de 1890) confirió poder 
doña Vicenta Ardavín a favor de don Manuel Casín, 
quien lo substituyó en el ilustrado y reputadísimo 
jurisconsulto, don Antonio Batres Jáuregui, que 
formuló la demanda de reivindicación, con notable 
claridad y sencillez ; y dirigió todo el juicio, en pri- 
mera y segunda instancias, con maestría. Ya no le 

5.67 



fué posible intervenir en la casación, por haberse 
visto en el caso de ausentarse al extranjero, en re- 
presentación diplomática de Guatemala".- 

Al transcribir ese bondadoso elogio, tributado 
por una notabilidad mundial, no he cedido a la sa- 
tisfacción del amor propio, sino al propósito de que 
conste que, por mi parte, hubo buena dirección de 
ese célebre asunto, que tanto ruido hizo aquí, y no 
poca sensación causó en Madrid. El Ministro de 
España en Guatemala — cuando se disponía a pre- 
sentar la reclamación a nuestro Gobierno — fué a 
buscarme a mi bufete, acompañado del licenciado 
don Marcial García Salas, con el fin de que le faci- 
litara datos sobre el asunto, que ninguno conocía 
tanto como yo. Recuerdo haberle contestado en' el 
acto, "que siendo ya una reclamación contra mi 
país, no podía ayudar de ningún modo ; que lo sentía 
muchísimo ; pero que, como guatemalteco, conside- 
raba ante todo a mi patria. Que se dignara dispen- 
sarme". El plenipotenciario hispano alabó mi proce- 
der, agregando, "que no podía esperarse más de mi 
caballerosidad". Es de advertir que yo perdía diez 
mil pesos plata, en caso de no ganarse el asunto 
judicialmente. 



5*S 



CAPÍTULO AAI 

1898 



Me hago cargo del Ministerio de Relaciones Exte- 
riores, en difíciles circunstancias. — Asesinato de que 
fué víctima el Presidente Re^yna Barrios 



SUMARIO 

La conducta del Ministro de México, señor Lera 
respecto al Presidente Reyna Barrios. — Intervengo para 
que no fueran fusilados unos mexicanos, que estaban 
comprometidos en una revolución contra Guatemala.-— 
Banquete diplomático que di, en mi domicilio, en obse- 
quio del general Reyna Barrios. — A pesar de estar éJ 
separado de doña Argelia, su mujer, por los amores 
del Presidente con la artista Roca, fueron a mi casa 
en el mismo carruaje, a dicha festividad. — A los tres 
días, don José María tuvo la gentileza de obsequiar 
un hermoso bouquet a mi señora. — Todavía estaban 
frescas las flores, cuando en la noche del 8 de febrero 
de 1898, me avisaron que había sido asesinado el 
Presidente de la República. — Acudí pronto al Palacio 
siendo el primer Ministro que llegó. — Mandé mudar 
la guardia, que estaba medio borracha.— El cadáver 

569 



de Reyna Barrios estaba sobre un escritorio, y ya le 
habían despojado de los botones, que llaman man- 
cuernillas, que eran de brillantes, y del dinero que 
llevaba en su cartera. — Escenas que allí pasaron, en 
tan críticos momentos. — Cómo fué el nombramiento de 
Estrada Cabrera para la Presidencia. — Había ya, den- 
tro del salón, varios esbirros suyos. — Feliciano García, 
Ministro de Fomento, en unión de Salvador* 1 Herrera, 
y Pujol, pretendían que fuera nombrado el general 
Salvador Toledo para Presidente, lo cual no podía ser. 
— A la noche siguiente, el 9 de febrero, Estrada Cabre- 
ra, para desembarazarse del general Marroquín, pros- 
perista decidido, lo mandó a la Comandancia General. 
— Allí fué asesinado cruelmente. — Nájera y Arévalo, 
se rebelaron en seguida; pero sin plan. — Fué 
una asonada sin preparación. — Los cabecillas salieron 
huyendo. — Complot que tenía preparado Estrada Ca- 
brera, el día 10, para profanar el cadáver del Presiden- 
te, y asesinar a los ministros, con el fin de que tuviera 
la muerte de Reyna visos o colorido popular, de odio 
contra la Administración anterior; y salir de los que 
le habían acompañado en sus últimos meses. — Cuando 
vio que se sabía toda esta trama infame, consintió en 
que fueran sepultados los despojos mortales del infor- 
tunado Jefe, en las bóvedas de la Catedral. — Renuncia 
inmediata del Ministerio. — Entran enemigos de Reyna. 
y, entre ellos, el general Salvador Toledo, como Se- 
cretario de la" Guerra. — Vejaciones que sufrí. — Tuve 
que irme a Europa. 



El 7 de enero de 1898, a las seis de la tarde, 
llegó a mi casa el Secretario de la Legación de Mé- 
xico a visitarme, en nombre del Ministro Lera, que 
trataba de poner en dificultades al Gobierno del 
general Reyna Barrios. La ira de este diplomático 
contra el Presidente, provenia de que, habiendo pre- 

570 



tendido el señor Lera — este era su apelativo — ha- 
blar directamente con el Jefe de la Nación, se 
presentó en el Palacio, y por medio del Jefe del 
Estado Mayor, envió su tarjeta, sin más trámites. 
El general Reyna Barrios, que por no encontrarse del 
todo bien, iba a descansar a su residencia privada, 
contestó que ^entía no poder recibirlo inmediata- 
mente ; pero que lo haría al día siguiente. Sabido es 
que un representante extranjero está en la obliga- 
ción de dirigirse al Ministro de Relaciones Exterio- 
res, suplicando una audiencia del Presidente, quien 
señala día y hora para recibir la visita del Ministro 
Diplomático, que debe, por lo regular, ir acompañado 
del mismo Secretario de Relaciones. El señor Lera, 
que era cubano agresivo y orgulloso, se disgustó 
profundamente, de lo que él llamaba, por todas 
partes, un desaire. Así las cosas, llegó — como venía 
yo refiriendo — el Secretario de la Legación mexica- 
na, don Luis Ricoy, a visitarme. Me dijo que, "en 
vano había buscado al señor Ministro de Relaciones 
Exteriores, licenciado don Jorge Muñoz, porque 
hallándose enfermo, no recibía a nadie; que el caso 
era perentorio, pues se trataba de que, al día si- 
guiente, a las seis de la mañana, serían fusilados, en 
Totonicapán, dos mexicanos, sin las formalidades 
de ley, lo cual acarrearía una reclamación; que yo, 
como Presidente del Poder Judicial, podía evitar, 
interponiendo mis buenos oficios con el general 
Reyna Barrios". "Siento — le contesté — todo lo que 
usted me dice; pero no puedo, ni debo, en la forma 
particular y directa, de que usted se vale, ni siquiera 
darme por notificado de un asunto tan grave. No 
le hablaré yo al Presidente de la República, ni me 

571 



mezclaré en lo que no me corresponde. Si el señor 
Ministro mexicano, que es a quien directamente 
toca, no puede hablar con el Ministro de Relaciones 
Exteriores, podrá buscar al Subsecretario, valerse 
de los medios protocolarios oportunos. Por lo demás, 
al señor don Luis, en lo particular y como amigo, 
me complazco en recibirlo con todo jiprecio y cor- 
tesía." Comprendí que lo que Lera intentaba era 
preparar su reclamación, constatando que el Poder 
Judicial había sido notificado. Así fué que, al dejar- 
me Ricoy, me fui a ver al general Reyna Barrios, 
quien me recibió en el acto, aunque para mi objeto 
tuve que aguardar un momento, mientras se despe- 
día don Eleázaro Asturias, que estaba de visita. Al 
fin, referí al general lo acontecido, y me dijo: "Mi 
amigo don Antonio, son unos zamarros criminales, 
esos chapanecos, que bien merecen ser fusilados, 
tanto más, que están suspensas las garantías; y ya 
no aguanto los procedimientos proditorios de los 
picaros revolucionarios, que merodean y asesinan en 
nuestro suelo"." Le hice yo algunas observaciones, 
con toda franqueza ; y como ya iban a dar las ocho 
de la noche, hora en que el general acostumbraba, 
sin falta, acudir a una visita recreativa, me dijo 
apresuradamente : "Mucho agradezco a usted su 
oportuna venida". Llamó a su primer secretario, y le 
ordenó poner un telegrama urgente, mandando sus- 
pender la ejecución, y previniendo al Comandante 
de Armas acusar recibo pronto, de estar enterado del 
superior mandato. "A las once, cuando yo regrese — 
le dijo— cuide usted de mostrarme la respuesta". 
Después, muy amistosamente, me insinuó su deseo 
de que me hiciera yo cargo del Ministerio de Rela- 

572 



dones Exteriores, por estar las circunstancias difí- 
ciles y tener que ir a curarse, a los Estados Unidos, 
el licenciado Muñoz. Yo agradecí la confianza; pero 
haciendo ver que, como Presidente del Poder Judi- 
cial, podía servir mejor, sin mezclarme en la política ; 
mas el general Reyna insistió, y me hice cargo del 
Ministerio, con sólo un sueldo, el 8 de enero de 1898, 
sin renunciar el puesto de Jefe de la Corte Suprema, 
que interinamente entró a desempeñar, conforme a 
la ley, el primer vocal don Miguel Flores. Mi inten- 
ción era servir en el Ministerio poco tiempo. 

A los tres días de encontrarme en la Secretaría 
de Relaciones, llegó el señor Lera, Plenipotenciario 
de México, y después de muchas zalamerías y elo- 
gios personales, me dijo : "Tendré singular gusto en 
tratar con usted, porque el actual Presidente es un 
hombre sin educación". En el acto, me puse en pie, 
y con la mayor seriedad, hube de decirle: "Sírvase 
usted dejarme, no debo, ni puedo, continuar escu- 
chando al que injuria al Jefe de Guatemala". Sor- 
prendido aquel audaz extranjero, me dio la más 
cumplida satisfacción. "Retiro lo que he dicho — me 
dijo — sin tener intención; ruego al señor Ministro 
perdonarme. Dígnese continuar escuchándome, voy 
a hablarle del asunto del mexicano a quien el jefe 
político de Escuintla puso en cepo de campaña." Yo 
repuse con dignidad : "Puede usted dirigirme una 
nota a ese respecto, solicitando oportuna audiencia, 
a fin de tratar de ese negocio". Se retiró el señor 
Lera, bastante disgustado, pero al siguiente día, me 
eüvió el oficio, como era procedente ; toda vez que 
no era correcto, sin aviso previo, abordar un nego- 

573 



cío; y más, una reclamación, sin noticia y asenti- 
miento del canciller, que necesita prepararse y estu- 
diar la materia, para no ser sorprendido. 

No quise comunicar aquel desagradable inci- 
dente al general Reyna Barrios, ya que el plenipo- 
tenciario habia dado satisfacción, y no era pública 
la sandez. Señalé al representante mexicano la au- 
diencia que pedía, para tres días después de 
solicitada, y me impuse bien del asunto en referen- 
cia. Cuando llegó Lera, reclamaba cincuenta mil 
pesos plata y una satisfacción del Gobierno, además 
del castigo que mereciera el jefe político, siendo 
encausado judicialmente. Después de discutir el 
caso, y ya que realmente había sufrido la tortura del 
cepo de campaña el querellante, concluí por mani- 
festar que yo estaba dispuesto a que se le dieran 
cinco mil pesos ; en el concepto de que la satisfacción 
que el Gobierno daba, iba implícita en el arreglo 
mismo, ya que el mexicano había también faltado 
a la ley. Por último, convino el representante de 
México en tales puntos, y se hizo el acta y cambio 
de notas respectivamente. 

Volviendo a tomar el hilo de mi narración, re- 
cuerdo que el día último de enero de 1898, di un 
banquete, en mi casa en obsequio al general Reyna 
Barrios; estuve antes personalmente a ofrecérselo; 
y fué aceptado por él, con placer y reconocimiento. 
Pedí su venia para invitar, en nombre de mi señora 
y en el mío propio, a doña Argelia, esposa del gene- 
ral, y correspondió con agrado al convite, alegrándose 
la señora de saber que irían los dos juntos, pues 
llevaban más de nueve meses de estar separados, 

5T4 



aunque habitando bajo el mismo techo. Amorosa- 
mente apasionado el general de la artista Josefina 
Roca, la consagraba enteramente sus afectos; ello 
no era un secreto de la vida íntima, sino de todos 
sabido, de notoriedad general. Á la hora señalada, 
llegaron a mi casa de habitación el presidente y Mrs. 
Reyna, en el mismo carruaje, y se hallaba ya reunido 
todo el Cuerpo Diplomático, los Ministros del Go- 
bierno, y algunas damas y caballeros más. El Presi- 
dente llevó a la mesa a mi esposa, y yo a su señora, 
que se mostró muy contenta. Por casualidad cayó 
sobre el mantel un poco de vino tinto, de la copa de 
la presidenta, y yo la felicité, diciéndole que era 
augurio de buena dicha; que así lo creían los ameri- 
canos y los franceses, y que los arúspices romanos 
decían ser la sangre de los dioses penates, tutelares 
del hogar, que se interesaban por su felicidad. 
Entonces el general Reyna, de excelente humor, me 
contestó: "A la vez, mis gracias, por tan generosa 
como gentil galantería". 

Concluida la comida, nos paseábamos todos, por 
los corredores, y mi esposa, dijo al general: "Deseo 
recomendarle se cuide mucho; dicen que quieren 
asesinarlo; y no salga por la noche, ni se fíe de 
nadie. Se lo encarga una amiga, que se interesa por 
usted". "Un millón de gracias — contestó — estimo en 
el alma su bondadosa indicación ; pero ningún gua- 
temalteco atentaría contra mí; para ello sería pre- 
ciso un extranjero fanático. . ." 

A los dos días aquel caballeroso general envió 
a mi esposa un lindo bouquet, con expresiva tarjeta. 
Aún no se habían marchitado las flores, cuando ya 

575 



estaba muerto el Presidente. . . Era la noche del 8 
de febrero del año 1898. Me encontraba yo, a las 
8, en casa de mi amigo Agustín Gómez Carrillo, 
cuando el doctor don José Matos, Subsecretario de 
Relaciones Exteriores, acompañado de mi hijo Car- 
los, entró diciendo en alta voz: "¡Don Antonio aca- 
ban de asesinar al Presidente Reyna Barrios!" Salí 
al instante, embozado en una capa, sin arma alguna, 
y en dirección al palacio. Llegamos corriendo. La 
guardia estaba dispersa. El Jefe del Estado Mayor 
general Toledo, se había ido al teatro ; ningún otro 
de los ministros se encontraba aún. El cadáver del 
infortunado caballero, del valiente militar, del Jefe 
de la Nación, tendido sobre una mesa en el mayor 
desamparo y abondono. Tal el triste cuadro que 
allí se veía. Ordené, en el acto, aunque no era de 
mi ramo, relevar la guardia que estaba medio borra- 
cha, haciendo venir otra de la Comandancia; pero 
ya había entrado bastante gente. Pude notar que 
estaban entre la turba, don Onofre Bone, Wenceslao 
Chacón (el de la mulita), y otras personas. A poco 
rato, llegaron el Ministro de Gobernación, licencia- 
do don Mariano Cruz, el de Fomento, don Feliciano 
García, el Subsecretario de Hacienda, que funcio- 
naba como Ministro, don Francisco C. Castañeda, 
don Valero Pujol, el ingeniero don Salvador Herrera, 
y algunos más que no recuerdo, quienes estuvieron 
presentes cuando se comenzó a discutir qué provi- 
dencias debía tomarse. El Ministro de la Guerra, 
general don Gregorio Solares, se hallaba en el puerto 
de San José. Después de asegurar el orden público 
y de dirigir algunos telegramas urgentes, comen- 
zamos a tratar de lo más esencial, respecto a la 

576 



Presidencia vacante. Hablábamos de ese asunto 
cuando entró — introducido por el general Toledo — 
el licenciado Manuel Estrada Cabrera, quien con 
toda moderación, y sin alardes de gran valor y ener- 
gía, que durante muchos años han querido atribuirle, 
dijo: "Señores, yo nada significo, ni nada pretendo; 
pero si puedo ser útil a mi patria, quedo a la dispo- 
sición de ustedes. Si juzgan que, como designado a 
la Presidencia, debo servir, estoy sin ambición 
alguna, por lo que se dignen resolver". Después de 
haberse retirado y en presencia de los mismos 
señores Pujol y Herrera, dispuso el Consejo de 
Ministros que se llamase a la Presidencia al desig- 
nado, acatando la ley; aunque bien pudo haberse 
argüido que, después del reciente golpe de estado, 
y suprimidos todos los poderes y declarado nulos 
los actos de la anterior legislatura, ya no era desig- 
nado Estrada Cabrera. Buscóse, no obstante, algún 
principio de constitucionalidad, sin que de parte de 
los ministros hubiese ambición, sino el más desin- 
teresado patriotismo, arriesgando la vida en aquellos 
momentos. El crimen contra el Presidente no era 
sólo asestado a él ; se perseguía un cambio completo 
en la administración. Todo lo que durante largos 
años se ha dicho, suponiendo que Estrada Cabrera 
se impuso en tan críticos momentos, con resolución 
y gran imperio, es falso. La calumnia ha querido 
enturbiar la realidad. Yo redacté el Decreto por 
indicación de mis colegas, escribiéndolo el doctor 
José Matos. 

577 



Verdad es que el Ministro García, apoyado por 
don Salvador Herrera, y Pujol, pretendió que se 
hiciera cargo de la Presidencia el general Salvador 
Toledo ; pero no había fundamento legal. Por eso 
García fué mal visto por Cabrera y tuvo que irse a 
Europa. No asistió a dicha junta ningún diplomático, 
como alguien dijo que varios habían concurrido. 
A la noche siguiente, 9 de febrero, Estrada Ca- 
brera mandó al general Marroquín, prosperista de- 
cidido, y por lo mismo enemigo del nuevo Presidente, 
a hacerse cargo de la Comandancia de Armas. El 
que servía dicha Comandancia, que era el general 
Nájera, y su segundo, el coronel Salvador Arévalo, 
comprendieron que lo primero que haría el nombra- 
do comandante, al tomar el mando, era matarlos en 
el acto. En ese trance, lo ultimaron antes, lo cual 
era evidentemente el propósito de Cabrera para des- 
embarazarse de él, ya que no se comprende que 
hiciera entrega de las armas a un enemigo suyo. 
Nájera y Arévalo, se rebelaron en seguida, pero sin 
plan, ni concierto. No quisieron atacar a los cadetes 
que montaban la guardia del Palacio, en donde esta- 
ba Cabrera. Ello fué que los de la Guardia de Honor 
hicieron retirarse a los sublevados. Aquello resultó 
una asonada, sin preparación. Los cabecillas salie- 
ron huyendo. 

El día 10, cuando me disponía, a las ocho de la 
mañana, a irme al Palacio sin saber nada de lo 
ocurrido, pues yo estaba durmiendo en mi casa esa 
noche, para reponer la anterior que había sido de 
angustia, trabajo y desvelo completo, recibí un bon- 
dadoso aviso de doña Isabel Arrivillaga, por medio de 

578 



dos sobrinas suyas, las apreciables señoritas María 
Teresa Zepeda y María Arrivillaga, díciéndome quo 
no fuera al entierro del general Reyna Barrios por- 
que había una turba de gente armada por El Gallito, 
dispuesta mediante un complot a asesinar a los 
ministros y a arrastrar el cadáver del Presidente. En 
esos momentos entró a mi casa un carpintero, a 
quien yo había favorecido, llamado Juan Be jarano, 
y que no tenía más defecto que ser muy adorador 
de Baco. "Vea señor — me dijo — no vaya al entierro, 
porque están disponiendo una matazón. Mire, estos 
cinco pesos, que me acaban de dar en la fonda EX 
Conejo, para que yo vaya entre los revoltosos; cogí 
el pisto, y vengo a avisarle lo que está pasando." Me 
puse mí revólver en el bolsillo y me fui a Palacio, 
Entré a hablar con Estrada Cabrera, y le pregunté 
"si iba al sepelio". "No, — me contestó — los señores 
ministros me representarán." "Pues lo que soy yo, 
no voy tampoco, — le repliqué — me acaban de anun- 
ciar que no sólo profanarán el cadáver, sino que hay 
una gran turba dispuesta a asesinar a los ministros." 
"Nada me han dicho de eso — contestó, apagando 
los ojos, con aire franciscano. Yo tenía dispuesto que 
cien hombres de tropa, al mando de un coronel, 
fueran al acto de la inhumación ; pero ¿ qué le pare- 
ce a usted que se haga?" "En todo caso — repuse — 
a usted no le conviene de manera alguna que vaya a 
derramarse sangre, profanándose villanamente el 
cadáver del general Reyna Barrios, después del 
horrendo crimen cometido." "Es claro, que sería 
locura exponerse a semejante atentado", dijo por 
último hipócritamente; preguntándome, qué me pa« 

579 



recia que se hiciera. "Habría un medio — le insi- 
nué — y es que el entierro del Presidente se hiciera 
en las bóvedas de la Catedral, con sigilo y sin apara- 
to militar, puesto que, de otro modo, no debería ser 
un número reducido de tropa, sino por lo menos mil 
soldados al mando de un general." "Me parece muy 
buena su indicación, aunque dudo que el señor 
Casanova dé el permiso del caso; encargúese usted 
de arreglarlo todo al efecto ; pero cuidando que nada 
se sepa, hasta el último momento. Hágame usted el 
favor de proceder a lo conveniente, y de presidir el 
duelo." El tiempo urgía; y fui en el acto a hablar 
con los ministros, quedando comisionado para ir a 
entenderse con el arzobispo, señor Casanova, el 
licenciado don Mariano Cruz, como Secretario de 
Gobernación y Justicia, a fin de preparar el sepulcro 
y de tomar todas las medidas para que la puerta de 
las bóvedas estuviese casi cerrada, y dispuesta a 
abrirse en el momento de llegar la comitiva. Aunque 
el general Reyna era masón de alto grado, no opuso 
dificultad el jefe de la Iglesia; porque comprendió 
las circunstancias, y además, porque el general Rey- 
na no había hostilizado, en lo más mínimo, a la 
religión católica ni a ningún otro culto, pues era un 
caballero de amplias miras, tolerante y educado. 
Regresó el Ministro Cruz, manifestando estar todo 
convenido y que, a las diez y media al llegar la comi- 
tiva de duelo, se abriría la puerta de las bóvedas 
por el lado del norte, para el sepelio. 

Una vez que el Cuerpo Diplomático, el Consular 
y las autoridades superiores estuvieron reunidos, en 
el salón de recepciones del palacio, en donde se 

510 



hallaba la capilla ardiente, se organizó la comitiva. 
Vino el general de órdenes a pedirme la que corres- 
pondía, y le dije : "Fíjese usted bien en lo que debe 
hacerse. Saldrán los generales, que llevan en 
hombros el féretro, acompañados de toda la con- 
currencia. Tomaremos hacia el Portal del Comercio, 
fuera de él cuatro varas de distancia, por la plaza, 
hasta llegar a las bóvedas de la Catedral, en donde 
se hará la inhumación". "Será cumplida exactamen- 
te la orden", respondió el jefe militar. Entonces el 
Plenipotenciario de México, el célebre señor Lera, 
dijo : "Dispense el excelentísimo señor Ministro, 
creíamos que era en el Cementerio General el sepe- 
lio". Yo le contesté, con sequedad : "La orden está 
dada y se cumplirá. En marcha". 

Salimos todos y se pudo ver, por la avenida 
norte, que las ventanas de la Legación de México, 
estaban llenas de espectadores, en cuenta muchos 
prosperistas. Un gentío numeroso llenaba esa calle, 
y había realmente, antes de llegar al cementerio, 
una numerosa turba de malvados, dispuestos al 
atentado... Todo se supo después perfectamente; 
el mismo Estrada Cabrera — para dar un carácter 
popular al asesinato de Reyna Barrios — tenía pre- 
parado el bochinche en El Gallito, cerca del ce- 
menterio. . . ! 

En un venerable sepulcro quedaron, en las 
bóvedas de la Iglesia Mayor, los restos mortales del 
Presidente Constitucional de Guatemala, general 
José María Reyna Barrios. ¡La posteridad le hace 
justicia ! ¡ Su nombre ha pasado a la historia con 
honor ! 

581 



Después de dar cuenta al Presidente Estrada 
Cabrera, nos despedimos de él los ministros, que- 
dando admitida la renuncia que antes habíamos 
presentado. Nombróse incontinenti el nuevo Gabi- 
nete. Yo veía el horizonte sombrío, y dispuse irme 
a Europa con mi hijo Carlos, a fin de evitarme 
molestias y hasta vejaciones. Hice el viaje a los 
pocos días, y permanecí en el extranjero año y 
medio, como explicaré en capítulo separado. 



5*2 



CAPÍTULO AAII 



Asesinato cometido en la persona del Presidente de la 
República, general don José María Reyna Barrios. 



SUMARIO 

La historia de la América española muestra, por 
desgracia, muchos crímenes contra personas benemé- 
ritas. — Los llaman asesinatos políticos, y se invocan 
para paliarlos, el nombre de la Libertad y del Pueblo, 
que ninguna parte toma en ellos. — Opinión de don 
Antonio José de Irisarri, acerca de tales pretextos. — 
El asesino del general Reyna Barrios fué un miserable 
extranjero, buscado por aquellos que más había el 
Presidente favorecido; fueron aspirantes al poder; de 
los que, como parientes o amigos, comían a su mesa. 
— El teutón Zollinger, fué instrumento comprado, por 
los verdaderos asesinos. — El asesinato se llevó a cabo 
con gran premura, porque don Manuel Estrada Cabre- 
ra, iba ya a dejar de ser designado a la Presidencia. — 
Cómo se ejecutó tal crimen. — Cuando se trataba de 
dar sepultura a los restos del general Reyna Barrios, 
estaba preparado un bochinche, para arrastrar y des- 
pedazar el cadáver, y asesinar a los que habíamos 

583 



sido ministros de aquel Gobierno. — Por indicación del 
autor de estas "Memorias", fueron sepultados los 
despojos mortales del general José María Reyna Ba- 
rrios, en las bóvedas de la Catedral. — Los organizado- 
res de aquel crimen, lo tenían todo bien preparado, 
para que no se frustrara. — Sucesos que tuvieron efecto, 
con ocasión del sepelio. — Asesinato, en la Comandancia 
de Armas, del general Marroquín. — Muerte del licen- 
ciado Próspero Morales, durante la Presidencia de 
Estrada Cabrera. 



La historia de la América española presenta 
ejemplos lamentables de atroces crímenes cometidos 
contra la vida de personajes ilustres, que por sus 
servicios a la patria, virtudes cívicas y relevantes 
prendas de carácter, debieron ser de todos respetados 
y nunca víctimas de infames asesinos ; pero desgra- 
ciadamente la ambición de mando y las pasiones 
rastreras no soportan el mérito, que suscita envidias 
y rencores, hasta sacrificar, muchas veces, en aras 
de bastardas miras, aquellas existencias que más 
debieran estimarse. Mueren trágicamente los hom< 
bres que prodigan bienes y no se hacen temibles. 
Los tiranos, por el terror que infunden, hasta des- 
arman el brazo de la venganza y la justicia. 

Bolívar estuvo a punto de ser asesinado, en 
Bogotá ; Dorrego fué víctima de Lavalle ; el general 
Sucre cayó por una bala traidora; Blanco murió a 
manos de Ballivián ; Monteagudo fué muerto en 
Lima; Armaza y Quirós en el Perú; Bermúdez en 
Cumaná; el general Serviez en los llanos de Apure; 
el general Carvajal en Casanare; el mariscal Heres 
en la Guayana; Mires, Castillo y Osamendi en Gua- 

584 



yaquil ; Portales y Balta en el Perú ; los presidentes 
Morales y Melgarejo en Bolivia; don Manuel Pardo 
en Lima ; el general Guardiola en Honduras ; Iriarte 
Borda en el Uruguay; y algunos más, cuyos nom- 
bres no me es posible recordar. 

Todos esos asesinatos revelan que en la Amé- 
rica ibera, más que en ninguna otra parte, las am- 
biciones políticas llevan a los hombres a un fana- 
tismo funesto. Verdad es que en Washington, fueron 
sacrificados Lincoln, Garfield y Mackinley; que en 
París murió Carnot, a manos de un asesino ; y que 
en España, Cánovas y Canalejas sucumbieron trai- 
doramente; pero ha sido mucho mayor el número 
de esas abominaciones en hispanoamérica. Y hasta 
se juzgan tales asesinatos con cierta lenidad, porque 
tienen el nombre de políticos, como si hubiese en 
semejantes homicidios circunstancias eximentes de 
la responsabilidad de sus autores. Se invoca, para 
paliar tamaños atentados, el nombre de la libertad 
exclamando que el pueblo los comete, porque no 
quiere ser tiranizado. 

"¿Y quién es el pueblo? — pregunta el insigne 
don Antonio José de Irisarri — . (1) Si él es la muche- 
dumbre de los habitantes, ciertamente no es el 
asesino, ni el perseguidor. Yo puedo certificarlo así, 
porque me he hallado en medio de los pueblos en 
que se han cometido tales atentados y no he visto 
entre esas muchedumbres, sino espectadores, unos 
sensibles y otros insensibles a ellos. Estos pueblos 
no son sino los testigos de los crímenes que se les 



(1) "Asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal d« 
Ayacucho" — Prólogo — Página 6. 

585 



imputan. Es verdad que de su seno salen los per- 
petradores de los crímenes, y las víctimas de los 
malvados, así como salen del seno de las nubes los 
rayos que caen sobre la tierra, sin que por eso pueda 
decirse que son lo mismo las nubes que los rayos. 
Yo puedo asegurar que ninguno de los asesinos, ni 
ninguna de las persecuciones injustas que he refe-- 
rido, han sido obra del pueblo, sino de muy pocos 
individuos. El pueblo no desmiente estos falsos 
asertos, porque ningún particular halla expresamen- 
te comprometida su reputación en la reputación 
general, y porque ya se ha hecho, entre nosotros, 
el nombre del pueblo el pretexto para cometer todos 
los actos que no tienen excusa en los particulares. 
Se dice que tal cosa la hizo el pueblo, como si qui- 
siese decirse que nadie es responsable, porque es de 
la responsabilidad de todos ; y se repite el vago 
principio de que la salud del pueblo es la ley supre- 
ma, para santificar todos los atentados que se co- 
meten, a pretexto de proveer a aquella salud, 
queriendo tornar en saludables los actos más arbi- 
trarios ; como si el bien de la sociedad consistiese 
en proceder contra la justicia o en infringir las leyes 
y burlarse de los principios en que se apoya aquella 
salud de todos, y de cada uno de los que componen 
el pueblo. La salud de éste, que es la ley suprema, 
consiste precisamente en la estricta observancia de 
las leyes, y en la entera sumisión a los principios; 
porque el pueblo no es, ni puede ser otra cosa, que 
la reunión de todos los particulares, como el cuerpo 
humano es la reunión de todos sus miembros; y si 
no puede ser útil a éste lo que es pernicioso a cada 
una de sus partes, tampoco puede ser de beneficio 

586 



a la salud de todos los hombres lo que es dañoso 
a cada uno de los individuos. No se diga, pues, que 
es el celo de la libertad, ni el amor a la república, 
ni el odio a la tiranía, ni, en fin, ninguna cosa razo- 
nable, la que pone el puñal en manos de los ase- 
sinos, ni la que dicta las calumnias, las injusticias y 
las persecuciones con que escandalizamos al mundo. 
He oído alguna vez que se quiere disculpar tamaños 
crímenes presentando el ejemplo de aquel Bruto 
que hizo quitar la vida a sus hijos, y el del otro 
Bruto que asesinó a su benefactor y a su padre, so 
pretexto de servir a la causa de la libertad; pero 
yo no he encontrado en dichas citas sino la prueba 
del mal que hace a ciertos hombres el leer, sin 
crítica, la historia. Estos citadores de ejemplos de 
parricidios y barbaridades, que hacen estremecer a 
los menos nerviosos y sensibles, podían también 
citarnos el caso de aquella terrible araucana, que 
echó a la cara del gran Caupolicán a su hijo de 
pecho diciéndole que no quería conservar ninguna 
prenda de un cobarde. Tengan estos amigos de 
románticos sucesos toda la veneración que quieran 
a los más atroces actos de salvajez, y concilien 
como puedan, si les es posible conciliar, la falta de 
amor paternal y filial con la sobra de amor a los 
hijos de otros padres y a los padres de otros hijos. 
Yo siempre sostendré que es una felicidad, para el 
género humano, el que la familia de los Brutos se 
extinguiese; porque hijos que no den la vida por 
sus padres, y padres que no amen a sus hijos, sobre 
todas las demás criaturas, serán buenos para repu- 
blicanos de Roma, pero muy malos para hombres 
de este siglo, y mucho peores para cristianos de 

587 



cualquier tiempo. Yo quiero los ejemplos de las 
naciones más civilizadas, los de las edades del 
mundo en que las costumbres han dulcificado el 
carácter de los hombres, y no me conformaré jamás 
con que me presenten los eruditos, como modelos 
de buena moralidad, a los Brutos que existieron hace 
veinte siglos." 

Los que asesinaron a Balta y a Melgarejo y a 
Borda y a muchos otros, a quienes habían arreba- 
tado el poder, son testimonio elocuente de que es 
cierto el aforismo de Cervantes, que decía: "¿Que- 
réis hallar al delicuente ? inquirid por el interesado ; 
¿queréis encontrar al ladrón? buscad el cuerpo del 
delito, y será el robador aquel en cuyas manos se 
halle la codiciada prenda". Zollinger fué instrumen- 
to comprado por los verdaderos asesinos. 

Hay un hecho, que no debe olvidarse. Hacía 
más de un año que Reyna no se trataba maridable- 
mente con su mujer. Esta señora estaba encinta, 
ya de seis meses, cuando acaeció el asesinato. Era 
urgente que desapareciese el general. Para confir- 
mar tales sucesos, referiré lo siguiente: hallándose 
grave mi hija Teresita, que falleció, llamé, algunos 
días antes del asesinato de Reyna Barrios, al doctor 
Arton. Llegó, a eso de las diez de la noche y con- 
versando, me dijo: "Esta mañana a las ocho, fui 
como médico, llamado por doña Argelia, y al salir 
al corredor, me encontré con el general Reyna, quien 
amablemente me preguntó "¿qué tenía la señora?" 
"No es grave — le contesté — simplemente, efecto 
del estado de embarazo en que se encuentra." "Ja, 
ja, no se deje engañar, doctor : es la botella de whisky 

588 



que cada noche se toma", replicó el Presidente. "El 
remedio que le recomendé, es bueno para cualquier 
excitación" — contestó Arton, quien comprendió que 
el general no presumía siquiera que se hallara grá- 
vida su esposa. A los tres meses de la muerte de 
Reyna, el mismo doctor asistió, en el parto, a aquella 
viuda. La niña que nació fué educada en Europa 
con fondos nationales, por disposición, de Estrada 
Cabrera, quien bien sabía quién era el padre de 
ella, el general Salvador Toledo. Existen varias per- 
sonas que estuvieron al cabo de los hechos, y que 
viven aún, para declarar cómo pasaron. (1) Después 
de asesinado Reyna Barrios, y cuando la señora 
viuda de Aparicio acusó ante la Asamblea Legisla- 
tiva al perverso Roque Morales, pudo huir éste, 
merced al empeño de que no se le juzgara. ¿Quién 
nombró a ese facineroso, jefe de la guardia de 
Honor, el 9 de febrero de 1898. . . ? ¿Quién se opuso 
a permitir — más tarde — que llegara a esta capital 
la Roca, que volvía como artista, con la famosa 
María Guerrero? Fué Estrada Cabrera, quien jamás 
hubiera nombrado al general Toledo, que había sido, 
y era, jefe del Estado Mayor de Reyna, al ser ase- 
sinado. 

Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que los 
enemigos que tuvo el Presidente Reyna Barrios le 
abrieron el sepulcro, a manos de un mercenario 
extranjero; y fueron aquellos en los cuales pusiera 



(1) El telegrafista en Jefe del Estado Mayor, don Francisco 
Illescas, que era el único que comunicaba órdenes del general Reyna 
Barrios, asegura que no fué éste el que dio la orden de fusilar a don 
Juan Aparicio, al d'spararse los primeros tiros de los revoluciona- 
rios sobre Quezaltenango; que fué el ministro Estrada Cabrera. 

589 



su confianza, dándoles altos puestos, incitando su 
ambición desenfrenada; aquellos que comían a su 
mesa y que más blasonaban de lealtad, para tro- 
carse a las últimas en revolucionarios desalmados; 
o lo que fuera peor, en conspiradores de la laya de 
los que, en Chile, asesinaron a Portales, valiéndose 
de su más protegido, del que menos debiera haber 
perpetrado el crimen. 

Reyna Barrios debió haberse precavido de los 
que, imprudentemente aleccionados por él mismo, 
en elevados puestos, habían saboreado los halagos 
del poder, que ya no tenían; y por lo mismo codi- 
ciaban. La ambición se irrita con promesas, no se 
satisface. "El hijo mismo ama al padre — dijo 
Quevedo — en tanto que no sabe qu^e muriendo el 
autor de sus días, hereda él la hacienda; porque, en 
sabiéndolo, olvida el ser que le dio, por la herencia 
que ya no le da. César debió temer a Marco Bruto, 
porque era llamado a heredarle." Cuando se recibe 
provecho de la muerte de un hombre, no preguntéis 
quién ha sido su asesino. Los hechos son más elo- 
cuentes y más lógicos que cualquier otro razona- 
miento. . 

Reyna Barrios fué apercibido de que se tramaba 
un atentado contra él. A Zollinger urgía — o más 
bien a sus instigadores convenía — llevarlo a cabo 
inmediatamente, hasta el punto de que el 7 de 
febrero de 1898, procuró penetrar al despacho pre- 
sidencial, anunciándose por medio de una carta de 
recomendación que llevaba y que introdujo Toledo; 
pero el general no recibió a Zollinger por estar muy 
ocupado. No podían esperarse más los matadores. 

590 






Había algún plazo que, al fenecer, desbarataba el 
plan que en mira tenían. La Asamblea Legislativa 
estaba próxima a reunirse. El designado a la Presi- 
dencia, Estrada Cabrera, iba a ser cambiado. . . Yo 
iba a ser nombrado. 

Así se comprende la premura con que el asesi- 
nato se cometió y se explica, además, la causa de 
que después, nadie se tomara el menor empeño en 
averiguar el origen, móviles y cómplices de aquel 
delito. Hasta vióse con indiferencia criminal, siquie- 
ra fuese elocuentemente reveladora, el hecho infame 
de que, a traición, un* advenedizo diera muerte al 
Jefe de Guatemala. En otras partes, se hicieron 
esfuerzos para descubrir a los asesinos, aunque 
fuera del rango del duque de Montpansier, aunque 
el proceso se embrollara, aunque se diera muerte 
también a un guardia' civil, a fin de evitar que no 
arrojase luz sobre la pesquisa. Hubo de fenecerse 
la causa criminal, y de agotarse las pruebas; como 
se agotaron igualmente en la sumaria instruida con 
motivo del asesinato del Presidente de Bolivia, 
aunque fuese absolviendo cínicamente al culpable. 
Aquí, en Guatemala, se procuró suprimir en el acto 
a Zollínger, teniendo al efecto unos agentes de po- 
licía prevenidos, por donde debía pasar el criminal, 
que corría a asilarse en la Legación de México. 
Dichos agentes fueron envenenados a poco del 
suceso. Los ayudantes que acompañaban a Reyna 
Barrios, comandante Ernesto Aldana y Tomás Ace- 
vfedo, se dijo que eran cómplices en el atentado; que 
le habían agarrado los brazos a Reyna, mientras el 
asesino le disparó sobre la boca, que la tenía abierta, 
según la autopsia. y 

591 



De tan nefando suceso, se desprendieron otros 
crímenes : 

Que está en la tierra y en el cielo escrito 
¡Ay, que el delito engendrará delito! 

Cuando el trágico atentado contra Prim, Cas- 
telar exclamó : "El asesinato no puede conducir a 
nada bueno. Los pueblos (ni los gobernantes), se 
salvan por el crimen. Cuando Roma perdió la virtud 
de Cincinato, no pudo ser redimida por el puñal 
de Bruto. Dios no concede la libertad a los malvados, 
sino a los que merecen tan inestimable don, por sus 
virtudes. La república debe ser inmaculada, y debe 
quebrantar la cabeza de todos los crímenes. Recha- 
cemos, condenemos, con la vehemencia de nuestro 
corazón, el asesinato". 

Pero estos crímenes atroces no se cometen para 
causar con ellos un mal a un solo hombre ; no paran 
en cortar una vida, que no tienen derecho de su- 
primir, sino que traen en pos de sí una larga serie 
de atentados y consecuencias funestísimas. Estaba, 
de antemano, bien tramado el asesinato de Reyna 
Barrios, de suerte que desapareciera también Zollin- 
ger, para que no hablara y descubriera a los conspi- 
radores. Toledo introdujo a Estrada Cabrera la 
noche del ocho de febrero, al Palacio Presidencial, 
cuando llegó a ofrecerse a los ministros. Toledo 
contaba con algunos cuarteles ; fué nombrado Mi- 
nistro de la Guerra inmediatamente. Pasado algún 
tiempo, íuvo que salir*vestido de mujer, huyendo de 
la persecución de don Manuel. Vivió muchos años 
en Nicaragua. 

592 



El imponente misterio de la muerte, tiene tan 
sublime solemnidad y aterradora grandeza, que 
parece, que el ángel del exterminio se detuviera al 
borde de la tumba, imponiendo silencio a todo ruido 
y reclamando respeto para los despojos de aquel 
que no alienta ya el postrer soplo de la madre tierra. 
Sin embargo, llegó a tal extremo la exaltación poli- 
tica, y tanto se desbordaron las pasiones, de los 
pocos y feroces enemigos del general Reyna Barrios, 
que — como ya dijimos — cuando se trataba de dar 
sepultura a su cadáver, proponíanse algunos caní- 
bales arrebatar sacrilegamente los restos mortales 
del Jefe de la República, hacer pedazos el féretro 
y profanar por modo impío las cenizas del infortu- 
nado general. Hubo necesidad de que, a mi solicitud, 
en vez de ir el cortejo fúnebre al cementerio, se 
dispusiera, dos horas antes, con premura, sepultar 
el cadáver en las bóvedas de la iglesia metropolitana. 
Estrada Cabrera, autor principal de semejante 
crimen, en el cual íbamos a ser asesinados los minis- 
tros de Reyna Barrios, al notar que ya se tenía noti- 
cia del atentado, ,se vio en el caso de que no se 
realizara. Los odios que persiguen, a las veces, a las 
grandes reputaciones, llegaron al extremo de tras- 
pasar los bordes del sepulcro. La ingratitud de los 
concusionarios no se detuvo ante lo horrible del 
asesinato perpetrado. Los favorecidos y sacados de 
la nada, en otro tiempo, por aquel distinguido caba- 
llero; los ambiciosos, que no respetaban medio 
alguno ; los revolucionarios vencidos ; los conspira- 
dores triunfantes, pretendieron profanar el cuerpo 
inerte del Presidente de la Nación. Cuando un .eco 
de dolor resonaba por el territorio de Guatemala, 

593 



quiso una camarilla desatentada escandalizar al 
mundo, con la repetición de escenas tan salvajes 
como las que se vieron a la muerte de Pizarro, 
arrastrando el cadáver del bravo conquistador por 
las calles de la Ciudad de los Reyes. Si en el siglo 
XVI, produjo indignación tan villano proceder ¿qué 
se dirá hoy, de las aviesas intenciones de aquellos 
monstruos? Dios dispuso evitar tales designios; y 
quedaron los restos venerados de la víctima ilustre 
en las bóvedas de la Catedral, por más que la santa 
mansión en que yacen, produzca escozor a la cana- 
llesca y descreída patulea. Atenas, la libre, la licen- 
ciosa, tenía culto por los muertos, y el decreto de 
Solón amparaba los cadáveres, aun los de los faci- 
nerosos. En Roma, la ley Cornelia protegía la me- 
moria y las cenizas de los difuntos. En la Edad 
Media, castigaban severamente la profanación de 
los sepulcros. Las siete Partidas, del sabio don 
Alfonso, garantizaban el respeto a las reliquias 
sagradas. En la época moderna se profesa piadosa 
veneración a los despojos mortales y es un crimen 
su profanación. 

Concluido el sepelio del Presidente general José 
M. Reyna Barrios llamó el licenciado Estrada Ca- 
brera — a mérito de la renuncia de los antiguos 
ministros — a formar el nuevo Gabinete, a perso- 
nas enemigas de dicho general, y a uno que era el 
jefe del Estado Mayor: a Toledo, como ya se ha 
dicho, llegando la inconsecuencia al extremo de 
que, algunos de sus partidarios, vituperaran la me- 
moria de aquel distinguido Presidente, por haber 
sido prorrogado su período presidencial, a mérito 
de la resolución de la Asamblea Constituyente. A 

594 



dicha prórroga contribuyó, con actividad el propio 
señor Estrada Cabrera, en concepto de Ministro de 
Gobernación que era por entonces. El en persona 
fué a ver, al efecto, a varios de los diputados, en 
cuenta al que estas lineas escribe. Antes se había 
♦ concedido prórroga análoga al general Presidente 
don J. Rufino Barrios y al general don Manuel L. 
Barillas. 

Era tan elevado el carácter de Reyna Barrios, 
que rayaban más sus procedimientos en vanidosos 
y confiados, que nunca en despóticos, ni cobardes. 
Miedo jamás lo tuvo, ni abusó de la fuerza, ni vejó 
a nadie, ni injurió a ciudadano alguno, ni se vengó 
de los que a él le habian hecho mal. Educado en la 
escuela del deber y de la urbanidad, culto y cortés, 
por los viajes y permanencia en el extranjero, pro- 
cedió* siempre como militar pundonoroso y gentil. 
Todo lo de rufián, y traidor, y zafio, lo detestaba, 
diciendo que sólo los zamarros y arrastrados, valían- 
se del poder con el fin de saciar venganzas ruines. 
I Si no tuvo la penetración bastante para conocer que 
sus peores enemigos eran los que cerca de él le 
minaron, por mucho tiempo, concitándole dificul- 
tades en la Asamblea y descrédito por todas partes, 
culpa sería de su inteligencia, o acaso defecto con- 
siguiente a su carácter altivo y satisfecho de sí 
propio ; pero nunca de su corazón magnánimo, ni de 
su natural benévolo e inclinado a la justicia y al 
bien. Fué un patriota, pulcro y decente en sus proce- 
dimientos, como lo demostró desde el tiempo de la 
administración de su tío J. Rufino Barrios, cuando 
se atrajo las iras de Barrundia, sólo porque siendo 
coronel Reyna Barrios, y comandante del cuartel de 

595 






artillería, mandó hacer caritativamente tres fére- 
tros toscos, para los cadáveres de unos infelices a 
quienes el Ministro de la Guerra había mandado 
matar y sepultar envueltos en su propia sangre. 

Nadie puede pretender que Reyna Barrios haya 
. dejado de exhibir defectos, y de adolecer de errores, 
naturales a la especie humana; pero la historia jus- 
ticiera lo presenta como amante de Guatemala, 
harto empeñado por su progreso y cultura, sin hiél 
en el corazón, ni rencores en el alma ; como víctima 
de un crimen, en el cual intervinieron los que más 
distinciones y favores le debían. 

Los organizadores de ese abominable escándalo, 
lo tenían todo arreglado, con seguridad completa. 
Estrada Cabrera, estaba de acuerdo con el general 
Toledo. En la casa de S. O. tuvieron conferencias 
con Zollinger. Después del asesinato, fueron mu- 
riendo violentamente varios de los que podían hablar 
del complot villano, traidor e infame. 

Muerto violentamente el general Reyna Barrios, 
en 1898, el coronel y licenciado Próspero Morales, 
que consideraba inconstitucional la designación de 
Estrada Cabrera, para Presidente de la República, 
acometió una nueva campaña ; ya sin el auxilio del 
general Fuentes, y tuvo la mala suerte, no sólo de 
ser derrotado, sino mandado matar, diciendo los 
asesinos, que había perecido de hambre. 

Fué una serie de crímenes, que acabó por un 
desastre. 

¡Fué víctima el que, por veintidós años fuera 
el victimario ! 



596 



CAPÍTULO XAIII 



Mi destierro de Guatemala. — Mi primer viaje a 
Roma. 

SUMARIO 

Me veo precisado a salir de Guatemala. — La pro- 
videncia nos salva, a mi hijo Carlos y a mí, de perecer 
en un naufragio. — Quedan notables monumentos de la 
Roma Imperial, que provocan múltiples evocaciones. 
— Tesoros artísticos que - guarda la Villa Borghese. — 
La Roma de los Borghese y de los Pamphilli nada 
tiene de común con la del Renacimiento.— En el Mo- 
nasterio de San Onofre se guardan los restos del 
sublime Torcuato Tasso. — El Vaticano es el palacio 
más grande del mundo. — El Juicio Final es la más 
elocuente muestra del genio renacentista. — Otros teso- 
ros artísticos de la pinacoteca del Vaticano. — La tumba 
de San Pablo y la de Cayo Cestio. — Roma es la ciudad 
de las grandezas, de los contrastes y de las profana- 
ciones. 



El 10 de abril de 1898 me vi en la precisión de 
salir de Guatemala para el extranjero, acompañado 
de mi hijo Carlos, huyendo de los asesinos de Reyna 
Barrios y del Gobierno de Estrada Cabrera, que 

597 



entonces me eran completamente hostiles. Nos fui- 
mos a Nueva York, con el propósito de seguir para 
Europa. A los pocos días, tratamos de conseguir 
pasajes en un vapor francés; pero nos informaron 
que ya no había ninguno en el buque La France. 
Yo ofrecí pagar más para obtenerlos, y tomaron 
nota, por si devolvían algunos, a última hora. Aún 
así no hubo. Esta circunstancia, del todo casual, 
nos salvó de perecer en el naufragio que, a los cinco 
días, sufrió dicho vapor. Entonces me pareció más 
conveniente irnos en un lujoso transatlántico ale- 
mán, en el cual había mucha comodidad, comida a 
la francesa, y toda clase de seguridades. Llegamos 
a París, en donde antes ya había yo estado ; pero me 
detuve durante un mes, con el objeto cíe que Carlos 
conociera aquella gran ciudad. En seguida, dispusi- 
mos ir a Lourdes, que disfruta delicioso clima en los 
Bajos Pirineos ; hay baños soberbios y gran concu- 
rrencia de peregrinos. Pasada una semana, nos fui- 
mos a España y después a Roma, la urbe de los 
Césares y de los Papas, centro de las artes bellas, 
capital del mundo antiguo, la ciudad histórica, que 
guarda en sus anales grandes hechos, a la par de 
tremendos crímenes ; la más interesante y original 
del mundo. A las orillas del Tíber, a cinco leguas del 
mar, se levantan siete colinas, entre valles célebres, 
por haber dado asiento al Foro, al Circo, al Capitolio 
y al Campo de Marte. A aquel bellísimo sitio iban a 
reunirse la Sabina, el Lacio y la Etruria. Allí, en ese 
lugar encantador, desarrollóse la vida de los reyes y 
después los gloriosos tiempos de la República. Pocos 
monumentos quedan de la edad de oro de Roma. 
El imperio los destruyó casi todos, aunque no logró 

598 



quitar al Foro su carácter republicano. En aquella 
inmensa plaza rectangular, llena de magníficas 
ruinas, contémplanse todavía la Tribuna de las 
Arengas, en donde Catón y Cicerpn, conmovían al 
pueblo. Atrás de la famosa tribuna, está el Templo 
de la Concordia; del Templo de Castor sólo quedan 
las tres esbeltas columnas, que se levantan como 
para señalar en -dónde estuvo "el más ilustre de los 
monumentos, el testimonio venerable de toda la 
vida política de los romanos". Se ven todavía las 
huellas, con baldosas, de la Via Sacra, por la cual 
tantas generaciones han pasado, tantos y tan excel- 
sos personajes. En tropel acuden a la mente allí, los 
más trascendentales sucesos de que fué testigo el 
Foro, durante la República. 

Del imperio han quedado monumentos, arcos, 
estatuas, edificios que evocan admirables aconteci- 
mientos, grandezas sin cuento y no pocas veces, 
detestables maldades. Durante tres centurias, cada 
emperador quiso dejar fastuosos recuerdos, que ha- 
lagaban al pueblo, compuesto en su mayoría de 
extranjeros y esclavos. El Palacio de los Césares, el 
Palatino, estuvo, por siglos, ignorado y cubierto de 
jardines y villas, que pertenecían a los Farnesios. 
Desde 1860, volvieron a la luz del sol los palacios 
que sepultados yacían por la mano ruda del tiempo. 
Hoy se ven sobre la colina — gracias a la arqueología 
moderna — fragmentos memorables ; una gran sala, 
que se adivina, al ver colosales pedazos de muros, 
revestidos de soberbios mármoles, con nichos que 
guardaban ocho enormes estatuas, y un ábside en 
el fondo, en donde suponen que estaba la curul del 
príncipe. Más allá, se nota el Trictininm. 

599 



Una de las cosas características de Roma son 
las villas, o casas campestres, que parecen creadas 
para servir de nido al sueño voluptuoso del goce 
estético, al dolce* far niente de orientales sibaritas; 
al abandono romántico, de corazones dulces. Bajo 
aquel sereno cielo en la amena campiña, adornada 
de flores y cristalinas ondas, aparecen las legenda- 
rias villas, como mansiones de hadas, en árabes 
romances. Durante tres siglos las villas Pamphilli, 
Borghese, Ludovisi, N¡egroni, Mattei, Sciarra, Con- 
sini, Médicis y Albani, han constituido el gentil 
adornóle Roma. Hoy de esos palacios rurales, sólo 
existen, entre las antiguas villas, la Borghese y la 
Pamphili, que son verdaderos encantos. De las mo- 
dernas, ni siquiera puede darse los nombres, por ser 
tantas. * 

La Villa Borghese está en la colina del Pincio, 
convertida en rico palacio, propiedad del Estado, 
que adquirió no sólo el suntuoso edificio, sino los 
bosques y jardines de la villa completa. El palazzetto 
es soberbio, con decorados florentinos y obras nota- 
bles de arte, que lo han convertido en verdadero 
museo. El Sátiro Danzante se admira, por sus 
músculos finos y tendidos ; una Safo, exquisita, de 
languidez sensual; el Hermafrodita, maravilloso de 
elegancia y perversidad ; Apolo y Dafne, obra maes- 
tra de escultura antigua, debida al divino cincel de 
Bernin; Paulina Borghese, la hermana de Napoleón 
el Grande, que casada con un príncipe de aquella 
casa ilustre, no dejaba de producir escándalos al 
mundo y de hacer rabiar al emperador. Allí está en 
mármol de Carrara, copiada por el divino Canova, 

600. 



la bellísima Paulina Bonaparte, medí© desnuda, son- 
riente, llena de impudicia provocativa, reflejando 
alteza griega, y ofreciendo, con mano delicada, la 
manzana que recuerda el pecado paradisíaco. Na- 
poleón acaso superó a César; Paulina fué, cuando 
menos, émula de Lais y de Friné, de belleza incom- 
parable. 

La galería de pinturas ocupa el piso superior 
del Palazzetfo. Recordamos haber admirado, en ese 
museo : La Puesta en el Sepulcro, pintada por Ra- 
fael, en el siglo dieciséis ; una Leda, de escuela 
milanesa, que reivindica las obras de Sodoma, y que 
semeja flor de ensueño y afrodisia, símbolo de la 
eterna culpable, de la peligrosa fascinadora; la 
magnífica Adoración, de Mazzolino ; el Corazón de 
Jesús y la Dolorosa, que inmortalizaron a Cario 
Dolci; primores de sentimiento, de ejecución y de 
colorido, son esos, imposibles de imitarse. En fin, 
existe mucho más que estudiar; pero que no impre- 
siona tan profundamente, como para grabarlo en 
la memoria. 

Hay un toldo de pinos, que da delicioso am- 
biente, allá en los campos, que en otro tiempo fueron 
Jardines de Galba, el patricio y Voluble César, al 
fin arrojado de su litera y asesinado por la plebe. 
Allí está la Villa Pamphilli, que evoca memorias ate- 
rrorizadoras, y presta aún sombras de descanso y 
regocijo, a los romanos y a los extranjeros que acu- 
den al vergel, lleno de flores y culebreado de ria- 
chuelos, como si la naturaleza quisiera borrar, de 
tan ameno sitio, la memoria del emperador, que no 
tuvo siquiera grandeza en sus crímenes. Con razón 

601 



llaman a la Villa, Belrespiro, porque hoy se puede, 
sin zozobras, respirar el aire embalsamado de la 
añosa floresta. 

Por debajo de ese paseo, rico en vegetación y 
vida, se encuentra un cementerio, que cuenta como 
quince siglos, cuya entrada guarda la añosa iglesia 
de San Pancrasio, museo de portentosas reliquias. 
En ese célebre santuario figuraron muchos reyes, 
que iban a consagrarse a Roma. Don Pedro de 
Aragón, que fué declarado El Católico, por Inocencio 
III, recibió allí el cetro, el 11 de noviembre de 1205. 

¡ Raros contrastes ! En las entrañas de aquella 
tierra janiculense, reposan los restos de mártires, 
quintes y conversos; en el antiquísimo templo se 
ciernen las sombras de papas medievales repar- 
tiendo coronas y levantando contra ciertos reyes, el 
juramento de fidelidad de los vasallos; y allá enci- 
ma, en la florida campiña, sobre lo más elevado de 
la colina, se extiende un panorama risueño, volup- 
tuoso, seductor. Durante la primavera, la vegetación 
es incomparable. Enormes encinas verdes, de entre- 
lazados troncos, de obscuro follaje, con reflejos de 
bronce, llenan de tibios rayos las calles sombrías ; 
álamos, más negros aún, forman aquí y allá, cena- 
dores misteriosos, refugio de silencio religioso. Los 
pinos gigantescos llevan, con supremo orgullo, sus 
amplias coronas violáceas, ondulantes cual parasoles 
desmesurados. Cipreses rígidos, enhiestos, perfi- 
lándose en el azul purísimo del firmamento como' 
estelas hier áticas, l^os lábaros del plátano semejan 
ondulantes gallardetes ; los elegiacos sauces parecen 
agobiados por pesaras hondos ; los eucaliptus pálidos 

602 



asómanse a las orillas de murmuradoras fuentes y 
lagos dormidos. Sobre la yerba nueva y lozana, que 
forma lecho de esmeralda, lucen las anémonas y 
cunden por millares los cyclámenes, en plena luna 
de miel. De distancia en distancia, se percibe sobre 
la verdura lo alabastrino de esas nupciales flores. 
Ya se columbra un eriel solitario o una columna 
rota ; ora un balaustre enlazado por amorosa yedra, 
o un sarcófago humilde, del que brota un perfumado 
rosal. Empero, lo que no puede describirse es el 
ambiente que rodea todas esas cosas y que las hace 
armónicas ; atmósfera diáfana, sutil, vibrante, nunca 
áspera ni seca, siempre fluida y tersa; aura para- 
disíaca. 

Esas villas parecen haberse creado para aletar- 
gar de fruición el espíritu, prescindir del mundanal 
ruido, y saturarse de una embriaguez de desmayo 
y de amor, como sentirán las vírgenes al soplo de la 
indiscreta pubescencia, reveladora de ansias nuevas 
y placeres desconocidos. La Roma de los Borghese y 
de los Pamphilli nada de común tiene con la del 
Renacimiento. Los palacios y las villas cambiaron 
de género y de estilo. Bajo el reinado de Sixto V, 
durante los primeros años del siglo XVII, acaba la 
Ciudad Eterna de modernizarse. La escuela romana 
se vuelve poco a poco indiferente a las cualidades 
de medida, gusto y armonía. Se cuida de imprimir 
a las obras artísticas aspecto monumental, aire de 
majestad, nota de opulencia, como lo demuestran 
las regias mansiones de los Corsini, Chigi, Spada, 
Rospigliosi, Barberini, Sciarra y tantos más. Una 
vida de ocio y enervamiento, fausto inaudito, cere- 

603 



monial monárquico, pocos ejercicios corporales, 
ninguna actividad política, por el proceso intelectual 
reducido a entretenimientos literarios, la religión 
revestida de mundano carácter e inclinándose al 
sensualismo místico, corrupción profunda, velada 
por elegantes formas, el arte de gozar llevado a un 
refinamiento supremo ; tales son los caracteres de 
la sociedad nueva. Se reconoce la influencia de 
España que, ya señora de Ñapóles y Milán, domina 
moralmente la Italia entera. Las villas son como los 
palacios, un índice del estado social que se formó 
en Roma, al fin del Renacimiento. Los jardines no 
eran otra cosa que prolongación de los salones. La 
naturaleza libre está cohibida con terror. Es una 
geometría campestre la que preside en los bosques, 
avenidas, calles, fuentes, lagos y adornos. Los anti- 
guos jardines romanos trascendían a oriental estilo, 
como los de Lúculo, vencedor del rey del Ponto, 
vergeles que se ostentaban, precisamente sobre las 
altas explanadas del Pincio. Salustio y Mecenas 
desplegaron magnificencia inaudita en sus Villas de 
Quirinal y del Esquilini. Bajo los Césares, la super- 
ficie y la suntuosidad, acrecieron notablemente. Ya 
Plinio el Joven, deseando hacer elogio de un jardín, 
escribía: Opus Urbanissimum, obra muy civil o 
harto urbana. 

Aún se admiran muchos de esos deliciosos 
vergeles, erizados de lagos y bordados de flores; 
quedan innumerables villas; pero que no pueden 
tener toda la poesía, ni el campestre ambiente, de 
la naturaleza exuberante, sin trabas múltiples y 
rebuscados adornos. La pastora de los campos, lo- 
zana y llena de vida, sin afeites que la desnaturali- 

604 



cen, se acerca más a la belleza plástica, que la 
cortesana cargada de joyas y cubierta de encajes, 
para disimular los atractivos femeninos o suplir 
defectos y encubrir vicios. 

Al descender del monte Janiculo, que es una de 
las Siete Colinas de Roma, se da con el Monasterio 
de San Onqfre, que todos los extranjeros visitan; 
porque allí expiró, y está sepultado, Torcuata Tasso, 
el épico cantor de la Jerusalén ... La vida cfel poeta 
es un romance de gloria, dichas, amores, infortunios 
y aplausos. En el jardín del monasterio se ve toda- 
vía una encina medio derribada por un rayo, al pie 
de la cual se inspiraba el vate sublime. En uno de 
los claustros, que son antiquísimos, está la celda, en 
donde los monjes Jerónimos recogieron el último 
aliento del genio excelso, que fuese al sepulcro 
desengañado de los halagos mundanos. Sus amigos 
le traicionaron; las mujeres le engañaron con son- 
risas fascinadoras ; experimentó los tormentos de 
prisión injusta; amor loco, por una gran señora, 
trastornóle el juicio y destrozóle el corazón. Cuando 
iba a ser coronado en el Capitolio, ya no quiso ascen- 
der, y prefirió la pobre celda de los hospitalarios 
frailes. El poeta pasa de Sorrento, jardín de flores 
donde naciera, a morir a un monasterio. Su vida 
fué torrente desbordado, su alma un cielo puro, que 
la desdicha cargó de tormentas. Su sepulcro, arca 
santa del arte ; allí se guarda una tempestad bajo un 
cráneo, como dijera Víctor Hugo. Ante ese sarcófa- 
. go se han descubierto, durante siglos, hombres 
eminentes, bardos sublimes, como Byron y Chateau- 
briand. La tumba de Napoleón, en los Inválidos, fué, 
por algunos años, custodiada por los veteranos del 

605 



Oran Conquistador. Los Monjes Jerónimos guardan 
perennemente la primera capilla de la iglesia de 
San Onofre, y muestran al viajero aquel soberbio 
sarcófago en mármol de Carrara, sobre el cual se 
levanta la estatua del Tasso, ofreciendo sus inmor- 
tales versos a María, la Reina de los Cielos. En la 
celda consérvase el Crucifijo que besó el poeta, mo- 
mentos antes de expirar. En todo aquello hay tris- 
teza, ambiente de infortunio, aureola de genio. 

El Vaticano es el palacio más grande del mundo. 
Tiene veintidós patios inmensos, con once mil cuar- 
tos, muchos suntuosos salones, capillas, célebres 
museos, con grandes riquezas decorativas, galerías 
con frescos notables y una biblioteca con millones 
de libros, manuscritos, códices, cartas y preciosos 
documentos, únicos en su clase. El perímetro del 
Vaticano es el de una extensa ciudad, con jardi- 
nes tan espaciosos que puede el Papa pasear, 
cuatro o cinco horas, en carruaje, sin volver por 
el mismo sitio. Desde San Liberio, que fundó 
el Vaticano, hasta el último pontífice, todos lo 
han embellecido. Durante la invasión de los bár- 
baros, quedó completamente en ruinas. Después fué 
reedificado y convertido en residencia de los pontí- 
fices, que antes vivían en el palacio de Letrán. 
Nicolás V, concibió la idea grandiosa de hacer de la 
mansión papal el más hermoso y extenso de todos 
los palacios; mejor dicho, de la ciudad pontificia, 
que tiene guardias, bandas de música, artistas, tra- 
bajadores, sirvientes, gendarmes, visitantes y pere- 
grinos, en número increíble. El Secretario de Estado 
del Papa habita allí magnífica residencia. Las caba- 

606 



llerizas muestran carruajes antiguos muy notables, 
sin contar con los modernos automóviles, y sus so- 
berbios trenes. 

La historia de las artes liberales está en aque- 
llos muros, en aquellos corredores, en los sublimes 
cuadros y en las esculturas inimitables. El arte 
pagano, voluptuoso, híbrido, había invadido la reli- 
gión cristiana artística. Las vírgenes de Nazareth 
eran cortesanas, retratos de las queridas de los 
grandes pintores. Los frescos de Miguel Ángel y de 
Rafael, en la Capilla Sixtina, varias de las Madon- 
nas y no pocas de las estatuas, revelan un realismo 
florentino. En la época del Renacimiento, se idealizó 
el arte, se cristianizaron la pintura y la escultura. El 
genio es creyente, elevado, entusiasta, ideal, sublime. 
Sabido es que el gran pontífice Nicolás V, por 
su munificencia esclarecida, fué el excelso protector 
del Renacimiento y tipo acabado del Mecenas ita- 
liano. A su liberalidad intelectual adunaba todas las 
delicadezas de la piedad religiosa. En un tiempo de 
corrupción, tuvo las puras costumbres de un santo, 
y juzgó que el Renacimiento era compatible con la 
idea cristiana. Fra Angélico, el célebre pintor domi- 
nicano, interpretó sus tendencias, dejando cuadros 
como el de La Predicación de San Etiano: La Dis- 
tribución de las Limosnas, y otros que admiran los 
viajeros. 

Alejandro VI hizo construir en el Vaticano los 
Apartamentos Borgia, en que la decoración más 
refinada, con pinturas guarnecidas de oro y estuco, 
da idea de la fastuosa vida de aquel Papa, que dejó 
tristes memorias, después de once años de reinar 

607 



como un sibarita oriental. Allí expiró, abandonado 
de todos. Allí vio Lucrecia morir a su segundo mari- 
do, apuñalado por los bravi de su hermano. Allí, 
en fin, pasaron escenas que abomina la historia. Las 
pinturas de los asuntos sagrados contienen retratos 
de los personajes de aquel sombrío tiempo. Toda la 
corte pontificia fué copiada en el cuadro de la 
Disputa de Santa Catarina. 

La Capilla Sixtina es grandiosa, y deja ver toda- 
vía La Creación del Mundo, aunque, a decir verdad, 
los célebres frescos se han resentido de la injuria 
del tiempo, del humo de los incensarios y del aban- 
dono de ciertas épocas luctuosas, tomando las pin- 
turas un color azulado, sucio a veces, que obscurece 
el mérito de aquellas concepciones inimitables. La 
Creación del Mundo, El Pecado de Adán y Eva, El 
Diluvio, El Sacrificio de Caín, La Ebriedad de Noé, 
La Muerte de Goliat, Los Precursores de Cristo, Los 
Profetas, Las Sibilas; en una palabra, lo principal e 
imponente del Antiguo Testamento, está allí, como 
en un poema sugestivo, titánico. 

El Juicio Final es el epílogo apocalíptico del 
drama humano, con trescientas figuras atléticas, 
elevándose al cielo o precipitándose en el infierno. 
Los gestos son violentos y las facciones audaces, 
geniales. 

Delacroix decía que El Juicio Final, era la fiesta 
de la carne; porque a las desnudeces impúdicas, se 
agrega que hombres y mujeres ostentaban gran des- 
arrollo físico. El Salvador, representado imberbe, 
contra la tradición, tiene mucho de olímpico ; pero, 
con todo, el estilo de Miguel Ángel siempre se 

608 



exhibe portentoso. Lo dantesco del infierno, lo caó- 
tico del conjunto, produce honda admiración, a pesar 
de los defectos de detalle y de los estragos del 
tiempo. 

Miguel Ángel parecía más bien un genio pa- 
gano, nacido para grandes audacias, para interpretar 
las iras de Jehová, sin poner mientes en pudores, ni 
delicadezas. Tenía en las artes nobles, los arranques, 
las osadías que su Mecenas, Julio II, tuvo como 
guerrero, conquistador y aspirante a la dominación 
universal. El artista toma la rotonda inmensa del 
Panteón y la coloca en las nubes; el pontífice deja 
la tiara, y al filo de su alfanje, somete ciudades y 
agrega reinos a los dominios de San Pedro ; el escul- 
tor excelso cincela un bloque de mármol de Carrara, 
le imprime toda la grandeza majestuosa del Jefe 
de Israel, cuando recibe las Tablas de la Ley; y en 
un rapto delirante, fija los ojos, sedientos de arte, 
en su obra semítica, y le da un golpe, con el martillo, 
diciéndole : ¿Perché non parla? El Papa heroico 
revuelve naciones, se corona de encina y de laurel, 
mientras que Miguel Ángel toma a los profetas, a 
los reyes, a los santos, a los patriarcas, a los diri- 
gentes todos del pueblo escogido de Dios, y los 
mezcla y los lleva con su titánica diestra, ora al cielo 
ora al infierno ! 

A uno de sus enemigos, el maestro de ceremo- 
nias del Papa Paulo III, que era el pudibundo 
messer Biagio, lo puso Miguel Ángel en el averno. 
Todavía se contempla a aquel infeliz, desnudo, en 
cueros, y arrollado por una serpiente que le muerde 
sin piedad, por donde menos hubiera querido el 
enamoradizo palatino, que no tuvo escrúpulos para 

609 



querejjarse con el Santo Padre, de lo indecentes que 
eran las figuras del Juicio Final; indignas según 
creía, de dejarse ver ni en un antro de vicio. El 
pontífice escuchó la queja del malsinador ceremo- 
niero y le dijo : "que a haberlo metido en el pur- 
gatorio, le habría podido sacar; pero que del infier- 
no era imposible". Allí queda Biagio, con su v s grandes 
orejas asnales, mordido por la serpiente, y excla- 
mando, como refiere el romance que, en su tumba, 
exclamó don Rodrigo, al empezar las sabandijas a 
roer sus carnes: "Ya me comen, ya me comen, por 
lo que más pecado había". 

Allá se las hayan los secuaces del pobre Biagio, 
dados al miserable oficio de poner en mal el mérito 
que los ofusca, convirtiéndose en churuleros de 
grandes y aduladores de pudibundos, valiéndose de 
chanchullos que no dejan prosperar los merecimien- 
tos ajenos. 

Los ruines envidiosos, merecen la suerte del 
maestro de ceremonias y del legendario amante de 
la fermosa Cava. 

No hay duda que el siglo de Miguel Ángel, de 
Rafael y de los Pontífices del Renacimiento, fué 
el despertar de la humanidad, después de un larguí- 
simo letargo. El gran pintor, escultor y poeta, como 
lo era Buonarotti, dejó en San Pedro y en el Vati- 
cano, la esencia de su alma, el sello de su imagina- 
ción, la genealidad de su espíritu, más -poblado de 
ideas sublimes que de dioses el pagano Olimpo. Las 
concepciones de Rafael eran dulces, tiernas, amo- 
rosas, muchas de ellas inspiradas por la belleza de 
su querida Fornarina, cuyos seductores rasgos vénse 
hasta el día en pinturas que representan pnlcélas. 

610 



Uno de los mejores lienzos del famoso autor de las 
Madonnas, es La Disputa del Sacramento, pero se 
halla de tal suerte armonizada, por el arte, la Dispa- 
ta, que los Santos Padres no revelan estar en des- 
acuerdo. Dejó un cuadro soberbio, que hizo exclamar 
al Papa Julio II : "Joven divino, sólo vos podéis 
pintar las Logias". Allí quedan páginas inmortales, 
rasgos del genio, destellos del alma pura, del más 
ideal de los pintores, con realismo sano, siquiera se 
diga que no se hermanan tales tendencias. El talento 
todo lo puede*. Rafael vive aún, en sus cielos que 
ríen, en sus madonnas que enternecen, y en sus 
ángeles que miran con dulzura celeste. 

De la Capilla Sixtína se pasa a las Estancias 
de Rafael, produciéndose una transición, que no fué 
pensada; pero que produce refrescamiento de ánimo. 
En el Juicio Final se padece, se tortura la mente, 
se conmueven nuestros miembros, se crispan nues- 
tras manos ; mientras que con los frescos de Rafael, 
se suaviza la visión, se dulcifica la fantasía, se tran- 
quilizan los nervios, se disfruta de ambiente prima- 
veral, auras de amorosas caricias, luz de cielos que 
nos atraen ; y al corazón llega algo como toque de 
ternura, que le devuelve su ingenua serenidad. El 
que desee formarse idea de este pintor, y ver que 
no exageramos, tiene que estudiar las bellezas de 
la Sata de la Signatura, de ias Cámaras, de las 
Logias; y admirar la Virgen del Foligno, y extasiarse 
ante La Transfiguración de Cristo; obras indescrip- 
tibles, que dieron fama inmortal al fundador de la 
Escuela Romana, que legó milagros de arte ! 

Miguel Ángel fué el Moisés de la pintura ; Ra- 
fael fué divino. 

611 



Penetremos en la Sala de la Disputa, como la 
llaman, y encontraremos cuadros célebres. La Ma- 
donna, pintada por Pinturicchio, que se inspiró en 
los bellísimos rasgos de Julia Farnesio, de la cual 
dijo el embajador de Florencia : "Nulla di simile vidi 
mai. Pareva da vero un solé!" En cuanto a la incon- 
veniencia de haber tomado por modelo de la Virgen 
a una mujer tan depravada como" la rubia hija de 
Farnesio, no hay que culpar mucho al pintor, desde 
que entonces era costumbre corriente la de poner 
en los cuadros sagrados personas que, por su género 
de vida, no merecían semejante honor. Así las 
Madonnas lombardas, de Leonard, tienen las fac- 
ciones de Cecilia Galleriani, querida de Ludovico el 
Moro, o los rasgos fisonómicos de Carlina de San 
Celso, cortesana, poetisa y bailarina, que encantó a 
Luis XII. 

Otra de las pinturas llamativas es la que repre- 
senta al Papa Alejandro VI, arrodillado, cubierto 
con el manto pontifical, la tiara en tierra, y él en 
actitud de adorar a Cristo, que se eleva del sepulcro. 
La figura es de un realismo que sorprende, aunque 
siempre repugna recordar a aquel hombre que 
padeció fiebre de la carne y delirio por la grandeza 
de su familia. Vivió tiempos en que la liviandad y 
el nepotismo eran comunes a todos los príncipes. 
La memoria, del, pontífice no sería tan execrable, 
si no hubiera tenido por hijo al monstruo carnicero, 
de orgullo infernal, de voluntad fría, desprovista 
de conciencia : César Borgia. 

Cuando Julio II, se ciño la tiara tuvo repug- 
nancia de vivir en aquellos aposentos. Hizo que 
Rafael decorase la Sala de la Signatura. Cuatro 

612 



medallones alegóricos representan la Filosofía, la 
Teología, el Derecho y la Poesía, que se contemplan 
en la bóveda. La Teología, designa con la diestra la 
Disputa del Santo Sacramento, cuya escena se des- 
arrolla, abajo de ellas, en el muro. Jesús se destaca 
en un disco brillante, la Virgen y el Precursor se 
inclinan a sus lados ; entre las nubes aparecen Adán, 
Moisés, David, San Pedro, San Pablo, San Juan, 
San Lorenzo, etc. Más abajo todavía, vése, en forma 
de paloma, al Espíritu Santo. Al derredor del altar, 
resulta un concilio de doctores, sabios y pontífices, 
como San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, 
San Bernardo, Santo Tomás, y hasta el Dante, a 
guisa de teólogo. Savonarola, quemado antes como 
hereje, fué rehabilitado por Julio II, y figura allí, 
entre otros personajes. Y a fe, bien merecía figurar, 
entre los corifeos de la religión, Fray Jerónimo 
Savonarola, de vida pura, de sentimientos reformis- 
tas y de gran ilustración. El sacrificio de Savonarola, 
fué holocausto tributado a la corrupción de las 
costumbres religiosas y profanas, al iniciarse el 
Renacimiento. Nadie, como Castelar, ha descrito 
estos episodios históricos en la magna obra de La 
Revolución Religiosa. 

Sea de ello lo que fuere, nuestro objeto en los 
presentes apuntes de viaje, no permite dar exten- 
sión a episodios históricos. Volvamos al Vaticano, 
que tantos han presenciado y penetremos a los salo- 
nes vecinos de los que acabamos de describir, y en 
donde, entre lo mucho como hay que estudiar, se 
sale a las Logia¡s de Rafael, que son grandes gale- 
rías, decoradas por el inmortal artista. El plan de 
esas galerías fué de Bramante. Trece arcadas con 

613 



bóvedas y cúpulas forman unos inmensos corredo- 
res. En los primeros, se encuentran los frescos 
del divino maestro, y en los otros, los de los discí- 
pulos. Admírase gran uniformidad en las actitudes, 
gestos y ropajes. Miguel Ángel tomó, para la Capilla 
Sixtina, los episodios aterradores de la Biblia, mien- 
tras que el dulce Rafael pintó a Abraham, a MeU 
quisedec, Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel, Moisés 
salvado de las aguas. El genio del Sanzio, como ya 
lo hemos dicho, se revelo más evidente, en La 
Madonna de Foligno, y en La Transfiguración, que 
se encuentran en la pinacoteca del Vaticano. 

¡Cómo se ve Cristo, envuelto en divina luz, 
puras, adorables, si se quiere; pero después del 
período florentino, fué Rafael el que inició un 
símbolo augusto del principio femenino cooperando 
a la obra de la redención. La nueva Eva, que concibió 
a Cristo, la mujer que salva al mundo, después de 
haberlo perdido. Las vírgenes de Rafael fueron una 
revelación. Son sugestivas, son ideales, sin dejar 
de ser plásticas. La ir ans figuración fué la última 
obra del Sanzio; trabajaba en ella cuando la muerte 
lo sorprendió, el 6 de abril de 1520, dejando una 
memoria inmortal. 

¡ Cómo se ve Cristo envuelto en divina luz, 
separarse del mundo ; nada terrestre le detiene ; sube 
del Tabor con una forma etérea! Jamás se ha pinta- 
do mejor la visión de lo divino. Todo el dibujo de 
las muchas figuras que forman tres perspectivas, 
bien distintas, es admirable. La serenidad del cielo, 
del cual se destaca la imagen del Salvador; el 
espanto y deslumbramiento de los que estaban en 
la cima de la montaña; y la confusión tumultuosa 

614 



de los que abajó* se encontraban, forman un con- 
traste maravilloso en medio de la unidad más per- 
fecta. En la ciencia de la composición fué el divino 
Rafael más que maestro, un iniciador, que diera 
ambiente moral a sus composiciones, merced a la 
elocuencia de las formas y al nuevo colorido que 
creara. Al despedirse de la vida, dejó en su último 
cuadro, la visión del cielo adonde partía. 

En esta breve descripción de Roma no se puede 
prescindir de decir algo, siquiera sea rápidamente 
de los templos admirables, ya que por todas las 
iglesias, son 385, de modo que visitando una diaria, 
aún quedan al año algunas. Pero esta grata tarea, 
la dejaré para el capítulo en que describa mi segun- 
do viaje a Roma, cuando me vi en el caso de residir 
en ella durante diét meses. 

Sábese perfectamente, por las Actas Apostó- 
licas, la tradición y los martirologios, que el cadáver 
del Apóstol San Pablo fué sepultado en terrenos de 
la matrona romana Lucina, inmediatos a la Vía 
Ostiense, in proedio Lucince, que quedó desde en- 
tonces consagrado por el culto de los cristianos. 
Constantino mandó erigir la basílica católica sobre 
el sepulcro del Apóstol, de tal suerte, que hasta el 
día, en una plancha de mármol, a manera de sarcó- 
fago, se lee la inscripción puesta por el emperador, 
que dice : Paulo, Apostoli Marti. 

Es memorable también el lugar en que fué 
decapitado, ad aquas Salvias, en donde estaba la 
tercera piedra miliaria de la Vía Ostiense. Tres 
santuarios se levantaron en ese sitio, y aún se visi- 
tan las Tres Fuentes, que se dice brotaron en donde 
saltó, por tres veces, la cabeza de San Pablo, Es 

615 



poética y llena de memorias, una abadía de Tra- 
penses, que han hecho plantaciones de eucaliptus, 
rosales, yedras y verduras para sanear la comarca 
de la malaria que la infestaba. Los monjes de San 
Bernardo, visten blanco sayal, y llevan la austeridad 
de su vida, dedicados a faenas campestres, hasta 
el extremo de no hablar jamás, sino en caso de suma 
necesidad. Todo habla allí al espíritu, en medio de 
una apacibilidad encantadora. Es risueño el local, 
revestido de un soplo de misticismo, que reconocen 
católicos y protestantes, infieles y toda clase de via- 
jeros, cuando acuden a visitar aquellos históricos 
sitios. Es elocuente la exclamación del inglés Coby- 
beare, al hallarse en el lugar del martirio de San 
Pablo : "Aquí murió el Apóstol, el Profeta y el 
Mártir, legando a la Iglesia, «para su gobierno y 
disciplina, la enseñanza de sus trabajos apostólicos; 
dejando sus palabras proféticas, para que le sirvie- 
ran de oráculos vivos ; esparciendo su sangre, a 
manera de semilla, que vino a producir millares de 
mártires". 

Cuando uno se encamina a dicha localidad, el 
paisaje es melancólico y triste. Apenas se pasa la 
Puerta de San Pablo, que es una de las que daban 
salida de la ciudad, circundada por murallas, se 
divisa la Pirámide de Cayo Cestio, pretor y tribuno 
del pueblo. Aquella tumba que se conserva en buen 
estado, recuerda las pirámides de Egipto, si no por 
su tamaño, si por su forma y por el deseo que sus 
constructores tuvieron de que durara por siglos. Es 
curiosa y singular esa sepultura del célebre romano, 
que logró efectivamente que su nombre se repita 
por todos los que acuden a Roma a visitar los mo- 

616 



numentos antiguos. Unos cuantos años antes de 
Jesucristo se levantó la Pirámide de Cayo Cestio, y 
hasta el día parece que los siglos no hubiesen puesto 
su mano inclemente sobre la pretoriana tumba, 
grandiosa por cierto, y memorable además, porque 
al verla el bárbaro Atila, azote de Roma, dijo: "He 
llegado a la ciudad amenazada por la cólera divina". 
Por su sencillez, grandeza y antigüedad, es una 
de las tumbas más sugestivas, la de Cayo Cestio. 
Ninguno de los emperadores dejó un sepulcro así. 
Después de tantas mudanzas, la pirámide del pretor 
está allá, como están a orillas del Nilo, los sepulcros 
de los faraones. En parte las murallas romanas se 
encuentran arruinadas, en tanto que han de pasar 
muchos siglos sobre el monumento mortuorio del 
tribuno. El tiempo no le ha mutilado, mientras que 
el Foro Romano, el sacratísimo lugar de las leyes del 
mundo, tan lleno de memorias, hase convertido en 
mansión de regocijados gatos, que corren por los 
capiteles, brincan entre las columnas y andan a mal 
traer con cabriolas y saltos, refocilándose sin escrú- 
pulos. Sucede que, en el caluroso verano, mientras 
las familias van al campo, dejan sus felinos domés- 
ticos, en aquellos solitarios lugares, en donde están 
hartos por la munificencia popular y divertidos en 
amorosos tratos. Con los vientos otoñales, regresan 
los romanos de veranear, y acuden a traer, al Foro, 
a sus Macifufs y Zapaquildas, quienes ya refres- 
cados, vuelven también a sus casas. ¡Ironías san- 
grientas : en donde se discutieron los destinos del 
orbe ; en donde Cicerón esparció su elocuencia ; en 
donde nació la República, maullan y se refocilan 
los gatos ! 

617 



Roma es la ciudad de las grandezas, de los 
contrastes y de las profanaciones. Acaso los felinos 
sean menos sanguinarios que lo fueron los hijos de 
La Loba, menos crueles que los matadores de 
César. . . 

"Para nosotros, los monumentos cristianos son 
los más interesantes. (1) Las Catacumbas encierran 
el recuerdo más viejo que existe del cristianismo. La 
divina religión, amenazada y pobre, no pensó en 
construir edificios que el tiempo respeta. "No tene- 
mos ni altares, ni templos, decía el apologista Mi- 
nució Félix. Las Catacumbas datan de los siglos II y 
III de la Iglesia. Son tales monumentos galerías sub- 
terráneas, interminables, laberintosas, en donde se 
depositaban los cadáveres de los creyentes en la 
doctrina del Crucificado, Jesús el Galileo; doctrina 
que crecía cada vez más en número y en fé. Aquel 
dédalo de atmósfera húmeda, de emblemáticos 
dibujos y pinturas, bastante deteriorados por tantos 
siglos, es visitado por muchos extranjeros. La Reli- 
gión del Amor al Prójimo cundió rápidamente, en 
un mundo servil y esclavo, de cesares, pretorianos y 
aduladores. De la sangre de los mártires, brotaban 
cristianos. Cuando Constantino vio en el cielo el 
signo que decía : In hoc signo vincis, ya predomina» 
ba la palabra augusta del Mártir del Gólgota. El 
Renacimiento brotó, más tarde, desde el Papa con- 
quistador, Nicolás V, en 1447 hasta 1527, en que el 
ejército del emperador Carlos V saqueó Roma." 



(1) Véase la preciosa obra de G. Boissier, intitulada "Roma' 
618 

* 



CAPÍTULO AAIV 



Represento a Guatemala, como Plenipotenciario en 
Río de Janeiro, en el Gran Congreso Internacional.— 
Obtengo la valorización del café. — Presido la comisión 
que fué a Washington, para celebrar los Tratados de 
1907. — Voy en misión especial, con plenipotencia de 
Guatemala, a la toma de posesión de Wilson. — Cómo 
se celebra ese acto solemne^ en los Estados Unidos. — 
La Casa Blanca. — Mount Vernon. 



SUMARIO 

Después de la muerte violenta que sufrió Reyna 
Barrios, me vi obligado a salir de Guatemala, y me 
fui a Europa, por mi cuenta. — Difíciles circunstancias^ 
en que me encontraba. — Un naufragio cerca de Pernam- 
buco. — En 1904 y 1905, desempeñé la clase universita- 
ria de Filosofía de la Historia. — Después me fui al 
Brasil, en representación de Guatemala. — Descripción 
de la bella ensenada de Río de Janeiro. — La capital 
del Brasil. — La parte vieja de la ciudad. — Inauguración 
solemnísima del III Congreso Internación al. — Discurso 
del barón de Río Branco. — El palacio Monroe. — El 
Presidente del Congreso Internacional, dofctor Joaquín 
Aurelio Nabuco de Araujo. — Solemne festividad en 
honor de los congresistas, celebrada en la Catedral 
que lleva el nombre de Nuestra Señora de la Cande- 

619 



lana. — El cardenal D'Arco Verde.»— El Palacio Do 
Catete.— Recibimiento hecho al Secretario de Estado 
de los Estados Unidos, Mr. Elihú Root. — Palacio en que 
habitó. — Nota característica sobre todas las fiestas, 
fué la Noche Veneciana, en la bahía de Río. — Trabajos 
del Congreso Internacional. — La valorización del café. 
— Plan propuesto por la delegación de Guatemala. — 
El Convenio de Taubaté. — Posteriormente, voy a 
Washington, en 1907. — Plausibles trabajos. — El Presi- 
dente Teodoro Roosevelt. — El millonario Carnegie. — 
Gran banquete en la Casa Blanca. — Cómo se verifican 
las transmisiones de la Presidencia, en los Estados 
Unidos. — La. ceremonia inaugural es grandiosa; pero 
sencilla. — La Casa Blanca. — Mount Vernon. — La tumba 
de Jorge Washington es un Tabor. 



Después de la muerte del Presidente, general 
Reyna Barrios, no me era posible permanecer en mi 
país, porque a mí particularmente, teníanme un 
odio mortal Estrada Cabrera y sus secuaces. Sabían 
bien que yo iba a ser designado a la Presidencia de 
la República, y ya estaba muy próxima la apertura 
de la Asamblea. En efecto, dicho general me había 
hablado, diciéndome que pensaba irse a Europa, 
durante unos ocho meses y que deseaba que yo me 
quedase en su lugar. Por eso fué la precisión de que 
el asesino ejecutase el crimen antes de que dejara 
de ser designado (que legálmente ya no lo era) (1) 
Estrada Cabrera. Dieron a luz artículos virulentos 
contra mí; se me amenazaba por medio de anóni- 
mos, y me hostilizaban de todos modos. 



(1) Cuardo se mandó disolver la Asamblea, se declaró, por 
un decreto, que, eran nulos todos sus actos; y uno de ellos había sido 
la designación de Estrada Cabrera, para el caso que fuera el Pre- 
sidente de la República, por muerte del que la ejerciera. 

620 






Me vi precisado a salir de Guatemala hacia 
Europa, en mayo de 1898, acompañándome mi hijo 
Carlos ; aunque las circunstancias pecuniarias me 
obligaron a tomar a interés dinero del Banco de 
Guatemala. Acababa de experimentar la desgracia 
de perder a mi hija Teresita, que murió de difteria. 
Mi familia se encontraba muy apesarada, y asi, en 
tan dolorosos momentos, me fué forzoso dejarla. 
Durante mi ausencia, de año y medio, sufrió terri- 
blemente mi esposa. Con frecuencia entraban a exi- 
girle dinero, amenazándola algunos presidiarios y 
mujeres de mala ralea, mandados expresamente. En 
mi finca Miraflores hicieron robos y causaron daños. 

En ese tiempo, tuve muchas pérdidas, y no 
pocos sobresaltos y desengaños. Durante mi ausen- 
cia, cometió el gobierno ilegalidades y desafueros, 
que sería largo y penoso enumerar.- En la baja marea 
sube la honradez. Cuando regresé, después de un 
año de estar en Europa, abrí mi fufete de abogado, 
sirviéndome bastante mis relaciones con casas de 
los Estados Unidos, de España, de Francia y del 
país. Me dediqué, además, a otros negocios particu- 
lares, sin mezclarme absolutamente en la política. 
Se acababa de recibir de abogado mi sobrino Rafael 
Pinol y Batres, y lo asocié como notario. Durante 
cinco años, que ejercí la abogacía, me rehice de mis 
anteriores quebrantos. 

En 1904 y 1905, hasta abril de 1908, desempeñé 
la cátedra de Filosofía de la Historia, en la Facultad 
de Derecho, sin pensar siquiera en tomar participa- 
ción en asuntos públicos. Empero, el barón de Río 
Branco, Ministro de Relaciones Exteriores del Bra- 
sil a quien yo había tratado mucho en Europa, se 



621 



•mpWló en qu« yo fuera al Congrego Internacional 
Panamericano; y al efecto, dio orden al Ministro 
Plenipotenciario del Brasil, señor Fontura Xavier, 
para que se interesara ante el gobierno de, Guatema- 
la, a fin de que yo llevase la representación nacional. 
Así fui nombrado, el 12 de marzo de 1906, Ministro 
Plenipotenciario y Presidente de la Delegación gua- 
temalteca, acompañándome, como Secretario, el 
doctor Luis Toledo Herrarte. Salimos rumbo Nueva 
York, el 12 de mayo de 1906, y para hacer el largo 
viaje cómodamente, debimos tomar un vapor que 
nos llevara al Havre, o a algún otro puerto europeo, 
embarcándonos de allí para el Brasil; pero urgía 
llegar pronto, lo cual no se lograba sino yéndonos a. 
bordo de algún buque, en vía directa de Nueva York 
a Río. Tuvimos necesidad de tomar un barco de 
carga — con malos camarotes, peor comida y no 
poco desaseo — en el cual estuvimos veintiún días 
seguidos, haciendo penitencia. Ya para arribar a 
Pernambuco, se obscureció el cielo,, se embraveció 
el mar, y una tormenta horrible hacía subir y su- 
mergirse el buque, semejando las olas, negros 
peñascos inmensos, que se deshacían furiosamente 
sobre la pequeña embarcación. Los rayos, los true- 
nos, el crujir del casco, y el silbar de los mástiles de 
la miserable nave, que comenzaba a hacer agua, 
anegándose la bodega; todo anunciaba un fin 
pavoroso. Llegó el caso, en aquellos supremos mo- 
' mentos, de distribuir los salvavidas;... pero afor- 
tunadamente, poco a poco, amainó la tempestad. 
Después de largas horas de angustia, con mar 
gruesa, y averiado embarco, llegamos a Pernambuco, 
caminando despacio, con harta dificultad, y sin tener 

622 



• 



agua potable, ni alimentos. Iban a bordo algunas 
mujeres y niños que causaba compasión verlos. 
No hay una idea de lo que es una tempestad desen- 
cadenada. Diríase que el mar y la eternidad se unen, 
en sublime abrazo, surgiendo el caos, al conjuro de 
la muerte. 

Recuerdo que en la bella ensenada de Per- 
nambuco. el agua es de un verde esmeraldino, trans- 
parente, viéndose entre las ondas ya en xalma, 
tristes despojos de la tormenta reciente. Desembar- 
camos, en unión de mi amigo el simpático doctor 
Justo Dávila, jefe de la delegación de Honduras, 
Froilán Turcios y Juan Ramón Molina, compañeros 
nuestros en aquella caminata penosa. Yo he nave- 
gado muchísimo, pero jamás en tan difíciles y 
peligrosas circunstancias. 

Llegamos a Río de Janeiro dos días antes de la 
apertura del Congreso, y a la vista del panorama 
encantador que ofrece la más linda bahía del mundo, 
se serenó nuestro espíritu, dejando atrás riesgos y 
molestias. La gran ciudad abunda en exuberancia 
tropical, en medio de palmas, flores y plantaciones, 
circundados de enormes atalayas de piedra. El Cor- 
covado, El Pilón de Azúcar y otros altísimos cerros, 
de un solo bloque negruzco, se destacan en el hori- 
zonte, anunciando que allí está la capital de aquella 
extensísima y rica república, de limpia historia y 
portentosas maravillas. Si Venecia, la reina del 
Adriático, es la urbe acuática, romántica legendaria, 
Río de Janeiro surge del mar, como un vergel de 
esmeralda, esplendente, entre el boscaje gigantesco, 
lleno de vida jocunda y de gloriosos recuerdos, 
dmírase allí una flora distinta, fauna nueva, cielo 



623 



con otras constelaciones que hacen echar de menos 
los luceros y estrellas que se ven desde nuestro 
hemisferio. La gran ciudad de San Sebastián de Río 
de Janeiro, es peculiarmente bella, plácida y rara, 
con languidez tropical de naturaleza exuberante. 
Tiene barrios pintorescos, como Catete, Botafogo, en 
donde estuvo Darwin admirado de tan maravillosa 
fecundidad ; Larangeiras, contiene primorosas quin- 
tas, coquetas, risueñas, adornadas de flores y pal- 
mas, de pájaros vistosos y de frutas raras. Si se 
sube a la histórica colina de Santa Teresa, se penetra 
verdaderamente en un pais encantado y rico de 
espléndidos paisajes. La población urbana es abi- 
garrada, original; desde el negro ébano, hasta el 
más puro blanco, pasando por el rojo, el bistre, el 
moreno claro andaluz, y el moreno obscuro amula- 
tado. Diríase un peregrino mosaico étnico. Entre 
el bullicio de los negocios, prevalece siempre el 
dolce far niente de la vida criolla. Con razón excla- 
mó Américo Vespucio, deslumhrado por tanta ma- 
ravilla: "Si hubo un paraíso terrenal, no pudo estar 
situado sino aquí". 

La parte vieja de la ciudad portuguesa es de 
calles estrechas, como la rúa antigua y aristocrática 
del Uvidor, con grandes y hermosas tiendas, oficinas 
de los principales periódicos, algunos cafés y alegre 
concurrencia, por la tarde, de lindas fluminenses 
y pinchados pepitos, muy amigos de lucir brillantes 
y esmeraldas en las botonaduras de la camisa y del 
chaleco, y valiosas sortijas en los dedos, sin contar 
la cadena del reloj, colmada de dijes. Son melóma- 
nos y dados a la poesía ; casi todos los de la sociedad 
alta hablan francés, y las damas hacen derroche de 

624 



gentileza y gracia. En Río se siente uno más cerca 
de París que en Bretaña. En la hermosísima Avenida 
de Río Branco, que tiene más de dos millas de largo, 
llena de palacios, ancha, con riquísimo piso de 
mosaicos venecianos, con automóviles numerosos, 
con almacenes franceses, se recuerda la Rué de la 
Paix y la Avenida de la Opera, se cree uno en la 
capital del mundo, en la ciudad luz, pero con am- 
biente tropical y sol lleno de maravillosos destellos. 

El 23 de julio de 1906, se inauguró el III Con- 
greso Internacional Panamericano. El discurso de 
apertura, pronunciado por el famoso barón de Río 
Branco, Ministro de Relaciones Exteriores, fué 
aplaudido con sumo interés por el inmenso auditorio 
que llenaba el gran palacio Monroe, suntuoso edificio 
de mármol blanco, regiamente decorado. Además de 
las delegaciones, ocupaban el extenso salón princi- 
pal, diplomáticos, altos funcionarios, periodistas, 
señoras y señoritas, profusamente alhajadas, como 
estilan las damas de aquellas tierras de Minas . 
Geraes, que son un portento de riqueza, en brillan- 
tes, esmeraldas, aguas de mar y otras bellísimas 
piedras preciosas. 

Conservo gratísimo recuerdo del gran diplomá- 
tico, del elegante caballero, del hábil Ministro de 
Relaciones Exteriores, que me honró y distinguió 
con su amistad. El célebre escultor Pablo Mané, 
residente en París, ha hecho un grandioso monu- 
mento, que el Gobierno de su patria, elevará en 
Montevideo, a la gloriosa memoria del barón de Río 
Branco, quien prestó importantes servicios al Uru- 
guay. Ese afamado artista hizo también un busto 

625 



de Rubén Darío, y otro de J. Enrique Rodó, regala- 
dos por la colonia hispanoamericana a la Municipa- 
lidad de París, en donde figuran dignamente. 

Guardo, entre mis papeles, como una curiosi- 
dad el menú del banquete oficial, que dice: "Palacio 
Itamaraty — Em 20 de Agosto de 1906 — Jantar em 
honra dos Delegados a Terceira Conferencia Inter- 
nacional Americana & &". El resto de la lista está 
en francés, notándose abundancia de manjares y de 

vinos. 

- 

Recuerdo que fué electo Presidente del Con- 
greso el excelentísimo embajador del Brasil, en 
Washington, doctor Joaquín Aurelio Nabuco de 
Araujo, alto personaje, no sólo en estatura esbelta, 
sino en merecimientos reconocidos. Caballero ele- 
gante, de sesenta y cinco años, canoso y rubicundo, 
de gran bigote gris, palabra fácil y corazón abierto. 
Hombre de salón, gran conversador y erudito nota- 
ble. Bastante sordo, algo pagado de su persona y 
como buen brasilero, gustaba de dar vuelo a su 
imaginación. Era una clásica figura decorativa; pero 
de algún mérito y no escasa popularidad. Era todo 
un portugués. 

Antes de la apertura del Congreso, en el mismo 
día, celebróse a las diez de la mañana, una solemne 
festividad en honor de los congresistas, en la iglesia 
matriz de Río de Janeiro. Nuestra Señora de la 
Candelaria, que así se llama ese bellísimo templo, 
edificado en los comienzos del siglo XVII. La eleva- 
da cúpula es de reluciente mármol de Lisboa, rodea- 
da de ocho estatuas, representando la religión, los 
cuatro evangelistas y las tres virtudes teologales. 

626 



A estilo antiguo, deja ver gran derroche de dorados, 
artísticos frescos, esbeltas torres, enormes puertas 
broncinas, con buenos relieves decorativos. Aquel 
día solemne, ofició el cardenal D'Arco Verde, per- 
sonaje muy popular en el Brasil. Las rojas vestidu- 
ras del jefe de esa iglesia y las de los asistentes 
ministriles, las ceremonias hieráticas, las notas 
musicales de cien maestros, que formaban orquesta 
espléndida, lo rico y elegante de los trajes y alhajas 
de las damas, lo solemne de la ocasión — cuando la 
América toda se hallaba representada, por persona- 
lidades famosas — el canto de artistas de primer 
orden, las plegarias; todo el templo fluminense 
elevando al cielo los espíritus al iniciarse la Confe- 
rencia, que al Viejo y al Nuevo Mundo traía preo- 
cupados ; ello formaba un conjunto grandioso, 
sugestivo y peculiar. 

Al salir de la catedral, los representantes de las 
repúblicas americanas, dirigímonos a visitar al 
excelentísimo Presidente del Brasil, quien había 
preparado una recepción solemne, en el gran palacio 
Do Catete, residencia de los mandatarios de aquel 
soberbio país. Entre las muchas fiestas que después 
se sucedieron, asumió carácter de excepcional so- 
lemnidad la que al honorable señor Elihú Root, 
Secretario de Relaciones Exteriores y Embajador de 
los Estados Unidos de América, ofrecía el 28 de julio 
en la residencia que el Gobierno del Brasil le brin- 
dara, a su arribo con numeroso y brillante séquito. 
En el palacete Abrantes, antigua mansión del rey 
José VI cuando estuvo con regio séquito en la urbe 
de Pedro I; y trajo a esa lujosa morada, muchos 

627 



objetos de arte, aumentados después por el propie- 
tario del monumental palacio, vizconde da Silva, y 
más tarde, por un ilustre descendiente, el comenda- 
dor Araujo, quien tuvo la gentileza de ofrecerlo 
para recibir y hospedar al eminente estadista 
americano; en aquella regia residencia, decimos, 
estuvo Elihú Root, con su esposa y una de sus hijas, 
sus secretarios y adláteres. 

Desde los balcones, que dan a la calle del Mar- 
qués de Abrantes, podia contemplarse la inmensa 
mole del pico enorme, que llaman El Corcovado, 
cuya altura es de 2,200 pies sobre la ciudad. La 
vista que se disfruta desde ese célebre cerro — for- 
mado de una sola pieza de piedra — al cual se sube 
por ferrocarril cremallére, es indescriptiblemente 
bella unsurpassed and unsurpassable, como exclamó 
el ilustre señor Root. 

Pero la nota culminante, el homenaje caracterís- 
tico, el festival que sólo en Río de Janeiro se podía 
presenciar, fué La Noche Veneciana. Es que no hay 
en el mundo más linda bahía que aquella tranquila, 
celeste, con horizontes caprichosos, colosales picos 
de negra roca, islas pintorescas y risueñas playas, 
bordadas de jardines y palmeras reales, en una ex- 
tensión de ciento cuarenta kilómetros de circunfe- 
rencia. Es más vasta que la de Ñapóles y más 
grandiosa que la del Bosforo. En el precioso sitio 
llamado Bofafogo, en donde se alzan esbeltos edi- 
ficios de verano, con moriscas glorietas, a orillas de 
las ondas, se reunieron, en aquella noche olímpica, 
millares de personas. Más de cien mil dólares gaitó 
la municipalidad, en organizar el indescriptible es- 

628 



pcctáculo que presentaba la bahía, iluminada por 
millones de luces eléctricas, surcada por góndolas 
caprichosas, semejando cisnes, flores, castillos, mi- 
naretes, conchas o tronos. Fantásticamente vestidas 
las jóvenes más bellas de la oriental ciudad, cantan- 
do alegremente, al son de guzlas y arpas, se veían, 
entre los fuegos japoneses de maravilloso artificio, 
que simulaban pavos reales, estrellas, caprichosas 
figuras y republicanas banderas. El Presidente del 
Brasil, el Secretario de Estado de la poderosa nación 
americana, los altos dignatarios, los representantes 
de las nacionalidades del Nuevo Mundo, las matro- 
nas y señoritas más distinguidas, el numeroso 
pueblo entusiasmado ; todos admiraban aquel me- 
morabilísimo panorama, único en su género, suges- 
tivo, mezcla de luz y destellos ; de matices de ondas 
satinadas por cambiantes maravillosos ; de focos 
artísticamente convertidos en grecas y encajes, en 
cascadas de menudas chispas, cual áureos brillan- 
tes ; de alegría popular, de cultísima fiesta ; de 
homenaje a la América gentil, simbolizada allí, como 
la Eva del Paraíso, con la estrella de la libertad sobre 
su frente. 

La fiesta veneciana, fluminense, superó, con 
mucho, a las aristocráticas fiestas que se celebran 
en el gran canal de la ciudad de los Dux, en noches 
serenas con las sombrías góndolas empavesadas, que 
se balancean frente a los históricos palacios de los 
Justinianos, Foscari y Orseolos. Prevalece en Vene- 
cia cierta tristeza silencia, un dejo de romanti- 
cismo, que produce en el espíritu honda melancolía, 
evocando dolores y repercutiendo, tras las sombras 

629 



del Puente de los Suspiros, los ayC6 lúgubres de los 
desgraciados que miraban la luz por vez postrera. 
La legendaria plaza de San Marcos, con sus palomas 
albas, la Boca del León, que recibía las delaciones 
anónimas ; la misteriosa historia de aquella impú- 
dica reina del Ad